Hijo de Yuta

Una socióloga, militantes feministas y un historiador que plantea “nuevas masculinidades” coinciden en que de la violencia verbal a la física sólo hay un paso. ¿Qué hay detrás de una guarangada disfrazada de piropo? Otra devolución de Yoylayuta sobre las historias de violencia de género.

¿Es considerado violencia de género un piropo desubicado? ¿Qué se debe hacer ante la violencia verbal callejera? ¿Se puede denunciar? ¿Cómo toman la denuncia? ¿Y si eso encima lo hace un policía? ¿Qué pasa si le sucede a un travesti? ¿Por qué sucede eso?

Dentro de las denuncias que recibimos en #yoylayuta, la violencia de género se llevó una gran cantidad de comentarios. Desde chicas que iban tranquilamente caminando por la calle y un policía les dijo algún comentario guarango, hasta exhibiciones indeseadas en la vía pública.

La ley 26.485, sancionada en 2010 en Argentina, establece a la violencia contra las mujeres como:

“Toda conducta, acción u omisión que de manera directa o indirecta, tanto en el ámbito público como en el privado, basada en una relación desigual de poder, afecte su vida, libertad, dignidad, integridad física, psicológica, sexual, económica o patrimonial, así como también su seguridad personal”.

Esta definición alcanza a aquellas conductas o acciones “perpetradas desde el Estado o por sus agentes”.

Comentario de Gabriela en la página de denuncias de #yoylayuta

Esperando en la parada del colectivo en la Plaza del Maestro en Bernal, pasaban seguido la policía patrullando y en varias ocasiones cuando estaba sola los policías tiraban besos y decían groserías.

Raydel Romero Cabo es cubano y es el presidente de OMLEM, la Organización Multidisciplinaria Latinoamericana de Estudios de Masculinidades. Desde allí luchan para contribuir a la equidad en las relaciones entre varones y mujeres, haciendo visibles las desigualdades fundadas por el sistema patriarcal.

“Nosotros rechazamos este tipo de violencia callejera, verbal, porque este tipo de conductas tiene consigo una construcción machista. Para evitar esto hay que lograr que se concientice desde la escuela, desde la creación de escuelas públicas y con leyes que protejan a las mujeres. No hay que aprobar este tipo de cosas, hay que tener valor y rechazarlas”, asegura Raydel sobre el tema del que es especialista: las nuevas formas de masculiniades. Con respecto al rol de la fuerza de policía, Raydel agrega: “Si un oficial de policía realiza eso es que quiere demostrar cierto poder, una cuestión de creerse más por portar un uniforme y que pueden actuar con total impunidad”.

Desde otra perspectiva, María Alicia Gutiérrez, socióloga especialista en géneros y sexualidades, va a buscar las razones de esas agresiones. “Esto responde a una estructura de género, a un patriarcado del registro heterosexual. Hay una dificultad, una limitación con la violencia verbal. Arranca con un piropo, que no se registra como agresión, pero que es parte de esa hegemonía heterosexual. La agresión física empieza siempre como agresión verbal. La agresión verbal ciertos sectores la naturalizan, piensan que es normal decir un piropo al estilo de “que linda que estás mamita”. Pero lo que está naturalizado es el poder. Socialmente es más difícil que pase como agresión y esa es una batalla”.

En septiembre de 2011 por primera vez en Argentina se sentó un precedente penal sobre la violencia verbal de género: un hombre fue condenado a seis meses de prisión en suspenso por amenazar con pegarle un tiro a su ex mujer. El fallo fue dictado por el tribunal Penal, Contravencional y de Faltas Nº 6 de la ciudad de Buenos Aires, a cargo de la jueza María Laura Martínez Vega.

“Este tipo de actos antes se cerraban y quedaban en la nada porque no habían testigos; ahora se ve un pequeño cambio en la forma en que se investigan los hechos y se empiezan a tener más en cuenta este tipo de casos”, aseguró Analía Monferrer, titular de la Oficina de Violencia Doméstica de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, que está ubicada en Lavalle 1250 PB, y atiende denuncias los 365 días del año y las 24 horas, también pen los teléfonos 4370-4600 internos 4510 al 4514 y el correo electrónico: ovd@csjn.gov.ar

Desde la Defensoría del Pueblo de la Ciudad, recomiendan una serie de tips a seguir a la hora de realizar una denuncia de violencia de género.

Si fuiste víctima de violencia, abusos físicos o psíquicos, apremios o torturas ejercidas por parte de las fuerzas de seguridad, es importante que hagas la denuncia penal para
que esos hechos se investiguen y no queden impunes.

¿Dónde realizar esa denuncia?
– No es aconsejable que la formules en la comisaría.
– Si el hecho ocurrió en la Ciudad de Buenos Aires, podés hacerla en la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Criminal y Correccional que queda en Viamonte 1155, de lunes a viernes de 7:30 a 13:30. No es necesario que vayas con un abogado. Es importante que cuentes detalladamente lo que te pasó.
– Allí te indicarán cuál es el juzgado que va a intervenir y te darán una orden para que te revise el cuerpo médico forense.
– Como los horarios de atención de la Cámara son bastante restringidos, si fuiste víctima de lesiones es conveniente que te acerques al hospital público más cercano para que los médicos dejen la constancia correspondiente. A primera hora del día hábil siguiente,
hacé la denuncia en la Cámara.
– Si tenés dudas o querés que un abogado te asista, podés acercarte a la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires, que queda en Piedras 445 5º piso
– También podés solicitar asesoramiento o consultar sobre la posibilidad de que te brinden patrocinio jurídico gratuito en la Defensoría General de la Nación (Programa
Asistencia y Patrocinio Jurídico, Suipacha 570 Piso 6, Tel. 4328-3662).
Si estás detenido, alguien de tu confianza o tu abogado debe hacer la denuncia ante un juez.

Otro referente en el tema es la Asociación Civil Casa del Encuentro, una organización con un proyecto feminista por los derechos humanos de todas las mujeres, niños y adolescentes que desde hace quince años lucha contra la violencia de género. Ada Beatriz Rico y Fabiana Tuñez -ambas co-fundadoras de la ONG- realizaron un informe en dónde enumeran un punteo de asuntos necesarios y faltantes para analizar la problemática. “Hay que considerar a la violencia sexista como una cuestión política, social, cultural y de derechos humanos. Así podremos ver la grave situación que viven las mujeres, niñas y niños en la Argentina como una realidad colectiva por la que se debe actuar de manera inmediata”. Algunos de los planteos más importantes que reclama el informe:

  • Estadísticas oficiales sobre violencia hacia las mujeres, incluyendo los índices de femicidios, para el correcto diseño de políticas públicas integrales indispensables para poder prevenir y asistir a las mujeres víctimas de violencia sexista.
  • Dialogo / pacto y consenso social político para diseñar un plan nacional para la erradicación de la violencia de género, compuesto por el Ejecutivo Nacional, Ejecutivos Provinciales, Poder Judicial, Poderes Legislativos, fuerzas de seguridad, universidades, asociaciones sindicales, partidos políticos y organizaciones de la sociedad civil.
  • Programas Nacionales de Asistencia Integral desde una perspectiva de género para las mujeres víctimas de violencia sexista: asistencia psicológica sostenida en el tiempo
  • Acceso a la justicia con patrocinios jurídicos gratuitos, para asegurar el acceso a la Justicia de los sectores con menos recursos económicos.
  • Existencia de mayor cantidad de hogares refugios para mujeres en todo el país víctimas de Violencia Sexista, con una asistencia interdisciplinaria, desde una perspectiva de género, con el objetivo de fortalecer a las Mujeres para que puedan rearmar un proyecto de vida libre de violencia.
  • Asignación económica temporal, un subsidio habitacional y de alimentación para las víctimas de violencia otorgado por el Estado Nacional.
  • Asignación de presupuesto acorde para poder implementar en su totalidad la Ley N º 26.485 “Ley de Protección Integral para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra las Mujeres en los ámbitos en que desarrollen sus relaciones interpersonales”.
  • Incorporación en todas las currículas educativas de los diferentes niveles la temática de Violencia Sexista.
  • Banco Genético de Datos Nacional que registre las mujeres y otras personas denunciadas como desaparecidas con antecedentes de violencia sexista o presunción de trata.

Otra experiencia más descontracturada es Atrévete! o HOLLABACK, un movimiento que se dedica a pensar cómo cambiar la forma en que se piensa sobre el espacio público, reclamando el derecho de las mujeres de caminar en la calle sin acoso: “Creemos que toda persona tiene derecho a sentirse bien en la calle sin ser clasificada como un objeto. El acoso en la calle es una de las formas más generalizadas de la violencia de género, parece culturalmente aceptado, pero nosotras no lo aceptamos y en esta página exponemos las denuncias que le suceden a la gente todos los días”, cuenta Inti Tidball-Binz desde el sitio que comenzó en México y que se expandió recientemente hasta Argentina.

Por último, al cierre de esta edición nos desayunamos con que la militante trans Diana Sacayán fue víctima de agresiones que – como explica la socióloga- fueron de la violencia verbal hacia la violencia física, siendo brutalmente golpeada primero por un hombre que la Gendarmería no detuvo, luego por la Gendarmería misma, y más tarde abandonada por la Policía Bonaerense en la puerta de un hospital, sin tomársele la denuncia. Reproducimos a continuación el comunicado que narra el grueso de los hechos y muestra, una vez más, que del piropo o la grosería a la violencia física hay solo una cuestión de escala: la escala del poder patriarcal.

“Mi nombre es Diana Sacayan, soy trabajadora del INADI, pero por sobre todas las cosas una luchadora constante  y quiero realizar la siguiente denuncia:

Que el pasado 10/08/2013 aproximadamente a las 2 de  la madrugada, estaba en un bar pegado a la Estación de Laferrere. De echo este bar está en la estación de trenes, cuando un hombre comienza a dar insultos  sobre mi condición de travesti  , desde luego que le contesté y seguidamente el individuo comenzó a gritarme insultos e intentó echarme del lugar, a lo que yo me negué sin que el dueño o encargado, ni ninguna de las personas presentes intervengan. El individuo de unos 35 a 40 años se lanzó a propinarme  golpes de patadas  y tomándome de los pelos me arrojo al asfalto y me dio unas 7  o 10 patadas en la cara tirándome al piso. Yo logré correr hasta el hall de  la estación de trenes que esta a unos escasos diez metros para poder solicitar ayuda de gendarmería, quien habitualmente permanece en el lugar. Cuando llegué al hall, ellos lograron  detener  al individuo pero  luego de mantener una breve conversación lo dejaron ir sin labrar ningún tipo de actuación. Ante mi grito indignado de:  “no lo dejen escapar”, los uniformado comenzaron propinarme golpes a bastonazos, por lo que decidí, con la cara ensangrentada, correr  hasta la Comisaría, a unas 5 cuadras se encuentra la Distrital Primera. El comisario salió de su oficina y yo le relaté los hechos. Este ordenó que me lleven al hospital, con lo que me trasladaron en el Movil 49.722 pero que me dejaran en la puerta sin realizar registro alguno en la guardia del Hospital Germani de Laferrere , negándose a tomarme la denuncia correspondiente”.

 Imagen: NosDigital

Yo no soy invisible

Yo soy Ernesto Martínez y me asesinó la policía en Lanús. Era un pibe común hasta que me volví una víctima más del gatillo fácil. Mi muerte hubiera sido un plan perfecto, pero zafó de las balas Santiago, mi mejor amigo, que vivió para contarlo. Fui pobre y me mataron por serlo. En vida, nadie me escuchó. Pero no pudieron silenciarme.

 

La voz de Santi

 

Todavía no tenemos los nombres de los policías. La salita no tiene los medios para darle vida a un pibe que llega en ese estado. Los tipos sabían y ahí nos llevaron. UPA (Unidad de Pronta Atención) se llama. No da esperanza el nombre. A Ernes lo dejaron ahí. A mí me llevaron al hospital Gandulfo por la herida en el brazo. Capaz que si hacían 20 cuadras más, lo llevaban al hospital y lo salvaban.

***

La voz de Ernes

Que es un barrio privado, privado de todo ya lo dijo Maradona. Que acá la cana hace lo que quiere no lo dijo nadie, pero lo sabemos todos. Diego hizo una cancha acá en Fiorito frente a mi casa. El césped se lo llevaron los campeonatos que jugamos. La pintada del fondo la hicieron mis amigos: “Herne, amigos por siempre”. Desde chiquito, en lo de Santi, Rubén, el padre nos enseñaba a manejarnos con cuidado. Nos miraba y decía cosas que ahora entiendo. A él le daba los lujos que podía.

Nos criamos acá en la calle. Nos fascinaron siempre las motos. Las veíamos pasar desde la cancha y nos imaginábamos cuando corriéramos por todo Lomas y Lanús. A las pibas les gustan.

Vimos cómo tomaban terrenos, cómo nuestros tíos, nuestros hermanos, nuestros amigos empezaban a cartonear. Todo por tener algo nuestro. Y llegamos a hacerlo. A Santi, Rubén le compró una Yamaha YBR. En el medio conocí a mi mujer, quedó embarazada. Cuatro meses y una felicidad enorme, muchos planes.

***

La voz de Santi

Arrancamos a las 21 ese jueves 28 de febrero. Salió de la casa, nos juntamos en la esquina. Nos sacamos unas fotos, como siempre que podíamos. Éramos seis, siete. Y media agarramos la moto y dimos unas vueltas por Lomas. Siempre andamos por todos lados. A veces me levantaba y lo iba a buscar. Un par de cuadras antes del cementerio, las más escondidas, un chabón se bajó de una EcoSport. Me parece que era policía porque no dijo nada y empezó a tirar. Plá plaplá. Plá plá. Estaba solo. Después empezó la persecución de la Hilux de la policía, cuando veníamos para acá, para zafar, buscando luz, derecho por Hornos desde el cementerio. El patrullero nos empezó a tirar. Yo venía levantando las manos hasta que me pegaron el tiro en el brazo. Yo le decía a Ernes: “Acelerá, acelerá”. Seis, siete cuadras levantaba las manos y ellos seguían tirando. Si frenaba, nos iban a matar a los dos. Aceleramos, la Hilux tiró a rebaje y lo encalzó. Ernes lo esquivó y ahí nos tiró como seis corchazos. A mí me dieron en el brazo y a él le cruzó de lado a lado. A la media cuadra se dio cuenta de que le habían dado. Ya le estaba faltando el aire, se empezó a desvanecer y me pidió que no lo dejara. Yo lo puse en el tanque y con una mano aceleré cinco cuadras hasta que nos caímos. A él lo dejaron como 20 minutos ahí. A mí me empezaron a pegar. Ni sentía las patadas. Quería levantar a Ernes y llevármelo. Eran tres. Dos chabones y una minita. Pidieron refuerzos. A la minita la conozco re bien, me fue a cuidar al hospital, todo. Ahí se llenó de gente que les decían: “¡Lo están dejando morir!”. Me llevaron a la salita.

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Imágenes: NosDigital

El de adelante lloraba.

-¿La moto es legal o trucha?

-Legal.

Y lloraba:

-¿Y por qué corrían?

-Y si venías tirando.

De ahí, a mí me trasladaron al Gandulfo.

Tiros y tiros y tiros tiraban ellos. Sonaban plá. Ninguno era de gomas. Acá en los barrios marginales casi no usan balas de gomas. La comisaría de Fiorito ese mismo día, la cana mató a un pibe de un tiro en la cabeza. Tiraban desde la derecha y la minita de atrás. Los que nos dieron a nosotros eran de la 7ma dependencia, de Centenario, que es un descontrol. Yo caí una vez y me rompieron todos los dientes. Yo tenía 16 años. Me tendría que haber ido a las 12 y me fui a las 4. Cuando mi viejo pidió verme, a mí me estaban pegando. Lo dejaron verme por una rendija mínima.

-Andá verlo allá.

-No. Lo quiero ver, lo quiero ver bien.

Lo sacó matando.

-Ahora no lo ves nada. Salí para afuera

Indignante cómo te tratan.

A mí me pegaron una banda, no uno solo. Me quisieron quemar, pero como tiró toda junta, yo la esquivé y zafé. En esa comisaría te re verduguean.

***

La voz de Santi

Son gente como nosotros… No tienen corazón. Cómo no me van a dejar verlo más que por una rendija. ¿Y si estaba mal? Yo digo que se manejan por portación de cara. Si sos negro, feo, no valés. No somos dignos de nada.

Claro, yo le pregunté a Santi por qué no pararon.

-Si yo levantaba las manos para que no tiraran y seguían. Lo cargué en el tanque y seguían tirando. Qué voy a parar. Yo quería llegar a donde hubiera luz, ahí en el cementerio no hay nada. La gente salía a la calle. Lo mataron re mal.

Y es verdad. Porque acá no buscan a los que traen droga, que es lo que mata. Hay chicos que son muertos vivientes. Los de arriba no miran lo que realmente está matando. Si ni en la puerta de mi casa puedo dejar la moto porque vienen y me piden los papeles. Yo no conocí muy bien los tiempos de la dictadura, pero los pibes no pueden salir ni a la puerta de la casa. Tenemos miedo de que nos lleven. Estamos viviendo en un  país democrático, donde creo yo que somos libres. Y nosotros no tenemos esos derechos. Todos los días pago los impuestos y no tenemos derecho ni siquiera a hablar, a hacer una denuncia porque no sabemos si la policía hace algo o no. Todo porque vivimos de las vías para acá. Somos marginados. Eso, en una palabra: somos marginados. Para colocar un teléfono, somos zona roja. Entonces, la pucha, quizás porque no tenemos estudios, porque comemos lo que podemos comer. No hay derecho. Todos somos seres humanos. A veces prendo la tele y veo que la presidenta habla de la juventud que es la base del país. Habla de la juventud de ellos porque la nuestra no tiene derecho a andar en pantaloncito corto, a andar en moto, a usar gorra. El que la hace mal la tiene que pagar, pero acá el problema es usar gorra. Estamos cansados de siempre ser nosotros los que ligan los palazos.

Nosotros nos juntamos para pelear por la justicia de Ernes, por nuestra dignidad. Estos policías están trabajando y mañana pueden cometer el mismo delito, total ¿Quién les dice algo? Un pibe más… Todos los días, un pibe más. Parece que no somos dignos de nada.

Y los profesionales nos dicen: “Encima que tu hijo fue a delinquir, ¿vos lo premiás con una moto?”

A veces es fácil hablar cuando tenés la teoría. Sabés qué difícil cuando tenés un hijo rebelde, por ejemplo en la escuela. “Seguro que hay problemas en tu casa”. Ese chico puede ser un hombre de bien. Si hace algo, lo marginan. Yo no soy dueño de la vida ni nada. Ellos se creen que sí.

***

La voz de Rubén

Gatillo fácil en Lanús.
Gatillo fácil en Lanús.

Por el frente de mi casa pasan autos raros, dos Kangoo, que nunca vimos por acá. No sabemos quiénes son. “Tirarte contra el poder es como tirarte contra la mafia. Uno siempre tiene el temor de que pase algo raro. Por eso no queremos que le saquen fotos”, le digo a Santi para que no salga, para cuidarlo.

Esa noche misma que pasó lo de Ernes, cuando notificaron que, bueno, que el Ernes estaba muerto, los pibes se vinieron para acá. La cana apareció en la esquina y los sacaron matando. Se tomaron el vituperio de que uno está de duelo. ¿Qué quieren hacer? ¿Atemorizar? Ni siquiera tuvieron respeto. Vos imagínate que la gente está herida. Se podía armar cualquier cosa: está la bronca, el dolor. Es una provocación. No lo veo bien yo por esa parte.

***

La voz de Ernes

Caio, mi hermano, habla poco. Escucha que la yegua relincha y se preocupa. Está atada a la reja y la puede llegar a romper, pero está ocupado tratando de difundir lo que me hicieron. Nuestro cuñado, Jorge, está en el Movimiento de Trabajadores Excluidos. Está dando una mano enorme en la movilización y conseguir abogados. Caio le acepta la propuesta por Nextel: “¡Tenemos que hacer una comidita, eh!”. Gracias a Jorge ahora tenemos abogados en la causa. Rubén, cuando Santi cayó en cana el año pasado tuvo que vender el auto para conseguir un abogado que lo defendiera bien. Ahora que la otra parte es la cana, que tiene mi homicidio encima, tendríamos que vender la casa si no nos dieran una mano.

Saben que yo no tenía armas. Mis hermanos tienen la verdad. Se lo dijeron los pibes. “Aunque mientan ellos, van a tener que entregar al que tiró en algún momento. La mentira tiene patas cortas. Sabemos que la van a pagar”, dice ahora Caio. Pero mientras le saca tiempo de laburo, de descanso. La primera semana ya estuvieron dando vueltas con quién va a agarrar la causa. Parece que está definido, volvió a menores. El secretario de fiscal de menores nos dijo: “Pasa al de mayores, porque está comprobado que el que tiraba era el mayor. Al menor ni siquiera lo podemos retener porque en la investigación es como que no tiene nada que ver. No tenía pólvora en las manos”. ¡La dieron vuelta! A ellos hay que investigarlos. Y todavía no sabemos qué hicieron cuando estuvieron solos con mi cuerpo.

***

La voz de Caio
Por eso fuimos a presionar, a hacer un escrache a la comisaría 7ma. Estaban todos metidos adentro porque sabían que se habían mandado una cagada. Infantería estaba afuera. Estaban también los de la 5ta, la de Fiorito. Son todos ñieris. Logramos llegar hasta ahí de buena manera, hablando y diciendo que no íbamos a hacer quilombo.

***

La voz de Rubén

-Esto a nosotros nos afecta, porque no todos somos malos. Nos afecta a los policías que queremos hacer bien las cosas.

-Si ustedes tuvieran esa mentalidad, los de abajo suyo van a hacer bien las cosas. Esos asesinos siguen trabajando. Tienen acceso a lo que se les canta. Yo no voy a negar que hay policías buenos, pero evidentemente algo más grande funciona mal. ¿Por qué siempre mueren pibes pobres?

¿El estudio de la ciencia según la Policía?

Una simple recorrida por la Universidad de la Policía Federal, nada más. Una mirada ácida porque está cargada de palos, maltratos, detenciones arbitrarias, prejuicios y juicios de quienes hacen la inseguridad todos los días. Sin homogeneizar pero sabiendo que el chip del “botón” es uno sólo y se mete en este lugar.

Fotos: Nos Digital

No esperen que responda la pregunta de qué carajo enseñan en la Universidad de la Cana porque ni siquiera pude entrar a una clase. Voy a hacer lo que siempre quise hacer, que no es escuchar a un profesor de esta Universidad, que no es cursar una materia, ni siquiera entrevistarme con algún alumno… simplemente quiero entrar. Ver qué, cómo es la facultad por dentro pero también qué pasa. Pero no es sólo meterse a ver qué onda y si puedo criticar, mejor, sino entrar a un espacio inexplorado, desconocido, causar algún efecto literario que pueda compartir una experiencia, las sensaciones, las informaciones…

Tampoco es mucho lo que hay acá adentro, pará. Tampoco generé lo suficiente para llegar al Pullitzer. Me gusta pensar en la sencillez de las pequeñas escenas de la vida cotidiana, que dicen tanto… Es interesante la mirada inocente sobre un espacio desconocido que transcurre como si nada, como siempre, como si yo no estuviera… Es revelador, después de croniquear varios lugares, por ejemplo entablar patrones comparativos como: los baños.

¿Alguna vez te pusiste a pensar qué tan diferente pueden resultar las inscripciones de un baño de un boliche, de una facultad o las de un hospital? ¿Por qué las diferencias? ¿Qué nos dice el baño de la UBA de la UBA y el de la PFA de la PFA? Tampoco hagamos hablar a los baños, que no dicen de todo pero algo dicen, lo mismo que las paredes, y las personas, las edades, las vestimentas y las charlas también.

¿Pero viste como se puede inventar una crónica de la nada?

Aunque para mí, en el sentido simbólico de los detalles de la vida, pasó de todo.

Paso de largo el primer edificio, en el medio hay un estacionamiento con muy lindos árboles (¡un pino!) y plantas, y atrás la cosa sigue. Pasé de largo porque adelante estaba la recepción y si veían a un perdido íbanlo a ayudar – ni ayuda quiero: movimientos vírgenes-, y aparte para simular que era un habitué. Yo paso de una, papá, soy de la cana.

Atrás más aulas, otro estacionamiento y una “sala de tiro”. Hasta ahí no llegué. Ni en pedo.

El edificio donde estoy se nombra “Comisario Mayor Roberto Rodolfo Capello”. Es un edificio exclusivamente de aulas y aulas. Madera, mármol, vidrio. Dos baños, limpios. Un cuarto de “personal autorizado”.

De ahí sale una voz. Juro por el comisario Capello que alguien – palabras más, palabras menos – dice esto: El Sarmiento no tiene ventanas – Podés fumar cigarrillos, marihuana, lo que se te ocurra… (Se escucha un sonido como de aspiración, inentendible hasta la frase que sigue, que – se deduce- emula movimientos mímicos de estar fumando), ¡se queman los dedos!

– Se suben ahí, en Morón…

No se escucha más. Pasa una chica con cara de mala.

Otra chica y otra chica. Parecen ser alumnas, salen de algún aula. Hasta ahora tres pibas y ningún pibe.

Bajan sí dos o tres jóvenes pero también unas muchachas, todos junto a una profesora: saco rojo, cartera cara, lentes en la frente, rubia teñida, habla sobre la dificultad de sus alumnos (ellos) de dar exámenes orales, la profesora.

No sé si es que aquí vendrán muchos hijos de policías que genéticamente le hayan transmitido cierta fisiología pizzística a sus hijos o qué, pero – no lo digo mala sino descriptivamente- aquí hay mucha gente cuya ecuación entre altura y masa muscular excede el llamado “peso ideal”.

No se enojen: gordas: yo también soy un gordo. Flacas: aguanten los gordos.

Hay una que espera a la salida de un aula, y me acerco y es (espera) porque está terminando una clase. No me había dado cuenta. Está la puerta abierta y se oye al profesor y a los alumnos. Mi colega gorda mira hacia adentro, cómplice de la charla que se está dando: entiende; participa como testigo. No interrumpo su atención y me pongo contra la pared, para poder escuchar sin que me vean.

Entonces: conversación 2, Aula B-20. Tema: la fecha de un parcial. Modo: distendido. Interlocutores: una voz que parece un profesor y 4-5 voces que parecen alumnos. Tono de voz del profesor: de pajero. Tono de voz de los alumnos: son varios, qué se yo.

Le dicen “doctor” al profesor. Le preguntan “¿qué se toma?” y no hablan del corte de la colombiana sino sobre los temas que entran en el parcial. La respuesta del profesor es magnánima: “A partir del último parcial, lo que siguió después”. Y sí.

Sigue la charla su curso hasta que irrumpe una segunda frase para el recuerdo, del profesor “En la profesión, vos no podés decir “esto no lo vimos en clase”. Decís “sí, ¿a dónde voy?”.

Este tipo – esta frase- puede estar formando a) licenciados en seguridad ciudadana (4 años), b) abogados (5 años), c) licenciados en accidentología y prevención vial, d) enfermeros, e) técnicos universitario en balística y armas portátiles, f) calígrafos públicos, g) licenciados en organización y asistencia de quirófanos o h) peritos en papiloscopía.

Tales son las carreras que dicta esta facultad. Todas son permeables de la frase del profesor: “En la profesión, vos no podés decir “esto no lo vimos en clase”. Decís “sí, ¿a dónde voy?”. Pensarlo en algunas da más miedo que en otras.

Qué será la papiloscoía, te quedaste pensando. No tengo internet y no puedo buscarlo. En cambio te propongo que pienses en esto otro: de todas las carreras, la única “exclusiva para personal de la PFA” es abogacía.

¿Enseñarán a cubrir evidencias, a plantar pruebas? ¿Se estudiarán los diferentes modos de coimear a un fiscal o un juez? ¿Serán parte del plan de estudio las estrategias para dilatar los procesos judiciales? ¿Será jefe de cátedra El Fino Palacios y El Gordo Valor un ayudante?

Preguntas existenciales.

Si no sos policía, no podés saberlo. Les devuelvo la frase que ellos encarnan cuando matan a un pibe joven y pobre: “Por algo será”.

Ah, también sobre las carreras, tenés un título intermedio para ser “perito en balística” en sólo 2 años. Para vos que estás desempleado…

Obvio que todas las carreras son aranceladas excepto, claro, para el personal de la fuerza. El hombre de la recepción no anda con vueltas para contarme que, casi antes que nada, se paga: completás un formulario online, dejás pasar 72 horas y abonás $1104 de la matrícula en un banco Santander Río; luego venís con el comprobante y la documentación requerida y listo. Ah, tomá, estos son los planes de estudio: 1/3 de página A4 con las materias.

La cantidad de materias por carrera varía según los años estipulados para cada una, claro, pero en general contemplan entre 10 y 12 materias por año. Para la Licenciatura en Criminalística – una de las carreras más largas de la IUPFA- hay desde inglés y fotografía hasta “ecología forense” y biología molecular. Una materia llamada “falsificaciones y adulteraciones documentales” me devuelve la duda sobre si enseñarán cómo practicarlo o tan sólo los métodos de identifiación. Una cosa es la otra… la técnica para adulterar un documento la sabés. Qué hacés con eso ese otra cosa.

Acompaña estos saberes una biblioteca especial. Digo especial porque tiene bibliografía específica, nada de literatura, poesía ni libros zur-di-tos. Una cartelera (otro patrón comparativo con otros lugares) anuncia las “novedades”; estimo que son libros recién llegados. Algunos: Historia de los pensamientos criminológicos, El virreinato de las provincias: su organización militar, El líder resonante crea más, El bebé perfecto: tener hijos en el nuevo mundo de la clonación y la genética, etc.

El criterio bibliográfico es, al menos, raro. Cómo pasamos de la organización militar al bebé perfecto me perdí. “El líder resonante crea más” no sé si es una obra de Hitler o del maestro Amor.

Opa. Voy buscando los peores títulos y encuentro uno excelente: “Vigilar y castigar” de Focault. Pienso que en una universidad “tipo UBA” de la policía éste sería el primer texto de la biblioteca – y de la bibliogafía obligatoria de cualquier carrera- y no uno que llega recién este 2012.

La cartelera además anuncia cursos intensivos en seguridad bancaria y seguridad informática. También de “Comunicación eficaz” y de otro “Curso de actualización en las relaciones laborales”. La diferencia entre los carteles de los 4 cursos es que sólo los últimos dos llevan el sello del Ministerio de Seguridad.

Todo esto vi mientras escuchaba al profesor que enseñaba a caretar lo que él no enseñaba. Me figuraba su cara – sólo escuchaba su voz durante varios minutos-, su vestido, sus movimientos. Por eso espero hasta el final, hasta verlo, y sale nomás de un prolijo traje. La cara no me acuerdo, pero la voz seguía siendo pajera. No sé de qué hablaba con los alumnos pero su última frase – ya en la mitad del pasillo, dejando atrás a sus discípulos, caminando apurado y gritando casi sin darse vuelta, con un leve movimiento hacia el costado-: “No quiero decir que ustedes son los monos. Los monos son los legisladores”.

Después de tanto pensar, me imaginé el contexto de la frase: charla sobre los temas del parcial; debe ser una clase de abogacía, o algo vinculado a las leyes; ahí entran la cuestión de los legisladores; ponele que están hablando sobre la forma de estudiar las leyes, no sé, me lo imagino por la frase “repetir como un loro”; me imagino hasta un error del profesor que dice, en cambio, “repetir como un mono”; entonces el profesor lanza esa frase y sale a aclarar que no refiere a los estudiantes sino a los legisladores; entonces: “No quiero decir que ustedes son los monos. Los monos son los legisladores”.

La interpretación incluye siete situaciones inventadas con conexiones forzosas e improbables y un error involuntario del profesor. La única otra situación que explique la frase, se me ocurre, es geográfica: estoy en la Universidad de la Policía y si encuentro sentido a las cosas que se dicen es porque estoy mal.

La última cosa que se me ocurre al respecto – al recorrer los pasillos llenos de hombres grandotes, peludos y cuyo instinto primero es la violencia- tiene que ver con la semántica de la palabra “monos”.

Sigo hacia otras aulas pensando estas cosas y haciéndome el desentendido del mundo universitario. Para profesores soy alumno; para los alumnos seré un ayudante o quizá un administrativo; para un administrativo también debo ser un alumno; para mí soy un tipo que da vueltas sobre un edificio casi vacío: en el edificio del Comisario hay 4 aulas de 25 llenas, con muy pocas personas en cada una de ellas. No digo que las carreras que ofrece la IUPFA sean un fracaso pero, al menos, el edificio le queda bastante grande. ¿Será lo mismo? No sé.

Intento explorar un paisaje que no sea educativo, una oficina, un comedor, algo. Sin darme cuenta estoy en uno: el ascensor. Hay 4 y me subí al que bajó más rápido (toqué para todos). Quiero ir al 4to: toco. No sube. Al 3ro: toco. No sube. Mierda, al 2do. Va…

Llego al segundo. Salgo del ascensor, medio extrañado – medio caliente. Lo miro. ¿Qué te pasa, ascensor, que no me querés llevar? Su cartel arriba me responde: “Ascensor montacargas”. No entiendo pero debe ser por eso. Al lado hay otro, dice, “exclusivo para autoridades”.

Me meto de querusa en una oficina: como todas pero con cuadros como ningunos: cuadros que remiten a los responsables de la seguridad en 1800 y tantos. Es decir “celadores”, “alcaldes”, soldados, figuras de la época que velaban por la seguridad civil. Siempre – en los cuadros se ve- empuñando un flor de facón, y patilludos.

Salgo de la ofi, bajo, veo un cartel que señala un “Salón de encuentro y formación juvenil”, llego: una sala que parece un comedor, mesas y muchas sillas apiladas, tres tipos grandotes, de negro y gel que se dan vuelta para mirar al visitante (yo). Me miran, me intimidan, me voy. Llego a ver un dispenser de Coca y otro de snacks, al mejor estilo yanqui. Eso es to-to-todo el centro de formación y sarasa juvenil sin jóvenes.

Cruzo el estacionamiento-patio que une a los dos edificios por donde anduve. Está lindo bajo la sombra de los árboles. Hay algunos asientos sobre los que alguien estudia y otra gente que conversa parada. Gente que pasa. Llego a sacar un promedio de casi 3 mujeres por cada varón que vi, sobre todo dentro de las aulas (hay uniformados pasando y también la mayoría de los profesores que vi eran masculinos). Jóvenes no tan jóvenes de 30 años promedio. Uno de los que conversa, llego a ver, y me pregunto si tendrá algo que ver, y luego me pregunto si tendrá que ver con qué, qué con qué, pero lo cierto es que este alumno lleva una campera con parches que me son difíciles de explicar e interpretar: los definiría como de “símbolos aguilescos”. Escudos, escudos con alas de águilas, cabeza de un águila, números que identifican algo, finalmente una sigla, AFFSA, que ahora recién busqué: Air Force Flight Standards Agency. A mí estas cosas de las águilas, simbología nazi por medio, me dan un poquito de escalofríos…

En este patio estoy cuando un uniformado, lo veo de lejos, camina en mi dirección. Es decir, viene. Yo estaba anotando esto del AFFSA en plena actitud sospechosa: un desconocido que se estuvo moviendo por el edificio y ahora anotando, mirando y anotando. ¿Pensará eso el policía que viene hacia mí? Ay… Me hago el que estoy estudiando, relajado, cambio la hoja y escribo algo para despistar, algo que no pueda entender: Stendhal ironizaba el carácter exagerado del romanticismo… Porque mirá si me lee las anotaciones de los símbolos aguilescos, mirá si lee esta crónica y me lleva, me lleva y me interroga en un cuarto apartado y no me queda otra que decirle que ni yo sé que estoy haciendo, que no siempre hay una explicación para cada cosa, y a mí me pintó entrar, y ver, y anotar, y quizá con eso, después, haga una crónica, y si la publican, le prometí que no publicaría nada que no hubiera visto.