El tipo que juega con el destino

Ni su papá Tato, ni su hermano el de Clarín: él es Sebastián Borensztein, el director de cine que una vez escribió el tema Mi Vieja que luego popularizó Pappo. El director de La suerte está echada y de Un cuento chino hace películas donde la impuntualidad puede salvar vidas. Además, la tensión que hay entre dirigir publicidades comerciales y películas.

Apenas atiende aclara que no es el Borensztein que trabaja en Clarín. Ya tuvo que limpiar a más de uno que llamaba para comunicarse con otro. Le contestan que no, que con el de Clarín no, quieren hablar con el que es director de cine. Ahí recién el tipo recién se reconoce y se identifica: “Sí, soy yo, Sebastián”. Y aunque en este juego de identidades y reconocimientos muchos lo van a sacar por ser el hijo del gran Tato, la mayoría debiera reconocerlo por otra cosa, que casi nadie sabe: Sebastián Borensztein, además de ser director de cine, es el autor de “Mi Vieja”, el tema que Pappo hizo sonar para siempre en los oídos de todas las madres, la canción que es y será un ícono del rock y la cultura de éste país. Y para que nadie se atreva ni a dudar, acá va su confesión:

– ¿Vos escribiste “Mi Vieja”?

Sí, sí. Fui yo.

Se sonríe, amablemente, como asumiendo que otro puede sorprenderse, pero dejando ver que tiene que confirmarlo a menudo, más de lo que le gustaría.

¿Cómo fue eso?

En el año ‘92, en el programa de Tato, escribíamos un musical todas las semanas con un tema distinto, de actualidad. Y esa semana habían cagado a palos a los jubilados en Plaza de Mayo por reclamar el 82% móvil. Y, bueno, yo sabía que Pappo tenía una relación con su mamá muy fuerte y me imaginé que le iba a gustar cantarla en el programa. No lo conocía a él, para nada. Pero le escribí igual: si la cantaba Pappo, mejor, si no la cantaba otro. Ya habían pasado desde Baglietto a Soda Stereo en esa sección. Pero, se lo propusimos y le copó de entrada. Lo cierto es que se hizo pensando exclusivamente en ese programa, pero después él la incluyó en un disco y se volvió el corte de difusión. Y con eso todo lo que pasó con la canción, en lo que se convirtió. Es emblemática de la cultura argentina: la madre y las injusticias. Está todo junto, ahí. Claro que la escribí sin nunca pensar que iba a pasar todo lo que pasó después.

Sebastián en ese momento, a los 28 años, era guionista del programa de su papá, pero su oficio como contador de historias viene desde el primer recuerdo: “Nací entre decorados, jugando a la pelota entre las cámaras. Para mí un aparato en el medio para contar una historia es normal”. A los 17 ya trabajaba en publicidad y esperó hasta 42 para estrenar su primer película (“La suerte está echada” – 2005). Las agujas les siguen corriendo y él sigue filmando películas y comerciales.

¿Hay contradicción entre ser creativo publicitario y ser director de cine? ¿Entre lo más comercial y lo más artístico?

Mirá, vivir hay que vivir. Podemos partir de esa base. Y uno hace lo que sabe hacer. Yo no siento contradicción: a mí me gusta contar historias. Divido mi trabajo de la siguiente manera: tengo una profesión, que es dirigir comerciales, y tengo un hobby, que es dirigir películas. Como hobby, hago lo que se me canta y nadie me pone ningún tipo de regla y condición. Cuando filmo comerciales, filmo lo que un cliente necesita. No escribo los guiones, no tengo nada que ver. Es una actitud más de sicario. A quién hay que matar, voy y lo hago. Me traen los guiones y yo los filmo. Los leo, los pienso, los interpreto, le comento mis sugerencias al creativo y después vamos y lo hacemos. A la hora de hacerlo tengo en claro que no son mis películas, son películas que filmo para un creativo que piensa en un cliente. Pongo mi mejor calidad, experiencia y a la vez me llevo mi propia experiencia. De hecho, filmo un comercial todos los meses, mientras que filmo un largo cada tres años. Filmar publicidad es una manera de tener entrenado el ojo todo el tiempo: jugar con cámaras, lentes, objetos. No me conflictúa que lo que hago termina siendo una imagen para vender un vino o una galleta. Para mí, es filmar y es mi entrenamiento. Ahora, después, mi libido artística la descargo cuando escribo mi guion y filmo mí película, que lo hago con libertad total, porque hago lo que quiero.

¿Y en televisión cómo te manejás?

Es algo intermedio. Ahora no hago más. Hacés lo que vos querés pero hasta ahí. Inventás un formato y una historia, pero competís en una franja horaria y eso te determina. Estás más acotado. En cine, en cambio, hay libertad total, en la medida que tengas productores que te bancan y bancan lo que querés contar.

¿No se puede vivir de hacer películas?

¿Solamente? Yo no me imagino pensando una película teniendo en mente cuentas por pagar. A lo mejor se puede, qué sé yo. Con otro ritmo. En Argentina, para poder vivir de hacer mis películas debiera hacer y producir mis películas y las de otros y filmar más seguido. Y eso me pone una presión y un régimen que no tengo ganas de tener. No me gusta filmar presionado ni motivado por ninguna cosa que no sea las ganas de contar una historia.  Ahora, si vos me decís que me tengo que apurar porque se me vencen los créditos, las cuotas y se me vence el plazo para que me paguen… eso ya no es hacer cine para mí. En otros países, con industrias más fuertes, como Estados Unidos, es otra cosa. Los proyectos de cine en Argentina son proyectos personales, de autores. Es un director que tiene ganas de contar una historia, se junta con un guionista, si es que no la escribe él mismo, y después sale a ver cómo la financia. Sin embargo, otros roles dentro de la industria sí pueden vivir del cine: los directores de fotografía, por ejemplo, porque no crean sus propias películas, son convocados por los directores. Van de una película a otra, como los actores. En un set de filmación el que menos películas hizo es el director. Capaz que va por su cuarto largo, que es mucho, pero el camarógrafo ya hizo 35 películas y el de fotografía 29 y los técnicos terminan una y empiezan otra. Depende del rol que tengas en la industria si podés vivir o no del cine.

¿Está mal visto el comercial en el ambiente artístico?

No lo sé. Tengo muy poco vínculo con mis colegas y el ambiente en general. Hay muchos que dicen “yo publicidad no hago ni loco”. Desde mi punto de vista, un director tiene que filmar y filmar. Si sos director y hacés una película cada 5 años, ¿en el medio qué te queda? ¿Qué ejercitaste, qué miraste? Es importante para mí entrenar todo el tiempo el ejercicio de poner el ojo, encuadrar, probar lentes. Eso me tiene en una gimnasia constante. Para un director como yo, con mi perfil, filmar publicidad es lo mismo que salir a correr para un deportista. Es un entrenamiento total, porque no siempre hacés cosas que tienen que ver con vos.

¿Y las películas serían el partido?

La película es la masterpiece. Cuando hacés una película siempre aprendés. Indefectiblemente. No importa si es la número veinte o la segunda. Aprendés. Mi próxima película se hace éste año y estoy ansioso por ponerme a prueba. Tengo una muy buena historia para contar, pero además me siento mucho más crecido que cuando filmé la última (“Un Cuento Chino”- 2011). Voy a filmar con varios años de pensar, de imaginar, de ver y de filmar mucho, aunque sea en galletitas. Pensá que el presupuesto de un día de filmación alcanza para filmar una semana en cine. Negarme a la experiencia del cine publicitario para mí no tiene sentido.

¿Por qué no tenés vínculo con tus colegas?

Soy un tipo que no es muy sociable, no tengo mucha vida social en el ambiente. Tengo dos amigos directores, pero nada más. No estoy aislado, pero no participo de tertulias ni debates.

¿Por qué el director es celoso de comentar sus proyectos? ¿Por un tema de derechos?

No hay que hablar de lo que no se ha hecho todavía. Te puedo decir que voy a hacer una película con temas que me apasionan y me divierten, pero el devenir de las películas es tan errático… Puede terminar siendo otra cosa. Siempre hay un poco de temor de adelantarse a contar cosas que a lo mejor no salen. Y también para no avivar a nadie. Hay algo de proteger dentro de uno la idea que uno tiene, no exponerla hasta tanto no merezca ser expuesta. El momento de ser expuesta es cuando ya hiciste todo lo que tenías que hacer sobre ella: ya la escribiste, la puliste, la filmaste y la editaste. Y esta ahí, no se va a modificar. Ahí se puede contar al mundo.

Sebastián contesta las preguntas en una de las salas de su productora, en Palermo, casi Colegiales. Al lado de las vías del San Martín y del puente de Juan B. Justo, su oficina luce enorme y blanca, en una de las torres de los remodelados condominios inspirados en el estilo de los barrios obreros británicos. Allí hay diez personas laburando al mismo tiempo: averiguan por locaciones, ven planos, llaman a actores, discuten series. Están trabajando en un comercial, que el día de mañana, seguramente, financiará una película, otra historia.

Decís que creciste mucho como director, ¿qué te pasa cuando ves “La suerte está echada”?

Y, bueno, se nota que no estaba en quinto año. Estaba en segundo. Es así. Uno hace lo mejor que puede en el momento que le toca, con el bagaje intelectual, creativo y técnico que tiene en ese momento. Con esa película yo trabajé muy limitado fotográficamente: una cámara HD y un lente standard. No andaba con una valija de lentes, probando opciones. Eso es lo que había, por el tipo de proyecto, de presupuesto, las posibilidades del momento, lo que me quisieron dar. Era lo que había. Una ópera prima sirve solamente para mostrar si el director merece filmar otra vez o no: el resto te lo vas ganando. Te dan lo que te dan y con eso tenés que ir a zapatear la cancha. Hay que tratar de hacer una buena película, mostrar que vale la pena y para la próxima buscar que haya más plata.

Sin embargo, quedaste menos conforme con tu segunda película.

“Sin Memorias” (2008) es otra cosa. Es una película que tuvo un resultado que no fue bueno. Fue una película que hice por encargo, al estilo yanqui. Me contrataron para ir a México a filmar una película. No me sentí cómodo porque en el camino me dijeron que no había ocho semanas para filmar, había cinco y media. Y yo ya estaba ahí. Hubo muchos quilombos, tuve a los productores americanos muy encima mío, acostumbrados a tener ese trato con los directores. Allá las películas son de los productores no de los directores. En EEUU, cuando filmás, una vez que terminás te dicen gracias y te vas a tu casa. Y cuando la están editando te invitan a que la mires una vez y digas lo que opinás y te vas. Si sirve lo que opinaste es otro tema, son los productores los que deciden.

¿Qué fue lo que pasó?

Trabajaba en México y un productor me decía que quería ver mi shotlist, la lista de planos para el día. Y me decía “esto por qué lo vas a filmar así, no me gusta, esto no va, esto sí”. “Sin Memoria” para mí fue un gran aprendizaje que yo puse después en “Un Cuento Chino”. En un momento me dije: qué estoy haciendo acá, hace cinco meses que vivo en un hotel de México, comiendo el menú del room service. Y estaba haciendo un gran postgrado en cine con los americanos. Y tenía un tipo que me despertaba a las seis de la mañana para que antes de llegar al set desayune con él y le cuente qué y cómo voy a filmar y por qué. Fue un ejercicio constante. La película tuvo muchos problemas. No es buena, tampoco mala. Pero no es la expresión que busco para mis películas.

¿”Un Cuento Chino” es esa expresión?

Absolutamente. Hice exactamente lo que creía que tenía que hacer. Dentro de las limitaciones que siempre surgen, aun cuando trabajás con megas presupuestos.

Una vaca cae del cielo y mata a la novia de un chino mientras le proponía casamiento. Un tipo llega a tomar tarde un avión y se quiere matar, sin embargo gracias a eso salva su vida porque el avión se cae. A otro muchacho lo convencen de que no se pegue un tiro y cuando está cruzando la calle para encontrarse con el que lo persuadió se lo lleva puesto un camión. Todos estos acontecimientos llevan la firma del director Borensztein.

 – El accidente, la suerte, el destino son temas recurrentes en tus películas ¿Qué te pasa con eso?

Sí, el destino es un tema que me encanta. Es difícil contestar por qué. Hay tres o cuatro temas en la cabeza de una persona, por lo menos en la mía. La ley del destino y del accidente a mí se me repiten mucho, las veo día a día, consumadas. A veces llegar tarde a un lugar te termina haciendo un favor, pero vos tenías que llegar puntual, y llegaste tarde y gracias a eso te das cuenta de algo importante que si hubieras llegado temprano no lo hubieras visto. Es todo un causa-efecto. El estar haciendo una cosa es no estar haciendo un montón de otras. Hay una especie de trama en la que todos nos movemos y estamos conectados. Estás atento o no a ella, pero está. Me gusta mucho y en la próxima película, que no tiene nada que ver, voy leyendo la página 40 y veo que aparece y que el tipo para salvar su vida termina haciendo algo que al comienzo no quería hacer. Y eso no lo pensé, pero estaba ahí. Porque los temas que te dan vueltas siempre están. Porque no se resuelven: el misterio nunca se resuelve, siempre da vueltas.

¿Las historias que querés contar para quiénes son?

Son para mí y para la gente. Para mí primero que nadie. Hay un objetivo de realización personal. Disfruto de la dinámica, del proceso: la soledad de la escritura, agarrar una hoja, tacharla, romperla, reescribirla, empezar de vuelta. Disfruto de ver la cara de la gente que se entusiasma con la idea. Es una campaña que me gusta. Encontrar los actores, los lugares, poner en plano físico lo que imagino. El viaje que implica hacer la película es para mí. Para el otro hay una historia que le tiene que gustar, atrapar, asustar, hacer reír, emocionar, hacer pensar, entretener. Toda película terminada cumple un doble objetivo.

¿Y cómo pensás al público al momento de hacer la película?

Para mí, el buen cine es entretenimiento más reflexión. Te entretiene por la razón que fuera, porque te hacer reír, o asustar o estar tenso.  Eso depende del espectador, de lo que más le guste. Y a su vez te genera un desafío intelectual, una reflexión, una idea detrás sobre la cual estás reflexionando al contar una historia. No todas las películas tienen esto. Hay una mezcla que tiene que ser muy balanceada. Para mí el cine no es bajada de línea. El cine militante, el cine moral, no me interesa. Me gusta que me dejen sacar mi propia conclusión. Mostrame, si querés, todo un universo, haceme reflexionar acerca de él, pero no me digas cómo es. El que expecta dice cómo es. De todas maneras, para mí es intelectualizar demasiado. Soy un tipo mucho más visceral, más intuitivo que racional. Y mi intuición es una buena herramienta: me costó mucho tiempo aprender a confiar en ella. Sé que algo que a mí me interesa escribir, tengo la fuerte sospecha, de que a un otro también le va a interesar. Parto de eso, de que puedo proyectar a mucha gente lo que a mí me interesa.

¿Cómo aprendiste a confiar en tu intuición?

De un éxito seguido de un fracaso. Cuando hice “El Garante”, una miniserie de terror para la tele, con Lito Cruz y Sbaraglia. Fue poderoso. Sentí que lo que me gustaba a mí funcionaba en la gente. Hoy lo miro y me parece que está buenísimo, pero a nivel dirección está verde, porque era lo primero que dirigía en televisión. Fue hecho con dos pesos con treinta. La intención, la esencia, estaba ahí. Pero, no había ni digital en ese momento. Todo analógico, con muchas limitaciones y poca plata. A huevo. Ahí trabaje intuitivamente. A pesar de que todos me rechazaban la serie, nadie la quería producir. Y me la produje solo. Y cuando la salí a vender nadie la quiso comprar. Tenía todo para decir “soy un boludo, esta idea no va, me la meto en el orto”. Sin embargo confié en que en algún momento le iba a encontrar el novio a la serie. Y años después se dio, de casualidad. Y deslumbró. No estaba tan equivocado, entonces: había tres boludos adelante mío que no la veían. Ahí supe que la intuición era válida, me permití influenciarme por ella. Como contrapartida de eso, hice después otra serie totalmente apartado de mi intuición,  es más, mi intuición, una voz muy chiquitita, me decía que no la haga. Pero, me dejé llevar porque el productor estaba caliente y el canal también, porque la otra había sido un éxito. Y me pegué un palo. Osea, la idea estaba bien, pero no funcionó por muchas razones y ahí paré, porque mi intuición también estaba acertada en ese camino. Tendría que haberme hecho caso, parar la pelota, agradecer y pensar un poco más qué hacer y qué no.

¿Qué es el éxito?

Es hacer algo que permite quedarte con un crédito para volver a hacer otra cosa después. Hacer algo que funcione, que te sume a favor. Que digan “este tipo hizo una ópera prima y merece pagar una segunda entrada para una segunda película”. Después si ese éxito lo traducís en mucha o poco gente…. no sé. “La suerte está echada” la vieron 75 mil tipos, sin publicidad ni nada taquillero, y después tuvo un circuito mucho mayor en dvd´s, en lo oculto.

Justamente, “La suerte está echada” se puede ver por Youtube, pero solo si ingresás con una pc con un IP que no sea de Argentina, ¿cómo te llevás con la reproducción gratuita de tu materia por Internet?

Yo hago las cosas para que las vean. Por supuesto que me gustaría cobrar cada vez que alguien aprovecha algo mío. Digo, cobrarle a Youtube, no al usuario. Ellos lucran, ellos venden publicidad porque la gente se mete a mirar y la gente se mete a mirar porque esta mí película y la de millones de personas más. Me encantaría poder cobrarle, pero ante la alternativa de no poder, prefiero que esté, que la vean. En definitiva uno hace las cosas para eso, para que estén vivas.

Imagen a mano alzada por Facundo Olivares.

Ser o ser otro

Ignacio Huang es un actor taiwanés, radicado en Argentina y formado en el IUNA. Aunque para muchos, es el chino de “Un Cuento Chino”. Ignorado en su comunidad por bohemio y ajeno en Argentina por oriental, plantea: “Ese es mi gran desafío: defender y asumir mi identidad y luchar contra los estereotipos”.

Ignacio Huang nació en Taipei, capital de Taiwán, a 19 mil kilómetros de Buenos Aires. Doce años después recorrería esa distancia arriba de un avión durante casi tres días. Su identidad quedaría perdida en el medio de esa larga ruta: en el mismo lugar donde la encontraría muchos años después.

Ya pasaron 24 años de ese viaje y ahora Nacho llega al Cementerio de la Recoleta, totalmente pálido, como si estuviese preparado para una de terror. “No se asusten, vengo de la prueba de maquillaje de la nueva obra”. Tiene la risa fácil y la expresión tierna. Su acento oriental envuelve su lenguaje de coloquio y lunfardo y le da a toda la escena un encanto que él siente propio, justo en ese lugar impreciso para las estructuras y los estereotipos: en lo complejo y lo particular de su vida, atravesada por dos culturas que no se reconocen entre sí y que construyen representaciones a groso modo de lo ajeno.

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Esta es la historia de Huang Sheng Huang, mal conocido como “el chino” de “Un Cuento Chino” o, actualmente, como el el chino gritón que tiene un supermercado en “Guapas”. Bien conocido como Nacho, una persona que decidió hacerse cargo de sus deseos, ser actor y trabajar desde ese lugar para desterrar los estereotipos que lo separaron tanto tiempo de su identidad multicultural y -lo separan- del reconocimiento justo y desprejuiciado.

– ¿Alguna vez quisiste ser otro?

– Y, sí, claro. Un día soñé con despertarme negro y cantar como ellos, tener esa voz. ¡Quise ser estadounidense! ¡Ser rubio! ¡Tener ojos claros! Porque hay todo un estándar de belleza occidental del que justamente uno queda afuera. Y mi conclusión fue: aceptás lo que sos o seguís sufriendo. Pasé muchos subes y bajas hasta llegar a la conclusión de que tengo que aceptar lo que soy, mi historia, mi devenir, no puedo negar mi raíz. A partir de ahí nace toda mi búsqueda de cruzar culturas, de mestizaje. Viví doce años en Taiwán, nací ahí, tengo una cultura fuerte, de 5 mil años, un montón de conceptos, estéticas, reglamentos e impedimentos metidos en la cabeza. Consciente o inconsciente, está en mi sistema de pensamiento. Pero, te juro que hay un deseo tan grande en el fondo de pasar desapercibido que llegás a decir… yo quisiera ser…normal.

Sentado en un banco verde de Plaza Francia, alejado del ruido de los camiones de basura y los colectivos que pasan a lo lejos, se ríe aliviado de poder decirlo, después de una pausa larga, algo dramática, que representa tantos años. Ahora él lo puede poner en palabras, pero antes fue silencio y angustia. Cuando los Huang llegaron a Buenos Aires no sabían hablar ni una coma en español. En Taiwán sólo quedaban deudas así que todo era mejor. “Venir acá era la posibilidad de sobrevivir”, recuerda. Pero Nacho tenía más barreras que esas: tampoco podía expresarse con los que hablaban su mismo idioma.

-Ser actor no era bien visto por mi papá. Para él los actores eran gente vulgar, promiscua, de mala reputación. Pero hay cosas que uno siempre tiende a buscar. Así fue como empecé teatro. Sin ninguna esperanza de ser actor. Lo hice para hacer alguna changuita en fotografía. Todos necesitan alguna vez un modelo oriental para unas fotos, pensé. Pero no tenía ni la más mínima esperanza de hacer algo artístico. Me fui metiendo y fui encontrando que en el mercado hay cierto huequito donde puede existir y trabajar alguien diferente. Después me di cuenta que siempre tuve clara mi vocación, pero no me atrevía a realizarlo, a vivirlo, por mi cultura, por la represión propia cultural y familiar.

Sus decisiones lo transformaron en más de un sentido. Se convirtió de a poco y para muchos en una oveja negra: se metió en la actuación, no se casó y dejó su empleo de diseñador gráfico. “Para mi familia fue una cosa tremenda, llegó un punto en que mi mamá y mi papá no querían ni mencionarme cuando llamaban a los parientes en Taiwán, me salteaban, no querían dar ninguna información mía”. Nacho para algunos ojos era el hippie que no tenía trabajo ni había formado una familia. “Prácticamente una vergüenza.”

– ¿Sigue siendo así?

– No. Todo cambió cuando -hace otro silencio largo- me volví famoso -y se ríe expulsando mucho aire-. Antes de hacer “Un Cuento Chino” yo era la lacra social, era la oveja negra. Después, mi viejo empezó a verme desde otro ángulo – su mamá ya había fallecido -. Y lo gracioso es que toda la sociedad taiwanesa, mi colectividad, me empezó a mirar distinto. De pronto, me convertí en un modelo para la comunidad: el joven ascendente, emprendedor, artista. Toda una planfetería tremenda alrededor mío, por la película, que repercutió mucho en la sociedad oriental.

– ¿Vos cómo sentís que ahora te miren de esa manera?

– Si hubiera sido referente desde mis inicios lo sentiría como algo bueno. Pero como yo viví el otro lado de la moneda y sé lo que es ser tratado como la vergüenza social, no me siento así. Sé que es algo que no entienden en esencia, porque yo no hice esa película de casualidad. Cuando fui a la audición con Sebastián Borenstein, el director de la película, quedé para el personaje no porque tuviera cara de chino. Fue por mi experiencia. Ya había actuado en teatro, en películas de cine independiente, en publicidad, en tele, me había recibido en el IUNA, cosas que los otros 250 aspirantes orientales no tenían. Así gané el papel, con diez años de trabajo atrás. Por eso no me interesa ni me engancha todo lo que ahora empezaron a decir sobre mí en mi comunidad.

– ¿Qué te pidieron en la audición?

– El momento clave de la audición fue cuando me pidió que contara un relato a la cámara que conmoviera. Pero en mi idioma, en taiwanés. No se iba a entender nada, pero tenía que conmover. Fui con todo el relato de mi abuela, de alguien que perdió mucha gente. Hablé de cómo es perder a alguien, que es básicamente la historia de Jun, el personaje. O sea, la experiencia de vida también sumó.

– ¿Te molesta que solo te reconozcan por esa película?

– Y… “Un Cuento Chino” fue hace 3 años. La memoria emotiva de la gente es así. Pero qué suerte, en todo caso, que eso es positivo. La gente se acuerda de mí con cariño.

– ¿Tu personaje respondía a un estereotipo occidental?

– No, porque estuvo muy trabajado y me involucré mucho en la construcción del personaje. Cuando Sebastián vino con el primer borrador, escribió desde su punto de vista, como un autor occidental ve a un chino. Decía: “El chino le dice gracias”, “el chino cabecea mostrando agradecimiento”. Entonces, le empecé a dar mi punto de vista. Armé toda una historia para Jun. Sugerí que era dibujante, trabajaba en una fábrica y era huérfano. Y a Sebastián le encantó. Quizás ni aparece en la película, pero por lo menos yo lo sabía. Es importante desarrollar todo el aspecto oculto y particular de un personaje para no caer en estereotipos.

Imagen: NosDigital
Imagen: NosDigital

– ¿Dónde está la frontera entre la identidad y el estereotipo?

– Ese es mi gran desafío: defender y asumir mi identidad y luchar contra los estereotipos. Uno no puede pelear contra su origen, contra su ser. Pero hay una ola muy grande que te pasa por arriba. Siempre trabajé para otra persona, hacía lo que otro proponía. En gran mayoría son directores argentinos. Claro, porque autor y productor chino no hay –se ríe-. Y me cansa hacer siempre lo que otro imagina que un chino debe hacer. Piensan en chinos cuando son personajes mafiosos, matones o torturadores. O piensan que tiene un supermercado o una tintorería. Es cierto que los chinos acá tienen supermercados, qué quieren, es un trabajo, pero no son solo supermercadistas. Además es como si todo lo oriental fuera igual. Hice de chino, koreano, japonés, todo lo que tenga ojos rasgados. Pero yo soy taiwanés. Existen diferencias finas pero complejas, distintas culturas. Por eso prefiero hacer cosas por mi propia cuenta.

– ¿Cuáles son las diferencias?

– Hay finas clasificaciones, es difícil establecerlas. Yo no puedo decir que un argentino es lo mismo que un uruguayo, pero creeme que para un chino están bastante cerca, aunque un uruguayo es un uruguayo y en los partidos de fútbol va a hinchar por Uruguay. Es lo mismo, pero allá. Japón tiene muchos problemas con China. En realidad, Japón tiene problemas con todos. Taiwán estuvo dominado por Japón toda una generación, la de mis abuelos. Mis abuelos hablan japonés. Dejó mucha influencia. Taiwán tiene toda una cuestión de la limpieza muy japonesa. Pero mis papás ya nacieron en la época de influencia china. A mí no me molesta que me confundan con koreano, japonés o chino. No tuve una historia penosa en donde me mataron mis parientes, no tuve esos conflictos. Actué como japonés, de hecho, sin problemas. Con China hay más afinidad todavía. Además, de raíz, un taiwanés es un chino. Hace 60 años Taiwán se separó políticamente de China y eso hizo que hoy por hoy los chinos y los taiwaneses piensen diferente. Los chinos son personas muy sufridas, salidas de catástrofes, más tensos. Los taiwaneses son más parecidos a la argentinos, más relajados.

Mientras las gárgolas del Cementerio contemplan las coquetas plazoletas, Nacho habla de su ópera prima, “China Pampa”: un crimen y entierro al estereotipo. Huang quería decir algo desde su extranjería, desde su experiencia como inmigrante: “La obra expresa cierta pena por habitar un mundo en el que la mayoría no es como uno, es diferente a uno. Como mi caso, que vivo en Argentina, donde casi todos occidentales”.

Al orientalismo, como se conoce a la representación que construye el mundo occidental del oriental, Ignacio lo choca en carne propia. Algo no encaja. Sin embargo, entiende que la clave está en quien ocupe el centro de la escena: “Ojo que si vas a China todos tienen una idea establecida de los occidentales: tienen nariz y ojos muy grandes. Así los identifican”.

– ¿Te sentís muy determinado por tu cuerpo en la actuación?

– Ahora se va estrenar La Salada, de Juan Martín Hsu, que es de origen oriental, pero nació en Argentina. Tiene toda una historia de inmigrante. En la película yo interpreto su alter ego casi, lo que él no puede expresar como actor, porque es director, lo hago yo. Hay un montón de situaciones rayadísimas que tienen que ver con esto. El personaje mira películas argentinas para ser más argentino, quiere tener una novia argentina, se cambia el color de pelo para ver si se ve más occidental. Una cosa que se torna ridícula. Esto mismo que le pasa a este muchacho le pasa a mucha personas, como yo, como otros orientales o por qué no simplemente gente de otras nacionalidades. El deseo de poder ser uno más y no estar marcado por la diferencia.

– ¿No es injusto que los papeles que te ofrezcan nunca excedan tu apariencia, independientemente de tu talento como actor?

– Sí, me duele pensar en eso. Cuando se estrenó “Un Cuento Chino”, aparecieron todas las nominaciones de premios. A mí no me gustan mucho, porque los premios son una demostración de poder. Digo, no es nada divertido ni interesante para mí como artista. Pero yo estaba nominado como revelación y como actor secundario de Darín. Y no gané ni uno, y la persona que ganó quizás hizo una película y un personaje menor. Y se llevaron el premio y ahora están en Polka o yo qué sé. Si hubiera sido argentino quizás me hubieran elegido. No es que quiera el premio, ¡quiero chances de trabajar!  Quiero que me den personajes que valgan la pena, no estereotipos. Y un premio te abre esas puertas. Y no se abrieron. Pero, la verdad, quiero dejar de perseguir toda la cuestión de que esto te lleva a lo otro, la escalera del éxito. Me quiero relajar, quiero estar tranquilo, porque hay un deseo muy fuerte de ser hijo legítimo, pero no me pasó, no es mi vida. Y tengo que convivir bien con eso porque se trata de mi sufrimiento, no del de los demás.

– ¿Qué cambiaste en tu forma de trabajar para evitar este sufrimiento?

– He dejado muchas cosas. Publicidad no hago más, que es lo más estereotipado de todo. Y es muy injusto porque es donde mejor te pagan. Es perverso: más te pagan cuando más te quieren someter, cuando más te exigen que seas lo que no sos. Todas publicidades horribles: un argentino es así y un chino de esta otra manera ¡No! ¡Un argentino no es de una manera! Un argentino varón no es el coche, la mujer y el partido. Me indigna que la sociedad esté diciéndote todo el tiempo cómo tenés que ser ¿A mí me querés decir quién tengo que ser? Me resisto a eso. Hago el personaje de Lucero en China Pampa, que es un chino gauchesco. Algo que uno no espera de un chino. Por eso es más fácil hacer tus propias cosas, autoproducirte, darte la chance a vos mismo de ser libre y de hacer otras cosas. En las producciones independientes y en la autogestión yo veo una salida a esta perversión.  No hay que dejar que el mundo te dicte como tenés que ser, porque  dentro de ese mundo se pierde. Te perdés.

– ¿Cambia esa representación según los ámbitos artísticos?

– El ámbito menos estereotipado es el teatral, es el más abierto. Tele y cine en Argentina son tiranía. La televisión en Argentina son tres productoras de tiras: Polka, Underground y Telefé. Casi que no podés elegir. Ahora estoy haciendo una participación especial en “Guapas”. Es un cliché hasta el extremo. Pero tampoco se puede pedir algo demasiado original en ese ámbito. Lo hago por los chances de poder conseguir más trabajos en el futuro, porque  si vos rechazás ya no te llaman. Elegís no hacer tele o tenés que someterte a esa lógica. Por ejemplo, el año pasado en Graduados estaba el actor Chang Kim Sung, que es koreano, y lo llamaron para hacer de chino. Hacía de un secretario chino homosexual. Funcionó ese personaje y se convirtió en un nuevo estereotipo. Este año me llamaron de una productora para hacer de un secretario chino homosexual. Siempre lo que tiene éxito se convierte en estereotipo.Y en cine tampoco tenés mucho para elegir: trabajás con Darín o hacés algo que van a ver 200 personas. Por eso el teatro es lo más libre: necesitás menos plata y podés decir algo.

– ¿Qué te interesa decir con esa libertad?

– Trato de empezar a ubicarme en un lugar intermedio entre mi comunidad y la sociedad argentina. Porque acá se sigue teniendo un misterio hacia mi comunidad, hacia lo chino, lo oriental. Está bien, no somos muy abiertos, pero hay una cuestión del misterio que genera distancia. Y yo me considero uno de los elementos menos misteriosos, más conocidos, porque hice una película con uno de sus actores más queridos. Entonces, trato de ponerme en el medio y de unir la dos cosas, una cultura con otra, de poder reconocernos entre sí. De eso se trata mi próximo espectáculo, “La Maquila”, que es de títeres tradicionales chinos ejecutados por titiriteros argentinos.

Ignacio, mientras se tapa hasta la nariz con todo el abrigo que trajo, admite que de vez en cuando considera la posibilidad de volver a Taiwán, donde quizás sea más reconocido o tenga más diversidad en las ofertas de trabajo. Pero, rápidamente dice que no, que no quiere volver a empezar de cero. Acá ya es alguien: es Nacho y es Huang, una química particular de culturas distintas que él buscó y encontró en un lugar que no es ni aquí ni allá. Es un lugar nuevo, inesperado y provocador. Entonces, descarta la ruta a Taipei y elige tomar el 110, de Recoleta a Villa Crespo, para llegar a tiempo al ensayo de “La Maquila”, su segunda obra de autogestión.

-Yo creo que se trata de búsquedas, cada uno desde su particularidad. Está buenísimo encontrarse y romper ese molde. Asumir lo incierto del futuro. Preguntarte cómo vas a seguir con esa tradición de tus raíces y cómo podés integrar esa tradición al mundo que te toca vivir. En el teatro inevitablemente vas a hablar de muchas cosas, vas a hablar de perversión, de todo. Y quizás mucha gente se va escandalizar, pero es parte del arte. Además uno no puede sumir sus deseos a las limitaciones de entendimiento y comprensión de los demás.