BASURA

Montañas de residuos de 36 metros, líquidos lixiviados y empresas y gobiernos que se pasan la pelota. Un basural que fue prohibido y sigue funcionando en Ensenada, otra de las alertas para los vecinos del sur.

Una situación hogareña cotidiana: sacar la bolsa de basura con pocos días en el tacho y que se escurra un líquido asqueroso. Cuanto más tiempo dejamos la bolsa reposando en el cesto, mayor es la cantidad de líquido. Esa sustancia, multiplicada por miles y miles de toneladas de basura, resultado de todo tipo de desecho domiciliario, forma un arroyo de desechos químicos tóxicos en Ensenada a pocas cuadras de las casas de los vecinos.

Esos líquidos, llamados lixiviados, se generan a partir de los residuos sólidos urbanos sin tratamiento ni separación que llegan todos los días a los rellenos del CEAMSE. En Ensenada se ubica uno de ellos y hace siete años que la Corte ordenó cerrarlo, sin éxito.

El Complejo ambiental Ensenada se encuentra en Diagonal 74 y Canal del Gato, en el partido de Ensenada, y fue inaugurado en marzo de 1982. Recibe los residuos sólidos urbanos de los partidos de Berisso, Ensenada, La Plata, Brandsen y Magdalena en un promedio de 1.060 de toneladas por día.

El CEAMSE es un órgano autártico que funciona como un gran depósito que terceriza muchos servicios: cobra para enterrar los residuos (200 pesos por tonelada, La Plata recibe más de 200 toneladas por día), pero también cobra para recoger los residuos y llevarlos hasta los rellenos.  El complejo entramado incluye además el gremio de Camioneros, y relaciones más o menos antipáticas con los gobiernos locales.

El caso Ensenada

Marcelo Martínez, Presidente de la ONG Nuevo Ambiente, una de las cuales llevó el caso a la Corte, enumera las leyes que el CEAMSE viola con el basural de Ensenada: “Incumple con la Ley Nacional y Provincial de Presupuestos Mínimos de Gestión Integral de Residuos. También incumple puntos de la Ley Integral del Medioambiente de la provincia, porque el relleno está ubicado a pocos metros de zonas urbanas”. Además, la Dirección Provincial de Vialidad prohíbe por decreto la llegada de residuos generados en los partidos que se encuentren a una distancia superior a 20 km, como es el caso actual de Magdalena y Brandsen. “Los rellenos sanitarios no pueden estar ubicados en zonas de bañado, como es el caso de la superficie de Ensenada, ubicada a centímetros de las napas freáticas”, sigue Martínez refiriéndose a las montañas de basura con altura de 36 metros, que producen contaminación comprobada científicamente en el aire y en las napas.

“Hay muchas irregularidades por las que nosotros entendemos que no puede seguir funcionando y así nos dan la razón los dos fallos judiciales en primera instancia. Siguió funcionando porque hay un acuerdo homologado por la Corte que tampoco está cumpliendo el CEAMSE ni la Provincia de Buenos Aires, por el cual tenían que cerrar el relleno y buscar una alternativa”. Esa alternativa no fue hallada por el gobierno de la provincia en estos últimos siete años y por eso la Justicia llamó a una nueva audiencia para el próximo 7 de julio: “Siete años para buscar una solución y no lo hicieron, estaban por construir una planta de tratamiento, está paralizada la obra. Lo que ha demostrado la Provincia de Buenos Aires es una falta de compromiso y una falta de noción de gestión en cuanto al manejo de los residuos”.

Fantasía y realidad

El Complejo ambiental Ensenada se encuentra en el área de influencia de los acuíferos Pampeano y Puelchense, por lo que laboratorios externos a CEAMSE realizan controles cuatrimestrales de las aguas subterráneas en los 17 pozos de monitoreo para verificar que no haya contaminación por flujo de líquidos lixiviados. Asimismo, en forma semestral se llevan a cabo controles en las 3 estaciones de muestreo de aguas superficiales.

En cuanto al control de las emisiones gaseosas y del control de la calidad del aire, el Complejo cuenta con 4 estaciones de monitoreo que realizan controles mensuales junto con laboratorios de la CNEA. Sin embargo, los resultados que arrojan estos estudios no son en la práctica vinculantes, como la ley que lo prohíbe.

Un estudio de la autoridad del Agua de la Provincia sobre los pozos de monitoreo de las napas de agua subterránea comprobó la presencia de plomo y cadmio en las napas Puelche y Pampeana, producto del percolado de los líquidos lixiviados del relleno, el cual, al no poseer la protección adecuada en su base (membrana), contaminó el reservorio acuífero de la región. Estos pedidos se complementaron con los solicitados al Laboratorio de Hidráulica del Ministerio de Obras Públicas bonaerense, en donde se analizaron las aguas superficiales de los arroyos circundantes del relleno, encontrándose una alta demanda biológica (DBO) y química de oxígeno (DQO).

El estudio comprobó además:

– Que los líquidos contaminados de la basura desembocan a través del arroyo El Gato, a menos de 1000 mts. de la toma de agua que provee agua corriente a Ensenada, Berisso y al 50% de La Plata.

– Que las montañas de basura además de contaminar, modifican la estructura paisajística de la región.

– Que recibe actualmente 28.000 toneladas de basura por mes, 950 toneladas diarias, en un relleno colapsado.

– Que aún sin datos oficiales, se han constatado casos de leucemia, lupus, púrpura, conjuntivitis, infecciones de piel y respiratorias, enfermedades concurrentes en gente que vive cerca de basurales.

Alejandro Meitin, presidente de la ONG Ala Plástica y vecino de Ensenada, describe tres líneas fundamentales de contaminación: la de los suelos y napas por los jugos lixiviados, la contaminación del aire (que incluye olores insoportables) y la enfermedad que contraen las aves y roedores de la zona.

“Entonces, uno de los problemas fundamentales es que nosotros vivimos en una planicie de inundación y con una napa que sube de acuerdo a las lluvias y crecidas del río, terminamos en definitiva muy en contacto con los jugos”, describe Alejandro.

 

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El mar sin agua

Crónica desde el desierto de Guajira colombiano, un paisaje de película, donde las comunidades indígenas Wayúu son visitadas por turistas pero viven sin luz y sin agua potable. Las muertes se cuelan fuerte entre los chicos y los prenatales.

Las comunidades indígenas Wayúu del desierto de la Guajira, límite colombiano con Venezuela, viven sin luz y sin agua. “Viven” es una forma de decir, ya que ese departamento colombiano tiene una de las tasas más altas de mortalidad infantil y maternal de Colombia.

De acuerdo con el Departamento Nacional de Estadística colombiano, el total de la población guajira en el año 2014 es de 932.157 habitantes, de los cuales 379.404 son indígenas. En el período 2008 – 2013 murieron 2.969 niños menores de cinco años. 278 fallecimientos correspondieron a desnutrición, los restantes 2.691 responden a otras patologías, de las cuales muchas podían haber sido tratadas si los servicios funcionaran eficientemente.

Si a esa cifra se le suman las muertes fetales, que en el periodo 2008 – 2013 fue de 1.202, da un total de 4.171 niños, desde la gestación y hasta los 4 años de edad, muertos en la Guajira. El SIVIGILA, Instituto Nacional de Salud colombiano, reporta que allí en las primeras ocho semanas del 2014 murieron 3 niños por desnutrición y nacieron 47 niños con bajo peso al nacer (lo que implica igual número de madres gestantes o lactantes con desnutrición). La morbilidad materna extrema presenta 47 casos en el 2014 y la mortalidad perinatal y neonatal tardía llega a 20 casos.

Surcar el desierto

Pasando Uribia (llamada así por Rafael Uribe y que al mismo tiempo es la Capital Indígena de Colombia), está Cabo de la Vela. Muchos turistas colombianos y venezolanos se acercan a este pueblo Wayúu para pasar un fin de semana de aventura, sin luz, sin agua, pero con paisajes de película. Para llegar hasta allá el colectivo que alberga momentáneamente a los turistas abandona el camino asfaltado, luego de que su chofer le cargue nafta en un puesto maltrecho al borde de la ruta, donde el combustible traído desde Venezuela cuesta la mitad. Los turistas empiezan a aferrarse mejor a sus asientos: el paisaje se va tornando cada vez más hostil. Después de pasar un bosque de kilómetros de cactus, el horizonte se apodera de todo. Un espejismo les hace creer que ven el mar, pero no: es el desierto que se los tragó enteros. Divertidos, los turistas se sienten unos aventureros. La fantasía se les corta enseguida: más allá del espejismo, una persona cruza el desierto en bicicleta.

Los turistas observan mejor el suelo que aplasta las ruedas del colectivo: es blanco como la arena, y está lleno de caracoles. Allá donde hace miles de años hubo un mar, ahora cientos de caminos abiertos por ruedas de bicicleta y pasos firmes surcan el suelo. Es que los indígenas que viven en Cabo de Vela y sus alrededores, unos 900 aunque no existen cifras exactas, no tienen ningún transporte público que los lleve desde la capital de municipio Uribia hasta sus rancheríos. Los turistas recuerdan las vías del tren que se extendían paralelas a la ruta de asfalto. Ese tren, custodiado por puestos de policía cada cien metros, sólo va y viene hasta la mina de carbón, unos pocos kilómetros más allá.

Caramelos por la ventana

Después de una hora andando por el desierto, una personita se acerca corriendo al colectivo. Exige su peaje: caramelos. Si los turistas quieren pasar, lo nenes Wayúu deben tener sus dulces. Los turistas piensan que el colectivo va a parar para que ellos puedan darles a los nenes los caramelos en mano. Pero no: el guía les indica que deben tirar los dulces por la ventana, bien lejos, no sea cosa que los nenes se golpeen contra el vehículo… Los turistas preguntan que por qué esa forma; el guía los mira extrañado: “bueno, porque así fue siempre acá”.

Los nenes tienen semejante ilusión con tener caramelos que los turistas se resignan con arrojárselos desde la ventanilla. Ya las casas se hacen cada vez más frecuentes y el desierto se va terminando. Los nenes siguen saliendo de todos lados, bajo un sol inclemente y de lugares que los turistas hasta ahora creían inhabitables, algunos con sus uniformes de escuela – donde, nos dirán luego, casi no caben todos.

El pueblo empezó, una calle sin autos se abre frente a la trompa del colectivo y una pequeña sala de salud se hace presente, que a pesar del esfuerzo de los médicos y enfermeras realiza sólo intervenciones menores. Para cosas graves hay que atenderse en Uribia, a dos horas. La calle principal se extiende unos 900 metros hacia el frente, paralela a un mar turquesa sin olas a pesar del viento fuertísimo.

El desencuentro

Los turistas llegan a la posada donde se estiran las hamacas donde van a dormir. Notan que a lo largo de la calle se extiende un cableado eléctrico. El dueño de la posada, sentado orgulloso sobre una moto moderna que luego cargará de chivos para la cena, explica que se instalaron porque “en un momento nos iban a poner luz”. Yendo para la mina de carbón, el enorme campo eólico Jepirachi de 1,2 kilómetros cuadrados se extiende aprovechando los fuertes vientos de la Guajira. Produce 19,5 MW que se van a la moderna Medellín, capital del eje cafetero colombiano, y ninguno queda en Cabo de la Vela.

Varias mujeres Wayuú se acercan a los turistas, al mismo tiempo que les marcan una distancia enorme. Les ofrecen sus bolsos y pulseras tejidas. La mirada esquiva, la sonrisa imposible, las palabras pocas. Hablan entre ellas en su idioma Wayúunaiki. Les pueden sacar una foto, pero ellas luego se las cobran. Los turistas pueden estar ahí, pero sólo tienen para aportar los pesos para comer, cuando se vayan.

El primer día de estadía incluye el agua; el segundo ya no.

En el 2011 la Acaldesa de Uribia Cielo Beatriz Redondo Mindiola, en el ocaso de su mandato, comenzó la instalación de una planta para purificar el agua del mar, pero desde que se fue el agua potable sigue siendo un sueño. Ahí quedaron, como el cableado eléctrico, los caños y las duchas esperando transportar un poco de agua. Por ahora, tres veces a la semana un camión del municipio de Uribia abastece de agua a los habitantes de Cabo de la Vela; en temporada alta cuando el turismo sube el servicio es diario.

Ya se acercan las once de la noche y algunos Wayúu se apoyan en el tapial de la posada para ver la televisión que acompaña la cena de los turistas. En un rato los generadores que brindan luz al pueblo se van a apagar. Así que algunos indígenas ya reposan en sus hamacas, algunos al aire libre ya que no hay peligro de lluvias: hace dos años que no cae una gota. “Un cielo para todos”, reza un mural despintado en la pared de uno de los pocos ranchos de material: una promesa gubernamental que no se cumplió. Esa es la única presencia del Estado colombiano en la tierra de los Wayúu.

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Residentes enajenados

El hilo se corta por lo mas delgado. En el sistema de Salud de la Ciudad, los jóvenes que arrancan en la profesión son los más vulnerables y los mismos que, involuntarios reproducen su propia enfermedad. 

Albert Camus escribió en su novela más célebre, El extranjero, la historia de un hombre apático, Mersault, distante de su familia, incapaz de entregarse al amor, que no reconoce las instituciones y descuida los límites entre la vida, la muerte y la libertad. Extrañado, indiferente, displicente, impasible, Mersault es un extranjero frente al mundo, no se adapta a los valores sociales ni la sociedad lo entiende; no encuentra apoyo en una mujer que lo quiere, en un amigo que lo busca, comete un asesinato indeseado y termina preso por una justicia que juzga, más que esa muerte, su vida extraña.

¿Qué tiene que ver El extranjero con esta nota?

La salud pública, como el estado moderno que describía Camus, es una gran productora de individuos extrañados: pone a los profesionales a funcionar en automático. Juego perverso: ¿Es más importante la salud del paciente que la salud de quien lo atiende?

Un error en la matrix, o un despertar fogoneado por los tiempos electorales, llevó el 7 de agosto a más de 4 mil médicos porteños a repudiar frente a la Legislatura el recorte presupuestario y el vaciamiento que, denuncian, está haciendo el Gobierno de la Ciudad en la salud pública. En aquella “marcha blanca”, paisaje de guardapolvos, el mundo desde los residentes se hizo sentir: a pesar de las amenazas con auditorías en los lugares de trabajo, de los horarios insómnicos, los jóvenes fueron mayoría entre los 4 mil.

Otra asociación literaria podría incluir, por ejemplo, alguna novela de Kafka: el hombre enfrentado – ínfimo- a la burocracia del estado.

Una más: en la película Las 12 pruebas de Asterix, este galo y su compañero Óbelix tienen que sortear una serie de pruebas que, según César, romano, los pondrán en ridículo. Pelean con maestros de las artes marciales, ganan carreras a velocistas, burlan a un hipnotizador egipcio, escapan de los placeres hipnotizantes de unas sacerdotisas… y al final, ya superadas las otras, se les depara la decimosegunda y última: entregar un papel en un edificio público. Asterix y Óbelix suben y bajan escaleras, la gente los manda para cualquier lado, los pasillos se duplican, nunca está la persona indicada… Finalmente, exhaustos, al borde de la locura, logran entregar el papel, no sin antes confesar que fue la prueba más difícil de toda la cruzada.

Los residentes de los hospitales hacen algo mucho más difícil que todo esto: lidian con la sensibilidad de la vida.

Pero no cobran el sueldo o lo cobran tarde, trabajan muchas más horas de las que deberían, hacen trabajos que no les corresponden, son maltratados, ninguneados, su trabajo en la salud es insalubre.

Los personajes de esas historias ficticias que trazaban un perfil del individuo moderno son, hoy, en Argentina, los trabajadores precarizados atrapados entre el estado, las empresas y los sindicatos que, en teoría, debieran discutir esas condiciones, pero que en esto y sólo en esto parecieran hacer tablas.

En teoría, la teoría y la práctica siempre coinciden; en la práctica, no.

Son los más jóvenes del sistema de salud pública, son los más comprometidos y son el futuro.

Al mismo tiempo que trabajan están aprendiendo una especialización: y la están aprendiendo como el culo.

Son estudiantes recibidos de la carrera de medicina o especialidades como psicología, bioquímica, psiquiatría y hasta trabajadores sociales, que tienen que cumplir cuatro años de residencia en hospitales y centros de salud porteños.

Trabajan, no es que miran a los que trabajan: trabajan a la par que cualquier otro profesional del hospital y a veces hasta más.

El trabajo les requiere tiempo exclusivo: es decir, no llegan a trabajar de otra cosa. Aparte, no olvidemos: tienen que estudiar para especializarse.

Reclaman varias mejoras, pero una urgente y tan elemental como la propia ley lo impone:

 “Solicitamos al Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires el cumplimiento del pago a mes vencido de todos los residentes a cargo”, piden en una solicitada que busca firmas.

Traducción: que les paguen a fin de mes.

Todavía hoy, residentes que ingresaron a la salud el 1 de julio, no cobraron un peso.

En otro volante que repartieron el día de la marcha frente a la Legislatura, completan:

-Ampliación de los cargos de residencias

-Pago a los concurrentes de acuerdo a carga horaria

-Pago extra de las guardias

-Eliminación de las guardias para las residencias no médicas

-Franco postguardia

-Supervisión permanente y efectiva

-Seguro de mala praxis a cargo del empleador

-Estabilidad laboral post residencia

-Por una ley de Residencias para todas las disciplinas en Salud

¿Qué quiere decir todo esto?

Algunos residentes han logrado curarse del síndrome de El extranjero y, aunque su vida resulte kafkiana, están acostumbrados a sortear las 12 pruebas de Asterix.

Si la historia de Mersault era la de un hombre solo, soltero y solitario, esta no.

Hablando en serio: desde hace meses un grupo de residentes se viene juntando y organizando. Lograron condensar en esas consignas un sinfín de anécdotas diarias, que ponen al margen la pasión con que hacen el trabajo.

O quizá es esa la cuestión central: la pasión de estos jóvenes residentes que apuestan a la salud pública y la discuten y la defienden y la quieren mejorar.

Paula y Nacho son dos personas. Son jóvenes de veintipico. Son médicos. Trabajan de residentes.

Para ellos es fácil volcar los pedidos en anécdotas. Basta memorar una situación de horas, a lo sumo día atrás. Pero eligen dar una discusión profunda y molesta, no conformista, una discusión y un pedido que involucra la vida de sus pacientes y la de ellos. La de todos.

¿No es eso la salud pública?

Nacho arranca sin vueltas: “Estas situaciones de exposición ignorada de manera adrede por nuestros representantes evidencian el atentado en nuestra formación sanitaria, estimula la preferencia por el servicio privado para nuestro desarrollo. Siguiendo este camino, si las raíces crecen en macetas elitistas ¿no terminan floreciendo sólo para algunos?, si los médicos son “obligados” a invadir el servicio sanitario privado, ¿te imaginas la estructura de salud dentro de 20 años? Aquello que debe ser un derecho, como lo es la salud, explotado como una empresa donde los pacientes sean clientes, el mejor hospital pase a ser aquel que brinde wi-fi con enfermeras mucamas y médicos especialistas en relaciones públicas”.

Nacho y Paula son parte de las voces que hacen frente al modelo neoliberal de salud pública, que quedó en bolas con la Metropolitana en el Hospital Borda, pero que viene trabajando menos ruidosamente – pero no menos violenta- desde hace seis años atrás. Y que hace que la situación de residentes y concurrentes hoy toque un límite.

Paula Osorio lleva más de 3 años haciendo la residencia en el hospital Pedro de Elizalde. Además, trabaja en una clínica privada. Es decir: su vida es prácticamente trabajar.

¿Alguien podría decir que esta joven no está dispuesta a hacer su trabajo? O peor, ¿decir que no trabaja?

La Ley de Residencia permite que los concurrentes, que son los no rankeados en los cargos de residencia, ni siquiera cobren. Sobre la residencia también plantea un confuso límite entre el trabajo, el estudio y la combinación en la especialización: confusión usada siempre a favor del empleador. Así hay normativas que abarcan a todos los profesionales del hospital, menos a los residentes, como si no fueran trabajadores: “Además de las vacaciones se plantearon 10 días por stress para todos los profesionales. Después dijeron que en realidad era para todos menos los residentes. Y a residentes que se los habían dado, les dijeron: no, no te correspondía”, cuenta Paula. Estas diferencias también toman la forma de maltratos o chicanas por parte del personal de planta y directivos de los hospitales.

Según una encuesta realizada por la Subcomisión de residentes de 2011, el 64% de los residentes que participaron dijeron haber sufrido maltratos, “identificando a los responsables principalmente al personal de Laboratorio, Enfermería y de Guardia. Además un 26% refirió recibir maltrato por parte de residentes de otros servicios y un 26% por parte de residentes superiores”.

Estos resultados -que para nada pretenden buchonear a sus colegas, sino al contrario: reclamarle que no sean ellos tan buchones- surgen de la primera encuesta realizada a residentes y concurrentes sobre su trabajo y el proceso de formación. Encuestadores y encuestados eran los mismos, los residentes, en otro ejemplo de extranjerización del modelo.

Ignacio Prieto, residente del Argerich, integró aquella Subcomisión que promovió la encuesta. Cuenta: “Iniciamos haciendo un diagnóstico de situación. Debido a la carga laboral propia de cada residencia, nos demoramos unos meses… Incluso las conclusiones están sesgadas, ya que la mayoría de las residencias más sometidas no pudieron participar”.

La encuesta logró sin embargo la participación del 66% de los residentes y concurrentes, es decir 172 de un total de 267, de 28 especialidades destinadas a la salud.

Eran 28 preguntas que interrogaban sobre la formación, las guardias, la integración a la institución, los maltratos y la participación y organización. Algunos resultados que acerca Ignacio y retratan el lado más oscuro de las residencias:

-La mayoría de los encuestados sostiene que su formación puede mejorar con la participación de otros profesionales;jefes de residentes, profesionales de planta y otros residentes.

– El 78% considera necesario el día post-guardia.

– Más de la mitad de los encuestados refiere no conocer a los directivos del hospital.

– El 40% realizó traslados en ambulancia en algún momento de la Residencia/Concurrencia, y el 56% no lo hizo. En relación a ello, el 74% manifiesta que no fueron preparados para realizar dichos traslados.

– Al ser consultados sobre la posibilidad de contar con un espacio para mejorar las condiciones de la Residencia/Concurrencia, una amplia mayoría (97% de los participantes), refirió que lo utilizaría.

Sobre este último tema, referido a la participación y la organización, Ignacio mete la autocrítica: “¿De quién es la responsabilidad de crear estos espacios? ¿Nos apropiamos y sostenemos los espacios que actualmente existen (Subcomisión de RyC, asambleas, jornadas) para problematizar y buscar soluciones conjuntas a las dificultades que se pudieran presentar en el trabajo?”.

La respuesta parece ser que no.

La pregunta parece demostrar que, algunos, sí.

Un edificio del hospital Durand. Un aula. Diez residentes, una concurrente. Asamblea.

A veces son más y a veces menos, depende de los relevos en las guardias y de los horarios mismos: muchos no pueden acercarse porque están trabajando. El nivel de participación también depende del “momento”: en junio cuando entran residentes, en agosto cuando todavía no cobraron un peso, y así.

Paula es residente hace 3 años y contando: “Una vez por año tenés un montón de gente nueva que hay que darle toda la discusión de vuelta. Es un trabajo de hormiga y de formar todo el tiempo la discusión y el espacio”.

Se elabora un temario y se establecen prioridades: el cobro del sueldo es el tema más urgente.

Luego lo que ya están acostumbrados a llamar “la situación laboral en general”. Algunos puntos: especialidades que no precisan guardias (“hay especialidades como trabajo social o bioquímica que no precisan guardias, pero está naturalizado”, cuenta Paula), los maltratos, los traslados en ambulancias. “No nos corresponden, y menos sin una supervisión”.

Los concurrentes, un paso atrás, dicen: seguro de mala praxis a cargo del empleador, ART, obra social.

Se habla de tratar un nuevo proyecto de Ley de Residencias. Se mantuvieron reuniones con asesores de legisladores. Disconformidad: “Se planteó una hora menos de trabajo, no se cubre ni un reclamo de los que estamos haciendo”.

Se pasan las firmas reclamándole al Gobierno de la Ciudad que “pague a mes vencido”.

Se van anotando los pedidos más urgentes y las formas de darles cauce. Se acuerda una reunión con Kumiko Euguchi, la coordinadora de capacitación del Ministerio de Salud del gobierno porteño.

Se desliza una frase: “Mejorar el sistema de salud para los que vienen”.

Paula no está acá por otra cosa: transita el último año de residencia. “No sé si voy a seguir en el sector público porque en el Gobierno de la Ciudad es muy difícil, hay muy pocos concursos de planta permanente”. Otro juego perverso: en vez de abrir cargos de planta, que formalicen el trabajo contratado de los residentes, se abren más residencias precarizadas.

La estabilidad laboral post-residencia es otro de los pendientes: en general los médicos se quedan sin trabajo tras la residencia y encaran un camino de competencia entre muchos para pocos cargos, con las clínicas privadas siempre mirándolos con ojos sugerentes. “Pero en las clínicas en general se trabaja en negro o facturando, no es trabajo estable tampoco. En general es por hora, como monotributista, y a veces terciarizado”, desidealiza Paula.

Entonces la asamblea: “El sistema de residencias esta injerto en un sistema de salud. Queremos un sistema de salud que sea más justo, para los que trabajan y para los que lo usan. Luchar dentro de la residencia es algo más en el camino de construir un mejor sistema de salud. El día que no seamos más residentes lucharemos desde otro lado”.

En esos otros lados: psiquiatras, bioquímicos, neurólogos. Abogados, periodistas, anestesiólogos. Canillitas, kioskeros y amas de casa.

El día que tengamos un accidente o una fatalidad, no va a aparecer un helicóptero a llevarnos a la clínica Los Arcos. Va a venir Paula y nos va a atender Nacho.

Hospitales

Salud pública

En un nuevo programa especial de Vámonos de Casa, la radio de NosDigital, tratamos los conflictos que giran entorno a la salud. Gustavo Lerer y Adriana Aguirre, trabajadores del Hospital Garrahan nos contaron su histórica lucha: 8 meses inéditos de huelga que terminaron con el procesamiento de los delegados. Escuchá lo que pasó.