“Como Amsterdam”

Antes de las elecciones primarias damos el presente en los encuentros con la ciudadanía de uno de los candidatos del Pro.  Los problemas clave: palomas, trapitos, conteiners, bicisendas, inseguridad, perros, paseadores de perros, cartoneros.

Estos hechos parecerán a muchos naturales y a otros, por el contrario, inverosímiles. Pero, después de todo, un cronista no puede tener en cuenta esas contradicciones. Su misión es únicamente decir: “Esto pasó”, cuando sabe que pasó en efecto, que interesó la vida de todo un pueblo y que por lo tanto hay miles de testigos que en el fondo de su corazón sabrán estimar la verdad de lo que dice.

Albert Camus, “La peste”.

“Si no podemos respetar el orden para hablar, ¿cómo nos vamos a poner de acuerdo en resolver temas como separar la basura?”

Si, como dice Horacio Rodríguez Larreta en medio del griterío, esta sala es una mini ciudad de Buenos Aires, los temas que más preocupan a los porteños son: los trapitos, los conteiners, las bicisendas, la inseguridad, los perros, los paseadores de perros, los cartoneros, las palomas.

Las palomas surge como “tema” a las 18:48 de un viernes en el barrio de Recoleta, justo en diagonal al shopping. El que lo introduce es el propio HRL, en tono de confesión y sinceridad: “No le encontramos una solución al tema”.

El contexto es un mini teatro donde se cuentan casi 100 personas, una barbaridad para tratarse de una cita en un lugar cerrado, avisada por escasos medios, un día lindo y caluroso.

“Cualquier solución que implique veneno es potencialmente peligrosa”, sigue el precandidato a jefe de gobierno, verdadero mote que explica toda esta logística: el encuentro es parte del sprint final de su campaña.

Las palomas se colaron en la agenda.

Una señora grita y propone que, para combatir a esta plaga de aves, hay que poner más gatos.

Bienvenidos a Springfield.

En el barrio de Retiro, el encuentro sucede en el edificio que la “comunidad científica” tiene en plena Santa Fe, en una dirección que solo es especificada por teléfono: no cualquiera se entera, no cualquiera va. Eso sí: cualquiera puede ir.

La entrada es así nomás, uno llega y se manda, y encima la recepción culinaria es notable: las medialunas son de primera calidad, hay café, té o jugo según el apetito, y todo atendido por dos señoras muy amables pertenecientes a un catering contratado.

Allí aprovecha una pareja que habla de sus nietos, antes de subir al primer piso donde estará HRL y su gente.

Arriba hay un salón para 100 personas al 70% de su capacidad, con Horacio al frente junto a un equipo que no presenta pero que se entiende “está en todo”: uno toma nota sobre vivienda, otro sobre residuos, otro sobre espacio público, sobre las palomas, y así.

A los costados de las butacas, desparramados por todo el salón, hay unos cinco asesores de chomba preferentemente clara, jean, zapatos y reloj. (Este estilo es inegociable). Ellos tienen planillas que ofrecen a los asistentes que no llegan a hablar vía micrófono.

La planilla pide llenar un nombre, dejar una propuesta/denuncia y un número de teléfono.

Comprobadamente, quien entrega una planilla y deja una propuesta es llamado en el transcurso de una semana por alguien que se presenta como “asesora de Horacio”, quien pregunta en tono amable “si se desea agregar algo más a lo escrito”.

Promediando tres encuentros vecinales, el target de quienes asisten a estas charlas responde al perfil de mujer mayor de 45 años, que nació morocha pero morirá rubia, se presume es jubilada, tiene olor a perfume, lleva aros, collar y cartera. Se ha producido – o eso parece- especialmente para la ocasión; no tanto como para un cumpleaños, pero como para un té con amigas.

La actitud, o mejor dicho, el tono, no es sin embargo de cholulaje, sino fundamentalmente de queja – al igual que un llamado arrebatado a una radio. Eso, parece, va más allá del gusto o disgusto por el candidato: gente que tiene realmente ganas de hablar y de expresarse y encuentra ese momento oportuno.

Y vaya si lo aprovecha.

Lo que se dice, entonces, tiene el límite que la gente impone y es el propio HRL el que pone cara de “ah, bueno” ante una brutalidad. Todo es recibido, sin embargo, con buena onda, desde las críticas hasta los elogios, en un tono que regodea responsabilidades.

Las críticas se responden con fórmulas discursivas como “estamos mejor que antes”, las opiniones distintas con comprensiones como “respeto que tengas otra opinión” y los elogios con confirmaciones como “es un cambio histórico”. No faltan, como en el caso de las bicisendas, las comparaciones espejo con ciudades europeas: “como Amsterdam”, “como Copenaghue”.

El resumen y corazón de este entramado discursivo es una frase que repite en los barrios de Retiro, Almagro y Recoleta al menos: “Estamos en la mitad del cambio. Lo que no podemos es volver para atrás”.

Top five de las propuestas más ingeniosas de la gente:

-Impuesto a los ciudadanos con perro.

-Prohibir jugar al fútbol en las plazas.

-Patente para las bicicletas.

-“Mandarles” la AFIP a los trapitos.

-Matar a las palomas con glifosato.

Un hombre de 40 y pico pide la palabra y avisa que va a dedicarse a los hospitales. Por fin. Larreta lo mira atento. El hombre – palabras más, palabras menos- dice que hay gente que “no tributa” en la Capital pero que “sí se atiende” en los hospitales de la Capital. Y que “no es por discriminar” pero “¡que paguen lo que tienen que pagar!”.

Y cosecha la primera y única ovación de la tarde-noche.

¿Se atenderá él en los hospitales públicos?

Intervenciones aisladas:

-Hace 9 años que volví a la Argentina y ya me caí 7 veces por cómo están las veredas.

-Muy bueno el tema de la Metropolitana en el Metrobús.

-Falta enrejar un tramo de la Plaza X, porque ahí lavan las ropas los indígentes, y no tan indigentes.

-Un hombre explica cómo mezclar arena y cal para hacer un buen cemento, no como el que hacen en la vereda de su casa, Arroyo y Suipacha.

-Venden frutas y verduras en la puerta de mi casa. Y están proliferando.

En el ambiente sobrevuela, intervención tras intervención, el fantasma de un “ellos”, que son “otros”. Es decir una categoría social no precisada pero construida desde cargas peyorativas, asociadas a las preocupaciones de la gente.

Los trapitos, los indigentes, los cartoneros, los paseadores de perros y la gente de la provincia de Buenos Aires son agentes que aparecieron en todas las reuniones y que forman parte de ese señalamiento sutil.

Sobre cada uno de ellos Larreta tiene estudiada una propuesta:

Para los indigentes, “los paradores para gente en situación de calle son re-contra dignos”.

Los cartoneros, “vamos a hacerlos ir a bucar el cartón a centros de reciclaje”.

A los paseadores de perros “les vamos a hacer un corredor de paseo y lugares especiales en las plazas”.

La gente de la provincia debería pagar un “abono” para atenderse en un hospital capitalino.

De la seguridad, dice que “es responsabilidad de la Federal” y reclama el traspaso.

Otros temas que se tocaron fueron: wi-fi, Metropolitana, bicisendas, contenedores, estacionamiento, travestis, Papa Francisco, vendedores callejeros, grúas.

En tres encuentros de 3 horas cada uno, es decir en 9 horas, donde participaron más de 250 porteños, más de 20 funcionarios no se nombraron los siguientes temas: urbanización de las villas, construcción de viviendas, educación pública, descentralización por comunas, aborto, pistolas taser, boom inmobiliario, centros culturales y un largo etcétera que no forma parte de la agenda, o que no interesa a la gente, o causa y efecto al mismo tiempo.

Relato de una noche para soñar

Desde Venezuela se escuchan los festejos que aún no se apagan, que se estiran jugando a no acabarse. Las luces de los fuegos artificiales muestran la silueta del pueblo que canta su victoria. Crónica desde Caracas de las elecciones presidenciales bolivarianas.

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Este siete de octubre Jodalkis llegó del Balcón del Pueblo y se sentó en la mesa de la cocina. Sus tres hijos y ningún esposo dormían en la habitación. Ni siquiera prendió la luz: no hacía falta ver nada, las imágenes estaban dentro de su cabeza. Chávez desde Miraflores, reelecto, abrazando la bandera de Venezuela. Sus vecinos y compañeros rojos llorando, bailando, festejando. El cielo tapado de fuegos artificiales, los gritos de felicidad desde los balcones, el silencio de los escuálidos. Ganamos, pensó, ganamos otra vez.

Una frase en especial que dijo su Comandante ese día le quedó rebotando en la cabeza: “más nunca Venezuela será neoliberal, Venezuela sigue avanzando hacia el socialismo del Siglo XXI”. Socialismo y más nada, reflexionó, es la única manera de que el pueblo tenga verdadera soberanía. Se acordó de los medios que auguraban la derrota de Chávez y pronosticaban una jornada electoral violenta. Se rio: ellos, la gente de los barrios, sabían que Chávez ganaba otra vez. Somos mayoría, y elegimos a Chávez, gritó en su cabeza.

No supo si en realidad lo gritó para afuera, porque su hijo mayor de 14 años, Maikel, se despertó y se sentó en la cocina con ella. No tengo sueño mamá, le dijo. Jodalkis le sirvió jugo. Miró a los ojos oscuros de su hijo que en el fondo adivinaban cansancio, pero hacían fuerza para mantenerse despiertos. Como si Maikel no quisiera perderse un minuto de esa jornada histórica. Toda su vida la vivió bajo el mandato de Chávez, y lo seguirá haciendo hasta su juventud. Maikel va a ser un joven comido y educado.

Jodalkis tiene tos, el jueves anterior la lluvia la empapó cuando Chávez cerraba la campaña. Desde ese día no tuvo dudas de que ganaban ellos. Se acordó de los diarios diciendo que la gente fue obligada. Se acordó también de su llanto. A nadie la obligan a emocionarse cuando ve al Comandante, pensó. Sintió orgullo: ellos solos, gente común, le demostraron a los grandes medios de comunicación que se equivocan. Que no los pueden subestimar más, ellos saben lo que quieren y lo van a defender cueste lo que cueste.

Todavía se escuchaba la música de los chavistas festejando en el centro de Caracas cuando Jodalkis y Maikel, todavía en penumbras, se miraron fijo y se sonrieron cómplices. Ganar es lindo. Es lindo ganarle a la burguesía. Y ganarle bajo sus propios términos, aún mejor. El pueblo venezolano, el más humilde, usa la democracia para afirmar a un presidente socialista en el poder. Una democracia que fue planteada y siempre sirvió para que los intereses del neoliberalismo estén en el poder.

Jodalkis y Maikel se fueron a dormir. Al día siguiente otra vez al trabajo y la escuela. Por seis años más. A estos venezolanos no les costó conciliar el sueño, duermen bien tranquilos, porque saben que con Chávez su vida sigue avanzando por el camino correcto.