Obsesión por la memoria

Mayra Martell es una fotoperiodista mexicana obsesionada con documentar las modalidades de la desaparición y la violencia en América Latina. Desde su trabajo con las madres de niñas y jóvenes desaparecidas en Ciudad Juárez definió su objetivo: “es una forma de narrar la historia de lo sucedido desde una perspectiva emocional y cotidiana para las futuras generaciones”.

La ropa de todos los días, una foto de la infancia, una lista de metas a corto y largo plazo, la cama – tendida, siempre, en una espera infatigable –, el mechón de pelo de bebé, unos stickers de princesas en la pared del cuarto. Colecciones de objetos que no alcanzan a representar lo que evocan: la ausencia. Y el dolor que produce. Las que faltan en las fotos, recuperadas en estas huellas de vida: Erika Carrillo, Elena Gudían Simental, Neyra Cervantes, María Elena García, Ana Azucena Martínez, María Guadalupe Pérez Montes, Paulina Luján, Diana Noraly Piaga Reyna, Griselda Muroa López, Jazmín Chavarría Corral, Cinthia Jacobeth Castañeda Alvarado. El total trepa a 72 chicas, de entre 9 y 21 años al momento de su desaparición en Ciudad Juárez, México. Sus historias son el eje del trabajo “Ensayo de la identidad” de la fotógrafa mexicana Mayra Martell.

Diana Noraly Piaga Reyna, 16 años. Desapareció el 27 de febrero del 2009, trabajaba en una maquila en el turno de la mañana. Foto de la pared de su cuarto. Mayra Martell.
Diana Noraly Piaga Reyna, 16 años. Desapareció el 27 de febrero del 2009, trabajaba en una maquila en el turno de la mañana. Foto de la pared de su cuarto. Mayra Martell.

– Cuando las madres ven el trabajo es muy triste, de pronto acarician las fotos en donde aparecen las pertenencias de sus hijas. A las muestras siempre llevo un libro de anotaciones y después se los muestro. Cuando ven las cosas que escriben los que vieron las fotos, se emocionan, se alegran de que se conozcan las historias de sus hijas. Las fotos no buscan ser “las grandes fotos”, cobran sentido porque son algo de alguien, retratan objetos de personas que no están. El  trabajo es nombrarlas: esta es la historia de esta chica y ella no está. Siempre lo pensé como un acompañamiento para las madres. Son mujeres que están solas, no hay una organización social que las una, están solas en manos de asesinos.

Mayra Martell nació y creció en la misma Ciudad Juárez que hoy documenta con su cámara. Cuando trabajaba como periodista en la sección de Cultura de un diario, el fotógrafo tuvo trillizos y la cargó con la responsabilidad de las imágenes. Mayra, que hasta el momento “no era buena en nada”, encontró ahí un lenguaje para expresarse y comunicar. A los 19 años, se había ido de Juárez, a estudiar; seis años después, en el 2005, cuando volvió, la ciudad estaba empapelada con fotos de chicas desaparecidas. Ella tomó nota de las direcciones en los afiches y comenzó a tocar sus puertas.  “Tiene ventajas haber crecido ahí para hacer el trabajo, yo soy re malandra, me he movido ahí desde muy chica, sé por dónde ir, creo que por eso he zafado tanto. Digo zafar porque en diez años de trabajo me topé con un montón de problemas, con la policía siempre encima, estuve detenida dos veces. Incluso problemas con las personas involucradas en las desapariciones”. Tras una década de trabajo continuo, Mayra afirma –desolada- que Ciudad Juárez no cambia: “Ahora, estaba haciendo un documental sobre los reporteros de prensa de Nota Roja – similar a nuestra sección Policiales – y me contaban que en un turno de 8 horas podían llegar a documentar 32 asesinatos. Imagínate el grado de violencia. Y las mujeres son las principales víctimas. Es jodido, porque entonces surge esto de para qué hacemos lo que hacemos si todo sigue igual. Pero la verdad es que estamos aquí y toca hablar de lo que pasa. Es una forma de narrar la historia de lo sucedido desde una perspectiva emocional y cotidiana para las futuras generaciones”.

De la galeria Ficheras de Mayra Martell.
De la galeria Ficheras de Mayra Martell.

Mientras repasa sus proyectos, Mayra recurre una y otra vez a esa expresión “estás ahí y te toca”, como quien asume una responsabilidad, un compromiso, pero también como quien no se anda con demasiadas vueltas a la hora de actuar. Para describir lo que la mueve a seguir una historia la palabra que emerge es obsesión: “Cuando elijo un proyecto es porque me interesa y me obsesiono con el tema, quiero saber qué pasa, entonces voy. Así funciono. Mariel, una fotógrafa con la que crecí, me decía: ‘Mayra, yo he conocido gente que convierte su trabajo  en una obsesión, pero para vos, tu trabajo es la obsesión misma’. La obsesión me da todo, es mi eje”. Y desde ese lugar se involucra con la gente, no como fotógrafa, sino de persona a persona, se compromete emocionalmente en cada historia: “Yo no lo separo. No es que cumplo un horario, me meto de lleno. Al fin y al cabo uno tiene que entender que nunca hay que desvincularse. El hecho de haber compartido momentos tan importantes te va a unir a esas personas toda la vida, porque te llevaste un documento de ellos, estuviste en un momento de su vida, todos somos conexión de los otros, ¿dónde empieza uno y termina el otro? En todos los trabajos, creo que se ve que estoy ahí”.

Con ese espíritu forjó sus vínculos con “las madres de Juárez”: “me han ayudado mucho, fueron muy protectoras conmigo y me formaron de cierta manera”. En 2010, un hecho obligó a Mayra a “salirse” de Juárez y tuvo que interrumpir el contacto por un tiempo. Marisela Escobedo Ortiz, amiga de Mayra, fue asesinada frente al Palacio de Gobierno de Chihuahua, mientras realizaba una protesta para reclamar justicia por el asesinato de su hija. El disparo fatal en la cabeza fue capturado por una cámara de seguridad, cuya grabación se transmitió en los noticieros. La hija de Marisela, Rubí Marisol Frayre Escobedo, había sido asesinada en el 2008, a sus 16 años, por su novio, Sergio Barraza Bocanegra, quien estuvo cuatro años prófugo. Marisela venía denunciando amenazas por parte de la familia de Barraza, que estaría involucrada en el cártel “Los Zetas”. En el 2012, la Justicia mexicana identificó y procesó al autor material del asesinato de Marisela, José Enrique Jiménez Zavala, y ese mismo año, el presunto autor intelectual de su muerte y asesino de su hija, Sergio Barraza Bocanegra, murió en un enfrentamiento con militares en el estado de Zacatecas.

– Estos diez años me requirieron un trabajo muy grande a nivel emocional. Hace unos meses terminé de tomar conciencia de cuánto me ha afectado, es muy fuerte, desde estar en funerales, cuando encuentran los cuerpos, estar con presuntos homicidas, estar con las madres… Es mucho. Incluso ahora que se están llevando a cabo algunos juicios, llenarse de una información de terror, conocer cómo fueron los últimos momentos de esas chicas, se sabe que hasta las metían en la cárcel, las llevaban para los reos. Las madres están muy mal, por supuesto que querían la verdad y justicia, pero todo este terror las sobrepasa.

Mayra ha documentado otras modalidades y escenarios de la desaparición y la muerte. En su trabajo hay una pregunta omnipresente: “¿Qué es la ética para mí? Es algo que siempre estoy pensando. En el momento estoy ahí y siento que tengo que hacer la foto, porque la gente tiene que ver lo que está sucediendo. Me pasa de estar con la cámara en situaciones terribles y tengo que estar momento a momento redefiniendo los límites. Trato de ser lo más respetuosa posible, no saco la foto y me voy, realmente acompaño y soy parte del proceso. Entonces hay veces que tengo que bajar la cámara”.

Otro de sus proyectos fue documentar al pueblo saharaui tras la ocupación de su territorio por parte de Marruecos en 1975. A partir de un trabajo en los campos de refugiados en Argelia y otro en territorio ocupado, Mayra intentó aportar a la reconstrucción de la memoria de lo que fue la huida forzada de su propia tierra y las desapariciones que el Estado marroquí continúa perpetrando al día de hoy.

Campamento de refugiados Smara. Mayra Martell
Campamento de refugiados Smara. Mayra Martell

Incluso en Argentina, realizó un trabajo junto con la Fundación María de los Ángeles, a cargo de Susana Trimarco, madre de la desaparecida Marita Verón. El proyecto consistía en hacer un taller con chicas recuperadas de redes de trata: “La idea era enseñarles a usar la cámara y que documentaran un poco su vida. Era muy impresionante que cuando ellas sacaban fotos de su casa, en las recámaras, eran muy parecidas a las mías. Muy fuerte, la misma toma, parecían de mi serie. Y muy gratificante a la vez trabajar con la vida y no con la muerte. Un poco de calorcito, el hecho de que ellas hayan podido volver, aunque sin borrar todo el terror por el que pasaron. Me gustó mucho la experiencia”.

Mayra en Buenos Aires.
Mayra en Buenos Aires.

Colombia fue también escenario de su trabajo. Sobre ese proyecto, escribió: “Estiven es uno de los cientos de jóvenes llamados ‘falsos positivos’: desapariciones a manos del ejército colombiano, luego declaradas como bajas de guerrilleros en combate. Por cada guerrillero (positivo muerto), los soldados recibían incentivos económicos, días libres y ascensos. Así, empezaron a secuestrar varones de 15 a 30 años, en los barrios más pobres de Colombia. Los enviaban a diferentes partes del país (la mayoría a Ocaña, una ciudad norteña), los asesinaban y los presentaban como guerrilleros muertos”. Mayra retrató a las madres desenterrar con sus propias manos los cuerpos de sus hijos de las fosas comunes.

Cruzando fronteras, Mayra descubre una misma trama de violencia institucionalizada y se propone documentarla, para así dotar de nombres, caras e historias a una realidad en gran parte naturalizada. En la fotografía encuentra un modo de narrar la historia y dejar así un testimonio para el futuro, cargado de la vivencia y la emoción del “estar ahí”.

“No la vi más”

Un festival para visibilizar casos de negligencia, violencia y explotación sexual. En pleno centro porteño, frente a Tribunales, el lunes 16 de marzo convocaron familiares de víctimas de desapariciones por trata. En seis años 3166 chicas escaparon o fueron rescatadas . Sin clientes no hay trata. 

El mismo 16 de marzo de 2015 se cumplieron diez años desde la desaparición de Florencia Pennacchi y dos del secuestro de Milagros Gonzalez. “Las historias de todas son lo mismo. Tienen sus diferencias, pero en esencia son lo mismo”, discute un hombre con familiares de víctimas en el festival contra la trata. Frente a Tribunales, en la plaza Lavalle, se levanta el escenario. “No la vi más”, repite Pedro el hermano de Florencia en un video detrás de los músicos. La imagen se detiene en los ojos, que quedan mirando de frente a algún que otro juez, fiscal, secretario, que se arrepiente de haber relojeado por la ventana.

“Allá. Esa es la dirección del prostíbulo”, le dice un hombre a Margarita Meira, de Madres de Constitución, señalando primero el edificio de detrás del escenario, sobre la calle Libertad, entre Lavalle y Tucumán, y después un papelito de esos con un culo enorme y un número de teléfono. Como ese, Meira dice que hay más de 1300 prostíbulos, “con más de diez chicas secuestradas en cada uno”.

Margarita es la madre de Graciela Susana Meira.
Margarita es la madre de Graciela Susana Meira.

Ese prostíbulo también mira de frente a esos jueces, fiscales, secretarios.

El “No la vi más” sigue repitiéndose, y representa a los familiares de cada una de las 500 mujeres que desaparecen por año. “Y si vuelve, ya no es lo mismo. La violación es constante”, termina el hermano de Florencia Pennacchi.

Existen casos de mujeres que se escapan o son rescatadas. 3166 entre 2008 y 2014, según la Oficina de Rescate y Acompañamiento de Personas Damnificadas del Delito de Trata.

Los números precisos de la cantidad de personas secuestradas son imposibles de conocer, por la forma en cómo se dan, por silencio mediático, encubrimiento judicial, que suele desoír e investigar a las familias. Luisa Olivera, madre de Mariela Tasat, por ejemplo, recién pudo dar a conocer públicamente la desaparición de su hija 12 años después. 

 

Mariela Tasat . “No la vi más” desde el 7 de septiembre del 2002

Estaba en la puerta de su casa con el hermano, que entró a atender el teléfono. Cuando salió ya no estaba. Todavía se culpa. Luisa se encontró con otras madres demasiado tarde. Hoy son su sustento. Con la causa cerrada, sigue buscando a su hija. 

Luisa Olivera, madre de Mariela Tasat.
Luisa Olivera, madre de Mariela Tasat.

La policía no le hizo esperar 48 horas para tomar la denuncia, únicamente porque el padre de Mariela era ex policía. El primer mes parecía que la causa se movía. La televisión mostró la cara de Mariela. “Siempre por un tercero nos decían que la habían visto. Que en el barrio La Fe, en Monte Chingolo. Siempre conocidos de amigos de amigos de mi hijo o algo así. Se hicieron varios allanamientos en el barrio. Después se cortó todo. Nadie me llamó, nadie hizo nada. Mi marido iba al Juzgado y le decían ‘No, ya está. No hay nada’”, cuenta Luisa.

Al segundo mes, para Canal 13 ya era “noticia vieja”. Para la policía, Mariela se fue por una pelea familiar.

Al cuarto año Luisa se enteró que, en realidad la causa estaba cerrada desde dos días después de la desaparición. El secretario del Juez Bonadío le pidió alguna novedad para poder abrirla.

En 2007, fue una amiga con la que Luisa trabajaba quien le dijo: “La vi a Mariela”.  La había visto en la puerta de un prostíbulo en Agüero, a dos cuadras del Boulevard de Los Italianos, en Monte Chingolo.“Tenía una pollera escocesa con una botas largas y tenía una remera blanquita, como cremita. Como blanca, pero sucia”, le especificó.

La comisaría 8va y la fiscalía hicieron lo necesario para entrar recién cuatro horas después de que Mariela fuera vista. Que sola no, que falta la orden, que el patrullero no aparece. Entraron y Mariela no estaba.En ese momento no caí. Me tendría que haber mandado o llamado a mi hijo para decirle: ‘Venite y nos mandamos’”.

Imágenes: NosDigital.
Imágenes: NosDigital.

Luisa no tiene ni tuvo plata para un abogado. Hasta hoy en día no sabe “cómo mierda está la causa”, si cerrada o archivada.

“Ahora, juntándome con otras madres me entero que me tienen que dar un abogado estatal. A los 15 días que asumió Kirchner yo me entrevisté con él.

-Sí, querida. Pero yo hace 15 días que asumo. Todavía no estoy en la pasta, integrado. Yo lo único que puedo hacer, te vamos a ayudar, es mandarte con el Dr. Podestá, que está en La Plata”.

La atendió una sola vez y nunca más le respondió un llamado. 

 

Otoño Uriarte

Su padre todavía hace silencio. Escribe el discurso que va a leer desde el escenario después de que toque Salta La Banca y lo comparte con otros familiares. Otoño apareció asesinada después de siete meses de su secuestro. Tenía 16 años, volvía de la escuela. Las seis personas acusadas fueron sobreseídas. La policía disperso rumores estúpidos. Los mismos de siempre: la culpa, de la víctima.  

IMG_1233
Roberto Uriarte, padre de Otoño.

 

Milagros Gonzalez

Fue secuestrada el 16 de marzo de 2013, a los 14 años. Se escapó por sus propios medios. Las investigaciones judiciales apuntaron y apuntan siempre a la familia: si iba a la escuela, si los hermanos estudian, si Milagros tenía fantasías antes del secuestro. “Milagros fue violada. ¿Qué fantasía es esa?”, se pregunta Silvia Mónica, la madre. Ahora Milagros fuma. No es un vicio por una familia que no la haya atendido. No. Empezó a fumar en el psiquiátrico, donde también se hizo adicta a algunos medicamentos. 

Silvia Mónica González, mamá de Milagros.
Silvia Mónica González, mamá de Milagros.

Cuando Silvia necesitó ayuda policial, tuvo estas respuestas: “¿Cómo crió a su hija?” “¿No sabe dónde fue?” “Seguro tiene un novio y usted no lo sabe”, “No tengo fotocopiadora”, “La fiscal no me mandó la orden”. Cuando Milagros apareció, sí tuvieron tiempo para sacar una orden de allanamiento y declarar a Silvia insana por no tener marido, tener trabajo y seis hijos.

Milagros fuma. Lo aprendió en el psiquiátrico, donde le dieron drogas legales hasta crearle una adicción.

Aunque la ley de trata se lo garantizaba, tuvieron que pelearla y esperar para que se les diera una casa en otra localidad. Hasta que lograron mudarse, las amenazas e intimidaciones policiales fueron moneda corriente.

Milagros todavía tiene brotes nerviosos. Ve algo, escucha algo y le viene a la mente el secuestro o las violaciones o… Y si bien quiere volver a estudiar, ninguna escuela la aceptó este año. Prefieren evitar el compromiso de darle los medicamentos y los problemas por nuevas tensiones nerviosas. 

 

Florencia Pennacchi “No la vi más” desde el 16 de marzo de 2005

Sigue desaparecida desde el 16 de marzo de 2005, cuando fue vista por última vez al salir del departamento del barrio de Palermo, CABA, donde vivía con su hermano. Dos chicas rescatadas de prostíbulos atestiguaron haberla visto en las provincias de Córdoba y Buenos Aires. Cuando tenían que presentarse a ampliar su declaración, una fue nuevamente secuestrada; la otra, intimidada.