El Tratado del vittel thoné

– La situación es básicamente como la del Tratado de Lisboa, como el Tratado de Versalles o bien como el Tratado de Independiente que firmaron hace algunas semanas. Uno elige estar dentro o no estar dentro del mundo. Y, bueno, como opinión personal, me parece que no tendría sentido rebelarse en este caso.

– ¿Eh?

– Lo que se está proponiendo es que los países que funcionan a 110 voltios hagan el esfuerzo de llegar a 220. Y nosotros, que estamos a 220, debiéramos llegar a 240. Bueno, ahora, en realidad, no me acuerdo bien si 240 o 260. Pero es un tratado que se firmó mundialmente. Como un acuerdo de la ONU, de la Unión Europea o del Mercosur, pero esta vez es sobre la energía.

Siempre me pregunté si los electricistas o los plomeros tomarían café. O si son apostadores. O si tienen demasiadas amantes porque, vamos, este mundo ya ha sido demasiado injusto con los soderos que, según algunas teorías, van camino a desaparecer por el auge de los exámenes de ADN y no por esa teoría de la extinción del sifón. O si funcionan con un reloj musulmán. O qué sé yo pero, por alguna razón, no existe un sólo electricista o plomero que llegue en el momento en que prometió llegar.

Sólo por si sucedía esa especie de milagro, yo me levanté a las siete y media de la mañana para recibirlo. Era mi día descanso, pero frente a cada problema con la luz, después de todos los cortes de diciembre, de los vecinos opinando sobre energía calórica, de mi madre continuamente fastidiada, de la señora de acá al lado que prometió matarlos a todos y del vittel thoné que casi se pudre en la heladera -admito que psíquicamente estoy preparado para aguantar ocho meses sin electricidad, pero de ninguna manera podría tolerar la pérdida del vittel-, decidí que era importante atender al electricista. Aunque fuera a llegar a las once menos veinte, como llegó.

Rodrigo cayó con dos mochilas, una gorrita, un pilotín, la remera adentro del pantalón, el pantalón bien arriba, o -en realidad- todo el cuerpo metido adentro del pantalón y un anuncio por demás claro:

– A mí me preocupa explicarte todo lo que hago. Tu mamá me dijo que vos estudiabas algo de filosofía así que voy a intentar hablar en tu vocabulario. Básicamente, acá lo que sucedió es una situación anormal. Y te pido que para entender esto pienses en el prefijo a del griego y no del latín. Pensá la a de anormal como una cuestión política y no lo pienses como la a del latín que señala la cuestión del origen, como es el caso de aborigen.

– Claro.

Yo dije claro como podría haber dicho eh como podría haber dicho ah como podría haberle gritado, después de tres horas de retraso: “A mí qué carajo me interesa todo esto, la puta madre que te parió, el otro día se cortó la luz, quiero saber si se rompió este dispositivo que pusieron acá, no sé cuándo, para regular no sé qué cosa de la electricidad”.

Pero Rodrigo no era ni es cualquier tipo. No porque sea electricista matriculado o porque haya estudiado o porque tenga otro título de no sé qué: Rodrigo es lo que trabaja, decide qué hacer y qué no, y hay días que se levanta fastidiado, pero le gusta la electricidad y prefiere trabajar sólo, y tardar, y ganar menos, pero no tener que hacer cosas para una empresa.

– Entonces, te digo. Acá pasó que fue un fin de semana largo, que podríamos llamar extralargo, y como los vecinos se fueron de vacaciones bajó el consumo y ahí subió la tensión porque la empresa no calculó esto. Fijate, te pido que mires, que ahora te están llegando 226 voltios. Son solo 6 de más, pero el sábado debés haber tenido 240 y eso, bueno, jodió todo. Por suerte, tenés este protector inteligente. Digo inteligente entre comillas porque no es que el protector dice “ah, el de acá lado se va a Mar del Plata y el otro a las Toninas”. No es humano, claro. Pero está bien, no se rompió.

– Bueno, buenísimo, ¿cuánto te debo por esto?

– Te aclaro que esta casa es vieja y, bueno, está todo bastante moderno, pero claro que moderno no quiere decir que sea nuevo. Yo puedo comprarme un Ford A de 1940 y puede estar cero kilómetros, pero no va a ser moderno: va a ser nuevo. Porque sigue habiendo como 80 años de diferencia. Exactamente, son 74 años. Y son muchos 74.

– Claro, son muchos.

– Y mirá que yo soy fanático de Volver al futuro. Me vi las tres, me parecen geniales y la verdad es que me da pena lo del parkinson de Michael Fox porque es un tipo joven. Pero, siendo sincero, la máquina no existe y entonces el tiempo es una condición inevitable.

Hicimos silencio los dos. El tiempo, ya cerca del mediodía, no estaba doliendo a los dos. Dos tipos grandes, en un saguán, pensando en el parkinson de Fox, lamentándonos por el tiempo y por cómo la vida pasa. Yo ya no era el mismo que hacía un rato: lamentaba que Rodrigo hubiera llegado tarde tan sólo por no haber pasado más horas de la mañana con él. Pero quedaba una suerte: había que arreglar una lámpara que está clavada en el techo del baño de mi casa. Lo llevé hasta ahí, la supervisó y sin tocar nada, me preguntó:

– ¿Alguna vez viajaste en globo aerostático?

– No, la verdad que no -y, cuando dije la verdad, volví a pensar en lo que estaba sucediendo y empecé a pensar que alguien estaba armando una cámara oculta o un reality porque este Rodrigo ya me salía con cualquier cosa-.

– Bueno, este es como un caso del globo aerostático. La lámpara esta transforma la energía eléctrica en energía lumínica, pero lo que sucede acá es que el contacto con el techo libre demasiada energía calórica y hace chispas arriba que destruyen los cables. Claro que esto no se eleva porque el techo es de durlock, pero pensá que demasiada energía calórica levanta a los globos aerostáticos, que yo nunca viajé, pero me encantaría.

– A mí también me gustaría.

– ¿Te puedo hacer una pregunta? De chusma nada más.

A esta altura, ya éramos amigos y los trabajos los hacía bien y yo ya estaba por decidir cambiar mi vida y dedicarme a la física porque, evidentemente, ese mundo era fascinante. Aún así, pensaba en cómo haría Rodrigo para decirle a una mujer que no la quería más o cómo analizaría un partido de fútbol o si compraba la carne para el asado, pero tanto no podía pensar porque se venía la pregunta de chisme.

– ¿Ustedes decidieron a propósito que el piso y las paredes sean del mismo porcelanato y del mismo color?

– No sé, la verdad es que yo no decidí nada.

– Porque la verdad es que me parece magnífico. Ahora que lo pienso, nunca entendí por qué la gente divide las paredes del piso.

Y yo, que me había levantado temprano para abrirle, que lo había insultado, que había calculado sus infidelidades, le di la mano, le pagué, le agradecí la atención, le prometí pasarle un dato que me había pedido y me quedé pensando: ¿por qué la gente divide las paredes del piso?

***

Cuando cerré la puerta, me estaba por tirar a dormir la siesta, pero había algo que no me terminaba de cuadrar. Como esas cosas que no le dije a una chica que quería, como esas cosas que ya no le voy a poder decir, sentía en el pecho un profundo dolor. Pensé: “Puta madre, me enamoré de Rodrigo”. Pero me acordé de su cuerpo dentro del pantalón y lo descarté la teoría. Me acerqué al velador para apagar la luz, miré la lamparita y me di cuenta lo que me faltaba. Me metí en internet, busqué la factura y llamé a la empresa de electricidad. Después de quince minutos de espera, una señorita que se presentó como Sofía me atendió y me preguntó qué precisaba.

– Mirá, recién medí la electricidad de casa y está viniendo a 226. El sábado probablemente haya estado en 240.

– ¿Y tuvo cortes de luz?

– Sí, pero eso no me interesa. En realidad, quería saber si la empresa se va a adecuar y, si es así, en qué momento lo va a hacer, al tratado para aumentar la potencia.

– Perdón, no le entendí.

– Me contaron que la electricidad va a empezar a ser de 240, quería saber si van a adecuarse o no.

– No puedo responderle eso.

– Bueno, ¿hay alguien que pueda responderme?

– Mire, el departamento de administración tiene una demora de doce minutos y el servicio técnico unos veintiocho minutos. Pero no creo que puedan ayudarlo.

– Voy a intentarlo, pasame por favor con el servicio técnico, quizás ahí sepan.

– Es que no creo que puedan solucionárselo.

– Voy a intentarlo de todas formas.

– Es que, en realidad, no puedo transferir su llamada. Le pido disculpas.