La revolución es ahora

Relanzan el proyecto de ley que propone un régimen reparatorio para trans y travestis víctimas de violencia institucional. La identidad de género: de delito a derecho humano.

El jueves 6 de octubre se presentó en el Congreso el proyecto que propone un “Régimen Reparatorio para Víctimas de Violencia Institucional por motivos de identidad de género”. El proyecto 2526 busca el reconocimiento por parte del Estado de la violencia institucional a la que fueron sometidas sistemáticamente las personas trans y travestis por las fuerzas de seguridad pública; y en especial a aquellas que fueron detenidas de manera ilegítima a causa de los edictos policiales vigentes hasta 1995.

Tal como se desarrolla en los fundamentos del proyecto, los edictos policiales fueron la herramienta básica de las políticas de persecución orientadas a la normalización de grupos sociales considerados “desviado” por el poder estatal:entre ellos, lxs trans. Estos instrumentos le daban a la policía la potestad de emitir los edictos, de juzgar, interpretarlos y de aplicarlos. Las trans y travestis fueron marcadas como esos cuerpos e identidades a perseguir, patologizar y marginar. Sus trayectorias de vida están signadas por episodios de detención arbitraria, golpizas, abuso y tortura por parte de la policía. “Los edictos policiales sirvieron como excusa legal para encarcelarnos, el crimen fue nuestra identidad”, afirmó Norma Girardi de la Asociación de Lucha por la Identidad Travesti y Transexual en el acto de presentación.

Esta iniciativa, que ya cuenta con la firma de 22 diputados y diputadas de todo el arco político, fue impulsada por Lohana Berkins, militante travesti y líder de ALITT hasta su muerte en febrero de este año, junto con Marlene Wayar, referente del colectivo trans y militante de Futuro Transgenérico. El proyecto fue redactado e impulsado por Abogad*s por los Derechos Sexuales (Abosex). Dice la letra que serán beneficiarias de este régimen las personas mayores de 40 años a las que se les haya aplicado el inciso f “los que se exhibieren en la vía pública con ropas del sexo contrario” y el inciso h “personas de uno u otro sexo que públicamente incitaren o se ofrecieran al acto carnal” del artículo 2 del derogado Reglamento de Procedimientos Contravencionales del Edicto policial dictado por la Policía Federal Argentina.

El régimen de reparación contempla el otorgamiento de una pensión graciable para las víctimas, al igual que perciben las víctimas del terrorismo de Estado en los 70. Dos años atrás, cuando este y otros proyectos similares se presentaron por primera vez en el Congreso, se generaron frívolos e irrespetuosos discursos que denunciaban un supuesto privilegio de las personas trans por poder acceder a esta pensión. No: de lo que se trata es de reconocer las violaciones de un Estado sobre una población que fue sistemáticamente perseguida y excluida de la ciudadanía. El privilegio siempre fue ajeno.

Por otra parte, las personas trans de más de 40 años, es decir las destinatarias de esta reparación, no son muchas. De acuerdo a un informe de ALITT, se estima que el promedio de vida de las personas trans es de 35 años  -qué privilegio-, por lo que las “sobrevivientes” nos son demasiadas. De acuerdo a los impulsores del proyecto, se trata de un universo posible muy restringido de aproximadamente 300 personas a nivel nacional.

En tanto a partir de la Ley de Identidad de Género, el Estado argentino reconoció a la identidad de género autopercibida como un derecho humano. Ergo, se considera que la criminalización de esta identidad durante la vigencia de los edictos policiales fue una violación de los derechos humanos. Marlene Wayar expresó que se trata de crímenes de lesa humanidad, puesto que fueron cometidos por un Estado contra una comunidad en particular.

“Somos las olvidadas de la democracia”, sentenció la activista trans Jorgelina Belardo ayer en el Congreso. De modo constante, señalan que para ellas el Estado terrorista y  desaparecedor no terminó en 1983. “No sé cuántas veces entré y salí de la cárcel”; “Me acuerdo de escuchar cómo golpeaban a una compañera en un calabozo mientras le gritaban ‘Dale, puto, ¿cómo te llamas?’”; “Las travas merecemos morir de viejas, no asesinadas por el odio y la violencia”. Entre lágrimas de memoria por las compañeras que no están, pero también de orgullo por continuar conquistando espacios de legitimación, las activistas trans presentes en el encuentro sumaron su adhesión y fuerza a esta iniciativa.

Entre la presentación original de este proyecto de ley en el 2014 y este relanzamiento en el 2016, pasaron muchas cosas. Entre ellas, se fueron dos luchadoras por los derechos de las trans y travestis, que hoy se hicieron carne en la voz de cada una de las oradoras. A una semana del aniversario del asesinato de Diana Sacayán, fueron eternos los gritos de “Justicia”, “Diana presente” y “Furia Travesti”. Y para todas fue una inspiración indudable la de la “travestiarca” (al decir de la propia Diana) Lohana Berkins: “El tiempo de la revolución es ahora, porque a la cárcel no volvemos nunca más”.

Escándalo travesti

Mientras en el Poder Legislativo se presentan proyectos por el resarcimiento a la población trans por décadas de persecución, desde los medios masivos se propone su estigmatización como prostitutas. La transfobia replicada desde y hacia la sociedad.

Ella no quería estar ahí cuando se hiciera de día. El cielo estaba cubierto de nubes, el rosa lo iría cubriendo todo en la salida del sol, para morir en un gris pálido, triste, como el de la ruta. Apretó el paso. Los autos apurados al costado de su cuerpo le recordaban que, para otros, empezaba la jornada. Pasó por donde había dejado a sus compañeras, pero había tardado mucho en volver, ya no estaban. Siguió. Hizo uno o dos kilómetros cantando bajo por miedo al silencio, hasta que dobló en su calle. Y ni hizo falta. Preguntar, sospechar, dudar. Nada. Se los leyó en las caras, en la piel de los pómulos secos, deshidratados de llanto.

Esa mañana, como otras antes, patearon el barrio y tocaron puertas para juntar la plata para el cajón y el entierro. Secretarias de la parca, parecían. Era verlas llegar y ya saber que les habían dado otra paliza, otra más, otra menos. Esa mañana, de nubes mentirosas y dientes apretados, se besaron las manos, los cuellos y las lágrimas, sin querer convencerse de que no hay nada más solitario que el dolor. Esa mañana de furia, se llenaron la boca de puchos, de picos de botella y de puteadas. Esa mañana, la vida era tanta muerte.

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La mató un cliente. La mató la policía. La mató el hambre. La mató la tristeza, el dolor. La mató la droga o el alcohol. La mató la calle. La mató la marginalidad.

La mató el Estado.

Recortes extraídos de http://blogs.tn.com.ar/todxs/ de Bruno Bimbi.
Recortes extraídos de http://blogs.tn.com.ar/todxs/ de Bruno Bimbi.

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La expectativa de vida promedio de una travesti es menor a 40 años. Más del 80% ejerce la prostitución. Y la mayoría la dejaría si consiguiera un trabajo. El mismo porcentaje corresponde a la cantidad que alguna vez vivió hechos de discriminación por parte de la policía, tales como detenciones arbitrarias, extorsión, maltrato, humillación y distintas formas de violencia, incluida la sexual.

Estos flashes de la vida cotidiana de las travestis en nuestro país están inscritos en un entramado de exclusión y discriminación, que nos habla de una violencia estructural y, en gran medida, estatal. La realidad histórica de este colectivo está atravesada por un contexto de persecución, estigmatización, criminalización y patologización de sus identidades y sus cuerpos. Los relatos que giran en torno de estas trayectorias están plagados de escenas de enfrentamientos con la policía, de golpizas y torturas en comisarías, relacionadas directamente con su identidad impugnada como también con el ejercicio de la prostitución. Y en este sentido, no marcan a la última dictadura como un hiato en sus vidas. Por el contrario, señalan que esa cultura del terror las azotó en todo tiempo político. Han sido víctimas del terrorismo de Estado; en dictadura y en democracia. De esta forma, desarrollaron una serie de estrategias que se aprendían y reproducían dentro de un “código de la calle”. Involucran todo un abanico de prácticas de resistencia y de sobrevivencia que implicaban un estado de alerta permanente – para huir, esconderse debajo de autos o “camuflarse” en locales – y el desarrollo de una capacidad de improvisación a la orden para inventar nombres e historias y “cubrirse” entre sí. Simplificando las trayectorias singulares de las personas trans, la expulsión/abandono de la casa familiar es un lugar presente en la mayoría de las historias de vida; con la consiguiente exclusión de los sistemas institucionales de escolaridad y salud, el espacio de socialización y educación (en el sentido amplio, no escolar, del término) es principalmente la calle.

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Captura de pantalla 2014-11-26 a la(s) 09.33.06

¿De qué privilegio hablan?

En las últimas semanas entraron en la agenda de los medios masivos de comunicación dos proyectos de ley relacionados al colectivo trans. Uno presentado por María Rachid en la Legislatura porteña a fines de 2012 y otro por Diana Conti (elaborado por Asociación de Lucha por la Identidad Travesti y Transexual, Futuro Transgenérico, Abogad*s por los derechos sexuales y Movimiento Antidiscriminatorio de Liberación) en el Congreso de la Nación el mes pasado. Ambos son proyectos de pensiones no graciables o contributivas. En el primer caso, para todas las personas trans mayores de 40 años (limitado a la jurisdicción de CABA) y en el segundo, más específicamente para aquellas personas que hayan sido privadas de su libertad por causa de su identidad de género y como consecuencia del accionar de las fuerzas de seguridad federales o por disposición de autoridad judicial o del Ministerio Público nacional o federal. Este último toma como modelo el régimen reparatorio para ex presas y presos políticos, establecido por la Ley Nacional Nº 26.913 y su Decreto reglamentario Nº 1058/2014. Ambos proyectos hacen énfasis justamente en este aspecto reparatorio por considerar que se trata de una población víctima de la violencia sistemática del Estado.

Las repercusiones no tardaron en llegar. Desde las decisiones editoriales de diarios y portales en publicar títulos y fotos que refuerzan el binomio travesti-prostitución – sin ninguna referencia a las causas estructurales de la problemática, como si se correspondiera a una esencia o naturaleza inevitable –, el extendido uso del término “subsidio” en lugar de “pensión”, un sinfín de chistes sobre estrategias paródicas para poder cobrar, comparaciones descolocadas con otros planes o asignaciones, reclamos del tipo “mejor un trabajo que un subsidio”, hasta comentarios escandalizados por el destino de “nuestros” impuestos. Justamente eludiendo por completo el eje central: la reparación.

Captura de pantalla 2014-11-26 a la(s) 09.37.34Se trata de una población que ha sido expulsada de los sistemas públicos de salud y educación, a la que se le ha negado el derecho al trabajo, que ha sido víctima de un Estado represor, que ha estado condenada a una vida precaria. Sobrevivientes de un Estado represor y persecutor. Se trata también de una población que ha comenzado a existir jurídicamente hace apenas algo más de dos años, con la sanción de la Ley de Identidad de Género. Antes de eso, el Estado negaba su existencia y aparecía únicamente en el accionar de la policía, con la aplicación de los edictos y las contravenciones, ejemplares de las políticas de persecución social; o en la cara de algún juez que las hacía pasar por innumerables pruebas y demostraciones cuando iniciaban un proceso para cambiar su nombre en el DNI.

Captura de pantalla 2014-11-26 a la(s) 09.39.53No está únicamente en juego el derecho a un trabajo digno, a la educación, a la vivienda y a la salud de personas cuya vida está reducida a la supervivencia. Se trata del derecho a la justicia. Y estas repercusiones estigmatizantes, ridiculizantes y simplistas solo consiguen legitimar la violencia. Perpetuar la injusticia.

Lo que escandaliza, ¿es el “subsidio” o son las travestis? Esos cuerpos e identidades que amenazan el orden binario de género y nos recuerdan que nuestras propias clasificaciones no tienen nada de naturales, universales ni eternas. ¿De qué privilegio nos hablan? El privilegio es ancho y ajeno.

Datos:
Berkins, Lohana (comp.). Cumbia, copeteo y lágrimas. Informe Nacional sobre la situación de las travestis, transexuales y transgéneros. ALITT, Buenos Aires, 2011.
INDEC, INADI. Primera Encuesta sobre Población Trans 2012: Travestis,Transexuales, Transgéneros y Hombres Trans. Informe Técnico de la Prueba Piloto. Municipio de la Matanza, 2012.

“Gracias a los y las que pusieron el cuerpo”

Celebramos la primera graduación de estudiantes del bachi popular trans Mocha Celis. En la senda por la inclusión y la visibilización desde la escuela.

“Queremos agradecer a los y las compañeras que pusieron el cuerpo estudiando”.

Dice alguien, en un video.

“Cada vez que vamos, es un día menos de poner el cuerpo en una esquina”.

Dice alguien, en persona.

Abel-Francois Villemain es un tipo que vaya uno a saber quién carajo es. En Wikipedia algo dice de él, pero, la verdad, a quién le importa. Algún académico dirá que en Argentina es un tipo importante, pero la verdad es que ni cruzó los Andes ni fue un delantero que hizo un gol en el último minuto de un clásico. Pero acá tiene cierta fama: Domingo Faustino Sarmiento arranca “El Facundo” citando una frase de él en francés que los pibes del secundario nunca entienden porque, claro, está en otro idioma. Pero, para 1845, en Latinoamérica, citar a un francés, seguro, era un elegante símbolo.

Sarmiento por el MOCHA CELIS.
Sarmiento por el MOCHA CELIS.

En la entrada del Palacio Pizzurno, donde funciona desde 1903 el Ministerio de Educación –en realidad, antes se llamaba Consejo Nacional de Educación-, hay, a la derecha, un cuadro de San Martín y a la izquierda uno de Sarmiento. Unos pasos más adelante hay, también, un busto de yeso de Sarmiento, parecido al que hay en miles de patios de escuelas de Argentina. Unos pasos más adelante hay un cartelito donde está la imagen, también, otra vez, de Sarmiento.

Para llegar al Salón Blanco del Palacio Pizzurno hay que subir al segundo piso. Cuadros, arañas colgadas del techo, detalles en dorado y columnas con relieve conforman el establishment estético de la sala. A priori. Porque en un costado, en un banner gigante, aparece, otra vez, Sarmiento, pero de otra manera: con rulos amarillos, con los labios pintados con rouge rojo y con los cachetes maquillados con un redondel rosado. Sarmiento, otra vez, es un símbolo: está por arrancar la ceremonia de la primera entrega de diplomas a las y los y les egresadxs del Bachillerato Popular Trans Mocha Celis, una institución educativa creada autónomamente el 11 de noviembre de 2011 (11/11/11), primer bachillerato popular para personas travestis, transexuales y transgénero –aunque, claro, es abierto a cualquiera que quiera terminar sus estudios-, que funciona en la Mutual Sentimiento, en Lacroze 4181, quinto piso. La imagen es divertida y es el símbolo de esta institución educativa que hoy tiene la primera promoción en “perito en el desarrollo de las comunidades”. La imagen ridiculiza a Sarmiento.

Pero, perdónenme que lo diga: lo único verdaderamente ridículo es volverse un busto de yeso o poner frases por quien las diga.

Acaso, esta sociedad ya ha hecho demasiado daño analizando, primero, cómo vive y expresa cada uno su sexualidad y, recién después, qué piensa de la vida.

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Alma vivió en Plaza Flores: no en la zona, en la plaza. Cuando tiene que explicar para qué le sirvió ir al Bachillerato, teoriza algo que nadie espera: “Esto me dio fuerza en las palabras. El Mocha me enseñó a hablar y, desde ahí, a no recurrir a la violencia para resolver todo lo que nos excluye la sociedad. El estudio es la mejor manera de salir de la plaza”.

Imágenes: Sol Avila G.
Imágenes: Sol Avila G.

Lohana Berkins, fundadora de la Asociación de Lucha por la Identidad Travesti y Transexual (ALITT), brillante teórica de un tema en el que la sociedad acumula burradas por ignorancia o por fascismo, teoriza todavía más: “Hay que discutir por la calidad del derecho. Cómo se puede ejercer un derecho sin saberlo”.

María Rachid, legisladora, teoriza más: “Esto tiene que funcionar como mínima reparación ante tanta exclusión de décadas de parte del Estado. Esto no es un parche como la pensión. Esto es inclusión”.

En el Salón Blanco, hay familias emocionadas que lagrimean y aplauden, como en cualquier lugar de este país, y probablemente del mundo, frente a otro familiar que se gradúe. Las pibas que van a recibir sus diplomas se sacan selfies, se dicen potra y se elogian los vestidos. Un señor barrigón le dice a otro: “Qué garrón son las entregas de diploma, siempre duran una eternidad”. Todo a la justa medida de una típica fiesta de graduación. El que entra al salón, claro, se va a emocionar y se va aburrir, a la vez, como pasa en cualquiera de estos casos.

Pero esa no es la discusión.

Las y los y les –el uso del les se corresponde con el uso del Todes, que es una denominación que se utiliza en el Bachillerato, según cuenta el director- alumnos y alumnas y alumnes de primero, segundo y tercer año del Bachi Mocha Celis, con su graduación, discuten en lo que parece un sencillo acto algo que es determinante: entrar o no entrar dentro de la cobertura del Estado, que es una forma de entrar o no entrar al hecho de ser ciudadano. Esa no es un visión de este texto: curiosamente, con visiones de lo más fascistas, Sarmiento escribe en su obra El Facundo sobre esto mismo, quién entra y quién no en el Estado argentino.

Porque acá, como dice el director de la escuela, se está en la ceremonia de graduación de una “escuela con otras lógicas políticas, pedagógicas y emocionales”. Porque acá, como también dice el director, se está discutiendo que “nadie le robe la infancia a nadie”. Porque acá se está lejos de eso que alguna vez dijo algún medio sobre este Bachillerato, que era un lugar donde se enseñaba a ser travesti.

Históricamente, la escuela es el lugar donde la gente se construye como gente y la sociedad se edifica como sociedad. El 60% o 70% -la cifra es poco precisa porque no existen cifras formales desprendidas de los censos sobre la cantidad de personas trans en Argentina- de los y las trans en Argentina no terminaron el secundario. El 80% ejerce la prostitución y, la mayoría, si pudiera dejarla la dejaría. Desde 1993, en Argentina, según la Reforma de Eduación de ese año y de la Ley Nacional de Educación de 2006, la escuela secundaria es obligatoria. 12 millones de estudiantes abarca el Ministerio de Educación –según palabras de Alberto Sileoni, ministro de Educación, presente en el acto-, pero ni el propio Ministerio de Educación tiene idea de cuántos alumnos de esos sufren discriminación por su orientación sexual y/o identidad de género. Claro está, esto es un Bachillerato Popular, no una escuela literalmente del Estado.

Festejo al egreso.
Festejo al egreso.

Se repite: la escuela secundaria es obligatoria.

Se agrega: el artículo 14 de la Constitución Nacional dicta: “Todos los habitantes de la Nación gozan de los siguientes derechos conforme a las leyes que reglamenten su ejercicio; a saber: de trabajar y ejercer toda industria lícita; de navegar y comerciar; de peticionar a las autoridades; de entrar, permanecer, transitar y salir del territorio argentino; de publicar sus ideas por la prensa sin censura previa; de usar y disponer de su propiedad; de asociarse con fines útiles; de profesar libremente su culto; de enseñar y aprender”.

A veces, muchas veces, las leyes son solo leyes que pocas veces se aplican.

¿Qué quiere decir que no se aplican?

“Muchas chicas dejaron de venir porque cuando se tomaban un subte o un colectivo las agredían o las discriminaban y, si no tenían plata para un taxi, les costaba moverse por la ciudad. Por eso, dejaron. Mi recomendación es que se animen, es que tenemos derecho a ejercer nuestros derechos, es que no nos tienen que privar de lo que nos pertenece”, dice una de las pibas que se egresa.

Y en esos momentos, ¿dónde está Sarmiento para ocuparse de que realmente los derechos se cumplan?

En esos momentos, es de yeso.

Yo fui golpeada en una comisaría

Marlene Wayar tuvo una época en que se prostituyó. Ya no: hoy es la directora de la primer revista trans de Latinoamérica  El Teje. En toda esa experiencia conoció lo peor de lo peor de la Comisaría 25.

Una noche estábamos con Nadia Echazú, nuestra dirigente más importante en ese momento, en Godoy Cruz, donde trabajábamos siempre -la Zona Roja, antes de ser movida para los Bosques de Palemo-. De pronto, se paró un patrullero, se bajaron los canas y directamente fueron a ella y la gasearon. Escuché sus gritos, pero se vinieron para mí y también me gasearon, a pesar de que yo ni me resistí. Nos llevaron a la esquina, a una furgoneta en las que había otras tres chicas también atacadas.

Yo ahí ni sabía qué pasaba, no veía nada.

Estábamos en plena lucha contra la reinstalación de los Códigos Contravencionales del Código de Convivencia.

Nos llevaron a la Comisaría 25 en Scalabrini Ortíz y Gorriti; y nos fueron bajando de a una. Yo al no ver nada, lo único que podía hacer era escuchar: oía las puertas que se abrían, los gritos de las chicas que se llevaban y por último los tumbos, los golpes. Yo fui la última. Cuando llegó mi turno, estaban como medio cansados y como ya se habían cebado con las otras, me llevaron al patio directamente. No sé cuánto estuvimos ahí tirados, una hora. De las zonas de los calabozos de los incomunicados venían los gritos de Nadia y ruidos de golpes secos: de cuerpo contra la pared, contra el piso… y la voz de Nadia que se iba apagando. Yo no podía creer lo que estaba pasando. Cada tanto, pasaba el chabón que estaba a cargo del operativo y nos gritoneaba cualquier cosa: estábamos sentadas, nos decía “acuéstense”, estábamos acostadas y nos gritaba “siéntense, putos de mierda”; cada vez que pasaba era algo para demostrar “yo estoy acá, hagan lo que yo digo”. Y ya no podíamos hablar de qué le pasaba a Nadia, solo nos mirábamos. En la 25 habían cambiado de encargado de los temas de la calle y por eso llegó este tipo, pero la verdad nunca tuve memoria para poder recordar a los policías que nos hicieron eso. Cuando las chicas me preguntaban cómo era, no sabía que decirles, porque con una descripción ellas ya podían sacar quién era. Sabían todo: nombres, horarios, cargos. Una cuestión de supervivencia tremenda.

No podía recordar cómo eran los botones, si eran altos o bajos, con bigote, sin bigote.

El chabón este estaba haciendo el pavoneo que empezaba la nueva era, su nueva era de control callejero, porque el comisario le había dejado el trato a él. La Comisaría 25 había cambiado mucho, pasando de ser la número uno de Buenos Aires, donde todos querían estar ahí porque dejaba mucho dinero a los policías por las coimas que pagábamos nosotras. Pendejos recién recibidos que estaban en la calle se hacían viajes por Miami con nuestra plata. Finalmente cuando el grueso de los policías se fue para adelante, pasó el Comisario y dijo: “Este es un anuncio para policías y travestis: acá se termina todo”. Se está yendo, no alcanza a salir del patio, que viene este tipo, le pega en los pies a una de las chicas y nos empieza a bardear. El comisario se dio vuelta y repitió “acá terminó todo”, pero el tipo me mira a mí, me encara y empieza a decirme de todo sin importarle un soto lo que decía el comisario. El comisario no entendía cómo funcionaba su propio perro asesino, no estaba entendiendo que ya no tenía autoridad sobre él. A mí no se me movía un  músculo, no quería que me hiciesen nada. Entonces el tipo me dijo “vos sos la otra” y me empezó a hacer preguntas. Yo respondía “sí” o “no” con la cabeza. Tenía miedo de hacer cualquier cosas que le molestara y me hiciesen mierda. Por último, el chabón me dijo “ya estoy cansado de pegarle a esa bosta de Nadia, la verdad que no quiero hacer más nada esta noche, pero se me llenó el borcego de mierda”, me puso el borcego en la cara y me tiró: “limpiámelo con la lengua”. Y yo lo hice. “Así me gusta”, soltó y se fue.

Después de esto empecé a entender muchas cosas. Cuando vivía en un hotel tomado por Araoz y Jufré, un día intrascendente salí y había un tipo parado que hacía de sereno en la casa de al lado que estaba en remodelación. Era de uno de esas personas que se prestaban para hablar, porque estaba solo y aburrido. El tipo era muy fanfarrón y con un poco de alcohol encima me contó que era policía. Lo que me pareció bastante significativo: no es cualquier cosa un sereno que es policía. Pero para que siguiera hablando le preguntaba boludeces hasta que le saqué por qué estaba ahí. Dijo que esa era la casa de un comisario y que él estaba ahí a modo de penalización, escondido realmente, porque se había echado un moco en la comisaría. Pero escondido porque, si bien el comisario le estaba bajando la caña, a la vez lo necesitaba ya que él le había hecho muchos trabajos sucios. Dejó entrever que era uno de los asesinos de la policía: si necesitaban bajar a alguien, él era el indicado.

Con estas dos experiencias vi que era cierto como estos personajes, que habían tenido la capacitación y la vía libre del Proceso, se habían quedado sin la posibilidad del ejercicio de la violencia, de sentir la adrenalina por el control del otro. Me di cuenta de la dimensión del problema, con quiénes estábamos hablando: con un comisario que había llegado ahí por pelotudo y chupamedias, pero sabía cómo trabajar. Cuando le empezamos a ganar la zona, trajo a este asesino que nos humilló a todas, que habrá venido de cualquier lugar del país para limpiar todos los problemas que le estábamos dando.

Lo más importante es que la gente se dé cuenta que estamos en dictadura desde el momento en que nos sacan de los pelos de una casas. A la gente no le importa o lo justifica o sale a decir algo para que el policía se calme un poco, pero no tenemos el poder o la potestad para decirle a la policía cómo debe hacer las cosas. Y esta policía no es la policía democrática…Te digo la verdad no tenemos por qué nosotras comernos el problema de que hay vecinos de que no saben cómo trabajan sus fuerzas y nosotros no ser vistas como vecinas. Nosotras sí somos vecinas y tenemos que meternos en cómo la policía actúa. Ponele que nos lleve 250 años en desenmarañar el tema de la prostitución, el uso del espacio público, el no uso del espacio público y demás, pero en ese ínterin esta policía no puede mantenerse.

Hoy la relación de la policía y la prostitución es un poco diferente. Es un como un mapa que va desde las capitales hacia el interior, desde las grandes ciudades donde el problema es menor, aumentando conforme te vas alejando. Lo que ha bajado si es la violencia pero sigue la estructura de la coima de plata y sexual, y estas cosas más rabiosas están puestas en aquellas personas migrantes con alguna situación irregular en sus papeles. Lo que más les conviene es coimear, quedarse quietitas, ya que no tienen tiempo para perder: tienen que mandar plata para sus países, tienen que pagar esos hoteluchos de mierda en los que viven. Es como las cajas chinas, vos abrís y descubrís nuevos sujetos vulnerables.

Muchas cosas han cambiado, aunque a distintos niveles. Por ejemplo, la gente que viene de afuera naturaliza esto y piensa que acá la vida es increíble. En Venezuela, la policía y la gente que está en la calle es un problema, porque van y directamente les disparan. Tenemos una compañera que vino de allá y está toda baleada. Entonces al venir acá, un cana les pide plata y les parece que es el paraíso. Son diferentes niveles evolutivos de dinámicas sociales, donde por supuesto Argentina se sitúa como el paraíso, y quienes vivimos en las capitales tenemos diferencias respecto a lo que les puede suceder a las chicas, por ejemplo, en Chaco. Ahí, que te matan a tu padre porque es Qom y se atrevió a mirar a los ojos con furia al jefe. Imaginate ser Qom y además trava. Cierro el orto, no decís nada. Lo mismo con chicas que vivieron en familias de trabajadores golondrina, donde fueron tratadas toda su vida de la misma manera que el ganado o las herramientas. Por eso que después se someten a aprietes de este estilo.

Entonces, es una situación difícil la del progresismo, porque como estamos progresando eso provoca mucha inacción, mucha calma, mucho “bueno, estamos en negociación”. Pero no nos indignamos, no vamos caminando hacia donde está el cadáver en medio de la sociedad. Hay mucho de conformismo y hay paliativos como el clonazepan y el facebook. Entonces vos ponés la foto de una trava asesinada y todos te ponen “me gusta”. Se toman el clonazepan y listo: “Ya milité, ya puse me gusta en facebook”, pero, ¿cómo le decís a esa gente que eso no es suficiente? Es bastante terrible darte cuenta de la magnitud de las cosas, la dinámica permanente de las estructuras. En Córdoba, la policía está tranquila, no te pega pero no te permite sacar el Código Contravencional, a la vez que la sociedad permite por ejemplo que no se deje usar gorritas con visera. Un pibe no puede tener gorra con visera porque va presa o tiene que hacer trabajo comunitario. Pero a la primera de cambio, la policía vuelve con más violencia, y no sabés en qué magnitud ni contra quienes.

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Todxs somos trans

“Transformadora” narra la historia de María Eva Rossi, una docente de Bahía Blanca que visibilizó su identidad de género en el transcurso de su desempeño en el Instituto “J.C. Avanza”. Entre los testimonios, se dejan ver las múltiples transformaciones que María Eva produjo en su entorno.

Un muro inerte que pareciera hundir sus raíces blancas bajo el cemento se nos presenta como escenario para esta historia. Con su frialdad incorregible, inmutable, el mármol no revela pliegues; superficie lisa pura eterna resistente. Aunque le hagas cosquillas, no ríe; aunque lo rayes, no sufre. Los muros de mármol del Instituto de Formación Docente N° 3 “Julio César Avanza” de Bahía Blanca no sienten nada. A pesar de ser testigos de una de las actividades más movilizantes, como es la educación, se mantienen inalterables. Lo contrario podría decirse de esos cuerpos que recorren el edificio, que suben la escalera imponente a diario, que ocupan sus pupitres y dejan sus marcas en los pizarrones. Entonces, ¿la escuela se constituye por los muros que la sitúan y la delimitan?, ¿o por esas mujeres y hombres personas que le dan vida y sentido cada día? La escuela como institución, ¿se parece más a la inercia resistente del mármol o a la potencia creativa y la experiencia subjetiva de las personas?

“Transformadora”, el documental producido por Despertando a Lilith, narra la visibilización de la identidad de género de la Lic. María Eva Rossi, en el Instituto “J.C.Avanza” de Bahía Blanca, en el transcurso de su desempeño docente. Aunque mejor, se podría decir que trata sobre las transformaciones que esta docente trans generó en sus colegas y en la propia institución en la que ejerce.

La escolaridad puede pensarse como una práctica histórica que se ha cristalizado en un marco institucional particular y contingente; ni universal ni necesario, sino más bien uno entre posibles. En sí, la práctica educativa tiene la potencialidad de ser un motor instituyente para la constitución de nuevas subjetividades, nuevos modos de relacionarse e incluso para pensar otra sociedad. Sin embargo, la tensión radica en que, como institución, se presenta anquilosada, poco permeable a las transformaciones y contradicciones sociales de nuestro (y de todo) tiempo. Y más aún, si hablamos de la tradicional “integración”, o el actual modelo “inclusivo”, ¿qué pasa con los “otros” de la escuela, con esos impensables, ajenos, abyectos?

maria evaMaría Eva Rossi asumió y visibilizó su identidad de género a los 42 años, cuando volvió a su Bahía Blanca natal después de vivir y estudiar psicología en Nueva York. Antes de su transición, la conservadora ciudad del sur de Buenos Aires aún no atestiguaba ningún “caso” de transexualidad o travestismo. En algún sentido, María Eva abrió el camino, en una sociedad (con fuerte protagonismo de las FFAA y la Iglesia Católica) donde, en ese entonces, parecía impensable.

El documental, centrado en testimonios de estudiantes, docentes y autoridades del “J. C. Avanza” presenta sus paradojas; al decir de su directora: “Es muy difícil que, con una cámara adelante, la gente te diga algo fuera de lo políticamente correcto”. Entonces, pareciera que todos están más que cómodos con la presencia de María Eva, que “no cambió nada”. Ante esto, hay una docente que se juega a asumirse como “más estructurada” y reconoce lo mucho que le costó aceptar la transición de su colega. Su mayor miedo: cómo tratarla para que no se sintiera incómoda. Pronto, los pasillos las fueron encontrando y hoy reconoce haber aprendido muchísimo de ella, que trastocó su forma de ver y pensar las cosas. Otro docente, el único varón, afirma que, en general, las personas trans nos enfrentan con cuestionamientos sobre nuestra propia sexualidad, al mostrarnos lo arbitrario y artificial del paradigma al que todos pretendemos ajustarnos.

En la presentación de “Transformadora” en el Centro Cultural Tierra Violeta, estuvieron presentes Lohana Berkins, Marlene Wayar y María Laura Alemán, para intercambiar comentarios y experiencias en torno a la temática planteada por el documental. La mesa estuvo coordinada por Diana Maffía, la presidenta de la organización, y contó con la presencia de la directora del documental. En el debate, María Laura compartió una reflexión: “Cuando el docente dice que las personas trans despertamos cuestionamientos sobre la sexualidad de las personas, yo creo que en realidad los interpelamos en todos los aspectos de la identidad.” Para ella, todos y todas somos trans, en el sentido de que, a pesar de que la mayoría hace ajustes y adaptaciones para acercarse al modelo de lo que se considera normal y deseable, nadie se adecúa exactamente al paradigma y todos desbordamos los estereotipos.

escuelaLa problemática de fondo se relaciona con las limitaciones para el acceso y permanencia que las personas trans encuentran en el sistema educativo. Las burlas, el aislamiento o el acoso de sus pares; las trabas administrativas; el desaliento de docentes y directivos/as, o bien el rechazo por parte de las madres y los padres que forman parte de la comunidad escolar, se encuentran entre las principales causas de deserción. Debe entenderse esta problemática como parte de un entramado de exclusión y vulnerabilidad social, que se profundiza en la imposibilidad del ingreso al mercado formal de trabajo, la falta de vivienda y el no acceso a la salud. Las últimas estadísticas relevadas confirman los testimonios: el 64 por ciento de las encuestadas no culminó sus estudios primarios, el 84 por ciento no llegó al nivel secundario y sólo el 3 por ciento terminó sus estudios terciarios.[1]

Otro de los testimonios fue el de la hermana de María Eva, docente y exdirectora del Avanza. Entre sus palabras se colaron las lágrimas, mientras contaba que al principio, pensó en la posibilidad de pedir que la transfieran para evitar la situación. Admite que “le daba vergüenza tener vergüenza”. Cuenta las repetidas veces que entró a la sala de profesores y las estruendosas risas se silenciaron abruptamente, los comentarios por lo bajo, las miradas de reojo. Sin embargo, hoy se la ve segura, feliz de haber decidido acompañar a su hermana

Sobre la realización, Viviana Becker, una de las directoras, cuenta que “Lo hicimos con recursos propios, hace muy poco nos entregaron un subsidio con lo cual vamos a remediar parte de lo que fue gastado. Con pocos recursos económicos y de instrumentación, como no tener un trípode, un micrófono y a veces en mi caso particular una computadora acorde. Pero queremos que esas condiciones estén reflejadas en el documental porque es un trabajo político y que quiere mostrar que cualquiera de nosotras lo puede hacer y en cualquier plano”.

La historia de María Eva,  formadora de formadores, es también la historia sobre cómo encontrar una grieta e ir abriéndose espacio al interior de ella. Quizás se trate de eso, de saber reconocer los intersticios propios de cada sistema o institución y hacerlos propios, transformarlos, resignificarlos para que se amplíen y desestabilicen el orden instaurado. Todxs somos trans. Todxs somos transformadorxs.



[1] Berkins, Lohana (comp.) “Cumbia, Copeteo y Lágrimas.” Informe Nacional sobre la situación de las travetis, transexuales y transgéneros. ALITT. 2007

Entre la calle y la ley

A un año de la sanción y reglamentación de la Ley de Identidad de Género, un recorrido por su impacto en la vida cotidiana de las personas trans. El mayor desafío: la inserción laboral y el reconocimiento de la diversidad por el resto de la sociedad.

Tener un nombre es un derecho más que primario de todo ser humano, un modo de reconocerse y obtener reconocimiento. Cuando a una persona se la llama por un nombre que no coincide con su identidad de género, se vulneran sus derechos. La ley viene a subsanar esa violación. Pero, ¿qué hay detrás de un nombre? En su artículo segundo define:

“Se entiende por identidad de género a la vivencia interna e individual del género tal como cada persona la siente, la cual puede corresponder o no con el sexo asignado al momento del nacimiento, incluyendo la vivencia personal del cuerpo. Esto puede involucrar la modificación de la apariencia o la función corporal a través de medios farmacológicos, quirúrgicos o de otra índole, siempre que ello sea libremente escogido. También incluye otras expresiones de género, como la vestimenta, el modo de hablar y los modales.”

Las identidades trans desordenan la pretendida homogeneidad de concordancia entre sexo, género y orientación sexual. Evidencian el carácter construido y cultural del género al tiempo que introducen la crítica al sistema binario hombre – mujer que excluye, por estructura, al diferente.

“Esta ley nos hace sentir orgullosas; significa que hay un estado que por lo menos nos reconoce y no nos expulsa”, dice Carla Morales desde la barra de Casa Brandon, en donde trabaja. Sabe que el proceso será largo y que las nuevas generaciones serán las beneficiadas, en primer lugar, porque las familias sentirán que no están solas y les será más posible acompañar a sus hijas e hijos trans. “Así, con contención, podremos seguir estudiando, acceder a un trabajo digno y a una vida social más plena”, agrega entusiasmada. Con las mismas ganas, porque “dar de comer tiene que ver la energía”, acaba de pasar fuentes de papas fritas y ensaladas para atender al grupo que eligió el lugar para recibir el fin de semana. Ese es su trabajo y es también su lugar de militancia, su modo de ejercer, de “ir a los hechos, no solo de decir que se puede, sino también, hacerlo”. Sabe que ella tiene una oportunidad negada para la mayor parte de sus compañeras y está decidida a no desaprovecharla.

El problema es qué sucede mientras ese largo proceso del que habla Carla culmine. Aunque el verdadero problema, es qué pasa con las vidas de todas las personas trans que quizás no lleguen a ver ese proceso cerrar. La comunidad travesti, transexual y transgénero de nuestro país se encuentra entre una de las poblaciones más vulneradas históricamente. La realidad de este colectivo está atravesada por un contexto de persecución, exclusión y marginación. Las personas trans no gozan de igualdad de oportunidades y de trato en ningún ámbito de la vida social e institucional; la mayoría de ellas vive en extrema pobreza, privadas de derechos económicos, políticos, sociales y culturales. A pesar de las condiciones en las cuales desarrolla sus vidas, el colectivo trans ha dado muestras de perseverancia y a través de su intervención en la política ha producido cambios significativos, aportando nuevos conceptos, experiencias y marcos jurídicos, construyendo políticas sociales y comunitarias, generando antecedentes importantísimos en la justicia. Hoy, finalmente el Estado reconoce a esta porción de la población y comienza a generar políticas públicas dirigidas a esta comunidad. Sin embargo, debe también desarticular los mecanismos institucionales de discriminación que operan contra las personas trans y que han legitimado mecanismos socio-culturales de fobia por estigmatización, criminalización y patologización

Soledad Cutuli es antropóloga y escribe su tesis sobre las formas de organización de las travestis de Buenos Aires. “Siempre se las aborda de una manera exotizante, pero ellas son madres, militantes, hermanas, vecinas, tías, y también, si querés, prostitutas, y un montón de cosas más que componen sus vidas y suelen estar solapadas”, dice y añade que entre todo lo que hacen, está por ejemplo, el haber demandado esta ley. La inserción laboral, si bien no es imposible, sí es muy difícil. La exclusión del trabajo formal supone, por añadidura, la falta de acceso a vivienda, crédito, y, sobre todo, obra social. Al decir de Cutuli, “ellas son perspicaces y siempre encuentran alternativas” a la trama de marginalidad a las que se las somete, que implica una expectativa de vida tan baja, que las que llegan a viejas “tienen el aura de sobrevivientes”.

“Ahora cuando me miro al espejo, me reconozco, me digo, ahí estoy, soy Gabriela”. Todavía se emociona cuando lo cuenta, es que hace apenas dos años se animó a asumir su identidad y, a los cuarenta y dos, enfrentó, en el edificio en el que trabaja como encargada, la mirada y el prejuicio del vecindario. Se siente una leona, una mujer maravilla, por haberse jugado por lo que es. La emoción se respira en cada letra, la intensidad de la experiencia traspasa la palabra en la que se materializa. “Cuando voy al almacén y me preguntan: señora, ¿qué va a llevar?, me reafirmo y enorgullezco de mi transformación”. Claro que el proceso no fue fácil y aún sufre las consecuencias. Hoy su sueldo está reducido en casi un 50%; la administración, por presiones de algunos integrantes del consorcio le quitó las horas extras. “Se resisten porque les da miedo y atacan para defenderse de lo que no conocen”, dice Gabriela, después de haber tenido que denunciar el caso por discriminación, amenazas e insultos.

Nombre, identidad, aspecto, acceso, trabajo, una red de posibilidades que, por presencia o por ausencia, marcan tantas vidas; en el caso de las personas trans, un número no cuantificado. A pesar de la ausencia de datos oficiales, a partir de “Cumbia, copeteo y lágrimas. Informe nacional sobre la situación de las travestis, transexuales y transgéneros” de Lohana Berkins y la encuesta piloto realizada por el INDEC y el INADI en La Matanza el año pasado, se conoce que el 80% de las personas trans ejercen la prostitución, más del 80% no culminó sus estudios secundarios, el 34% vive con VIH/SIDA y la esperanza de vida es de 35 años.

La ley de identidad de género da existencia a las personas trans e instala la necesidad de ir más allá. Tener un documento con el nombre propio es un primer y enorme paso. Para Soledad Cutuli, salud, educación y más políticas públicas que regulen el cotidiano es lo que debe venir. Gabriela Toledo cree que a la sociedad le falta delicadeza en el trato y sabe que mientras llegue el cambio cultural que ratifique la ley, ella debe seguir viviendo y que falta mucho por cambiar. Carla Morales tiene vínculos con varias organizaciones y partidos políticos, pero se define como inorgánica en su militancia, porque considera que lo mejor que puede hacer es llevar y traer de un lado al otro, decir lo propio a los demás, no limitarse bajo una sola bandera, sino “aprender de la otredad”. Cutuli da un paso más y declara: “ojalá mis hijos tengan compañeras y compañeros trans en el colegio, eso enriquecería el aula”.

Cutuli, Morales y Toledo coinciden en el papel fundamental de los medios de comunicación para lograr el reconocimiento y la aceptación de la sociedad, sin estigmas, en la integralidad de toda persona. Para ponerse a tono con una lucha que avanza a pasos implacables. Y muestra de ello son, por ejemplo, la Escuela Cooperativa Textil de Trabajo Nadia Echazú, creada en 2007 por y para personas trans, con el fin de generar un espacio laboral alternativo a la prostitución. La cooperativa, cuyo nombre recuerda a la activista por los derechos de travestis y transexuales fallecida en 2004, fue un acto de militancia viabilizado por la lucha sostenida de su presidenta, Lohana Berkins. Por otra parte, el año pasado comenzó a funcionar el Bachillerato Popular Mocha Celis, que se presenta como “un proyecto educativo dirigido, sin ser exclusivo, a travestis y transexuales, con el objetivo de conseguir mejores condiciones y oportunidades laborales que reviertan la situación de prostitución y promuevan la organización en torno a cooperativas de trabajo autogestionado”. En este caso, el nombre se lo debe a la militante trans que, sin saber leer ni escribir, murió víctima de violencia de género policial. El Canal Encuentro produjo en el 2011 un ciclo de cine sobre diversidad sexual; conducido por Marlene Wayar, analizó la violencia, los crímenes por odio, las fobias y también la necesidad del respeto a las diferentes identidades. Wayar es también la directora de El Teje, la primera revista en América Latina producida desde una identidad travesti. También hace dos años se estrenó la película “Mía”, ópera prima de Javier Van de Couter. Cuenta varias historias que se encuentran alrededor de una chica trans que vive en la “Aldea Rosa” del cirujeo y la prostitución mientras sueña con la moda, un hogar y la maternidad. Al director, consciente de que para muchas de las chicas que participaron del elenco, la plata que cobraron fue su primer sueldo por un trabajo digno, no le preocupa si su filme se destaca más por su costado militante que artístico. Emprendimientos de economía social, proyectos de educación popular y producciones culturales; las distintas facetas de un movimiento plural que viene pujando desde hace décadas por una democracia real, que lucha no solo por derechos sexuales, sino también por derechos sociales y de ciudadanía.

Trabajo digno, ya a esta altura, resuena como reclamo, como necesidad, como derecho. Como la base de la que partir para poder despegar, para constituirse con plenitud, para alcanzar la integralidad inherente a toda persona. Al igual que entre las mujeres, entre las personas trans se reproduce la discusión acerca de la prostitución: reglamentar o abolir. Gabriela Toledo no pasó por ese lugar, cuando asumió su identidad tenía un trabajo y desde allí da pelea, para vivir su vida, dice. Carla Morales antes de trabajar en Brandon, tuvo una parrilla y diferentes trabajos, entre ellos en la cooperativa Nadia Echazú. Cree que el trabajo dignifica y entiende que si la prostitución es un trabajo, debe ser fiscalizado, mientras no se pueda sacar a quienes están en la calle, como prostitutas, clowns, gente que hace venta ambulante. Morales afirma que toda persona debe tener derecho a elegir su camino y poder hacer un aporte a una obra social y llamar para pedir un turno como cualquiera que trabaja. Lohana Berkins, desde su conocida postura abolicionista, no se cansa de repetir que no conoce a nadie que mande a sus hijos a hacer cursos de especialización en prostitución. Si hay un reclamo consensuado entre todos los sectores es que lo que deben eliminarse sin más son las causas que provocan que la prostitución sea el único medio de subsistencia para tantas. Para Cutuli, la categoría trabajo digno tiene potencialidad estratégica, retórica, para conseguir resultados para la vida de todos los días, cuyos matices exceden el reclamo llevado al Estado. “Imaginate decirle a una trava: vos no sos digna porque no tenés un trabajo digno, inmediatamente te va a dar mil argumentos por los cuales se considera absolutamente digna. Hay, por eso, dos planos, el de lo político y el de lo cotidiano, creo que se van a producir modificaciones en forma progresiva que hagan surgir otras formas de ser travesti sin pasar por la prostitución”. Para muchas de ellas, trabajar y salir a prostituirse son la misma cosa. Soledad Cutuli cuestiona: ¿cómo no llamar trabajo a la principal fuente de ingresos?

Una pregunta surge insoslayable; ¿quién es el cliente de las travestis? ¿Quién consume esos cuerpos? Si el consumidor de sexo heterosexual está invisibilizado por una trama social que lo protege, el de sexo trans pareciera no existir. Ningún hombre admite su práctica. La hipocresía de la sociedad se manifiesta al extremo. Berkins, en declaraciones al momento de la media sanción de la ley, enfatizó la problemática de la violencia, dado que entiende que a mayor avance le corresponde una mayor resistencia, que puede devenir en travestofobia. Se rebela a estar confinada en el mundo prostibulario y considera que la verdadera transformación se dará cuando a ellas las lleven por la vida reconociéndolas como pareja. Por eso Carla Morales, además de diseño textil en la UBA, estudia las relaciones afectivas de las chicas trans y la forma en que el varón que gusta de ellas, asume su lugar. Plantea la necesidad de que ese chico pueda hablar y decir: “Mamá, no te presento una novia mujer biológica, te presento una novia trans”. Para ella, se impone empezar a hablar de la salida del closet de estos varones, porque la represión se vuelve violencia y se llega, en muchos casos, al crimen de odio.

“Hace un tiempo atrás comencé un viaje hacia mi adentro, un trabajo de auto aceptación, donde el aprendizaje es aún constante y una de las tantas riquezas alcanzadas es la paz conmigo misma, una paz que excede todo conocimiento”; así comenzaba la carta que Gabriela Toledo envió a cada unidad del edificio en el que trabaja, el día antes de abrir la puerta como Gabriela. Líneas que se entrelazan con el reclamo de Carla Morales de ser escuchadas con voz propia y de reconocer y aprender del diferente, de todo otro y otra. Sobre su trabajo con el grupo de la cooperativa Nadia Echazú, Soledad Cutuli declara, contundente: “No se me ocurriría nunca darles consejos, yo aprendo de ellas e intento aportar a la academia sus saberes”.

Ese conocimiento que dice que el disfraz es no mostrarse como lo que se es, que apela a la aceptación, a la posibilidad de mostrar todo un abanico de capacidades que van mucho más allá de una esquina o una peluquería, a permanecer en la educación formal y acceder a los servicios plenos de salud, a no ser invisibilizadas tras una máscara de necesaria femineidad, a ser y a devenir. A un año de la sanción y reglamentación de la Ley de Identidad de Género, los estigmas sociales sobre el travestismo en nuestro país siguen atravesados por la violencia física, la represión policial y los insultos discriminatorios, reforzando los estereotipos negativos en identidades trans. Violencia física relacionada a la represión policial, las dificultades en el acceso a la justicia y las barreras para ingresar al mercado laboral formal dan cuenta que todavía en Argentina existe una marca de la violencia física y simbólica que vulnera a las personas trans en sus derechos económicos, culturales y sociales; en sus derechos humanos, en su derecho a ser y existir.

trans

“A medio camino entre dos mundos”

En un intento por explicar parcialmente la sociedad chilena, entrevistamos a la aspirante a diputada Valentina Verbal. Militante por derechos de identidad, comparte su partido con el Presidente Piñera, trans, y con pasado en el Opus Dei. Imposible de encasillar, simplemente es.

Las posibilidades de explicar de forma acabada una sociedad son escasas y la actitud de intentarlo, por lo menos pretenciosa. En la inmensidad del entramado social chileno, encontramos un personaje político altamente complejo que nos ayudará a acercarnos a entender la sociedad trasandina. Valentina Verbal es Historiadora y pre-candidata a diputada por Renovación Nacional, partido que comparte con el actual presidente de la República Sebastian Piñera y Carlos Larraín, senador que  puede llegar a comparar en una entrevista la homosexualidad con la pedofilia y la zoofilia. En su juventud profesó su religión en el Opus Dei durante siete años. Ahora, se encuentra en plena lucha con el organismo regulador electoral Servel por aparecer en la boleta de las próximas elecciones con su nombre social. Es que Valentina, además y más allá de todo, es trans y una ferviente militante por la identidad de género y la igualdad de derechos.

-Las disputas en el Servel por aceptar tu nombre en las papeletas electorales, ¿está vinculado con cierto machismo de la política chilena?

-Chile está transitando, un poco más lento que Argentina, hacia una sociedad más abierta con la diversidad. Está transitando, pero está costando. Un avance que tuvimos fue la ley antidiscriminación que incluye las categorías identidad de genero y orientación sexual. Mientras se tramita la ley específica de identidad de género, para regular el cambio registral en los documentos de identidad, la ley antidiscriminación por lo menos garantiza el respeto de los derechos fundamentales de las personas trans, especialmente de parte de los organismos estatales. En gran medida eso pasa por respetar el nombre social y de género de la persona ante la comunidad.

Pensé que no iba a haber mayores problemas ante el Servel porque en el fondo no se trata de cambiar mi registro –eso lo estoy haciendo por la vía judicial, en concordancia con el registro civil, que es cómo se hace aquí en Chile-, yo quiero aparecer en la papeleta con mi nombre social porque ese es un documento que se presenta ante la comunidad, o sea es el trato que te está dando un organismo público hacia la comunidad. En este caso el Servel no me está respetando mi identidad de género.

Esto revela machismo, pero también otras cosas. Revela ignorancia, desconocimiento de la diversidad en general y de la diversidad sexual en particular. Revela ignorancia de conceptos, como orientación sexual e identidad de género, y también ignorancia de la misma ley antidiscriminación. Lo más grave es que esta ley – ley 20.609-, obliga especialmente a los organismos públicos a hacer medidas preventivas y políticas públicas contra la discriminación. Y el Servel no tiene nada al respecto.

-¿Cómo te definís en cuanto a tu sexualidad?

-Es complejo. Siempre se discute en los movimiento de diversidad sexual si corresponde o no categorizarse, porque eso supone anclarse a un determinado tipo de persona, y las identidades siempre son dinámicas y variables.

Creo que es bueno categorizarse en el sentido de que al hacerlo con una identidad que no es normativa, o sea que es minoritaria y considerada como inferior por la sociedad machista hegemónica, también implica visibilizar identidades que deben ser conocidas. Y al hacerlo, normalizar en el buen sentido de la palabra, no normalizar para adecuarse a la hegemonización que se propone desde una elite conservadora, sino normalizar en el sentido de decir que son identidades minoritarias, distintas, pero no son anormales, no son patologías ni enfermedades. Hay que categorizarse políticamente y me defino como una mujer trans, también como transexual o transgénera, no me importa mucho la distinción entre estos dos últimos conceptos, porque lo relevante no es si la persona está operada o no. Sino más que nada si tiene una identidad de género, normativa o no.

No creo en el paradigma psiquiátrico. Ese que entiende que se trata de una persona que nació en un cuerpo equivocado, entonces hay que adecuar el cuerpo a la mente, como si ser trans fuese una patología o un trastorno mental. En cambio en el paradigma de la diversidad, cada uno puede determinar su identidad, en este caso sexual. Por lo que resulta que la persona nació en una sociedad equivocada.

-¿Creés que debe aparecer el sexo en el Documento Nacional de Identidad?

-Veo que es bienintencionada la teoría contrasexual de eliminar las marcas de género de los documentos, y no solo de los de identidad, pero resulta un poco utópica todavía de llevar a la práctica. Creo que es irreal. Soy una persona que trato de combinar los principios –lo que creo que es bueno hacer- con el pragmatismo. Sin transar en los principios, pero sabiendo que las cosas se van logrando de a poco, de manera gradual. No se puede llegar al piso 20 sin pasar por el resto de los pisos. No se puede romper con paradigmas legales superestructurales de nuestra sociedad de la noche a la mañana.

Hay muchas instituciones que antes deberían ser deconstruidas para que esto fuese posible. Por ejemplo, en Chile, antes de llegar a eso, primero hay que llegar al matrimonio igualitario.

-¿Qué diferencias hay en el trato cotidiano a trans en Santiago y en las Regiones de Chile?

-Las Regiones, lo que es el Interior para Argentina, tienen una vida cotidiana más conservadora, pero Chile es un país unitario, las leyes rigen para todo el Estado de norte a sur. Pero también unitario culturalmente. Es bastante homogéneo, lo que lo hace ser bastante centralista. Si bien las Regiones tienen medios de comunicación locales, lo que prima son las noticias nacionales. Esto hace que no haya grandes diferencias dentro de Chile. Si bien en las Regiones es mas lento el proceso de cambio cultural, mi impresión es que cada vez hay más apertura. Siempre en relación con lo que va ocurriendo en el centro, en Santiago. No son dos Chiles, aunque uno avance un poco más rápido, se mantienen muy pegados.

  

-Para salir del trabajo sexual, ¿qué posibilidades laborales le da la sociedad chilena a personas trans?

-En Chile lamentablemente es muy deficiente el acceso laboral de las personas trans, pero la calle ya no es la única alternativa. Las personas trans se la pueden rebuscar. Aunque tengan estudios universitarios, no consiguen empleo de su profesión, pero trabajan en comercios o sandwicherias por ejemplo. Cuando su identidad no corresponde con la de su documento, se les rechaza el empleo. Los tribunales conceden el cambio de nombre en un tramite de unos seis a ocho meses, pero no el cambio de sexo de no haber operación genital. Hay un vacío legal que deja a la interpretación del juez la posibilidad de casos excepcionales. Se trata de una cirugía de muchísimo dinero, lo que podría costar un auto nuevo.Hay una mentalidad muy legalista en Chile: todo es lo que está en el carnet. Hay trans que no quieren operarse, pero quieren cambiar de sexo registral. No está visibilizada la realidad laboral trans, no hay estudios serios al respecto, las pocas encuestas que hay revelan una precarización general de los empleos.

-¿Cómo se recibe a las personas trans en los ámbitos educativos?

-Las chicas que son mayores, que ya son de tercera edad, que se dedicaron toda su vida al comercio sexual, aparte de ser discriminadas por ser trans, eran personas tuvieron que desertar tempranamente de la escolaridad, incluso de la primaria. Hoy por hoy, en general, si bien hay discriminación, y hay bulling, hacia las personas con diversidad sexual por mostrar una expresión de género no normativa, están terminando la educación secundaria. Muchas universidades están aceptando personas trans y son tratadas respetando su identidad de género.

-¿Los límites en cuanto a la identidad de genero en Chile son sociales o políticos?

-Sin dudas hay un mayor avance social que político, aunque en lo social falta mucho todavía. Lo que sí es claro es que en países como Chile, y en Hispanoamérica en general, los cambios sociales se producen mucho a partir de cambios políticos. Los cambios culturales van con mayor fuerza cuando hay cambios legales. La mentalidad de avance en la sociedad tiene que estar indicada por la legalidad, y esa forma de pensar es una cuestión cultural histórica. No hay parlamentarios que se declaren gay, y eso a mi me motiva mucho para ser candidata por la necesidad de la representación de la diversidad que tiene que haber en el parlamento.

-¿Cuál es el peso de la voz de la Iglesia?

-La iglesia cada vez influye menos en Chile, bastante poco en el ultimo tiempo. Hay parlamentarios conservadores porque tienen una raigambre muy religiosa. Pero son ellos quienes toman las decisiones, no podría acusarlos de hacerlo en términos religiosos. La voz de la Iglesia no tiene peso ya, la sociedad chilena ha avanzado hacia el laicismo. La Iglesia puede expresarse, pero no es la que conduce la voz de la sociedad en su conjunto.

-¿Qué te quedó de tu paso por el Opus Dei?

-Participé siete años, pero como hombre. No todas las cosas son blanco y negro, hay sentimientos encontrados. Nunca viví nada raro en términos sexuales, nunca viví agresiones sexuales de los sacerdotes, aunque conviví con muchos de ellos durante mucho tiempo. Entonces también es importante decirlo, porque no todos cometen esos abusos. Y también otra cosa que siempre he dicho: yo no era una persona particularmente conservadora, como tampoco mi familia, no éramos tradicionalistas, pero si tradicional en lo social más que en lo religioso. ¿Por qué fui al Opus Dei? Porque me invitaron, me gustó la espiritualidad, de buscar a Dios en medio del mundo, poder encontrar la Santidad por medio del trabajo ordinario. Pero también, prontamente cuando elegí un camino sexual diferente, empezó a chocar esa realidad del Opus Dei, que es una institución muy conservadora, muy homogeneizante, es exageradamente juzgadora en lo sexual, donde prácticamente uno tiene que confesar sobre su vida sexual, hasta cuántas veces se masturbaba. Y es muy cerrada sobre los cambios sociales, conservadora sobre la identidad sexual: se opuso a la Ley de Divorcio en 1995. Así es cómo se tienen sentimientos encontrados: yo la pasé muy mal un momento, pero también viví una experiencia espiritual muy profunda, en la relación con los demás.

-¿Cómo juzgás, siendo historiadora, el rol del Opus Dei en la última dictadura?

-Como historiadora tendría que haber leído o haber hecho una investigación. Pero no lo he hecho. No creo que haya tenido un rol preponderante, aunque sus líderes hayan adherido a la dictadura. Aunque no tuvo un rol activo porque no era muy conocida, ya que durante largas décadas fue un grupo reducido, hasta los 80’. Arrancaron fuertemente cuando la dictadura estaba terminándose. Siendo rigurosos no podría hablar de una influencia grande.

 

-En 2009 decías que “Renovación Nacional y la política en general, no estaba preparada para alguien como yo”, ¿ahora sí?

Efectivamente, creo que desde el 2009 la sociedad chilena ha cambiado un montón en relación a cuestiones culturales y a identidad de género en general, especialmente cuando el año pasado mataron a Daniel Samudio[i], que hizo despertar a la sociedad de su siesta, de su sueño, en la que creíamos que éramos muy modernos y muy abiertos. Creo que ya no es algo terrible asumir la identidad sexual públicamente. Pero todavía son casos muy escasos. Ya no creo que haya drama por tener una candidatura LGBTI y participar de las elecciones, aunque falta mucho para hacer, hemos avanzado mucho.

-¿Te asumís como referente de tu partido político o de los movimientos por la diversidad sexual?

-Es que estoy a medio camino entre los dos mundos. Yo como hombre fui militante de Renovación Nacional durante 30 años, pero me alejé cuando asumí mi identidad como Valentina, y ahí al poco tiempo me metí en el activismo por la diversidad sexual. Allí ya me hice más conocida en Chile públicamente y terminé como candidata. Siempre me asumí como de centro-derecha en lo político y económico, pero todavía estoy a medio camino, porque los medios me siguen viendo como una persona que viene de la sociedad civil, relacionada con estos movimientos, que llegó al Partido para buscar un espacio; pero todavía no tengo una consolidación de mi situación dentro del partido. Hoy en día cuando me hacen una entrevista el 90% de los medios me preguntan sobre la identidad sexual y el restante 10% recién sobre política, que es mi espacio. Por eso estoy a medio camino. No por ser trans voy como candidata.


[i]Wikipedia nos dice que: Daniel Mauricio Zamudio Vera (Santiago, 3 de agosto de 1987 – Santiago, 27 de marzo de 2012) fue un joven chileno, convertido en símbolo contra la violencia homofóbica en su país, después de ser atacado y torturado en el Parque San Borja de Santiago por un grupo de jóvenes, quienes, tras varias horas de golpiza, le provocaron heridas que terminaron semanas después con su vida. El ataque contra Daniel, perpetrado el 2 de marzo de 2012 por cuatro personas vinculadas presuntamente a una pandilla de tendencias neonazis, causó conmoción en la sociedad chilena y levantó el debate respecto a la homofobia en el país y la falta de una ley antidiscriminación relacionada con este tipo de crímenes.

 

 

Un imaginario que los acaricie

Elian trabaja en el Ministerio de Trabajo desde hace dos meses, y está feliz. Justo él, que pasó las mil y una, personal y laboralmente, hoy es parte del Estado. “Y de este Estado”, enfatiza, en sintonía y simpatía con una serie de políticas que él, por estar dentro, conoce, y por ser trans, reconoce.

Aunque siquiera él sabe muy bien cómo entro al área de Empleo del gobierno. Sí que tuvieron que ver sus visitas al INADI y al propio Ministerio, donde presentó su abultado currículum y reclamó por intermediaciones con distintos laburos donde “en un momento, no pasaba la entrevista”.

¿Por qué?

La comunidad trans es amplia y diversa. “Un abanico” define Elian, donde no sabe ubicarse bien. “Chabón trans, puto” arriesga, sin ganas de etiquetarse. Pero asume la masculinidad trans para plantarse contra la “invisibilización” que se hace de esa porción del movimiento, tanto dentro como fuera: “Nadie se acuerda quiénes somos, dónde estamos. No es solo la problemática en el mundo laboral. Las feminidades trans no nos incluyen dentro de su discurso”.

Elian saca a relucir algunas deudas pendientes. Como activista y parte del grupo LGBT vivió desde adentro las discusiones sobre la ley de identidad de género. Y conoce muy bien la mecánica de trabajo dentro de la comunidad, y las jerarquizaciones que se fueron formando. “Se cree que los chicos trans son de clase media, tienen cierta posición social y la contraponen a la situación de los travestis como las verdaderas marginadas” explica.

Elian viene de una familia de clase media y terminó su secundario en el Nacional Buenos Aires. No por eso, siente, dice, su vida ha sido menos difícil que para otros y otras. En todo caso, nadie sabe.

“En el caso de las trabas lo que hay son números. Hay estudios. Hay ciertas cosas obvias del día a día, por ejemplo que sabemos que se prostituyen. Pero a la hora de trazar políticas concretas ¿qué necesitas? Ese tipo de datos. Nosotros no tenemos”.

Fotos: NosDigital

Desde que comenzó a hormonarse, Elian dice que “quedó en pelotas”. No tiene contacto con su familia. Estuvo en la calle, desocupado, haciendo changas, puso una “parritrans” en Barracas, se fue, y hasta hace unos meses trabajaba en una casa de ropa donde le pagaban mil pesos por mes. “Se aprovechaban que el trans no tiene otra cosa, está desesperado. Por convenio debería haber ganado 4 mil o 5 mil pesos por mes”, cuenta.

La decisión entre ser y parecer fue para él un conflicto profundo. “Hay una lucha política muy fuerte de decir “mi cuerpo es como es” y que no necesito transformar mi cuerpo para parecer”. Elian lo ejemplifica en una conversación que mantuvo estos días en la oficina: “Una chica que decía: me encantaría no depilarme pero ¿sabes qué pasa? Después soy yo la que se tiene que bancar que me digan las cosas o me bardeen”.

Elian: “Hay un momento en que estaba hormonando que era como un intermedio. Era un eterno “¿qué es esto?”. Y eso era lo que escuchaba cada dos pasos. “¿Que es esto, boludo, es una mina o es un tipo?” Yo estaba al lado, ¿entendes? Es muy fuerte. Y hay veces que vos estas viajando a tu casa, en el colectivo, estás estudiando y tenés que hacer otra cosa… digo, no estás militando. Te pasa por portación de cuerpo”.

Otra escena: “Cuando me vinieron a censar en 2010 me preguntaron -yo llevaba poco tiempo hormonando-. ¿Género? Masculino. ¿Como masculino? Sí, masculino, soy trans. El tipo no entendía, puso uno masculino y el otro femenino”.
Elian tiene un discurso elaborado. No cuenta esto para “dar testimonio” sino para encarar el análisis de cómo los chicos trans “no estamos en el imaginario social”. Y que eso pesa a la hora de trazar políticas.
De inclusión, laborales y cualquiera sea.

La ley de identidad de género salda varias deudas pendientes en este sentido. “Está a la vanguardia en el mundo”, opina Elian. “No patologiza, es muy completa, sobre todo la parte de salud, es inédita”. Otro paso que señala como positivo es el acceso al DNI. Laboralmente, a la hora de enfrentarse a una entrevista, el DNI funciona como un respaldo que refleja la portación del cuerpo. “El género es un conjunto de cosas: el DNI, la cara, la hormonización, la ropa… Si eso no se notaba en la entrevista, a lo sumo podían decir “que raro este tipo, medio puto”. Con el DNI pasan los que tiene un proceso de hormonización…”.

¿Cómo lo viviste vos? “Yo vengo de una familia de clase media, tengo una buena secundaria, un buen currículum pero en un momento no pasaba la entrevista. Vos podes plantarte todo lo que quieras pero… ponele que no sea tan fuerte la discriminación, sigue actuando la patologización: “pero no sé qué pasara, si está enfermo, si influirá”. Ahora, hay gente que no pasa, si no está hormonada no pasa. O minas trans que no tienen tanta facilidad para aparentar la cara. Esa es una violencia que sigue operando. Hay otra parte que tiene que ver con un cambio social profundo. Estamos en ese periodo de transición”.

Para Elian el Estado ve más adelante que el imaginario social: “Hay un Estado que se está haciendo cargo, que está saldando deudas históricas, que está tomando políticas que son inéditas. A la vez, eso parece que esto está más a la vanguardia que la sociedad”.

Por ejemplo: “El Ministerio está laburando mucho. Se abrió una línea de inclusión laboral de la Secretaría de empleo. No te ubica laboralmente, lo que hace es apoyarte. Especialmente para la población trans lo que hace es firmar convenios con determinadas organizaciones o localidades y trata de mediar entre las oficinas de empleo y las oficinas de contratación. A la vez que está brindando cursos de capacitación a las personas que atienden: si te atiende un boludo la medida estatal no sirve para nada”.

Gracias a estas articulaciones, a su buen currículum y a sus visitas -presiones al INADI, hoy Elian trabaja en la Dirección de empleo independiente y entramado productivo, un área de apoyo dentro del Ministerio de Trabajo. “Fue una sorpresa para mí; yo estaba entre no conseguir laburo y laburos que me estaban recontra cagando”, sintetiza. “Después de eso, volver a laburar me alivia mucho, te devuelve a una situación de equilibrio económico y emocional”.

Si la charla viró hacia un sentido más teórico que práctico – la visibilización de las masculinidad trans- es porque Elian no abandona jamás su tarea de activista y militante de la comunidad, de su identidad, porque sabe que más allá de las políticas estatales lo que va configurando un imaginario que lxs acaricie depende de charlas como estas. Y de eso depende todo, incluso las leyes, incluso el trabajo.

Despedida por travesti

María Laura Alemán es cantautora y compositora clásica y popular. Se gana la vida con clases particulares y dirige un coro. Hace un año que la echaron del colegio donde trabajaba por elegir cambiar de género. Allí era el profesor de música Eduardo, hasta que la fotografiaron travestida en una farmacia. Desde entonces, comenzó un raid de extorsiones que culminó en su despido y que demuestra la marginación social y laboral a la que son sometidas y empujan a las personas trans. Esta es la primera entrega de una serie de historias que aborda la problemática en primera persona.

A María Laura la echaron por travesti. La echaron de la escuela y del coro que dirigía, y la despojaron también del lugar que construyó durante cuarenta años: un lugar de prestigio en la música, como profesora y compositora. La echaron porque “la vieron”, me dice, y quiere decir que la vieron travestida, como María Laura y no como Eduardo, que era quien iba a la escuela. Hasta eso, María Laura, cuidaba: respetaba y defendía su fuente laboral con la mentira de seguir siendo hombre. Pero desde el 2009 que le había puesto nombre e imagen a esa necesidad y ese placer de verse mujer, el resto de su vida. Y eso, cueste lo que cueste, no iba a cambiar más.

Le cuesta a María Laura sostenerse al margen del laburo formal al que estuvo siempre acostumbrada. Le cuesta porque tiene 3 hijos, porque perdió el cariño de sus alumnos y porque sobrevive en ella la injusticia del despido. El desconcierto. La nueva vida.

En esa incomodidad sobrevive –como siempre- gracias a su talento musical: a su labor como compositora y al caudal de alumnos que atrajo a clases particulares de canto y piano. Esta es su otra identidad: María Laura es música. Y entre la decisión de dejar la carrera de ingeniería naval, a tan sólo un año de recibirse, para dedicarse de lleno a su pasión, y su cambio de género subyace la misma razón: “Todo el proceso por el cual yo descubrí que mi vida era la música no es muy diferente al de la transexualidad. Me costó lo mismo abandonar la carrera formal y dedicarme a una actividad ya de por sí mas marginal, y pretender con eso tener una vivienda, mantener una familia, desarrollarme como persona, cuando todas las garantías te las da un titulo. Lo mismo pasa cuando todas las garantías te la da ser hombre, vivir acomodado en un entorno…”.

Tener un trabajo.

Una anécdota condensa la intensidad de esa decisión que implica no sólo un cambio de planes, sino sacarse de encima una serie de estereotipos, prejuicios y valores que nos condicionan: “En arquitectura naval tenía una pila así de trabajos prácticos, ya hechos, pero no los iba a presentar; me llamaba el profesor a casa y me decía que se los llevara para firmar, pero yo no iba. Fue difícil, me acuerdo que no dormía…”.

Fotos: NosDigital
Corría el 84, María Laura todavía era Eduardo Alemán y empezaba a decidir los destinos de su vida. El abandono de la carrera que cursó durante 10 años para dedicarse a la música coincidía, casualmente o no, con su primer matrimonio: “Es un momento donde vos mirás un poco más para adelante, ¿no? Te involucrás en un proyecto a largo plazo y de vida y te aparecen las otras cuestiones. La de la transexualidad ni apareció ahí, no como cuestión a plantearme, porque aparecer aparecía pero no tenía ni idea qué era”.

Una sensación. Una necesidad. Un deseo. Una identidad viviendo adentro de otra, o siendo la misma, transformada. Una inquietud existencial que siguió a María Laura desde la juventud hasta el 2002, año en que un médico sexólogo puso título a sus “ganas de verse mujer”: transexualidad.

Se resistió hasta 2009, hasta que entendió que no era un problema y podía destapar su deseo manteniendo su curso de vida.

Ya separada, con sus hijos en la otra casa, primero sus vecinos palparon el cambio, el barrio, los pibes que pasaban y le gritaban cosas.

La familia acompañó.

Pero en el colegio católico donde trabajaba, el San Martín de Tours, no lo aceptarían. “Ya había habido ciertas situaciones y, además, yo fui alumna y padre de ese colegio porque mis hijos fueron allí, entonces sabía que no lo iban a tomar bien”.

Eduardo Alemán siguió siendo como siempre el profesor de música y director del coro del colegio.

Hasta que la vieron.

Ganarse ese lugar en el colegio – laboral y profesional, ya que era muy respetado entre sus colegas y muy querido por sus alumnos- admite que le fue “facilísimo”. No le hizo falta ni título docente para meterse en el ámbito de la educación privada y, a partir de su formación autodidáctica, enseñar canto y acompañar a los chicos con la guitarra. “De hecho, a mí me llamaron a trabajar en el colegio, yo nunca fui a buscar trabajo, y gente que me conocía, que sabía cómo me manejaba, empecé con la suplencia, estaban contentos, cada vez más horas, más horas, más horas y al final vivía de eso”.

Con trabajo docente María tuvo y mantuvo tres hijos y una mujer, y compró la casa donde ellas ahora viven. “Yo rechazaba trabajos, constantemente me llegaban y yo estaba bien con lo que tenía”.

A principios del 2010, cuando ya hacía un año que María Laura había cambiado su imagen manteniendo su vestimenta varonil para el colegio, un día fue a la farmacia.

Alguien que estaba por ahí sacando fotos se dio vuelta y la fotografió.

Qué raro.

Desde entonces sobrevinieron una serie de “extorsiones” que condenaban a María por su cambio de sexo. Extorsiones de padres y autoridades del colegio, cadenas de mails circulando como “denuncia” del profesor de música travesti, como agravio, insulto y discriminación.

Le pusieron una persona adentro de cada clase, vigilándola. “No sé que pensarían, que les hacía algo a los chicos”.
Hacían adrede correr el rumor de la bronca de los padres de esos chicos, atemorizándola. “Una vez estaban todos juntos, después de un acto, y yo pasé por el medio para ver si me hacían algo, para enfrentar la situación. No me dijeron nada. “Chau, Eduardo, me saludaron algunos”.

Le armaron un coro paralelo al que ella dirigía en la escuela, a donde migraron muchos de sus coristas –en su mayoría padres- y que empezó a funcionar como estrategia dilatoria del suyo.

Las maniobras intentaban ahogarla antes de las vacaciones de invierno del 2011, como para que renunciara. Finalmente fue la directora quien la llamó y le hizo saber que sabían “que fuera del colegio me vestía como mujer”: “Pensó que yo se lo iba a negar pero le dije que sí, que esa era la elección que había hecho pero sin embargo respetaba mi lugar de trabajo”.

El despido, que se concretó ese invierno, no lleva una causa fundamentada y ya es motivo de acciones judiciales contra el colegio.

Como profesora y compositora, despojada de toda institucionalidad, autogestiona sus clases de música y dirige un coro.
Todavía le busca la vuelta – económica, emocional, laboral- no a su nueva vida como Laura, que ya lleva unos años, sino a la marginación –económica, emocional, laboral- a la que fue empujada desde que la echaron.

Su historia representa una perspectiva personal que ella enfatiza al decir que no sabe si “lo laboral es una problemática” – solo- para la comunidad trans. Para ella sí. Pero, en todo caso, deja en claro que no se trata únicamente de procesos de inclusión, de correr del margen al centro a quienes cambian de género, de la informalidad a la formalidad, a la institucionalización, que no se trata únicamente de ayudar paternalmente a una población evidentemente golpeada: “No se trata de ponerle un uniforme a una persona trans y meterla ocho horas en una oficina. Porque eso tiene que ver con lo mismo que quiere el sistema que nos discrimina. El sistema lo que no te permite es liberar tus sueños, tus deseos y que puedas vivir de lo que te gusta”.

Eso, parece ser, no es solo un problema de los trans, que además tienen otros problemas.

Viene para irse

Le abrimos las puertas, lo recibimos, lo agasajamos, pero sabemos que viene para irse.

Estas son las visitas de Vámonos de Casa:

– Washington Cucurto, escritor y poeta popular, creador de la cooperativa de trabajo editorial Eloisa Cartonera. Sus inicios, cómo le escribía a la chica que le gustaba con verduras cuando trabajaba en un supermercado, la razón de tener que empezar su propio proyecto editorial, los tabús en la literatura y mucho más en esta entrevista.

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-Mauro Navas, ex jugador de fútbol y actual DT: su experiencia en Cuba, la situación del juego en Argentina, los valores, los pibes y la quiebra de clubes. Una miarada distinta que analiza al fútbol de manera integral.

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– Cristian Aldana, cantante y guitarrista de “El otro yo” y socio fundador de UMI: la música independiente y la nueva ley de medios, el proyecto de la Ley Nacional de la Música y la iniciativa de creal el Instituto Nacional de la Música – 30 de septiembre el 2012

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-María del Carmen Verdú,  coordinadora de la CORREPI: gatillo fácil, desaparición forzada en democracia, violencia institucional y policial-23 de septiembre del 2012
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-Disfrutamos de la visita de Marlene Wayar, militante de los derechos transgénero y directora de “El Teje”, primer periódico travesti de Latinoamérica-16 de septiembre del 2012
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-Nos visitaron docentes de la UBA: denunciaron el intento de la universidad de cesantear  a más de 650 trabajadores de la educación- 9 de septiembre del 2012
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-Nos emocionó Nora Cortiñas, cofundadora de Asociación Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora- 2 de septiembre del 2012
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– Miembros de la Sala Alberdi, espacio tomado y en resistencia cultural – 26 de agosto del 2012

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-Pablo Vommaro, historiador e investigador del CONICET, especialista en movimientos sociales – 19 de agosto del 2012
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-Carlos Ponce de León, ex compañero de Santucho en el PRT, preso político durante la dictadura militar (1976-1983)- 12 de agosto de 2012
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-Miembros de Salvemos al Fútbol, familiares de hinchas asesinados – 5 de Agosto del 2012
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-Familia de Carlos Fuentealba, docente asesinado – 29 de Julio del 2012
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-La Alameda – 22 de Julio del 2012
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-Familia de Luciano Arruga – 15 de julio de 2012
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-Juan Manuel Herbella – 18 de abril de 2012
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-Luis Zamora – 11 de abril de 2012
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-Juanky Jurado – 4 de abril de 2012
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-Federico Cabral – 7 de marzo de 2012
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