Yoani, vos también sos nuestra guía

Ey, Yoani, hacé la de Camilo en el viejo Campamento Columbia y tiranos alguna señal para que sepamos cómo carajo están las cosas. Ey, Yoani, ponete el sombrero que usó Cienfuegos el 8 de enero de 1959 para guiar a Fidel y escribite algo como para que interpretemos qué pasó con esta nueva medida que la humanidad asume como histórica. Nosotros esperamos por tu prosa que, aunque financiada por los cuatro costados, no es tan boluda como para no advertir quién sacó tajada con esto. Tratá de comprender que sos una referente de descollante categoría intelectual que se ganó por eso la chapa mediática de la que goza. ¿Si no, cómo se explica que tus columnas deambulen en todos los medios de los grandes monopolios comunicacionales? Entendé que, si hablamos nosotros, dicen que miramos la realidad a través de los ojos de aquel viejo barbudo del Siglo XIX. En cambio, si la que muestra bronca sos vos, nos abrís toda una gama de argumentos como para convencer a cualquiera de que ciertas figuritas autoadhesivas del imperio no están del todo conformes con lo que está ocurriendo. Por eso es que queremos leerte. Dale, no seas mala, Yoani, tirate algún textito iluminador que para eso te mantienen.

No festejen. Eso dijo Yoani. “Mientras no se den pasos de esa envergadura, muchos seguiremos pensando que la fecha esperada no está cerca. Así que a guardar las banderitas, no se pueden descorchar las botellas todavía y lo mejor es seguir presionando para que finalmente llegue el día D”, anunció la amiga bloguera el 17 de diciembre. ¿Presiones? ¿Más presiones todavía? Barack Obama, protagonista junto a Raúl Castro del restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba, no está tan de acuerdo con Yoani: ya van 53 años ininterrumpidos de presiones explícitas e implícitas y el dispositivo no funcionó para tumbar a una Revolución que, con sus problemas a cuestas, todavía goza de buena salud. De fracaso catalogó Obama la política imperial hacia la isla que inauguró Dwight Eisenhower en 1961. Yoani no me atendió el teléfono pero la conozco e intuyo que no le gustaron nada estas definiciones. Es lógico: debe ser duro admitir que, aunque más no sea muy cada tanto, la dignidad puede ganarle a la sociedad de consumo alguna peleíta.

El ánimo de Yoani se derrumbó con la noticia y eso dejó al borde del ridículo a los que intentaron vender que este nuevo capítulo de la historia era un paso más de Cuba hacia el capitalismo. No hay novedad en esto del relato de la transición: lo mismo hicieron cuando cayó el Muro de Berlín, lo mismo hicieron con el Período Especial, lo mismo hicieron ante cada inconveniente de salud de Fidel, lo mismo hicieron cuando asumió Raúl. El tema es que, al menos hasta ahora, no hubo Papá Noel capaz de cumplirles el deseo. Parece que la Navidad de 2014 tampoco les regalará el milagro. “El anuncio por parte de los gobiernos de Cuba y Estados Unidos de un restablecimiento de las relaciones diplomáticas nos sorprende en medio de señales que apuntaban hacia la dirección contraria y también de un desgaste de las esperanzas”, escribió Yoani en el segundo párrafo del texto que puede leerse en el blog mejor pago del planeta. Su pesar simboliza de manera elocuente la decepción del sector más reaccionario de la mafia que duerme en Miami –con la que no está de acuerdo la mayoría de la sociedad estadounidense-. También muestra con tremenda contundencia que la batalla de las ideas está lejos de pasar de moda.

Hay más gente enojada con Obama. Todos colaboran para que el camino quede claro. Por ejemplo, Ernesto Hernández Busto, un –supuesto- ensayista que –supuestamente- analiza con objetividad científica la realidad cubana, utilizó el lugar que le dio el diario español El País en la página 8 de la edición del 18 de diciembre para sostener que “Obama deja la causa de la oposición cubana en una especie de limbo”. Ernesto, que no es El Che, de pobre no tiene nada. “Pero los votantes de la Florida no olvidarán la afrenta (…)”, amenazó al mandatario de Estados Unidos cerca del cierre del artículo. Los sucesores ideológicos de Luis Posadas Carriles no están ni groguis ni muertos pero sí molestos. Muy molestos. Tan molestos que no encuentran el mecanismo para justificar públicamente que el restablecimiento de las relaciones diplomáticas es una derrota de la Revolución. Ah, un detalle que es algo más que un detalle: un par de hojas después del brillante texto de Hernández Busto, hay una nota titulada “Los niños invisibles” en la que se explica cómo opera la trata de personas sobre las madres y los hijos de esas madres que emigran a España desde el norte de África en busca de alguna oportunidad de no morir de hambre. Una barbaridad que en la Cuba socialista no ocurre.

Gracias, Yoani, gracias. Gracias por escribir lo que escribiste. Gracias por ayudarnos a que descubramos en qué anda la mierda. Extendeles el saludo también a tus amigos. No siempre es fácil encontrar faros en este mundo en el que las versiones cruzadas contribuyen muchas veces con la confusión. Le diremos a Fidel que, a partir de ahora, empiece a tomarte en cuenta: no nos parece que tu nombre rime como Camilo pero seguramente le será útil preguntarte “¿Voy bien, Yoani?”.

El vuelo de la fantasía

Antoaneta Madjarova es una referente ineludible del mundo de los títeres. Como su nombre lo revela, transitó su niñez y su formación artística en la Bulgaria socialista, en donde el arte era una profesión. En esta entrevista, la magia detrás de los objetos que cobran vida. 

Sentada al borde de una tacita de café todavía llena, la mujer al otro lado de la mesa habla con las manos. Es casi como si las palabras acompañaran la danza enérgica que los dedos dibujan en el aire: con la habilidad de un mago experto se contraen y se estiran, tejen y destejen historias con soltura, barren el polvo acumulado en las aristas del recuerdo. Antoaneta Madjarova, titiritera, directora, autora y productora de teatro para niños, nos invita a conocer su historia, desandando el camino que la trajo desde Bulgaria hasta la Argentina, y el recorrido que la convirtió en referente ineludible en el arte de los títeres en nuestro país.

Hacer teatro para chicos, señalan ella y sus manos, implica un compromiso importante. “El niño es muy frágil, es muy permisivo. Vos lo estás nutriendo y hay que ver qué comidita le das, porque lo podés intoxicar. Es una gran responsabilidad. Yo siempre digo: nosotros hacemos arte, pero sin querer también educamos. Somos formadores de niños, así que hay que tener muchísimo cuidado con todo lo que transmitimos arriba del escenario.” Sin embargo, cuidar al público infantil no quiere decir construir a su alrededor un castillo de cristal: para Antoaneta los temas tabú no existen. “El niño, y creo que naturalmente todo ser humano, tiende al final feliz. Pero que esto no sea una receta para hacer las obras, sino que él pueda también elaborar temas densos, que tienen que ver con la muerte, con la violación, con la enfermedad, o con la tristeza. Hay que ver cómo desarrollarlo para no dejarlo exento de estos temas, porque si no sería como ponerle espejitos de colores. Es muy delicado.”

Fotos: NosDigital
Fotos: NosDigital

Para Antoaneta el desafío al momento de encarar una obra consiste en poder acercar el mundo del artista, con su bagaje intelectual, técnico y artístico, y el mundo de los chicos: a medida que uno crece, señala, los niños van quedando cada vez más lejos. En ese sentido, rescata la importancia de hundir las manos en los recuerdos de la propia infancia. “Hay que buscar, hay que investigar, hay que estar cerca de los niños, conocer sus necesidades y sus inquietudes, y nunca alejarse del mundo del juego.”

Entonces, siguiendo sus indicaciones, nos sumergimos en los años de su niñez. Entre sus palabras se dibuja en el aire el paisaje de la Bulgaria socialista de los años sesenta. De madre médica y padre músico, Antoaneta nació en Smolyan, ciudad de montaña, en un ambiente en el que el arte se filtraba por los poros. Los recuerdos se entretejen en una sucesión interminable: el patinaje sobre hielo, los circos itinerantes, el pequeño cine para chicos que un vecino relojero montaba en una sala de su casa, los festivales de canto, las frambuesas y los tomates frescos en el campo de su abuela, los muñecos que armaba con hojas del choclo, la sala de ensayo de su padre, las disecciones de sapos, la música, los libros de cuentos en el fondo de un armario. “Jugué muchísimo. Jugué tanto que si me preguntan ¿querés volver a tu niñez para hacer algo que no hiciste?, diría no. Yo hice todo. Fue tan plena mi infancia; no teníamos un segundo en el que no jugáramos”. Es fascinante escucharla contar, ir y venir por los surcos de la memoria, rescatando retazos de infancia en los que casi puede adivinarse su profesión posterior.

Primera hija, primera nieta y primera bisnieta, Antoaneta fue durante años la princesa de la familia. “Me traían permanentemente regalos, con o sin excusa. En esta época no había tanta variedad, y en un país socialista menos todavía, era todo mucho más rústico. En Rusia había muy lindos juguetes me acuerdo, todo mecánico, títeres que abrían y cerraban los ojos, que decían ‘mamá’, que caminaban”. Y sin embargo, cuenta, este tipo de juguetes no llamaban tanto su atención. “Me interesaba fabricar mis propios muñecos, yo prefería de repente jugar con lápices de colores y decir: bueno, esta es la familia. El azul es el papá, la amarilla es la mamá, la naranja es la nena y esta es la abuela”. Con cinco o seis años, Antoaneta cuenta que también hacía los muebles para sus muñecos, “les armaba los cuartos, fabricaba yo el armario, la mesa y la camita”, cosía las almohadas, la alfombra y las cortinas, fabricaba la ropa, y con el tiempo también empezó a peinar y a maquillar.

“Cuando hago una retrospectiva de todo eso, fui como desarrollando los distintos oficios del arte escénico de a poco: algo de maquillaje, algo de peinado, algo de vestuario, algo de fabricación de muñecos y de escenografía, de ambientación, de elegir colores, de elegir la música, de escribir la historia.” Quizás por eso cree tan firmemente que todo surge a partir del juego. “Siempre comparo cualquier actividad artística con el juego infantil. Porque la creación y la creatividad son eso, un vuelo de la fantasía, y lógicamente después se aplica una técnica, un conocimiento general, un gusto y un criterio, pero esto sucede más tarde. En el juego infantil creo que se marca mucho la personalidad, y la profesión que la persona va a elegir.”

Cuando la familia se trasladó a Sofía, Antoaneta comenzó a estudiar música. “Es como una diplomatura, una cosa así. No era una carrera universitaria. Son tres años de formación en música con un perfil de docente en distintos instrumentos.” A los veintidós años, ya recibida como docente de piano, se presentó en la Facultad de Títeres de la Universidad de Cine y Teatro de Sofía, donde se enamoró profunda y definitivamente del universo de los títeres. Quizás al escucharla no pude disimular mi sorpresa, porque ella vuelve unas líneas para atrás y aclara: “Sí, allá es una carrera universitaria dentro de la facultad. Allá a todo lo que son disciplinas artísticas se les da muchísima importancia. Había muchas inversiones del gobierno socialista a la formación artística. De hecho muchos músicos, bailarines y actores de circo nuestros se formaron en Bulgaria y se fueron a trabajar afuera, e hicieron una carrera espectacular. A todas las facultades de arte venían muchos estudiantes extranjeros, tenían muy buen nivel.”

Su relato es puente y excusa para indagar acerca de la importancia concedida al arte por el gobierno socialista. Cuenta Antoaneta que la vida cultural de aquella época era muy activa: tanto los grupos profesionales como los amateurs generaban obras de altísima calidad y recibían financiación por parte del Estado. Cada localidad tenía su propio cine, su teatro, su ópera, su circo y su ballet: el arte estaba en el aire y era accesible para todos, “venían conjuntos grosísimos de jazz, todos pasaron por los escenarios de Bulgaria, y yo no me perdía ningún concierto, porque aparte todo era baratísimo. Teníamos obras de teatro de lunes a lunes, los teatros no cerraban, todos los días había una obra en todos los teatros, la entrada al cine costaba veinticinco centavos, era increíble, y así yo vi todas las películas, íbamos a todos los conciertos, podíamos comprar muchísima música, los libros eran baratísimos, las exposiciones de arte plástico eran gratuitas, la entrada al teatro costaba 1.70, era una cosa insignificante.”

Por otro lado, señala, en aquellas circunstancias dedicar la vida al arte era un camino perfectamente posible. “En muchos lugares, acá inclusive, muchos artistas no viven de su arte porque no pueden. En el socialismo era una profesión, con la misma jerarquía que cualquier otra. Porque la carrera artística era de cuatro o cinco años, igual que todas las otras carreras, y después vos salías con un trabajo que el Estado te aseguraba, y lo hacías en forma profesional, recibías un sueldo, una obra social, y toda la cobertura que esto significa. Y te jubilabas como actor titiritero, como cantante de ópera, como bailarín, como mimo, como cineasta o lo que fuera. Acá es una lucha. Y el mundo capitalista va más por el lado de la competencia; allá también había, pero una competencia mucho más sana, en el sentido de quién hace una mejor obra, que te lleva a ser cada vez mejor.”

Cuenta Antoaneta que el sistema estatal brindaba educación primaria, secundaria y universitaria gratuita, y que a cambio, al recibirse, uno debía ir a trabajar allí donde el Estado lo enviara. “Una vez que nos recibimos vinieron todos los directores de títeres de los teatros profesionales, y empezaron a mirar los exámenes finales y a contratarnos. En la muestra final, en mayo, ya tenías un contrato con un teatro profesional de títeres en donde sabías que en septiembre empezabas a trabajar. Era un sistema absolutamente orgánico y sólido.” Ella fue al teatro de Burgas, ciudad costera, donde se casó y tuvo un hijo, y junto a su ex marido crearon el grupo Kukla, con el cual en paralelo a su trabajo en el teatro, realizaban funciones para adultos en boliches nocturnos y una obra para niños que llevaban directamente a las escuelas.

Pero entre el 87 y el 89 la situación se complejizó. Las circunstancias políticas vinculadas con la caída del socialismo provocaron cierto descuido frente al mundo del arte, que incluyó recortes presupuestarios, de giras y de repertorios. “En esa situación, en medio de la nostalgia y la tristeza, porque veíamos que se estaba derrumbando todo, con mi ex esposo dijimos: ‘bueno, vamos a probar qué sucede si con la formación que tenemos vamos a otros países que capaz no tienen ese desarrollo’. Y ahí salimos a un festival internacional de títeres que se hacía acá en Argentina.”

antoaneta titeresAsí, Antoaneta y su ex marido llegaron al país a principios de los noventa en el marco del festival Con Ojos de Niño, y a las funciones que tenían pautadas se sumaron otras, de modo que decidieron quedarse un mes más de lo estipulado. “Éramos como unos animales exóticos, unos flamencos exóticos, claro, ‘dos búlgaros’, ‘ah, a ver qué hacen los búlgaros’, como los monitos”, cuenta entre risas, “y nos llamaron de la Casa de los Títeres, nos llamaron colegas de acá de Argentina, querían charlar con nosotros. De a poco empezamos a entrar en circuitos de acá, nos invitaron a otros festivales, se empezaron a abrir otros caminos. Y dijimos: bueno, ya que nos quedamos un mes, ahora nos quedamos un mes más. Y se fueron sumando los meses.”

Comenzaron llevando su obra a las escuelas, como hacían en Bulgaria. Pero para Antoaneta no era suficiente. “El público de fin de semana te exige otro nivel. Yo tenía mucho miedo de bajar el nivel de los espectáculos si no estaba en cartelera realmente.” Entonces empezaron a programar funciones en el Teatro de la Cova. Cuando su ex esposo volvió a Bulgaria, Antoaneta decidió intentar ingresar a la calle Corrientes y para ello conversó con Juano Villafañe, en aquel entonces director de Liberarte. “Caí en un lugar súper indicado, porque él tenía una fascinación por el mundo de los títeres por el lado del papá, y por el lado de la mamá, que era escritora, artista plástica y titiritera. Entonces cuando yo le cuento toda mi historia de la universidad, el tipo queda absolutamente fascinado y me dice: por qué no abrís un taller y empezás a formar gente acá.” Al poco tiempo, Antoaneta incorporó una obra a la cartelera del teatro, instalándose en el medio de un modo más orgánico.

Las obras se sucedieron una tras otra: a Cuentos de la Fantasía, le siguió una adaptación de Los Tres Chanchitos, y Antoaneta decidió entonces que quería trabajar con un texto argentino, eligiendo adaptar dos cuentos de María Elena Walsh, a quien tuvo la oportunidad de conocer. En el 2001 estrenó Calidoscopio, obra de teatro negro surgida a partir de la experimentación con un grupo de alumnas del taller. “Es el tubito mágico en el que van cambiando las imágenes, y la obra es eso, un recorrido de distintas imágenes de distintas partes del mundo.” Este no era un género muy trabajado en Argentina, y la obra se embarcó en una gira que recorrió el país de punta a punta, y que luego incluso llegaría hasta Singapur. “Yo creía que no iba a funcionar. Había afiches por todos lados: ‘Teatro Negro de Bulgaria’, como haciendo la competencia del Teatro Negro de Praga, y venía yo con una obra para niños, en un formato chiquitísimo que duraba 45 minutos, y me encontraba con sala llena en Trelew, 450 butacas, sala llena en Neuquén, 900 entradas, y no entendía nada. La gente aplaudiendo de pie y yo digo, ¿qué es lo que está pasando?”, se ríe. Luego vinieron El Invento Terrible, Pulgarcita, y Circo Fokus Bokus, obra en la que por primera vez Antoaneta incorporó actores en escena, generando una varieté circense que combina títeres, clowns, teatro negro y show de láser.

Resulta evidente que a esta mujer no le gusta quedarse quieta, y sus obras constantemente buscan la innovación, a partir de técnicas y planteos escénicos diversos. “Constantemente, el desafío. Dentro de las técnicas de títeres hay tantas variedades, y tantas combinaciones que es infinito, uno no se puede limitar.”

Aprovecho entonces la puerta entreabierta para preguntar cómo ve el panorama del arte de los títeres veinte años después de su llegada. Entonces Antoaneta, hoy coordinadora del Área de Títeres y Espectáculos para Niños del Centro Cultural de la Cooperación (donde también es directora adjunta de los Departamentos de Arte), esboza una pequeña pausa antes de responder. “Cuando yo llegué no había mucha variedad de técnicas de títeres. Estaba el gran espectáculo del Teatro San Martín, que tenía otra inversión y otro despliegue, y después estaban todos los grupos callejeros, que iban a la escuela o trabajaban en la calle. No había una radicación del espectáculo de títeres en los espacios más chiquitos. Tampoco había espacios chiquitos.” Cuando se votó la Ley Nacional de Teatro, explica, comenzaron a repartirse subsidios que fomentaron el surgimiento de espacios pequeños y, simultáneamente, la aparición de grupos que pensaban sus obras para ese formato. “Me parece fascinante, porque ahora se ampliaron los géneros: antes estaba el teatro de títere de guante, que era el más usado. Después fue entrando el títere de mesa, el teatro negro, el teatro con sombra, y mucho multimedia. Además tenemos varias tradiciones: una que es la callejera (la de Javier Villafañe), otra que es la tendencia del teatro en la escuela, otra es la que tiene radicación en salas teatrales de cámara, y otra que funciona en los teatros más grandes. Yo pretendo que el centro cultural entre ya en estos espacios, en una apuesta con más despliegue.”

Bajo sus manos eternamente en movimiento, la tacita de café todavía llena espera paciente e inesperadamente es puntapié para pensar el rol del objeto en el teatro de títeres. “La escenografía, a diferencia de la de cualquier otro arte escénico, es funcional, y se puede convertir en diferentes cosas: la taza es taza, pero de repente puede convertirse en sombrero, en silla, en estufa. Esta multifuncionalidad que uno le da al objeto es darle vida” Ahí está lo lindo del teatro de títeres, dice mientras da el primer sorbo. “Ésta es la magia: cualquier materia puede tener cualidades humanas y convertirse en personaje.” 

antoaneta titeres