Entre la calle y la ley

A un año de la sanción y reglamentación de la Ley de Identidad de Género, un recorrido por su impacto en la vida cotidiana de las personas trans. El mayor desafío: la inserción laboral y el reconocimiento de la diversidad por el resto de la sociedad.

Tener un nombre es un derecho más que primario de todo ser humano, un modo de reconocerse y obtener reconocimiento. Cuando a una persona se la llama por un nombre que no coincide con su identidad de género, se vulneran sus derechos. La ley viene a subsanar esa violación. Pero, ¿qué hay detrás de un nombre? En su artículo segundo define:

“Se entiende por identidad de género a la vivencia interna e individual del género tal como cada persona la siente, la cual puede corresponder o no con el sexo asignado al momento del nacimiento, incluyendo la vivencia personal del cuerpo. Esto puede involucrar la modificación de la apariencia o la función corporal a través de medios farmacológicos, quirúrgicos o de otra índole, siempre que ello sea libremente escogido. También incluye otras expresiones de género, como la vestimenta, el modo de hablar y los modales.”

Las identidades trans desordenan la pretendida homogeneidad de concordancia entre sexo, género y orientación sexual. Evidencian el carácter construido y cultural del género al tiempo que introducen la crítica al sistema binario hombre – mujer que excluye, por estructura, al diferente.

“Esta ley nos hace sentir orgullosas; significa que hay un estado que por lo menos nos reconoce y no nos expulsa”, dice Carla Morales desde la barra de Casa Brandon, en donde trabaja. Sabe que el proceso será largo y que las nuevas generaciones serán las beneficiadas, en primer lugar, porque las familias sentirán que no están solas y les será más posible acompañar a sus hijas e hijos trans. “Así, con contención, podremos seguir estudiando, acceder a un trabajo digno y a una vida social más plena”, agrega entusiasmada. Con las mismas ganas, porque “dar de comer tiene que ver la energía”, acaba de pasar fuentes de papas fritas y ensaladas para atender al grupo que eligió el lugar para recibir el fin de semana. Ese es su trabajo y es también su lugar de militancia, su modo de ejercer, de “ir a los hechos, no solo de decir que se puede, sino también, hacerlo”. Sabe que ella tiene una oportunidad negada para la mayor parte de sus compañeras y está decidida a no desaprovecharla.

El problema es qué sucede mientras ese largo proceso del que habla Carla culmine. Aunque el verdadero problema, es qué pasa con las vidas de todas las personas trans que quizás no lleguen a ver ese proceso cerrar. La comunidad travesti, transexual y transgénero de nuestro país se encuentra entre una de las poblaciones más vulneradas históricamente. La realidad de este colectivo está atravesada por un contexto de persecución, exclusión y marginación. Las personas trans no gozan de igualdad de oportunidades y de trato en ningún ámbito de la vida social e institucional; la mayoría de ellas vive en extrema pobreza, privadas de derechos económicos, políticos, sociales y culturales. A pesar de las condiciones en las cuales desarrolla sus vidas, el colectivo trans ha dado muestras de perseverancia y a través de su intervención en la política ha producido cambios significativos, aportando nuevos conceptos, experiencias y marcos jurídicos, construyendo políticas sociales y comunitarias, generando antecedentes importantísimos en la justicia. Hoy, finalmente el Estado reconoce a esta porción de la población y comienza a generar políticas públicas dirigidas a esta comunidad. Sin embargo, debe también desarticular los mecanismos institucionales de discriminación que operan contra las personas trans y que han legitimado mecanismos socio-culturales de fobia por estigmatización, criminalización y patologización

Soledad Cutuli es antropóloga y escribe su tesis sobre las formas de organización de las travestis de Buenos Aires. “Siempre se las aborda de una manera exotizante, pero ellas son madres, militantes, hermanas, vecinas, tías, y también, si querés, prostitutas, y un montón de cosas más que componen sus vidas y suelen estar solapadas”, dice y añade que entre todo lo que hacen, está por ejemplo, el haber demandado esta ley. La inserción laboral, si bien no es imposible, sí es muy difícil. La exclusión del trabajo formal supone, por añadidura, la falta de acceso a vivienda, crédito, y, sobre todo, obra social. Al decir de Cutuli, “ellas son perspicaces y siempre encuentran alternativas” a la trama de marginalidad a las que se las somete, que implica una expectativa de vida tan baja, que las que llegan a viejas “tienen el aura de sobrevivientes”.

“Ahora cuando me miro al espejo, me reconozco, me digo, ahí estoy, soy Gabriela”. Todavía se emociona cuando lo cuenta, es que hace apenas dos años se animó a asumir su identidad y, a los cuarenta y dos, enfrentó, en el edificio en el que trabaja como encargada, la mirada y el prejuicio del vecindario. Se siente una leona, una mujer maravilla, por haberse jugado por lo que es. La emoción se respira en cada letra, la intensidad de la experiencia traspasa la palabra en la que se materializa. “Cuando voy al almacén y me preguntan: señora, ¿qué va a llevar?, me reafirmo y enorgullezco de mi transformación”. Claro que el proceso no fue fácil y aún sufre las consecuencias. Hoy su sueldo está reducido en casi un 50%; la administración, por presiones de algunos integrantes del consorcio le quitó las horas extras. “Se resisten porque les da miedo y atacan para defenderse de lo que no conocen”, dice Gabriela, después de haber tenido que denunciar el caso por discriminación, amenazas e insultos.

Nombre, identidad, aspecto, acceso, trabajo, una red de posibilidades que, por presencia o por ausencia, marcan tantas vidas; en el caso de las personas trans, un número no cuantificado. A pesar de la ausencia de datos oficiales, a partir de “Cumbia, copeteo y lágrimas. Informe nacional sobre la situación de las travestis, transexuales y transgéneros” de Lohana Berkins y la encuesta piloto realizada por el INDEC y el INADI en La Matanza el año pasado, se conoce que el 80% de las personas trans ejercen la prostitución, más del 80% no culminó sus estudios secundarios, el 34% vive con VIH/SIDA y la esperanza de vida es de 35 años.

La ley de identidad de género da existencia a las personas trans e instala la necesidad de ir más allá. Tener un documento con el nombre propio es un primer y enorme paso. Para Soledad Cutuli, salud, educación y más políticas públicas que regulen el cotidiano es lo que debe venir. Gabriela Toledo cree que a la sociedad le falta delicadeza en el trato y sabe que mientras llegue el cambio cultural que ratifique la ley, ella debe seguir viviendo y que falta mucho por cambiar. Carla Morales tiene vínculos con varias organizaciones y partidos políticos, pero se define como inorgánica en su militancia, porque considera que lo mejor que puede hacer es llevar y traer de un lado al otro, decir lo propio a los demás, no limitarse bajo una sola bandera, sino “aprender de la otredad”. Cutuli da un paso más y declara: “ojalá mis hijos tengan compañeras y compañeros trans en el colegio, eso enriquecería el aula”.

Cutuli, Morales y Toledo coinciden en el papel fundamental de los medios de comunicación para lograr el reconocimiento y la aceptación de la sociedad, sin estigmas, en la integralidad de toda persona. Para ponerse a tono con una lucha que avanza a pasos implacables. Y muestra de ello son, por ejemplo, la Escuela Cooperativa Textil de Trabajo Nadia Echazú, creada en 2007 por y para personas trans, con el fin de generar un espacio laboral alternativo a la prostitución. La cooperativa, cuyo nombre recuerda a la activista por los derechos de travestis y transexuales fallecida en 2004, fue un acto de militancia viabilizado por la lucha sostenida de su presidenta, Lohana Berkins. Por otra parte, el año pasado comenzó a funcionar el Bachillerato Popular Mocha Celis, que se presenta como “un proyecto educativo dirigido, sin ser exclusivo, a travestis y transexuales, con el objetivo de conseguir mejores condiciones y oportunidades laborales que reviertan la situación de prostitución y promuevan la organización en torno a cooperativas de trabajo autogestionado”. En este caso, el nombre se lo debe a la militante trans que, sin saber leer ni escribir, murió víctima de violencia de género policial. El Canal Encuentro produjo en el 2011 un ciclo de cine sobre diversidad sexual; conducido por Marlene Wayar, analizó la violencia, los crímenes por odio, las fobias y también la necesidad del respeto a las diferentes identidades. Wayar es también la directora de El Teje, la primera revista en América Latina producida desde una identidad travesti. También hace dos años se estrenó la película “Mía”, ópera prima de Javier Van de Couter. Cuenta varias historias que se encuentran alrededor de una chica trans que vive en la “Aldea Rosa” del cirujeo y la prostitución mientras sueña con la moda, un hogar y la maternidad. Al director, consciente de que para muchas de las chicas que participaron del elenco, la plata que cobraron fue su primer sueldo por un trabajo digno, no le preocupa si su filme se destaca más por su costado militante que artístico. Emprendimientos de economía social, proyectos de educación popular y producciones culturales; las distintas facetas de un movimiento plural que viene pujando desde hace décadas por una democracia real, que lucha no solo por derechos sexuales, sino también por derechos sociales y de ciudadanía.

Trabajo digno, ya a esta altura, resuena como reclamo, como necesidad, como derecho. Como la base de la que partir para poder despegar, para constituirse con plenitud, para alcanzar la integralidad inherente a toda persona. Al igual que entre las mujeres, entre las personas trans se reproduce la discusión acerca de la prostitución: reglamentar o abolir. Gabriela Toledo no pasó por ese lugar, cuando asumió su identidad tenía un trabajo y desde allí da pelea, para vivir su vida, dice. Carla Morales antes de trabajar en Brandon, tuvo una parrilla y diferentes trabajos, entre ellos en la cooperativa Nadia Echazú. Cree que el trabajo dignifica y entiende que si la prostitución es un trabajo, debe ser fiscalizado, mientras no se pueda sacar a quienes están en la calle, como prostitutas, clowns, gente que hace venta ambulante. Morales afirma que toda persona debe tener derecho a elegir su camino y poder hacer un aporte a una obra social y llamar para pedir un turno como cualquiera que trabaja. Lohana Berkins, desde su conocida postura abolicionista, no se cansa de repetir que no conoce a nadie que mande a sus hijos a hacer cursos de especialización en prostitución. Si hay un reclamo consensuado entre todos los sectores es que lo que deben eliminarse sin más son las causas que provocan que la prostitución sea el único medio de subsistencia para tantas. Para Cutuli, la categoría trabajo digno tiene potencialidad estratégica, retórica, para conseguir resultados para la vida de todos los días, cuyos matices exceden el reclamo llevado al Estado. “Imaginate decirle a una trava: vos no sos digna porque no tenés un trabajo digno, inmediatamente te va a dar mil argumentos por los cuales se considera absolutamente digna. Hay, por eso, dos planos, el de lo político y el de lo cotidiano, creo que se van a producir modificaciones en forma progresiva que hagan surgir otras formas de ser travesti sin pasar por la prostitución”. Para muchas de ellas, trabajar y salir a prostituirse son la misma cosa. Soledad Cutuli cuestiona: ¿cómo no llamar trabajo a la principal fuente de ingresos?

Una pregunta surge insoslayable; ¿quién es el cliente de las travestis? ¿Quién consume esos cuerpos? Si el consumidor de sexo heterosexual está invisibilizado por una trama social que lo protege, el de sexo trans pareciera no existir. Ningún hombre admite su práctica. La hipocresía de la sociedad se manifiesta al extremo. Berkins, en declaraciones al momento de la media sanción de la ley, enfatizó la problemática de la violencia, dado que entiende que a mayor avance le corresponde una mayor resistencia, que puede devenir en travestofobia. Se rebela a estar confinada en el mundo prostibulario y considera que la verdadera transformación se dará cuando a ellas las lleven por la vida reconociéndolas como pareja. Por eso Carla Morales, además de diseño textil en la UBA, estudia las relaciones afectivas de las chicas trans y la forma en que el varón que gusta de ellas, asume su lugar. Plantea la necesidad de que ese chico pueda hablar y decir: “Mamá, no te presento una novia mujer biológica, te presento una novia trans”. Para ella, se impone empezar a hablar de la salida del closet de estos varones, porque la represión se vuelve violencia y se llega, en muchos casos, al crimen de odio.

“Hace un tiempo atrás comencé un viaje hacia mi adentro, un trabajo de auto aceptación, donde el aprendizaje es aún constante y una de las tantas riquezas alcanzadas es la paz conmigo misma, una paz que excede todo conocimiento”; así comenzaba la carta que Gabriela Toledo envió a cada unidad del edificio en el que trabaja, el día antes de abrir la puerta como Gabriela. Líneas que se entrelazan con el reclamo de Carla Morales de ser escuchadas con voz propia y de reconocer y aprender del diferente, de todo otro y otra. Sobre su trabajo con el grupo de la cooperativa Nadia Echazú, Soledad Cutuli declara, contundente: “No se me ocurriría nunca darles consejos, yo aprendo de ellas e intento aportar a la academia sus saberes”.

Ese conocimiento que dice que el disfraz es no mostrarse como lo que se es, que apela a la aceptación, a la posibilidad de mostrar todo un abanico de capacidades que van mucho más allá de una esquina o una peluquería, a permanecer en la educación formal y acceder a los servicios plenos de salud, a no ser invisibilizadas tras una máscara de necesaria femineidad, a ser y a devenir. A un año de la sanción y reglamentación de la Ley de Identidad de Género, los estigmas sociales sobre el travestismo en nuestro país siguen atravesados por la violencia física, la represión policial y los insultos discriminatorios, reforzando los estereotipos negativos en identidades trans. Violencia física relacionada a la represión policial, las dificultades en el acceso a la justicia y las barreras para ingresar al mercado laboral formal dan cuenta que todavía en Argentina existe una marca de la violencia física y simbólica que vulnera a las personas trans en sus derechos económicos, culturales y sociales; en sus derechos humanos, en su derecho a ser y existir.

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El olvidado infierno de Avellaneda

Esta es una de las tantas historias del fútbol argentino que empiezan con poder, siguen con violencia, parecen terminar con muerte, pero no: culminan con injusticia. Esta es la historia de Christian Leonel Rousoulis, un pibe de Independiente que sólo fue una vez a la cancha.

Nada podía quitarle la convicción. Eran sus gestos. Porque incluso mientras masticaba ese último choripán en la feria de Villa Domínico, no abandonaba la sonrisa que siempre tenía pegada al cuerpo. Era parte de él: no importaba cuándo ni cómo. Por eso, ese domingo 22 de diciembre de 1996 en el que el calor pesaba como suele pesar cada fin de año bonaerense, no dudó cuando un amigo del barrio lo invitó a dar una vuelta. Tampoco titubeó cuando supo, desde un comienzo, que al compañero de aventuras le faltaría plata y que debería pagarle el almuerzo. Tan sólo, una vez más, pensó en la fenomenal alegría de pasar un rato con un socio del barrio.

Y a nadie que lo conociera le podía resultar raro: la felicidad era argumento constante en la vida de Christian.

Así vivía, así respiraba. Christian era parte de los que se animan siempre a favor de la existencia. Tenía 26 años y vivía en una Argentina que cada día iba quebrándose más y más los tobillos en el desempleo y en la pobreza del neoliberalismo. Como un visionario de todo lo que podría llegar a suceder, había decidido dar un salto hacia un nuevo vuelo que lo llevaría a trabajar a una ciudad que quedaba a una hora de Atenas, en la Grecia donde se enclavaban los orígenes de su historia familiar. Imaginó que era un cambio necesario. No porque ya no se divirtiera en el segundo piso de esa enorme casa que sus padres habían construido en Villa Domínico. No porque se hubiera aburrido de esos amigos que había encontrado en Avellaneda y no en Congreso, donde sus días transcurrían con intensidad antes de irse para el Gran Buenos Aires. No, tampoco, porque hubiera dejado de querer tanto como quería a su hermanita menor. Era, tan sólo, porque viajar a Europa el 2 de enero que se venía tenía que ver con seguir soñando: con ir a conquistar otro mundo con su alegría.

Christian no había terminado el secundario. Apenas le quedaba un puñado de materias que rendir, pero la posibilidad de irse a Grecia junto con sus abuelos paternos lo seducía mucho. La primera idea era que viajara unos días antes de que terminara el año, pero se negó: no quería dejar de pasar las fiestas con su hermana y con su mamá. Total, algunos días más no iban a moverlo de ese proyecto que lo atrapaba con una emoción profunda. Una que latía tan fuerte como para dejar de lado los estudios o la enorme amistad que sostenía con sus amigos del barrio, esos a los que se había asociado sin importar la diferencia económica que siempre los separaba: como sucedió el 22 de diciembre de 96, Christian solía financiar el alimento de sus compinches sin pedir que le devolvieran algo.

Algo de nómade tenía aquel muchacho que había pasado de Congreso a Villa Domínico con muchísima felicidad y que ahora planeaba irse bien lejos, a un lugar que sólo había conocido en alguna vacación familiar. Algo que suelen llevar adentro los buscadores de dulzuras. Algo que, quizás, sus papás habían pensado para él desde el momento en que decidieron ponerle Christian Leonel. Un nombre que en cada detalle tenía una explicación: Christian, por el corazón valiente de Cristo y Leonel, por la potencia inapelable que suele tener el león en el centro de la selva.

Christian, entonces, se lanzaba a ese recorrido solitario. Al menos, en un principio. Porque su papá era un embarcado que solía recorrer el mundo y que pasaba mucho por Grecia. Y su mamá y su hermanita también planeaban irse con él a armar los días en la tierra de Platón y Aristóteles. Todo era parte de un proyecto que se había construido con la sigilosidad de un cálculo combinado perfecto, todo era para encontrarle otra puerta a la felicidad.

Pero en el medio, poco más que una semana antes, pasó el infierno.

Todo un infierno que llegó sin ninguna explicación.

Porque ni con el pulmón diciendo basta. Ni con el intestino grueso hecho migajas. Ni con dolor constante de dos puñaladas puestas a flor de piel. Ni con el cuerpo recostado contra una camilla. Ni con el comienzo de una madrugada que no lo dejaba volver a casa. Ni con los sueños que se le iban derrumbando a la vista, Christian tendría la oportunidad de entender la infinita desgracia que podía suceder en un lugar que, hasta ese día, desconocía.

“Viste lo que me pasó, es la primera vez que vengo a la cancha”, le dijo a un señor que también estaba herido, mientras lo entraban al hospital Fiorito de Avellaneda, donde los médicos pasarían las horas siguientes tratando de hacer lo imposible para sanar todo lo tremendo que había quedado del partido del domingo que Independiente le había ganado a River. O, mejor dicho, todo lo terrible que había dejado un sector tan específico como violento de hinchas que había ido el 22 de diciembre de 1996 a transformar una cancha de fútbol en espacio para una masacre.

Era de tarde, era todo una humedad y, sobre todo, era una locura que centraba la principal de sus sinrazones en un solo punto: la mirada sedienta de quilombo de la barra de River. O en su estampida, que al salir de la cancha de Independiente había vuelto tierra de nadie la intersección de la avenida Mitre y la calle Italia. O en el saldo que todo eso había dejado: un bar destrozado, gentes escondiéndose en todo lo que encontraran para que no les robaran, montones de pequeños afanos, un padre y un hijo apuñalados dentro del estadio, un pibe con la cabeza destrozada a golpes y un chico de 26 años con dos heridas mortales. Un chico que era Christian.

Apenas le quedaban a Christian dos domingos en Buenos Aires. Apenas algo más de una semana para despedirse de toda su banda de amigos. Por eso, aquel penúltimo domingo agarró su bicicleta y decidió partir cerca del mediodía con un amigo para disfrutar el cierre del fin de semana. Estaba soleado, así que salió con un short, con una remera y con una gorrita que le servía para acomodar uno de sus rasgos más distintivos: un descontrol de rulitos que servían para que cualquiera lo reconociera desde lejos. Aunque ese domingo lo que lo complicó no fueron los pelos, sino eso que los cubría: esa visera roja que tenía un diablo dibujado en el centro.

A Christian el fútbol no le interesaba. Tampoco Independiente. Es que a su papá nunca le había atraído el planeta de la pelota y nadie iba a encontrar en su casa esa imagen clásica de domingo a la tarde en la que padre e hijo se sientan al lado de la radio o enfrente de la televisión para ver algo de deporte. No le interesaba ni se le ocurría hacerlo. De hecho, era hincha del Rojo por una cuestión barrial, ya que en Villa Domínico –donde el club tiene un predio grande donde se entrena el plantel profesional- todos sus amigos simpatizaban con la camiseta de ese color. Es más: nunca había ido a una cancha a ver un partido.

Hasta esa vez.

Ese 22 de diciembre vio que el mediodía pedía salir a recorrerlo y pedaleó hasta la feria del barrio. Aprovechó que su mamá iba a estar ocupada haciendo las compras  para las fiestas, buscó un amigo que lo acompañara en la gira y se fue de excursión por las calles de Villa Domínico. Terminaba el año, terminaba el campeonato de fútbol y su amigo le propuso ir a la cancha a ver un clásico que, por condiciones naturales, parecía que iba a ser lo bastante tranquilo como para no preocuparse: Independiente, que venía haciendo un gran torneo de la mano de César Luis Menotti, jugaba de local contra River, que de la mano de Ramón Díaz ya se había consagrado campeón fechas antes. Es decir: un partido que se jugaba solo para completar las diecinueve fechas del torneo.

Nadie supo dónde, pero en algún lugar de su Avellaneda dejó la bicicleta y se fue a la Doble Visera para estrenarse en una popular. Pagó su entrada y la del amigo porque su compañero no tenía plata siquiera para el colectivo. No le importaba: la experiencia de ir a una cancha es algo que encandilaría hasta a un extraterrestre. Y ahí fueron. Y ahí vieron un gran partido, en el que Independiente desplegó un estilo de los más bonitos y ganó 3-1. Y ahí Christian gritó cada uno de los goles. Y ahí, también ahí, al salir del estadio, pasó todo eso que sólo puede llamarse, una y otra vez, el infierno.

Al menos, su mamá, Nora Tarraga de Rousoulis, lo sigue pensando así, aunque ya haya pasado mucho tiempo. En ella, en definitiva, vive el relato de todo aquello que pasó ese día y que muchos, muchos que lo vieron, se negaron a contar. En ella, entonces, vive todo lo que tiene que ver con Christian.

Nora lo cuenta. No tiene problemas en hacerlo aunque el alma se le retuerza en tristezas. Pero lo dice sin ningún temor. Es más, lo hace ofreciendo unas facturas y todo el cariño del mundo. “Nora Tarraga de Rousoulis, la madre de Christian, nunca ha cesado en su demanda por justicia y castigo a los culpables de la muerte de su hijo”, dice un ejemplar del Diario Popular que ella muestra sentada en el living de su departamento en Congreso. Su casa es la misma en la que vivió antes de irse a Villa Domínico, ese lugar al que –según cuenta- desearía nunca haber ido. De alguna forma, regresar a Congreso. De otra, fue escaparse de la casa donde nació el infierno. O, también, es una manera de seguir recordándolo en todas las horas: esa propiedad sigue estando a nombre a Christian. Varias veces él le había sugerido a su mamá que la pusiera a nombre de su hermanita –que apenas tenía quince años- porque estaba convencido de que él iba a poder construirse su propia casa.

A esta altura, el relato de Nora parece el de una experta. O, en realidad, no parece: es una experta. No lo era la tarde en que asesinaron a Christian, cuando todavía no sabía que existían las barra bravas, estaba enterada de que podían existir dirigentes que se manejaran con matones, cuando desconocía que los jueces podían desacreditar pruebas sin razón alguna, cuando pensaba, incluso, que no hacía falta poner un abogado que le pidiera a la policía que investigara por qué una madrugada la habían llamado para decirle que su hijo estaba internado en el hospital Fiorito.

“Yo esa noche no podía dormir. Eran las dos de la mañana y Christian todavía no había llegado. Yo sabía que él solía irse, pero no lo veía desde el mediodía. No llegaba y no llegaba, hasta que sonó el teléfono”, relata Nora que, todavía, se acuerda de cada detalle de ese día, incluso que había dejado en la cocina un pollo comprado en la rotisería para que Christian tuviera para comer.

Esa noche, ella no era la única a la que el insomnio le intimidaba el sueño. Desde la ventana, podía ver cómo Perla, la perra de Christian, daba vueltas en el aire y ladraba sin parar. Como parte de ese sexto sentido maldito, tanto ella como la ovejero alemán sentían que algo raro estaba pasando. “Sonó el teléfono y del otro lado me dijeron que fuera acompañada de alguien al hospital Fiorito. Me explicaron que Christian estaba internado. Yo estaba desesperada. Mi marido estaba en un barco, la nena era chica y mi mamá era ya una señora grande como para que yo la llevara. La situación era terrible”, cuenta con los ojos cerrados Nora, como si no quisiera ver nada de lo que va saliendo de su boca.

Todo en la cabeza de Nora era incertidumbre. Lo último que sabía de Christian era que había agarrado una bicicleta y que se había ido con un amigo a comer un choripán a la Feria de Villa Domínico. No tenía idea, ni se le pasaba por la cabeza, que su hijo hubiera viajado a la cancha a ver a Independiente. Mucho menos que a la salida del estadio, la barra de River iba a copar la avenida Mitre, iba a ver a su hijo en la parada del colectivo e iba a apuñalarlo por la espalda.

Llegó al hospital con una cantidad de esperanzas que se iban desmoronando en el paso de las horas. La madrugada del 23 de diciembre la recibía con lo que sería por siempre el peor día su vida. La espera en el sanatorio, la policía tomándole declaraciones, la falta de certeza de qué es lo que había pasado, la prensa intentando averiguar algo y la falta de conocimiento sobre todo eso que sucedía eran desesperantes. Estaba convencida de que todo podía llegar a salir bien, pero cerca de las 19, salieron y se lo dijeron: “Su cuerpo no pudo soportar más. Falleció”.

El dolor y el vacío le abrieron a Nora otra puerta de su vida: la de entender dónde había arrancado y dónde había terminado el infierno. Tres días después del asesinato, salió a recorrer Avellaneda para buscar testigos. Fue el domingo siguiente para verificar cuáles negocios estaban abiertos. Quién podía haber visto qué fue lo que pasó. Y aparecieron posibles voces: un abogado que estaba sentado en el café García Lorca donde la barra de River había entrado a robar, un guardia y los empleados de una estación de servicios del Automóvil Club Argentino.

Pero la voz más importante no apareció ahí. El 2 de octubre de 1997, algo menos de un año después, Rito Ramón Barrios, un barra de River, se presentó a declarar al Departamento Judicial de Lomas de Zamora contando la historia con más datos que se haya escuchado sobre este caso. Según lo que atestigua, al salir de la cancha, la barra de River se cruzó con la de Independiente y se empezaron a tirar piedras. Frente a la agresión, uno de los jefes de la hinchada de aquel entonces, Luis Pereyra –conocido como Luisito- (el otro era Edgardo Daniel Butassi, conocido como El Diariero), juntó a todos y les dijo que “había que hacer quilombo”, Barrios señaló que se encontraban Adrián Rousseau y Alan Schlenker –quienes años después llegaron a la tapa de todos los diarios al estar involucrados en una pelea por el mando de Los Borrachos del Tablón que derivó en el asesinato de Gonzalo Acro, un joven de 29 años también metido dentro de la disputa por el manejo de la hinchada-. Y, más allá de eso, aseguró que quien asesinó a Christian Rousoulis fue alguien llamado Gustavo.

Un Gustavo al que la Justicia nunca llamó a declarar.

Nora va abriendo páginas de la historia poco conocida de quién asesinó a su hijo. Asegura que no hubo un enfrentamiento con la gente de Independiente. Que el problema fue interno de River. Que hinchas del club de Nuñez ya habían sido agredidos dentro de la tribuna por gente de la barra. Que el que dio la orden fue Pereyra, quien tiempo después estuvo prófugo y, luego, volvió a la institución como entrenador de inferiores. Que el asesino de su hijo –asegura Nora- fue un medio hermano de Albino Saldivia, a quien apodaban el Mono y quien se encargaba de repartir las entradas entre la barra. Que lo mataron entre dos: uno le pegó y el otro le dio los dos puntazos. Que igual nada de eso tiene sentido porque la Justicia en la que ella creía antes de que pasara todo, en realidad, no existe.

Y no hay modo de refutarle lo que dice. Porque la causa del asesinato de aquel pibe soñador hoy prescribió, aunque en 2008, luego del asesinato de Acro, la reabrieron para que todos los acusados, en un careo, aseguraran haber olvidado todo. Porque tuvo tres abogados y no logró nada en ninguno de los casos. Porque una tarde apareció un celular que tenía un mensaje que apretaba a Alfredo Davicce, amenazándolo con vincularlo con el crimen, pero el expresidente de River apenas se acercó a declarar. Porque tras montones de años del horror no hay ni un solo detenido.

Nora se agarra todavía la cabeza, afirma que ya no le interesa saber más nada y cierra todavía los ojos esperando que todo lo que relata no haya sucedido. No hay dudas: su marido, su hija y ella  todavía lo extrañan. Lo extrañan en cada paso. Piensa en Christian, piensa en lo que habría sido de él y piensa en aquello que su hijo siempre sentía. Ahí, tras recordarlo, no lo duda y dice: “Ahora me importa ser feliz”. Y en su voz no laten solo sus cuerdas vocales sino las del chico lleno de sueños. En sus palabras aparece la aventura, el sueño. En su mirada está el mismo argumento de Chiristian: la búsqueda felicidad constante.

Un pedido que es de todos: Salvemos al Fútbol

Dos integrantes de la ONG Salvemos al Fútbol, que busca un cambio radical para terminar con la enfermedad de la violencia en el fútbol y llevar a la justicia todo hecho de violencia o corrupción en el ambiente de la pelota, nos visitaron en el piso de Vámonos de Casa para contarnos su lucha.

Alberto García, hermano de Daniel, asesinado en la Copa América de Uruguay 95, y Norma Roldán, madre de Matías Cuesta, hincha de Atlanta que perdió su vida en un partido ante Flandria en 2006, nos visitaron en el piso de Vámonos de Casa (todos los domingos, de 23 a 01, por Radio Link) para contarnos de qué se trata su lucha en Salvemos al Fútbol, la ONG que busca llevar a la justicia todo hecho de violencia o corrupción en el ambiente de la pelota. “El fútbol es una gran caja negra, como es la política. No tiene control: a casi todo tienen acceso los barrabravas. Cuando fue la guerra de los quinchos en River, se peleaban por el pase de Higuaín. Ahora, con toda la plata que le entra a los clubes por el Fútbol Para Todos, han aumentado también las muertes en las canchas y no parece algo casual”, indicaron, al mismo tiempo que definieron como “inoperante” a la Justicia, porque la mayoría de los asesinos que causaron las 269 muertes por la violencia en el fútbol andan sin castigo ni condena.

Además, desde la ONG alzan la voz en contra de la Asociación del Fútbol Argentino, tan atenta para algunas cuestiones pero que se hace la distraída cuando de violencia en el fútbol se trata. “La AFA nunca se hizo cargo de los muertos producto de la violencia. Para ellos son cosas aparte, que no tienen que ver con el fútbol. Cuando ocurrió lo de Emmanuel Álvarez (el hincha de Vélez que fue baleado en 2008 cuando iba en micro hacia la cancha de San Lorenzo), Aníbal Fernández dijo que era algo que podría haber pasado en cualquier colectivo de línea que llevaba gente. Pero siempre pasa en los partidos de fútbol, y con barras en el medio, porque la Policía deja zonas liberadas”, denunciaron y señalaron a quien es el mandamás del Fútbol Argentino hace 33 años como uno de los máximos culpables, aunque no el único. “Grondona es un hábil declarante, tiene mucha cintura política, ha convivido con los militares, con todos los presidentes democráticos, es intocable para todos. Las provincias pueden ser intervenidas, como ocurrió con el caso María Soledad en Catamarca, por ejemplo, pero la AFA no. Ahora no respaldó a Cantero, que lo han dejado solo en esta lucha”, explicaron.

Invitamos a escuchar la entrevista completa (http://www.nosdigital.dreamhosters.com//2012/03/vienepirse/), a sumarse a Salvemos al Fútbol (http://www.salvemosalfutbol.org) y a indignarse con la larga lista de victimas por la violencia en el Futbol Argentino a lo largo de la historia (http://www.salvemosalfutbol.org/listavictimas.htm).

“La Iglesia debe hacer política, no partidismo”

A pocos días de que Videla nos haya reconfirmado lo que todos ya sabíamos acerca de la complicidad entre la Iglesia y la dictadura, vale la pena conocer historias diferentes. En pleno gobierno de facto, la Iglesia Evangélica Bautista se declaró mediáticamente en contra del terrorismo de Estado a través de un comunicado en los diarios. Uno de sus protagonistas nos cuenta esos días. 

Daniel Tomasini es pastor de la Iglesia Evangélica Bautista que se ubica en Barrio Norte. Además, es Psicoanalista recibido de la Universidad de Buenos Aires y docente de Teología. Egresado del Colegio Nacional de Buenos Aires, palpó desde su juventud la efervescencia que le trasmitió el caldeado centro de estudiantes de su secundario. En plena dictadura militar, publicó junto con otros pastores evangélicos un comunicado que repudió explícitamente el terrorismo de Estado y la violación de los derechos humanos.

-¿Cómo nace la iniciativa de hacer público su rechazo a la dictadura militar?

-Nuestro rechazo a la dictadura existió desde siempre, el contexto en el que decidimos publicar una nota en los diarios fue después de la guerra de Malvinas, en la época de Galtieri. Nos reunimos los pastores de la Iglesia Evangélica Bautista de Capital Federal, de las parroquias e iglesias, e hicimos la nota en repudio. Atacamos básicamente al terrorismo de Estado, tratábamos de hablar del valor de la Ley, de la Constitución y el rechazo general a los gobiernos de factos, el hecho de que el pueblo no fuera el que tomara las decisiones en cuanto a sus gobernantes. Fustigamos la guerra, que nos había parecido una maniobra de desviación política de los problemas internos, hacia un enemigo externo. Aunque todos compartamos el hecho de que reclamar la soberanía de las Islas Malvinas sea legítimo, nos pareció que el modo de acción del gobierno en ese momento fue totalmente impensado, imprudente, generador de nuevos problemas en lugar de solucionarlos. Fundamentamos todo eso en el mensaje de Jesús, un mensaje de respeto, de libertad, de solidaridad, básicamente de paz. La paz y la justicia siempre tomadas de la mano. No puede haber paz sin que haya justicia, porque esa es la paz de los cementerios, la paz de las dictaduras pretendía un orden sobre la base de la muerte. Y tampoco puede haber justicia sin paz, en el sentido de que no puede haber justicia impuesta desde la violencia. Entonces tratábamos de hablar de estos valores como contexto de lo que estábamos diciendo y declarando.

-¿Sufrieron alguna consecuencia por parte del gobierno dictatorial una vez publicada aquella nota?

 -No hubo una reacción directa a esa declaración que hicimos, pero sí hubo algunos problemas, por ejemplo en la iglesia donde yo soy pastor, en pleno Barrio Norte, empezamos a tener un patrullero apostado en la puerta todos los domingos, mientras se hacía el culto. Cuando quisimos averiguar qué era lo que pasaba fui a la Comisaría 19 del barrio y hablé con el comisario. Su respuesta fue que el patrullero estaba por rumores que les habían llegado acerca de que algunos pibes que habían andado en la droga asistían a nuestra iglesia. Lo interpreté, y lo interpretamos, como una consecuencia a esa declaración, porque justamente la iglesia es un lugar de restauración, de recuperación y demás. Recibí de parte de ese comisario una especie de sermón diciéndonos que nuestras intenciones podían ser muy buenas, pero que debíamos “cuidarnos y ser prudentes”. Finalmente logramos que se fuera, pero el auto estuvo presente varios domingos. Eso fue lo que pasó con nuestro caso en particular, pero otro ejemplo ocurrió con la Iglesia Evangelista Metodista que también se pronunció en contra, son gente que está en línea con la Teología de la Liberación, ahí pusieron una bomba, destruyeron la biblioteca del seminario.

-¿Esta oposición pública que encarnaron nació de los propios pastores o de quienes asistían a su iglesia?

-En aquel momento había una disconformidad general, eran pocas las personas que estaban contentas con los gobiernos militares. Por supuesto hay gente con un discurso militarista y fascista en Argentina, más aún en ese momento, pero no eran la mayoría. La mayoría estaba bastante cansada, porque no solamente había cuestiones ligadas a la inconstitucionalidad y a las violaciones de los derechos, sino también desde el punto de vista de la economía: delinearon el gran endeudamiento del país. Recibimos las voces de los miembros de las iglesias, pero la carta la hicimos básicamente los pastores de la capital, y tuvimos repercusiones positivas dentro de nuestros seguidores.

-¿Tenían conexión con la militancia política?

-Desde ya que uno de los pilares de la Iglesia es la acción social, existían esas tareas en las calles, pero no nos dedicamos a bajar ninguna línea política. Sí se comparte un cierto ideario con valores comunes, pero después las personas, en cuanto a la política partidaria, asumen sus posiciones. Uno escucha muchas veces la frase “la Iglesia no se mete en política”, pero no, eso no puede ser: la Iglesia tiene un rol político, un rol profético, lo que no se debe hacer es partidismo.

-Un sector de los sacerdotes tercermundistas en Argentina termina conformando partidos políticos, o mismo participaron en agrupaciones guerrilleras, ¿por qué cree que sucede?

 -Son siempre decisiones individuales, cada uno lucha desde donde cree que es lo mejor, yo en alguna oportunidad estuve afiliado al Partido Intransigente, que ya ni existe, que se yo… En mi opinión personal, creo que hubo muchos mártires en la fe, no solo los mártires de la Iglesia primitiva, sino en estas últimas décadas. Yo respeto esas opciones, pero la mía no sería responder a la violencia con violencia, aunque no todos estarán de acuerdo con mi pensamiento. Apelar a la fuerza armada no me parece que sea el camino.

-Antes remarcó que siempre hubo un rechazo a la dictadura, desde el 76, ¿qué maneras había al interior de la Iglesia para poder hablar, manifestar o discutir sobre el repudio?

-La reflexión interna siempre se basa en la praxis externa: lo que la Iglesia puede reflexionar. La teología en general siempre es una reflexión segunda porque viene después de lo que uno hace, después del contacto que uno tiene con la gente más carenciada, con más problemas, menos derechos y menos posibilidades. Cuando uno acompaña a esas personas también se hace un poquito eco de eso y no se puede pensar que todo se va a solucionar por el acompañamiento personal o por la solidaridad, o la beneficencia, sino que uno intenta ver cuestiones más estructurales que provocan la pobreza, la falta de derechos, y demás. Esto ya es, digamos, reflexión “intraeclesial”.

-¿Por qué cree que el cristianismo da lugar a un contraste entre los que predican la paz y quienes se amparan en esta doctrina para ejercer violencia?

-Jesús no pregonó una forma de gobierno tal como las conocemos hoy nosotros, pero sí proclamó valores y accionares. Algunos toman unas cosas de la predicación de Jesús, y no otras. Eso tiene que ver un poco con la herejía, la parcialidad de no ver el conjunto de las cosas, entonces convierten el seguimiento de Jesús en una manera de sostener el status quo. Uno por solidaridad y espíritu crítico debe siempre cuestionar ese status quo, para mejorarlo.

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Resistencia anónima

Una historia mínima como tantas sin reconocimiento que, durmiendo en la memoria de sus protagonistas, esperaron el momento para ser contadas. Jorge Abraham conservó durante décadas documentos del Ministerio de Economía que la dictadura quiso quemar, pero jamás pudo encontrar. Protagonista, relator y custodio de un pedazo de la Historia nacional.

Foto: Nos Digital.

Hoy lo cuenta, relajado. Mezcla sorbos de café con palabras y se ríe de los rótulos. Dice que a él le queda mejor lo de anónimo que lo de héroe. Y mientras habla, mira para arriba, intenta acordarse de algunos detalles, gesticula. Se sitúa en la historia, logra también que el otro haga el viaje, recrea la atmósfera de aquellos días. “Era el 23 de octubre de 1977”, dice Jorge Abraham. “Yo trabajaba acá, en el Ministerio de Economía”.

“Había entrado hacía 8 años, durante la presidencia de Onganía. Me desempeñaba en el Instituto de Planificación Económica, que se ocupaba, justamente, de planificar los recursos de las provincias. Hacíamos estudios, y a partir de ello decidíamos si invertir en una ciudad,  en otra, o en algún pueblo. Eso hacíamos hasta el 23 de octubre. Ese día nos llegó el rumor: la oficina se disolvía  y un enviado del Gobierno iba a venir para quemar todos los papeles. Iba a venir y decir: ‘¿Saben qué, muchachos? Lo que ustedes hicieron, todos esos datos que ustedes recolectaron, todo eso no sirve para nada’. Iba a decir…iba a quemar todo…”.

El Gobierno era la dictadura. Eran Videla, Massera y Martínez de Hoz. Y era también Manuel Solanet, secretario de Hacienda. Él manejó las finanzas durante la guerra de Malvinas. Él decía que la Nación no tenía por qué ocuparse de cosas menores, que las provincias tienen sus recursos y que pueden cuidarse solas. Ese 23 de octubre, él había tomado la decisión, pero en un pequeño despacho un hombre se había enterado. Eran las 11 de la mañana. “Venían a quemar los papeles”.

“Entonces, pensé: ‘no puede morir así, entre las llamas, el trabajo de tantos años”. Ahí estaban los resultados del Plan Trienal de Cámpora, los números de la tercera presidencia de Perón, todo lo que se había hecho en los ‘70. Había mucha historia. Pero quedaban sólo tres horas. Entonces, empecé a buscar lo más importante, y lo metí todo en un armario chiquito. Había tres en la habitación: dos eran grandes; en el otro empecé a poner todo lo que iba rescatando”.

“Y, de repente, tocaron la puerta. Le dije a un compañero: ‘andá, distraelo’. Y  empecé a pegar papeles en blanco sobre las puertas del armario, que eran de vidrio. Era un mamarracho, pero no se veía nada de lo que había adentro”.

“Entonces el tipo entró. Yo lo conocía, lo había visto un par de veces. Sacó los papeles de los armarios grandes, y los puso en una especie de carretilla. La Nación no se ocupa de las provincias. Y miró el armario chiquito, y me miró a mí. ‘Es personal’, le dije. Y una duda, un instante, un ‘me descubrió’. Pero el tipo siguió de largo. Y ahí, escondidos, siguieron los papeles”.

“Hasta 1984, cada vez que me cambiaron de oficina, me llevé esos papeles conmigo. Eran mi secreto. Y ese año, ya en democracia, los pude llevar  a la Biblioteca del Ministerio. Ahí están hasta hoy, y hasta hoy cualquiera los puede consultar”.

Es lunes. Es 2012. Son las 8 de la mañana y Jorge está en su oficina. Trabaja en el Ministerio desde hace 42 años. Lo conoce de memoria. “Estoy en la Secretaría de Política Económica y Planificación del Desarrollo. En 2003, el Gobierno volvió a ocuparse de las economías regionales y en ello trabajo ahora”, dice. De un cajón saca dos pocillos, también una cafetera. El hombre que salvó de la Inquisición ocho años de economía argentina agarra un sobre de azúcar y pregunta: “¿Qué tal si mientras lo tomamos, voy recordando la historia?”.