“Si lo digo, más chicas se van a animar a denunciar”

Iara Carmona fue abusada desde los once hasta los quince años por el exmarido de su mamá, Marcelo Cuello, un policía de la bonaerense. Los casos de violaciones son muchos y hace muchos años, pero lo público del caso Melina Romero invita a no callarse más. “El hecho de que Rocío Girat se haya animado hizo que yo también hablara”, cuenta la chica, refiriéndose a otra experiencia que la motivó a contar.

 Iara Carmona (20) tiene fuerza. Ahora puede hablar. “Cuando estaba mi vieja en casa, cuando había alguien más, Marcelo era el mejor tipo del mundo. Me daba asco eso. No lo quería tocar, no lo quería ver. Cuando me empecé a manejar sola en el colectivo y en tren, elegía cuándo no estar en la casa de mi mamá. Iba a la de mi abuela. Pasaba el menor tiempo posible ahí o me encerraba en la pieza. No lo saludaba, no le hablaba”. Marcelo es Carlos Marcelo Cuello, policía bonaerense, el padre de su hermana, su padrastro, su violador.

Antes de contárselo a Laura Sanabria, su mamá, Iara se fue de la casa. Laura no sabía dónde estaba. Empezó a llamar, llamar y llamar y no tenía respuesta. Iara estaba refugiada en la casa del chico con el que estaba de novia, que la convenció de hablar con la madre y le ofreció acompañamiento. En eso llegó Laura. “Fue una situación medio tensa, pero se lo dije primero a mis tíos y me escucharon: ‘Marcelo abusó de mí desde los once años hasta los quince’. Después de asesorarnos con un abogado, se lo dije a mi mamá”.

Marcelo, que es Cuello, la manipulaba para que no hablara. Primero: “Este es un juego de nosotros, no se lo podés contar a nadie”. Mientras la violaba, dejaba el arma arriba de la mesa de luz y la miraba continuamente. Le decía y le repetía que él le comía la cabeza a la mamá. Cuando almorzaban o cenaban, a veces, Cuello giraba hacia Laura ponía las manos sobre su cabeza y hacía el gesto de estar comiéndosela. “Si caigo yo, vos también”, la amenazaba cuando Iara tenía 11 años, 12 años, 13 años, 14 años, 15 años. Iara era chica, no quedaba claro qué quería decir con “vos también”. Podían ser demasiadas cosas. Le podían pasar por la cabeza el arma en la mesa de luz, las tomas de artes marciales que le hacía para inmovilizarla, las posibilidades de que no le creyeran. “Yo tengo un padre ausente. No quería dejar a mi hermana sin un padre y a mí mamá fracasando con su pareja”, hipotetiza Iara, ahora, como una de las posibilidades de lo que Cuello podría haber querido decir.

Imágenes: NosDigital
Imágenes: NosDigital

-No te ayuda, está siempre con la computadora- le decía a Laura el policía violador. A Iara le iba mal en el colegio, le costaba formar un grupo de amigos. Se encerraba en su vida y en su cuarto, que no tenía puerta y, por lo tanto, el encierro no era protección. Cuando empezó a pedir privacidad, el bonaerense pateaba y pateaba la posibilidad de comprar la puerta. Mientras tanto, hacía sus guardias policiales, que implicaban mucho tiempo seguido trabajando, pero también otro mucho tiempo de corrido en la casa. Cuando Laura trabajaba temprano, él la llevaba a la escuela, pero antes, la despertaba horas antes para abusar de ella.

Iara empezó a salir a bailar y a independizarse. Cuello, antes y después de eso, seguía con su cinismo: “Cuidate, en la calle hay violaciones todo el tiempo. Yo lo veo”. “La mayoría de los casos de violaciones no son en la calle”, da el dato Iara.

-Mirá qué cortito que usás el uniforme de la escuela- le decía frente a la madre y, cuando su víctima directa no estaba, a la madre: “Vos le das demasiados permisos y ella es muy caprichosa”.

A la media hermana de Iara –la propia hija de Cuello-, que tenía 5 o 6 años, la iba preparando: “Las chichi, la cola y la pochi no se las tiene que ver nadie. Si un compañerito las quiere ver, vos se lo decís a mamá y a papá”.

Cuando Iara le contó a la familia lo que le había hecho Cuello durante años, la madre no dudó y se fue de la casa. Entonces, le tuvieron que explicar a la menor los porqué. Laura consultó a los psicólogos y aprovechó las palabras del policía violador: “¿Cuáles eran las partes íntimas que papá te decía que no te podían tocar? Bueno, papá le tocó esas partes a tu hermana”.

En el momento de la mudanza, 2011, Iara tenía 17 años. Laura radicó la denuncia a Cuello ante el fiscal Mario Marini en la Unidad Funcional de Instrucción de Delitos Sexuales de San Martín. “Si yo hacía la denuncia en una comisaría, las pericias a ella se las tenían que hacer los mismos compañeros de esta persona”, dice Laura, refiriéndose a Cuello. Él trabajaba en la Policía Científica. Fue pasado a disponibilidad, pero como esta caducó y la causa no estaba aún en juicio, él volvió a actividades. Laura no pudo cobrar el salario familiar porque se excedía. Cuello cortó los víveres por su hija. Laura, para colmo, tuvo que empezar a pagar abogados penales, civiles (por los alimentos), psicólogos, difusión para el caso. Todo eso, desde 2011, le consumió 70 mil pesos. El bolsillo empezó a pesar.

Con los psicólogos, por ejemplo, cuando fue a pedir un informe para la causa penal, o le decían que no estaban en condiciones de hacerlo, o “no se querían meter en problemas”, supone Laura. Entonces recayó una y otra vez en lo privado.

La familia quedó bajo la protección de una restricción de acercamiento. “Hasta que esto se elevó a juicio, teníamos miedo de que pudiera tener una represalia”, dice Iara. “Es un papel que le tenés que mostrar al colectivero si él se sube cuando estás ahí o a quien sea. ¿Cómo lo hago si estoy caminando y me meten en un auto?”, refleja su miedo. “Un papel”, enfatiza.

A cada movimiento, avisaba dónde estaba. En medio de ese miedo, se fue de Buenos Aires. Desde la Casa Rosada le respondieron una carta mandándola a hablar antes con Daniel Scioli y recomendándole una abogada civil para conseguir las cuotas de los alimentos del padre. La abogada que le pasaron le cobraba, “se vendía, se negaba a trabajar en conjunto con las abogadas penales”, denuncia Laura.

En la Comisaría de la Mujer y la Familia, él, el violador, el policía violador, hizo una exposición de que Laura no lo dejaba ver a la hija. Laura tuvo que ir un sábado a las 21 a una comisaría con la nena. “Después de un año y pico sin que la viera”, aclara. “Las revinculaciones funcionan con una asistente social, en un espacio público monitoreado, post informe psicológico para saber cómo está la chica, qué piensa del padre… Eso, en la Comisaría de la Mujer, donde cualquier mujer tendría que ir a hacer una denuncia. La misma policía termina encubriendo a los abusadores, a los violadores…”, dice Iara.

La denuncia prosperó: se hizo la instrucción, una cámara Gesell, la averiguación de pruebas en la escuela de Iara y el trabajo de Laura. Los peritos y los psicólogos trabajaron. Revisaron ginecológica y psíquicamente también a la hija menor porque no sabían hasta dónde podía llegar Cuello. “Hasta ahí iba bien”. Pidieron la detención y el juez Schavo la denegó. Faltaban pruebas. Al año y medio, lo elevó a juicio. Pasó otro año y medio más hasta que consiguieron fecha del debate oral: los últimos 3, 4 y 5 de noviembre.

Entre tanto, por un lado, la Fiscalía 14 le brindó apoyo psicológico. Como hacía tiempo que habían pasado los abusos, los psicólogos ayudaron a Iara a recordar los hechos y a animarse a relatarlos en el juicio.

Por otro lado, Cuello ya estaba preso, pero no por las violaciones, por abuso de arma y lesiones físicas contra un vecino. Las abogadas de Iara no tienen acceso a la causa, pero por la sumatoria de acusaciones, Schavo consideró que había peligro de fuga y dictó la prisión preventiva.

Iara declaró bajo juramento durante tres horas. Los peritos y los psicólogos de parte y de la fiscalía le dieron la razón. Los amigos de Iara también atestiguaron sobre los indicios que ella había dado, y también sobre sus afirmaciones, pese a que dentro de tribunales habían recibido miradas intimidatorias de policías y familiares de Cuello, e incluso, la amenaza (ya denunciada judicialmente) de ser cagados a trompadas si hablaban.

Iara Carmona.
Iara Carmona.

La defensa trató a madre e hija de putas, drogadictas, alcohólicas, suicidas, locas y provocadoras sexuales. Ellas ya habían sido advertidas de eso. Estaban tranquilas. Todo eso no hace ni deshace al abuso y violación. Cuello también intentó negar que hubieran vivido juntos: la pena sería menor sin convivencia, y hasta podría hacer quedar a Iara como mentirosa.

Por las pruebas, la fiscal Patricia Kaplis pidió 20 años por abuso sexual con acceso carnal también agravado por la convivencia preexistente y la edad de la víctima. Además de los peritos, por ejemplo, las llegadas tarde al colegio de Iara coincidían con los días francos de Cuello y con que Laura no estaba en la casa, como había relatado Iara.

Pese a las pruebas, el policía bonaerense estaba tranquilo. No había familiares suyos en la sala a la hora del veredicto. Tampoco los jueces. Fue la “secretaria”. “Ayer nos enteramos que no era la secretaria, era la auxiliar letrada. Entró temblando. Leyó la sentencia en dos segundos. Mandó a los abogados a buscar los fundamentos en la mesa de entradas. Cuando nos dimos vuelta vimos cinco policías recontra armados”, relata Laura.

Los miembros del Tribunal Oral N°3 habían votado por dos contra uno la absolución. Según Julián Descalzo, faltaban pruebas. Según Aníbal Ballagio, faltaban pruebas. Para Miguel Ángel Bacalhau, en cambio, Cuello merecía 18 años de cárcel.

Iara y su familia quieren cárcel para su violador. Por eso va a apelar, para que Casación cambie el fallo. Espera que, esta vez, haya una jueza, y que realmente se pueda poner en su lugar.

En la misma línea, va a buscar que estos casos dejen de ocurrir. “Lo que queremos ahora es que Doña María prenda la tele y nos vea a nosotras hablando de este reverendo hijo de mil putas. Que se haga masivo. Que sea como Rocío Giral, como Melina Romero, que no existan más casos de abuso ni de violencia policial como Luciano Arruga”, dice firme Laura. Iara coincide porque se enteró de infinitos casos: “Si lo expongo, si lo digo, va a haber más chicas que se animen a denunciar. El hecho de que Rocío Girat se haya animado hizo que yo también hablara. Si mi caso se hace masivo, espero que a nadie más le pase”.

La red de la locura

Milagros González fue secuestrada en Burzaco el 16 de marzo y apareció diez días después violada y drogada. En su relato identifica a un joven que la marcó en una iglesia evangélica y a una mujer que se le hacía la amiga y terminó entregándola. La complicidad policial, política y judicial que volvió loca- literalmente- a una nena de 14 años, contada por su madre.

Pagamos derecho de piso porque somos nuevas en el barrio, en Burzaco. Milagros tenía catorce años cuando conoció a su secuestrador, un animal que vendía drogas en la iglesia evangélica a la que ella iba con su hermanita Ludmila, de doce años. El muchacho, que las saludaba siempre al pasar, desapareció un tiempo antes del secuestro y no volvió a aparecer. Según los pastores, con la iglesia no tenía nada que ver.

El secuestro

A Milagros la secuestraron el 16 de marzo de este año cuando volvía de la casa del padre, donde había discutido con sus hermanos. Como yo no estaba en casa, hablé con ella que me fue a esperar a la estación de Burzaco.

La regenteadora fue una tal Belén, una mujer que tiene una lágrima tatuada en la cara, que se hace amiga de las chicas y es la que las recluta: les saca el número de teléfono, la dirección, con quién viven. Ella pagaba lo que consumía entregando chicas; había sido también víctima de trata. Esta mujer regenteaba desde el COTO, Jumbo y se ve que en la iglesia. Miraba a qué indigentes, a quién podía levantar. Hacía una especie de espionaje.

Esta Belén la invita a la casa y Milagros le dice que no, porque me estaba esperando a mí. La mujer esta iba hablando por Handy, hasta que de repente aparece una camioneta. Con un revólver me la subieron a la camioneta, la encapucharon, la manosearon, la drogaron. Lo último que recuerda Milagros es que siempre se manejaron con handie para hablar con otros secuestradores: recuerda Camino de las latas, la villa Betharram.

La vuelta

El 26 de marzo apareció de vuelta. Se escapó. El forense no quiso ni siquiera tocarla, investigar la situación. No contó nada. No quería que la policía interviniera porque había policías involucrados en el secuestro: Milagros los había visto con uniforme.

El 27 apareció en casa una camioneta negra. Ella la vio y se dio cuenta de que la venían a buscar, que había estado detenida en un prostíbulo en Camino de las Latas, hizo pases (se tuvo que prostituir), la encapucharon, comió dos de diez días, le daban pastillas, inyecciones (comprobadas). Como era chica y ella tiene una discapacidad, ofrecían poca plata.

La intentaron vender en la villa del Bajo Flores a la banda de Los Chinos. El mismo 27 Milagros le contó a otro forense y ahí si la revisaron.

Las amenazas

Llamaban por teléfono, decían que ninguno de ellos iba a caer detenido porque está metido el poder judicial y político, que escapar era una pérdida de tiempo. Esos llamados nunca fueron investigados por el gobierno de Esteban porque están metidos en la trata: desde La Colorada, la prostitución está regenteada por la Brigada.

A Yamila (17), una vez una camioneta le pregunta una dirección que no existía; aprovecharon y se le tiraron encima y le dijeron que no se metiera más, que cortara con el tema de la trata y de la policía porque íbamos a terminar todos en una zanja. Se salvó porque justo unos chicos de ahí la acompañaron hasta la casa del novio.

A Florencia (23), yendo acá a dos cuadras, la quisieron levantar en una camioneta, pero los vecinos estaban todos afuera y lo impidieron.

Todo esto, en pleno día.

La internación

El 5 de abril fue internada porque llevaba once días de desidia; esos once días Milagros tenía brotes de que se quería suicidar. La interné en San Martín de Porres, por mi obra social, pero como no es infanto-juvenil la terminé sacando. Había varones, personas con condiciones psiquiátricas que veían chicas y se les tiraban encima. Para ella eso era volver a vivir lo que le pasó en cautiverio.

La segunda vez hicimos una experiencia piloto para traerla a casa. Tuvo otro brote y la internamos en el San Jorge, mixto también. Quince días después, yo no veía solución. Estaba en una celda con chalecos de fuerza, chalecos químicos. La tenían con pañales, no la dejaban ir al baño, todo el día drogada, todo el día babeada.

El allanamiento

Yo decidí sacarla y me allanaron la casa. El 8 de mayo ella declaró todo en una cámara Gesell. Ese día apareció a las 17 una camioneta roja – que era de un efectivo de Esteban Echeverría- que nos quiso atropellar. Ahí tuvo otro brote. Decidieron darle la internación, yo dije que no. La Unidad de Fortalecimiento Familiar y Niñez, que nunca participó de nada, bajo la autoridad de Mariana Pérez decidió que yo soy nociva. Me allanaron y se llevaron a Milagros. Si nos resistíamos, nos iban a romper todo.

Mariana Pérez me decía que si yo seguía haciendo mucho problema por la trata, me iban a sacar a mis hijos.

Cuando dejé de ser nociva para el Estado, la pude traer y Milagros tuvo otra recaída. Porque fue mal medicada. Decidí entonces que vuelva a internarse en una clínica que me paga la obra social en Avellaneda. Quedó con un estrés postraumático, trauma y esquizofrenia. No reconocía a la familia, se volvía agresiva. Esquizofrénica total, sin cura.

La casa

Ya saben bien dónde vivimos. Con los carteles visibilizamos lo que le pasó y lo que le puede pasar a cualquiera, porque eso aprendimos. La trata le puede pasar a cualquiera. Las puertas quedan abiertas. Nos cuidamos entre nosotros. Nos manejamos con handie con botón antipánico. De día debería pasar el patrullero. De noche tenemos custodia de 19 a 7.

A nosotros, por la Ley de Trata se nos tiene que dar un lugar nuevo.

La trata

Hay treinta desaparecidas acá en Almirante Brown, en las mismas condiciones.