Constitución Argentina

Por La chica que corre el bondi.

Lo que usted debe saber antes de leer:

Constitución no queda en Buenos Aires.

Uno toma el colectivo 53, pide el boleto de $3,50, viaja sentado porque es sábado de mañana y madrugar tiene beneficios un fin de semana, toca el timbre y abre la puerta. El arco del pie derecho le hace honor a su nombre y se curva, los metatarsianos sienten el peso del cuerpo y lo trasladan al pie izquierdo que toca la vereda en la puerta de un supermercado lleno de rejas. En ese momento encapsulado con el pie suspendido en el aire, el espacio físico y el orden cronológico se transforman. Dicen que uno llega a percibir con los órganos sensoriales solo el 10% de la realidad que lo rodea. Cuando pie y vereda se unen, nuestros sentidos dicen que estamos en Constitución y que el viaje en colectivo terminó. Pero una vibración que no se explica grita que el tiempo y las formas se modificaron. Acá elegimos creer en ese 90%: Constitución es otra dimensión.

Elantitiempo – Elantiespacio

-Con papas, maestro.

Fotos: NosDigital
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El pibe que pide el pancho lleva zapatillas negras, jean, pullover escote en V y mochila. Detrás del carrito con el agua burbujeante y las salchichas, otro hombre: zapatillas, jean, remera estampada y delantal blanco que también sirve para secarse las manos. Ninguno de los dos, ni siquiera el tercero que, muy cerca, da pitadas a un porro, se inmuta. “Ahí tenes la mayonesa”, dice mientras saca la salchicha del agua que sigue burbujeando y se la entrega en medio del pan. En ningún momento cruzan la mirada. Son exactamente las 10.31 AM.

Sesenta pasos después, algo así como media cuadra, la imponente estructura. Un bloque GIGANTE, que en fotos es beige pero ahí parece gris, se levanta: la estación. Sobre la fachada que da a la calle Brasil un local también gris, con luces bajas que ensombrecen el espacio, con dos muebles viejos y muchas cajas de cartón y cinta de embalar en el piso, ofrece alfajores a precios de súper oferta para que alguien los compre y revenda, caja en hombro, a precio simplemente de oferta. El tipo que llega al local con campera de jean y gorra asoma medio cuerpo por la puerta de vidrio entreabierta como esos corredores que se estiran cuando llegan a la meta, y saluda. Cierra la puerta, saca la llave del bolsillo y abre el puesto de diarios que queda en la misma vereda. Tarda varios largos minutos, lo último en acomodar es una banqueta de madera lastimada. Prende un pucho, se baja la gorra porque el sol sube, se sienta, estira la pierna derecha hasta cruzarla, la mano izquierda la apoya encima, la derecha sostiene el cigarro acodada sobre la rodilla, la columna se afloja y tiende a curvarse, los parpados acompañan hacia abajo: arranca su jornada laboral, no sabemos cuánto durará en este eterno no-tiempo.

Frente a él una puerta lateral conduce a la estación. En los metros que separan los alfajores de la entrada principal, una señora que promedia los cincuenta años (quizás, no es comprobable, acá las caras y los cuerpos duelen y pesan más, se quejan sin siquiera poder quejarse) intercepta a quienes caminan. Promete que el amuleto que lleva en sus manos y ofrece a cambio de cinco pe cambia la suerte. Podes llevarlo en la cartera, en la mochila, hasta en el bolsillo, dice mientras en automático, en modo no-mirada, un señor dice con la mano que no y sigue caminando. El tiempo se mide en velocidades, Constitución se acelera de a pasos. Cuando el hombre vuelve a mirar, la señora, que llevaba rodete y pollera hasta el piso, ya no está.

Fotos: NosDigital
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Tres escalones, un descanso, tres escalones. A la derecha: hamburguesas, panchos, gaseosas, bondiola, carteles coloridos con precios económicos. A la izquierda: como espejo, lo mismo. En el medio, en los costados, en el aire: cumbia sonando, adueñándose de los oídos. Unos pasos después el techo se levanta. Todo ese antiespacio tiene foco en el centro de la estación: un gran hall de mosaicos gigantes en el piso y ventanales que cuelan luz desde arriba. Escaleras con ácido olor a pis llevan al subsuelo plagado de todo tipo de locales. El “Centro de abaratamiento” recibe con promociones en cortes de carnes y productos de almacén. También hay perfumerías, fábricas de pastas, más almacenes y carnicerías y una librería dónde los primeros tres títulos que se ven en la vidriera hablan de Pablo Escobar y su imperio. O de los imperios narcos y en moda de Pablo Escobar.

El olor, caustico, fermenta en la nariz y se hace protagonista, escaleras mecánicas llevan a los andenes del subte que llega todavía más abajo. Arriba, los guardias junto a los molinetes controlan los pasajes para quienes pretendan tomar el tren. Un pibe camina con la mirada fija hacia delante, sale al andén sin que nadie le pida mostrar su mano, que nunca salió del bolsillo. A metros un grupo de policías habla en círculo y un nene duerme en el piso sobre un cartón que se parece al de las cajas de alfajores. Otra vez, nadie cruza miradas.

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Fotos: NosDigital

Volviendo al hall, al fondo a la derecha el cartel anticipa la entrada al paseo de compras. Dos pisos ofrecen de todo: ropa, accesorios, electrodomésticos, ¡autos! El centro de informes está vacío pero la barra al paso de la parrilla “Gauchito Grill” sobre la entrada que lleva nuevamente a la calle Brasil está repleta. El humo y la gente colman la vereda. Para llegar a la plaza hay que atravesar dos filas de paradas de colectivos y después ni siquiera hay plaza. Los parpados caen un poco más frente a la chapa que rodea el espacio verde. El metal gris que parece envolver y susurrar como quien te dice al oído: por acá no papi, incluyendo palmadita en la nuca. Este tiempo y espacio no escapa a sus propias reglas, a nadie parece importar el semáforo en verde cuando quiere cruzar. El pibe del delantal sigue sirviendo panchos, el hombre del puesto de diarios tiene otro pucho en su mano, la señora del rodete ofrece el amuleto a otra señora que se convence y lo pone en la cartera chiquita negra que cuelga cruzando su pecho que dice haber amamantado. Después de mucha chapa aparece la parada del 53. Estiro la mano, subo al colectivo, vuelvo a Buenos Aires.

“La única opción es escapar”

Mostar es una ciudad de Bosnia y Hercegovina, en la que la mitad de la gente no tiene trabajo. Entre los edificios aún marcados por la guerra del 93′, emergen nuevos conflictos sobre historias viejas: corrupción política, desigualdad social y enfrentamientos religiosos.

En el segundo piso de un hostel en Mostar, Bosnia y Hercegovina, hay un cuarto conocido como el fumadero y nadie necesita preguntar por qué. Los colchones desnudos y las ventanas bien abiertas son el único marco. De este lado de la puerta cerrada con llave, tres argentinos – dos varones y una mujer – y tres bosnios, de entre 20 y 30 años. Las únicas carcajadas se sueltan producto de la ironía o hasta del hastío. Entre bocanadas de humo, dibujan los contornos de una realidad aplastante: en Mostar, más del 45% de la población está desocupada. Los jóvenes – como estos que ahora nos clavan en los ojos una mirada ácida y punzante – son las principales víctimas de esta tasa que les muerde los talones. Por este hostel, pasan alrededor de 20 pibes por día a jugar a la playstation y subir a este mismo cuarto a fumar. Uno de ellos mira por la ventana mientras escucha a su amigo bastardear la ciudad.

-A mí me gusta acá, quisiéramos poder quedarnos, pero…

mostar-bosnia-2442Y los puntos suspensivos se sueltan como lanzas que cortan el aire. Es invierno y hay solo dos habitaciones ocupadas, somos 5 los huéspedes. Alen me pasa el cigarro. Es grandote, de ojos intensos, pelado y con una tupida barba roja que le corona el rostro. Además, es el hijo del dueño, un hombre de cincuentipico, que apenas habla inglés, pero se defiende con el italiano y no sabe que su hijo Alen fuma marihuana. En este momento, el hostel no tiene nombre y “Red beard” es una de las propuestas que pisa fuerte.

Si la riqueza de las ciudades se midiera por su belleza, ésta tendría pocas que le compitan. Mostar es famosa por su río color verde esmeralda y el puente de piedra Stari Most, que lo cruza. Su construcción original data de 1566 y estuvo a cargo del arquitecto otomano Mimar Hajrudin. Por ser una ciudad fronteriza de aquel imperio, la ciudad más importante de Hercegovina ha sido históricamente un punto de encuentro entre diversos pueblos, culturas y religiones. Con ese espíritu, el puente se convirtió desde su origen en un símbolo de la tolerancia, aunque la soberanía sobre la ciudad siempre estuvo en pugna. Esta mañana, antes de conocer a Alen, nos escurrimos por las calles empedradas entre las construcciones turcas y cruzamos ese puente que une los barrios croata-católico y bosnio-musulmán. Aunque pareciera que lo que los separa es mucho más profundo que el río Neretva. Nos acompañaron los otros huéspedes del hostel, dos españoles recién recibidos de medicina. Después de rendir los últimos exámenes, emprendieron un viaje por los Balcanes, casi como un rito de pasaje. Bosnia era el último país del recorrido. A su vuelta a España, no los esperan demasiadas certezas. En el camino, la lluvia se nos chorrea entre los pies, el piso de piedra resbala y amenaza con una caída. Ninguna calle repite la inclinación de la anterior; entre piedra y piedra se conforma una combinación única que mantiene el paso atento y hasta incómodo. Intentamos hablar de fútbol como para ganar confianza, pero rápido nos damos cuenta que nuestros compañeros ocasionales confunden al Atlético Madrid con el Real Madrid. Estamos perdidos.

Cuando regresamos – obligados por la lluvia – de nuestro primer recorrido, conocimos a Alen y él no nos habló del puente ni del río. Nos preguntó si fumamos, se burló de nuestra falta de habilidad para armar y después nos preguntó por Argentina. Pero que él y sus amigos estén acá tiene mucho que ver con ese puente que él omite. Cuando lo cruzás, te encontrás con la inscripción “Don’t forget ‘93” en una piedra. El 9 de noviembre de 1993 a las 10:15 am, el puente fue destruido por el Consejo Croata de Defensa, durante la guerra que azotó al país y en la que murieron cerca de 100.000 bosnios. Un año antes, se había declarado la independencia de Bosnia y Hercegovina, tras lo cual las distintas etnias del país se organizaron como República de Bosnia y Hercegovina (bosnios), República Srpska (serbios) y República Croata de Herceg-Bosnia (croatas). Esta última decretó su capital en Mostar, donde perpetró una limpieza étnica de la población no croata. El que acabamos de dejar atrás es una reconstrucción del puente original, inaugurado en el 2004 con la colaboración de la UNESCO. Es que Mostar también es conocida por haber sido escenario de una de las matanzas de musulmanes más tremendas de las últimas décadas.

Entre el ’92 y el ’93, la ciudad fue objeto de un asedio de alrededor de un año, en el que se destruyeron catorce mezquitas. Alen es bosnio y musulmán y por esos años era apenas un nene; sin embargo, denuncia que las divisiones se mantienen. Él sobrevivió a la guerra, pero quizás no sobreviva a sus efectos a largo plazo. Nos invita a acercarnos a la ventana y nos señala un enorme crucifijo que se alza en una montaña cercana: “Es una provocación”. Está construida para ser vista desde la zona musulmana y con una altura que supera los minaretes que coronan todas las mezquitas de la ciudad. Con el mismo objetivo, se construyó un campanario en altura en la Iglesia Franciscana. Aunque las diferencias religiosas son evidentes, pareciera que más que una cuestión de fe, se trata de relaciones de poder desiguales que atraviesan todas las dimensiones de la vida social: “Acá los croatas son los dueños de todo. No podés ir a ningún lado, porque es todo de ellos: el shopping, los supermercados, las farmacias…”. Incluso el fútbol se convierte en un campo de batalla, cuando se enfrentan el HŠK Žrinjski Mostar – croata, católico, de derecha y de origen ultranacionalista – y el Velež  Mostar – bosnio, musulmán, socialista (con su famosa hinchada “Red Army”) y yugonostálgicos –.

Terminamos la ronda, bajamos al primer piso y enseguida surgen otras rivalidades futbolísticas. Es que faltan solo algunos meses para el debut de Bosnia en el Mundial tras su independencia. En la previa al encuentro con Argentina, Alen propone un desafío. El terreno de la disputa: la playstation. No era el plan más estimulante para la tarde, pero ante el entusiasmo del bando contrario, uno de nosotros acepta. El nuestro se apura a elegir al Barsa, por Messi, claro. Alen agarra al Madrid y el enfrentamiento se disfraza de clásico. Apenas arranca el partido y el inglés con el que nos veníamos hablando se va al banco. Se ve que al fútbol se lo dice en la lengua madre. Le siguieron 20 minutos de insultos en bosnio y en español, de cada lado. Los que dicen saber dicen que la carga emocional asociada a una segunda lengua no se compara con la nativa, y mucho menos para algo tan costumbrista como una puteada. Fueron dos partidos. Dos derrotas para el Barsa, para Messi y para los argentinos.mostar-bosnia-2246

Basta con bajar a la calle, para que el clima se nos hunda en el pecho. La lluvia amainó, pero no se llevó la humedad y el frío nos quema la garganta. Ahora parece absurdo, pero durante el verano es uno de los destinos más elegidos de los Balcanes y la principal atracción es hacer bungee jumping desde el célebre puente de 40 metros de altura. En los nueve meses restantes, el aire que se respira en Mostar es aún más gris que la piedra que caracteriza a su arquitectura y que el cielo encapotado de nubes. Alrededor de toda la ciudad, hay casas revestidas con marcas de balazos que recuerdan la masacre. Pero lejos de cicatrizar, las heridas se siguen profundizando y la situación política estalló a mediados de febrero: la rabia se desplegó en las calles de la ciudad y cientos de personas pusieron los principales edificios gubernamentales en llamas. Alen nos marca en un mapa “turístico” cómo llegar a ellos; le causa gracia y a la vez se lo nota entusiasmado mientras traza flechas y nos muestra los caminos. Él mismo participó de la manifestación; su hermano cayó en las detenciones masivas, pero ya lo largaron. “No fue algo organizado, había gente de distintas edades, todos cansados de la corrupción de los políticos. No sirven para nada. No sé cuál es la solución. Ya no se puede hacer nada acá”. No señalan líderes y la palabra corrupción se repite hasta el cansancio; la sensación es que era algo que tenía ocurrir. En una ciudad del noreste del país, Tuzla – donde se iniciaron las protestas por el cierre de cuatro fábricas recién privatizadas – a través de un grupo de facebook llamado Golpe, las personas se incitaban a expresar públicamente su descontento. La movilización llegó también a la capital del país, Sarajevo. Y en esto, parece no haber división étnica que valga. A lo largo y ancho de todo el país, las protestas sociales se encarnaron en toda la heterogeneidad de la población; parece que el hambre, la pobreza y la frustración pueden más que ciertos antagonismos. “La única opción es escapar”, entre las palabras de hartazgo, se lee un mensaje contundente: no tienen nada que perder. Escapar. Por fuerte que suene el término, no es un eufemismo: conseguir permisos de entrada o residencia fuera de las fronteras de Bosnia no es tan sencillo.

Después del recorrido por las huellas de las movilizaciones, volvemos al hostel. La puerta de entrada cerrada con llave y un timbre sin responder no parecen un buen augurio. Sin embargo, nada había cambiado. En Mostar, pocas cosas cambian con las horas y con los días. Arriba, Alen nos espera con uno armado, y esta vez de su propia cosecha. Subimos otra vez las escaleras, entramos al mismo cuarto y cada uno toma su lugar. Cerramos la puerta con llave y empezamos todo de nuevo. Alen no tarda en empezar a hablar. Mostar tuvo su esplendor económico durante la República Socialista Federal de Yugoslavia. Desarrolló una industria local fuerte y se construyeron varias presas para aprovechar la energía hidroeléctrica del río Neretva. Y, como hoy, siempre tuvo una fuerte afluencia turística. Como tantas otras ciudades, hacia el final de Yugoslavia y tras su disolución, la economía entró en un proceso de privatización que no solo disparó el desempleo, sino que también llevó al quiebre a la mayoría de las fábricas e industrias. Les contamos de nuestro diciembre de 2001 y se nos ríen en la cara: “Fue hace más de 10 años. Nosotros les hablamos de cosas que pasaron ayer, que pasan hoy, que van a pasar mañana”. Alen y sus amigos nacieron años después de la muerte del Mariscal Tito, jefe del Estado de Yugoslavia, y sin embargo, evocan su figura con nostalgia. No resulta una sorpresa, si se analiza la situación política desde la “independencia” bosnia. Tras la guerra del ’93, se firmó un acuerdo de paz que implicaba un gobierno tripartito, de modo que la presidencia se alterna entre bosnios, serbios y croatas. Sin embargo, la “terna” rara vez llega a un acuerdo. El himno nacional es el único en el mundo en ser instrumental, porque sus políticos no pudieron consensuar una letra. En el 2009, hubo una propuesta aceptada por una comisión parlamentaria, pero aún requiere la aprobación de otros organismos. El presidente de turno, el croata Zeljko Komsic, se refirió ante la prensa sobre las recientes movilizaciones: “Es todo nuestra culpa. No sé si el poder estatal podrá funcionar, pero deberá hacerlo. El poder siempre debe funcionar, este u otro”. Lo que está claro, es que la gente ya no está dispuesta a esperar y descree de cualquier tipo de promesa. Antes de que la noche y el frío nos devuelvan a nuestra habitación, Alen nos cuenta un chiste que se volvió popular en los últimos tiempos: “¿Por qué en la administración pública bosnia no hay sexo? Porque todos los funcionarios están emparentados”. Acá, como en otras ciudades del país, pelean por el derecho a trabajar y el derecho mismo a la vida. Nada se da por sentado. No quieren acuerdos, ni llamados a elecciones en los próximos meses, ni programas de compensación. Tenían un límite para soportar y ya lo cruzaron. Que se vayan todos.

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“Formar las ideas de los pibes es una responsabilidad”

De La Gran Piñata viene pateando los caminos del under desde el 2004, cuando arrancó el sueño en Berazategui. En los últimos meses, llegaron a Vorterix, a Cosquín Rock y al Teatro Flores. “La gente se imagina que me voy a tirar de un noveno piso a una pileta y no, somos muy normales”. 

Se miran el dedo índice, el que está al lado del pulgar que también llamamos gordo. Cuando tienen que marcar el centro de ellos mismos la mano pasea por el pecho y por la cabeza. Un camino invisible que sube, baja y conecta.

¿Y cómo banda el centro está en la cabeza o en el corazón?

-Es una buena mezcla. Creo que somos suficientemente racionales y calculadores, pensamos todo diez veces antes de hacerlo, lo cual nos permite en el momento del vivo ser muy pasionales y saber que está todo saliendo bien.

“Junto a sus amigos, se puso una banda (No hay que darle al tiempo lo que no es de él). Y hoy sabe que todo ha valido la pena, si escucha los gritos del negro José”.

La letra de De La Gran Piñata llega de “Norte”, el último tema del último disco: “Viaje al centro de uno mismo”, que salió en 2012. Varios años atrás, hace exactamente una década, la banda de Berazategui emprendía su viaje. En el medio, en el 2009, nacía su primer disco “Miércoles”. Hoy, Darío “Pantera” Giuliano (guitarra y voz), Lucas Martínez (guitarra), Nicolás Persig (bajo) y Alejandro Zenobi (batería), hacen una parada para pasar una tarde, casualmente de miércoles, frente a grabadores y cámaras de fotos. Sentados tras las medialunas, empiezan a girar el mate. La charla profundiza en ellos mismos, el viaje arranca un miércoles.

– Al principio, los miércoles era el único que teníamos libre para empezar a tocar, entonces era el día para las primeras reuniones de la banda. Después se nos empezó a complicar juntarnos los miércoles pero como nos gustaba esa mística decidimos mantenerlo a rajatabla como día de juntaba de banda. Nos juntamos a ensayar o a lo que sea. Siempre hay que cortar la semana a la mitad.

¿Cuándo se dieron cuenta que la mística de los miércoles los excedía?

-En una de las fechas no habíamos conseguido un sábado y salió hacerlo un miércoles, el primer reci del año pasado y estuvo lleno. Vino la gente sabiendo lo importante que era ese día para la banda y fue lo mismo o más que un sábado. La energía era otra. La gente estaba igual de extasiada que si fuera fin de semana. Estábamos tocando en el momento y decíamos: mañana tienen que ir todos a trabajar. Ahí te das cuenta que la gente se lo apropió.

Ustedes también tenían que ir a trabajar

-Sí, al otro día era cruzarse con gente en la calle con ojeras y saber que habían ido al recital, como el club de la pelea cuando el tipo está todo marcado.

Por fuera de la banda, todos tienen otros trabajos. Alejandro es agrimensor, Lucas es luthier, Nicolás labura en un estudio de grabación y Pantera es diseñador gráfico. Cada uno aporta desde su lugar por fuera de lo musical, pero De La Gran Piñata siempre es prioridad, también ellos se la apropiaron. Pantera recuerda sus ganas de ser el primero en llevar la banda en la piel: “Yo tenía planeado hacerme el primer tatuaje de la banda, ya tenía fecha y el día anterior una chica sube al Facebook un tatuaje de una frase nuestra. Así que el primer tatuaje de la banda no es el mío”.

¿A la chica la conocían?

-Venía a vernos, de los shows.

¿Qué les generó?

-Fue una sensación muy extraña, veíamos que una canción iba a estar para siempre en alguien. Encima era una letra también que tiene otra carga, decir yo escribí esto sentado pensando en tal cosa y alguien lo va a llevar y se lo va a explicar a los nietos.

¿Qué decía el tatuaje?

-“Si se da se da, y sino mejor”.

¿A la hora de componer piensan que puede ir a la piel de alguien?

-Hoy creo que tenemos más cuidado con lo que decimos a la hora de componer. Por ahí antes era un poco más inocente y hoy por hoy sabés que tiene un peso y tratás de que las frases no sean así tiradas al tuntún. Sabemos que esta popularidad que estamos teniendo nos acerca a un montón de gente y también está formando las ideas de un montón de pibes que escuchan las letras de lo que decimos. Es una responsabilidad mucho más grande.

La chica en la piel lleva una frase de “Josefina”, que también forma parte del último disco. Como ella, muchos otros eligieron a la banda con el cuerpo. En Facebook, el álbum “Pasiones que dan escalofríos” es testigo de un centenar de tatuajes en los que fragmentos de canciones, el logo y DLGP son protagonistas principales. El arte de sus seguidores: mates, remeras, grafitis, zapatillas, dibujos, hasta una pizza con el queso formando el logo, entre muchos otros, forman otro álbum con más de setecientas imágenes. Los trapos piñateros y las entradas a los recitales que vivieron en estos años también tienen su propio espacio en la red social de la banda.

Quizás Pantera no imaginaba posible tantas repercusiones cuando unos años atrás al micrófono lo miraba de lejos: “Me gustaba demasiado la guitarra y creía que podía ser mucho mejor guitarrista que cantante. Hace unos años me empecé a encontrar  cantando y a descubrir un poco lo que podía hacer con la voz y me empezó a gustar”. Nicolás, hasta sus 15 años no había tocado ningún instrumento pero se acercó a la guitarra gracias a Lucas y todo arrancó rodar, o a sonar. La historia de Alejandro es diferente, durante nueve años estudió piano, “vieja escuela, Mozart y esas cosas”, lo define.

¿Esas influencias suman a la banda?

-Sí, es muy importante tener la cabeza abierta para absorber cualquier disco, cualquier banda que vas a ver. Absorberlo, interpretarlo y después incluirlo en tu repertorio de alguna forma, no robando, pero si tomándolo como influencia para aprender y tener conocimientos nuevos de diferentes estilos. Tratar de volcar eso en algo nuevo.

Cada uno con sus influencias y gustos a cuestas comenzaron a transitar la música en diferentes momentos. Se conocían y se iban a ver mutuamente, hasta que un miércoles los juntó.

¿Qué necesidad había de generar este viaje?

-Nacimos con la necesidad de ser músicos. Es una búsqueda que nos fue llevando y hoy nos encuentra a los cuatro juntos.

¿Te imaginás sin ser músico, Pantera?

-Lo que ocupa todo mi tiempo, toda mi cabeza es música, y todo lo que rodea también.  No sé, juntarnos a buscar el nombre del próximo disco o buscar el sonido de las violas. Creo que si hoy pasara algo que me impidiera cantar o tocar la guitarra de alguna forma tendría la banda, no sé, haciendo volantes, algo. La gente se imagina que me voy a tirar de un noveno piso a una pileta y no, somos muy normales. Disfrutamos mucho de otras cosas, por ahí de juntarnos a comer o de hacer música por la música en sí. Por el solo hecho de expresar algo, por ahí no somos tan buenos con las palabras pero nos sentimos muy representados con lo que hacemos arriba del escenario.

Desde arriba, cuando las luces se encienden y suenan los primeros acordes las manos se alejan de la cabeza y se acercan más al pecho. En ese momento, la comunión con la música y el público los hace plenos.

¿En este viaje cómo se imaginan el cielo de De La Gran Piñata?

-Creo que cada uno se construye su propio cielo, entonces si bien por ahí la metáfora es llegar al cielo, es más importante el cómo llegar que el cielo en sí mismo. Creemos que no hay que pedir permiso, que sea el cielo depende de entrar imponiéndose también, sino la vas a pasar como el culo y va a ser un infierno.

Para llegar, ¿el pasaje se paga caro?

-Depende la postura y la actitud de la banda, nosotros somos muy unidos, nos pasaron miles de cosas que por ahí a otra banda la hubiese tirado abajo o la hubiese desmoralizado. Nosotros aprendimos un montón de cada cosa que nos ha pasado y tenemos mucha contención entre nosotros. Llegamos hasta donde estamos sin lamentar nada, creo que si se paga caro es porque la banda permite que entren las cosas de afuera.

“Si al cielo entrás de rodillas no va a ser nunca tu cielo”.

La frase se lee en el brazo de Pantera. El centro de ellos mismos es un camino entre el pecho y la cabeza. En el centro la garganta y una necesidad de comunicar. La música es su propio cielo.