Cuentos decapitados

Matemáticamente implacable: en las elecciones de octubre de Cuba, votó el 94 por ciento del padrón. En la de Estados Unidos, apenas el 50. Los casos de Venezuela y de Francia revelan, también, cifras interesantes sobre el compromiso. En el medio, la pregunta es clara: si la democracia se mide por la participación popular, ¿a qué deberíamos llamar dictadura y a qué democracia?

La globalización de la imagen todavía no había remplazado al oxígeno, pero nadie quería perdérselo.

No: nadie lo conocía.

Era el mito de la isla, el barbudo, la incertidumbre, el sueño de muchos y, sobre todas las cosas, el único hombre de Latinoamérica que arribaba con ese cargo: Primer Ministro del Gobierno Revolucionario. Cinco meses habían pasado de la Revolución y Fidel Castro hacía uno de sus primeros viajes. Faltaban dos años, todavía, para que Cuba expresara que su sistema era el de un socialismo marxista-leninista. Pero, aún así, miles ponían el oído para escuchar la conferencia que él daría en el Palacio del Ministerio de Industria y Comercio de Buenos Aires donde iba a explicar ese mismo concepto que repetiría por la eternidad: la democracia.

Así, habló Fidel Castro, en 1959:

“A los pueblos muchas veces les hablan de democracia los mismos que la están negando en su propio suelo; a los pueblos les hablan de democracia los mismos que la escarnecen, los mismos que se la niegan y los pueblos no ven más que contradicciones por todas partes. Y por eso nuestros pueblos han perdido, desgraciadamente, la fe. Han perdido la fe, que se hace tan necesaria en instantes como este para salvar al continente para el ideal democrático, mas no para una democracia teórica, no para una democracia de hambre y miseria, no para una democracia bajo el terror y bajo la opresión, sino para una democracia verdadera, con absoluto respeto a la dignidad del hombre, donde prevalezcan todas las libertades humanas bajo un régimen de justicia social, porque los pueblos de América no quieren ni libertad sin pan ni pan sin libertad”.

Pero, con esa explicación, se ve que nunca alcanzó. Porque Cuba siguió siendo catalogada como una dictadura, sobre todo, agarrándose de un concepto de lo más tramposo: las elecciones. Aunque, aún así, si valiera la pena el análisis de las urnas, el 2012 arrojó algunos datos que construyeron un cuento decapitado. Este año hubo elecciones en Francia, en Venezuela, en Estados Unidos y en Cuba, entre otros, y el porcentaje de mayor cantidad de votantes se dio, como desde 1976, en la Isla, sacándole hasta 40 puntos de distancia a Estados Unidos.

En todos los comicios se ha entrado en la discusión de más de una pregunta: ¿Qué es la democracia? ¿La democracia es lo mismo que la república? ¿La democracia es sinónimo de voto? ¿La democracia es –como marca la ONU- una elección de un sistema que elige cada país? ¿De qué hablamos cuando hablamos de democracia?

Pero sin tanta palabra, en la discusión propia de los votos, salió esto:

1- El 7 de octubre, en los comicios presidenciales en los que Hugo Chávez le ganó a Henrique Capriles, en Venezuela, donde el voto no es obligatorio y para hacerlo hay que registrarse en el Consejo Nacional Electoral previamente, el 78 por ciento de los que están en edad de votar emitieron el sufragio.
2- En las elecciones presidenciales de Estados Unidos en las que Barack Obama le gano a Mitt Romney, en unos comicios donde el voto no es obligatorio pero sí abierto, se presentaron a emitir sufragio el 50,65 por ciento del padrón habilitado.
3- En Francia, en las elecciones presidenciales, donde Francois Hollande venció en el ballotage a Nicolas Sarkozy, votó el 80,35 por ciento del padrón habilitado para hacerlo. Antes, en la primera vuelta, se presentó el 79,48 por ciento.
4- En Cuba, donde cada cinco años se eligen diputados para la Asamblea Nacional y delegados para las Asambleas Provinciales, de las cuales no participa el Partido Comunista Cubano sino cualquier habitante que quiera sin necesidad de tener Partido o Agrupación que lo represente, con un voto obligatorio, en los comicios del 21 de octubre se presentó el 94,21% de los habilitados para votar.

Los cuatro casos que se toman son seleccionados arbitrariamente y responden a una lógica: se junta el país de la Libertad, la Fraternidad y la Igualdad, el de la Estatua de la Libertad, el del país petrolero del que dicen que no hay libertad de expresión y del país del dictador que no da libertad. Porque, indudablemente, salvo la aparición de Venezuela, la discusión es una que continúa con el paso del tiempo. En Argentina, donde no hubo elecciones este año, pero sí el año pasado, votó el 79,39 por ciento de los votantes habilitados. Y, en todos esos casos, los preconceptos se repiten y repiten

Probablemente, analizar la democracia en estos términos puede parecer una reducción y, de hecho, lo es. Aristóteles, en sus textos de Política, dejó la idea de que la democracia es el sistema de gobierno del pueblo y para el pueblo, por lo que podría analizarse que un pueblo democrático es uno en el que todos comen.

Pero si los votos pueden ser una manera de pensar la democracia, aquí vamos. Por eso, en esa lógica en la que Fidel Castro siempre fue mostrado como el gran dictador, en la que Estados Unidos es el país de la libertad, en la que los sufragios parecieran ser los que determinaran el valor de la libertad, la conclusión resulta determinante.

Al menos, aquí se debería acabar ese pedazo de discusión.

Matemáticamente implacable: Cuba ganó las elecciones.

Colaboró en la producción de datos: Juan Ignacio Ubertazzi.

Relato de una noche para soñar

Desde Venezuela se escuchan los festejos que aún no se apagan, que se estiran jugando a no acabarse. Las luces de los fuegos artificiales muestran la silueta del pueblo que canta su victoria. Crónica desde Caracas de las elecciones presidenciales bolivarianas.

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Este siete de octubre Jodalkis llegó del Balcón del Pueblo y se sentó en la mesa de la cocina. Sus tres hijos y ningún esposo dormían en la habitación. Ni siquiera prendió la luz: no hacía falta ver nada, las imágenes estaban dentro de su cabeza. Chávez desde Miraflores, reelecto, abrazando la bandera de Venezuela. Sus vecinos y compañeros rojos llorando, bailando, festejando. El cielo tapado de fuegos artificiales, los gritos de felicidad desde los balcones, el silencio de los escuálidos. Ganamos, pensó, ganamos otra vez.

Una frase en especial que dijo su Comandante ese día le quedó rebotando en la cabeza: “más nunca Venezuela será neoliberal, Venezuela sigue avanzando hacia el socialismo del Siglo XXI”. Socialismo y más nada, reflexionó, es la única manera de que el pueblo tenga verdadera soberanía. Se acordó de los medios que auguraban la derrota de Chávez y pronosticaban una jornada electoral violenta. Se rio: ellos, la gente de los barrios, sabían que Chávez ganaba otra vez. Somos mayoría, y elegimos a Chávez, gritó en su cabeza.

No supo si en realidad lo gritó para afuera, porque su hijo mayor de 14 años, Maikel, se despertó y se sentó en la cocina con ella. No tengo sueño mamá, le dijo. Jodalkis le sirvió jugo. Miró a los ojos oscuros de su hijo que en el fondo adivinaban cansancio, pero hacían fuerza para mantenerse despiertos. Como si Maikel no quisiera perderse un minuto de esa jornada histórica. Toda su vida la vivió bajo el mandato de Chávez, y lo seguirá haciendo hasta su juventud. Maikel va a ser un joven comido y educado.

Jodalkis tiene tos, el jueves anterior la lluvia la empapó cuando Chávez cerraba la campaña. Desde ese día no tuvo dudas de que ganaban ellos. Se acordó de los diarios diciendo que la gente fue obligada. Se acordó también de su llanto. A nadie la obligan a emocionarse cuando ve al Comandante, pensó. Sintió orgullo: ellos solos, gente común, le demostraron a los grandes medios de comunicación que se equivocan. Que no los pueden subestimar más, ellos saben lo que quieren y lo van a defender cueste lo que cueste.

Todavía se escuchaba la música de los chavistas festejando en el centro de Caracas cuando Jodalkis y Maikel, todavía en penumbras, se miraron fijo y se sonrieron cómplices. Ganar es lindo. Es lindo ganarle a la burguesía. Y ganarle bajo sus propios términos, aún mejor. El pueblo venezolano, el más humilde, usa la democracia para afirmar a un presidente socialista en el poder. Una democracia que fue planteada y siempre sirvió para que los intereses del neoliberalismo estén en el poder.

Jodalkis y Maikel se fueron a dormir. Al día siguiente otra vez al trabajo y la escuela. Por seis años más. A estos venezolanos no les costó conciliar el sueño, duermen bien tranquilos, porque saben que con Chávez su vida sigue avanzando por el camino correcto.