A toda costa

El Gobierno de la Ciudad apunta a cambiar el perfil de las costaneras, imponiendo carritos de comidas a gas en comodato de alquiler: por qué sí y por qué no, en la voz de los afectados. A pocas cuadras, la experiencia autogestionada de los feriantes y músicos de Defensa reclama lo mismo: que los dejen trabajar.

Atrás de los altos edificios y antes del pasto creciendo dentro del agua, el Gobierno de la Ciudad apunta a cambiar el perfil de las costaneras Sur y Norte imponiendo una serie de carritos de comida a gas – sacando las clásicas parillas a carbón-, obviamente amarillos y todos iguales, que serán emplazados sobre la calle al lado de unos canteros, dejando libre el paso por la ancha vereda, hoy copada también por manteros.

La imagen de los candidatos Gabriela Michetti y Diego Santilli comiéndose un chori junto a Mauricio Macri, además del ridículo, puede recordarnos esta iniciativa.

Ir por una bondiola a costanera Sur en tiempos electorales resulta entonces una experiencia periodística.

El paisaje

Fotos: NosDigital
Fotos: NosDigital

El paisaje en Puerto Madero está cambiando de a poquito. Ese país aparte que construyó el menemismo y que emergió como espacio nuevo para unos pocos, fue tomado por asalto por carritos de comida y manteros que todos los días, y en especial los domingos, llenan de gente de todos lados al exclusivo barrio.

El paisaje dominguero reúne a familias, parejas y amigos que caminan el corredor gastronómico en busca de un choripán, una cerveza o quizá alguno de los productos que ofrecen los manteros, los nuevos anfitriones de fin de semana.

Venden de-to-do: anillos, caretas de Hulk, mates, yerberos artesanales, camisetas de fútbol, pulseras, un plato de pizza inédito con las porciones marcadas y desmontables (¡de modo que uno puede llevarse su porción con una maderita abajo!), pantalones de fútbol, pelotas grandes y chicas, cuadros, marcos para cuadros, juegos de play, alpargatas, y tantas cosas como manteros haya.

Uno de ellos dice no saber nada del reacomodamiento y asegura que, todavía, desde hace un mes, no se les acercó nadie de Ciudad ni la policía. “Esto es trabajo”, dice, “¿por qué nos deberían sacar?”. Dicen que la inocencia es la verdad en su estado puro.

Manteros, puesteros y ambulantes conviven en la costanera Sur de una sola manera: trabajando.

Los removidos

A unos pasos de la enorme oferta que sorprende desde el suelo, junto a varias mesitas, Sandra vende dos bondiolas completas y hace una prueba de calidad en forma de invitación: “Si les gusta vamos a seguir estando pero allá” – señala hacia el lado de Retiro – “porque nos van a cambiar de lugar”.

El “van a cambiar” en tercera persona e imperativo queda flotando en la conversación. ¿Es por los cambios de carrito que está haciendo el gobierno porteño? “Sí, acá van a poner un carrito nuevo, pero a nosotros nos corren al fondo y el traslado me lo tengo que pagar yo”. Sandra calcula que para desoldar el carro y llevarlo a cuatro cuadras gastará 10 mil pesos.

No es el primer palo en la rueda que le pone este gobierno a Sandra. Su cara – que de algún lado me resultaba familiar, ahora me doy cuenta- la vi en la tele, cuando estuvo encadenada en este mismo lugar a otro puesto porque lo querían correr.

Fue el 17 de septiembre del 2009 cuando, a la 1 y media de la mañana, aparecieron agentes de Espacio público junto a unas topadoras con la orden de remover ciertos locales que, decían, tenían las licencias vencidas. Sandra, encadenada, gritaba en el video: “Tengo todos los papeles en regla. Me lo dieron como medida cautelar, hasta que se den los nuevos permisos puedo usarlo libremente”.

Tiene el puesto hace ocho años, y desde entonces que no ha podido lograr que le den una habilitación definitiva. En el 2006, por orden del juez Gallardo, se anotó junto a otros puesteros en un registro que otorgaría las licencias, “pero a los 2 meses me bajaron y no me dijeron más nada”. La causa de Sandra por la habilitación del puesto recorrió 10 juzgados. “Hasta que cayó, gracias a dios, en el del juez Gallardo”. Gallardo aplicó una medida cautelar que le permite a Sandra seguir trabajando hasta tanto no le otorguen la licencia definitiva, como decía en el video.

Sin embargo, aquella vez el gobierno logró llevarse el carro de Sandra, las mesas, las sillas y hasta una heladera llena de comida. “Fue un robo”, define Sandra, que asegura que cada vez que cruza hacia su Avellaneda ve los restos de su carro tirados abajo del Puente Pueyrredón.

“Chiche Gelblung me mató”, cuenta sobre las repercusiones de la encadenada. “Dijo que yo no tenía permiso de nada”, dice, señalando a una de sus hijas, que acomoda las mesas. “Después en el colegio le decían al nene que yo era cualquier cosa”.

Sandra tiene tres hijos discapacitados, uno de ellos con epilepsia, cuya cura con medicamentos demanda casi 6 mil pesos mensuales. Cuestiones como ésta contempló el juez Gallardo al aplicar la medida preventoria que protege la fuente de trabajo. “Por eso yo no podía dejar el carro”, explica Sandra. “Esa semana trabajábamos de día y a la noche, tipo 7, nos hacíamos un guisito y nos quedábamos a dormir adentro del carro”, cuenta. Hoy el puesto lo trabaja toda la familia de Sandra, incluyendo cuñados e hijos discapacitados.

El de esta familia es uno de los tres puestos que serán removidos, acaso por el lugar estratégico que ocupa (el primero a la derecha entrando por Belgrano), y por no quedarse sumisos ante las directivas de Espacio Público, que empieza a desplegar su negocio en costanera: los nuevos carros serán otorgados en comodato a quienes los trabajen para que, mes a mes, paguen una cuota de 6 mil pesos según un contrato de 5 años.

Sandra muestra el plano que le dieron para su reubicación: inentendible. “Tengo que contar los árboles, cuando acá toda la vida nos guiamos por los postes de luz”, dice. “Si gasto 10 mil pesos y no es el lugar que me corresponde, ¿qué hago?”. No hay forma de dar respuesta, metros más allá o más acá prometemos volver por otras bondiolas completas. Seguimos caminando.

costanera sur

La princesa

En el puesto de al lado El Parrillón, dos policías charlan con Valeria, la encargada, y se van sorprendentemente con las manos vacías.

Decir que Valeria prácticamente nació entre choripanes no es una exageración: a su padre se lo conoce como el “Zar del choripán”. Según este reino de los embutidos, Valeria por descendencia vendría a ser la Princesa del chori.

“Quieren poner carros de acero inoxidable, que cuestan como 200 mil pesos cada uno”, cuenta sobre los detalles de los nuevos puestos. “Muy PRO”, define, “muy yanqui”.

Sin embargo, Valeria, que no tiene la urgencia del traslado, dice llevarse “bien” con la dirigencia de Espacio Público y lo resume en una frase, tan resignada como cierta: “Hay que convivir”.

La Princesa, con la perspectiva que le dan los años y la fama en el rubro, y sin urgencias de reubicación, hace una lectura positiva de estos cambios: lo ve como un paso hacia la “regulación” y un orden que deje en paz a los puesteros con temas de licencias, salubridad, coimas, aprietes. Para Valeria lo primordial es trabajar: tiene dos hijas, una de 5 llamada Alma que se lleva todas las anécdotas. “Todavía tiene chupete, y cuando le digo que lo deje va y me trae la caja de cigarrillos. “Ves, mamá, acá dice que no podés fumar. Si vos no lo dejás ¿por qué yo tengo que dejar el chupete?”. Así Alma logra mantener la negociación, y seguir chupeteando. Valeria se ríe: “Es artista, le gusta pintar, hacer teatro, telas… Por eso le tuve que pagar un colegio especial”. Su otra hija también se inclinó por el arte: “No sé de dónde me salieron si yo vendo chorizos en el medio de la calle”.

Valeria resume sobre la adaptación a estos cambios: “En una de esas en unos meses pasás y me ves con delantal y gorrito amarillo”. Con una media sonrisa cierra la idea.

Prioridades

costanera surApenas cruzamos, antes del Faena, vemos una construcción de los años 20 donde funciona la sinagoga Beit Jabad Puerto Madero. Además de una casita hay un amplio jardín cercado, y en este momento un auto Audi.

Tal predio fue cedido en 2007 por el entonces jefe de gobierno Jorge Telerman a la asociación israelita argentina Tzeire Agudath Jabad, mediante un permiso de “uso gratuito e intransferible” por el término de 5 años.

Quizá esta pequeña reseña marque una paradoja sobre las prioridades de los gobiernos, como fue en el caso del ex Padelai en San Telmo: http://www.nosdigital.com.ar/2013/04/techo-para-todos/

A pocos metros se alza el Faena Arts Center con un largo cartel que cuenta: “El Faena Arts Center está situado en el corazón de un antiguo molino que antaño alimentó a la Europa de la posguerra y que hoy vuelve a nutrir al mundo a través de la cultura”.

La metáfora del molino – uno de los más grandes molinos de trigo del país- quizá sea otro de los símbolos de los cambios de este barrio y a quienes benefician.

La Feria

Caminamos de espaldas al humo de las parrillas, a pocas cuadras, a lo largo de toda Defensa se erige la feria y la movida cultural más grande de la Capital. Desde el bajo viendo hacia la autopista no se distingue el empedrado de San Telmo: hay tanta gente que se ven sólo las cabecitas, como en un recital o una cancha de fútbol.

Todos los domingos, cientos y cientos de feriantes arman los puestos y dejan un corredor callejero y peatonal. Se venden tantas cosas que incluso muchas no tienen términos que las evoquen, pero sí clientes.

¿Cuántos puestos de trabajo generará esta movida autogestionada?

Pasamos sobre un teatro improvisado, escucho risas. Un hombre está visiblemente terminando su show, tiene una gorra en la mano y dice: “Piensen en el teatro callejero, en cuánto vale su diversión, y en cuánto gastarían si van al teatro a ver a Carmen Barbieri…”. Las carcajadas cierran la reflexión, que va en serio.

En una de las calles que salen hacia la izquierda nos encontramos con Naty Menstrual, sentada en un sillón que tiene incorporado en el apoya brazo un cenicero, frente a su puesto. Nos habla de un licuado de banana y leche que quiso tomar en un bar, pero que no lo logró, porque primero le dijeron que no tenían sorbete, después que no tenían hielo, después los mandó a cagar. Su capacidad de contar anécdotas se interrumpe por un turista que mira el puesto repleto de remeras y zapatillas pintadas por ella y algunas copias de su libro. Aunque dice no hablar inglés, mientras nos alejamos, los vemos en una charla fluida. Hay que vender porque hay que comer.

Más allá, una comparsa avanza. La gente baila, los turistas filman. Los interceptamos justo en la calle que en la que todos los domingos desde las 18 hs toca Jamaicaderos (desde hace años, a pesar del gobierno porteño: http://www.nosdigital.com.ar/2013/07/la-calle-es-nuestra-y-la-fiesta-tambien/)

Alejandro está con su saxo a un costado, esperando que pase la comparsa para volver a tocar: “Hay que convivir”, dice sobre los códigos callejeros que dan lugar a todos, con la misma frase que usó la Princesa del chori.

Cuando la comparsa pase, quizá se le ocurra a Alejandro una versión reggae del tango Sur de Homero Manzi y Aníbal Troilo:

“La esquina del herrero, barro y pampa,

tu casa, tu vereda y el zanjón,

y un perfume de yuyos y de alfalfa

que me llena de nuevo el corazón.

Sur,

paredón y después…

Sur,

una luz de almacén…

Ya nunca me verás como vieras,

recostado en la vidriera

y esperándote.

Ya nunca alumbraré con las estrellas

nuestra marcha sin querellas

por las noches de Pompeya…

Las calles y las lunas suburbanas,

y mi amor y tu ventana

todo ha muerto, ya lo sé…

Nostalgias de las cosas que han pasado,

arena que la vida se llevó

pesadumbre de barrios que han cambiado

y amargura del sueño que murió”.

 

 

 

La calle es nuestra, y la fiesta también

Las callecitas de Buenos Aires tienen ese no sé qué… Lo que seguro tiene es música. Jamaicaderos se encarga de ponerle ritmo a los domingos porteños. Con decenas de denuncias que caen sobre ellos, sus instrumentos no se callan y sus voces tampoco: “La calle es un lugar para compartir el arte, defenderlo y romper las desigualdades“. 

“¿Esto es un Clarinete?”, señala un señor de pelo blanco que nos habla de su edad. Cuenta que él tiene uno, del mil novecientos, lo dice agitando la mano indicando tiempo atrás, mucho tiempo atrás. Uno de los músicos entre sorbos de té, mientras sostiene una porción de torta que acaba de comprar a una vendedora ambulante, le recomienda lugares para repararlo. La charla termina cuando se ofrece a ir con él para que no corra la mala suerte de que lo agarre un trucho y lo cague.  Les pregunto si siempre se generan cosas como estas. “Siempre”, me dicen. La gente llega, se acerca, asoma preguntas, algunos se quedan, otros se van, pero nadie puede no notarlos. Los que pasan por la calle Defensa al 1100 no tienen forma de evadir la fiesta de Jamaicaderos, porque ellos se convierten en la calle.

Nueve personas y sus instrumentos toman la forma de la persiana que le hace de escenario, de los adoquines, de lo estrecho del camino, de algún grafiti que anticipa que ese espacio tiene mucho de ellos. Juntos, Topo y Bochi en saxo, Javi en bajo, Mati y Dani en guitarra, Pablo en batería, Amaru en teclas, Agustín en percusión y Juan en trombón toman la forma de Jamaicaderos para prolongarse en música por San Telmo.

***

jamaicaderosMientras arman el sonido, una pareja de músicos sentados en la mano de enfrente tranquiliza la tarde con melodías que relajan. Terminan coordinados. Sus últimos aplausos dan la bienvenida a los de la otra vereda, paradójico que en realidad todos estén en la misma. “Son códigos”, me dice un rato más tarde la chica del dúo que se queda a escucharlos y a bailarlos. Me habla del instrumento ancestral australiano que estaba tocando, de sus posibilidades, de que ellos hacen música más tranqui y de que “Jamaicaderos es una fiesta”.

La pierdo bailando entre la gente, que incluso antes de que suene el primer tema se amontona haciendo un semicírculo. Parece que enchufar los instrumentos los vuelve imanados, todos caminan hacia ellos, gente en situación de calle, turistas, parejitas que pasean a los besos, familias enteras, vendedores que comparten mate. Jamaicaderos parece igualarlo todo y a todos.

 –          ¿Qué significa la calle para ustedes?

–          La calle es un lugar para nosotros con mucha magia y energía donde se puede compartir el arte y la cultura, defenderlo entre todos y romper las desigualdades. Es decir, poder compartir con gente que ocasionalmente pasa, desde quienes viven en la calle hasta un turista adinerado y también algún músico que siempre tiene las puertas abiertas para sumarse a tocar. Es un lugar donde el abanico de posibilidades se multiplica y es un lugar muy importante para que todos sean conscientes que desde acá hay que defender el derecho al arte y la cultura.

Arranca la música y los cuerpos le dan combate al frio invernal. De a ratos los vientos se apoderan de todo. Todavía nadie le habló al micrófono. Las palabras llegan entre los intervalos y cachetean.  “Aunque nosotros hacemos música instrumental, entre tema y tema queremos siempre decir lo que nos conmueve, lo que nos atraviesa, lo que nos preocupa de un montón de cuestiones que están alrededor nuestro, queremos seguir siendo permeables y queremos que la música también actúe en consecuencia, acompañando, abrazando a alguien, dándole una mano, cambiando un estado de ánimo, dando fuerza y concientizando sobre todo”. En la primera pausa, la banda nos habla de la defensa del libre acceso a la cultura, de la posibilidad de estar ahí, todos juntos, bailando. De la lucha que eso implica.

Fotos: NosDigital
Fotos: NosDigital

Hablan entre líneas de las muchas contravenciones que les llegaron, principalmente por ruidos molestos. Ruidos molestos, un domingo, en San Telmo, con la calle llena de gente y de arte. ¿Ruidos? ¿Molestos? De todos modos la lista sigue: “A veces fueron por usurpación de espacio público, en otros casos hasta por venta de mercadería ilegal porque dicen que nuestros cd son mercadería ilegal, y los más disparatados cuando tocamos por Florida, que hay muchos bancos, porque instigábamos a las salideras bancarias”.

Me alejo dos locales. Hay en la puerta de un comercio un señor que mira la situación, atento. ¿Los conoce?, le pregunto. Las respuestas llegan como vómito. Me dice que fue a verlos alguna vez, que le gustan, pero que son insoportables. Debe haber notado mi cara de desconcierto porque aclara que le gustan para un viernes a la noche pero no para un domingo mientras él está trabajando. Dice que cuando los clientes entran a su local, principalmente extranjeros, se le complica el inglés por los ruidos. Que es ilegal porque venden cd. Que así no va. Que hacen lo que quieren.  Que tienen mil denuncias, pero que se quedan porque son guapos. Que cuando viene la policía agarran el micrófono, empiezan a decir lo de la libre cultura y se ponen a la gente de su lado.

 –          ¿Qué significa la cultura para ustedes?

–          Nosotros la entendemos como algo abierto, absolutamente relajado, accesible, tangible y alcanzable, no arancelado, sino que esté desparramado por las calles, por las plazas, en diferentes formas.

La gente sigue llegando, y la defensa del espacio se convierte en una tarea de todos. Si son más los que se frenan a escucharlos, más son los que le dan la importancia que merece a la música en la calle, los que se suman al grito de que es necesario, de que no se trata de ruido, y mucho menos de ruido molesto. Es mucho más fuerte la exigencia a cumplir el artículo 32 de la Constitución de la Ciudad de Buenos Aires, que entre varias cosas garantiza la libre expresión artística, prohíbe la censura, impulsa la formación artística y artesanal, protege la pluralidad. Es mucho más fuerte también el pedido porque se respete la Ley 4121 Artículo 15, que aclara que mientras no se exige contraprestación pecuniaria, la actividad de los artistas callejeros no constituye una contravención.

***

–          ¿Cómo definen lo que se genera?

–          La palabra clave es compartir acá y es justamente la que queremos cambiar frente a un montón de lugares en donde quieren bajar línea que la clave es competir.

Vuelvo con el comerciante que señala el grupo de gente y me dice que él no quiere eso, no quiere ver culos, quiere ver ojos que miren su vidriera. Pide disculpas por decir culo, solo por haber dicho eso.

jamaicaderos

Tomala vos

Manual para entender las razones de la toma social de inmuebles. Cómo debe comportarse para ser parte y qué debe hacerse para sostenerse en el tiempo como una forma viable de hacerse con el derecho constitucional de vivienda digna.

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Según estadísticas que publica la propia Dirección de Estadística y Censos de la Ciudad, el Instituto de la Vivienda de la Ciudad (IVC) no construyó una sola casa en los últimos tres años.

En ese mismo período, según los resultados del último censo de la ONG Médicos del Mundo se habría duplicado la cantidad de personas que duerme en la calle: pasó de 674 durante la temporada otoño-invierno de 2009 a 1283 en el mismo período de 2012. La Fundación Sí calcula que ya son cerca de 1400 personas.

Hace un año, Mauricio Macri brindó una conferencia para ofrecer datos propios. Sostuvo que según un operativo que compara el período 2009-2011 hubo una disminución del 35% de las personas en situación de calle: de 1356 a (nada más) 867 personas en 2011. Ésa fue la cifra que redondeó el gobierno porteño por última vez.

Paco Urondo sentenció: la única verdad es la realidad.

La Asamblea del Pueblo de San Telmo cumple 11 años participando en procesos de recuperación de viviendas junto a familias en situación de calle. Gestiona dos comedores gratuitos, dos restaurantes populares, un centro cultural y el mercado de San Telmo como estrategias de contención. En esos espacios circulan no sólo personas sin vivienda sino obreros de la construcción, vendedores ambulantes, motoqueros, empleados precarizados, prostitutas, personajes variados que tienen un factor común: la calle. Con ese termómetro de la realidad, el referente Rubén Saboulard dice: “Las dos cifras me parecen equivocadas”.

Hace cuentas:

-Tenemos un promedio de 250 a 300 personas que comen en la Asamblea todos los días.

-No creo que ahora sea peor que hace un par de años, yo creo que se estabilizó. Me da la impresión que el pico fue hace un año y medio-dos, la época en que el parador estaba repleto.

-El año pasado el Gobierno de la Ciudad otorgó 12400 subsidios habitacionales.

-Lo que sí he visto es un aumento importante en la ocupación de viviendas. Y eso que se sacó gente de la calle. En la Justicia de la Ciudad están ingresando un promedio de dos denuncias de usurpación por día, lo cual te da en 200 días hábiles un total de 400 usurpaciones anuales. Siendo pesimista, si cada ocupación involucra 8 familias, son casi 4 mil personas que ocupan viviendas.

La calculadora mental de Rubén determina: “Hay un promedio de 5 mil a 6 personas en situación de calle”.

La anécdota de los números revela las diferentes formas de encuadrar y leer la realidad. Las cifras vuelven impersonales a las personas y enfrían sus historias, que es de lo que, al fin, sabe Rubén: “El 90% de la gente que vive en la calle se nuclea en siete u ocho barrios de la Ciudad: Constitución, La Boca, San Telmo, Congreso, Monserrat, Retiro, Balvanera-Once y algo de Barrio Norte. Entonces depende de cómo hagas la medición, dónde y hasta en qué momento del año, vas a tener una imagen distorsionada”.

Los subsidios habitacionales también aportan a esa distorsión: que no estén en la calle no significa que tengan resuelto el problema de la vivienda. Esta política encarna una contradicción constitucional: el Estado, que debe garantizar el acceso a una vivienda digna, reconoce su falta y la emparcha. La cifra máxima del subsidio es de $1200; el tiempo, durante seis meses, renovable otros cuatro.

¿Y después?

Comedores, iglesias, baños públicos forman parte del circuito cotidiano de quienes no tienen techo y necesitan comer y bañarse. “Es como las palomas: si vos tirás maíz acá, dentro de un mes tenes 500 palomas. En la calle, ¿dónde vas a estar? Cerca de los comedores, de las iglesias que permiten bañarte, donde la cana no te puede golpear… Y de día en los lugares donde se saca una moneda: limpio parabrisas en los semáforos, cuido autos, limpio vidrios en los negocios, mendigo, malabares… Si hago eso en Mataderos o Floresta, me muero de hambre”.

Los comedores de la Asamblea del Pueblo no son como cualquiera: “Acá comes carne todos los días, 150 gramos de carne o pollo, una sopa que se puede repetir y una fruta”, cuenta Rubén, orgulloso. Los llamados “restaurantes populares” no son en cambio gratuitos pero apuntan a trabajadores de bajos recursos: “Por 20 mangos comés un plato de sopa, un plato de comida con algo de carne, jugo, pan, postre y café”.

La fórmula de la Asamblea del Pueblo no la tiene ni Moreno. Lo que cuenta Rubén no es una propaganda sino la demostración de la gestión de los recursos que el Estado debe darle a los comedores comunitarios por problemas que no soluciona, como sucede en el caso de los subsidios habitacionales. El embudo de responsabilidades que toma la Asamblea va desde la comida de los comedores hasta empleos sostenidos (tareas gastronómicas en los comedores, un puesto en la feria de San Telmo), pasando por las tomas de vivienda para las familias más necesitadas.

“Acá no entra cualquiera, como a ningún lado entra cualquiera. No entrás borracho, no entrás fisura, no entrás gediondo”, enumera los mandamientos Rubén. “Porque una cosa es que no tengas dónde comer y otra es que le cagues la comida a una familia. Y la verdad es que no tenemos casi incidentes. Alguno por mes, cuando vienen a resolver en la puerta del comedor la pelea que tuvieron la noche anterior… Bueno, esos no entran. Los que hacen quilombo pierden: la mejor disciplina es esa, es muy importante lo que podés perder, entonces es mejor hacer buena letra”. Los mejores alumnos terminan vinculados al resto de los movimientos de la Asamblea, laboral, temporal y sentimentalmente.

Otro dato clave en esa construcción: no sólo es necesario mantener cierto orden dentro, sino quedar bien con los de afuera. “El comedor no jode al barrio. Como acá entran 40 a comer por turno, siempre tenés gente esperando. Pero, ¿qué conseguimos? Que no le meen la puerta al vecino, que no se pongan a fumar un porro o escabiar ahí… ¿Qué culpa tiene el vecino de que el tipo está en la miseria? Es más, el vecino nos ayuda a nosotros a sostener el comedor”.

Las relaciones más ásperas que mantiene la asamblea no es con propios ni ajenos, sino con los de más allá: el Estado, en sus variantes. Los puntos críticos de esta relación se cristalizan en los procesos de recuperación de viviendas.

Paso a paso

-Nosotros vamos con un plan que incluye ya tener los volantes diciendo que hay un grupo de familias desesperadas viviendo en la calle… Y le avisamos antes a los abogados, a los organismos, a todos que esa noche va a haber una movida.

-Cuando vamos ya sabemos quiénes van a ir a vivir. Cuando ocupamos la de México 743 tuvimos antes acá a las 15 familias que iban a ir a vivir.

-Una vez que entrás, los vecinos generalmente llaman a la Policía, que pasa ese día. La comisaría 2° es muy especial, es la que tiene el mando político de los principales centros políticos de la Ciudad: la Legislatura, la Jefatura de gobierno y Plaza de Mayo. Por lo tanto el cana que está ahí es un cana muy monitoreado, es un cuadro político de la cana… El que está en la 4°, ése es un carnicero, narco… Yo no digo que haya canas buenos, ¿está claro? Simplemente hay diferencias por el rol que cumplen: los de la 2° son canas que con organizaciones sociales son muy cuidadosos.

-Una vez adentro, organizás la casa: si tenés cuatro pibes, no podes estar en este sucucho. Vos estás solo, vas con aquél… Armás la distribución de tareas, ponés la luz, el gas, la limpieza, fijás un criterio de convivencia, y elegís uno o dos delegados. A partir de ahí hay que resistir la puerta: el dueño va a intentar venir con los matones, con la cana, con quien sea. Pero una vez que entramos a Tribunales ya estamos en otra historia: empezás a pelearla, a discutir los derechos del niño, pedís que venga el asesor tutelar, hay un montón de recursos que te permiten estirarla. El otro dia Garabano decía que el promedio de desalojo es de seis meses, y no es así, el promedio de desalojo está en más de un año.

Sin embargo, hay veces que las estrategias cambian, los planes se desmoronan y es necesario el ingenio: “Una vez, sabíamos que había una casa libre y teníamos a 15 familias en la calle – relata Rubén-. Le pedimos al propietario alquilarla y nos dijo que no. ¿Qué hicimos? Alquilamos un colectivo, cargamos las viejas, los perros, los colchones, los pibes, todo. Murillo al 600, bajamos del colectivo, acampamos en el comercio del tipo en plena temporada navideña, una casa de camperas de cueros que valían como 10 lucas… El tipo salió enardecido a putearnos, llamó a la cana…. Al día siguiente, fuimos otra vez e hicimos una olla popular en frente del negocio. Finalmente nos terminó alquilando la casa por 60 mil pesos por año, pagando anticipado. Hasta el día de hoy estamos en la casa, ahora estamos pagando 90 lucas por año. 90 lucas dividido por 22 habitaciones te da menos de 5 lucas por año”.

México 640

¿Qué métodos son los legítimos para hacer cumplir la ley? ¿Quién tiene la culpa de ello: el comerciante o el Estado? ¿Quiénes son las víctimas: el comerciante o las familias? ¿Quiénes son los victimarios? ¿Dónde carajo terminan las preguntas?

La Asamblea del Pueblo mantiene cinco ocupaciones asentadas, entre ellas los comedores, el centro cultural y un enorme galpón donde planean abrir una sala de teatro con una capacidad de 80 personas.

En algunos casos, como la propiedad del comerciante de las camperas de cuero, negociaron con los propietarios alquileres a muy bajo precio que entienden las situaciones límite de las familias. En otras, las casas están envueltas en litigios legales que permiten la ocupación y apropiación de la vivienda.

…como lo demuestran Luisa y José.

Detrás del comedor, México 640, viven doce familias desde hace seis años: señoras mayores, bebés, matrimonios, niños.

La casa es una estructura antigua de techos altos, patio interno y ambientes espaciosos. Una parra decora el cielo y se mete adentro del baño: acaban de hacer un baño nuevo sobre este árbol – único lugar posible- para agilizar las aseadas mañaneras previas al trabajo.

Luisa, 65 años, en la puerta de su cuartito tiene un cartel: “La casa de la Gata Flora”.

Se levanta a las seis de la mañana para arrancar la comida del mediodía: es la cocinera del comedor de la calle México.

Fue, antes, cocinera de clínicas de salud privadas y delegada: pasó raspando la dictadura.

“Yo tenía mi casa en Burzaco, murió mi marido, quedó una hija, me dejó más deudas… todavía estoy pagando. Viví muchos años en hoteles, en el último tuve problemas y ahí conocí a la asamblea. No me alejé más”.

La casa de la Gata Flora, con todo respeto, es un cuartito de espacio bien resuelto: cama, muebles, cocinita, mesa, espejos y hasta una computadorita. Estampitas, rosarios, fotos de los hijos y de los nietos. “Pieza de vieja”, lo dice ella.

José se ríe. Estaba acompañándonos en la visita. Él vive en otra casa tomada, un galpón que comparte junto a otras 17 familias.

“Viví mucho tiempo en paradores. De ahí conocí a un grupo de gente que ahora también está viviendo conmigo”.

“Caímos en un mal momento de la vida, nos juntamos y salimos”.

“Estuvimos alquilando un tiempo cerca de La Plata, después nos vinimos para acá. Ahí conocí a la asamblea, de venir a comer… Nos dieron una mano grandísima”.

José es el encargado del comedor: de lunes a sábado, del desayuno a la cena.

Pasó el mediodía, José está libre. Nos acompaña en la recorrida.

Rosa está libre, y contenta: las visitas la animan.

Pero no pierde seriedad: “Hablando en lunfardo, el gobierno nos dio una patada en el culo y que nos arreglemos”.

“Nos arreglamos”.

Luisa y José se dan un abrazo.

mexico600final

La vida privada

Por el predio Martina Céspedes, en San Telmo, pasan los alumnos de siete escuelas para hacer deporte y esparcimiento cultural. El Pro hizo un proyecto de ley para transformarlo en un emprendimiento privado como un “centro cultural, comercial, gastronómico y turístico”. El 5 de mayo más de 300 personas se plantaron para decirle que no. Ya llevan más de 50 marchas y el próximo jueves 29 harán un nuevo festival. Aun dan pelea porque desconfían del macrismo. “Sabemos que a fin de año puede volver a presentarse la ley y que no les va a importar nada de lo firmado”, dicen desde la Comisión que se creó para la defensa del poli.

Fotos: NosDigital
Hace un año emprendieron el solitario camino de la restitución y con su empuje como herramienta fundamental lograron hacer caer el proyecto que intentaba legalizar la expropiación
Se trata del Predio Martina Céspedes, ubicado bajo la Autopista 25 de Mayo entre Bolívar y Defensa, al que concurren diariamente los alumnos de siete escuelas.
la construcción de un emprendimiento privado que llevaría el nombre de “Feria del Sur”, un “centro cultural, comercial, gastronómico y turístico”.

Entre artilugios legales poco claros e intereses privados, los vecinos de San Telmo vieron escapar el espacio público por excelencia del barrio: el Predio Martina Céspedes, donde realizan actividad física y cultural más de 2000 pibes por semana. Hace un año emprendieron el solitario camino de la restitución y con su empuje como herramienta fundamental lograron hacer caer el proyecto que intentaba legalizar la expropiación. Pero todavía todavía andan con medio y es, precisamente, por los mismos motivos por los que comenzaron a descreer hace casi un año.

El barrio más antiguo de la Capital vive desvelado ante la posibilidad de perder el espacio de recreación, deporte y expresión cultural que utilizan los chicos de la zona. Se trata del Predio Martina Céspedes, ubicado bajo la Autopista 25 de Mayo entre Bolívar y Defensa, al que concurren diariamente los alumnos de siete escuelas. Allí también se desempeña el Club de Jóvenes (que depende del Ministerio de Educación de la Ciudad) y la Juegoteca Comunitaria Infantil N° 15 a la que asisten pibes de entre 6 y 12 años para cumplir uno de sus derechos fundamentales: jugar.

Todo eso podría pasar a manos privadas si toma sentido de ley un proyecto presentado –aprobado sin discusión y en medio de la madrugada- por el entonces jefe de la bancada del PRO, y actual vicepresidente primero de la Legislatura, Cristian Ritondo.

La historia comenzó el 7 de diciembre del año pasado. Hasta ahí, al igual que en los 2010 años anteriores, era simplemente un día más en el calendario y no un número asociado a una letra. A espaldas de la lógica y a contramano del día, junto a una decena de leyes que se votaron sin debate en medio de las maratónicas jornadas legislativas de fin de año, y en bloque, obtuvo aprobación inicial (55 votos positivos, uno negativo y cuatro abstenciones) el proyecto que autorizaba al Poder Ejecutivo a llamar a licitación para “el diseño, construcción, mantenimiento, administración y explotación en concesión” de los terrenos ubicados bajo la AU1 y las áreas linderas.

Sin letra chica, sin ruborizarse y mucho menos arrepentirse, el proyecto anunciaba quienes serían los depositarios de ese terreno y homologaba la construcción de un emprendimiento privado que llevaría el nombre de “Feria del Sur”, un “centro cultural, comercial, gastronómico y turístico”. El consorcio Servente-Lanusse-Criba-Crivelli, el mismo que explota la estación de servicio bajo la Autopista Illia, en Retiro, se haría cargo de la concesión por un período de 20 años.

Al ser un espacio público el que estaba a punto de pasar a manos privadas, se necesitaba una segunda lectura en audiencia pública. Pero como le anticipaba Ritondo al sitio www.iProfesional.com por ese entonces: “No nos preocupa, estaremos realizando los primeros movimientos a mediados del año que viene –en referencia a éste-”.

Estaba todo digitado. Pero lo impensable saltó a la acción y gracias a la movilización (y organización) de los vecinos, el Predio Martina Céspedes todavía pertenece al barrio y abre las puertas cada mañana de lunes a sábado. El 5 de mayo, más de 300 personas asistieron a la audiencia pública para avisarle a los legisladores que su postura era firme y que tenían la voluntad irrenunciable de defender el Polideportivo. “Fue un 25 de mayo. La patriada”, nos cuenta Claudia Moyano, integrante de la Cooperadora del Comercial 4 y Presidente de la Comisión por la Defensa del Poli que se creó para tal fin después de la media sanción de la ley. Se abre al diálogo y cuenta: “Sin ser ‘aparateados’, término que utilizan ellos, sin que nos dijeran nada, la gente, los vecinos, nos fuimos reuniendo. Nosotros representamos comunidad educativa, pero el resto se autoconvocó y pudimos frenar el avasallamiento de nuestro derecho que, en última instancia, es el derecho a la propiedad que nos otorga la Constitución Nacional (NdeR: Artículos 14 y 17)”.

A raíz de ese reclamo masivo, al que le procedieron y sucedieron más de 50 marchas (entre festivales, encuentros, abrazos al predio y movilizaciones hasta la legislatura) los legisladores debieron agachar la cabeza y pedir perdón. Aunque, con la sapiencia que les dio la experiencia, desde la Comisión que preside Claudia redactaron un acta de compromiso para que la voluntad quede estampada sobre papel y consiguieron la firma de 29 legisladores. “Hemos recorrido distintas instancias. Ahora tenemos una declaración por escrito en la que el arco opositor se manifiesta en contra de la utilización del predio para la explotación privada. Firmó todo el bloque de Proyecto Sur, de la Coalición Cívica, de la UCR, del MST y del FPV. Hasta las bancadas del PRO nos apoyaron, pero por cuestiones políticas no quisieron firmar”, dice como quien tiene todas a su favor pero una marcada incertidumbre. No es para menos.

“Si bien tenemos un amplio apoyo para que esto no vuelva a suceder, en lo personal, hasta que no me digan ‘esto se terminó’ no voy a dejar de estar al pie del cañón”, confiesa. Una fuente de Creactivar, la asociación civil sin fines de lucro que maneja la juegoteca (la primera del país), da cuenta de que esos miedos son fundados. “Sabemos que a fin de año puede volver a presentarse la ley con un mínimo de reformas y que no les va a importar nada de lo firmado”, remarca.

Rocío Sánchez Andía, legisladora por la Coalición Cívica y una de las cuatro personas que se abstuvo de votar en diciembre, reconoce que la desconfianza tiene fundamentos. “Hoy en la Legislatura hay un pacto entre las tres bancadas del Kirchnerismo en el interbloque con el PRO por algunos negocios en particular. Los vecinos están comprometidos y tienen un conocimiento profundo de cómo se mueve la legislatura. Por eso, pidieron las firmas de los legisladores y obtuvieron casi 30 adhesiones. Sin embargo, justamente por saber cómo se mueven los intereses en el recinto, tienen miedo. Yo también lo tengo”, relata.

Del otro lado, el silencio es premeditado y ni siquiera se altera cuando se denuncian presiones y amenazas. “En la misma audiencia pública nos hicieron saber que no nos saldríamos con la nuestra. Hemos recibido llamadas de todo tipo y hasta ‘advertencias’ de tipo presencial. Entendemos que estamos en el medio de los intereses personales y económicos que priman sobre la educación y los derechos”, acusa la presidente de la Comisión de defensa al predio.
Para obtener respuestas a las preguntas sobre las intenciones, los proyectos y el futuro que trazan los promotores de la expropiación es imprescindible acudir al archivo. Eduardo Servente, el empresario que presentó el proyecto y que se quedaría con el territorio citado, se pronunció en la audiencia pública y, después de describir a la zona de influencia como “la boca del lobo”, expresó: “Se trata de un proyecto urbanístico en el bajo autopista para curar una herida que produjo el paso de la misma. Hoy el desarrollo urbanístico y social ha quedado cortado por la autopista. El aspecto turístico del proyecto trata de unir ambas zonas para que la circulación sea posible”.

Por su parte, el mismo día, Luis Grossman, director general de la Dirección del Casco Histórico de la Subsecretaría de Patrimonio Cultural del Ministerio de Cultura, apoyó la cesión de las tierras y manifestó: “Las autopistas urbanas producen heridas que nunca se terminan de cerrar. Pasaron 40 años y distintos gobiernos y el tema no se resolvió. Si bien apoyo el énfasis con que el barrio defiende las actividades, considero que un proyecto como el planteado aquí tiende a resolver lo ocurrido. Allí el vecindario recuperaría la conectividad entre dos zonas, algo hay que hacer y esto puede ser lo indicado”.

Las promesas visitaron todos los matices. El 27 de septiembre, el Jefe de Gabinete porteño y presidente del PRO en la ciudad, Horacio Rodríguez Larreta, se juntó con los vecinos de la Comuna 1 y derivó el asunto a Cristina Brunet, la Presidente comunal. “En esa reunión ella desconoció que me había dicho que la cuestión no le competía y que no le interesaba. Después, le enviamos cartas, pedimos juntarnos y nunca se expidió al respecto”, esgrime Moyano.

La única solución que propusieron desde el gobierno de la ciudad es trasladar las actividades que se realizan en el predio a las canchas del club Nikkei (pertenece a la comunidad japonesa) que tiene 1000 metros cuadrados menos de superficie. De las 14 escuelas que, según la ordenanza municipal, deben utilizar las instalaciones del Martina Céspedes, por falta de espacio, sólo las utilizan siete. “No entramos”, dicen. Ese recurso, la eventual mudanza, lo único que hizo fue sumar a la comunidad japonesa al reclamo de los vecinos de San Telmo.

Producto de la movilización de todo un barrio, el proyecto cayó a la Comisión de Obras y Servicios y para volver a la Legislatura debe ser reformado en las comisiones, obtener quorum y recién ahí pasar a agenda parlamentaria. En caso de que logren cumplir con esos pasos, deberá ser aprobado por una mayoría especial de 40 votos (sobre 60 legisladores). “Nada de eso debería pasar. Pero sabemos cómo se manejan y los intereses que hay de por medio”, confiesa Moyano. Por eso, siguen repartiendo folletos con las 29 firmas obtenidas “como para que la gente sepa y los legisladores no se olviden de lo que prometieron”, cuenta. Además, el jueves 29 se realizará un festival en el que participarán las bandas musicales de todas las escuelas que utilizan el predio. “No queremos involucrar a los chicos pero ellos nos piden participar y defender lo que les corresponde”, grafica una de las madres del Normal 3.

Los afiches que adornan San Telmo son contundentes: “No necesitamos lo que ustedes quieren que necesitemos. Necesitamos el Predio Martina Céspedes y nada más”. Palabras que se hicieron bandera, reclamo y resistencia de un barrio en defensa de lo que les pertenece. No quieren un hotel boutique, negocios de ropa de alta costura, menos un shopping y mucho menos la revalorización de la propiedad. Saben que es un pedido informal de desalojo, el primer paso a eso. “Se motivará a muchos propietarios para que mejoren los inmuebles del barrio”, dicen (no tan) por lo bajo en los pasillos de la presidencia comunal. Quieren que sus hijos jueguen, que hagan deporte. No quieren campeones, quieren personas. Con eso alcanza.