El show de la politiquería

¿Qué hay detrás de las cámaras de Intratables? Crónica del programa de tv que debate la política argentina al ritmo del rating.

En un estudio de televisión la escenografía es de cartón, el aire es acondicionado nivel 20 y el cielo está estrellado de tachos de iluminación. La gente vive barnizada por el maquillaje y usa traje o vestido y zapatos de fiesta.

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Primera impresión: hay algo en la televisión que es, por definición, mentira.

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Panelistas apuntan.
Panelistas apuntan.

A las 9:30 de la noche, media hora antes de que empiece Intratables, los ocho panelistas ya están sentados en sus lugares. Tres de los invitados del día – un martes cualquiera- también: el senador G. M. y el consultor político E. Z. P. ocupan los sillones centrales, y otra consultora, M. F, otro escritorio al costado.

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La distribución del espacio poco importa para las cámaras de tevé, que apuntan para todos lados: son cuatro, dos fijas, una que se mueve por el piso como una araña y otra tipo grúa. Quien decide qué cámara transmite en el momento (señalada por una luz roja), cuánto dura el tema que se debate (al ritmo del rating) y, en ocasiones, a quién se le debe ceder la palabra, no está en el piso, está arriba, o en algún lado, como un Dios o un titiritero.

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El conductor S. M. entra al estudio 9:42 por una puerta lateral que usa solo él. Lleva un traje ajustado negro y es flaquito, más flaquito y menos alto de lo que parece: todo el tiempo, presenciar el vivo pone en juego este tipo de comparaciones vida virtual versus vida real.

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Virtual (Del lat. virtus, fuerza, virtud).

1. adj. Que tiene virtud para producir un efecto, aunque no lo produce de presente, frecuentemente en oposición a efectivo o real.

2. adj. Implícito, tácito.

3. adj. Fís. Que tiene existencia aparente y no real.

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Antes de las cámaras.
Antes de las cámaras.

El programa se está grabando en el estudio 2 del edificio que América tiene en pleno Palermo Soho, entre bares, productoras y canales como C5N. En el mismo piso, la escenografía se divide en dos: de un lado la imagen de una ciudad hace de escenografía para Intratables, y del otro graba Intrusos, donde el panel refleja un cielo despejado.

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Antes de empezar, uno de los panelistas (P. V.) mira a uno de los invitados (J. C.) y lo chicanea: “¿Estás preparado?”

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El vecino Intrusos es un programa de espectáculos que se mantiene desde el 2001 en un promedio de 5 puntos de rating: 400 mil personas. Comparte este ambiente con Intratables desde el 7 de enero del 2013, un programa que se desprendió de otro que conducía D. M., Infama, que era a su vez un continuado del de J. R.. “In” trusos, “In” fama e “In” tratables son parte del mismo árbol genealógico de América, craneado por el grupo de Daniel Vila, y sus platos fuertes hoy día.

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Intruso.

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Atrás de cámara estamos los utileros, camarógrafos, asistentes de camarógrafos, productores, vestuaristas, maquilladoras, peinadoras, sonidistas, periodistas y aficionados. En total, 26 personas o que están trabajando para que todo esto sea, o están consumiéndolo en alguna de sus formas.

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Los 3 “In” son programas diarios, que debaten “lo que pasó en el día” mediante informes especiales, debates en piso y las opiniones de panelistas fijos y no tanto. La escenografía no es sobria, no hay imágenes neutras, los videographs son coloridos y los sonidos agitan campanas de ring. El formato es el clásico argentino “de espectáculos”, “de chimentos”, “de la farándula”, con todo lo que eso implica.

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Entre los espectadores, un hombre de 30 y pico está sentado en un banco sin respaldo. Desde el lugar que eligió en el estudio, el programa no se ve, sino que hay un panel que lo tapa. “Esto antes no estaba”, cuenta, lo cual denota dos cosas: 1) No es la primera vez que viene, sino más bien al contrario; 2) Siempre se sienta ahí, y sólo ahí.

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Desde mediados del 2014 Intratables deja de ser un programa dedicado a los actores, artistas y televivientes, para pasar a tratar (de tratar) cierta agenda política. Hoy promedia los 3 puntos de rating: casi 300 mil personas.

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El hombre que no ve y sólo oye el programa finalmente confiesa su razón de estar: viene “por Santiago”. Es amigo, o algo así. Trabajaron juntos, o algo así. La figura se va deliñando. El anonimato de este raro hombre va cediendo en pos de una cara inolvidable para cualquiera que fue adolescente entre el 2000 y el 2003: fue la mismísima estatua viviente de Countdown, el programa que Santiago Del Moro condujo en Much Music y lo llevó a la fama.

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El formato de Intratables sigue siendo el mismo de espectáculos; la escenografía no cambió en nada sustancial. Los informes, tampoco: utilizan imágenes y videos de archivo y una voz en off que relata la polémica. La dinámica del debate sigue siendo como tirar un pedazo de carne entre perros que se van turnando la carroña. Sí se fueron panelistas (como M. F., Á. B. y V. G.) más vinculados al mundo de la tevé, para sumar nombres (como A. K., D. P. o J. V.) de supuesto tenor político.

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La ex estatua, acaso, sigue haciendo lo mismo: es una estatua viviente en un estudio de televisión. Viene aquí a estar y nada más que estar. Nadie le habla y él no molesta. Su “patología” no parece muy distinta a la de muchos políticos que asisten a Intratables: más allá de lo que hagan, digan o propongan, lo importante aquí – parece- es hacer presencia.

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Los productores del programa cuentan que parte del contrato implícito es estudiar y entender lo que pasa en la vida política. Algunos panelistas chequean medios en vivo (A. K.: Infobae y Perfil), otros tienen anotaciones en libretas, pero la mayoría nada de eso. Lejos de sopesar cada palabra, sobran los gritos, los argumentos infundados, el sentido común, el lugar común, los entredichos y las sobreposiciones. Si hay algo que no aporta Intratables, es claridad en medio de la confusión.

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De pronto alguien grita “¡40 segundos!” y todos se ponen en sus filas, aunque queda todavía un sillón de invitados vacío. Es uno de los centrales. El programa va arrancar. Son las 10:03.

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Intratables no es un programa inocuo, pero tampoco puede decirse que baja línea (aunque sus creadores corran la carrera electoral). Ese logro quizá le corresponda a su conductor S. M., un joven habilidoso para moderar todo lo que se dice y no se dice al aire, que termina cada programa hablando a cámara (=televidente): “No te olvides que la verdad la tenés vos”.

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El programa arranca nomás con unos aplausos autogenerados y la mirada del  conductor clavada en la cámara 1: “Hoy tenemos un compañero que la pasó mal”, va a empezar diciendo, en señal al panelista C. C., a quien la cámara filma y él pone un gesto de lamento. “Pero antes de eso”, sigue D. M., “tengo un secreto para vos: el secreto para renovarte cada día es dormir en un colchón…”. Va la publicidad de Canon.

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El plantel de panelistas está compuesto de tal manera que los roles, luego de ver un par de programas, quedan definidos. Si uno dice A, el otro debe decir B, y otros dos sostendrán que C. En seguida, el conductor D. M. intentará llevar las posturas a una consigna conciliadora (digamos D), en un tono que recuerda al “no importa la política”, cuando no está ocurriendo otra cosa que política. Política masticada. Y lo sabe.

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Caras y caretas.
Caras y caretas.

Vuelve la cámara al panelista C. C., que pasa a relatar un hecho de inseguridad que sufrió el día anterior, a la salida de este programa. Le robaron el reloj. “Pero podrían haberle quitado la vida”, sugiere D. M., y el otro asiente. Todos asienten.

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Aquí vienen tanto oficialistas como opositores, como sindicalistas y trabajadores, como integrantes de movimientos sociales y funcionarios, aunque no a todos se los trata por igual. El lugar en el salón y los minutos brindados son parte del premio y del castigo. Los políticos son tratados más gentilmente.

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El panelista que fue robado, en un momento, confiesa: “Era un reloj que usaba sólo para venir acá”. Replay: sólo lo usaba en la vida virtual. Detrás de cámara se comenta que le ficharon el reloj al aire, y lo esperaron en la casa… le pasa por… Alguien detrás de cámara busca una sonrisa cómplice.

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Se habilitan dos lecturas:

1) será un programa flojo, ya que sacaron el comodín de la inseguridad;

2) mientras la cámara filma sólo al panelista asaltado, oculta que todavía falta llenar un sillón de invitados, y esa es la verdadera razón de este arranque en primera persona.

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Hay 10 televisores que proyectan distintas cosas. Cinco, el programa mismo. Dos están apagados. Dos muestran imágenes alusivas a lo que se está hablando. Y una cuenta los días, minutos y segundos que faltan para las elecciones presidenciales.

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Como en televisión todo está calculado, la opción 2 parece la correcta: mientras el relato del robo continúa y pierde intensidad, llega el último invitado, F. M., que es interceptado por una maquilladora (cual robo de reloj) mientras un productor le pregunta: “¿Estás para entrar?”. En 10 segundos F. M. es maquillado, saluda al P. S., se sienta y la cámara grúa filma todo el estudio, ahora sí, completo. Arranca el programa.

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El encargado de transmitir las órdenes del director de estudio es un joven sub 30, fachero de chupín rosa, intercomunicador en mano, cuya función principal es levantar las palmas y gritar para que los panelistas hablen de uno. Si la cámara hecha luz sobre lo que pasa en el estudio, el verdadero manejo se hace desde las sombras.

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Faltan 242 días, 9 horas 52 minutos y 39 segundos para las elecciones…

La cuenta.
La cuenta.

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El productor tiene una asistente que le pasa unos carteles (hojas A4 pegadas una debajo de otra) con las consignas del día, para que el conductor las lea y de pie a un debate o introduzca un informe. Hoy: “Periodistas víctimas de la violencia”, “Un muerto en un enfrentamiento entre barras cerca de La Salada”, “Fuertes críticas de Rial a la política”, “Alianzas y polémicas en la carrera presidencial”, “Conventillo político tras la frase de Mussi”, “Delia, ¿se quedó solo?”, “Caso Bodou”, “Guerra de encuestas”.

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Un invitado (J. C.) dice que en La Salada hay gente con ametralladoras y chalecos anti bala, comentario que en cualquier otro contexto debería ser motivo de denuncia e investigación, pero que aquí pasa como un comentario de fiesta de 15. 

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Repasemos las palabras clave de hoy: periodistas, violencia, muerto, barras, críticas, política, alianzas, polémicas, carrera presidencial, conventillo, encuestas…

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A las 22:17 va el primer informe. Se hace el silencio. Algunos lo miran, otros no, el senador G. M. se ríe, pero cuando la cámara se prende se vuelve a poner serio cementerio.

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Su actitud es generalizada: cuando la cámara no enfoca, el que estaba serio se ríe, el que se reía se pone serio, el que sostenía eufórico un argumento, se pone a mirar el celular, y todo así en un gran juego de actuación en el que lo único que importa es la perfomance de los segundos al aire: qué tienen que decir, cuándo y cómo.

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Un utilero aprovecha el corte para levantar un índice de una mano y en la otra juntar el índice con el dedo gordo, en una señal que cualquier futbolero interpretaría como “1-0”, y lo dirige al panelista P. V. junto a la descripción: “gana Racing”. P. V. asiente contento.

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Ver el programa desde el piso puede resultar una gran decepción, o un golpe de realidad. En la tele las voces tienen mayor volumen, la cámara enfocada genera una tensión que aquí se pierde en la dimensión del estudio, los gestos parecen más acentuados, todos parecen atentos al debate, todos parecen hablar seriamente. El juego de hacer parecer es la gran habilidad del director de cámara.

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3. adj. Fís. Que tiene existencia aparente y no real.

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De pronto llega otro invitado más (van 40 minutos de programa), el diputado J. M. P. Ni lo maquillan y lo sientan en una banqueta en el lugar más marginal del estudio. Cuando se dan cuenta que es imposible que lo enfoque una cámara, un productor agarra la banqueta y la mueve con el diputado arriba, que levanta los piecitos.

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Para entender el juego de la tele, basta pensar en cómo sería la cara de uno si, ante la noticia de una mala nota en un examen, fuese filmada a una distancia de dos metros y proyectada a miles y miles de personas: terrible.

Imágenes: NosDigital.
Imágenes: NosDigital.

Un videograph abajo: LECTOR/A reprobó y es un burro.

Música de apocalipsis.

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Racing mete el 2-0.

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¡30! Grita alguien cuando el informe va terminando. ¡10! Y todos se preparan.

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Racing mete el 3-0 y el utilero camina por las paredes. Pregunta desde qué página puede ver el partido por el celular.

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En el piso la magia de la tevé no existe, el debate es menos intenso que cualquier previa con amigos, uno ve el programa desde una distancia de diez metros intermediada por camarógrafos, asistentes y productores que están trabajando en serio. Uno se ocupa, antes que nada, de no romperles mucho las bolas.

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El primer bloque se va a los 53 minutos de programa. Hay 3 minutos de recreo.

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La peinadora va y peina a A. K. y le dedica unas palabras.

Santiago se enoja y dice a todos: “Si hablan todos juntos no se entiende un sorete”.

P.V conversa con G. M. y dice algo como “Del Sel está subiendo…”.

El utilero hincha de Racing llena una jarra de agua fría y la ofrece. 

Literal detrás-
Literal detrás.

El corte vuelve con dos publicidades. Una de “Zona libre” que comunica que el producto se vende también en Uruguay. Es decir que esto se pasa también allí.

El segundo informe llega más rápido. El conductor lo presenta como “¿A Delia le soltaron la mano?”.

Mientras se proyecta, los panelistas le reclaman al conductor que no les da el pie para hablar. D. M. se calienta y dice “¡Son siete personas hablando al mismo tiempo!”, mientras los panelistas se achican y los invitados se ríen. 

Un productor le acerca un papel escrito a la panelista S. F. B.

Un camarógrafo con ganas de hablar dice que “todo esto es una mentira más grande que una casa”, que es “todo por el rating” y que “en cámara se pelean y después afuera andan a los besos”.

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Cuenta mental: de las 16 personas al aire, al menos 7 no hablan hace 30 minutos, 2 intervinieron una vez y 1 – P. S- ni siquiera.

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Se hacen las 23, falta media hora para que termine el programa, pero el locutor ya dijo lo que tenía para decir, se levanta, hace un bollo con los papeles del guión, los tira al tacho y se va sin saludar a nadie.

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La televisión de fondo proyectó las siguientes imágenes durante el programa: Massa, Nisman, la policía, la bandera argentina, imagenes del 18F, a Bodou, Scioli y los números de encuestas.

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Historias de graphs.
Historias de graphs.

A las 23:05 Del Moro se propone hablar con los que no hablaron.

Un sonidista le contagia el bostezo al otro.

2 hombres del canal que terminaron su labor entran al estudio y se sacan una selfie.

Uno de los que no habló dice algo que en vivo parece menor, pero que desde el estudio ya decoraron con un graph rojo intenso que dice: “No creo en la justicia”.

A las 11:31 minutos el productor le hace señas al conductor: no hay más tiempo.

S. M. muestra la revista Pronto para terminar.

Los panelistas se frotan las manos.

Los cámaras bajan las cámaras y suspiran.

OFF.
OFF.

El conductor asegura que el programa se llamará “Intratables, dejame terminar”, en relación a lo que piden los invitados cada vez que alguien les superpone la palabra.

El invitado P. M. y la panelista A.K. se quedan hablando.

F. C. le dice a J. C.: “Cómo lo corriste, me encantó”.

P. V. se saca la corbata.

S. M. se va por su puerta lateral.

Los televisores muestran el programa siguiente que ya comenzó.

La estatua viviente le pide una foto al P. S.

El cielo de luces se apagó.

Todos huyen.

Un televisor marca que faltan 242 días, 8 horas, 26 minutos y 45 segundos para las elecciones.

“Siempre fui más perro que veterinario”

A Pedro Saborido esta entrevista le aburre. Que el guionista de Tato Bores, de Todo x 2$ y de Peter Capusotto no se sienta entre alegrías no se sabe si es un problema o algo cotidiano. ¿Qué es el humor? ¿Qué es el humor político? ¿Qué el humor de actualidad? Responde un contracultural, del rock, del que se ríe con un pedo, del que se cansó de los medios. Además, un adelanto de lo que se viene este año en la TV Pública.

– ¿Cuál fue el último chisme que te enteraste?

– Un engaño amoroso en un pueblo donde voy seguido, en General Guido. Era la noticia este fin de semana.

– ¿Fuiste transmisora del chisme o no?

– No, te lo acabo de contar a vos nada más.

– ¿Y qué sentiste? Lo gozaste, ¿no? Me lo vendiste así… Lo mismo pasa con algo terrible. Es como que te conmociona y lo tenés que volver a contar. Explotó el edificio en Rosario. Salta: se comparte la información. Y cuando no hay tema de conversación se pasa a hablar de lo último que se sabe para comunicarse. Más tierna es la comunicación que se da en un barrio como Lanús hace 30 años que debe ser parecido a un pueblo de hoy, era normal que se pusieran a hablar de cómo está el tiempo, el clima. Es lo primero que comparten, es esa necesidad humana de comunicarse. Después va derivando la charla, pero nace ahí.

Pedro Saborido arranca su mañana en un bar de Belgrano R interrogando a la fotógrafa para tratar de explicar cómo funciona para él la comunicación. De gorra, el pelo algo grasoso y unos anteojos gruesos que parecen estar sucios, Saborido da la sensación de estar fuera de contexto en la coqueta esquina de Freire y Echeverría. Lo que a nosotros nos llama la atención, igual, no es su imagen: es lo que hay dentro de esa cabeza que guionó las (hasta ahora) siete temporadas de Peter Capusotto y sus videos, el programa de rock que parodió con una precisión quirúrgica las actitudes típicas de los argentinos. No sólo eso, también fue guionista de Tato Bores y de Todo x 2$, dos hitos del humor en la televisión argentina. Son más de veinte años de mandar en el centro de los medios, pero siempre con una lógica muy distinta a la que manda en el centro de los medios. Estar fuera de contexto, acaso, es su constante: se hizo de Racing en su niñez cuando en Gerli la mayoría era de Independiente, eligió el rock como camino de escape cuando en su adolescencia lo que pegaba era la fiebre de sábado por la noche de John Travolta.

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– Después de más de veinte años dentro, ¿cómo te llevás con los medios?

-El sature de los medios te puede venir, como te podés saturar de cualquier cosa. Yo hice un experimento para ver qué pasaba si no leés ninguna noticia y la conclusión es que te enterás igual. Te enterás porque estás en un bar y hay una tele encendida, o entrás a un negocio y está la radio, o te cruzás con un conocido y te empieza a hablar de lo último que pasó. Y es lógico porque es como catárquico. La persona recibe una información y necesita soltarla. Es como un chisme. O sea: ¿por qué existe el chisme? Porque la persona que se entera tiene la necesidad de compartirlo, más allá de que le pueda resultar placentero o no.

-Sin leer los diarios, sin información, tiene mucha actualidad Peter Capussotto…

-No. Es sin actualidad. Tiene más que ver con un momento o con una época que con una información puntual de un diario. Tiene más que ver con lo que se vive socialmente. Micky Vainilla no es una información puntual, es una pintura de una época. Tato Bores sí era actualidad, se trataba de un show que era un resumen de todo lo que había pasado en la semana, de lo que se había hablado.

-¿Te sienta más cómodo esta manera de comunicar que el humor político con el que arrancaste, en Mitre y con Tato Bores?

-A mí lo que me pasó con el humor político, que me pasó hace mucho y ahora me di cuenta, o creo saber lo que me pasó, es que estaba saturado de escribir mirando el diario y tener esa obligación de ver de qué había qué hablar según lo que ahí salía. No critico al que lo hace, pero a mi particularmente me saturó eso de agarrar el diario para ver de qué hablo. Y a parte, había que tener ante todo una posición medio tirapiedra. Ya en la época de De la Rua no hacía humor político. Ahí también ves cómo se modelan los personajes para hacer humor político. Que la cartera Luis Vouton; que el bigote de Macri, que viaja y que es un vago; que la Carrio es pitonisa; que el otro es un indeciso. Se hacen personajes de trazo grueso: De la Rua es un boludo, Menem es frívolo y maquiavélico. Es medio sesgado eso.

-¿Por qué Tato fue tan respetado? ¿Por lo novedoso o por la calidad?

-Tato no era un periodista, era un cómico que venía de una escuela que es la revista porteña. Era otra época, estaban instaladas tres cosas básicas. Primero, una discontinuidad democrática, la libertad de expresión iba y venía, se podía hablar de unas cosas sí y de otras no. Entonces la comicidad, el humor, el absurdo y la metáfora constante con la que se construía humor venían fruto de aludir a algo sin caer en la censura o en la impugnación. De ahí que aparece la metáfora o las formas de representación. La segunda, que viene de esos momentos en los que había democracia o no había democracia, es que el humor político tenía esa especie de acto subversivo, que con el chiste se atacaba algo que en la prensa sólo lo podía reflejar un editorialista de mucho nombre. Y la tercera, la pompa institucional: el lugar del humor estaba frente al poder. Y en el poder estaba esa institución… La forma en la que se hablaba de un presidente, de un diputado, que se empezó a romper con la noticia rebelde, se siguió rompiendo con los políticos yendo a los programas humorísticos y se terminó de romper el cerco con CQC, cuando ya a un diputado le podías hacer en medio de dos chistes una pregunta terrible, o tocarle el culo. A la vez que todo lo institucional perdió pompa, protocolo, que eso fue a partir de Menem. No es lo mismo la formalidad de Alfonsín que la informalidad de Menem.

-¿Y Peter Capusotto qué es?
-Humor. Por ahí todo humor es político, como decía Rep en una época. Qué se yo. En todo caso no hacemos humor de actualidad política, si querés ser más preciso.

A Saborido le aburre la entrevista, aunque le gusta hablar. Cada tanto nos invita a intervenir en la charla con algo más que preguntas. Se da cuenta de que en el bar también está Hugo Orlando Gatti. Y charlamos un rato del Loco. Después repasa en silencio, en su cabeza, de lo que venimos hablando. Y ahora el que interroga es él.

-Eso de “los medios”. El termino es ese, qué se yo. A ver: ¿qué te gustaría comer al mediodía?

-Una milanesa, supongo.

– Bien. Vamos a comer una milanesa. Ya son las 12:30. Tenés hambre. Viene el mozo, le pedís una milanesa. Llega la milanesa. La comés. Ahora vamos a la noche: ¿qué querés comer? Milanesa, tomá otra milanesa. ¿O no querías milanesa? Vas a comer milanesa cuatro años seguidos, la puta que te parió. ¿Qué te parece la milanesa ahora? La fascinación está cuando vas hacia un lugar, después llegás, te acostumbrás, lo despreciás o lo valorizás, pero lo normalizas. Trabajar en los medios tampoco es una panacea.

– Si no lees diarios ni mirás mucha tele, ¿de dónde surgen los personajes que creás? ¿Mucho YouTube?

-YouTube lo miro mucho, pero como entretenimiento pelotudo. Es el resto de la vida, que es un montón. Lo que te pasa con tus amigos, lo que ves en un bar, lo que te pasa con tu familia, lo que palpás. Cotidianeidad. No es lo mismo lo que te pasa a los 30, que a los 40, o llegando a los 50. No es lo mismo estar soltero que casado. Esas distintas vivencias te acercan a otros mundos, a otras gentes, a otra observación. Tampoco es que estoy mirando todo el tiempo a ver si se me ocurre algo. Tal vez dice algo Diego y yo trato de apelar a algo que me pasa a mí con lo que dice él y sale.

-¿Y cuándo te diste cuenta de que eras gracioso?

-A veces pensás que algo es gracioso y para nada. Vas probándolo. Lo comentás, te vas dando cuenta de qué cosa funciona y qué cosa no. Es el ejercicio de la experiencia, nada más. A veces no es hacer las cosas bien sino animarse a hacerlas. Es la audacia lo importante. Algo siempre está entre lo general y lo particular. Si vos mañana te querés levantar a una mina y le hacés los mismos chistes que a la anterior que te levantaste por ahí funciona, por ahí no. Si te sale, no es que sos genial. Es que te tocó una mina parecida a la que le gustaron las pelotudeces que le dijiste hace dos meses. Y si no sale, no es que vos sos un pelotudo, es que es distinta la mina, le gustan otras cosas. Esa cosa la vas aprendiendo con el tiempo.

-Pero en Peter… el público es amplio de ideologías, de edades, de culturas.

-Si vos abarcás un punto de raiting ya estás hablando de 100 mil personas. Pero uno es más general y común de lo que se cree. Lo que hagas va a llegar a un montón de gente que empieza a tomar cosas de las que por ahí no se hubiera reído antes, pero como se río de una te da la oportunidad de otras. Una le gustó, la otra aprendió a que le guste. Algo así pasa. Yo nunca fui tan marketinero, pero no tengo nada en contra. No lo fui, no sé si por convicción ideológica o incapacidad. Quedaría mejor si digo que es por convicción, pero creo que fue por incapacidad de poder hacer algo que le guste a un montón de gente.

07082013-DSC_0030-¿Y qué crees que hubiera pasado si eras marketinero?

-No lo pienso porque no me sale. Alguien te puede decir: es por acá. Es un poco Luis Almirante Brown la cosa: si hacés unos chistes con la palabra ojete vas a pegar más que si hacés una alusión a Gramsci. O si hacés un chiste basado en algo psicologista lo va a agarrar la gente psicoanalizada. Chistes con pedo, bueno, es lo más general del mundo. Pero quién se permite reírse por un pedo es otra cosa. Por ahí al tipo rebuscado no le parece bien. Antes yo no me lo permitía, porque me hacía el que me gustaba el humor inteligente. Una pelotudez. Después me di cuenta de que era una bestia de Lanús que me divertía con un pedo. Podés reírte de un pedo y de un chiste elaborado de Woody Allen. Podés disfrutar las dos cosas.

-¿Pero como guionista sentís una responsabilidad de estar llegándole a determinada gente, de transmitir un mensaje?

-No, no. Sale solo. A veces sentís que querés hablar de algo, pero nunca tuve una vocación pedagógica. Si hay cosas que tienen carga de bronca, o algo que pienso yo. Bronca no de odio, de expresar algo en todo caso. Pero básicamente tienen que hacer reír, o divertir. Vos sabés que estás provocando algo que es una risa nerviosa.

-A veces es una risa angustiante, incluso, por lo bien que se reflejan algunas cosas. El tipo que come mierda en el trabajo, por ejemplo.

-Ah, bueno. Claro. Lo que pasa es que ahí te divierte que hay un tipo que se está comiendo un sorete de perro. Eso es a lo bestia. Podés tener la lectura de que todos consumimos mierda y no nos damos cuenta. Pero el tipo mete un sorete en el café con leche, eso es bestial. Lo que divierte es la animalada de estar haciendo eso. Es como un amigo que muestra el ojete en una fiesta. Una pequeña diversión estúpida, pero disfrutable. ¿Nunca tuviste un amigo que mostraba el ojete? Es medio como ser un idiota. Un momento de idiotez plena, que disfrutas de ser correcto y formal. Sos un nene de nuevo, por dos segundos.

Otra vez, Saborido se aburre con la dinámica que va teniendo la entrevista. “Yo hablo mucho, párenme”, nos pide. Y otra vez, nos invita a participar a nosotros para tratar de explicar cómo funciona para él la diversión. Ahora de manera más directa: “Empecemos a romper cosas acá, en el bar. Agarremos las sillas y las tiramos contra los vidrios. Vas a ver qué bueno. Necesitás esos pequeños momentos de abandonarte a un instante de nada. Si vos mirás a alguien que se ríe, es ridículo. Es como un estornudo: con la risa te soltás. Es tan orgánica que a veces no la podés parar. Y cuando más manija te das para no reirte, más te reís. Tiene algo de prohibido: vos no te podés reír en medio de un velorio o de un casamiento. Si alguien se pone a llorar mientras alguien se casa, es normal. Si un tipo empieza jua jua todos dicen qué le pasa a este boludo. Con mis amigos nos pasó: éramos 15 que estábamos tapándonos la risa. Y los más turros vienen y te dicen algo al oído para que te rías más. Es como abandonarse un rato, ser un nene. Si hay un tipo de 40 riéndose, vos decís qué idota. Si hay un nene de 9 meses, decís qué lindo. El nene tiene permiso para ser idiota. Mis hijos un día querían tirar huevos desde el balcón. Mi mujer decía que no. Dije: hagamos una cosa, agarren cuatro huevos, tirénlos contra la pared de la terraza y después lo limpian. Es divino hacer cosas así”.

-O sea que tenés una bandita de amigos que disfruta del humor. Puede venir de ahí…

-Sí, yo me río mucho con mis amigos. Puedo estar tres horas hablando en serio también. Conozco gente más idiota de mi edad. Que se sacan la silla entre ellos, se pegan, se hacen jodas. Como una adolescencia pero mal, eh.

-¿Peter tiene mucho de tu adolescencia? Sobre todo por ser un programa de rock.

-Tiene que ver con un momento muy claro y especial de la vida en el que tenés el permiso de crear historias y delirios ó boludeces porque en la etapa de la adolescencia uno se permite mucho el sinsentido y el chiste porque sí. Esto lo comento siempre porque me sigue fascinando: vos ves grupos de adolescentes que no entendés de qué se ríen. De más grandes sí, cuentan anécdotas, eh, cogiste, qué bueno. Los adolescentes se ríen de algo que jamás entenderás. Uno dice ‘zócalo’ y todos se cagan de risa. Viene de historias o de chistes internos, giran sobre su propio humor. De afuera decís, ¿dónde está el chiste? En los adolescentes se da eso en mucha intensidad, son el centro del mundo ellos en ese momento. Un poco con Diego tiene algo de eso, de que haya chistes porque sí, porque nos divierten. Tiene mucho de nuestra parte adolescente con la que convivimos.

Podemos ponernos el disfraz de psicoanalista –siempre desde la parodia que proponen Saborido y Diego Capusotto, claro- y afirmar, con barba y anteojos, que para el hombre que es la voz de Pizzería Los Hijos de Puta, de Perón y el Rock y otras más, el programa es una manera de manifestar su adolescencia tardía porque entre los 12 y los 19 tenía reprimido el permiso para crear historias, sinsentidos y delirios: “Yo la pasé muy bien, igual, me divertí mucho. La Dictadura fue lamentablemente normal. El Golpe fue cuando yo tenía 12 años. Después te dabas cuenta, porque tampoco te explicaban mucho. Simplemente era. Lo mínimo que me pasó a mí, más allá de que a veces te enterabas de algunas cosas y ahí empezabas a despertarte, fue la presión en la escuela, el respeto hasta el exabrupto de los símbolos patrios, o que casi me echen del colegio por hacer una nota sobre Martin Luther King. Estupideces tales como que a un amigo le dieron 20 amonestaciones porque fue con Topper rojas y eso decían que era de comunista. Era un colegio del Estado. En la primaria fui a un colegio tercermundista, otro palo. Ahí terminé justo en el 76. En eso te vas moldeando a lo prohibido. Para ver un culo tenías que ir a ver una película italiana a las 2 de la mañana en Valentín Alsina. Y a la vuelta por ahí te comías una razia. Venía un bondi y decias: ‘uia, qué hace este colectivo acá’. Lo parabas y bajaban dos civiles que te decían arriba con otros 50 pelotudos como vos y si no tenías documento te comías 24 horas adentro. Un montón de cosas de las que nos dimos cuenta cuando volvió la democracia, que yo la había vivido sólo tres años, entre el 73 y el 76. Cuando llegó la democracia era todo raro. Guau: una revista con una mina mostrando el culo. Guau: la revista Humor habla de desaparecidos. Era inaudito, impensado. Es como que ahora los mozos del bar estuvieran desnudos. Te parece increíble, pero era normal. Ojo: es más trascendente eso a que te sirvan un café con leche en bolas. Es como pasa con Bergoglio: dice lo que todo el mundo sabe hace años, pero todos se sorprenden. Es la contradicción: los milicos habían prohibido una escena de Hermano Sol, Hermana Luna, una escena de San Fransisco de Asís donde le cuestionaba al Papa por qué tanto oro. ¡Y los tipos cortaron esa escena porque San Fransisco de Asis cuestionaba al Papa en el 1500! San Francisco de Asis, ¿entendés?”.

-¿Y con ese descubrir cosas te acercás a militar en el Partido Intransigente?

-Para el sector en el que venía yo, entre rockero y hipón, la oferta avellanedense del peronismo no era muy atractiva. Esto era más zurdito. Yo tengo un tronco familar que era entre peronista y socialista. Y había como un espacio muy fuerte. Cuando te ponés a militar los componentes son muchos, no es sólo ideológico. Es un grupo de pertenencia, los atractivos también pueden ser afectivos, un amigo, una amiga, una mina, una estética, un devenir de cosas. También la militancia lleva a distintos grupos de pertenencias que te pasean por costumbres: los cumpleaños, las marchas, las peñas y un montón de circunstancias que sólo se viven con la militancia. Yo era un militante básico, un militante festivo: iba a las peñas nada más. Tenía esa contracultra del rock. Si venía de una cultura rock, la militancia se contraponía. Eso de la disciplina, el encuadramiento en el rock no existe. Así hubo cosas que no podía soportar como militante. Nunca pude ser orgánico porque era una porquería humana. Nunca me gustó la música latinoamericana. Silvio Rodríguez, todo eso, me parece espantoso. No aprendí a que me guste.

-¿Y cómo pasás de militar en el PI a terminar haciendo que Perón diga exiliado desde Madrid ‘yo quiero mi pedazo porque no me lo dan si yo ya puse plata y mi pedazo no está?

-Bueno, por ahí ese es el final. Lo que te quedó de tu vida es poder hacer la voz de Perón. No es que pienso que la política ahora es tal cosa y yo voy a agarrar y voy a hacer esto. Yo lo veo a Perón diciendo –imita la voz de Perón- ‘la rubia tarada’ y me causa gracia. Ese es el acto que no esperás. Después la carga simbólica que le pongas a eso, por ahí está, por ahí viene un tipo y me dice: -imita otra voz, tal vez la del psicoanalista que inventamos unos párrafos más arriba- que en el inconciente estoy uniendo dos puntos contrapuestos finalmente resignificando la carga política de la letra de Luca Prodan como desmitificando a Perón poniéndole palabras que son del rock. Yo siempre fui más perro que veterinario. El perro no dice ahora voy a marcar mi territorio: va y mea. Después el veterinario puede estudiarlo. Diego y yo estamos atrás de otra cosa, de hacer reír y apelamos a cosas. El publicista lo puede hacer, pero igual lo que se le ocurre es algo que después calza. Yo por ahí lo tengo y no me doy cuenta. No es que digo voy a hacer un personaje sobre los comentarios discriminatorios. Micky Vainilla nació como un cantante pop que era medio de derecha, algo medio contradictorio. Después escuché una conversación que a una mina le decían: ‘che, vamos en tren’ y la mina contestaba: ‘no ahí está lleno de negros’. Ahí dije: ah, mirá. Empezó a trascender esta cosa que gira y da vueltas por todos lados. Pero porque apareció la oportunidad para hablar de eso.

Faltan tres semanas para el 2 de setiembre, el día que se ponga al aire por la TV Pública el primero de los doce programas de la octava temporada de Peter Capusotto y sus videos. Para calmar la ansiedad, pero sobre todo para que Saborido explique cómo es el proceso creativo de personajes tan logrados, dejamos un anticipo:

“Ahora por ejemplo estamos haciendo una cosita chiquita de una banda que se llama Talle 13. Los tipos no hablan con acento latino porque son de Honduras pero hablan –hace una voz gruesa, criolla- así nomás. Los tipos explican que en el Norte de Honduras no dicen –pone voz latina- guacamole. Están todos esperando que digan –con voz latina, de nuevo- mueve el bumbum, pero hablan así. Son gente que no les cae muy bien ser latinoamericanos. Les queda chica Latinoamérica, quieren que de una vez los invada el imperio para poder tener WiFi. Los tipos dicen está todo bien con los latinoamericanos, pero no me gusta ser latinoamericano. No es Micky Vainilla: es un tipo que dice me gustaría vivir en una ciudad que tenga olor a comida frita. Eso dura tres minutos. Se nos ocurrió lo de Talle 13 y lo fuimos armando. Dijimos: ¿otra vez un tipo que hable en latino? Y no hablan así, te dicen soy hondureño sin acento hondureño porque son del Norte. Es como cuando encuentran un cordobés que no tiene acento y tiene que explicar que es del Sur de Córdoba y ahí no tienen el acento cordobés. En esa búsqueda que vas haciendo, pensás en eso de ser latinoamericano. ¿Y está bueno ser latinoamericano? ¿Esto es Latinoamérica o tengo que ir hasta Lanús para ver Latinoamérica? ¿Y Miami qué es? ¿Don Omar es latino? Es latino pero vive como mi cuñado que es judío. ¿Qué es latino? ¿Un tipo con un gorra o una Kolla que está con la quena? Es buscar esos personajitos, por ahí lo gracioso es que están con un saquito corto, que se llaman Talle 13 y que expresan la opresión de ser latinoamiercano”.

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“¿Tengo que ofrecer pomada hemorroidal para que me paguen el sueldo?”

El Ruso Verea es el tío copado que todos querrían tener. Su éxito es ser auténtico. Aunque vivió el rock y el fútbol desde adentro, lo vive como si fuera amateur. O como si el profesionalismo fuera otra cosa.

Hay un futbolista que de joven, en los 80, aparece en un entrenamiento con suecos de madera, una remera con el logo de Led Zeppelin en el pecho y un collar de ahorque de un dogo que se le murió a un matrimonio amigo, que eligen darle ese presente porque piensan que él y su mujer arman una pareja tipo Sid y Nancy –el emblemático romance entre el bajista de los Sex Pistols y su novia, una fanática de la banda- . Hay un pibe que, en los 70, no podía tener el pelo largo porque sino no lo dejaban entrar al colegio, que todos los días le examinaban el cuello para ver hasta dónde le llegaban los cabellos y que, aunque esa vez la peluca estaba en regla, un día no lo dejan pasar porque en su carpeta había una foto del Flaco Spinetta. Hay un muchacho de 22 años que, en el 79, después de pasar seis días concentrado para un partido pasa a buscar a su novia con la adrenalina que guardó su cuerpo adolescente durante la convivencia en un hotel con un plantel de fútbol, la lleva a cenar, después se meten en Pigalle, frente al cementerio de la Recoleta, y en el medio de una noche de felicidad se encuentra con el Ejército, que manda a los hombres de un lado, a los mujeres del otro y se lleva en cana por su apariencia a Sid y Nancy versión criolla. Hay un tipo que, en el 90, le proponen hacer un programa en la radio más escuchada del país, le preguntan cuál es la idea y él responde: ‘excitación y bardo hasta las tres de la mañana’. Hay un hombre de casi 40 que una mañana va a conocer al Flaco Menotti vestido con un pantalón de cuero, una camiseta de Sepultura y unas ojeras que llegan hasta el piso. ‘Mi tío me dijo que el otro día por radio usted dijo que en la final del Mundial 94 fueron todos unos burros que jugaron como el orto y que pateaban los penales todos cagados. No se quién es usted, me aconsejaron que lo tenía que conocer. Lo veo y pienso mamita, pero bueno, acá estoy’, se presentó Menotti. Todos esos personajes son un solo tipo.

Fotos: NosDigital
Fotos: NosDigital

Son Norberto Verea, un tipo que hace 23 años vive de hacer algo que haría de todos modos, aunque no hubiera sueldo ni micrófono: hablar de rock y de fútbol. “Ese es el halago más grande que tengo hacia mí mismo. Soy esto que ven, todo eso lo tengo yo. El que escucha lo que digo sabe que yo soy eso. No tengo duda que si no tuviera un micrófono diría lo mismo. Yo empecé a hablar de fútbol y dije que era hincha de Independiente. Esas cosas no se dicen, me aconsejaban. Jugué al fútbol, soy un fanático del juego, es el deporte que amo, me dan la chance de comentarlo, no puedo mentir y decir soy de Unidos Venceremos, no soy de ningún equipo grande”, dice el Ruso, que nos atiende con una remera de Los Ramones y después de las 13, porque antes de esa hora nunca se abre el sarcófago para él. Son más de dos décadas de éxito: por el reconocimiento ajeno y, además, por la autenticidad de Verea de poner la lupa sobre sus dos pasiones siempre con su propia mirada. “Por lo general, la notoriedad puede transformarte en un pelotudo. No nos olvidemos que los medios permiten que tipos sin jerarquía se transformen en millonarios por hablar pelotudeces del medio artístico. ¿Entonces a quién hay que seguir? ¿En qué lugar te vas a parar? Es más fácil ser Fantino o Santiago del Moro. Ahí también estamos nosotros como receptores, como tipos que elegimos. Hay que hacerse cargo. Y eso no es fácil. Porque hay que meterse el dedo en el culo a un mismo. Decir yo escucho esto, miro esto, leo esto”, razona el Ruso, ex arquero de Independiente, Talleres de Remedios de Escalada, Deportivo Español y Chacarita.

Su notoriedad, sin embargo, no le llegó en el arco sino en los medios: en los 90 agarró la trasnoche de Rock and Pop con la Heavy, donde en plena época menemista transformó en un boom una cosa insólita. “Éramos tipos que ponían Metálica, Motorhead y de ahí para arriba lo que venga. Podía transformar esas tres horas en una pasatina de música pero yo empecé a tirar algunas líneas al aire y me di cuenta que había un rebote muy diferente. Una vez hablé 40 minutos seguidos. Una locura. Llegué a las 4:30 a casa y la flaca me dijo: ‘vamos a tomar mate’. Yo estaba chocho. Y la loca me dice: ‘¿vos te creés que sos Martin Luther King, pensás que los pueblos te van a seguir a vos?’ Era un adolescente mediático”, define aquella primera experiencia.

-¿Y cómo aprendiste a manejar esto de usar un micrófono y ser un formador de opinión?
ruso verea-Yo no soy un tipo que se preparó para estar en los medios. Después hay muchos que se meten por la notoriedad y por algo que no tiene que ver con lo informativo. Si hay algo horrible que le pasó al periodismo es la farandulización. Creo que nunca me comí ni vendí la fascinación del medio. Esto de que el que lo dice tiene la posta, de lo dijeron en la tele. Yo no subestimo al que escucha, por eso no le digo cuál es la posta. Hay algo que tenés que saber entender una vez que transitás mucho los medios. Los medios a los pelotudos los usan de pelotudos. A los muy inteligentes, los ponen a prueba todo el tiempo para ver en qué lugar los pueden comprar. Esa es tu lucha todos los días: que no te tomen de pelotudo y que no te compren. La idea del tarate conmigo está instalada. Y vende como la puta que lo parió. ¿Por qué tengo que ofrecer pomada hemorroidal para que me paguen el sueldo? No. La concha de mi hermana. Mirá que Niembro te vende pararrayos en un partido.

El Ruso es el Ruso porque es el hijo de la Rusa, como se le decía en el barrio a cualquiera que fuera más o menos rubio. “En realidad, Verea es más vasco que la mierda”, aclara. Nació en Gerli, en 1957. Y esa, aunque diga que no se preparó para estar en los medios, esa es su verdadera su escuela: el barrio y la familia. “Yo vengo de una familia muy grande, por parte de mi vieja llegamos a ser 118. Mi mamá es la hermana mayor de cuatro hermanas, pero es la hija de un señor de 13 hermanos y todo esto ramificado de a cuatro o de a cinco hijos. Nos juntábamos en un club para los cumpleaños de la abuela. Creo que también todo eso es parte de mi idea de periodismo. Cuando pregunto algo, tengo incorporados todos esos quilombos. Igual creo que no tengo el oficio de periodista. No sé si puedo escribir 50 líneas como hace Pagani, pero tampoco puedo hacer por televisión lo que hace Pagani”. Fue en el Sur y en ese hogar numeroso y ruidoso donde empezó a entrenar el oído en esto de escuchar música. “En casa se escuchaba de todo. Mis viejos bailaron tango para la orquesta Tanturi. Mi abuela venía con el mate y se quedaba escuchando el tango que pasaba la radio. Mi tía Nélida, la hermana mayor de mi papá, fue actriz de cosas como Chispazo de tradición, un éxito radial. Desde muy chiquito pasaba largas horas de la madrugada escuchando jazz, swing, tango. Ahora vos podés llegar a las 4 de la mañana y mi vieja, con 85 años, está escuchando Eladia Blazquez, o Pappo’s Blues, porque conoció a Pappo y le quedó esa cosa del blues. A mi mamá para los 80 años la llevé a ver a U2 en River”. Además del barrio y la familia, lo formó la lectura. “Yo en la época que concentraba leía mucho. Cuentos y revistas sobre todo, unas revistas de aquella época que eran alucinantes, que formaban parte de la editorial de Humor. Ahí apareció un cuento que jamás olvidaré ‘Un hombre cuidadoso muere’, la vida de un hemofílico al que le ponen trampas para cortarlo. Emocionante. Estaba el Flaco Catalano –mítico arquero de Deportivo Español- en la pieza conmigo y se lo leí completo. A vos te acercan José Ingenieros y depende la edad que te toque te puede pegar una patada en el culo gigantesca. O lees Marechal y decís la puta que lo parió. O los tipos que hacían crónicas del fútbol eran otra cosa. Ardizzone, Panzeri, tipos que manejaban otros léxicos, sabían las palabras que ponían. A Soriano también lo lees”.

ruso vereaHablar una hora con el Ruso es como charlar con ese tío copado que todo adolescente quiere tener porque las vivió casi todas. Tiene 56 años, pero mantiene el fuego sagrado. “Sigo siendo una esponja. Si veo a los pibes, trato de aprender qué les pasa. La esperanza es una de las cosas que te llevan a levantarte. ¿Sino para qué mierda salgo a la calle?”. El tipo apareció en la película de Adiós Sui Generis, pero los metaleros todavía lo acusan de careta por eso. “Nosotros de pibes no teníamos este quilombo de que te metan en cajas. Es difícil explicar todo esto de ahora: hablar de hippies o no hippies, si sos heavy de verdad o de mentira”. El flaco grabó el spot de Black Sabbath, que por primera vez viene a la Argentina, fue al segundo show de los Violadores en el Auditorio Buenos Aires, vio el cuarto recital de Sumo, fue a ver juntos a Pappo, V8 y Violadores en San Miguel, se daba una vuelta por el Café Einstein desde el segundo día que abrió, iba a ver a Geniol con Coca mientras en la Argentina nadie sabía que había tumbas NN. El chabón, también, te explica lo que es el rock, en una entrevista o cuando irrumpe con un recitado en el medio de un show de La 25: “El rock es un contexto en el cual hay un sonido, y a partir de ahí se ramifican cosas. La actitud te lleva a al compromiso. Compromiso y actitud hacen un movimiento. Después está todo lo que incorporás, lo musical por el placer de la música”. Y también lo que es el fútbol. O lo que no es: “Trato de ir en contra de la mediatización. Vos escuchás lo que se dice y pensás ‘¿qué hago?’. Dicen: si perdemos un Mundial que se caiga el avión. Si no ganás no existís. Es de vida o muerte. El 9 le saca la leche a tus hijos. Yo no saco entrenadores, ¿pero cuánto aguanta este técnico en el cargo? A mi me gustan los proyectos a largo plazo, pero lleva cinco partidos sin ganar. No. Eso no es”. Por esas cosas, Verea es un referente para alguna parte de la juventud: “Por la calle a vecesme gritan genio, pero yo no salí de una lámpara; me dicen maestro, pero no tengo ninguna vocación didáctica”.

-¿Y cómo lo manejaste para que la notoriedad no te cambie?
– Con 33 años, la idea del conocido o no conocido la manejaba porque jugué al fútbol profesionalmente en el ascenso. Ya conocés la cosa de que cuando vas de pibe a un boliche no te dejaban entrar por el aspecto. Yo era un secuestro. Desde los 17 años fui un desastre vestido. Hermosamente desastre. Y cuando jugás en Primera te empiezan a invitar a los lugares a los que no te dejaban entrar. Entonces te das cuenta de lo estúpido y patético de la notoriedad. Todas esas evaluaciones las vas haciendo. El medio es muy lindo pero es muy hijo de puta. Calculá que me decían drogadicto, inservible, que le decían a mi vieja ‘qué pena tu hijo, tan inteligente y mirá lo que es’. En Independiente, los entrenadores, los dirigentes me decían: ‘Verea, si usted cambiara la imagen lo tomarían más en serio’. Yo era un profesional de la concha de su hermana. Sabía cuidar mi forma, pero por mi imagen parecía que estaba colgado de un alambre. Esa misma gente ahora le dice a mi vieja: ‘qué groso tu hijo, no cambió nunca’.

ruso vereaQue la apariencia es un prejuicio el Ruso lo aprendió casi antes que su oficio de arquero, ese que aprendió de mirar al Loco Gatti. “A los 15 años un día piden permiso, entran a la división y el que entra con cuatro pibes más es Cavilgia, el Negro Caviglia, el hijo del Doctor Caviglia. Yo iba al privado de Wilde. Para nosotros era el concheto Caviglia, pero resulta que era el que había armado un levantamiento para que no nos aumentaran la cuota tres veces más de lo que valía. Entonces el concheto Caviglia, que para nosotros no era de barrio, fue el que paró el colegio. Ahí no discriminé más a nadie. Antes conozco a la gente”. Por eso, porque la apariencia es una cosa que parece pero no es, Verea se clava el traje casi todas las noches en la tevé por cable: “Me considero medianamente lúcido para que si me llaman de ESPN y me piden que me ponga un saco y una camisa, puedo elegir entre hacerme el rockero duro que dice en esta no tranzo o perderme la chance de estar en Hablemos de Fútbol con Perfumo, Capria y decir lo que siento absolutamente libre. Yo me someto a que me digan que me puse la careta. Todos los días me disfrazo, sí. Yo soy esto, todos los días me tengo que mirar, respirar hondo, que me maquillen y me vistan de muñeco de torta. Pero no careteo lo que digo. Lo otro, es envase. Hace 20 años, tal vez, no lo hacía”.Otras cosas también las aprendió más de grande: “Ahora estoy mucho más escéptico. Estoy con esta cosa de poco y de lo mejor: se los recomiendo. Mucho y malo es horrible. ¿Te gusta el vino? Tomate uno que esté bueno, no uno que te queme el hígado, la garganta. ¿Te gusta el whisky, conociste el Bourbon, el Jack Daniel’s? Bueno yo te voy a dar uno: Marker Marks. Todavía está hecho a goteo. Te tomás un shot corto y te vas a acordar del Rusito Verea. Esto lo vas cambiando con el correr del tiempo”.

A los 56, con la notoriedad encima, sus preocupaciones también son auténticas. “Me están carcomiendo tres cosas. La primera es si Independiente se va al descenso o no. La concha de mi madre, nunca pensé que me podía afectar así. Tengo que comentar los partidos y es un ejercicio terrible. Termina el partido y me quiero ir a bañar y que se acabe el día. Lo que más me condena y lo que más sufro es el placer de los otros. La verdad yo no voy a los velorios a reírme. Para darte una figura dramática, no creo que esto sea un velorio. Pero acá entran a tu velorio y se cagan de risa. El goce de la gente que te dice ‘se van eh’. Después, tengo una situación familiar con enfermedades y cosas menos superficiales que la de Independiente que tenemos que contener con mi mujer. Y la tercera es que, en todos esos quilombos, tengo que componer con la flaca lo que fuimos siempre. Esto de querer ir a ver a Serpentor porque cumple 15 años con el trash metal, para ver qué es, para ver las nuevas camadas de pibes y para seguir siendo nosotros”.

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