“Lo encontramos así tirado”

La policía le pisó la cabeza con un patrullero a la salida de la matiné de un boliche en Ituzaingó. Diego Aljanati tenía 13. Lo mataron y buscaron encubrir el asesinato. Sus padres cuentan la historia.

Diego Aljanati fue a la matiné Enjoy, en el predio del Club Leloir por tercera vez en sus trece años . Lo acompañó su papá, caminando las 20, 30 cuadras, desde su casa, frente al cementerio de Morón, hasta Autopista del Oeste y Puente Barcala, Ituzaingó. Cuando salió, testigos lo vieron contento, sonriendo, tranquilo, pero los patovas empezaron a ahuyentar a los nenes (12 a 15 años) a las corridas. Él se alejó caminando, todavía tranquilo, pero el patrullero que conducía Graciela Noemí Basualdo aceleró, según Cristian, padre de Diego, “para dispersar a los chicos arriándolos como vacas”. Y lo pisó y mató. Iba con luces, pero sin sirena. Ya habían golpeado a otro chico. “Todos sabemos cómo era esto. Iban cagándose de risa, acelerando y…

-Mirá cómo corren los pendejos”.

“Tropezó con una piedra y cayó adelante del móvil”, declaró la imputada policía Basualdo, hoy desafectada de la fuerza, pero no detenida. Dijo también que aceleró, pero no mucho.

Cristian y Miriam, sus padres.
Cristian y Miriam, sus padres.

Cristian lo fue a buscar a las 23.30. Remarca que por instantes no lo encontró antes de que fuera atropellado. “Fueron segundos. Vi al patrullero pasar por una esquina y cuando llegué a la otra calle fue, en lo que tardé en caminar esos 100 metros fue que lo mataron”, se lamenta. Cuando llegó al boliche, vio que Diego no estaba en la esquina, miró para todos lados, cuatro patovicas volvían caminando hacia el boliche. Se acercó y preguntó qué estaba pasando.

– Estos pendejos que hacen quilombo.

Se fue para atrás, volvió  para la puerta del boliche, no lo vio de nuevo. Llegó a la esquina y Diego no. Veinte metros antes, treinta… por segundos. Vio al patrullero parado con las dos policías fuera. Se acercó, la persona que estaba tirada en el piso era su hijo. Tenía la cabeza destrozada. Supo que ya no habría vuelta atrás. Tenía la cabeza para el lado del conductor y los pies hacia el lugar del acompañante”, cuenta. La posición va a importar porque muestra que la escena estaba preparándose para ser encubierta. Desesperado, le pidió a una persona que salía de una casa que llamara una ambulancia. Le preguntó a la que después sabría que era la asesina de su hijo qué fue lo que pasó.

– Lo encontramos así tirado.

En eso llegaron “como cinco patrulleros”. Cristian sospecha que aparecieron para tapar el homicidio. Sabe que si él no hubiera estado ahí, le hubieran dicho cualquier cosa. De hecho se la dijeron y repitieron una y otra vez. A la ambulancia, los policías insistieron:

– Lo encontramos así tirado.

Después de tres horas, cuando ya se había confirmado que tenía muerte cerebral, policías del mismo comando para el que trabajaba Basualdo le dijeron a la familia que al nene lo había atropellado un vehículo. Al rato, minutos después, hablando con la tía, un policía le admitió que ese “vehículo” era un móvil policial.

Mientras tanto, policías fueron al boliche y les dijeron a los patovicas que dijeran:

-Lo encontramos así tirado.

Cristian: “Lamentablemente fue necesario que yo viera a mi hijo así porque si no, no nos hubiéramos enterado de cómo fue. Como yo soy el padre y justo estaba ahí segundos después de lo que pasó… Fue lo que me tocó a mí vivir”.

 

***

“Entiendo cómo se maneja el país, cómo se maneja todo esto. Mientras más conocido se haga, por lo menos voy a tener una respuesta de más arriba”, dice ahora Cristian sentado en su casa, tratando de que los chicos, hermanos y primos de Diego no escuchen la historia las 70 veces que él la habrá contado a medios y abogados. Los hermanos pasean igual por la casa de la abuela de Diego, donde Cristian y Miriam, la madre de Diego, se mudaron. “Desde que pasó, no volvimos a nuestra casa ni para limpiarla”, dice Cristian. Hércules, el perro de Diego, no está comiendo. “Se da cuenta”, explica Cristian.

Para seguir haciendo conocida la historia consiguieron al abogado Pierri, defensor, por ejemplo, de Jorge Mangeri, acusado por el femicidio de Ángeles Rawson. Lo mediático del abogado creen que le va a servir a la causa. Pierri está esperando las pericias. Dice que hasta entonces no puede hacer nada.

La camiseta de Diego la lleva Cristian.
La camiseta de Diego la lleva Cristian.

La familia organizó una movilización al boliche el sábado a la tarde. Fueron más de 900 personas. Muchos chicos, compañeros de Diego en los tres clubes cuyas remeras defendía: Porvenir de Castelar, Club Libertador y Morón, remera que hoy Cristian no se quiere sacar. Llevaron banderas, carteles y pintaron consignas en paredes que los dueños del boliche se encargaron de tapar inmediatamente después de la manifestación. Sin miedos, abrieron las puertas ese mismo sábado 4 de abril, una semana después del asesinato de Diego.

***

La primera vez que Diego fue a un boliche fue para festejar sus trece años. Cristian: “Lo acompañé, me fijé cómo era, cómo funcionaba. El boliche pide autorización, con teléfono de los padres. Después no hicieron nada con eso. Cuando entran los chicos, se ocupan porque van a consumir. Cuando salen ya no gastan, entonces no se ocupan”. Ahí encuentra la responsabilidad del boliche en la muerte, y la irresponsabilidad de volver a abrir, con patovas que no saben resolver problemas con nenes. Alto y fuerte, Cristian admite: “Si a mí me viene a correr un chabón grandote, yo corro. Imaginate un nene”. La familia ahora tiene también la versión de que los dueños del boliche borraron todas las cámaras de adentro y las fotos en las que se ve a Diego.

Cristian es joven. Vivió los bailes en una época no muy distinta. Por eso está seguro de cómo fueron las cosas: “La piba [Basualdo] era joven, no tenía experiencia, le dieron un curso de seis meses y la mandaron a la calle. Si los patovicas no hubieran corrido a los chicos, si hubiesen sabido tratar a nenes de 13 años… Como no sabían, los arriaron como vacas. La policía, para que se dispersen, aceleró…

-Mirá cómo corren estos pibes. Se dijeron.

Los policías están acostumbrados a matar. Para ellos matar a una persona es nada. Aceleran y listo. Uno menos”, se queja.

***

Cristian  se va a mover con su familia y todos los que querían a Diego y se divertían con él hasta conseguir que Basualdo, los encubridores, los patovas y los dueños de Enjoy cumplan su pena, y hasta asegurarse de que no haya más muertes como esta. Recuerda que en el mismo boliche, aunque con el nombre de Montecristo, el 26 de marzo de 2006, fue asesinado a golpes Leonel Arrieta. Lo mataron el sonidista y el iluminador del local, Carlos Arrigone Michelle y Leonardo Campaña, que, evidentemente, hacían las veces de patovicas.

Leonel Arrieta, asesinado en el mismo boliche.
Leonel Arrieta, asesinado en el mismo boliche.

Durante la investigación, el presidente del Concejo Deliberante de Ituzaingó, Juan Carlos Roumieux –ladero del todavía intendente Alberto Descalzo-, puso a disposición de la familia Arrieta al abogado Luis Rapazzo. No hizo nada por la causa.

El policía que estaba en el boliche dejó que movieran el cuerpo de Leonel, “que lo tocaran y que se borraran todas la pruebas y no detuvo a los agresores señalados por muchos testigos”, según declaró la familia de la víctima a la prensa.

Las condenas a los asesinos fueron de dos y tres años . “Si hubiese sido hijo de un juez otra hubiera sido la sentencia, pero era un repartidor de pizzas, hay distintas justicias en este país, la justicia de los que tienen y la justicia de los que no tienen”, razonó la hermana de Leonel a Enorsai, después del juicio.

Entre otras irregularidades, llama la atención una denuncia del Periódico Tribuna durante ese mismo año 2006: el boliche trabajó durante años sin la aprobación del plano, el certificado final de obra, ni la aprobación técnica.  Tampoco cumplía con las normas contra incendios, aún un año después de que el lugar fuera incendiado intencionalmente por hombres que incluso atacaron al sereno.

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Imágenes: NosDigital

 

La pregunta que les queda a los padres de Leonel y de Diego es cómo ese lugar sigue abierto, aunque tienen sus buenas sospechas, por las que ya se están organizando con otros familiares de las más de 4 mil víctimas de gatillo fácil en democracia y de la misma corrupción que incendió Cromañón.