The Wall Bonaerense

En el norte y en el sur, de Abril a Nordelta, muros que separan una realidad indivisible: para que haya ricos, debe haber pobres. Los mitos de la seguridad y el derecho a jugar en el pasto.

El lado lindo: la ficción

En el barrio cerrado Abril la gente vive sin miedo. Sale tranquila de sus casas y deja la puerta sin llave. En Abril se respira un clima de total tranquilidad. Todo esto gracias a Carlos Daniel Tomeo, abogado fiscal y fundador de Tabacaleras argentinas S.A. Él es el hombre que diseñó el plan de seguridad que cuida a los vecinos del country.

Este plan cuenta con 150 cámaras de seguridad monitoreadas desde un búnker por especialistas, alarmas microfónicas en todo el perímetro, un sistema de alarmas domiciliarias en todas las casas, integrantes de seguridad formados en el ejército y dos oficiales de la Bonaerense gentilmente cedidos para supervisar el área.

Pero el plan seguro de Tomeo no termina sólo en cámaras y militares, sino también en la prevención del delito. Así, este empresario exitoso logró identificar el talón de aquiles en la seguridad de los barrios cerrados: la gente de afuera. Por eso, creó el protocolo de seguridad para toda la gente que ingresa, los empleados y los proveedores. Se piden certificados de domicilio, reincidencia y póliza de accidentes personales. Más de 4 mil personas que proveen servicios ingresan por día. Al 100% se la tiene identificada. Abril tiene la confianza de que no hay empleados infieles dentro de las propiedades.

Los barrios de Nordelta, según Nordelta

-Los Castores cuenta con una ubicación privilegiada frente al lago central Nordelta. Está pensado para personas que quieran mejorar su calidad de vida. Con comodidad y confort, pero cerca de la naturaleza. Rodeado de espacios verdes y frente a un importante espejo de agua. Los Castores ofrece descanso, relax y previsión en un ámbito de total seguridad. Su bosque central de más de dos hectáreas está ambientado con eucaliptos, plátanos, robles de los pantanos, álamos plateados y negros, y cipreses.

El lado feo: la realidad

Los barrios que padecen a Nordelta

Marga García y Karina Escobedo toman mate en una cocina de Las Tunas, Tigre. Cuando sus madres vinieron a vivir al barrio la zona era puro campo; ahora los rodean cinco countries con sus respectivos paredones, entre ellos Nordelta. Eso les trae bastantes problemas: uno de ellos son las inundaciones: El ghetto del agua. Después de que Karina señale todos los daños en el piso, las paredes y los muebles que las inundaciones le están generando a su casa, las dos amigas cuentan con la manos: sólo en 2013 cuatro veces sus casas se les llenaron de agua. “Los vecinos tenemos conciencia de que las inundaciones se dan por los barrios, no es la naturaleza”, aclara Marga.

En una inundación en abril del año pasado los vecinos de Las Tunas empezaron a romper los paredones de los barrios cerrados; fue la forma desesperada e improvisada para que el agua desagote: “En dos minutos el agua bajó”, afirma Karina. “El arroyo las Tunas corre por adentro de Nordelta, ellos lo embellecieron, pusieron muy linda esa parte y pusieron compuertas internas para regular el arroyo”, explica Marga, y afirma que son esas compuertas las que abren cuando el barrio se inunda y hacen que el agua, luego de que quede estancada bastante tiempo, baje en pocos minutos. Esa reacción de los vecinos fue reprimida por la policía y argumentada como un hecho de “inseguridad”: los habitantes de Nordelta pensaron que les querían entrar a robar.

La Fundación Nordelta dentro del barrio de Las Tunas da cursos de capacitación laboral, que enseñan cómo usar el microondas y limpiar casas. “Yo entiendo que quizás quieran hacer algo por el barrio, pero hay un montón de cosas que hacer, justamente capacitar gente para que trabaje en sus casas es denigrante. No es algo genuino, es interesado”, replica Marga.

En los campos que ocuparon los countries se hacían jineteadas, festivales para niños y fiestas populares. “Era todo un verde alucinante, ahora nosotros no tenemos más verde en barrio”, se queja Marga, y aclara: “Hay gente que lo acepta en el sentido que sabe que va a conseguir trabajo y otra que lo pone en discusión, porque marca dónde están los ricos y dónde los pobres”.

Mientras espanta los mosquitos con la mano – otra de las características del barrio-, Marga cuenta cómo cuando era chica jugaban en los campos y recolectaban tunas. Ahora a sus hijos un paredón les recorta el verde, una laguna sesgada los inunda y el futuro se presenta como un curso de capacitación para ir a trabajar del otro lado del muro.

Descenso de la vida

En la promoción del 2007 entre Tigre y Chicago fue asesinado Marcelo Cejas. La causa está en la nada, ni siquiera se sabe si fue la policía o hinchas del verdinegro. A la familia la apretaron para que no pregunte y los vínculos políticos casi no pueden esconderse.

Lo habíamos esperado tanto y lo soñábamos como una fiesta inigualable, pero terminó como una batalla campal incontrolable y un recuerdo horrible dentro de un pequeño momento de alegría. El día del ascenso, ese mismo día que anhelábamos todos los hinchas de Tigre durante 27 años, mataron a Marcelo Cejas, que venía siempre con nosotros a la cancha.

En ese lunes 25 de junio de 2007, todos sabíamos que por cómo venía la mano el partido se podía suspender, pero nadie imaginaba que pasara algo como lo que pasó. Tigre, que había ganado en el primer encuentro de ida de la promoción en Victoria 1 a 0, tenía un penal a favor, ganaba 2 a 1 y el ascenso estaba a sólo un pasito. Pero no había nada por festejar: el ambiente en la tribuna de Nueva Chicago estaba cada segundo más complicado. Rompieron el alambrado, estaban a punto de ingresar al estadio y la policía empezaba con los gases lacrimógenos. No podíamos dudar: le dije a Marcelo que había que irse ya.

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-Negro, vámonos que se puso picante la cosa.

-Sí, sí, rajemos que se está por armar.

Tanto Marcelo Cejas como yo salimos primeros, un instante antes de que se colme el estadio de hinchas enfurecidos de Chicago. Afuera de la cancha el clima tampoco era amigable: la barra brava del equipo local había quemado varios micros y nos esperaba para atacar. Llegamos hasta los micros, que estaban en la plaza principal de Mataderos, pero Marcelo apenas subió, se bajó: lo había visto a su sobrino Nahuel, de 17 años, en el medio del tumulto.

-No seas boludo, no te bajés que la podés ligar vos también.

-Está el pibe ahí, no lo voy a dejar. Lo agarro y arrancamos, quedate tranquilo.

Pero no me cumplió la promesa: no lo pudo alcanzar a Nahuel por el vallado policial y a los pocos minutos recibió un piedrazo en la nuca que lo tumbó. En el piso, en una cuestión de segundos, le empezaron a pegar patadas que le quebraron el tabique. Ya inconsciente, le dieron otro piedrazo sin piedad en la cara que le rompió la cabeza.

No lo vi, ya estaba lejos del micro, pero dicen que un veterinario que estaba ahí le hizo los primeros auxilios y su estado mejoró, pero la policía lo quería llevar en una puerta de baño hacia la cancha, para echarnos la culpa de todo a nosotros, los hinchas de Tigre. Tras 25 minutos de espera, apareció la ambulancia que lo llevó al hospital Santojanni, pero después de salvarse de un paro cardíaco, falleció a las 17.30, en el mismo día que había soñado tanto: el del ascenso de Tigre a Primera.

A más de seis años, la causa quedó archivada y en ningún momento se encontró a los responsables de su asesinato y ni del ataque a los otros 14 heridos.

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Marcelo Cejas tenía 41 años y trabajaba de carpintero en el pequeño taller que había armado en el fondo de su casa. Durante toda esa semana de junio estuvo pensando únicamente en ese partido tan importante para su Tigre, ese equipo por el cuál iba a la cancha desde los diez años. Ese mismo lunes por la mañana había conseguido dos entradas después de tanto insistir: le había dado la plata a su sobrino Nahuel para que se las saque y lo llamó durante cuatro días consecutivos para saber las novedades. Sabía que no iba a ser un encuentro tranquilo y por eso no dejó que fuera Nadia, su hija menor, pese a que siempre lo acompañaba.

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“Mi vieja le decía a él que tampoco fuera, pero en el fondo sabía que era todo inútil porque para él era el partido de su vida. Desde que un vecino lo empezó a llevar a la cancha cuando todavía estaba en la primaria que dejaba todo por ir a ver a Tigre, era su vida”, cuenta Horacio, su hermano.

Al mediodía Marcelo se subió a uno de los micros que salía en caravana desde el estadio de Tigre hacia Mataderos. Antes de llegar, la policía los detuvo y en los cacheos previos reprimió con palos el avance de la hinchada visitante.

Durante el partido, la alegría por los goles de Tigre resultó efímera: en el entretiempo todos se enteraron que la barra brava de Chicago dejó el estadio y empezó a quemar los vehículos de Tigre, pese a los 350 policías que custodiaban la salida.

Con Tigre ganando 2 a 1 y a punto de patear un penal, en la tribuna de Chicago comenzó el caos. Con el alambrado roto y sin policías a la vista, el grueso de los hinchas locales ingresó a la cancha. Adentro, los jugadores de Chicago y de Tigre se escapaban como podían de la marea de gente que venía hacia ellos. Les sacaron la ropa, los golpearon y tomaron por completo el estadio, mientras agredían con palos a los de Tigre que intentaban huir de la escena. Afuera, tampoco había paz: corridas por General Paz y piedrazos entre la policía y los hinchas. Mientras tanto, la gente del Matador trataba de escapar cómo podía de los gases lacrimógenos que había arrojado la policía.

Marcelo Cejas fue de los primeros en abandonar la cancha. Con el celular en la mano, intentó en todo momento comunicarse con Nahuel, su sobrino, a quién había perdido de vista cuando comenzaron los incidentes. Se subió a uno de los micros que estaban ubicados sobre la plazoleta en Mataderos y lo vio correr, por lo que se bajó, pese a los consejos de los que estaban con él. “Tenía alma de padre, no les recrimino nada a los que lo dejaron irse, porque si le pasaba algo a Nahuel él no se lo iba a perdonar”, apunta Horacio.

En ese momento ya habían comenzado los piedrazos entre la policía, los hinchas de Tigre y los de Chicago. Uno de esos impactó en la nuca de Marcelo Cejas. En el piso, recibió patadas que le quebraron el tabique y un piedrazo en la cara que lo dejó inconsciente, con pérdida de masa encefálica. “Lo dejaron tirado en el piso, la policía lo quería llevar con una puerta de baño como si fuera una camilla hasta el estadio para que todos piensen que fue un enfrentamiento entre los hinchas de Tigre”, dijo Horacio, que lo relata como si hubiese ocurrido ayer.

“Hasta el día de hoy dudo si fue la policía o si fueron barras bravas de Chicago, porque las heridas que tuvo se pudieron haber hecho con el bastón policial, pero de algo estoy seguro: no fueron los de Tigre y mi hermano no era un barra como quisieron hacer parecer los medios cuando salió a la luz el hecho”, recuerda con dolor su hermano, que veía cómo acusaban a Marcelo de ser un integrante más de la barra del Matador y no un hincha que quería festejar el ascenso. “A Chicago después le sacaron 18 puntos y no pudieron ir los visitantes al ascenso, esa solución no me devolvió a mi hermano”.

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Ese día, Horacio – que al igual que su hermano trabaja de carpintero – estaba escuchando en la radio el partido y se imaginaba la alegría interminable de Marcelo. Era su único hermano, tenía seis años menos y lo seguía para todos lados. “Siempre fue mi ejemplo a seguir porque hacía todo con mucha convicción y a pasos agigantados”, relata Horacio, que agrega que Marcelo había terminado el secundario hacía pocos meses y que había comenzado el CBC para estudiar Derecho. “Lo terminó tarde porque fue papá de muy joven, pero tenía mucho orgullo: decía que aunque tenga 66 años se quería recibir”, agregó.

Ya enterado de los incidentes, se paró en la casa de su primo a ver las imágenes y pensó cómo podía ser que los hinchas de Chicago no se bancaran un descenso futbolístico. Llegó a su casa, que estaba al lado de la de su primo, y recibió el primer llamado: “a tu hermano lo llevaron de urgencia al hospital Santojanni, lo lastimaron”, le dijeron.

DSC_2396No pensó que fuera nada grave y le fue a avisar con tranquilidad a su mamá, a dos de los cuatro hijos de Marcelo y a su ex esposa – que estaban todos reunidos- del llamado. Por la televisión ya se hablaba de un muerto, pero él mantenía la calma, mientras su madre se volvía loca de los nervios. “A él le pasaban las mil y una, un mes antes se había cortado la yema de la mano con una máquina. Yo pensaba que como máximo le había pegado un palazo la policía, pero lamentablemente me equivoqué”.

Se pidió un remise y se fue desde San Fernando hasta Liniers. Con él viajaron Nadia y Héctor, los hijos mayores de Marcelo. Ya por Mataderos se seguían viendo los gases lacrimógenos y Horacio pudo comunicarse con el celular de su hermano. Ahí se empezó a dar cuenta que todo podía estar un poco peor de lo que imaginaba. “Hola amigo, estoy en el hospital con tu hermano, pero me estoy yendo porque acá está todo podrido. Me llevo el teléfono, después te lo doy. Me voy, perdón, tengo miedo, pero lo vi mal”, se escuchó del otro lado de la línea.

Llegó al hospital y se encontró con todas las cámaras de televisión en la puerta. Se presentó como familiar y el médico lo llevó por un largo pasillo.

-“¿Cuál es el misterio?”, se apura a decir Horacio ante tanto tumulto.

El médico le respondió lo que no que no quería escuchar: “hicimos todo lo posible, pero falleció antes que pudiéramos hacer algo”.

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Horacio empezó con la investigación para saber qué le pasó a su hermano esa misma tarde y encontró demasiadas irregularidades. En la comisaría 42 de Mataderos, donde hicieron la denuncia, estaban los mismos policías que estaban a cargo del operativo. Con él y su familia sentados, contaban cómo les pegaban a los hinchas de Tigre. “El comisario los insultó por hacer eso, pero escuchamos claramente cómo contaban que les pegaban a la gente con una suerte de orgullo”, contó Horacio, que recuerda que en esa misma comisaría había plaquetas y agradecimientos para todo el club Chicago. “Uno de los policías después nos enteramos que era dirigente del club y que fueron ellos los que llevaron adelante el primer mes de investigación. Eso nos dolió mucho porque ese primer mes es el más importante de todos porque lo que no arranca bien después se diluye y se borran las evidencias”, y agrega que algunas videos de la cámara de seguridad del estadio se perdieron y que los mismos policías les aconsejaron que no investiguen mucho porque “iban a ser los primeros en caer presos”.

Al tiempo se le acercó la gente de Salvemos al Fútbol y empezó a hablar con los testigos del hecho. Uno de ellos, el principal, un joven de 16 años que se había escapado de la casa para ver el partido, le aseguró haber visto cómo lo golpeaban a su hermano. “El problema es que era menor, pero nos aseguró ver a cuatro hombres encapuchados que lo golpeaban y que uno de ellos tenía puesta una remera de Argentina”, dice Horacio, que añade que esa persona fue identificada en uno de los videos de ingreso al estadio y que tal cual cuenta el joven tenía un tatuaje de una virgen en su pierna.

Esa persona que menciona es Ariel Pugliese, más conocido como “el Gusano”, líder de la facción Los Perales de Nueva Chicago, que al día siguiente del asesinato se fue al interior del país y no volvió por tres meses. “Le pedimos al juez que lo investigue y nunca nos hicieron caso”, relató Horacio. Ariel Pugliese viajó al mundial de Sudáfrica, fue guardaespaldas de Lionel Messi en sus visitas al país y trabajó para el Secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno. Hoy no forma parte más de la facción que lidera la barra de Chicago.

Ese mismo chico que en ese momento tenía 16 años nunca pudo declarar: cuando llegó la citación, los policías lo sacaron de su casa como si fuera un delincuente y el padre le ordenó, por temor, que no dijera nada. “Ahí murió todo lo que habíamos cosechado, fue una vergüenza”, dice Horacio, que cuenta que la causa quedó archivada en 2011 y que van a luchar para que no la cierren.

La familia Cejas está en juicio con el estado, con el Gobierno de la Ciudad, con el ex CoProSeDe, con la policía y contra la AFA. “Alguien se tiene que hacer cargo, a mi hermano no lo tengo más y no voy a parar hasta que se haga justicia”, grita Horacio, que no volvió a ir a la cancha y que desde el día en que mataron a su hermano no pasó nunca más por el barrio de Mataderos.

El ghetto del agua

Cuando llueve fuerte, alrededor de los countrys, se inunda sin preguntar. Cuando los construyen elevan los terrenos cambiando el drenaje natural del agua. Y lo evitable se hace una fija: los barrios al otro lado de la reja se sumergen. Rincón de Milberg y otros barrios de Tigre.

Las nubes cargadas de agua tapan el sol y a Katti Barrios se le hace un nudo en la garganta. Ya levantó la cama sobre unos ladrillos. La cocina y la heladera están elevadas desde hace tiempo. Cuando las gotas de lluvia empiezan a golpear, la angustia se le instala en el pecho. Esta vecina del barrio Rincón de Milberg, partido de Tigre, no se relaja y duerme la siesta cuando las nubes se vencen y dejan caer su carga. Porque a Katti y a cientos de vecinos más se les inunda la casa cada vez que llueve fuerte.

tigre 015No es porque ahora llueva más por el cambio climático o porque se haya roto un caño. La culpa de que a Katti se le inunde la casa cada vez que llueve es del barrio privado Los Alamos. Cuando lo construyeron enfrente de su casa elevaron el terreno dos metros. Y nunca hicieron las obras hidráulicas para que el agua que llueve sobre el country elevado no caiga como una catarata sobre las casas de los vecinos del Rincón. Así que el agua fluye libremente por donde encuentra cauce, lógicamente, de arriba para abajo: desde los countrys hacia las casas de la gente.

“Un chaparrón de 20 minutos basta para que se inunde mi casa” cuenta Katti, que construyó su hogar hace treinta años en el barrio y hace quince se le instaló el barrio privado en la manzana de enfrente. “Desde que levantaron el terreno nos empezamos a inundar, antes no pasaba” sigue la vecina, mientras trata de recordar, sin éxito porque le pasa continuamente, cuántas veces se inundó su casa, junto con todas las demás de esa cuadra. “Mi casa nunca estuvo edificada en bajo, quedó baja. Yo nunca pensé cuando construí que iban a levantar los terrenos dos metros” explica Katti y sigue contando cómo un funcionario de la Municipalidad de Tigre le recomendó que eleve ella misma su casa a la altura del country para dejar de inundarse. Nunca recibieron más ayuda que este tipo de concejos de parte de las autoridades.

Además de Rincón de Milberg otros siete barrios de Tigre están afectados por la construcción de barrios privados: Los Troncos, Parque San Lorenzo, Ricardo Rojas, San Diego, La Paloma, Enrique Delfino y Las Tunas. Antes de la década del ’90 estos barrios, alejados del prolijo centro de Tigre, estaban separados por campos enormes, que además de amortiguar las lluvias, dejaban que el agua fluyera libremente hasta los arroyos que desembocan en el río. Estos campos fueron comprados por grupos inmobiliarios a menos de un peso el metro cuadrado, y con la complicidad del Municipio, construyeron los countrys sin el estudio de impacto ambiental necesario. Inclusive fueron desalojadas familias que ocupaban parte de los terrenos. Ahora el 40% del territorio de Tigre está ocupado por barrios privados (20.000 personas viven en ese 40%, en el restante 60% se apiñan casi 400.000 habitantes). La consecuencia es obvia: todo lo que esté por fuera de las murallas de los countrys se convierte en una gran pileta pública cuando llueve.

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Los vecinos de estos ocho barrios cercados por los countrys se organizaron en una asamblea interbarrial: Vecinos Inundados de Tigre. Varios recibieron aprietes y amenazas desde que comenzaron la lucha. Piden que se hagan las obras necesarias para dejar de inundarse, pero sobre todo, mientras tanto que los asistan cuando las casas se llenan de agua. Marcharon este último mayo hacia la Municipalidad de Tigre, luego de varias inundaciones muy fuertes. Los atendió la infantería y no les permitió avanzar. Luego de ese episodio, la Municipalidad recibió a un vecino de cada barrio y les mostró con un mapa del Google Earth marcado con fibrón todas las obras que supuestamente están realizando y que los vecinos comprobaron luego que no existen. El último 2 de abril, cuando se inundó La Plata, estos barrios también estaban inundados y no recibieron ningún tipo de ayuda. Sólo en Las Tunas, luego de que unos doscientos vecinos cortaran la Ruta 9 recibieron colchones y leche de parte del Municipio.

“En todas las inundaciones hubo un abandono de persona muy importante, por parte del Municipio, ya que nosotros fuimos hasta la delegación barrial a pedirles que evacuen a los vecinos y nos dijeron que no tenían orden de evacuar” cuenta Marga García, vecina de Las Tunas y agrega: “evacuar significa reconocer que hay un Tigre que se inunda, es una decisión política”. Al no reconocer que los barrios se inundan, los vecinos tampoco acceden a los beneficios monetarios, para reparar los daños. La Municipalidad de Tigre niega sistemáticamente la situación y el gobierno de la Provincia de Buenos Aires afirma que no recibieron obras por parte del municipio para autorizar y que de todas maneras no hay dinero para realizarlas. Massa y Scioli viven en barrios privados de Tigre.

Ricardo Barbieri, ambientalista y vecino de Tigre afirma: “Absolutamente en todos los complejos y barrios privados que hemos podido investigar, la construcción del suelo fueron realizados en forma clandestina e ilegal”. El proyecto para construir un country debe pasar primero por Municipalidad de Tigre para una primera autorización y luego por el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires. Las dos autoridades deben aprobarlo, y si estas instancias son pasadas por alto, la ley prevé una sanción, pero no un blanqueo de la situación. La construcción de un barrio cerrado está regulada en la actualidad por Decreto 27/98. Según Barbieri, en la actualidad no existe ningún estudio ni obras que tengan como objetivo mitigar y/o reparar los efectos ambientales negativos que causan estas enormes obras: “Se opera según el criterio del hecho consumado. Una vez realizados recién comienzan a realizar las tramitaciones que debieron hacer durante el proceso de proyecto”, explica el ambientalista.

Cuando para de llover y sale el sol, Katti respira de vuelta. También lo hacen Marga y toda la gente de los barrios afectados. Todos esos vecinos que vivían rodeados de verde y de repente quedaron presos de la altura de los barrios privados.

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“Cuando nos volvemos show perdemos”

Nada del aspecto de Rodolfo Arruabarrena hace creer que sea uno más del establishment de técnicos. Mucho menos la forma en que encara la situación de su equipo: con Tigre peleando el descenso, el Vasco apunta a jugar bien y eso le da resultados. Contra el show, contra los bocones, contra las presiones, contra las tensiones: acá, la radiografía de un pensamiento.

Quizá es la costumbre. Uno marca y espera lo convencional, el tono limpio y sencillo. Bueno, en este caso se escucha una canción. Suena Cacho Castaña. “Cara de tramposo y ojos de atorrante”, repite el dueño de las noches porteñas.
De pronto, se corta la música. Mute para las cuerdas vocales al jerez del Cacho de Buenos Aires y la voz aflautada de Rodolfo Arruabarrena nace como un canto a la vida. Algo no cierra.
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Como buen Tigre, el equipo de Victoria pelea en todos lados. Paradójicamente, es puntero y vive en la zona roja de la tabla de promedios, está en descenso directo, a tres puntos de San Lorenzo, de la zona de promoción. ¿Situación riesgosa? Sí. ¿Imposible? No.
“Antes de empezar la temporada nos daban todos por muertos”, empieza a hacer su descargo el DT del Matador. Y, continúa: “En junio estábamos a 17 puntos de San Lorenzo y hoy estamos a tres; a 38 de Banfield y hoy los tenemos a 16…Todo es posible”.
Pero la cuestión va más allá de los puntos obtenidos. Es cierto que en el reino de los ciegos el tuerto es rey. Pero, en el contexto del fútbol argentino, válido es el reinado de Tigre. En medio de un entorno desfavorable para la práctica -o al menos el intento- del buen juego, el equipo que dirige Arruabarrena hace lo posible por hacerlo, más allá de las urgencias que presenta la tabla de promedios.
Evidentemente se puede pelear por no descender y jugar bien al fútbol, ¿no?

– Yo tengo un plantel de jugadores de buen pie y jugamos como jugamos porque es lo que podemos hacer. Es cierto, estamos apretados por el promedio. ¿Pero por eso no nos podemos permitir jugar bien al fútbol? Nuestra idea es tratar de jugar, de tener la pelota, de crear sociedades. Es fácil decirlo pero difícil de hacer. Y, sí, más vale que se puede pelear por no descender y jugar bien al fútbol. Nosotros no tenemos otra alternativa.
– Entonces, ¿Por qué se asocia la idea de que los equipos que buscan no perder la categoría no pueden proponer buen fútbol?
– Debe ser por el hecho de que las presiones que debe soportar un equipo que está en zona de descenso son muy fuertes. Pero depende siempre de los jugadores, de las personas. Si la cabeza del futbolista se banca la presión extra, no hay problemas.
– ¿Quién presiona?
– Todos. Jugadores, entrenadores, medios, dirigentes, hinchas, todos ayudan a que exista la idea tremendista de que todo es de vida o muerte y eso se traslada a la cancha. Acá el que se desespera y pierde la paciencia la paga caro.
– ¿Y tus dirigidos soportan la presión?
– No me gusta hacer evaluaciones parciales. Si digo que sí ahora y después caemos en una mala racha me van a caer a mí por lo que dije. Lo que puedo remarcar es que van cuatro fechas y, si bien es bueno arrancar bien, falta mucho. Los elogios son muy bonitos y hoy es todo bárbaro, el técnico, los jugadores, pero lo más lindo puede ser perjudicial si no sabés manejarlo.

Habla como el entrenador que es. A sus 37 años, después de haber vivido más de 15 años adentro de los límites del terreno de juego, Arruabarrena puede decirse técnico. Pero esa idea no siempre rondó en su cabeza.

– ¿Siempre supiste que ibas a dirigir?
– No, todo lo contrario. Hasta poco tiempo antes de dejar el fútbol desestimaba por completo la chance de hacerlo. Evaluaba seguir ligado al fútbol, de hecho pensé ser periodista deportivo.
– ¿Qué te detuvo?
– Las ganas de dirigir, me picó el bichito cuando estaba en Chile (NdeR: Jugó en la Universidad Católica en 2011). En un momento pensé que no tenía el carácter, la personalidad, pero hablé con técnicos y amigos como Juan Pizzi, Diego Cagna, el mismo Carlos Bianchi y me convencí de que podía. Me retiré y agarré Tigre.
– ¿Consumís prensa deportiva?
– Sí, poco. Leer no leo. Si bien los diarios andan por la concentración, mucha bola no le doy. Lo que sí, escucho y veo bastante. Pero solamente los que hablan de fútbol. No descarto trabajar en los medios más adelante, como analista, siempre en programas que hablen del juego.
– ¿Hay programas en los que no se hable de fútbol?
– Demasiados. Cuando el fútbol se convierte en show perdemos todos. Yo soy de los que piensan que tanto los futbolistas como los entrenadores necesitamos del periodismo tanto como ellos de nosotros. Pero a veces se cruzan ciertos límites.
– ¿Qué porcentaje de mentira-verdad hay en lo que se comunica?
– Hay casos y casos. Mucho de lo que se lee es mentira y ahí uno debe decidir si contesta o se queda en el molde. Es un trabajo diario que hay que hacer. Muchas veces hay que encapsularse y hacer oídos sordos.
– ¿Crees que esto sucede sólo en el fútbol?
– Prefiero no meterme en cosas que no se. Lo que sí, por las reacciones del hincha y porque uno está de este lado del mostrador, uno aprende el poder que tienen los que informan.
– Tuviste la posibilidad de concentrar con tipos como Márcico, Blas Giunta, Maradona, futbolistas de otra época… ¿Qué diferencia hay entre la generación de jugadores con los que compartiste plantel y la que te toca dirigir?
– Obviamente hay cambios, pero no creo que sea como muchos dicen que se mutó para peor. Son épocas distintas, la sociedad cambió. Antes uno no tenía celular ni otros medios de distracción y miraba mucho fútbol para conocer al rival. Hoy en día, los jugadores conocen a los rivales por verlos en la Play Station. Saben la altura, si es zurdo o diestro, etc… Que se yo, uno se debe adaptar a lo que hay, a lo que le toca. Yo creo que todos los cambios son para mejor.
– ¿Qué lugar ocupa el futbolista en el ambiente futbolístico?
– Es central. Es el eje del fútbol, desde él se manejan todos los negocios. Hay un montón de aspectos que se ven favorecidos según el rendimiento del jugador.
– ¿Y es tratado como tal?
– Depende del caso. Es el fútbol que nos toca vivir. Desde la lógica del mercado, el futbolista está en un lugar central y así se vive.
– ¿No crees que eso perjudica al torneo local?
– Sí, puede ser. Hoy prima el mercado, es el que rige la competición. Por eso faltan jugadores de 22 a 28 años, más o menos. Hay jugadores demasiado jóvenes, de 17 o 18, y otros de 30 para arriba. Falta una franja importante porque se va a jugar a Europa, ese es el principal problema del fútbol argentino. Los pibes juegan cuatro partidos bien y ya tienen una oferta de afuera. El club, el representante y el jugador se favorecen y se van. Después, muchos, vuelven a los seis meses porque no se pueden adaptar…
– ¿Qué te dicen tus amigos sobre la situación de España y Grecia, los dos países del exterior en los que jugaste?
– Y… que está todo mal. Yo zafé en ese aspecto. Parece que voy esquivando los quilombos. Me fui de Argentina en el 2000 y volví en el 2007, dentro de todo me salió bien. Uno dejó mucha gente querida allá y se pone mal por ellos.
– En algún momento dijiste que te aburrías y por eso te daban ganas de cambiar de club. ¿Qué es lo que hacía que te aburrieras?
– Qué sé yo, estar mucho tiempo en un mismo lado. Pero creo que es una cuestión de perder los incentivos lo que hace que uno se aburra. Lo peor que le puede pasar a uno es conformarse, estar cómodo. En el fútbol, como en la vida, el que se relaja pierde. Es simple, si te conformas te achanchas y perdés las metas y sin metas no rendís.
-Sin embargo, estuviste ocho años en Boca y siete en Villarreal…
– Sí, hice lo contrario a lo que dije. Es raro.
– Como te pasó con tu carrera de entrenador.
– Qué sé yo son cosas que dije en su momento. Uno sabe que como jugador de fútbol, y más que nada en Argentina, las opiniones son cambiantes.
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– ¿Qué música escuchás?
– De todo, ¿por qué?
– Por el tono de espera de tu celular.
– ¿Qué es eso?
– Cuando te llaman, hasta que atendés, suena un tema de Cacho Castaña…
– ¡No! Me quiero matar. ¿Cómo lo saco?
– Ni idea…