Mercedes Benz sabe desaparecer

“Hubo una asamblea sindical en la que participaban todos los gremios que había en Mercedes Benz, ahí se iba a tratar un conflicto por las vacaciones y por la reincorporación de unos empleados, luego de una huelga de más de veinte días. Todos los delegados accedieron al petitorio de la patronal, menos mi papá y otros compañeros que eran independientes al gremio mayoritario (SMATA). Esa misma noche, la madrugada del 5 de enero de 1977, se lo llevaron.” Malena es hija de Esteban Reimer, militante de la Juventud Peronista y delegado de la fábrica automotriz alemana, donde fue secuestrado por no querer tranzar con la empresa. Este caso se repitió con 17 nombres, 17 secuestros impulsados desde Mercedes Benz durante la dictadura. Solo tres aparecieron y fueron los que contaron bien qué pasó.

El año pasado se cumplieron sesenta años desde que Mercedes Benz pisó suelo argentino, donde desde principio se erigió como una de las empresas automotrices cuyas ganancias más iban a contribuir al crecimiento del modelo económico actual. Hubo un acto encabezado por Cristina Kirchner, hubo festejos y agradecimientos a unos cuantos empresarios alemanes que se sentaron detrás del atril presidencial para escuchar, atentos, una enumeración larga de apellidos difíciles de pronunciar, balances, ganancias, etc. Curioso y chocante si volamos por un rato a los años setenta. Allí, yace inmóvil una lista de catorce nombres que todavía esperan justicia. Todos ellos fueron empleados de la firma alemana y por encarar una lucha por derechos laborales o por elegir no ser cómplices de la impunidad empresarial fueron secuestrados y desaparecidos. Una causa que es una deuda aún pendiente, que no se resuelve. Lo que nos queda son tres testigos sobrevivientes de una dictadura cívico, militar, pero sobretodo, económica; cuarenta años; y una reverencia inentendible.

Esta es una historia de buchones y de políticas claras para eliminar todo grito de protesta laboral. Querían disolver los gremios a toda costa. ¿Por qué? Esta empresa, como también Ledesma, Ford, Acindar, Astarsa, entre tantas, se benefició con el nuevo sistema económico que venía bajo el ala de las fuerzas armadas: un creciente poder sobre los trabajadores les abría terreno a una mayor explotación, con menores costos y muchos beneficios, ya que le transferían al Estado sus deudas privadas. Mercedes Benz, dueña de una inmensa facturación y además uno de los centros industriales más importantes del país, tenía como principal cliente al Ejército en la venta de camiones. Además, desde la firma donaban equipamiento obstétrico para el Hospital Militar de Campo de Mayo, que se utilizó en muchos partos clandestinos de mujeres desaparecidas.

En octubre de 1975, los obreros de Mercedes Benz se organizaron y movilizaron en rechazo a los representantes que había elegido a dedo el por entonces SMATA, sindicato de trabajadores del gremio mecánico y automotor a nivel nacional. Estas personas designadas no defendían los intereses de los empleados, sino que negociaban constantemente con los directivos de la empresa. Decididos, los cuatro mil empleados de la planta de González Catán lograron componer una asamblea de gran concurrencia en donde eligieron una nueva comisión interna compuesta por nueve representantes, “el grupo de los nueve”. SMATA catalogó de inválida a la nueva comisión, y la empresa despidió a 115 obreros, entre quienes estaban casualmente las 17 víctimas que después iban a sufrir el secuestro.

El 24 de octubre del 75, en medio de una huelga que duró veinte días, Montoneros secuestró al Jefe de Producción de la planta, Heinrich Metz. El pedido era claro: reincorporar a todos los empleados que habían sido apartados de sus puestos. El pedido fue concedido y desde Montoneros exigieron un pago por el rescate. Quedará a partir de esto en evidencia una de las prácticas fraudulentas de filial nacional de la empresa, ya que declaron a la matriz en Alemania que el pedido fue de siete millones de dólares, mientras que la organización de finanzas guerrillera aún sostiene que fueron dos.

                El revuelo volvió a la fábrica entre fines del 75 y principios del 76. El Ministro de Trabajo de ese momento, Carlos Ruckauf, promovió un decreto que estimulaba el “aniquilamiento de la subversión en los centros industriales”, es decir, establecía a la lucha obrera como un proceso de “guerrilla industrial”. SMATA aceptó esta política y firmó el convenio, que entró en vigencia en Mercedes Benz a partir del 21 de julio del 75. Este acuerdo derivaba el 1% del precio de venta de cada vehículo a la formación de un fondo extraordinario para la “erradicación de elementos negativos” de la fábrica. Este dinero lo administraba la misma dirección de SMATA sin auditoría alguna, a cambio de que aquella entidad, supuestamente representativa de los trabajadores, pero que en realidad había sido siempre cuestionada, garantizara una represión efectiva. Apenas irrumpió el golpe militar en 1976, comenzaron los secuestros de trabajadores y activistas.

El acusado de entregar ala Policíalas listas con las direcciones de las víctimas es Juan Ronaldo Tasselkraut, ex gerente general de Mercedes Benz. Además, presenta una causa en trámite por la sospecha de apropiación de un varón cuya partida de nacimiento afirma que nació el 19 de agosto de 1974 (su hermano también está sospechado de haber apropiado ilegalmente a otros dos chicos). La participación de la empresa en la represión se documentó a través de los testimonios de los tres sobrevivientes. El mismo Tasselkraut fue bien crudo en una de sus respuestas en un Juicio porla Verdaden los tribunales deLa Platacuando le preguntaron si había alguna relación entre la disminución de los conflictos en la fábrica, la desaparición de obreros militantes y la productividad: “Y… milagros no hay” contestó en crudo.

Actualmente, la causa se encuentra en plena etapa de instrucción. Como pasa con la mayoría de los juicios penales de lesa humanidad, la etapa de recolección de pruebas y testimonios lleva mucho tiempo, hasta después recién elevarse a juicio, donde las partes acusadoras, querella y fiscalía debe enfrentarse a la defensa de los acusados.

“Una clase social no se cuestiona a sí misma, y el Gobierno responde a la suya”

En otra edición del ciclo de entrevistas a economistas, Rolando Astarita, docente en diferentes universidades, pensador contemporáneo y escritor, se sienta con NosDigital. Vinculando siempre lo pragmático con el marxismo, dice tener ideas “minoritarias y marginales”. Habla acerca del modelo K, sus límites, las medidas que tomó el Gobierno, el capitalismo, la situación social argentina y otorga conclusiones respecto a cómo ve hoy el movimiento sindical en nuestro país. Así critica, cuestiona y se enfrenta con quienes dicen ser la izquierda argentina hoy en día: ¿Esto es ser “progre”?

-¿Qué podría decirnos acerca del modelo económico de la Argentina?

Fotos: Nos Digital

-Las medidas de Kirchner para salir de la crisis fueron nulas. No hubo ninguna medida cualitativamente distinta a lo que se venía haciendo. La idea de que aquí se planificó una estrategia a largo plazo de desarrollo capitalista no la creo. Más bien fueron respuestas a grandes crisis macroeconómicas, y a partir de ahí se fue elaborando todo esto sobre la marcha. Esto ha sido un producto de la crisis del 2001, pero a su vez se inscribe en una alternancia que hemos vivido en las últimas décadas de tipo de cambio alto o tipo de cambio bajo. Dólar alto o dólar bajo, básicamente. Una constante a partir de la crisis de fines del ‘74.

-¿Cómo es esto?
-La política de fin del 2002 estaba basada principalmente en tipo de cambio alto, es decir, una moneda muy depreciada. Resalto que la recuperación económica se basa en la explotación de la clase trabajadora. Digo esto porque ahora el Gobierno menciona que la receta argentina frente a las crisis es tal o cual y, en realidad, la receta ha sido abaratar el costo de la mano de obra (en términos de dólar) lo que permitió que se recupere muy rápidamente toda la industria. Y las exportaciones industriales mejoraron, pero no son nada extraordinario. Y, por otro lado, se aprovechó mucha capacidad ociosa que había en cuanto a capacidad de producción y el hecho de que en los ‘90 había habido una renovación del parque industrial. Aclaro, es un error creer que eso no pasó.

-¿Qué problemas conlleva este modelo? ¿Qué límites contiene?
-Bien, este tipo de desarrollo basado en la precarización del trabajo. Permite aumentar la competitividad en el mercado mundial, y las empresas que producen bienes tranzables mejoran rápidamente su rentabilidad. Pero hay empresas de servicios que quedan con sus tarifas mucho más atrasadas, con una tasa de rentabilidad más baja y un aumento de competitividad que no se basa en un verdadero desarrollo de fuerzas productivas. Los marxistas llamamos a este desarrollo “bien extensivo”, esto quiere decir que no es un desarrollo de alto capital por obrero.

-¿Había otra forma de salirle a la crisis? ¿Ha escrito algo sobre eso?
-Yo lo que traté de explicar en dos capítulos de mi último libro: cuando la moneda se empieza a apreciar por suba de los precios internos, suben los servicios, como está anunciado para el año que viene, los salarios también, se generan crecientes presiones inflacionarias. Hay dos salidas: la que intentó la Alianza con Cavallo el último año y medio de mandato, bajar precios y salarios, lo cual es un proceso terrible porque a medida que bajan precios y salarios se contrae la inversión y estás en un espiral descendente cada vez peor. Fracasó, vino el corralito y después el ajuste sobre los salarios se hace hizo vía devaluatoria. Hoy, en esta coyuntura, si el Gobierno devalúa se acelera la inflación. En condiciones extremas esto termina en alta inflación. En esas condiciones el mercado no puede funcionar. En términos marxistas diríamos que deja de funcionar la ley del valor, la moneda desaparece y se remplaza por el dólar.

-¿Tiene que ver esto con las medidas de control de cambio que se están tomando?
-Lo que hacen hoy es una receta intermedia, es decir, van frenando el tipo de cambio para que no se acelere la inflación y al frenar el tipo de cambio, se les está revalorizando la moneda. Entonces no hay salida aquí. La situación para el Gobierno no es grave todavía, no es el 2001, pero se le está complicando lentamente.

-¿Todas las salidas son críticas?
-Sí, sobre todo para el trabajo son terribles. Toda crisis implica que el capital recupere su rentabilidad desvalorizando enormes sumas de capital, default, quiebras, etc. y,  desvalorizando el trabajo, aumentando los ritmos de producción y bajando los salarios. Por eso nunca hay una salida de una crisis que no la pague la clase trabajadora. Si fuese posible que la crisis la pague el capital yo no sería socialista. Soy socialista justamente por eso.

-¿Cómo entiende el panorama económico-social en nuestro país?
-Hoy hay una costumbre  de hablar de los grupos y esto da la sensación de que son tres o cuatro o cincuenta grupos concentrados. Y no es así. El sistema capitalista es una clase social que explota a la trabajadora y que vive del trabajo de los obreros. Este puede ser el dueño de una empresa de veinte obreros, de los cuales tiene cinco en negro, la mujer tiene una chica que le limpia la casa también en negro, sin vacaciones. Estos días que el Gobierno estuvo interesado en controlar el intercambio de dólares. Mandaron cantidad de inspectores. Los inspectores no se mandan a la infinidad de lugares donde se está sobreexplotando a trabajadores y todo el mundo hace la vista gorda. Insisto, hay un interés de clase aquí que quiere mirar para otro lado. Que hagan inspecciones en casas de cambio, pero también háganlo en la infinidad de lugares donde el trabajo en negro y la falta de seguridad social es masiva. Los “prestamos en el acto”, por ejemplo, son cosas usurarias. Chupasangres de la clase trabajadora. Son una red de medianos financistas, no es solamente el Chase Manhattan, es una red de clase capitalista. Y eso nadie lo cuestiona. Porque una clase social no se cuestiona a sí misma, y el Gobierno responde a ellas. Por eso el discurso “progre” dice que el problema es el FMI, el problema son los grandes grupos. Hay que ser crítico de ellos, pero también de lo otro.

-¿Las retenciones no intentaron ser una medida “progre” fáctica?
-No. El verdadero impuesto progresista es el impuesto a la renta agraria, no esto. Es el impuesto al propietario de la tierra por el que cobra la renta. Esta idea de que en sí mismas las retenciones son algo muy progresistas es relativa. Onganía puso retenciones para subvencionar a la actividad industrial de los grandes grupos. Esto no es otra cosa que distribución de plusvalía que se hace al interior de una clase dominante y no en beneficio de la clase trabajadora. A ver, si yo abarato el pan para que los industriales paguen salarios bajos lo que estoy  generando es una redistribución de plusvalía al interior de la clase dominante. Marx alguna vez dijo que la forma de bajar la renta agraria era aumentando el salario de los obreros rurales. Hoy los obreros rurales están haciendo huelgas para aumentar sus salarios en un silencio absoluto. Aquí ni la sociedad rural, ni el agro, ni la UIA, ni los K, ni el progresismo izquierdista se solidariza con los trabajadores rurales que están pidiendo un aumento de salario porque su paga es muy baja. 

-¿Y hoy cómo ves el movimiento sindical actual?
-Está en calma desde hace años. En este tema tengo bastantes discrepancias con gran parte de la izquierda que plantea casi de inmediato una revolución socialista. Y si muchos piensan que aquí hay una situación prerrevolucionaria, yo no veo nada de esto. El nivel de conflictividad es bajo, sobre todo en los grandes centros industriales, las direcciones sindicales no han sido cuestionadas en ningún lado, sólo en algunos pocos focos. Incluso cuando estalló la crisis en el 2001 una gran parte de la izquierda se creía que había habido una revolución. Iban a las asambleas barriales de Parque Centenario creyendo que iban al Congreso de los soviets. Yo les dije: discúlpenme, aquí yo no veo nada. Porque el obrero como conjunto en el 2001 no estuvo. Yo viví los ’60, y los efectos del Cordobazo se traducían en la aparición de militancia sindical importante que cuestionaba las direcciones burocráticas y las enfrentaba.
Creo que hoy estamos en una lenta etapa de acumulación de fuerzas, de cuidar posiciones cuando se logran, no llamar rápidamente a la huelga, ni a la lucha. Porque aparte de eso creo que muchas veces corremos el riesgo de llevar a la gente a la aventura.

-¿Participa usted activamente en política?
-Ahora no, pero siempre tengo discusiones y diálogo con gente que le interesan estos temas. Tengo un blog, y sé que la gente lo usa como herramienta de estudio, debate y análisis. Yo he militado bastante tiempo en el trotskismo y rompí en los años ‘90.  También hace 13 o 14 años traté de formar un grupo, un embrión político y no tuve éxito. No logré convencer a la gente de algunas de mis ideas. Mis ideas son muy minoritarias y marginales.

-¿Y no se siente representado por nadie?
-No, yo dije que iba a votar al FIT (Frente de Izquierda y los Trabajadores) por ser un frente de izquierda que puede revindicar ciertas ideas de la clase trabajadora, pero realmente no me sentí identificado ni con su programa, ni con su discurso, ni con sus análisis políticos, ni con los métodos que emplea el partido. Mi manera de pensar es muy distinta.

 
Rolando Astarita es docente en la Universidad Nacional de Quilmes, Carrera de Comercio Internacional, y en la Carrera de Sociología, Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. También, desde el segundo cuatrimestre de 2005, dicta “Desarrollo económico” en la Carrera de Economía, Facultad de Ciencias Económicas, de la UBA.
Según él mismo, en sus clases trata de presentar varios puntos de vista alternativos y anima a alumnos y alumnas a ser críticos y a formar sus propios puntos de vista.
 En lo que tiene que ver con su formación intelectual, Astarita se egresó en el Colegio Nacional Buenos Aires en 1969 y desde entonces su formación fue enteramente autodidáctica.
Escribió libros, artículos y algunas notas que están hoy en su página (www.rolandoastarita.com.ar) y en actualiza con cierta constancia su blog (rolandoastarita.wordpress.com), lugar en el que debate, discute e intercambia ideas con sus alumnos, colegas, críticos o cualquiera que lo deseé.