Vietnamita

Fotorreportaje del día a día de las mujeres en las zonas rurales de la península de Indochina. En lo cotidiano: trabajo con desigualdad de género. 

De los mercados flotantes del delta del Mekong hasta las tierras montañosas de Lao Cai, donde la niebla lo esconde todo, el recorrido serpenteante por Vietnam depara infinidad de realidades bien distintas donde la mujer es protagonista.

Nos escapamos de las grandes ciudades. Los dos centros económicos, Hanoi y Ho Chi Ming City -aquella Saigón survietnamita proyanqui- fueron salteados, suponiendo que allí nos aguardaban otras relaciones de género. Ni más justas ni lo contrario. Solamente otras. Elegimos. Con cada paso se lo hace.

En las zonas rurales, de lo que los argentinos llamamos Interior pero en otros lares así no se entiende, la mujer trabaja en promedio la mitad más que los hombres y aún así está bien alejada de manejar la economía familiar. Para ellas están resguardadas los trabajos en casa y con los chicos, que se sumen a los por entero productivos.

Recién en 2006 la Asamblea Nacional aprobó la Ley de Igualdad de Género. Eso se nota y se hace notar. El arraigo que tiene la preponderancia masculina en el quehacer diario de las comunidades queda en cada mirada y en cada disparo de la cámara.

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¿En qué pensás cuando digo “trabajo”?

La mayor parte de nuestras vidas la pasamos trabajando. ¿Qué dice nuestro trabajo de nosotros? ¿Entre el empleo, el trabajo y la vocación debe haber linealidad o contradicciones? El Grupo de Antropología del Trabajo de la UBA analiza la realidad de los trabajadores en el capitalismo marca siglo XXI.

En un edificio de cinco pisos trabaja Hernán Palermo. Él es, entre otras cosas, antropólogo. No labura en el cuarto ni en el quinto: pasa sus días en el medio, en un entrepiso que se hace pasillo y que entre ventanas y sillones va abriendo puertas, escritorios, computadoras y un sinfín de papeles. Al rato llega Cynthia Rivero, ¿y ella quién es? ¡Otra antropóloga! Se conocen de la facultad y con otros colegas forman el Grupo Antropología del Trabajo de la Universad de Buenos Aires. “La idea es pensar y problematizar, como colectivo, desde la antropología, las cuestiones vinculadas al trabajo y a los trabajadores”, cuentan.

Hernán trabaja en el Conicet, en el Centro de Estudios e Investigaciones Laborales. Cynthia, en cambio, en Canal Encuentro, en el área de los contenidos. Los dos son antropólogos, pero, en sus empleos, hacen cosas muy distintas. Entonces, ¿qué son?, ¿quiénes son? Cynthia sale al auxilio de la crisis de existencia: “Hay que pensar la ambivalencia entre el ser y el hacer. El problema es que las dimensiones de la vocación, la profesión y el trabajo, y el empleo, suelen reducirse a una sola dimensión”.

¿Y por qué se genera esa idea?

Cynthia Rivero (CR): Porque alguien nos cagó. Alguien nos hizo pensar que desde chiquitos elegimos una vocación, luego hacemos una carrera que nos hace profesionales y después, obviamente, tu trabajo debe estar de acuerdo a esa profesión. No hay complejidad en ese vínculo entre la carrera que hiciste y el trabajo que tenés. Y, además, ese trabajo tiene que ser un empleo remunerado, formal, que tenga un horario que te permita formar una familia y seguir con tu vida: jubilarte y morirte. Toda esa cosa bien lineal nos hace perder la complejidad. No necesariamente esas dimensiones deben subsumirse en una sola ¿Por qué tenés que ser lo que trabajás? No necesariamente tiene que ser así: puedo tener vocación de cantar y no ser cantante. Pueden abrirse esas dimensiones de la vida y uno también puede enriquecerse.

Hernán Palermo (HP): El problema concreto es la linealidad del concepto de identidad. Suele ser tan monótono y encorsetado que reduce la autoadscripción de una persona. Una persona no es solamente un trabajador: es un montón de cosas. El concepto de identidad descomplejiza la dinámica de la subjetividad del ser humano. Si sos trabajador, ¿cuál es tu identidad? ¿Sos obrero? No, sos un montón de cosas.

¿Por qué suele existir una identificación tan fuerte entre lo que somos y de lo que trabajamos?

HP: En primer lugar hay una cuestión material. El trabajo es lo que más tiempo ocupa en nuestras vidas. Es indefectible que uno genere, construya y configure ciertos valores en torno a esas prácticas que desarrolla. Uno suele decir que la identidad la genera el trabajo, pero, en realidad, una persona es un mosaico de piezas. Una importante es el trabajo, por esto que decimos. Otras pueden ser sus vínculos familiares: si es padre, madre, hijo, hija, abuelo. Si tiene un hobby o no lo tiene. Es un mosaico que configura la totalidad de los valores.

CR: Que el espacio de trabajo, o la empresa, logre que vos identifiques tu subjetividad con ese espacio tiene la cuestión positiva ligada a la vieja idea de que el trabajo dignifica. Pero, como el trabajo dignifica, también aliena.

HP: Un trabajador se identifica con una empresa y no con sus compañeros. Genera lazos con la empresa. Se crea el imaginario de que la empresa en parte es de él, que él toma decisiones en la empresa. Todas las técnicas de managment, de tormenta de ideas, que dice que todos pueden pensar en ideas para poder hacer mejor la empresa que es de todos nosotros. Y uno  sabe que las decisiones verdaderas de una empresa ni siquiera se toman en este continente. Se toman en Luxemburgo, Francia, España, Alemania. Hay un montón de políticas que hacen que los trabajadores generen identificación con la empresa y piensen que son parte. Esta política de “democratización” del espacio laboral donde parece que somos todos iguales, el trabajador, el empresario. No hay diferencias de clases, parece.

¿Qué diferencia conceptual hay entre empleo y trabajo?

antropologos ubaHP: Empleo se define como la relación de dependencia que se tiene en un trabajo, con un salario. Y el trabajo, en términos ontológicos, es la capacidad única e infinita que tiene el ser humano de transformar el mundo social y la naturaleza. El empleo es una categoría histórica, es tal cual hoy se concibe el trabajo: el empleo asalariado.

CR: Cuando hablamos de trabajo nos remontamos a una línea histórica que va hasta donde te quieras ir. Cuando hablás de empleo tenés que hablar de S XX.

HP: La concepción del empleo hegemoniza la concepción del trabajo. Se piensa al trabajo en términos de empleo. Se reduce. Cuando es al revés, el empleo es una faceta histórica dentro de lo que es el trabajo. Y al ser hegemónico invisibiliza un montón de otras formas.

¿Hay un desfasaje entre las distintas formas de trabajo existente y los imaginarios del trabajo? ¿Las prácticas del trabajo cada vez son más variadas, pero nosotros seguimos pensando al trabajo de una manera tradicional?

HP: La cuestión es qué se entiende por trabajo. Una vez en una clase todos iban diciendo de qué trabajaban. Y una chica, levanta la mano y dice: “No, yo no trabajo. Trabaja mi marido. Yo solamente cuido a los tres chicos y limpio la casa”. ¡Flor de trabajo estar en tu casa y cuidar tres pibes! Pero nosotros seguimos entendiendo el trabajo como aquello remunerado, lo asalariado, lo que da dinero. El trabajo de la mujer dentro del hogar no es reconocido, es invisibilizado. Es como no trabajar.

CR: Ese desfasaje entre imaginario y condiciones concretas tiene que ver con que todos los derechos labores y sociales están asociados a ese trabajo formal. Hay algo material real y concreto. Querés sacar crédito hipotecario, mostrame que tenés antigüedad. Querés alquilar, mostrame recibo de sueldo. Si querés jubilarte, así sean 1500 pesos, tenés que hacer tantos aportes durante 30 años. Si vos querés ingresar a la sociedad formal, mínimamente, necesitás tener un trabajo en ciertas condiciones, más cerca de un empleado de 10 a 18 que de un tipo que está con un contrato de tres meses. Cuando te ponen como ejemplo clásico la gente que labura en Googlee ¡Son 5! Después hay todo un cúmulo de gente que no es así. Todos los planes que el Estado empieza a instrumentar, planes sociales, se dan por el retroceso en las condiciones formales de trabajo. Si vos tenés un trabajo formal, real, concreto, con derechos mínimos, no necesitás  cobrar ciertos planes sociales. Y lo digo apoyando a pleno la Asignación Universal por Hijo, por ejemplo. Pero se ha retrocedido tanto sobre los derechos que tenían los trabajadores asociados a este trabajo formal que aparecieron estas nuevas formas: contratos a plazo fijo, monotributista, locación de servicio. Toda la flexibilización laboral generó un desfasaje en el imaginario de lo que puedo hacer y a lo que puedo acceder con las condiciones concretas y reales del trabajo.

HP: El último período histórico, el capital ha encontrado nuevas formas de contratación y uso del trabajo. A veces se piensa que trabajando desde su casa, con contratos más flexibles, uno tiene menor grado de explotación, más decisión y libertad. No es así. Cuando se agota el proceso del fordismo y taylorismo por su carácter repetitivo, que embrutecía, monótono, el capital reconoce esas reivindicaciones y logra reconstruirlas y reestructura las lógicas de trabajo y las herramientas de disciplinamiento. Ahora no es monótono, ahora es polivalente. Osea una tarea que antes hacían diez trabajadores, ahora la hace uno. Embrutecer no te vas a embrutecer, pero vas a hacer la tarea de diez tipos. Querés trabajar en tu casa, está bien, pero vas a tener toda la tecnología disponible para que el control también sea posible en tu casa, para que tu casa sea zona de control. Vos pensás que estás en tu casa, en pijama, en pantuflas, que la pasás bárbaro, pero realmente es una situación laboral precaria. Estás controlado en tu propia casa.

La sociedad moderna propone estas nuevas formas. Pero, ¿cuáles surgen desde la necesidad y cuáles desde un sentido crítico?

antropologosHP: Se parten aguas ahí. Sobre todo en término de lo que son las cooperativas, las fábricas recuperadas. En un primer momento, a finales de los 90, en los 2000, hay una serie de escritos que dicen que estas formas de trabajo por fuera del trabajo formal son un germen contestatario, crítico, a las formas tradicionales de trabajo. Muchos han ido más lejos y han visto en las fábricas recuperadas el origen de la transformación del capitalismo, como el puntapié, la punta de lanza. Otras teorías, un poco más críticas, más que hablar de formas críticas al capitalismo dicen formas precarias en los límites que deja el sistema capitalista. En la devastación neobliberal a los sectores populares no les quedó otra que organizarse en cooperativas o tomar fábricas vaciadas, o formar movimientos sociales y generar trabajos en torno a esos espacios. Yo creo que más que formas críticas de la organización del trabajo son formas de subsistencia dentro de los límites que el capitalismo permite.

CR: Sí, después, dentro de eso, puede haber ejemplos concretos y propuestas que se hayan radicalizado en términos políticos de cómo producir, de cómo vender, de cómo dividir el trabajo.

HP: Estas formas del trabajo, la economía social, el truque, etc. ¿Le cambió la vida a tantas personas? Sí, claro, y a esas personas que se estaban cayendo del sistema les permitió sobrevivir. Ese es un análisis. Ahora, pensar que estas formas atentan contra el capitalismo, no, es otra cosa.

CR: La figura de la cooperativa por sí misma no implica horizontalidad, ni siquiera implica un colectivo. Hay que analizar caso por caso. A veces se habla del cooperativismo con cierto romanticismo.

¿Cómo juegan en las personas los sentimientos de sacrificio y de gusto respecto a su trabajo?

HP: Marx lo explica fácilmente: el capitalismo genera una transformación del trabajo. En vez de ser el proceso de realización del ser humano, en el capitalismo el ser humano se desrealiza. Por las relaciones de explotación, alienación, enajenación, se invierte, porque lo que produce no le pertenece. El trabajo es, entonces, un espacio de sacrificio donde voy y agacho la cabeza, y trato después de realizarme en espacios y en prácticas fuera de lo laboral. Me realizo por fuera del trabajo, cuando salgo y cumplo el empleo de ocho horas y me voy a mi casa a dedicarme al ocio, al hobby.

CR: Hay personas que dicen que no les interesa el trabajo en el que están, les interesa estar ahí cinco horas, ganar plata y después su vida está por otra parte. Bueno, es una disociación mental. No es real. Lo real es que gran parte de tu vida lo pasás trabajando, te guste o no. Después está el modelo más americano, de las películas. Aparece toda esa incompatibilidad entre ser exitoso profesionalmente en tu trabajo y tener una familia. Bueno… no es así. Se dedica más tiempo a un trabajo que te hace socialmente prestigioso que a la familia. Hoy la familia no es un lugar de prestigio. El prestigio sin dinero, no es prestigio. Es la idea de comprar el éxito del modelo americano.

Cynthia y Hernán toman agua fría. Sobre sus cabezas hay una serie de fotos hechas cuadros que le dan sentido a tres paredes del cuarto: una mujer levanta papas en campos bolivianos, dos hombres con las manos engrasadas dejan sus músculos en unas inmensas máquinas, un camionero saca el brazo por la ventana en el medio de la eterna ruta. En la cuarta pared hay un pizarrón y, aunque sea imaginario, ahí también se dibujan algunos conceptos y brota el trabajo en su enésima forma… ¿Cuántas más habrá?

Cynthia, entonces, dice: “La idea es desnaturalizar la disciplina del trabajo ¿Alguna vez fue distinto? Repensar todo lo que se construyó socialmente sobre el deber ser, sobre el mandato, para que las personas vayan a la fábrica y nada más. Pero, hay que pensar: ¿esto siempre fue así? ¿Puede ser de otra manera?”.

¿Sos lo que trabajás?

¿Quién trabaja?

¿Para qué?

¿Cuál es la categoría que te vuelve trabajador?

 

¿Si se gana plata a partir de hacer algo?

¿O sea que si es usurero es trabajador?

¿Si hace plata con su plata es trabajador?

¿Si vive del alquiler de sus departamentos?

¿Si gana con inversiones?

¿Si gana plata prestándole plata a un banco en un plazo fijo?

¿Si se queja del dolar y después compra en el blue para ganarle a la tómbola?

¿Si no se queja, pero lo hace igual?

¿Si es ilegal?

¿Si tiene un trabajo en buenas condiciones y gasta la plata en cuestiones ilegales?

¿Si gana bien y gasta la plata en prostitución?

¿Y si se prostituye?

¿Y si se prostituye y gana mucha plata?

¿Y si quiere trabajar de algo que no le rinde al mercado?

¿Y si quiere hacer cine y nadie quiere pagar por el cine?

¿Y si quiere hacer música y nadie quiere pagar por la música?

¿Y si trabaja 18 horas por día por dos mangos?

¿Y si trabaja 18 horas por día por muchos mangos?

¿Y si tiene un jefe que lo maltrata?

¿Y si es un jefe que maltrata?

¿Y si tiene un jefe que maltrata y, a la vez, es un jefe que maltrata?

¿Y si trabaja y no llega a fin de mes?

¿Y si caga a los compañeros?

¿Y si lo cagan los compañeros?

¿Y si por trabajar no ve a sus hijos?

¿Y si el trabajo desemboca en un malhumor constante?

 

¿Si no decide nada en su trabajo?

¿Si nadie le pregunta qué piensa?

 

¿Qué pasa si no es feliz haciendo eso?

¿Qué pasa si ya ni sabe si es feliz?

 

Parece claro, pero no lo es: ¿qué es un trabajador?

Trabajar sin patrón

¿Alguna vez te imaginaste cómo sería trabajar sin patrón? ¿Te imaginás a vos y a tus compañeros haciendo el trabajo de tu jefe? Para algunos no es sólo una idea, es su realidad. Hace tiempo que la autogestión es su forma de trabajo. Ellos son sus jefes y para ellos es su ganancia. Desde experiencias distintas, algunas con más años y traspiés, otras más inmaculadas, estos trabajadores nos cuentan qué se siente trabajar autogestivamente.

Mozo del restorán Don Battaglia

– “Es una satisfacción, venir acá y decir ‘tenemos que sacar el trabajo bien´ nos satisface. Todavía nos seguimos alimentando gracias a esto y es un orgullo seguir trabajando más allá de una vez cuando éramos 33 y nos preguntamos: ‘¿podemos hacer esto?´.  Es satisfactorio venir a trabajar con aquellos compañeros con quienes estuvimos en la lona. Hoy los clientes confían en nosotros, en los trabajadores: porque sí, se puede. Los trabajadores llevan igual o mejor las cosas que un empresario. Porque los trabajadores no somos empresarios: pensamos en el cliente, en que tiene que volver, y a un empresario eso no le importa. Para nosotros cada cliente que viene es súper importante y no queremos que se vaya; estamos de su lado, que venga, que pase un momento agradable, que se sienta como un rey. Pensamos como trabajadores que podemos llevar una empresa adelante, igual o mejor que un empresario”.

Operario del IMPA

– “En una cooperativa en realidad tendría que existir el compañerismo, por empezar. Acá hubo un tiempo donde no hubo compañerismo, entonces cada uno hacia lo que le parecía. A mí me dejaron solo en una asamblea donde pedí la renuncia de la comisión directiva, me mandaron al frente y nadie me apoyó. Entonces yo ya no participé más en los problemas de la cooperativa, venia trabajaba y me iba. Y así fue siempre, hasta ahora. Yo siempre trate de apoyar a mis compañeros en lo que sea, era capataz general, tenía un cargo. Aún así yo apoyaba a mis compañeros, la parte jerárquica tendría que estar del lado de la administración. Yo era directivo, pero si veía que las cosas no iban entonces apoyaba a mis compañeros. La cooperativa más que nada es tener confianza en quien uno pone para que dirija la plata y todo eso. Si entramos a desconfiar no queda ni el loro. Es como una familia, cuando las cosas empiezan a andar mal, cuando falta algo, ahí empiezan los problemas”.

Trabajador de la Cooperativa 28 de Mayo (Ex gráfica Lanci)

– “Trabajar sin patrón  es lo más lindo que le puede pasar al obrero. Trabajar sin que te controlen es lo más lindo que te puede pasar. Querés tomar un mate, tomás un mate; te querés apurar para terminar e irte más rápido, te apurás. Mañana arreglás para llegar más tarde porque no hay laburo a la mañana, vas más tarde. La autogestión es lo más lindo que le puede pasar al trabajador. Aparte, treinta años en el oficio, ¿qué le iban a decir acá al que estaba hace treinta años? Antes que le dijeran ya sabía lo que tenía que hacer. ¿Sabés qué es estar treinta años en una empresa? Caminás solo. Eso es lo que no se dio cuenta el dueño, que la fábrica podía funcionar sin él”.

Un imaginario que los acaricie

Elian trabaja en el Ministerio de Trabajo desde hace dos meses, y está feliz. Justo él, que pasó las mil y una, personal y laboralmente, hoy es parte del Estado. “Y de este Estado”, enfatiza, en sintonía y simpatía con una serie de políticas que él, por estar dentro, conoce, y por ser trans, reconoce.

Aunque siquiera él sabe muy bien cómo entro al área de Empleo del gobierno. Sí que tuvieron que ver sus visitas al INADI y al propio Ministerio, donde presentó su abultado currículum y reclamó por intermediaciones con distintos laburos donde “en un momento, no pasaba la entrevista”.

¿Por qué?

La comunidad trans es amplia y diversa. “Un abanico” define Elian, donde no sabe ubicarse bien. “Chabón trans, puto” arriesga, sin ganas de etiquetarse. Pero asume la masculinidad trans para plantarse contra la “invisibilización” que se hace de esa porción del movimiento, tanto dentro como fuera: “Nadie se acuerda quiénes somos, dónde estamos. No es solo la problemática en el mundo laboral. Las feminidades trans no nos incluyen dentro de su discurso”.

Elian saca a relucir algunas deudas pendientes. Como activista y parte del grupo LGBT vivió desde adentro las discusiones sobre la ley de identidad de género. Y conoce muy bien la mecánica de trabajo dentro de la comunidad, y las jerarquizaciones que se fueron formando. “Se cree que los chicos trans son de clase media, tienen cierta posición social y la contraponen a la situación de los travestis como las verdaderas marginadas” explica.

Elian viene de una familia de clase media y terminó su secundario en el Nacional Buenos Aires. No por eso, siente, dice, su vida ha sido menos difícil que para otros y otras. En todo caso, nadie sabe.

“En el caso de las trabas lo que hay son números. Hay estudios. Hay ciertas cosas obvias del día a día, por ejemplo que sabemos que se prostituyen. Pero a la hora de trazar políticas concretas ¿qué necesitas? Ese tipo de datos. Nosotros no tenemos”.

Fotos: NosDigital

Desde que comenzó a hormonarse, Elian dice que “quedó en pelotas”. No tiene contacto con su familia. Estuvo en la calle, desocupado, haciendo changas, puso una “parritrans” en Barracas, se fue, y hasta hace unos meses trabajaba en una casa de ropa donde le pagaban mil pesos por mes. “Se aprovechaban que el trans no tiene otra cosa, está desesperado. Por convenio debería haber ganado 4 mil o 5 mil pesos por mes”, cuenta.

La decisión entre ser y parecer fue para él un conflicto profundo. “Hay una lucha política muy fuerte de decir “mi cuerpo es como es” y que no necesito transformar mi cuerpo para parecer”. Elian lo ejemplifica en una conversación que mantuvo estos días en la oficina: “Una chica que decía: me encantaría no depilarme pero ¿sabes qué pasa? Después soy yo la que se tiene que bancar que me digan las cosas o me bardeen”.

Elian: “Hay un momento en que estaba hormonando que era como un intermedio. Era un eterno “¿qué es esto?”. Y eso era lo que escuchaba cada dos pasos. “¿Que es esto, boludo, es una mina o es un tipo?” Yo estaba al lado, ¿entendes? Es muy fuerte. Y hay veces que vos estas viajando a tu casa, en el colectivo, estás estudiando y tenés que hacer otra cosa… digo, no estás militando. Te pasa por portación de cuerpo”.

Otra escena: “Cuando me vinieron a censar en 2010 me preguntaron -yo llevaba poco tiempo hormonando-. ¿Género? Masculino. ¿Como masculino? Sí, masculino, soy trans. El tipo no entendía, puso uno masculino y el otro femenino”.
Elian tiene un discurso elaborado. No cuenta esto para “dar testimonio” sino para encarar el análisis de cómo los chicos trans “no estamos en el imaginario social”. Y que eso pesa a la hora de trazar políticas.
De inclusión, laborales y cualquiera sea.

La ley de identidad de género salda varias deudas pendientes en este sentido. “Está a la vanguardia en el mundo”, opina Elian. “No patologiza, es muy completa, sobre todo la parte de salud, es inédita”. Otro paso que señala como positivo es el acceso al DNI. Laboralmente, a la hora de enfrentarse a una entrevista, el DNI funciona como un respaldo que refleja la portación del cuerpo. “El género es un conjunto de cosas: el DNI, la cara, la hormonización, la ropa… Si eso no se notaba en la entrevista, a lo sumo podían decir “que raro este tipo, medio puto”. Con el DNI pasan los que tiene un proceso de hormonización…”.

¿Cómo lo viviste vos? “Yo vengo de una familia de clase media, tengo una buena secundaria, un buen currículum pero en un momento no pasaba la entrevista. Vos podes plantarte todo lo que quieras pero… ponele que no sea tan fuerte la discriminación, sigue actuando la patologización: “pero no sé qué pasara, si está enfermo, si influirá”. Ahora, hay gente que no pasa, si no está hormonada no pasa. O minas trans que no tienen tanta facilidad para aparentar la cara. Esa es una violencia que sigue operando. Hay otra parte que tiene que ver con un cambio social profundo. Estamos en ese periodo de transición”.

Para Elian el Estado ve más adelante que el imaginario social: “Hay un Estado que se está haciendo cargo, que está saldando deudas históricas, que está tomando políticas que son inéditas. A la vez, eso parece que esto está más a la vanguardia que la sociedad”.

Por ejemplo: “El Ministerio está laburando mucho. Se abrió una línea de inclusión laboral de la Secretaría de empleo. No te ubica laboralmente, lo que hace es apoyarte. Especialmente para la población trans lo que hace es firmar convenios con determinadas organizaciones o localidades y trata de mediar entre las oficinas de empleo y las oficinas de contratación. A la vez que está brindando cursos de capacitación a las personas que atienden: si te atiende un boludo la medida estatal no sirve para nada”.

Gracias a estas articulaciones, a su buen currículum y a sus visitas -presiones al INADI, hoy Elian trabaja en la Dirección de empleo independiente y entramado productivo, un área de apoyo dentro del Ministerio de Trabajo. “Fue una sorpresa para mí; yo estaba entre no conseguir laburo y laburos que me estaban recontra cagando”, sintetiza. “Después de eso, volver a laburar me alivia mucho, te devuelve a una situación de equilibrio económico y emocional”.

Si la charla viró hacia un sentido más teórico que práctico – la visibilización de las masculinidad trans- es porque Elian no abandona jamás su tarea de activista y militante de la comunidad, de su identidad, porque sabe que más allá de las políticas estatales lo que va configurando un imaginario que lxs acaricie depende de charlas como estas. Y de eso depende todo, incluso las leyes, incluso el trabajo.

Despedida por travesti

María Laura Alemán es cantautora y compositora clásica y popular. Se gana la vida con clases particulares y dirige un coro. Hace un año que la echaron del colegio donde trabajaba por elegir cambiar de género. Allí era el profesor de música Eduardo, hasta que la fotografiaron travestida en una farmacia. Desde entonces, comenzó un raid de extorsiones que culminó en su despido y que demuestra la marginación social y laboral a la que son sometidas y empujan a las personas trans. Esta es la primera entrega de una serie de historias que aborda la problemática en primera persona.

A María Laura la echaron por travesti. La echaron de la escuela y del coro que dirigía, y la despojaron también del lugar que construyó durante cuarenta años: un lugar de prestigio en la música, como profesora y compositora. La echaron porque “la vieron”, me dice, y quiere decir que la vieron travestida, como María Laura y no como Eduardo, que era quien iba a la escuela. Hasta eso, María Laura, cuidaba: respetaba y defendía su fuente laboral con la mentira de seguir siendo hombre. Pero desde el 2009 que le había puesto nombre e imagen a esa necesidad y ese placer de verse mujer, el resto de su vida. Y eso, cueste lo que cueste, no iba a cambiar más.

Le cuesta a María Laura sostenerse al margen del laburo formal al que estuvo siempre acostumbrada. Le cuesta porque tiene 3 hijos, porque perdió el cariño de sus alumnos y porque sobrevive en ella la injusticia del despido. El desconcierto. La nueva vida.

En esa incomodidad sobrevive –como siempre- gracias a su talento musical: a su labor como compositora y al caudal de alumnos que atrajo a clases particulares de canto y piano. Esta es su otra identidad: María Laura es música. Y entre la decisión de dejar la carrera de ingeniería naval, a tan sólo un año de recibirse, para dedicarse de lleno a su pasión, y su cambio de género subyace la misma razón: “Todo el proceso por el cual yo descubrí que mi vida era la música no es muy diferente al de la transexualidad. Me costó lo mismo abandonar la carrera formal y dedicarme a una actividad ya de por sí mas marginal, y pretender con eso tener una vivienda, mantener una familia, desarrollarme como persona, cuando todas las garantías te las da un titulo. Lo mismo pasa cuando todas las garantías te la da ser hombre, vivir acomodado en un entorno…”.

Tener un trabajo.

Una anécdota condensa la intensidad de esa decisión que implica no sólo un cambio de planes, sino sacarse de encima una serie de estereotipos, prejuicios y valores que nos condicionan: “En arquitectura naval tenía una pila así de trabajos prácticos, ya hechos, pero no los iba a presentar; me llamaba el profesor a casa y me decía que se los llevara para firmar, pero yo no iba. Fue difícil, me acuerdo que no dormía…”.

Fotos: NosDigital
Corría el 84, María Laura todavía era Eduardo Alemán y empezaba a decidir los destinos de su vida. El abandono de la carrera que cursó durante 10 años para dedicarse a la música coincidía, casualmente o no, con su primer matrimonio: “Es un momento donde vos mirás un poco más para adelante, ¿no? Te involucrás en un proyecto a largo plazo y de vida y te aparecen las otras cuestiones. La de la transexualidad ni apareció ahí, no como cuestión a plantearme, porque aparecer aparecía pero no tenía ni idea qué era”.

Una sensación. Una necesidad. Un deseo. Una identidad viviendo adentro de otra, o siendo la misma, transformada. Una inquietud existencial que siguió a María Laura desde la juventud hasta el 2002, año en que un médico sexólogo puso título a sus “ganas de verse mujer”: transexualidad.

Se resistió hasta 2009, hasta que entendió que no era un problema y podía destapar su deseo manteniendo su curso de vida.

Ya separada, con sus hijos en la otra casa, primero sus vecinos palparon el cambio, el barrio, los pibes que pasaban y le gritaban cosas.

La familia acompañó.

Pero en el colegio católico donde trabajaba, el San Martín de Tours, no lo aceptarían. “Ya había habido ciertas situaciones y, además, yo fui alumna y padre de ese colegio porque mis hijos fueron allí, entonces sabía que no lo iban a tomar bien”.

Eduardo Alemán siguió siendo como siempre el profesor de música y director del coro del colegio.

Hasta que la vieron.

Ganarse ese lugar en el colegio – laboral y profesional, ya que era muy respetado entre sus colegas y muy querido por sus alumnos- admite que le fue “facilísimo”. No le hizo falta ni título docente para meterse en el ámbito de la educación privada y, a partir de su formación autodidáctica, enseñar canto y acompañar a los chicos con la guitarra. “De hecho, a mí me llamaron a trabajar en el colegio, yo nunca fui a buscar trabajo, y gente que me conocía, que sabía cómo me manejaba, empecé con la suplencia, estaban contentos, cada vez más horas, más horas, más horas y al final vivía de eso”.

Con trabajo docente María tuvo y mantuvo tres hijos y una mujer, y compró la casa donde ellas ahora viven. “Yo rechazaba trabajos, constantemente me llegaban y yo estaba bien con lo que tenía”.

A principios del 2010, cuando ya hacía un año que María Laura había cambiado su imagen manteniendo su vestimenta varonil para el colegio, un día fue a la farmacia.

Alguien que estaba por ahí sacando fotos se dio vuelta y la fotografió.

Qué raro.

Desde entonces sobrevinieron una serie de “extorsiones” que condenaban a María por su cambio de sexo. Extorsiones de padres y autoridades del colegio, cadenas de mails circulando como “denuncia” del profesor de música travesti, como agravio, insulto y discriminación.

Le pusieron una persona adentro de cada clase, vigilándola. “No sé que pensarían, que les hacía algo a los chicos”.
Hacían adrede correr el rumor de la bronca de los padres de esos chicos, atemorizándola. “Una vez estaban todos juntos, después de un acto, y yo pasé por el medio para ver si me hacían algo, para enfrentar la situación. No me dijeron nada. “Chau, Eduardo, me saludaron algunos”.

Le armaron un coro paralelo al que ella dirigía en la escuela, a donde migraron muchos de sus coristas –en su mayoría padres- y que empezó a funcionar como estrategia dilatoria del suyo.

Las maniobras intentaban ahogarla antes de las vacaciones de invierno del 2011, como para que renunciara. Finalmente fue la directora quien la llamó y le hizo saber que sabían “que fuera del colegio me vestía como mujer”: “Pensó que yo se lo iba a negar pero le dije que sí, que esa era la elección que había hecho pero sin embargo respetaba mi lugar de trabajo”.

El despido, que se concretó ese invierno, no lleva una causa fundamentada y ya es motivo de acciones judiciales contra el colegio.

Como profesora y compositora, despojada de toda institucionalidad, autogestiona sus clases de música y dirige un coro.
Todavía le busca la vuelta – económica, emocional, laboral- no a su nueva vida como Laura, que ya lleva unos años, sino a la marginación –económica, emocional, laboral- a la que fue empujada desde que la echaron.

Su historia representa una perspectiva personal que ella enfatiza al decir que no sabe si “lo laboral es una problemática” – solo- para la comunidad trans. Para ella sí. Pero, en todo caso, deja en claro que no se trata únicamente de procesos de inclusión, de correr del margen al centro a quienes cambian de género, de la informalidad a la formalidad, a la institucionalización, que no se trata únicamente de ayudar paternalmente a una población evidentemente golpeada: “No se trata de ponerle un uniforme a una persona trans y meterla ocho horas en una oficina. Porque eso tiene que ver con lo mismo que quiere el sistema que nos discrimina. El sistema lo que no te permite es liberar tus sueños, tus deseos y que puedas vivir de lo que te gusta”.

Eso, parece ser, no es solo un problema de los trans, que además tienen otros problemas.

Reciclaje

Se inicia la serie de cortometrajes realizados por Corto al pie, en exclusivo para NosDigital. La lógica de los productos de consumo descartables asumida a pleno gusto por la sociedad, ahora se ve bien reflejada en las nociones laborales. El reciclaje de personas no implica su reutilización, será todo lo contrario. Adentrate a verlo.

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La dignidad lustra boliviana

Desde La Paz, Bolivia, se cuela un mensaje de integridad, valor y respeto. Los lustrabotas se organizan para escribir un periódico que refleja los esfuerzos de cada uno de sus días. Se demuestran a si mismos y toda la sociedad que cada trabajo tiene su dignidad de trabajo.

Foto: Nos Digital.

La Paz te recibe dura. Te reclama esfuerzos extraños para desplazarte, paso por paso. A  3650 metros sobre el nivel del mar las pendientes ascendentes atentan hasta contra esos que se creen príncipes del fitness. La Paz es ruido y desorden; a cada recoveco de calma lo saturan puestos sobre las veredas que forman ferias en donde se lo propongan y muchachos a gritos invitando a subir a cada buseta, transporte público básico.

La Paz te recibe calurosa más allá de un frío que se cree invernal también en verano. Te acompaña esa convicción de encontrarte en la capital del país que mayores conquistas sociales ha conseguido en los últimos cinco años. La Paz es movimiento y usanza. Cada noche, cuando los puestos comerciales se han guardado ya, te devuelve una imagen distinta de cada esquina diurna que creías conocer tan bien.

Salir del mercado de Lanza, uno de los más grandes de la ciudad, colarse entre la exagerada multitud para cruzar la San Francisco por un puente moderno y colorido para llegar a la Comercio, peatonal que a las pocas cuadras desemboca en la plaza central, la Murillo. Esquivando puestos de “todo lo que quieras” y algún músico callejero argentino, unos metros más y me junto con Cristian. Habla poco, tiene que volver a trabajar, le robo unos minutos. Remolcando cada una de sus respuestas, arrancamos una charla que de seguro tiene mucho más valor para mí que para él.

Va de irremovible pasamontañas azul, jogging y campera, con una caja de madera de donde surgen ruidos a metal cuando caminamos hasta un cordón que nos servirá de discreto asiento. Cristian es un lustrabotas de veinte años que conocí hace unos diez minutos ahí mismo. Es uno de esos anónimos que todos los días recorren las calles del centro trabajando. Siempre llevan el rostro tapado. Casi una ley. “Hace cuatro años ya estoy. Antes trabajaba de campo. Sí, en el campo. Aquí, más tranquilo. Esto me da comida, me da ropita, para eso está esto. Dignidad de trabajo”. Repite estas tres últimas palabras al final, como convenciéndose por enésima vez: “Dignidad de trabajo”.

Laburan y laburan. Esforzándonos los dos, entrevistado y entrevistador, capturamos sus palabras en ese grabador al que tanto mira Cristian chequeando cuánto llevamos grabando: “Trabajando, estudiando, triunfando en la vida”. “Empiezo, digamos a las ocho, hasta cinco y media, seis. A la noche también estudio, terminando el colegio para entrar en la universidad, para medicina”. “Yo compré la caja, pero hay también para alquilar, todo completo por cuatro o cinco bolivianos. Y cada día hay que comprar cremas”.

La pregunta por la cara cubierta no podía tardar en llegar, está claro que es el distintivo general de los lustrabotas paceños, que se ha convertido en una suerte de emblema. Respuesta sencilla: “Es porque el olor de la crema afecta, y también como una imagen”.

Unos días antes, también por las calles del centro de La Paz, me crucé con Fabián, un lustra de diez años. Aunque con pocas ganas de hablar, me vendió por cuatro bolivianos ($2,50 pesos argentinos) el último ejemplar de Hormigón Armado, el número 34. Se trata del periódico cultural de los lustrabotas que se viene publicando bimestralmente desde noviembre de 2005. El trabajo en la confección del Hormigón es voluntario, mientras para que un lustra pueda también ser un hormigón, o sea poder distribuirlo y hacerse con el dinero de la venta, están obligados a concurrir a talleres sobre alcoholismo, derechos humanos y educación sexual, entre otros. Todos los ingresos que genera por venta y publicidad se vuelcan en forma directa e indirecta –mediante los diferentes talleres- a los hormigones que los venden.

No hay edad que restrinja la posibilidad de trabajar lustrando zapatos, me lo cuenta, en medio de La Murillo, Jaime de El Alto con treinta y cuatro años. Sorprende con un amague a sacarse el pasamontañas, pero se conforma con descubrirse tan solo la boca para hablar más cómodo. Él es quién me explica que lo del diario está organizado solo por una de las asociaciones que los nuclea. “A veces voy, a veces no. Los menores de edad reciben del periódico, los mayores ya no”.

“Los hormigones trabajaron duro intentando comprender mejor los derechos humanos especialmente lo referido a su propio trabajo, porque aunque queramos con todo nuestro ser no ver un niño o niña trabajando en la calle, la realidad es que aún este sueño como país no se ha logrado alcanzar. Por ello, nosotros abogamos porque nuestros niños sean respetados y puedan desarrollar su trabajo protegidos por la sociedad, por todos nosotros.” (Fragmento extraído de la Editorial de Hormigón Armado del número de enero y febrero 2012).

Los proyectos a largo plazo no nublan las necesidades más urgentes. Cada hormigón que retorne a la escuela será siempre una conquista estupenda. La idea más grande del proyecto va en paralelo por un doble camino hacia una única construcción: la formación y consolidación del valor de la dignidad como persona a través de su trabajo, de cada uno de los lustras que patean y patean las calles cada día con su caja de madera a cuestas. Para esto es necesario la convicción sobre la noción de decencia de la propia ocupación; y, de la misma forma, que la sociedad adopte una representación positiva sobre los lustrabotas y su capacidad de ganarse la vida trabajando dignamente.