Cuando la Legislatura es cómplice de la muerte

La barra de Talleres fue premiada en mayo en la Legislatura cordobesa por su lucha contra la violencia. En 2006 había matado a Matías Cuesta, y hace una semana volvió a asesinar a un joven: Jonathan Villegas.

En la Legislatura de Córdoba no sólo se avaló un asesinato sino que los propios diputados que aprobaron la distinción que recibió la barrabrava de Talleres fueron cómplices de una nueva víctima. Jonathan Villegas tenía 21 años y un hijo de seis y recibió el domingo 24 de noviembre una puñalada en el corazón en el balneario Diquecito, que queda en la ciudad de Villa Carlos Paz. Los culpables – hay ocho detenidos- pertenecen todos a La Fiel, nombre con el que se conoce a la barra del equipo cordobés, la misma que en 2006 mató a Matías Cuesta, un joven de 18 años hincha de Atlanta que volvía en el tren a su casa: http://www.nosdigital.com.ar/2013/07/que-asesinato/

El 22 de mayo de este año Carlos Alessandri, legislador del partido Justicialista, presentó un proyecto polémico: distinguir a La Fiel por “su aporte en la lucha contra la violencia en el fútbol”. En una jornada insólita en el recinto se podía ver cómo los líderes de la barra eran arengados por los demás integrantes que habían colmado la Legislatura cordobesa, mientras una bandera con los colores del equipo decoraba todo el salón. Ellos saludaban como si fueran próceres, alzaban sus manos y recibían los aplausos y las risas cómplices de los diputados; Carlos Pacheco, el cabecilla, salía al balcón y levantaba las manos como un ídolo en una cancha de fútbol.

“Son un condimento indispensable para darle color y calor a este deporte. Eso es el fútbol, la misa dominguera, el preanuncio de los clásicos, eso de trabajar por los demás. Esa es la tarea que debemos hacer los que tenemos un sentido social responsabilidad. Felicitaciones, sigan así”, decía, eufórico, Alessandri. Pacheco y compañía hicieron caso a sus palabras sobre continuar de la misma manera y siete años después de la muerte de Matías Cuesta, volvieron a asesinar.

Organismos de Derechos Humanos y familiares de víctimas en el fútbol repudiaron este reconocimiento desde el primer momento, pero nunca recibieron una respuesta. Seis meses después, con el asesinato de Jonathan Villegas consumado, los mismos impulsores de la distinción dijeron en voz del titular de la bancada legislativa oficialista de Unión por Córdoba, Sergio Busso – quien responde al gobernador José Manuel De La Sota – que “podría haber sido un error” lo que realizaron. Más tarde le quitaron la distinción. “Es muy tarde para eso, a mi hermano ya lo mataron”, dijo Matías, hermano de Jonathan, quién confirmó que no recibieron ni siquiera un perdón de los legisladores.

Jonathan recibió una puñalada luego de que se produjera una emboscada en un sector del Balneario apropiado por la barrabrava, denominado “Parador de la T”, el pasado domingo 24 de noviembre. Por el asesinato detuvieron a siete integrantes de la barra y luego se entregó Carlos Pacheco, al enterarse que su madre, Andrea Pacheco, y su hermano, Adrián Pacheco, habían sido también arrestados, al igual que Darío Cáceres, presidente de la ONG que mantiene la barrabrava, y Marcos Castillo, quien es el principal acusado de ser el que lo apuñaló. Los otros cuatro detenidos, integrantes de La Fiel: Romina Gómez, Mauricio Páez, Ariel Iriarte y Rodrigo Brizuela.

Los hermanos Pacheco habían ido al Mundial de Sudáfrica 2010 con “Hinchadas Unidas Argentinas”, pero fueron deportados por las autoridades del país africano por mal comportamiento. Pese a eso, estaban armando su viaje hacia Brasil del año que viene.

La investigación está a cargo del fiscal Mario Mazzuchi y están buscando a más culpables. Está caratulada como homicidio calificado por alevosía y uso de arma de fuego, que podría darles una pena de hasta 25 años de cárcel. “Me mataron a mi hijo porque se creen Dios, porque los dejan tener poder y porque son muy amigos de los dirigentes y los políticos, que los custodian permanentemente”, contó Julio, padre de Jonathan, quién organizó una marcha que se realizará todos los domingos hasta que se condenen a los culpables.

Lo que votó la Legislatura podría marcar un antes y un después. Ricardo Rizzi, médico clínico cordobés, recibió en diciembre de 2007 una distinción por parte de los mismos que premiaron a La Fiel. Al día siguiente del asesinato, devolvió la plaqueta que le habían entregado en repudio al asesinato de Villegas, pero no pudo deshacerse legalmente de la distinción. “Le pido perdón a Jonathan y a su familia, que fueron víctimas de la barbarie de esos que dicen ser hinchas de fútbol y sólo son unos asesinos. Espero que su pequeño hijo de seis años y sus seres queridos encuentren alguna vez consuelo y paz. Yo no fui capaz de reivindicarlo”, dijo el docente de la Universidad Nacional de Córdoba, que intentará realizar una campaña masiva para que se devuelvan las distinciones que realizó la legislatura cordobesa.

En 2006, tras el asesinato de su hijo, Norma Roldán, madre de Matías Cuesta, intentó que se decretara el derecho de admisión a La Fiel y lo único que consiguió fue recibir amenazas de muerte. En 2013, al enterarse que iban a distinguir al grupo de violentos que asesinó a Matías, trató de concientizar a los diputados sobre lo que estaban a punto de hacer. Pero no hubo caso. Tal es la prueba del delito que compromete al legislativo cordobés.

Imagen: NosDigital.

Qué asesinato debe cometer una barrabrava para ser premiada por el Congreso

Una traición a la vida que hoy mismo vivís: el asesinato de Mati Cuesta. En el 2006 la barra de Talleres de Córdoba lo tiró de un tren de un piedrazo para después matarlo a golpes. Aún irresueltos los responsables de su muerte, la semana pasada el Congreso Nacional, repitiendo a la Legislatura cordobesa, galardonó a la misma barra por su supuesta lucha contra la violencia en el fútbol. Impune vergüenza.

Ese día la alegría se me fue en un segundo. Estaba contento, Atlanta, mi equipo, mi pasión, había ganado 2-1 en Jáuregui a Flandria, cuando nadie lo esperaba. Era 2006, el ascenso estaba cerca, había ido a la cancha porque todavía podíamos ir de visitantes, pero estaba sorprendido por los pocos que éramos, sabiendo todo lo que nos jugábamos.

Pasaron más de siete años, pero esa fecha, el 18 de marzo de 2006, no me la voy a olvidar nunca y no justamente por esa victoria. Cuando volví me enteré de todo  y me largué a llorar como un nene. Matías Cuesta, un bohemio de 18 años que me cruzaba casi siempre en la popular, había querido ir a la cancha y terminó en el hospital, agonizando.

Pocas horas después me contaban lo que había pasado y no lo podía creer. Había salido de su casa, ahí en Villa Crespo, a metros del estadio, para ir en uno de los dos micros hasta el Carlos V, el estadio de Flandria. A la altura de Moreno pincharon una goma y, como ya no llegaban de ninguna manera, se volvieron. Él se tomó el tren con un amigo más. Fue en el Sarmiento, con la esperanza de poder volver rápido para Capital para verlo aunque sea desde la tele.

Tuvo la mala leche, la desgracia, de cruzarse a la altura de la estación Caballito con la barrabrava de Talleres de Córdoba, que volvía de Ferro sin ninguna custodia policial. Los muy hijos de puta no tuvieron otra cosa que hacer qué empezar a tirar piedras al tren. Iba lleno, iba hasta las pelotas y con las puertas abiertas. Matías quedó al lado de una de las puerta y le encajaron dos piedrazos en la cabeza. Se cayó al andén y mientras estaba en el suelo, le pegaron patadas hasta dejarlo inconsciente. El tren siguió su rumbo.

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Fotos: NosDigital
Fotos: NosDigital

Ese día, mi amigo, el que me contó todo esto, tuvo que tocar el timbre en la casa de Matías a las seis de la tarde para avisar que estaba muy grave en el hospital. Llegó y le tuvo que mentir a la madre, a Norma Roldán, porque no se animaba a decirle la verdad. “Señora, soy un amigo de Mati, no se asuste, pero su hijo tuvo un accidente. No es grave, pero lleve el documento de él que lo necesitan los médicos”, le dijo.

Ahí me enteré y fui a acompañarlo, me lo pidió desesperado. Vi como le decían a Norma que seguramente no la iba a reconocer por lo aturdido que quedó por los golpes. Vi, también, como empezaba a llorar desconsoladamente y sin entender lo que pasaba. Nos preguntaba cómo había pasado esto y dónde estaban los cagones que lo habían lastimado.

A los tres días, su estado era muy delicado. Eran las 10 de la mañana cuando a Norma le sonó el celular en el colectivo y casi se le sale el corazón por la boca: “Me dijeron que fuera rápido porque había sufrido un paro respiratorio y que había perdido los signos vitales”. Y después, con el segundo parte médico del día le contaron, con nosotros presente, que si se salvaba iba a quedar ciego porque tenía las córneas arruinadas a golpes. Ella se arrodilló ante el médico y con la voz tomada y con lágrimas en los ojos le rogó que lo salvara. Que no le importaba si quedaba ciego, pero que tenía 18 años, un montón de sueños por cumplir y que no se podía morir.

La agonía continuó hasta el viernes 24 de marzo. A las siete de la tarde falleció por muerte cerebral y lo velaron 48 horas después en el club de sus amores.

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A más de siete años la causa judicial nunca prosperó y tal es así que la jueza Mirta González la cerró el 15 de junio de 2009. Norma había recolectado testimonios de testigos, pero ellos nunca se animaron a presentar testimonio por miedo. Un periodista partidario de Atlanta grabó una entrevista radial con uno de los hinchas que viajaba en el mismo vagón, pero que nunca se animó a dar testimonio en el estrado. La Justicia, pese al audio detallado, no tomó en cuenta ese relato y nunca lo citó.

Para ella, que desde el primer momento tomó la posta para tratar de encontrar pruebas sobre los asesinos de su hijo, las amenazas eran cosa de todos los días. “Me llamaban anónimamente y me decían que no siga investigando porque iba a haber otro cadáver para mí. O llamaban, pedían por Matías, se reían a carcajadas y cortaban”, contó.

Al día de hoy, la causa continúa cerrada y sin ninguna novedad, pese al pedido mensual que hacen para que se cite a los testigos a que vean fotos para reconocer a los culpables. El pedido fue negado, una y otra vez, porque aseguran que pasó mucho tiempo y es muy difícil que se pueda descubrir algo.

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violencia futbol matiasMatías trabajaba como delivery hasta las dos de la mañana. Había retomado los estudios y estaba haciendo un acelerado, donde ya iba por el segundo año. Tenía pensado seguir alguna carrera relacionada con la informática.

Era fanático de Atlanta. Todos sus amigos eran del club y todo el tiempo libre que tenía se la pasaba ahí, a dos cuadras de su casa: en el estadio León Kolbovsky. Le hablaba a su familia y decía que soñaba con ver al bohemio ascendiendo y jugando contra los mejores equipos del país.

Era muy compañero de sus hermanas, que hoy tienen 16 y 21 años. Su mamá extraña su sonrisa cada día más. “Era muy pegado a su familia. Todos los días tomábamos mates juntos a la mañana y eso ya no lo tenemos más. Era muy cariñoso, ahora aunque amo a mis hijas con todo el alma, a veces cuando las beso tengo un remordimiento por poder estar con ellas y no con mi hijo, que cada día me hace más falta”, dice a lágrimas Norma.

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Al principio, las autoridades le querían hacer creer a la familia que todo había sido un  accidente, que seguramente estaba borracho y se cayó por estar en ese estado. Sin embargo, el laboratorio de toxicología y química legal – según la autopsia número 651-06 – certificó que no se registró ninguna sustancia tóxica en su cuerpo ni que hubiese tomado alcohol.

Norma no tiene dudas de que fue un asesinato y que los culpables están dentro de la barrabrava de Talleres de Córdoba, una facción que se mantiene desde 2006 y que además recibe premios por su comportamiento. Sí, los mismos hijos de puta que mataron a Matías reciben homenajes estatales, por una fundación que llevan adelante para legalizar los negocios de la barra.

Primero en Córdoba, donde Carlos Alesandri, diputado de De La Sota por el partido Unión por Córdoba, los agasajó como si fueran un ejemplo para la provincia. Le entregó a la cúpula principal de “La Fiel” – como se hace llamar la barra – una plaqueta. Esos mismos que recibieron la distinción, eran los mismos que dirigían “Las Violetas”, los que atacaron y asesinaron a Matías en 2006.

una que se ve la bandera en legislatura de cordobaEn una Legislatura colmada de banderas y cantitos futboleros, los premiaron por su “compromiso con la erradicación de la violencia en el fútbol”. Casi como si fuera un chiste de mal gusto. Casi como si se estuvieran cagando en la historia de Matías. Casi como si les chupara un huevo la lucha, la bronca y el dolor de Norma y de su familia.

Primero “Las Violetas”, después “La Fiel”. Desde fines de 2003, la facción que dominaba la barrabrava de Talleres de Córdoba  se hacía llamar las violetas. Después de que su líder, Sergio Busso, o “Tomatón”, como era conocido, quedó preso por el asesinato de un joven de 23 años, la barra – que no cambió su cúpula principal- pasó a llamarse “La Fiel”.

barra recibiendo de diputado“Verlos ahí tan impunemente me generó un dolor inmenso y mucha bronca. Tener que ver a los asesinos de mi hijo y que los traten así me pareció vergonzoso”, se indignó Norma. Y luego, después del escándalo que se armó tras la premiación, los volvieron a agasajar en el mismísimo Congreso de la Nación. En el Anexo, hablaron en una charla sobre violencia en el fútbol, llevados de la mano de diputados del PRO. Uno de los que habló, Carlos Pacheco,  que fue expulsado del Mundial de Sudáfrica 2010 por contar con antecedentes penales, es uno de los acusados por la familia de Matías por el crimen y fue uno de los que disertó. El otro apuntado, Sergio Busso o Tomatón, como lo llaman, está preso por otro homicidio.

“No puedo entender cómo les da la cara para dar charlas como si fueran pacíficos, cada vez que los escucho me acuerdo de lo que le hicieron a mi hijo y me largo a llorar”, dice Norma.

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“Desde el día en que lo velamos, perdí una parte de mi vida”, confiesa Norma, que hoy ayuda a otros familiares de víctimas de violencia en el fútbol desde la organización Salvemos al Fútbol. Desde que Atlanta remodeló el estadio el 30 de marzo de 2009 que una parte de la platea del Bohemio lleva el nombre de Matías Cuesta, para que todos los que pisen la tribuno sepan quién fue. La respuesta será la de un joven que tenía muchos proyectos, muchos sueños y que no puede descansar en paz. Que no puede estar tranquilo porque su asesinato sigue impune y con los culpables recibiendo premios.

La dignidad lustra boliviana

Desde La Paz, Bolivia, se cuela un mensaje de integridad, valor y respeto. Los lustrabotas se organizan para escribir un periódico que refleja los esfuerzos de cada uno de sus días. Se demuestran a si mismos y toda la sociedad que cada trabajo tiene su dignidad de trabajo.

Foto: Nos Digital.

La Paz te recibe dura. Te reclama esfuerzos extraños para desplazarte, paso por paso. A  3650 metros sobre el nivel del mar las pendientes ascendentes atentan hasta contra esos que se creen príncipes del fitness. La Paz es ruido y desorden; a cada recoveco de calma lo saturan puestos sobre las veredas que forman ferias en donde se lo propongan y muchachos a gritos invitando a subir a cada buseta, transporte público básico.

La Paz te recibe calurosa más allá de un frío que se cree invernal también en verano. Te acompaña esa convicción de encontrarte en la capital del país que mayores conquistas sociales ha conseguido en los últimos cinco años. La Paz es movimiento y usanza. Cada noche, cuando los puestos comerciales se han guardado ya, te devuelve una imagen distinta de cada esquina diurna que creías conocer tan bien.

Salir del mercado de Lanza, uno de los más grandes de la ciudad, colarse entre la exagerada multitud para cruzar la San Francisco por un puente moderno y colorido para llegar a la Comercio, peatonal que a las pocas cuadras desemboca en la plaza central, la Murillo. Esquivando puestos de “todo lo que quieras” y algún músico callejero argentino, unos metros más y me junto con Cristian. Habla poco, tiene que volver a trabajar, le robo unos minutos. Remolcando cada una de sus respuestas, arrancamos una charla que de seguro tiene mucho más valor para mí que para él.

Va de irremovible pasamontañas azul, jogging y campera, con una caja de madera de donde surgen ruidos a metal cuando caminamos hasta un cordón que nos servirá de discreto asiento. Cristian es un lustrabotas de veinte años que conocí hace unos diez minutos ahí mismo. Es uno de esos anónimos que todos los días recorren las calles del centro trabajando. Siempre llevan el rostro tapado. Casi una ley. “Hace cuatro años ya estoy. Antes trabajaba de campo. Sí, en el campo. Aquí, más tranquilo. Esto me da comida, me da ropita, para eso está esto. Dignidad de trabajo”. Repite estas tres últimas palabras al final, como convenciéndose por enésima vez: “Dignidad de trabajo”.

Laburan y laburan. Esforzándonos los dos, entrevistado y entrevistador, capturamos sus palabras en ese grabador al que tanto mira Cristian chequeando cuánto llevamos grabando: “Trabajando, estudiando, triunfando en la vida”. “Empiezo, digamos a las ocho, hasta cinco y media, seis. A la noche también estudio, terminando el colegio para entrar en la universidad, para medicina”. “Yo compré la caja, pero hay también para alquilar, todo completo por cuatro o cinco bolivianos. Y cada día hay que comprar cremas”.

La pregunta por la cara cubierta no podía tardar en llegar, está claro que es el distintivo general de los lustrabotas paceños, que se ha convertido en una suerte de emblema. Respuesta sencilla: “Es porque el olor de la crema afecta, y también como una imagen”.

Unos días antes, también por las calles del centro de La Paz, me crucé con Fabián, un lustra de diez años. Aunque con pocas ganas de hablar, me vendió por cuatro bolivianos ($2,50 pesos argentinos) el último ejemplar de Hormigón Armado, el número 34. Se trata del periódico cultural de los lustrabotas que se viene publicando bimestralmente desde noviembre de 2005. El trabajo en la confección del Hormigón es voluntario, mientras para que un lustra pueda también ser un hormigón, o sea poder distribuirlo y hacerse con el dinero de la venta, están obligados a concurrir a talleres sobre alcoholismo, derechos humanos y educación sexual, entre otros. Todos los ingresos que genera por venta y publicidad se vuelcan en forma directa e indirecta –mediante los diferentes talleres- a los hormigones que los venden.

No hay edad que restrinja la posibilidad de trabajar lustrando zapatos, me lo cuenta, en medio de La Murillo, Jaime de El Alto con treinta y cuatro años. Sorprende con un amague a sacarse el pasamontañas, pero se conforma con descubrirse tan solo la boca para hablar más cómodo. Él es quién me explica que lo del diario está organizado solo por una de las asociaciones que los nuclea. “A veces voy, a veces no. Los menores de edad reciben del periódico, los mayores ya no”.

“Los hormigones trabajaron duro intentando comprender mejor los derechos humanos especialmente lo referido a su propio trabajo, porque aunque queramos con todo nuestro ser no ver un niño o niña trabajando en la calle, la realidad es que aún este sueño como país no se ha logrado alcanzar. Por ello, nosotros abogamos porque nuestros niños sean respetados y puedan desarrollar su trabajo protegidos por la sociedad, por todos nosotros.” (Fragmento extraído de la Editorial de Hormigón Armado del número de enero y febrero 2012).

Los proyectos a largo plazo no nublan las necesidades más urgentes. Cada hormigón que retorne a la escuela será siempre una conquista estupenda. La idea más grande del proyecto va en paralelo por un doble camino hacia una única construcción: la formación y consolidación del valor de la dignidad como persona a través de su trabajo, de cada uno de los lustras que patean y patean las calles cada día con su caja de madera a cuestas. Para esto es necesario la convicción sobre la noción de decencia de la propia ocupación; y, de la misma forma, que la sociedad adopte una representación positiva sobre los lustrabotas y su capacidad de ganarse la vida trabajando dignamente.