El loser ganador

Ariel Winograd, director de cine, atravesado por su cultura judía, explica cómo salió del gueto que su religión replica en la sociedad siglo XXI. La autobiografía, la ficción y la catarsis en sus películas.

“Toda mi vida voy a ser un loser.” Lo dice Ariel Winograd, un tipo joven de voz ronca y aspecto casual. Un tripero, hombre de los instintos, que aduce un deseo de inconsciencia constante e intenta prolongar la premisa de no pensar para poder crear: “Si pienso mucho no hago nada. Por eso yo voy, voy y voy, y si funciona, funciona”.

Es director de cine. Pero, al mismo tiempo, es el protagonista de su cine. Sus dos primeras películas- “Cara de Queso, mi primer gueto” y “Mi primera boda”- son autobiográficas y ponen el eje en la religión y tradición de la colectividad judía, cultura que marcó su vida. Incluso, en su primer largo, le puso su propio nombre al personaje. Ariel Winograd, un loser al que le encantan las historias de losers.

-¿Qué te gusta de los perdedores?

-Me parece que la historia del perdedor, aunque no lo sea, al concepto de loser me refiero, es mucho más interesante que la del ganador. Siempre me pareció más divertida la película en la que a la gente le va mal y después consigue que le vaya mejor, más que las películas de los que siempre hacen todo bien.

Sentando en una de las salas de reuniones de su pintona productora en el barrio de Palermo empieza a responder lo que se le pregunte. No parece un loser. Está relajado, como eligiendo palabras sin presión, con la libertad de poder tacharlas, de rearmar. Sin pensar demasiado, como ya decía él. No afirma ni niega con contundencia ni efusividad, sabe llegar a lo que quiere decir de a poco, casi desinteresadamente. A decir verdad, pareciera que nada le calienta demasiado. Y esto sorprende, sobre todo si se piensa que él hizo “Cara de Queso”: una película increíble, divertidísima, pero que sin duda tiene rabia.

“Es muy punk, tiene la actitud contestataria que tenía yo en ese momento. Pero, era  una  necesidad. Me encanta haberla hecho a los 27, ahora a los 37 no sé si la haría así, me pararía desde ese otro lugar.”

-¿Qué entendías por gueto cuando hiciste la película?

-La premisa nace de una imagen que me vino a la cabeza antes de hacerla. Era más como una teoría, como una tesis. La tesis era: a los judíos nos ponían en guetos en la Alemania nazi y, ahora, nuestros padres, de grandes, arman sus propios guetos. Como que en aquella época a los judíos se los sectorizaba, y con el tiempo nosotros nos sectorizamos a nosotros mismos. Es ese el concepto que me llevó a pensar que el country judío al que yo iba, que fue donde se filmó la película; y todo, mi adolescencia en general, era un gueto. Por ejemplo, la mirada siendo judío decía que era mejor no tener una novia católica, era mejor si era judía. Era como una cosa de para adentro, no es racismo, pero es una cosa de gueto, de encerrarse en un taper. Es algo ligado a la comunidad, pero no judía solamente. Yo trabajé en algunas películas de Spike Lee -director afroamericano- como “Inside Man” o “Un Plan Perfecto”, y el 80% del equipo técnico eran afroamericanos. Cada uno forma sus propios guetos.

-¿Iba a ser una trilogía la tesis?

-Claro, el  chiste de mi primer gueto era porque había una idea más ambiciosa de hacer una trilogía: el segundo gueto era la secundaria (la ORT), y  el tercer gueto el casamiento.  Pero, al final no sucedió. La tercera se iba a llamar “Triple X”, por tres ex novias que tuve antes de casarme con mi mujer. El personaje era siempre yo, pero no terminé casándome con una judía, me casé con una católica y rompí el mandato.

-Qué terrible…

-Pero tampoco era tan así, no vengo de una familia ultraconservadora. La idea de la trilogía quedó en el camino por diversas razones.  A veces pienso y me encantaría poder hacerlas en algún momento. Sobre todo me dan ganas de retomar la historia de la pareja que hicieron Martín Piroyansky y Julieta Zylberberg –hermano y cuñada de Ariel en la ficción-, que ahora viven en un country. Poder contar cómo les fue sería una buena historia. Me encantaría, pero no en este momento de mi vida.

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Ariel Winograd.

-¿Cuándo lograste salir de tu gueto?

-A los dieci… cuando me separé de mi novia judía después de 5 años de relación. A los 19, por ahí.

-¿Hay algo que te ata o es una elección pertenecer a esos guetos?

-Es lo tradicional, no es algo que te ata. Y con el paso del tiempo lo entiendo y veo que es súper respetable. Creo que está ligado a lo tradicional y a lo que elige uno para su vida. Nada es tan extremo y uno va eligiendo sus propios guetos: vas armando tus propias redes con la gente que vive a tu alrededor, con los amigos que elegís y con lo que decidís.

-¿Fue una película catártica?

-Sin duda. Era mi propia historia, una necesidad autobiográfica de contar eso. Además, me parecía que desde ese lugar había algo que yo podía contar muy bien, me sentía… -se distrae, mira por la ventana-. Pará que va a entrar mi hija con una peluca en este mismo momento…

En efecto, ella entra en ese mismo instante, con todo su derecho, como si la productora de su papá fuera su pelotero privado.

-Pa…- dice la criatura, que no supera el metro de altura.

-¿Qué mi amor?

-Mirá lo que me regalaron, ¿me lo abrís?

-Mi amor, escúchame, estoy en una reunión. Termino y lo abrimos, ¿dale? ¿Vas con mami? ¿Está bien?

La nena asiente con la cabeza, como aceptando lo que le pide el papá.

-Dame un beso – la besa en la frente-. Te amo.  Ahora lo abrimos.

Antes de irse le levanta la mano desde la puerta y le mueve el regalo de un lado a otro.

-Mirá…- le vuelve a decir.

-Sí, espectacular, no puedo creerlo, ¿pero nos dejás ahora?

-Sí.

-¿Cerrás la puerta?

-Sí

Cierra la puerta y, finalmente, se va, dejando una sonrisa en la cara de Ariel.

-¿Cómo manejaste la barrera entre la ficción y la realidad?

-No había barreras, el personaje se llamaba Ariel Winograd, los papás se llaman como los míos. Para mí esa película era un documental filmado, terapéutico. No lo tuve que manejar, era tratar de acordarme y acordarme cómo eran las cosas. Lo maneje muy impulsivamente.

-La que debe haber quedado enojada fue tu cuñada de ese entonces-protagonizada por Julieta Zylberberg-, blanqueaste que no quería tener intimidad con tu hermano…

-Nooo, noo, nadie. Al final no se enojó nadie. Eran todos reales los personajes, salvo el de Federico Luppi, que lo puse para que hile la historia. Pero todo bien, pasó el tiempo y no pasó nada. No deja de ser una película, un fresco de una época muy menemista, noventosa. Me parece divertido que en una película haya personajes inspirados en personas que uno conoció, y si los puse es porque algo de ellos me tocó. Nadie terminó de ofenderse tanto, y si lo hicieron, ya se les pasó.

Imágenes: NosDigital
Imágenes: NosDigital

-¿Nunca le tuviste miedo a lo autorreferencial?

-No, al contrario. El cine en sí es personal. Hay mucha dedicación atrás de cada cosa, a mí no me molesta. Mi carrera empezó siendo una película autobiográfica, fue natural, fue el canal de decir quiero empezar por acá. Me destrabó, necesitaba contar esas cosas.

-¿“Mi Primera Boda” también tiene que ver con tu vida?

Sí, sigue siendo bastante autobiográfica, porque surge cuando con Natalie, mi mujer y mi productora, nos casamos y salió todo mal. Un casamiento mixto justamente: católico y judío. Todavía está eso en la película. Los personajes de los padres, el primo, los amigos, son recontra reales. Lo que sí hay es una decisión de empezar a hacer un tipo de cine un poco más mainstream y darse cuenta de que uno tiene ciertas limitaciones y que es mejor contratar a un guionista y no ser uno el guionista. Hay una versión de “Mi Primera Boda” como “Mi segundo gueto”, en sintonía con lo que hablábamos antes, pero cuando vimos que era mejor contratar a un guionista la película se transformó y  tuvimos la necesidad de hacerla diferente.

-”Vino Para Robar” no debe ser autobiográfica…

Claro, estaría preso si no. Fue un desafío personal, de ver qué pasa si hacía una película de robos, que no tenga nada que ver con mi historia. Trato de meterme en proyectos que me generen desafíos nuevos, que no sean lo mismo. “Vino Para Robar” fue eso. “Mi primera boda” nos llevó 5 años, tan larga como “Cara de Queso”. Y “Vino para Robar” fue otra cosa. Dijimos: ´che, llegó este guión, se animan a hacerlo, sí, dale, lo hacemos, mandémonos´. El desafío era hacer una película así, sin que mi historia esté mediando. Que los personajes cuenten la película. Sin perder creo yo cierta cosa narrativa personal que a mí me gusta y que puede linkear en algún punto las tres películas y que en eso yo puedo sentir que son mías y no de otro. Pero es un proceso de cambio totalmente buscado.

-Sí, desde lo estético y las tramas, se nota que son más comerciales…

Por supuesto, sí. Igual mi deseo era que “Cara de Queso” fuera comercial, en su medida. Era más una comedia americana con estética independiente que otra cosa, pero siempre buscamos lo más comercial. El cambio fue adrede.  No se me juegan contradicciones ni en pedo ahí.

-¿Pero ves antagonismos entre lo independiente y lo comercial?

Todo se complementa. Es un abanico y toda corriente es bienvenida. Lo que no me banco es la chantada, en todo sentido lo digo. Si ves una película que es una poronga, que te das cuenta que la hacen porque les chupa un huevo el público, y ves el afiche y es una porquería, y el tráiler es horrible, y ves que hay desgano, me parece una falta de respeto, porque una película es una gran oportunidad.

-Pero, se suele relacionar la idea de lo comercial con lo profesional…

Hay películas independientes muy profesionales. Esto está ligado a otra cosa: a la gente que las hace. Desde mi parte, desde donde estoy parado hoy como director, que me gusta hacer cine comercial, celebro todo tipo de película independiente o no, mainstream o lo que sea, que esté hecha con buena leche. Porque también yo me considero independiente, eh. El tema es pensar independiente de qué. Mis necesidades como director son narrativas, en eso soy independiente.

 

 

Pensaron que estaba muerto

“Estuve ahí al límite un par de veces, pero a pesar de lo que piensan no soy tan mala fama”. Hernán fue y es el líder de la mítica banda de cumbia. Escucha a Elton John, le gustan Calamaro y Iorio como compositores, y disfruta de la música árabe y de la judía. La dura vida del tropical.

– ¿Ustedes van a ver a Hernán?
– Sí
– Síganme

Es el último trayecto que nos queda antes de llegar a lo de Hernán. Hasta acá llevamos un poco más de dos horas de viaje. Tres colectivos. La SUBE en negativo. Un paquete de galletitas encima y varios puchos. Cuando bajamos del 60 en la esquina acordada de Beccar, lo único que nos recibe es una estación de servicio. Desde ahí, lo llamamos. Atiende diciendo “Amigueeeeeros” y pide que esperemos en la panadería que tenemos en la vereda opuesta. La luna llena nos distrae. Un pibe que pasa, nos mira y nos reconoce por estar sacando fotos al cielo. Sigue caminando, frena en un quiosco a un par de metros, compra un paquete de papas fritas y vuelve a buscarnos.

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“Mi barrio es nuevo, la calle no tiene ni nombre, ni número”, explica Hernán por handy a alguien que tiene que pasar a buscarlo para ir a un show dentro de unos días. “Esperá ahí que mando a alguien a buscarte”. Dentro de unos días, alguien va a esperar en la misma panadería. Un pibe que camina mirando el celular lo va a guiar. Doblando a la izquierda son dos cuadras para adentro. El barro testifica que el día anterior llovió demasiado. Una perra nos recibe en la esquina grafitteada con el nombre de la banda que anticipa que llegamos. Pasamos la reja, un patio, una puerta y subimos la escalera con pared mitad crema, mitad blanca. Desembocamos en la habitación donde Hernán nos espera. Está sentado en la computadora. Al lado: un teclado, una conga, una mesa, algunas sillas. En el otro extremo: la cocina, una olla con agua esperando hervir, la letra de una tema de Mala Fama colgada en la pared, una estantería con libros, fotos y un poco de todo.

*

Otro día.

Es viernes de madrugada en el boliche de Palermo que se hace eco de pura cumbia. En el escenario, un rato atrás, sonaba en vivo Mala Fama. Una cinta y un señor corpulento delimitan los espacios del público y los artistas. Desde mi lado, le ofrezco un trago de la birra que tiende a calentarse. Me mira y sale. Un brindis y un abrazo demuestran que a Hernán le interesa un carajo esa cinta, va y viene corriendo los márgenes todo el tiempo.

*

Hernán Coronel, desde siempre, en algún lugar de San Fernando, imaginó una banda. Tenía un par de canciones y el pelo largo, igual que ahora. En el 98, sus ganas tomaban forma bajo el nombre de Mala Fama y él le ponía la voz y las composiciones, también igual que ahora. Enmarcados en lo que por entonces surgía como cumbia villera, llegaban en el 2000 a su primer disco de estudio “Ritmo y Sustancia”, después de que grabando en una sala del palo llegue el material a oídos de varios productores. La necesidad musical que había experimentado desde siempre empezaba a materializarse en los escenarios.
Cuenta que los primeros recuerdos que tiene de él mismo cantando son a los 2 o 3 años, en el patio de su primer casa, donde inventaba temas para su hermano. Casi como un presagio, un amigo que se mudaba del barrio, a los 7 años, le dejó de regalo una guitarra. Todo empezó desafinado mientras le cantaba serenatas a una piba que vivía a la vuelta. El amor y la música se improvisaban. Hoy las cosas son diferentes. Aprendió cómo usar el instrumento con el que debuto y sumó el teclado, el bajo y la percusión. Puede armar una banda solo si consigue un par de manos más. Ya recorrió Argentina de punta a punta más de una vez y varios lugares de Latinoamérica. Soñaba una banda y hoy vive de ese sueño.

*

– ¿Quieren un chupetín?

Tiene campera y pantalones deportivos, una gorra y por debajo el pelo atado con una colita a la altura de los hombros. Nos convida de su vaso para ver si logramos adivinar qué está tomando. No lo hacemos, se ríe y nos prepara dos tragos de aperitivo y naranja. Lava unos ceniceros y los apoya en un parlante que queda en el centro como mesa. El pibe con el que llegamos se para en la ventana. Hernán gira la silla de la computadora, un banderín decora la pared a su espalda.

– ¿Vas a la cancha?
– Ahora no tanto, porque los fin de semana canto y de día descanso y si vas a la cancha te vuelven loco. Se viene toda la vagancia encima: dale que es tarde, mandale mecha, si tenés vamos a llenar el tanque y de acá para allá. Volvés a tu casa destrozado y por ahí tenés que cantar a la noche. Es un desgaste mental muy grande porque yo la escucho mucho a la gente cuando me habla, la entiendo, las comprendo, trato de alegrarlos, de alentarlos o de cantarles o lo que sea. Que la foto, que esto, que el otro y llego con mucho dolor de cabeza. Quedás con todo, muy cargado.

– ¿Te pasa mucho que te pare la gente en la calle?
– Por día. Hay días que mucho, hay días que nada.

– ¿Y acá en el barrio?
– Acá en el barrio somos todos amigueros. Nos saludamos, nos alentamos. ¿Pero qué te pasó en la cara? Todo eso. Hola basuuuu y así, pingui, pingui, japishh, japishh, nos vemos en la terminal boludo.

– ¿Y cuando salió el rumor que estabas muerto qué pasó en el barrio?
– No vivía en este barrio en ese tiempo, pero en la casa de mi vieja llamaba todo el día la gente. Algunos llorando, algunos alegrándose, algunos diciendo por fin bolu. Por lo menos hice la canción: “Pensaban que estaba muerto, pero yo sigo cantando y bailando…”

Toma lo que dicen y lo que siente para transformarlo en canción. Así funciona, casi naturalmente se nutre de lo que lo rodea: la gente, el barrio, él mismo. Después el proceso se hace a la inversa, todo lo que canta no para de colarlo en la conversación, lo devuelve al entorno. Los amigos que entran y salen de la casa se ríen, así es siempre Hernán, no hay una pose montada en entrevista. Prende un pucho, llena todos los vasos nuevamente y se vuelve a sentar.

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– ¿Vos te considerás una persona pública?
– Sí, siendo realista sí. Nunca estoy consciente de eso yo, pero sé que si lo tengo que decir es así. Pero nunca estoy pensando en eso ni pendiente de eso.

– ¿Para vos ser una persona pública significa ser famoso o exitoso?
– Las dos cosas por ahí porque lo mío se mantiene con la buena música que hago. Para muchos soy famoso porque soy buen músico, para otros porque salgo en la tele o sueno en la radio, es muy variado el sentimiento de la gente.

– ¿Y el éxito con qué tiene que ver?
– Para mí, primero en principal con las canciones que hago, después con mi personalidad en segundo término. Pero la música es lo más sagrado, lo que nos acerca a la gente, nos abre puertas y nos da tantas cosas lindas que podemos vivir.

– ¿Y es también lo que te mantiene vigente?
– Las canciones y también ser una persona un poco inteligente que se mantiene viva en todo sentido, o en casi todos.

– ¿En qué casi todos?
– Por lo menos, seguir grabando y cuidándome porque tranquilamente me podría haber muerto ya con todo lo que viví en estos años.

– ¿Es dura la vida de un cantante de cumbia?
– En algunas partes, sí. Es muy duro viajar, aguantar el ritmo, cantar muchas noches seguidas, descansar poco. El otro día llegué al sur, a Ushuaia, y ya estaba gente esperándome en la puerta del hotel. Un montón de gente con vinos escondidos en la campera, con champagne, con regalos, con esto, con lo otro y yo todavía no había ni dormido porque la noche anterior había cantado.

– ¿Y por qué otra cosa es dura más allá de descansar muy poco?
– Y lo que es muy difícil es sobrellevar la euforia de la gente más lo que te ofrecen. Los vicios, la noche, la música, las mujeres, el quilombo: tenés que tener un control mental muy claro para no caer en la ola de los vicios, de los quilombos que te llevan a la muerte o a decaer en cualquier sentido, a perder todo. Estuve ahí al límite un par de veces, pero a pesar de lo que piensan no soy tan mala fama. Tranqui, hay que usar y no abusar.

– ¿Siempre entendiste que era mejor actuar así?
– Siempre, yo hasta los 18 años ni siquiera puteaba. Siempre fui una vida bastante tranquila. Después de los 20 años, desde que canto en Mala Fama, recorrí otros caminos.

– ¿En qué cambiaste?
– En que empecé a tomar vuelvo. Antes estaba bajo el ala de mis padres como casi cualquier hijo. Después empecé a tomar vuelo, a recorrer los barrios, hacerme amigos en todos lados, hacer música, conocer a un montón de gente, a moverme y ahí aprendí a ser libre y a conocer todo, desde la gente humilde a las peores sanguijuelas. La diversidad de la vida me fue haciendo lo que soy hoy, pero moviéndome, estando, yendo, viniendo, probando.

– ¿Hay una clave en mantenerse en movimiento y no dormirse en una pegada?
– Yo no catalogo los éxitos, los discos. Yo hago canciones cada vez que me nacen y las grabo. Nunca pienso en vender un disco o si la gente va a levantar las manos, van a aplaudir, o si voy a tener muchos shows. Solo uso mi sentido musical cuando me nace, me surge una idea o una situación que me inspira y pingui, la plasmo, la grabo. Y las que se me han perdido en mi mente, millones.

– Entonces, ¿no cambió nada en tu forma de ser?
– Mi naturalidad sigue siendo la misma, más vale que con el tiempo cambié porque cambiás en base a los demás y a las circunstancias. Vas adaptándote: depende con quien estas y yo qué sé. Por ahí del prójimo aprendí más, de lo que es la vida en general, de lo que son las mañas de la vida, pero mi esencia es siempre sentir y expresarme nada más, no especulo en nada.

El handy no para de sonar. Hernán atiende a todos con las mismas ganas. Esta vez es de la oficina de producción donde ultiman detalles para una gira de fin de semana. El agua en la olla ya está hirviendo, mete algunos trozos de pollo. “¿Se quedan a cenar?”, nos pregunta. Aprovecha la llamada para pararse y para caminar un poco por la habitación. Las manos y los pies difícilmente se queden quietas. Vuelve a llenar los vasos, esta vez algunos más: llegaron otros amigos. Se vuelve a sentar.

– ¿Pensás que el camino de un cantante de cumbia es diferente al de un cantante de rock?
– Sí. No te digo “obvio”, porque no sé, pero sí. Más que nada en la ejecución del trabajo, la ejecución musical, de grabación, pero en términos musicales a la hora de hacer una canción todos nos tenemos que conectar con los sonidos, los ruidos y adentro, si sentís algo, hacerlo. En eso, no se escapa nadie, todo esto está por la música. En todo segundo, todo momento está la musiquera y eso es lo único sagrado, después todos le damos cosas distintas.

Hernán tiene varios cuadernos llenos de letras que van a servir para armar pronto dos bandas nuevas. “Las voy a producir yo, nombre, música, canciones, letras. Con gente que creo que también ama la música y creo que vale la pena armar algo que nos de vida a todos y alegría”. Hasta ahora, no había experimentado laburar con otra gente pero siente que las cosas están dadas para hacerlo: “Lo podría haber hecho mucho tiempo, pero como nunca pensé así comercialmente o en hacer plata como hacen otros. Es jodido, para mí cada canción es como un hijo y armar un grupo tenía que ser con gente muy especial y es por eso que no lo hice antes, porque no conocí la gente tan especial”.

– ¿Es un negocio jodido el de la música?
– Hoy por hoy es una inmundicia el negocio de la música con los tipos que manejan la movida. El sistema vendría a ser la gente que maneja la televisión, la radio, los bailes. Es bastante jodido. Pero también saben con quién. Si vos te manejás bien, ponés tus pautas y hacés algo que valga la pena, la gente también se va a adecuar a vos.

– Y más allá de esto, ¿cómo ves la movida musicalmente?
– Ahora es el mundo cover. El mundo de usar el sacrificio de los demás. Hacer la más fácil: bajar una canción por internet, copiarla y listo. Hace mucho que estoy esperando que salga una banda buena. Que diga: qué bueno esto para escucharlo, mirá qué bueno que está. De cumbia. Es lamentable pero se está empezando a limpiar un poquito, ya la gente se está avivando, está volviendo a ser más valorada la cumbia de autor.

– ¿Esto es porque la gente lo elige o porque el mercado lo impone?
– Por los empresarios, por los que manejan las cosas. Los tipos que no hicieron ningún sacrificio para tener un grupo no les importa ganar dos mangos, quieren fama y a la mierda.

– ¿Dónde es que fallan estas bandas?
– No es que fallan. Es que se metió en el sistema musical gente que no tiene naturaleza musical, que tiene naturaleza empresarial y hay mucha gente que tiene naturaleza de hacer lo más fácil. Les gusta la música, pero quieren hacer lo más fácil en vez de cultivar su talento, porque el talento se cultiva. A muchos, por ahí, les nace, pero si no lo cultivás de tu mente no va a surgir lo que hace una escala musical o lo que hacen un montón de cosas que tiene que ver con la música. Quieren lo más fácil, pingui, bajar un par de covers, de otro país o viejos de acá y a la mierda y dale que es tarde y encima no pagan derechos de autor, ni piden permiso. Están haciendo un descuartice con la música de autor.

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Hernán no se imagina haciendo otra cosa que música. “Le quedan un par de años más”, dice, aunque tenga 35 mil, ya. Durante toda la charla no deja de remarcarla como lo verdaderamente importante. Podemos hablar del mercado, del negocio, de instrumentos, hasta mismo de los músicos, pero siempre todo termina en la música. En la pantalla de la computadora se asoma un reproductor.

– ¿Qué escuchás?
– Cumbia hoy por hoy no escucho nada. Cuando quiero ponerme alegre a veces me pongo a escuchar Los Palmeras o alguna de esas viejas. Ahí me regalaron un compac, mirá. Bah, se lo vi a uno en el auto y me lo regaló, Grupo Mantekilla, Dulzura, Granizo Rojo y Los Dinos. Ahí hay cumbias cumbias. Los Chicos Malos tienen un par de canciones re buenas también, un grupo viejo. Este compac me lo compré ayer, mira lo que escucho.

Agarra un disco, estira el brazo y nos lo alcanza. Elton John aparece en la tapa del album Biggests Hits. Antes de que lleguemos a decir algo su espíritu inquieto sigue hablando.

“Como compositor, al que más admiro es a Calamaro, después Ricardo Iorio me gusta mucho también. Hermética, arriba la vagancia, más vale que Los Redondos, como a todo el mundo. Después todo, lo que sea. El piano bien puesto, un bajo bien tocado, en cualquier estilo te va a gustar. Una música bien armada, un rompecabezas musical lindo no tiene límite de estilo. Yo escucho todo, escucho unos tangos de la puta madre que te re estremecen. Hay unas músicas árabes, judías que están buenísimas. Ni hablar de la música colombiana, de las cumbias. Yo escucho toda la música en general, como todo el mundo, te llega algo a tus oídos y lo adoptás si te gusta pero yo le presto mucho sentido a la composición, a los arreglos musicales, son esenciales. A los que no abusan de la rima, ya cuando una frase te lleva a la otra y a la otra, es como que al chabón se le ocurrió una frase y en base a esa frase fue rimando y va forzando una letra que en realidad no tiene alma, termina siendo una canción insulsa y pingui, pingui, pingui.
*

– A mí no me gusta mucho posar para las fotos.

Dos minutos después se relaja con el lente. Sugiere hacer algunas con una flecha que está colgada en la pared y se sube a una silla para llegar hasta allá arriba. Alguien pide que ponga música. El parlante, que fue mesa durante la charla, no funciona. Parte de los conectores quedaron adentro porque se desenchufaron de un tirón. Preparamos algunos vasos más. El pibe que nos llevó hasta la casa charla de la luz que hay en la calle para hacer fotos. Otro de los amigos nos sugiere formas de viajar hasta Capital. Hernán enumera posibilidades para hacer funcionar el parlante y todos opinamos. Apagarlo y volver a prenderlo, no. Desenchufarlo, no. Conectar el USB a ver si lo lee, no. Ponerle pegamento a un palito y juntarlo con el conector para ver si se pega y se puede sacar, no. Destornillar la tapa de atrás, sí, vamos por ahí. Destornillador, no. Cuchilla, no. Cuchillito, sí. Saca la tapa, todavía los conectores están adentro. Pinzita, no. Aguja, sí. No para hasta lograrlo. Cuando termina, vuelve a atornillar todo, se festeja como un logro, el parlante es nuevo.
Pide perdón por todo el tiempo que le dedico a los conectores atorados. Se preocupa por cómo vamos a viajar. Todos se ofrecen para acompañarnos hasta la parada del colectivo y empezar el viaje a la inversa, tres bondis, la SUBE en negativo, los puchos. Es demasiado tiempo perdido nos dice. Lo mejor es un remis hasta la parada de un bondi que nos trae derecho a casa, pero no tenemos plata y la idea se diluye. Bajamos por la escalera, pasamos el patio en la entrada, la reja y hacemos las últimas fotos en la esquina grafitteada. Un auto toca bocina. “Les pedí un auto”, dice Hernán. No importa la insistencia: no deja que nos vayamos en colectivo. Nos da un billete de $50 “¿Qué importa la plata?”, argumenta. El pibe guía se sube con nosotros.
– No los vuelvas loco, no les hables mucho que son amigos míos.

Le dice al remisero. Nos saludamos un par de veces más y el auto arranca. Para Hernán no existen los límites que diferencien banda, público y amigos, ya lo había demostrado un tiempo atrás con un brindis y un abrazo en un boliche de Palermo que se hacía eco de su cumbia.

“El Pollo hoy no vino”

Diego Alonso ya no quiere hablar de Okupas. Tampoco quiere ser simplemente el negro grandote con voz ronca y aspecto de marginal. Pero mucho menos un personaje de los clásicos que circulan por la fama. Lo analiza en los papeles que le dan a Facundo Arana, en cómo hizo Cárceles, en cómo Graña le copió una idea, en los egos en la tele y en el lobby de hacer bien su trabajo. Todas trompadas de un tipo que hace boxeo y que se pelea constantemente con la vida. 

– Normalmente esperan que yo sea el Pollo. Si ahora vamos a un bar y me pido un té con limón, vos vas a decir: “Este me quiere vender que toma té con limón”. Porque vos estabas esperando que me tome una cerveza. Porque vos viniste a ver al Pollo. Y el Pollo hoy no vino, ni va a venir. No es Candyman, que lo nombrás tres veces enfrente de un espejo y aparece. Es un personaje y los personajes en la tele son finitos: tienen un comienzo y un final. Ese personaje se murió ahí.

Diego Alonso explica así porque elige hacer la entrevista en la vereda de Ravignani al 1500 y no en un bar. Estamos en Palermo, en la esquina de Estudio Mayor, y llevamos dos horas de espera, porque él vive en Ramos Mejía y cuando viene para Capital junta cosas y, a veces, se le complica cumplir con los horarios. Lo aguantamos porque coordinar el encuentro costó unos cuantos llamados. Y porque el Pollo de Okupas marcó nuestra adolescencia. A los diez minutos de charla, Diego nos dice que el Pollo no vino. Y nos avisa que él no es de hablar de esa miniserie que dirigió Bruno Stagnaro hace trece años, en el 2000. Tiene lógica: después de aquel personaje, también hizo un papel periodístico en La Liga y en Cárceles, actuó en Tumberos, en Crónica de una Fuga, en 099 Central, en Sos mi hombre y laburó en varias otras cosas más que él remarca, aunque los que lo saludan por la calle se acuerden más del Pollo. Para ningún actor debe estar bueno que lo identifiquen por algo que hizo hace trece años cuando en el medio hizo otro montón de cosas. Es como que después de haber tenido nueve novias tus amigos todavía te recuerden lo linda que era la primera.

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– ¿Te hinchó las bolas el Pollo?

– No es que me hinchó las bolas. Fue un buen laburo, pero yo creo que he tenido mejores. Porque a medida que uno tiene más experiencia, hay cosas que las puede manejar. Yo no tengo idea del impacto social que ha tenido Okupas, no lo puedo registrar. Yo me he cruzado con pibes, que hoy ya son chabones, porque esto fue hace trece años,  que me dicen vos sos mi infancia. Qué flash, yo no tengo ni idea, porque yo no lo vi como público.

No está el Pollo, entonces. Está Diego Alonso.

“¿Cuánto tiene que ver Facundo Arana con el personaje que hace? Y todo el mundo va a decir, nada, nada que ver. ¿Desde dónde hablan los periodistas? ¿Como analistas sociales? Es una pregunta recurrente en las entrevistas mías eso de cuánto tiene que ver el Pollo conmigo. Son preguntas vacías. Y si la pregunta está vacía, el contenido de la respuesta también va a estar vacío. Tengo el mismo cuerpo, la misma voz que el Pollo. Es como Facundo Arana. ¿Él fue muchas veces más a la Iglesia que yo? No, pero él fue Padre Coraje. ¿Por qué no fui yo Padre Coraje? Porque un cura negro es demasiada información para la pantalla”. Diego tiene 40 años, los mismos amigos desde la infancia y un trabajo hace doce años en el que se siente cómodo, pero no parte. “No vivo dentro de ese mundo. Trabajo ahí. Qué sé yo, para mí es mi trabajo. El trabajo es cambiar horas hombres por dinero. Y voy a eso: llego temprano, laburo y me vuelvo. Si tengo que ir a la fiesta de fin de rodaje, voy. Con la gente me llevo bien, son compañeros, no le voy a pisar la cabeza a nadie ni me la voy a dejar pisar. Trato de manejarme en un ambiente cordial, de respeto. Con mis pares tengo buena relación, tengo pocos amigos actores”.

A Diego no se le llega a encontrar la mirada porque lleva unos anteojos de sol oscuros que no dejan dar con sus ojos. Pero sí se puede saber cómo se ve él a si mismo. “Yo me siento seguro de lo que hago, creo que soy bueno. Y eso a mi me alcanza. Puedo hacer una novela, una película mala, pero sé que lo voy a hacer con el respeto que se merece el trabajo. Como yo no sé hacer lobby, ese es mi lobby: hacer bien mi laburo”. Tal vez por eso de haber quedado tan identificado con aquel personaje del Pollo con el que ganó el Martín Fierro por actor revelación en unitario –los cholulos que pasan por la calle lo saludan así, de hecho- cada tanto te tira la chapa encima. “En Polka hice 099 central, que fui por cinco capítulos y terminé haciendo ochenta”, recuerda. O cuando cuenta cómo armó Cárceles, un programa que iba por Telefé en el que mostraba la vida de las personas privadas de su libertad: “Me jugué a que funcionara. Iban a ser cuatro emisiones nada más. Pero yo los junté a todos y les dije que el programa iba a durar lo que yo quisiera que dure. Yo quería llegar a fin de año, pasar Navidad allá. Un productor se rió. Vos querés llegar a Navidad y estamos en febrero, me dijo. Le dije vos que te reíste vas a ser el que venga conmigo a la cárcel en Navidad. Primero, porque sos judío y en Navidad no tenés nada que hacer. Y segundo porque te reíste. Hicimos 98 capítulos, 94 de más”. O dice de su aporte en la Liga, el programa periodístico que hacía en Cuatro Cabezas: “Como yo estudié cine, iba con mi camarita. Yo quería tener mi propio registro de eso, después terminaron haciéndolo Graña o gente que nunca hubiera salido de un estudio porque se dieron cuenta que eso garpaba. Nunca te van a decir qué bueno lo que trajo este pibe, porque hay una cuestión de egos que es interminable”.

– ¿Cómo es eso de los egos en la televisión?

– Son exagerados. Y a veces los exageran por demás. No se cómo se vive con eso. Yo no tengo ataques de pánico. Hice terapia un tiempo, pero abandoné. Yo tengo problemas reales, de la gente de otra época. No es que llego a mi casa y digo ay no puedo respirar, me traspiran las manos y ahora voy al psiquiatra y me dan lexotani. Con ese criterio me mudo a Palermo, me hago gay y doy una nota que voy a tener un pibe con la fertilización asistida. Hay cosas que se ponen de moda. Pero yo con la moda no la voy.

– Tal vez tiene que ver que a vos la fama te llegó a los 28, ¿si te hubiera llegado a los 16?

-Sería Gastón Trezeguet, jaja. Hay cuestiones que son inmanejables. Yo soy muy amigo de los Pericos, desde cuando se iniciaron. Tenía un parecido con el Bahiano y andaba con ellos para todos lados. Y decía que era el hermano. Entonces hacía el usufructo de la fama ajena. Y tenía sus beneficios. No tenían nada que ver con lo económico. Sólo con las minas, o que en un bar no pagabas. Yo lo había explotado al máximo. Entonces tuve un poco más de cabeza, la guita que gané la supe invertir, no la malgasté. Ariel Staltari (el actor que hizo de Walter, en Okupas) tiene deudas todavía. Yo le decía: fijate que esto se termina. Y cuando se termina no puede quedar como una simple anécdota. Algo tiene que quedar.

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– Además del Pollo también se te asocia mucho con la Liga y Cárceles. ¿Ahí sí eras Diego Alonso?

– Ahora quiero actuar. Me llena mucho más. Eso me encantó. Poder mostrar las cosas de una óptica distinta. Yo tenía claro qué era lo que no me gustaba ver en televisión. Yo nunca había visto CQC. Me hablaban de CQC y yo decía ah, ese lugar donde trabaja uno que se llama Malnatti que tiene una cara de tonto bárbara, con anteojitos. Eso lo decía dentro de Cuatro Cabezas. Me miraban como si fuera un atrevido. Me senté a ver un poco de CQC y veía que eran entrevistas donde no les importaba la respuesta del entrevistado sino que ellos pudieran meter su remate arriba. Es el juego que hacen para mantenerse al aire todavía. No son más inteligentes, son igual que la media, pero su talento es no escuchar y tirar un remate sobre la respuesta del otro.

– ¿Y Cárceles?

-Por primera vez tenía la opción de tener un programa propio. Por una cuestión de imagen social es muy difícil que yo tenga un programa propio en la televisión. Si podía ser en algún lado, iba ser dentro de la cárcel.

 – ¿Por qué?

-Porque dentro de la cárcel iba a ser George Clooney.  En  la televisión, hay un montón que se postulan, o se votan entre ellos. Pero si vos preguntás en la calle, en la calle yo soy George Clooney. No es Facundo Arana, no es Maradona, no es Mangeri, te digo lo que hay hoy en tele. Me parecía que estaba bueno eso. Poder aprovechar la cosa esa de respeto que había con los internos.

– ¿Ahí sentiste que dejaste algo?

– ¿Algo como qué? ¿Si me olvidé algo? Una vuelta me olvidé una bolsa de faso. Le llevaba faso a los pibes también.

– No. Digo comparado con la Liga, donde ibas, contabas una historia pero después de contarla la historia seguía igual. 

– Me pasaba eso en la Liga. Estaba bueno mi laburo, porque lo otro ya se había visto. Pararse y hacer preguntas lo hace mi hijo, que tiene once años. Yo tengo claro algo: los círculos se cierran. Entones si yo cobro, el productor cobra, la productora cobra, el dueño del canal cobra, este tipo algo se tiene que llevar. No puede ser que hayamos pasado por la vida de un cartonero y la historia no le cambie en nada. Yo necesito tener un recorrido más sobre la problemática. Y en la cárcel eso se daba porque los personajes estaban cautivos. Pasaba un año y vos los ibas a buscar al mismo lugar para ver qué les había pasado.

– ¿Mirás la tele?

– La televisión ha variado mucho en estos últimos años. No encuentro cosas que me llamen mucho la atención y además veo que se ha desvirtuado. Antes contaban algunas cosas, ahora es todo pelea. Ahora están más marcados, sabemos quién es quién. Tenemos esa falsa farándula, o farándula, que es gente que no sabemos de qué trabaja, cuáles son sus talentos, no sabemos nada. Están siempre opinando, pero no sabemos quiénes son, a qué se dedican. Antes descubría talento en la tele. Hoy muy poco. No comparto ese mundo de excesos. O un canal con América, que todos los que van ahí tienen problemas judiciales. Si me hacen una nota a mi seguro arrancan diciendo: ‘vos que venís del mundo marginal…’. Y eso a Moria no se lo preguntan. No le dicen: ‘vos que sos una rocha’… Ella no es chorra, pero yo soy negro y soy casi un preso.

La voz del actor impone respeto. Pero no es lo único con lo que Diego Alonso impresiona. Varias veces repite que a él le gusta pelearse. “Yo no entro en discusión con nadie. Soy muy cortito. No quiero discutir, si querés discutir después nos agarramos a los bollos. Ay, no pero la violencia física. Te arranco la cabeza, no violencia física. ¿Por qué yo tengo que aceptar tu violencia y vos no la mía? Trato de equiparar la violencia”, cuenta. Y explica: “Pasa que a mí mi papá me enseñó que cuando me levantan la mano me tengo que defender. Cuando hice la Liga me decían que yo era periodista, que no podía hacer eso de pelearme por la calle en las notas. Yo avisé que a mi no me iba a pegar nadie. Porque en cuanto me levanten la mano, los cago a palos, porque encima soy boxeador. Yo soy actor y actuó de periodista, mi periodista pega.”  Desde que hace boxeo en un gimnasio de Ramos, hace tres años, ya no se pelea por la calle. “Te calma mucho. Es muy introspectivo. La cabeza tiene que estar preparada una o dos horas antes que el cuerpo para entrenar. Te comés unos piñones, pero nada. La gente que hace boxeo es más tranquila a la hora de tomar decisiones”, explica.

– Laburo, boxeo, ¿qué más?

– Muebles. Soy ebanista, soy sastre pero ya no lo practico, soy bartender pero ya no lo practico, soy sommelier pero ya no lo practico. Hago muebles para mi casa y en alguna oportunidad los regalo. Siempre trato de hacer algo que no tenga que ver con mi trabajo, para que cuando no tengo laburo me llenen un espacio y no me rompan la cabeza. También escribo, hago guiones.

– ¿Para hacer la Liga y Cárceles vos estudiaste algo de comunicación, leíste algo o lo aprendiste con la experiencia?

-Yo soy erudito. Ya me lo decían en la escuela, de chiquito. Ahora lo digo yo y suena… Este negro quién se cree. Con el auto me pasó lo mismo, la primera vez que me subí a uno salí manejando. No fui a una escuela de manejo ni le pedí a nadie que me saque a dar una vuelta un domingo a la mañana.

– Pero alguna vez chocaste. Cuando te preguntaron qué sentiste cuando subiste a buscar el Martín Fierro dijiste que se te puso la mente en blanco como cuando se tiene un accidente.

– No dije como cuando tuve un accidente. Dije como cuando uno tiene un accidente. ¿Sabés las veces que he levantado a amigos que chocaron con la moto y no sabían qué había pasado? Las zapatillas se vuelan y no saben dónde quedaron. Lo primero que tenés que hacer es buscar la zapatilla, porque después llegan al hospital descalzos. Se acuerdan del momento y después de nublan. Del palo no se acuerda nadie. Podemos decir que es cultura robada eso.

– Erudito, entonces.

– Soy ambidiestro. Para todo. De hecho mi profe de boxeo se enoja mucho porque cambio la guardia. Para mí las dos posturas son iguales. Cuando como, estoy cortando así, y después cambio y corto con la otra. Para mí es completamente normal. Para escribir también, depende de cómo me quede más cómodo por cómo estoy sentado, escribo. Ambidiestro. Hay un montón de gente así, lo común es sos zurdo o derecho, o K o antiK, o de River o de Boca.

– ¿Y vos?

– Yo soy de Vélez, superior.

En este barrio de productoras donde estamos dando vueltas hace tres horas entre la espera y la nota, hay reglas que parecen ser aparte del resto de la Ciudad. Palermo Hollywood, le dicen. Los autos pueden estacionar en doble fila, o en la senda peatonal, o subirse a una esquina y no hay ningún problema. Suponemos que pasa eso porque es toda gente que labura en la tele. Diego cuenta que eso también tiene sus costos: “Piensan que vivo una vida distinta a la del resto. Ponele que laburás 25 años en una fábrica. Por ahí ganaste más guita que yo. Yo en esos 25 años tal vez laburo cinco u ocho. Los otros veinte años se van interponiendo. Por ahí laburé menos horas, pero gané menos guita. Y la cabeza la tiene mejor el que tiene menos tiempo de ocio. Porque no te ponés a pensar, a enroscarte. Por eso acá también todos le agarran ataque de pánico. Porque están al pedo. Si tenés que levantarte a las seis a laburar para pagar el alquiler, la luz, el gas, qué bipolar vas a ser”.

– ¿Y vos qué hacés con el ocio? ¿Leés, ponele?

– No soy muy lector. Las cosas para aprenderlas no hay que leerlas. Sino vamos a escuchar a Stamateas como si fuera un dios, pero es un vulgar. Hoy la gente lee Stamateas y le hacen caso. A mí el que me habla del Feng Shui lo meo. Estamos hablando de la cultura oriental, ¿pero vos que hablás del Feng Shui cuántas veces comiste arroz, cuantas veces caminaste descalzo sobre la tierra? Si laburás en el microcentro, cortás una hora para hacer yoga y volvés a la laburar. ¿De qué te sirve el yoga? Vamos. Está bueno hacerse su propia cultura. ¿Lo que escribió Osho fue porque le cayó un rayo como a Moises? No: lo vivió. Los tipos leen eso y toman su idea pero no se dan cuenta que Osho lo vivió y ellos lo leyeron. Hay una diferencia enorme entre cruzar y Los Andes y leer la Billiken.

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“Antes éramos todos cantores de esquina y jugadores de potrero”

Osvaldo Peredo fue el 10 del Sporting de Barranquilla, modelo publicitario en Maracaibo, vendedor de libros, albañil, portero, cuidacoche, taxista y empleado en una fábrica de bolsas pero siempre fue cantor de tango.  A los 83 años, de madrugada, cuenta cómo llegó a vivir del dos por cuatro, que en parte gracias a su presencia en los bares de Almagro volvió a ser cotidiano entre la juventud porteña.

 

Fotos: NosDigital
Fotos: NosDigital

Cuando la luz roja del grabador se prende, el reloj marca las 3:36 de la mañana del miércoles. No es la hora habitual para hacer una entrevista. Mucho menos si el entrevistado ya pasó la barrera de los ochenta años. Pero Osvaldo Peredo no se mueve entre los límites de lo habitual. Recién se acaba de bajar del escenario de Sanata Bar donde se cantó unos tangos para calentar la noche del invierno. Mientras él entona Como dos extraños, detrás suyo, en el mural del fondo, se ve pintada la imagen de Alberto Castillo agarrando el micrófono, acompañado por un guitarrista a su derecha. Unos pasos adelante está él, acompañado por Leandro Nikitoff en la guitarra, casi como si fuera un espejo de la pintura de Castillo. Osvaldo, al cabo, es eso: la representación actual del tango de antaño.

“Cuando murió Gardel yo tenía cinco años. Vi todo el crecer del tango y el decrecer. Cuando murió, no sé por qué, un hombre estaba sentado en el escalón de la puerta de mi casa y vino con el diario bajo el brazo para decir: murió Gardel. No había la comunicación que hay ahora, que se sabe la noticia desde antes que suceda. Yo viví ese tango. Ese Buenos Aires con más identidad que ahora”, empieza a narrar Osvaldo, con una copa de vino en una mano y una empanada en la otra. En el Boliche de Roberto, esa esquina mágica de Bulnes y Perón que ahora está clausurada por disposición del Gobierno de la Ciudad, Peredo arrancó hace veinte años la resistencia del tango. “Ya era una cosa de viejo. Hubo una época en la que los pibes que querían hacer tango no tenían donde ir. No era que prendías la radio y escuchabas a Troilo, a Pugliese. Esos pibes tenían que ir a una biblioteca para ver quién era De Caro. Para la juventud llegó a ser una música de afuera”. Así fue como empezó a crecer el mito de este hombre que nació en el 30, pero cantaba tangos en la madrugada para pibes que andaban con la remera de Bob Marley y encontraban en esa esquina el lugar ideal para una noche de borrachera. Después de algunas sobremesas compartidas, esos jóvenes descubrieron que Osvaldo no sólo es el cantor que los hacía reencontrar con sus ancestros. Es una historia de vida increíble.

osvaldo tangueroLa de un tipo que jugó de cinco en la tercera de San Lorenzo, que fue empleado del Servicio Meteorológico Nacional mientras cantaba en la orquesta de José Zacanino, en Pompeya, que se fue a jugar a la pelota a Barranquilla, donde no anduvo con el fútbol pero aprovechó el boom del tango en Medellín por la muerte de Gardel para mudarse allí y grabó unos cuantos discos. Después siguió cantando en Maracaibo, Venezuela, donde también fue modelo publicitario. Hasta que un día decidió volver vencido a la casita de sus viejos. Llegaba de pegarla con el tango en Colombia y en Venezuela. Pero acá el tango ya no era casi nada. “Allá en el Norte terminaron la guerra y vinieron acá a vender blue jeans, películas, el idioma, pero no pudieron contra nuestra identidad. Hoy hay un montón de jóvenes a los que les gusta el tango. Y es lógico porque antes no lo mostraban. Si vos no lo mostrás, es difícil. Si no sabés cómo es el plato de fideos, ¿cómo sabés que es rico el fideo? En esa época, iban a un baile y decían si con Troilo hacés 60 mil mangos, tomá 70 que te traigo al Club del Clan”, cuenta, para explicar por qué debió laburar de vendedor de libros, albañil, portero, cuidacoche, taxista y hasta en una fábrica de bolsas mientras se dedicaba a hacer lo que hizo toda la vida: cantar tango. O contarlo: “El tango es contarlo, más que cantarlo. El cantor tiene que cantar bien, pero es más contar lo que otra cosa”.

Veinte años después de arrancar casi en soledad en el Boliche de Roberto, donde dicen que cantó Gardel, Almagro volvió a ser barrio de tango, luna y misterio. Y mucho tuvo que ver Peredo en eso. Sanata Bar, el Club Atlético Fernández Fierro, La Catedral, el Banderín, el Almagro Tango Club y Musetta son reductos tangueros que le dan color al barrio. “El tango en el año 40 venía muy bien. Después lo bocharon, por intereses no sé de qué tipo lo escondieron. Al no mostrarlo, se pierde. Si vos vendés lindas camisas pero no las mostrás, no las vendés. El tango es lo mismo. Ahora no se pudo esconder. Salió y, de a poquito, está volviendo. Hay una cantidad de jóvenes a los que les vuelve a gustar el tango que no se puede creer. Y cuando hay una persona grande con referencia del tango, de la generación que hizo el tango, tratan de aprovecharlo. De todo hay un momento espectacular. Y yo noto que a los jóvenes les gusta ese tipo de tango. Yo soy de la generación que hizo el tango. Las vi todas, y me quedo con ese tipo de tango”, explica su influencia en esta recuperación tanguera, mientras mueve sus dedos gruesos con su distintivo anillo en el dedo meñique que dice Osvaldo J Peredo. Aunque él es tan auténtico que no se adjudica ningún mérito en eso: “No es mi intención transmitir, yo canto nada más. Canto de acuerdo a mi forma de sentir el tango y a lo que viví. No lo siento como una responsabilidad ser de otra generación. Lo de Almagro lo empecé yo porque me gustaba, sin intención de fomentar nada. Las otras músicas no son el sonido nuestro. Los jóvenes no saben, porque no vivieron esa época. Éramos nosotros. Mandaron esa música para hacer negocio, para ganar guita”.

osvaldo tangueroSi  el sueño común para cualquier adolescente de nuestra generación era ser estrella de rock o futbolista, en los 40 la cosa no era muy distinta. Era el bandoneón y la pelota. “Jugar al fútbol era mi sueño de joven. Yo nací en el 30, en Loria e Independencia, Boedo. El fútbol siempre fue un sueño, era muy romántico, mucho más que el de ahora. Se soñaba con ser jugador, pero no para ganar guita, sino porque era lo popular. Por eso fui a San Lorenzo, de donde soy socio vitalicio. El tango –cuenta, con la satisfacción de ser cantor y haber sido futbolista- era lo de todos los días, de la mañana a la noche sonaba en la radio. Era lo común, no había que implantarlo como ahora. Éramos todos locos por salir a la calle para jugar al fútbol. Y con el tango lo mismo: salías y encontrabas la pelota de goma en los adoquines y escuchabas el tango que sonaba en alguna radio desde la vereda”.

-Y en todos estos años qué cambió más: ¿el fútbol o el tango?

-El fútbol se hizo demasiado comercial. Dicho por ellos, eh: los muchachos no sienten el fútbol. Entrenan un rato y se van no se adónde. Oí decir eso, yo no estoy en contacto con nadie del fútbol. Pero antes los jugadores entrenaban poco, dos veces por semana, pero sentían el fútbol. Jugaban en la calle, en el potrero. Éramos más nosotros. Después te invaden. Como en esa época estaba la guerra, no podían venir a joder acá, a meterse en nuestra vida. Por la calle pasaba un tranvía cada quince minutos. Antes éramos jugadores de potrero, ahora somos jugadores de gimnasio. Antes éramos cantores de esquina, ahora somos cantores de conservatorio. Antes éramos todos cantores de esquina y jugadores de potrero. Me parece que a los cantores de conservatorio les falta un poco de ese sentimiento que digo.

osvaldo tangueroLa pelota fue el atajo al tango. En el 53, en un velorio, se cruzó con el padre de Walter Perazzo, el exjugador de San Lorenzo, que lo convenció de ir Barranquilla, a jugar para el Sporting. Estaba terminando la época dorada del fútbol colombiano con Alfredo Di Stéfano como emblema. “Ya tenía 23 años, había dejado de jugar a los 17. Allá jugué de 10, aunque en realidad era 5. Llegué sin estar entrenado y se me cayó la posibilidad. Jugaba bien, pero para todo hay que estar preparado. Yo si entrenaba todos los días como hacen ahora, la hubiera roto. Se acabó el fútbol y Carlos Gambina, un jugador de fútbol de San Lorenzo, me dijo venite para Medellín que gusta mucho el tango. Ahí empecé a grabar. Después pasé a Cali, a Bogotá, a Venezuela. Estando en Maracaibo hasta canté boleros en televisión. Me gusta el bolero, pero a la semana ya estaba. Necesitaba esto”. Esto, obvio, es el tango. “El tango no es triste: es la vida. Por eso la nostalgia, porque en la vida hay tristezas y alegrías”. Cantar en Medellín, donde fue la muerte de Gardel, pero a la vez el nacimiento de su carrera como cantor profesional, es otro de las realizaciones de Peredo. “Los fenómenos fueron los que no tuvieron ninguna guía, ellos lo inventaron a esto. Yo no tengo veinte años. Antes que todos está Gardel. Yo lo puedo decir, otros no porque nacieron después. El principio de todo es Gardel, ahí está todo el tango. Después te pueden gustar otros tipos. Es raro decirlo, pero su muerte fue un beneficio para nosotros”, asegura. Allí, en Colombia, grabó unos cuantos discos que ni siquiera él atesora. En Argentina, la posibilidad de editar un disco se le demoró hasta los 77 años. Pero le llegó.  “Me tocó tarde. Bah, no se si me tocó. Estoy pasando un buen momento. Más que todo tengo el reconocimiento. Lo mío fue de laburar. No es porque uno lo buscó. Se dio, maduró el proceso. La vida puede más que nosotros. Nosotros proponemos algo, pero se da cuando quiere la vida. O cuando quiere qué se yo quién. Sobre todo fue por la insistencia. Muchas veces lo ves en el deporte. No es tanta la calidad sino el insistir. Hay tipos que tienen calidad y resuelven algo en dos segundos, pero si no tiene insistencia después lo pierden”, valora, a los 83 años.

-¿Cuál fue su formación como cantor?

-Cantar, cantar y cantar. Fui a algún profesor, esto y lo otro. Pero aprendí de los fenómenos: Troglio, Pugliese, escuchando a Gardel. Tuve mil referentes porque ellos abrieron el camino. Esos músicos jóvenes que creen que inventaron el tango están equivocados. Lo inventaron otros. Nosotros podemos empeorarlo o mejorarlo. Pero si no hubiera sido por ellos, estaríamos haciendo otra cosa. Saltos mortales, tal vez. De algún profesor se pudo aprender también. Pero lo primero es que tenés que ser cantor. Si sos tornero, sos tornero, no sos cantor. Después no es sólo técnica, porque esto es música popular. Hasta en la música lírica: si cantás ópera de una manera fría, no sirve. Tenés que contar la historia.

La historia, en este caso, es él. Por eso la puede cantar y contar. Como lo hace un abuelo en la sobremesa, él lo hace arriba del escenario. Cantando tangos en Buenos Aires como hizo toda la vida. Aunque en los últimos veinte años, la diferencia la siente en el alma y en el bolsillo. “Hace un tiempo que vivo de esto. Siempre canté, pero hace unos veinte años tengo la posibilidad de ganar unos sopes. Es lindo poder vivir de lo que a uno le gusta. Supongo que es una realización para cualquiera. Para mí lo es. Si te gusta ser pintor, querés vivir de la pintura. Tuve que ser empleado del estado, vendedor de libros, pintor, encargado de edificios, taxista. Tantos laburos que ya me olvidé. Siempre fui cantor. Ahora soy sólo eso”.

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Noventa años de Maravillas

El Almagro Boxing Club cumple nueve décadas. Por allí pasaron desde Bob Dylan y Pascual Pérez, hasta pibes y pibas que todos los días se entrenan. Detrás del fin de semana donde a los argentinos los emocionaron los guantes, una fiesta de las más porteñas.

Los sonidos que se escuchan en este gimnasio podrían ser la envidia de cualquier director musical. Los ruidos de los 18 guantes que chocan contra las bolsas son algo así como las bases de la banda, acompañados por la estridente respiración de los nueve muchachos que durante tres minutos seguidos se entrenan tirándole piñas sin parar a un saco que pesa casi 30 kilos. Los frena la chicharra, que suena cada tres minutos simulando un round y les da 60 segundos de descanso a las veinte personas que transpiran en este galpón caluroso, en apenas unos 200 metros cuadrados. Ese timbre también aporta lo suyo en este grupo. Las tres sogas que golpean seco contra el piso –tac, tac- marcan el ritmo mientras los saltarines se miran al espejo para atender su destreza. Los bajos son los sonidos que llegan desde el ring, donde los pasos y las trompadas de los dos boxeadores que simulan una pelea resuenan como si estuvieran amplificados. La voz de la banda es la de Fernando Albelo, el Profe, que canta al grito de ‘así se boxea’, secundado por una veintena de coristas que entonan en forma de exhalación atronadora. Es la orquesta del Almagro Boxing Club, el club de boxeo más antiguo, que este martes 30 de abril cumple 90 años de trompadas.

A ninguno de todos los que sudan durante tres horas todas las mañanas, en pleno horario laboral, le llaman la atención todos estos sonidos. Están más atentos a seguir perfeccionando su técnica y a escuchar las indicaciones del Profe. Cada tanto, entre descansos y tragos de agua, paran la oreja para escuchar las cumbias que salen de un grabador noventoso. ¿Por qué boxean? Algunos porque sueñan ser campeón del mundo, otros porque es un buen entrenamiento físico y muchos dicen que es simplemente porque les gusta. Sí: les gusta pelear. Fuera de este pasillo largo y este tinglado acalorado que es el Almagro Boxing Club lo que pega es el sol y el gentío camina apurado para llegar a laburar. Pero acá adentro, en este gimnasio de Díaz Vélez y Yatay, la mañana se pasa así: entre piñas, saltos, espejos, sonidos y cumbias.

Fotos: Nos Digital
Fotos: Nos Digital

Aunque el grabador no lo demuestre, el boxeo en Argentina tiene un origen ligado al tango. Surgió, como el fútbol, a mediados del 1800 en los parajes cercanos al puerto de Buenos Aires, donde portuarios y marineros se agarraban a piñas entre apuestas y el ritmo del dos por cuatro de fondo. Carlos Gardel, incluso, grabó Nocaut de amor, una letra que Augusto Martini le dedicó al deporte de las orejas arrepolladas: “Frente a frente, en el ring nos pusimos / cada cual abrigaba una ilusión / vos querías entrar con desprecio / y dormirme, nena, el corazón”. También le contó Gardel, con letra de Martini: Almagro, barrio de tango, luna y misterio. Y además de boxeo.

“Yo vivo a diez cuadras de acá. Al principio venía con unas amigas del colegio. Me gustaba, tenía ganas de empezar pero me daba vergüenza. Arranqué a los 16, porque el Profe me daba confianza y me motivaba para que viniera”, cuenta Karen Carabajal, una de las tres chicas que se pasan seis mañanas por semana entrenando acá, intercambiando sopapos pero sin descuidar nunca su estética, entre maquillaje, guantes y cabezales. El Profe es Albelo, que nació en La Boca pero hace 17 años encontró acá su segunda casa, cuando lo trajo a boxear el medallista olímpico Eladio Herrera. Albelo confiesa que vive para el boxeo. Se puede deducir que aunque tenga más de dos mil videos de peleas, ahora, para él el boxeo son dos cosas: sus pupilos y este club. Bruno Sarmiento tiene 18 años y pesa 48, 100. Llegó hasta acá porque Julio Domínguez, ex campeón sudamericano, vive a un par de casas de distancia de la suya, en Almagro. Albelo no sólo se tiene que ocupar de la técnica de Bruno. “Hay pocos boxeadores de mi peso, -dice el chico- por eso tengo que subir de peso. Estoy metiéndole a una dieta que me dio El Profe”. “Un amigo me trajo acá hace cinco años. Me gustó el Profe y el gimnasio. Y me quedé. Fernando me ayuda en la vida misma, con consejos, todas esas cosas para el boxeador también suman. Algún día todo va a terminar, pero la gente que conocí acá va a seguir. Eso me lo inculcó él”, explica Juan Velasco, el pichón del club, que ya se entrena con la Selección Nacional y vive del boxeo, después de haber trabajado varios años “de lo que venga”. Velasco viene todos los días a entrenar detrás de un sueño: “Todos los boxeadores tienen un sueño. Cada uno tendrá el suyo: el mío es ser campeón mundial. No es muy lejano, trato de vivir el día a día y ser el mejor ya”. Todas las mañanas comparte las ansias de ser campeón mundial con colegas y con aficionados que llegan sólo para entrenarse.

00-095Todos acá adentro hablan bien del Profe, que también está dentro de la Comisión Directiva del club. Él es uno de los engranajes que lograron que un club como este llegue a cumplir 90 años, justo en la época de moda de pilates y del Gym y del Megatlón. Por eso al Almagro Boxing Club se lo considera mítico. El mito, según la RAE, es una narración maravillosa situada fuera del tiempo histórico y protagonizada por personajes de carácter divino o heroico. Y eso es el ABC. Quizá por eso Bob Dylan decidió pasar la mañana del 15 de marzo de 2008 en este tinglado, aunque a la noche tocara para casi 30 mil personas en la cancha de Vélez. Dylan, cuentan, no quiso entrenarse en el gimnasio del Four Season y pidió a su mánager que lo llevara a un verdadero gimnasio de boxeo. En el Almagro hizo tres round de bolsa y saltó la soga. Sus oídos entrenados sí deben haber sentido esos compases únicos que se escuchan en este galpón, imposibles de imitar hasta para un músico como él. Además del artista yanqui a estas bolsas también le pegaron Alfredo Prada, el histórico rival del Mono Gatica, el olímpico Alberto Barenghi, medallistas dorados como Carmelo Robledo y Oscar Casanovas y Pascual Pérez, el primer campeón mundial del país. El Almagro Boxing Club también es cuna de campeones. El Profe dice: “No se si hay una explicación para que hayamos podido llegar a los 90 años. Debe tener que ver con la pertenencia. Con la identidad. Con todo lo que ves acá. Ahora remodelamos el gimnasio. Algunos habían dicho que hiciéramos el frente vidriado para que se vea el club desde afuera. Pero optamos por mantener el mural, que es lo que le da la identidad al club. Además, lo que importa es cómo nos vemos acá, no lo que vean desde la calle”. El ABC se financia sólo con los aportes de las cuotas de sus socios, aunque cada tanto llega algún subsidio del Estado que se invierte en material. “Creo que un club así llega a los 90 años por la gente que forma parte del club. Por los profes, los directivos y porque estos últimos años los socios se pusieron el club al hombro. Lo sacamos adelante: lo pintamos y ayudamos con la remodelación”, dice Karen Carabajal, que también es miembro de la Comisión Directiva y vive de lo que gana en cada pelea –tiene 50, sólo nueve derrotas- además de cobrar unos pesos por darle una mano al Profe con la planificación y los entrenamientos. Unos 200 hombres y mujeres que practican boxeo –o boxean- pasan por acá cada día. La cuota es de 120 pesos. Y este es el momento de mayor concurrencia. “Se dice que es por Maravilla y el boom del boxeo, pero –analiza Albelo- la verdad es que acá viene más gente porque hay más población. Nada más. Es como con la Bombonera: dicen que está quedando chica y no es porque haya más hinchas de Boca. Hay más de todo en todos lados.”

00-114El boxeo se volvió popular en Argentina en 1923, gracias al furor después de que Luis Ángel Firpo, el Toro Salvaje de las Pampas, animara la llamada Pelea del Siglo con Jack Dempsey, en Nueva York. Aquello fue unos meses después de que se fundara el Almagro Boxing Club en uno de los tantos potreros del barrio, en la calle Yatay entre Bogado y Sarmiento. Un grupo de chicos que les gustaba tirar al box –como se decía en esa época- fundaron allí un club de boxeo, considerándose los dueños del terreno por derecho de frecuencia. Pero en sus inicios criollos el arte de la defensa propia fue un deporte aristocrático. A principios de siglo pasado, cuando el deporte estaba prohibido por las apuestas, los combates clandestinos se armaban en las casonas de Belgrano ante un público privilegiado, con apellidos pesados: Roca, Sáenz Peña, Rodríguez Larreta, Newbery. Después del éxito de Firpo, el boxeo se volvió masivo. Y popular: la mayoría de los campeones argentinos llegaron desde los márgenes de la sociedad. En la época de Jorge Newbery nadie peleaba por guita. En 1908, luego de una pelea en la Sociedad Sportiva de Palermo, el diario La Nación escribió: “Si un extranjero hubiese asistido al match esperando ver un público de baja estofa como el que asiste a los grandes matches en San Francisco, Nevada o Los Angeles se habría equivocado de medio a medio. Lo que había allí eran maestros de armas que encuentran que el boxeo es brutal pero no se pierden un sólo encuentro”. En ese mismo diario se pudo leer: “Si un psicólogo analizara los diversos deportes, acaso hallaría que quienes gustan del espectáculo del boxeo son espíritus sportivamente anormales”. Después de 105 años, entre tanto sonido y transpiración y trompadas, la sensación para cualquier que venga de afuera. Pero acá adentro, entre tanta bolsa y soga y piñas, hay una psicóloga. Es Karen Carabajal, que además de vivir de los guantes estudia psicología en la UBA. A fin de año se recibe, cuenta, aunque no cree que ejerza porque esto –el boxeo- le gusta más. Pero igual, con la experiencia de haber pasado sus mañanas durante ocho años en este gimnasio, incluso a escondidas de su familia, analiza como una profesional: “Siempre hubo prejuicios, aunque ahora se está entendiendo un poco más. Se asocia al boxeador con el hombre pegador. O algunos lo relacionan con eso. Pero no creo que tenga nada que ver. Tampoco tiene que haber tenido una vida difícil, como se piensa, para que le guste pelear arriba de un ring. Yo no tuve problemas y acá estoy”.

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