Enmudecido estoy

Por El pibe de los pasegol.

El tipo sabe. Yo eso no lo discuto. Pero, en el momento, lo que dijo me pareció una barbaridad. Una barbaridad tan insoportable que pensé en no volver a escucharlo en mi vida. ¡Diez partidos! No uno, no dos, no tres. No: diez partidos llevábamos sin ganar. Cualquiera se puede imaginar lo que fue la fiesta posterior al triunfo y cualquiera también se puede imaginar lo que fue el desahogo del gol, que llegó a poco del final, como para que el grito de todos nosotros retumbara hasta el infinito y más allá. Hasta ahí, lo lógico. Lo que no cualquiera se puede imaginar es lo que ocurrió a la salida de la cancha, en esas cuadras que venían siendo en los últimos tiempos el escenario de la tortura de saberse derrotado. Aunque cueste creerlo, reinaba el silencio. El absoluto silencio. Ni los demás ni yo hablábamos. Sencillamente, no podíamos. Parados en esa popular desvencijada y sudorosa, era tanto lo que habíamos exigido las gargantas que a ninguno le quedaba un hilo de voz para continuar con la algarabía. Pero a él sí. Él sí que hablaba. Y cómo. La voz del hincha de la tribuna se escuchaba clarita, potente e indignada. Y cada vez más cerca de mi oído derecho. Me alcanzó, me agarró del hombro y me frenó. Vos no, decime que vos no estás contento, no me podés fallar en ésta, soltó casi suplicando.

Fallar en qué, viejo loco. No lo dije así pero se lo merecía. Se lo recontra merecía. Una vez, por fin, habíamos ganado. Una vez solamente. Porque yo no soy de los que pide ganar siempre. Pero cada tanto no viene mal una alegría. Sin embargo, al tipo no le importó nada mi sonrisa y me la destruyó. Apenas en un par de minutos. La trampa, sentenció. Hacer trampa es una mierda y ser cómplice de la trampa es, todavía, peor. No es que a las reglas haya que respetarlas por el hecho de que sean reglas. Lo que hay que defender es a las reglas justas. Eso, defender lo que es justo, es lo que nos vuelve personas. Y acá hubo una mano que vimos todos. ¿O vos te creés que la pelota le pegó en la cabeza? Le respondí con un gesto desganado, con alguna tibia esperanza de que todo terminara ahí. Claro que había visto –lo habíamos visto todos, por cierto- que el héroe nuestro la metió con la mano cuando el centro con rosca desde la izquierda le pasó por delante de la nariz. Pero el árbitro no se dio cuenta y ya está. Palo y a la bolsa. Y milagro. Nos ayudaron una vez, solté con las cuerdas vocales al borde de estallar. No es tan serio, amigo. Todos queríamos ganar y nos salió después de mucho tiempo.

Me miró como se mira a alguien que no quiere afrontar un problema. Pero no me dejó escapar. ¿Vos te pensás que a mí me da lo mismo el resultado de los partidos?, indagó sin tiempo a que yo intuyera la respuesta. No, para nada. Yo me levanto y me acuesto soñando con el siguiente triunfo. Cada vez que perdemos, sufro por mis nietos, por mis hijos y por mí –en ese orden-. Y eso me duele horrores. Pero no tengo ningún derecho a creer así nomás en lo que sale en los diarios o en lo que repiten algunos de mis amigos del barrio. Si la moda hoy es evaluar por los resultados, no hay porqué evaluar por los resultados. Yo, y a mucha honra, todavía estoy convencido de que los modos valen. Y la trampa está afuera de los modos que me hacen feliz y por eso no grité el gol. Terminó el speech justo en el momento en el que algunos monos de alrededor lo empezaban a putear con una disfonía indisimulable. Amargo, le decían. Sos de la contra, le enrostraban. No le importó al viejo. Nada le importó. Me atrevería a sostener, incluso, que le chupó un huevo cada uno de los insultos.

Me pegué a su espalda para evitar una tragedia. No estaba seguro de estar de acuerdo ni con él ni conmigo ni con nadie. Pero la reacción masiva de esos con los que me había estado abrazando hasta hacía unos minutos arrancaba a fastidiarme. El hincha de la tribuna desafiaba lo establecido, pensaba con su cabeza, y la intolerancia se le venía encima para ahogarlo en una paliza. Empezó a acelerar y apuré el paso para no perderlo. ¿Está bien?, le pregunté algo agitado y con culpa. Sí, pibe, aseguró. Cómo no voy a estar bien si ganamos después de diez partidos. Y, de yapa, tengo la garganta impecable y la sensación de que la próxima vamos a festejar con un golazo del 10. Te lo aseguro.

Sin volver a dirigirnos la palabra, seguimos caminando. La calle, a esta altura, estaba otra vez enmudecida.

Piel de gallina

Por El pibe de los pasegol.

-Mierda. Mirá cómo estoy.

Eso me dijo el hincha de la tribuna. No estaba al lado mío pero se arrimó, sin aclarar por qué, y empezó con el relato. Que su papá, que su tío, que su vecino y que eso que se transmitía vaya a saber uno cómo. Hasta ahí, lo mío era todo oídos y algo de paciencia. Escaso interés. No es que la cuestión no sea atrapante y no merezca mil estudios científicos pero la verdad es que yo me estaba muriendo de nervios por lo que se venía y no tenía más ganas de consolar la ansiedad ajena. El tema es que me sorprendió. Me agarró desprevenido y me la puso al mentón. De golpe, en medio del torbellino de gritos que envolvía su monólogo, en medio del sudor que impregnaba de aroma varonil la escena, largó lo de la piel de gallina y la congoja se me vino a la garganta. Seré un boludo, quizás, pero hay frases con las que uno se cruza en la vida y que demuestran una altísima capacidad de impacto. Y esa era una.

De lo anterior no me quedó registro. Pero, cuando largó lo de la piel de gallina, arranqué a prestarle atención. No está mal la argumentación, pensé. Al principio, cuando me dijo que la sociedad iba para tal lado y no para el otro, creí que era un chamuyero. Pero me cagó. Lo admito a la distancia, con la frialdad que permite la reflexión. Le di una chance más, de piadoso nomás. Acerqué la oreja y siguió explicándome. En menos de un minuto, me nombró a la dictadura, al capitalismo financiero y a la filosofía liberal que funcionaba como fundamento ideológico de todo esto. Ahí llegué a la conclusión de que tan pelotudo no era. Avanzó en el razonamiento con la certeza de que se había ganado mi respeto. Me repasó, poco antes de que el equipo saliera a la cancha, la potencia que habían tenido en la Argentina los clubes, las sociedades de fomento, los centros culturales, los sindicatos y demás en la construcción colectiva del lazo social. Que esos espacios hacían que la gente se sintiera parte de algo más que de sí misma. Así lo dijo.

A esa altura, yo ya estaba definitivamente interesado en la teoría. Jamás se me había ocurrido algo de todo lo que el tipo contaba. ¿Y entonces?, le pregunté. Hubo un genocidio. Así de seca fue su respuesta. Pero continuó. Los hijosderemilputas no solamente se cargaron a una generación. No. No les alcanzó porque querían más. Fueron por todo y destruyeron el tejido social para reconstruirlo a partir de que lo único que importaba era lo de cada uno. Dale, viejo, no me dejés colgado ahora que me enganché. Mis ojos suplicaban que le diera para adelante. El problema era el entorno: la popular estaba que explotaba y la manga se inflaba lentamente. Pero arremetió otra vez, con la misma potencia que yo esperaba del nueve nuestro. Se las arreglaron para ir borrando las identidades que se habían gestado durante décadas, para ir convenciéndonos de que la vida con los otros no valía demasiado la pena. Y, en ese instante, la mueca. La mueca de la picardía, la mueca del “los cagamos”. Se olvidaron de esto. Se olvidaron o no pudieron. La cosa es que resistimos y que acá estamos, aunque haya tanta mierda manchando la pelota, con este triunfo en la espalda.

Lanzó la frase de una, sin tragar saliva, seguro de su pequeña victoria. Me descuidé mirándole los ojos y me perdí el primer alboroto grande de la tarde. Los nuestros ya estaban pisando el césped, a mitad de camino entre persignarse y levantar los brazos para saludarnos. Por un segundo, me concentré en los colores, realicé mil promesas por si la suerte nos ayudaba esta vuelta y le deseé unas cuantas desgracias al arquero de ellos. Pero el tipo volvió. No quería dejar en el aire la idea. Nos perseguía el pitazo del árbitro pero estábamos obligados a concluir lo que habíamos comenzado. Porque, por si alguno no lo entendió todavía, esa charla nos pertenecía. A nosotros y a más gente que nosotros. Como un goleador con oficio, con el reloj presionando, con la sien latiendo por el calor que emanaba del cemento, el hincha de la tribuna se acomodó para su mejor perfil y definió la jugada: por todo lo que nos tocó pasar, porque todavía sueño con una humanidad más humana, cada vez que el equipo sale del túnel y todos nos unimos en un solo grito, se me pone la piel de gallina. Le dije gracias, lo abracé entre lágrimas y transpiraciones y volví a lo mío. Por suerte, ganamos 2 a 0.