Techo para todos

La resistencia de cuarenta familias en el edificio ex Padelai. En plena Buenos Aires el derecho a la vivienda digna es justicia por mano propia.

“El Estado otorgará los beneficios de la seguridad social, que tendrá carácter de integral e irrenunciable. En especial, la ley establecerá: el seguro social obligatorio, que estará a cargo de entidades nacionales o provinciales con autonomía financiera y económica, administradas por los interesados con participación del Estado, sin que pueda existir superposición de aportes; jubilaciones y pensiones móviles; la protección integral de la familia; la defensa del bien de familia; la compensación económica familiar y el acceso a una vivienda digna.”

Artículo 14 bis, Constitución Nacional Argentina.

Fotos: NosDigital

El artista Roberto Jacoby fue invitado por el gobierno a hacer una muestra llamada “Peronismo”.

Motivaron la convocatoria una serie de declaraciones de Jacoby en las que manifestaba cierta afinidad por el kirchnerismo. Parecía un buen momento para capitalizar su enorme trayectoria al servicio de una causa política.

Sobre este tema, es decir, sobre arte y política, Jacoby ya había dicho demasiado. Lo había dicho todo. Fue en Brasil cuando lo invitaron a una megaexposición que se llamaba, justamente, “arte y política”. Corría octubre del 2010 y la veda electoral por elecciones presidenciales.

La intervención de Jacoby fue una foto gigante: una foto de Dilma Roussef gigante.

La obra fue tapada con un manto negro por los organizadores, cumpliendo la restricción de la veda.

Jacoby lo había logrado. Su obra estaba terminada.

Con una mediasonrisa, parado al lado de la foto tapada, dijo: “Esto es lo que pasa con el arte y la política”.

Para la muestra “Peronismo” Jacoby pidió usar el Congreso Nacional. Le dijeron que por supuesto. Entonces hizo otra ampliación: una ampliación del artículo 14 bis de la Constitución nacional, incluido por Perón en la reforma del ’57, donde se consagran muchos derechos sociales básicos. Uno de ellos, el acceso a la vivienda digna.

Jacoby empapeló el Congreso con la letra del artículo 14 bis completo.

Duró pocos días. Del gobierno no lo llamaron nunca más.

Otra vez Jacoby, su arte, lo había dicho todo.

00 537La historia del edificio del ex Padelai, actualmente ocupado, es un caso emblemático de cómo se generan las políticas de exclusión en la Ciudad de Buenos Aires.

Desde los ’90, la ocupación del edificio oscila entre vecinos agrupados en una cooperativa, con problemas de vivienda irresueltos, y la concesión del predio por parte de la Ciudad; la diferencia la explica un contrato de propiedad del edificio que cada parte asume a su favor.

La carga social del ex Patronato de la Infancia se remonta a 1892, cuando nace como una institución filantrópica dedicada a dar auxilio a niños desamparados y en situaciones de riesgo y vulnerabilidad. Allí funcionaron un hogar, una escuela, un jardín, un hospital hasta 1970 cuando fue abandonado el lugar.

Ocho años más tarde los edificios fueron cedidos a la Municipalidad de Buenos Aires y, sin dárseles uso, fueron ocupados en la década siguiente por familias del barrio sin vivienda.

Durante la intendencia de Carlos Grosso se inició una gestión con una cooperativa para que las familias que vivían en el Padelai pudieran poseer la propiedad de los edificios.

La versión más pornográfica del tironeo sucedió en 2003 cuando, con la excusa del no cumplimiento del contrato, sesenta familias fueron desalojadas a palazos y gases por el gobierno de Aníbal Ibarra.

Seis años más tarde, durante la gestión del PRO, ocurriría algo no menos violento: la cesión de uso gratuito por treinta años del predio al Centro Cultural de España en Buenos Aires que la Legislatura votó en tiempo récord: seis días. La única condición que establecieron, que presentaran plazos para realizar las obras y la línea de la programación cultural, nunca se cumplió. Al menos fueron consecuentes: la actividad que le dio el CCEBA al centro cultural fue nula. Todavía hoy pueden verse gigantografías del lado de afuera que intentaron barnizar la vacuidad del lugar, nunca remodelado.

A principios del 2012 el CCEBA sinceró que no podrían construir y sostener el centro, argumentando deficiencias presupuestarias, aunque lo que desnudaron fue el sinsentido mismo de la cesión.

00 519“Con los ocupas no podemos”, ampliaba un comunicado emitido desde la embajada, aunque se desconocen los misterios semánticos por los que los españoles nunca fueron signados con el mismo mote por los medios masivos de comunicación.

Para ajusticiar esa interpretación, la Cooperativa de San Telmo aclara que tiene las escrituras y el certificado de dominio, nacidas de ese preacuerdo con la intendencia de Grosso.

En mayo del 2012 las familias volvieron a entrar al edificio, que había sido abandonado otra vez más.

Sus intenciones no son caprichosas: ofrecieron entregar la escritura a cambio de las viviendas necesarias. La burla del gobierno porteño fue proponer diseminarlos por algún lugar de la provincia de Buenos Aires; la cooperativa no aceptó: “Los chicos van a la escuela acá en el barrio, a una cuadra hay un centro de salud integral, no nos pueden sacar del lugar de donde somos”, explica Teresa, vecina. También aclara que su historia no le enseñó a confiar su fe a las promesas de los gobiernos de turno.

Hoy se mantiene latente una orden de desalojo que busca sacarlos del edificio.

Pero ninguna propuesta atiende las necesidades de las familias, que van proyectando su vida ahí adentro. Hasta van arreglando al edificio del tiempo y proyectan una feria cultural a cargo de organizaciones sociales del barrio.

Hoy viven más de cuarenta personas agrupadas en una cooperativa, y veintitrés chicos.

Pablito o el chico que quería salir

Pablito tiene once años y una fantasía: salir; atravesar la puerta y salir a la calle.

Si Pablito anda dando vueltas cerca, hay que estar atentos. La salida no se puede descuidar. Si no lo sigue la madre, el que está por ahí nomás le tira del brazo. Pablito, no.

Pablito agacha la cabeza y vuelve (hace que vuelve), y apenas puede gira y corre hacia la puerta de nuevo. Pero todos conocen el número.

Pablito no puede andar solo afuera. Tiene un retraso madurativo.

Y si bien nunca salió solo, no se sabe qué misterio lo atrae.

Quizá sea el reflejo de las corridas del día de la represión, la imagen de la violencia, cuando todavía era un nene.

Quizá sea un trastorno provocado por la vigilancia permanente en la puerta, a cargo de la Policía Metropolitana, que de noche duerme en el zaguán del edificio.

O por ahí es que Pablito, simplemente, todavía, no se siente en casa.

00 531El sueño de Verenice o la niña que contaba amaneceres

Verenice, nueve años, duerme sólo de día. De noche no pega un ojo.

Verenice va al colegio sin dormir, vuelve a almorzar, hace una tarea, juguetea y a la hora nomás le agarra sueño; se duerme a la tarde y se levanta a eso de las diez, once de la noche. Y así.

Son las seis de la tarde y tiene cara de cansada. Su madre se asombra que no esté durmiendo, pero dice “mejor, así duerme un rato a la noche”.

Le pregunto cómo hace ella para dormir y vivir. “Trabajo a la noche, entonces intento dejarle la puerta cerrada si se queda sola, pero ella sale igual, no sé cómo”. Verenice nos lanza una mirada desobediente.

Ríe. Tararea una canción y se pone a bailar bajo la sombra que aporta la galería.

“Le encanta estar acá y en el jardín”, cuenta su madre. Cuenta que Verenice, cuando se escapa del cuarto, viene al jardín. Se queda bajo la luna sola. “Le gusta ver el amanecer”. Y se va al colegio.

Psiquiatras, médicos y psicólogos no han podido corregir su sueño. Según los especialistas, Verenice sufre una extraña patología. “Todo un tema” prefiere definir su madre.

Este cuento dice que Verenice cuenta amaneceres. Un, dos, nueve años de amaneceres. Cuenta uno más cada día porque no sabe cuántos más habrá. Ahí, en ese patio que tanto le gusta.

La mirada de Teresa

A Teresa también le gusta el patio. “El fin de semana me gusta ir ahí”, señala un cuerpo del edificio, “bien arriba, y sentarme a ver el jardín”.

Lo dice y miramos como reflejo. Miramos el jardín. Pablito, Verenice y otros chicos corretean. Más allá se ven dos piletas pelopincho. Dos arcos de futbol que imaginan una cancha. Y mucho verde.

“Me encanta mirarlo cuando estoy tranquila, es lo más lindo que tiene el lugar. Imaginate que yo nunca tuve esto”, dice Teresa. Me imagino. La veo en una habitación, una, con sus cinco nenes. La veo sin marido. Imagino una televisión prendida, o una radio.

Y me corta el pensamiento el canto de un pájaro.

Teresa no lo dice por confort. Sólo que no está acostumbrada a los hidromasajes, un sillón vibrador y no consigue la última versión del ipod touch. Entonces lo dice para trazar la paradoja que define su vida: su miedo a que un día la echen, le peguen y la dejen en la calle, sin jardín.

Donde los destinos van

Apoyados por organizaciones barriales y eventualmente por partidos políticos (“estaban los del Movimiento Evita pero se fueron porque los ascendieron de puesto a los chicos, y no podían venir más”), las familias resisten.

Resisten en el silencio que hay un día de semana cualquiera y bien de día, mientras los grandes trabajan y los chicos estudian.

Resisten la noche y el frío. El invierno.

Viven resistiendo desde que los gobiernos de turno eligieron no hacerse cargo de los más carenciados y a) patear ese problema a las provincias, b) dar soluciones provisionales, c) pegarles, d) regalarles un edificio a los españoles, e) no hacer nada.

Todo eso sucedió con las familias que viven en el ex Padelai y muchas otras que se ven obligadas a ocupar espacios abandonados para hacer justicia el artículo 14 bis y poder desplegar eso que los fundamentalistas llaman “vida” y a lo que el peronismo agregó “digna”.

No sabemos bien qué es, pero tiene la sonrisa de un niño.

La Comunicación hace la fuerza

Los socios de Comunicaciones se mandaron una gesta tremenda: aguantaron el interés que tenían Daniel Hadad, Mauricio Macri y Hugo Moyano para quedarse con su club, un pulmón estratégico de la geografía porteña. Ahora el club revivió: se disfruta en las parrillas de la primavera, que arrancó con un triunfo sobre Barracas Central, el club de Moyano.Y cuatro chicas nos cuentan por qué el barrio entero salió a poner el pecho por Comu: “Si te sacan el club te borran la historia de tu vida. Es una cuestión de identidad. Es como si te sacaran los años de la infancia”.

Entrar al club, ahora, es distinto.

Hay pelotas rodando, botines chillando contra el cemento, remeras transpiradas, gritos de gol de un montón de nenes y nenas que disfrutan de una tarde de sol en un club. En su club. De repente, es fácil perderse. Comunicaciones con gente es otra cosa. La imagen de la desolación ya no existe y, a veces, cuesta un poco recordar cómo eran esos caminos vacíos con tanta pelota y tanta gente yendo de aquí para allá.

Incluso, piden los carnets. No se ven sonrisas más grandes que cuando los relucen, los muestran y dicen sin decir: “Sí, soy socio, este club es mío y voy a pasar”.

El miércoles 22 de Agosto hubo un fallo a favor de la apelación de Asociación Civil. El club no va a ser de Moyano, como se había sentenciado a fines del año pasado. Vuelve a ser de los socios por tres años más. El salvataje llegó: consiste en una prórroga para levantar la maldita deuda y terminar con la angustia de una buena vez.

Por la senda victoriosa de un club con gente alegre que juega a la pelota se ve a los costados de ese camino, y bajo la luz del día que todo lo refleja, un pasto desbordante y verde furia se encima sobre el paso. Si se sigue por esos parques crecidos y descuidados, pruebas materiales de lo hecho por el fideicomiso en los últimos doce años, se encuentran las mesas, también rotas. Sobre una de ellas hay un montón de cosas: un termo, algunas mochilas, un par de bolsos, cartas, juegos de mesa, comida. En unas reposeras, a los pies del mate y el bizcocho, disfrutan de su momento cuatro mujeres. Cuatro socias.

Laura Díaz, de 25 años, morocha, piba de club, hermosa y pasional. Socia desde que nació. Va a la cancha todos los domingos. A la popular, nunca platea. Cristina Bulcano, la mamá de Laura, socia de “toda la vida”, la verborragia por Comu casi que no la deja hablar. Nadie pregunta su edad. Se muestra contenta y satisfecha. Marta 1, no quiso decir su apellido, socia desde los 12 años. Ya es abuela. Nadie, como corresponde, pregunta su edad. Al principio no quiere hablar mucho pero luego se abre y dice lo que sintió en los últimos años. De pelo rubio y bien arreglado no deja el termo en ningún momento. Marta 2, tampoco no quiere decir su apellido. “Nosotras somos las Martas de Comunicaciones”, dicen. Pelirroja. Sus nietos también van al club. Amante de las charlas y juegos en esas reposeras, en esos pastos, en esas mesas pero, sobre todo, en ese club que es Comunicaciones.

Contestan todas juntas, se interrumpen. Van construyendo todas juntas la misma respuesta: Comu es de sus socios.

¿Cómo vivieron los últimos doce años de quiebra y fideicomiso?, les preguntamos.

“Ay, no, no, por favor, no hablemos de eso”, ruega Cristina. Su hija la interrumpe y dice: “Me acuerdo hace 10 años, un verano, vine con la bici, como todos los días, y el club estaba cerrado. Llegué y no había nada. Por un mes y medio estuvo cerrado. Eso para los socios fue terrible. Sin nuestra pileta, sin nada. Tenía 15 años y me puso muy mal”. Los primeros golpes de la quiebra rompieron en los lugares más cotidianos. “Hacía fútbol femenino y danza jazz, esas actividades desaparecieron”, dice la nostalgia de Laura. Las Martas se funden en una sola voz: “Sentimos mucha tristeza. Qué te parece. Todo se iba destrozando, poniendo sucio. Cada vez peor. Pero las reposeras y el mate siempre estuvieron. No nos movieron. Aguantamos acá afuera. Tomando solcito, claro”. Se ríen entre ellas y se festejan los chistes, pero se ponen serias cuando tiene que recordar la razón de tanta resistencia: “Queremos el club para nuestros nietos, para poder seguir viniendo”. Laura vuelve a romper todo con su pasión y deja en claro que significaron los años de quiebra: “Cuando ví Luna de Avellaneda para mi fue Luna de Agronomía. Lloraba desconsolada. Fue tal cual lo que nos pasó. Todavía no puedo creer que ya pueda hablar de esto en pasado. Estos 12 años fueron eternos. Venía al Club porque lo amo. Porque si ves las instalaciones, no hay otra razón más que esa: el amor y la pasión. Vengo y la paso bien: es mi casa, no importa cómo esté”.

Sin importar la cronología de los hechos, rebobinan y se ponen a recordar sus historias de juventud y de la infancia. Cristina toma la memoria: “Yo acá viví mi juventud, desde los 13 años. Hacíamos gimnasia, teníamos amistades, nos metíamos a la pileta…”. Los primeros novios, le insinúa alguien de la mesa. “Yo también fui joven…”, dice, muriéndose de risa. Sigue: “Después asocié a mi marido y mis hijos se criaron acá. Nuestra vida como familia se fundó en Comu. Nací en Agronomía. Pensaba: si me sacan al club qué hago… Ahora, mi hijo me dijo: este verano no nos vamos a ninguna parte, el verano lo pasamos en el club”. Marta 1 toma la posta y dice que es socia desde los 12 años, que siempre usó la histórica pileta, pero que nunca hizo deporte. Se ríe. “No, para nada, deporte jamás”, vuelve a decir. “Siempre mate nosotras. Charlamos con las chicas, hacemos reunión social. Cuando estamos solas jugamos al rummy, jugamos”. Marta 2 no la deja terminar y retoma:” Sí, y al burako también. Charlar y jugar y tomar mate. Siempre juntas. No necesitamos psicóloga nosotras…”. Para qué, si somos las chicas del mate y del burako de Comunicaciones”, dicen las dos en un coro lleno de risas.

Lo que más contentas las pone es hablar para atrás. Sentir que ya están en otro lugar. Pero, ahora, ¿hacia dónde va Comunicaciones? ¿Qué tienen que hacer para no dejar pasar estos nuevos tres años como los últimos doce? De a poco, como pueden, lo van contestando. Empiezan las Martas, otra vez, al unísono: “Recuperamos las esperanzas, estamos muy contentas. Ahora tiene que perdurar”. Laura entiende que se tienen que empezar a arreglar las cosas de a poco: los parques, los quinchos, las parrillas, las mesas, las canchas, la tribuna. Que vuelva danza jazz. “Comu es mi vida, lo quiero ver bien. Es mi casa. Rato libre que tengo me vengo al club. No puedo entender los fines de semana sin el club. Es todo. Acá me siento bien, lo amo. Me siento cómoda”. Laura deja de hablar y piensa y vuelve a decir: “Sí, estamos felices. No saben lo que fueron las últimas semanas. Terribles, muy deprimentes”. Consideran que la toma del club fue clave. “A partir de ahí nos empezaron a escuchar”, dice Cristina.

Agradecen todas juntas los gestos de esos hinchas de otros clubes, que en el fútbol son rivales de toda la vida, pero cuando vieron que lo que peligraba era un club dejaron las camisetas de lado y dijeron todos: “Vamos Comu”. “Muchas gracias a todos”, dicen todas juntas.

Y, entonces, hay una idea que empieza a surgir en ese mismo instante. Laura es la encargada de exteriorizarlo en las palabras más barriales y simples y bellas: “Después de esto empecé a entender. Entendés que un club es más que un equipo de fútbol. Es esto: el mate, la parrilla, el parque. Las amistades, también la familia. Esto debe ser un inicio porque si le pasa a Comu le puede pasar a cualquiera. Hay que solidarizarse siempre con el socio de otro club que pasa por estas situaciones. Agradecemos mucho a los que nos apoyaron. Si le pasara a otro club, ahora, yo estaría tan mal como si fuera Comu. Los apoyaría, lucharía con ellos. Porque ahora lo entiendo: lo que hay que defender es la idea del club. Si te sacan el club te borran la historia de tu vida. Es una cuestión de identidad. A mí me sacás todo, los años de mi infancia. Es el sentimiento. Los colores, el nombre. Estuvimos por perder el club entero”. Las palabras dejan mudos a todos. Después de un silencio, su mamá retoma la palabra: “El club es para los socios. No para empresarios. El socio se tiene que involucrar, defender sus derechos y solidarizarse con los demás clubes de barrio. Fijate que a nosotros nos querían cambiar los colores… No, pará, estamos todos locos, no jodamos. Querían poner verde y blanco: de Excursionistas, encima, una locura”. Laura se ríe.

Imagen: NosDigital

¿Y cómo pudieron confiar, entonces, alguna vez, en el salvataje que prometía Macri, un símbolo de la lógica empresarial en los clubes? “Estábamos desesperadas”, arranca primero Laura. “Nos desilusionó mucho, nos traicionó. Pidió que lo votáramos, lo votamos y después desapareció del mapa. Nos dio mucha bronca. Jugó con nuestra pasión, con nuestro sentimiento”, dice Cristina. Al poco tiempo de aquel engaño el juez de la causa, Fernando D´alessandro, le dio el club a Hugo Moyano, para hacer la Mutual de Camioneros. Laura arremete contra él: “Moyano decía que acá no había socios. Que era un club fantasma. Nos dieron por muertos. Y la gente de afuera lo pensó, se lo creyeron. Pero los socios siempre estuvimos. El símbolo fue la toma”.

Otros de los símbolos sucedió el primer sábado de septiembre. El Cartero jugaba su primer partido de local después de la gloriosa noticia del salvataje. ¿Contra quién? Contra Barracas Central. Sí, justo el club que maneja Moyano, el equipo al que le dicen el Camionero. Es decir: un club que iba a ser el futuro de Comunicaciones. Las banderas y los cánticos se tornaron lucha. Durante todo el partido se escuchó: “Comu es de su gente, la pasión no quiebra”. Ganó Comunicaciones. Fue 1-0. Algunos dijeron que fue la victoria simbólica más importante de la historia. Lo que sí todos dijeron fue que el triunfo había sido otro, semanas atrás, cuando Comunicaciones siguió siendo de su gente y de nadie más.

Las chicas lo disfrutaron más que nunca. Estuvieron ahí, por lo menos Laura y Cristina. “Las que vamos somos cuatro o cinco mujeres. Nunca platea, jamás. Siempre popu, al lado de los trapos y los bombos. Nos encanta ir juntas. Recuerdo un montón de cosas. Desde los tres años hasta ahora.” Es como ir al lugar en donde las cosas pasan, dicen madre e hija, con la sonrisa del triunfo grabada en el rostro. ¿Y las Martas? ¿No van a la cancha? “Noooo, estás loco. No nos importa el fútbol. A nosotros nos interesa algo mucho más grande: ser socias”.

Mientras se toman las fotos se generan los diálogos más insólitos. Las Martas son un estallo. El fotógrafo empieza a dar indicaciones y el show empieza.

-Agarrá el mate, Marta, cómo vamos a salir sin el mate- dice Marta 1.

-Bueno, qué se yo, Marta, nunca nos sacaron fotos a nosotras-

responde Marta 2, aunque a esta altura ya se confunden.

-Sentate, Martita- dice Laura.

-Esperá que agarró el burako. Es un símbolo- dice una de ellas.

Es difícil no romper en carcajadas. Pero, lo más lindo, quizás, sea que se note a leguas que están contentas, están disfrutando de su club justo en ese instante. Empieza otra vez.

-¿Tienen lectores mayores, che…?- dice la loca del burako.

-En una de esas tenemos suerte, Marta, y embocamos algo- le responde su amiga.

– Nooooo, que mi marido me va a decir: ¿dónde te metiste, Marta?

Se mueren de risa. Ya es imposible distinguir cuál es cuál, pero siguen con su diálogo. Con el monólogo de las Martas.

-Ay, basta, Marta.

-Marta, agarrá el carnet.

-Bueno, dale.

-Pero dejá el burako, Marta.

-Lo dejo o no lo dejo, no te entiendo, Marta.

-No, tenés razón. No lo dejés: nosotras somos las chicas del burako y del mate.

Entonces, vuelven a juntar sus voces: “Somos las chicas de comunicaciones y con esta producción de fotos vamos a competir con Paparazzi”.

Para conocer más sobre toda la resistencia de Comunicaciones:

http://www.nosdigital.dreamhosters.com//2011/05/el-sentimiento-no-se-remata/

http://www.nosdigital.dreamhosters.com//2011/11/la-misma-basura/

http://www.nosdigital.dreamhosters.com//2012/07/club-tomado-por-sus-duenos/

Club tomado por sus dueños

Recorrimos el club Comunicaciones, tomado por sus socios para impedir algo que ya parece imposible: que esas 18 hectáreas en un pulmón de Buenos Aires queden en manos de la Mutual de Camioneros. En el medio de la pelea entre el kirchernismo, Moyano y Macri quedaron los socios de Comu, que se aferran a la última esperanza que les queda para que no les rematen el club: ocuparlo y pasar sus noches ahí pese al frío.

El club se parte en dos. No sólo porque Comunicaciones está a instantes de desaparecer como institución y dejar de ser, sino porque el frío que pega contra las desoladas instalaciones choca con el calor de una toma de socios a las puertas principales del Cartero. La toma empieza en la vereda y se desarrolla por todo el corredor central. Unos pasos más allá, cuando se desea caminar un poco por las baldosas que supieron ser club, se ve Comunicaciones a la luz de la realidad de un crudo invierno: todo roto.La entrada central ofrece un pasillo previo que atenta contra el ojo. Es fácil ir por Avenida San Martín, del trecho desde Tinogasta hasta Nazca, y notar que a esas tipos parados en la puerta del club, rodeados de banderas con consignas desesperadas, se les está yendo la vida en algo.

“Club Tomado”.

“Macri farsante. Presidenta, por favor, haga algo por nuestro club”.

“Fuera Moyano!”.

“Comunicaciones es de los socios y de nadie más”.

Con las banderas se arma la historia que ya se contó muchas veces (http://www.nosdigital.dreamhosters.com//2011/11/la-misma-basura/ y http://www.nosdigital.dreamhosters.com//2011/05/el-sentimiento-no-se-remata/). No hay fallos nuevos, no hay novedades judiciales, no se presentaron nuevas ofertas. Solamente, se cansaron de esperar. El club está tomado y la imagen es perfecta: están solo los socios, los de siempre. Nada de funcionarios ni dirigentes, los de nunca.

Una vez que cruzás esa entrada, que pasas a los hinchas enteramente vestidos de amarillo y negro que en la puerta dejan pasar sólo a los que tienen carnet, empezás a encontrar al club.
Vacío. Frío. Sin actividades. Los dedos y la nariz se hielan. Los ojos también, no hay ninguna pelota rodando.

A las baldosas y a las paredes y a los vidrios les queda la soledad de la destrucción. La mera función de de dar la imagen de que allí hay una pasión que se cae a pedazos en cada grieta de cada techo y en cada teja destrozada de cada quincho que no se arreglan desde hace más de una década.

“Desde hace 12 años, cuando se quema una bombita no se cambia. Así con todo”, explica el socio vitalicio, Omar Cerradas. Un viejo encorvado de campera de cuero marrón, sin nada de pelo, sólo unas canas que se dejan ver detrás de las patillas de los anteojos. Habla con seguridad, 64 años en el club le dan la razón. Las vio todas: “Esta es la peor”.

El club está abandonado desde la gestión. Porque los socios están, caminan activamente un club que es fantasmal. El arenero es digno de una escena de película paranormal y espiritista: los sube y bajas bien quietos sólo alteran su estática cuando una ráfaga los hace rebotar contra el piso dando golpes que se hacen eco ante tanto silencio dirigencial.

Al entrar al Estadio Alfredo Ramos, dónde Comu juega cada fin de semana en la B Metropolitana, la destrucción se convierte en desolación.Hay un césped bien cuidado, contra todo pronóstico, que se pone fosforescente cuando el sol le da de perfil. Pero, los colores en las tribunas son todos oscuros. El negro y amarillo del Cartero se torna en negro y negro al ver ese amarillo sucio y mugriento que se confunde en un fondo de luto sobre las tribunas.

En Comunicaciones no hay ni un candado. Se puede entrar a la tribuna, al césped, a la platea, a los vestuarios visitantes y locales, incluso al vestuario de los árbitros, dónde se ven desparramadas las planillas de los informes de los jueces de los partidos anteriores. De no creer. Quedaron ahí, abandonadas.
El vestuario del equipo local de la primera de fútbol no se entiende. Duchas rotas e inodoros clausurados. Una letrina y dos mingitorios para todo el plantel. La táctica se ve dibujada en los azulejos de las paredes, donde queda inmortalizado cada partido.

Nadie vigila nada y todas las puertas están abiertas. Está, aunque suene triste, abandonado.
Lo han sabido dejar a la deriva todos, de a uno por vez: funcionarios de la quiebra, del fideicomiso, dirigentes del club, de AFA, las falsas promesas del PRO, la complicidad de la justicia.
Es un club herido de ver tantas espaldas.

Son los socios, solamente, los únicos -que no queden dudas sobre eso- , los que todavía caminan y besan y lloran a ese club que parece estar desbastado y entregado, dando las últimas muestras de vida para, pareciera, por momentos, poder decir en el final: “Por lo menos hicimos todo lo que se pudo”.

Después de la quiebra del 2000 se dieron 11 años para levantar la deuda. Vinieron interventores que, por lo contrario, aumentaron la deuda en los años más corruptos de la institución.

Comunicaciones, cuando pasó el plazo estipulado del fideicomiso, entró en una especie de remate.
Se presentó Moyano para adquirir el predio para su gremio: la Mutual de Camioneros. Los socios buscaron ayuda afuera mientras los funcionarios de adentro jugaban para otros intereses.

Imagen:NosDigital

El PRO les prometió representarlos. Hacerse cargo de la deuda a cambio de una pequeña porción del predio y devolver el resto a los socios.Ellos aceptaron. Tranzaron. Los socios fueron usados en las elecciones como aparato político para los actos. Participaron activamente de la campaña, inaugurando locales. El PRO ganó y se olvidó de Comunicaciones. Dijo no estar a la altura de Moyano y paró de ofertar.

El juez D´alessandro, sospechadísimo por sus vínculos con el moyanismo, le dio el club a Camioneros.
Comunicaciones dejó de ser un club. Pero, los socios apelaron. Aunque, bien los sabe el presidente de la subcomisión del hincha, Roberto Ruiz: “La apelación no va a ningún lado, el club ya está entregado”.
Cuando se sale del recorrido por el club se vuelve a cruzar por el camino, que ahora es de salida, donde se vuelve a ver a la muchedumbre de la toma.

Se ven desde barras, con gorritos jardineros que rezan “La Barra”, hasta los vitalicios, pasando por pibes, por mujeres, por señoritas, también por abuelas.
Todos están sentados en la misma mesa, en el centro una olla popular no para de repartir un guiso de fideos que aniquila al frío. Toman algún vino del pico y también gaseosas. Mojan el pan en el guiso y vuelven a comer.

Charlan entre ellos, hablan sobre como seguir, tratan de esperanzarse unos a otros. Los abuelos vitalicios de más de 80 años, como Cayetano Zacco, les dicen a los pibes: “Qué vamos a hacer, hay que seguir, estamos así, es una lucha que afrontamos para los chicos, los muchachos como ustedes, para nosotros, los viejos, no queremos nada, tenemos 84 años, estamos de paso”.

A Cayetano se le caen los parpados sobre los ojos, apenas puede ver por la ranura de esos anteojos lo que queda del club que supo ver con esplendor. Con una gorra que dice “Turismo y Pesca” con los colores y el escudo del club entona la denuncia: “Hay mano negra para darle el club a Moyano. Quiere comprar el club por migajas y el juez está emperrado en dárselo a él. Entonces, ¿es por simpatía o por la guita que le dio…? Queremos que D´alessandro se vaya, ya robó 12 años, se tiene que ir ¿Por qué el fideicomiso no pagó la deuda? Tenía los fondos para hacerlo. No reguló, ni pagó, destruyeron, y ahora lo quieren vender. 12 años aprovechando las entradas del club. Queremos que la Presidenta ponga manos en el asunto, que nos pague la deuda y en 5 años devolvemos todo, con interés incluido. El club está abandonado, está todo roto. Desaparecieron todo. Que D´alessandro se deje de joder, que entregue el club a los socios y que se vaya. El órgano fiduciario que nos pusieron fue una vergüenza: los tipos venían con armas en la cintura.”

Los socios de la toma, en su totalidad, posan con la bandera para la foto: “Fuera Moyano!”, dice el trapo. Luego aplauden y gritan “¡Vamos Comu que salimos!”, “Somos nosotros, somos los socios”.

El vitalicio Cerrada explica: “Necesitamos 6 meses de gracia para demostrar que los socios solos, con el control del club, podemos levantar la quiebra. Este club da superávit pero se lo llevan todo. Queremos hacernos cargo los socios, que ya sacamos el presupuesto y sabemos que, con honestidad, se puede. Estamos seguros de que se puede hacer. Lo único que se le pide al gobierno nacional es que nos dé la posibilidad de tener de esos 6 meses. Si el club está totalmente abandonado es porque los que tenían que hacerse cargo no aparecieron nunca.”

Los muchachos que se quedan a dormir, todos vestidos de pies a cabeza con los colores de Comu, muestran el lugar donde pasan la noche. En un galpón a la entrada del club. “Hace un frío terrible, es realmente difícil, pero el club lo necesita”, dice uno de los pibes. “Se están quedando a dormir 20 más o menos, los que no tienen familia”, explica otro, mientras hace un fuego en un tacho de metal, a la vieja usanza.
Los colchones se amontonan debajo de un par de pancartas que hay en una de las paredes del salón donde duermen. Con techo de chapa y sin un vidrio sin romper, el frío se pone peludo y las noches se tornan insoportables. “De acá no nos saca nadie, el club es nuestro”, se escucha constantemente.

“Nos tocó vivir de todo. La quiebra, descenso, ascenso, promociones, eliminaciones, todo. La última que nos quedaba era esta y la vamos a superar también”, dice emocionado, desde el corazón de hincha, el que se encarga que ninguno se quede sin su plato de guiso ni sin su pan de pebete.

Comunicaciones está tomado por su gente, por sus dueños. No se ve a nadie más.

¿Qué le piden al Gobierno de la Nación? Mientras el kirchernismo y el moyanismo se tiran dardos mediáticos, aparece Comunicaciones como un calcado reflejo de lo que sucede en las altas cúpulas de poder. Ante el interés de Moyano por el terreno, en 2011, cuando con Nación era todo color de rosa, los socios acudieron al PRO. El macrismo aceptó ese papel de probable héroe del club de barrio ante el sindicalismo.
Macri y Moyano rompieron todos los pronósticos y se aliaron. Contrato de basura va, predio de 18 hectáreas viene, el PRO dejó de jugar fuerte para Comunicaciones y dijo no poder “igualar ofertas”.
¿Moneda de cambio?

Todo se evidenció ante la ruptura del kirchnerismo con el líder de la CGT. En el último paro organizado por Camioneros, al que Macri adhirió, lo que hasta entonces era una posibilidad arriesgada e improbable empezó a ser visible. Continuando en la lógica política del aquí y allá, desde principio de año, ante la inminencia de Moyano y la entrega del PRO, los amantes del club Comunicaciones van con todo a pedir la ayuda “de la Presidenta”.

Roberto Ruiz lo explica: “Cristina es la única que nos queda. Venimos hablando con Abal Medina desde que empezó el año. Es nuestra última chance. El club, desde la justicia, ya está entregado. La apelación no va a ningún lado. La propuesta a Nación es simple: que hagan lo que quieran pero que salven y nos devuelvan al club. El viernes decidimos tomar el club, no hubo detonantes, sólo cansarse de esperar un final cantado. ´Vamos a tomar el club´, le dije a Abal Medina. ´Otra no les queda´, me respondió. No sabemos que van a hacer pero que hagan lo que sea necesario.”

“Al club lo vamos a zafar”, cierra Ruiz.

En ese contexto complicadísimo, donde la toma parece un abrazo de despedida que pretende no soltar jamás, el concepto es desesperado: El club debe quedar para los socios como sea.

Festival de Cine BAFISU

La Sala Alberdi, histórico espacio cultural, se sigue consolidando como espacio de lucha y resistencia frente a la avanzada-retardada macrista. Esta lucha que ya lleva casi seis años (cuando llegó la primera orden de desalojo) atraviesa sus momentos más álgidos desde el 2010, con el cierre definitivo de la Sala y el comienzo de la “toma y autogestión” por parte de alumnos, ex – alumnos, docentes y amigos, que tiene como principal objetivo hacer cumplir el fallo judicial que obliga al gobierno de la ciudad a reacondicionar y reabrir las puertas de la sala. Ante los golpes, amenazas y visitas intimidatorias de empleados de la Dirección General de Enseñanza Artística del GCBA y personal policial, desde la Sala se defienden con el arma que mejor dominan: el arte. Con espectáculos, seminarios, cursos y talleres a la gorra, incentivan la participación y la creación colectiva.

Del 1 al 10 de mayo, nos invitan al Festival de Cine BAFISU a realizarse en distintos espacios de cultura autogestiva de la Ciudad de Buenos Aires

“Hay fisuras en todos lados.
Hay fisuras en la calle durmiendo, tomando un vino, o fisuras que se toman un vino para dormirse sin frío.
Los edificios tienen fisuras, los baches son fisuras en el asfalto y los años nos hacen pequeñas fisuras en la cara.
Hay políticas con fisuras e ideas fisuradas; el sistema está fisurado.
Las fisuras son el primer símbolo de la decadencia de las cosas pero a la vez son un espacio por donde atravesar las cosas.
Un lugar por donde cambiar el sistema, conscientizar al sujeto político, social, cultural y hasta ético que nos proponen desde el Estado.
La fisura es un espacio para ir “más allá”, un espacio de transición.
Por eso, te invitamos al BAFISU, el Festival de Cine de los espacios recuperados. Te invitamos a que traspases con nosotros la política cultural del PRO, a que traspases esa fetichización del cine que convierte a las imágenes en un producto, el snob marketing.”

La sede principal del BAFISU es la propia Sala Alberdi (Sarmiento 151 6to piso), pero también participan las organizaciones La Gomera (Quinquela Martín 1795), Asamblea de Villa Urquiza (Triunvirato 4778), Compadres del Horizonte (Combate de los Pozos 1985) y Hagamos Lo Imposible (Casa José Martí, Senillosa 2092).

La programación, los horarios y los lugares de proyección:
www.teatrosalaalberdi.com
sala.alberdi@gmail.com
FB: Sala Alberdi [Toma y Autogestión]
Tw: @salaalberdi