Los árboles luchan de pie

Arbolito presenta su DVD “Mil colores”, filmado en el Haroldo Conti, y le pone el cuerpo a la idea de generar memoria resignificando espacios con la vida. También en esta entrevista: la independencia en la música, las discográficas y las lógicas comerciales. “Sabemos que cada disco es generador de movimiento, no somos una banda mediática”.

– Ser independientes es una elección.

Arbolito promedia los cuarenta años. Llegan con instrumentos en mano de una nota que incluyó acústico. Piden licuados y gaseosa en un bar de Flores y esperan poder ir a la sala cuando terminen la charla y los vasos. “Muchas veces hacemos más cosas por fuera de la música, es más: últimamente nos está costando mucho ensayar”.

Ser independiente es poner el cuerpo.

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 En el año 1826, el gobierno de Bernardino Rivadavia contrató al oficial prusiano Rauch nada menos que para matar indios. Su misión era limpiar la pampa bonaerense de los ranqueles, esos hermosos indios que poblaban estas zonas con absoluta libertad. 

El vindicador – Arbolito

 Arbolito fue parido por la Escuela de Música Popular de Avellaneda, después de egresar en 1997. Un año después, el grupo de pibes que había decidido llamar a su banda con el nombre del indio que degolló al Coronel Rauch, editó su primer demo: un cassette llamado “folklore” y se subió a su emblemática chata para salir a hacerse escuchar. Pasaron 17 años, 7 discos y un reciente DVD grabado en vivo: “Mil Colores”. Suenan cada vez más fuerte.

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– ¿Ser independiente es siempre una elección?

– Es una necesidad también. Si estás esperando que venga una compañía a producirte, te podés pasar la vida esperando y frustrándote, pensando que eso es lo mejor que te puede pasar. Nosotros desde que arrancamos nos propusimos hacer las cosas nosotros. En un momento vino una compañía y quiso trabajar con nosotros y estuvo buenísimo, fue una experiencia de cuatro años, dos discos, aprendimos un montón.

– ¿Por qué decidieron volver a ser independientes?

– Sobre todo por los tiempos. Cuando estás en una empresa que es mucho más grande, en donde hay muchos más artistas y muchos de esos generan más guita que vos, los tiempos quedan demasiado rápidos. Nosotros no paramos nunca, todo el tiempo generamos y por ahí hay momentos en que la compañía tiene otros intereses, otros tiempos sobre todo. En una compañía internacional el que toma las decisiones no sabes quién es, ni dónde vive, ni si vive. Con la crisis del 2011, en las discográficas hubo un gran quilombo. Estábamos a punto de grabar “Acá estamos” (salió en 2012), con los demos, viendo el productor artístico. Estaba todo bien con la compañía y de arriba vino la orden: “éste año no se hace nada, hasta nuevo aviso”. El nuevo aviso no sabés hasta cuándo es y nosotros ya estábamos con la necesidad de sacar un disco. Sabemos que cada disco es generador de movimiento, no somos una banda mediática.

– ¿Qué es ser una banda mediática?

– Una banda que tenga presencia en los medios todo el tiempo. Nosotros tenemos acceso a los medios, por mucho tiempo de trabajo, porque fuimos generando esos contactos, pero ese acceso llega porque hicimos tal cosa: sacamos un disco, hacemos un DVD, lo presentamos en el Opera, momentos puntuales. Sabemos que necesitamos de los discos para poder seguir. Aparte de que tenemos las canciones y queremos ir renovando, todo el tiempo tenés ganas de ir renovando.

Imágenes: NosDigital
Imágenes: NosDigital

– ¿No ser una banda mediática también es una decisión?

– Lo mediático tiene que ver más con lo comercial. Ahora estamos haciendo una nota para un medio, venimos de hacer otra, valoramos mucho que los medios se interesen cuando hacemos algo y quieran contarlo. Lo otro es poner plata en las pautas para que suenen tus canciones, que es lo que pasa con los grupos mediáticos: prendés una radio y suena un tema, cambiás de radio y está el mismo tema, prendés la tele y está el video. Eso no es porque son unos capos del mundo, es por un arreglo comercial. Eso es lo que a nosotros nunca nos salió – dicen entre risas.

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Salí a mirar solo de curiosidad y ahora estoy enloqueciendo, ya sé que estas rejas me cuidan de todo pero me ahogan también. 

2015 – Arbolito

 Arbolito decidió desde un principio fusionar los ritmos latinoamericanos – como chacarera, huayno, saya, zamba, candombe – con los que atravesaban su cotidianeidad – rock y reggae por ejemplo –. ¿Qué pasó con esas mezclas? No les cabía ninguna etiqueta. “Cuando empezamos, porque éramos muy rockeros para el folklore, en las peñas no nos dejaban tocar. Porque tocábamos charango y quena en los lugares de rock decían: éstos son unos maricones del folklore. Tuvimos que inventar un camino, equiparnos con sonido y con una camioneta, conseguir espacios que no tenían nada que ver con los espacios de los dos estilos que hacíamos”.

La búsqueda los llevó a clubes, salones y muchas plazas. Poco tiempo atrás quisieron volver a tocar en Parque Lezama que les sirvió de escenario durante años. ¿Tocaron? “Ya era imposible con todas las trabas que había”, la más significativa: el pedido de un seguro por espectador, recuerdan. “Hay una política de abandono, hasta que se llega a poner re contra feo y una vez que está horrible se cierra. Se pone lindo y se enreja. Es parte de la política de cerrar” y agregan: “El problema no es tanto la reja en sí. El tema es que enrejan y no pasa más nada en el parque”.

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Pañuelos van vuelta y vuelta a la vida, yo con ellos me voy a volar, un solo andar en busca de justicia, que la duda no gane a la verdad. 

Pañuelos – Arbolito

 Arbolito quería hacer un DVD, se juntaron con el director y, papel y lápiz en mano, bocetaron la idea. Querían un escenario circular para poder mirarse como en un ensayo, la gente iba a estar alrededor y las cámaras con cada uno de ellos para mostrar la relación que tienen con sus instrumentos. La búsqueda de lugares los llevó hasta el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, ubicado en el predio de la Ex ESMA. En febrero de este año hicieron el show, de ese vivo nació “Mil Colores”.

– No es un espacio cualquiera, tiene toda una carga histórica y una carga actual. Nosotros fuimos varias veces y a medida que pasa el tiempo uno ve la transformación del espacio. Sin dejar de ser un espacio donde pasaron cosas muy feas, la idea es que eso no se olvide pero resignificándolo, tratando de que lo cope la vida. Un poco lo que nos pasó a nosotros fue eso. No fue una decisión casual ni ligera, lo charlamos, lo hablamos, teníamos nuestras dudas de qué pasaría estando ahí, grabando ahí. Creo que nos sentimos de una manera especial, esos mil colores es parte también de eso. El lugar fue tomando color, hay mucha vida, mucha juventud estudiando, haciendo cosas artísticas y todo el tiempo también recordando.

– Nosotros, que hace casi 18 años que estamos, hemos acompañado desde el principio, estado en los escraches, en las fiestas de HIJOS cuando recién se juntaban, en la primer librería de las Madres, festivales, la vuelta, todo el tiempo acompañando. Nos sentimos parte de la transformación que está pasando, es algo que cuando seamos viejos vamos a sentir el orgullo de haber formado parte del momento histórico, como banda y como persona, el momento histórico donde se transformó ese lugar de mierda en algo lleno de vida.

De eso se trata Arbolito, de seguir poniendo el cuerpo: “Nos gusta tocar, estar, compartir, aprender”. Les gusta la vida.

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Arbolito son: Ezequiel Jusid (voz, guitarra acústica y guitarra eléctrica), Agustín Ronconi (voz, flauta traversa, quena, charango, violín y guitarra), Diego Fariza (batería y bombo leguero), Andrés Fariña (bajo eléctrico y coros) y Pedro Borgobello (clarinete, quena, guitarra y coros). Ellos presentan el 9 de noviembre a las 20.00hs, “Mil Colores” en el Teatro Ópera (Av. Corrientes 860).
www.arbolitoweb.com.ar

“No tuve otra vida que para las canciones”

Desde un grito desesperado hasta consagrarse en el oficio de la música, Manuel Moretti, cantante de Estelares, nunca dejó de experimentar entre la palabra y la melodía. En una heladería en City Bell repasa su vida en el rock y confiesa que aflojó con el alcohol por el placer de jugar al fútbol los sábados.

Manuel Moretti pisa los 49 años. La primera vez que subió a un escenario fue hace un cuarto de siglo para cantar tres canciones: “Blanco y Negro”, “¿De qué estás hablando Willys?” y “En la esquina venden pan”. En una heladería céntrica en City Bell, frente a la plaza que hace de imán, también él atrae, de chupines rojos y de lentes negros, a las chicas que le piden fotos. Accede. Tres décadas atrás nada era tan polite: en el escenario que lo desvirgó valía todo. Y todo es TODO. Y todo incluye cantar: “Hoy mis piernas no están bien mamá, se me quebraron en dos y no puedo caminar mamá…”.  Y todo fue saber sólo tres acordes y con eso salir a tocar en un corto de Guillermo Beilinson. Y todo es tener, ese día, de público al Indio Solari y Skay. Porque en esa La Plata es que valía todo. Así lo recibieron.

–          ¿Estabas nervioso?

–          Era una época en que tomaba tres mogra de merca por día, me levantaba a las diez de la mañana a tomar, después me iba a laburar, a la escuela de teatro y salía… Estaba muy contento, no me acuerdo de estar nervioso. Estaba feliz y muy drogado, era joven, 21 años, las chicas más lindas me daban bola, era Gardel y Lepera. Mientras estaba colocado era la felicidad, después… Fue hace mucho tiempo, pero le tengo cariño a todo lo que pasó. Una cosa es cuando tomás merca el fin de semana y otra cuando sos un adicto diario. Es otra vida. Te vas, tenés categorías que la mayoría de la gente no las conoce. Todo esto es medio raro de decir, suena muy heavy para algunos, pero estás en otro planeta. Te inyectás – no es broma – falopa. Por mucho tiempo no tuve sentimientos normales, todos sentimientos lunáticos, chiflados. Esta relación intensa y medio pesada terminó a los 24 años. Pasaron un montón de años, el primer cambio fue por el alcohol. Dejé las drogas y me metí en el alcohol como para empezar a bajar.

–          ¿Ahora tenés sentimientos normales?

–          Podría decirte que sí. Me da miedo decir esto. Con mi terapeuta y con otra gente lo puedo charlar largo y tendido, pero es tan psicoanalítico que es medio choto. Yo fui un tipo que pudo sostener mi deseo, me ordené, laburé, tuve siempre banda sonando, hice canciones. Antes, me acuerdo cuando tenía novia y la chica me decía el domingo de salir a pasear… para mí era lunático lo que me decía. Hay sentimientos que son muy raros, siempre estaba loco o angustiado, una porquería todo. Yo laburé mucho tiempo para volver a tener una vida satisfactoria. Me terminó yendo bien, podría haber sido mucho peor. Por suerte quedaron las canciones.

Manuel compró una casa en Villa Elisa – La Plata –en el año 2009, mientras vivía en un departamento que alquilaba en Capital Federal. Hasta el 2012, la casa fue sólo un lugar para escapar. Hace dos años vive ahí. Cerca – todo es relativamente cerca entre City Bell y Villa Elisa – Manuel pide un café.

IMG_5337–          ¿Cambió tu ritmo de vida viviendo acá?

–          Yo vivía en Buenos Aires, pero no salía del departamento. Lo que tiene este lugar es que yo me despierto y tengo mi patio, un terreno atrás que está libre y como 18 hectáreas en una de las calles al lado de mi casa que están en sucesión. Tengo caballos salvajes corriendo por ahí. Eso me cambió: los amaneceres y los atardeceres, estar en calles chicas, arboladas, con muchos pájaros, animales. Te da otra dinámica.

–          ¿Te gusta más este ritmo?

–          A mí me gusta la ciudad, pero yo me las arreglé para que cuando todos están yendo, yo vuelvo. Si todos van a la costa en enero, yo voy en mayo, si todos van el sábado, yo voy el lunes. Siempre tuve esa dinámica y en función de eso me acomodé para no ir con la gran masa. No tengo problema ni con ciudad ni con pueblo. Lo que no me gusta es estar en situaciones con mucha gente, por eso es un milagro el trabajo que me conseguí porque si yo fuese espectador del trabajo que hago me muero de hambre, no voy a ver ningún show. Soy por naturaleza un tipo medio reservado, solitario. Me crie en Junín, que es un pueblo grande, una ciudad de 90 mil habitantes. Me eduqué hasta los 9 años en la casa de mis abuelos, en un pueblo de 300 habitantes. Una de las cosas que me gustaba de La Plata era eso: las diagonales, una ciudad planeada por racionales, súper orgánica y súper airosa. Pero no sé por qué, la primera vez que vine a City Bell quedé flasheado. Después te das cuenta la conexión que tiene con la música, con los Virus, con un montón de amigos, con Los Redondos, con gente que después tocaste y seguís tocando. Lo que me pasa acá es que hay un cariño, quiero a ésta segunda ciudad que me abrigó que fue La Plata, dónde creció Estelares y mi profesión, dónde me desarrollé ni bien vine, de verdad estaba completamente drogado, loco…

–          ¿A qué edad llegaste a La Plata?

–          Mi relación con las drogas fue entre los 18 y los 24 años. Yo llegué acá a limpiarme, supuestamente, a los 20 años. Fueron etapas en las que me volví adicto a la cocaína, a la morfina, a cualquier cosa. También, La Plata me dio la posibilidad de a poco de ponerme a laburar, de empezar la escuela de teatro, cuatro años de bellas artes. Toda la instrumentación de lo que es nuestro lenguaje, nuestra formación, yo la hice acá, por eso le agradezco y la quiero mucho. Dentro de eso había un cariño viejísimo que tenía que ver con City Bell. Mirá qué increíble, pasan un montón de años, como 25 años, y termino viviendo en este lugar que tanto me gusta.

–          ¿Cuándo te fuiste de La Plata a Capital Federal?

–          Estuve desde el primer semestre del ‘87 hasta el ’99: 12 años que fueron para el desarrollo. Cuando me fui ya habíamos grabado los dos primeros discos de Estelares: Extraño Lugar (1996) y Amantes Suicidas (1998). Empezaba a laburar con Juanchi Baleiron, no tenía un mango y tenía 35 años. Comenzaban a volverme todo tipo de fantasmas. Ahí me fui a Buenos Aires, estuve del 2000 al 2012: 12 años más. Después volví acá

–          De La Plata de ese momento a lo que es hoy, ¿qué cambió?

–          No sé, no me acuerdo. Te puedo decir qué cambió de cuando llegué a cuando me fui. En el ‘99 sentía que la ciudad ya me había dado todo, no me daban ganas de salir de noche, los bares no me emocionaban, no me contenían, la facultad no me importaba mucho. Se había dado un proceso en mí: estaba cansado. La Plata me había ayudado un montón pero me quería ir porque para mí tiene, como todo mecanismo que te contiene, eso que si te quedás mucho tiempo te adormece. Yo sentí que me tenía que ir.

–          Como espacio de gestación de cultura, ¿sigue igual?

–          Es un lugar muy especial, muy inspirado. Tenés Facultad de Bellas Artes, que no hay muchas en todo el país. Cuando yo estudiaba no estaba la Facultad de Cine, ahora está. También está la Escuela de Teatro, Humanidades y un montón de gente que viene del interior y se congrega en una ciudad que por raíz tiene esta voluntad masónica, racional, de consulta, duda, sospecha, construcción, investigación. Todo eso hace un caldo de cultivo. Fijate que las bandas platenses siempre, cuando comienzan y algunos siguen, cruzan un lugar de rebeldía, de rareza. En La Plata no ibas a encontrar muchas bandas que hiciesen rhythm and blues que en Buenos Aires había mucho más. Yo llegué a fines de los 80, era la primavera alfonsinista. Era tremendo, una época única. Todo lo que andaba dando vuelta por ahí lo probábamos. Era como pasó en España después del Franquismo: de destape. Cuando llegué me tocó conocer a gente cercana a Virus y a Los Redondos, toda esa vorágine nos empezó a formar y dar un matiz. Esa fue La Plata que a mí me dio un montón.

–          ¿El rock qué rol tomó en la primavera alfonsinista? ¿El neoliberalismo qué le hizo a ese rock?

–          Tengo impresiones, no estoy muy seguro. Para mí la primavera alfonsinista tenía esa especie de florecimiento. Es una mirada un poco vieja, romántica, después de la dictadura vino eso y estábamos todos muy contentos. El neoliberalismo en mi opinión lo que hace es amecetar esta voluntad culturosa de final de los ’80. Se caracteriza por vaciar de sentido todo, por igualar. Hubo un montón de manifestaciones y bandas que estuvieron muy bien en los ‘90, pero para mí están signados por vaciamiento de sentido. No te olvides que voy a cumplir 49, han pasado muchos años y muchas situaciones, no quiero meterme con nadie, pero ¿qué siento de los noventa? A mí no me dijeron nada, los detesté profundamente. No sé si escuchaba mucho rock, no me importaba mucho, con Estelares éramos bichos de otro pozo, hacíamos canciones. Después le estaba yendo muy bien a lo que te decía que acá no se hace mucho: el rhythm and blues, lo que después se mal denominó rock chabón.

–          ¿Por qué mal denominado?

–          Porque es una denominación muy caprichosa. Yo detesto ser viejo y hablar como viejo, no lo siento como tal pero parece ser que a nosotros nos tocó educarnos con Miguel Abuelo, Almendra, Color Humano, Sui Generis y después con los solistas: García y Luis, cada uno en su lugar. Nos tocó educarnos con eso. También con The Velvet Undeground, Bowie, New York Dolls, (the) Who, (the) Kings. Vos escuchás las bandas derivadas de final de los ‘90 y les tocó juntarse en una esquina, agarrar una guitarra y tomar birra. Es el mecanismo habitual, si vos prestás atención, de lo que hacen las bandas. A lo único que le creen es a la canción de esquina. Yo tengo amigos escritores que me gastan, en la canción Rimbaud, yo me pongo a jugar con lo que me pasó a mí, pero sabía que me iban a decir: ‘que canción pretenciosa’ porque habla de Juan Cocteau, de Paul Klee, las cosas que a mí me formaron. En una canción de esquina no se labura con eso y a algunos de esos se los llamó rock chabón. Me parece que no es así, es otra información.

–          ¿Ahí tuvo responsabilidad el neoliberalismo?

–          Me cuesta mucho hacer juicio de valor al respecto. Pero lo que digo es, por ejemplo, bandas como Callejeros, La Renga, o lo que pasó con Los Redondos, lo que contiene es el ritual. El ritual de ir a misa. Vas a misa. Eso para mí trae el segundo espaldarazo de los ’90: es la gente que se quedó afuera. Se quedó afuera la juventud y armó estos rituales.

A Manuel le suena su celular, pide disculpas y atiende. Tiene que ultimar detalles de su gira por España. La rutina se repite – kilómetros más, kilómetros menos – casi todos sus fines de semanas. Estelares viaja en micro, avión, auto, hasta donde Manuel, un tipo que confiesa no gustar de las multitudes, sube a un escenario muchas veces frente a masas gigantes de ojos que lo observan. ¿Por qué decidir ser cantante?

–          La canción aparece como defensa de la realidad. Esa etapa del principio era muy desesperada. El mecanismo que empecé a hacer era laburar sobre la neurosis. Acción y reacción casi desesperado. Guitarra, melodías, versos, sin aprender mucho, a fuerza de que me pasaban cosas. Después hay algo en mí que me pulsa y emociona que es la palabra. Hay dos cosas con las que tengo, “entre comillas”, cierta facilidad: la melodía y la palabra. Eso empezó a armar una pequeña casita que todo el mundo que veía me decía: está buenísimo. Entonces empecé a tomar eso y armé una banda y salí a cantar. Pero salí a cantar para defenderme, a salvarme, a gritar, a hacer cualquier cosa. Pasó el tiempo y se convirtió en oficio y en algo que me da mucha felicidad. Cuando compongo es muy alucinante, por mucho tiempo fue lo que más me gustó hacer de toda la vida. Hasta que nació mi primera hija estaba casado con las canciones. Es muy psicoanalítico en mi caso, por ahí puede sonar hasta pretencioso, pero es absolutamente así, la gente que ha vivido conmigo lo sabe: no he tenido otra vida que para las canciones. Me pasó muchas veces que componiendo estoy contento, pero salir a tocar y decir ¿qué hago acá? Después pasa como en cualquier oficio, lo naturalizás. Cuando me fui a vivir a Buenos Aires tenía 35 años y no tenía laburo. Comía de la amabilidad de amigos, ahí el oficio flaqueaba y yo sabes cómo flaqueaba, no daba más. Las convicciones, esto que me encanta, que es lo que más me gusta hacer y que de alguna manera es mi manera de relacionarme con el mundo, me sostuvo y sostuvo todo lo que ocurrió después. Si me preguntás cómo arrancó… Arrancó como una necesidad desesperada, siguió siempre siendo una necesidad desesperada pero en un momento se convirtió en un oficio.

–          En esa primera etapa hablás de mucha intensidad, ¿seguís siendo un tipo intenso?

–          Uno no lo puede evitar, pero hay que ver de qué manera. Es la vida de un hombre de familia la que tengo últimamente. Yo volví a tener un placer: jugar al fútbol en cancha de 11. Más allá de haber jugado en inferiores en Junín, es un juego donde disfruto mucho, sigo siendo creativo. Estuve años sin jugar. Hace 3 o 4 años de a poco empecé, primero en fútbol 5 para recuperar el cuerpo, hasta que un día me dijeron de volver a la cancha de 11. Eso hace que por ejemplo, a mí que me encanta salir con amigos y beber, si el sábado voy a jugar, el viernes no tomo, cosa que antes no lo hacía por nada. Obviamente juego con gente de mi edad, pero me encanta. La intensidad la pongo en las ganas que tengo de ir a jugar al fútbol. En términos psicoanalíticos: ya no pulso más, no doy más vueltas por el goce. El goce es la repetición incesante, ahora disfruto en líneas generales. Yo era un tipo que tomaba ¾ de botella de whisky por show. Dejé eso, ahora me tomo un vaso de Fernet. Me duró beber mucho hasta hace 5 años atrás, desde los 24 hasta los 42 años de siete noches seis estaba bebido. Dos birras, medio tubo, dos Fernet por noche, el cuerpo lo naturaliza. Todo eso cambió. Me preguntaste por la intensidad, yo prefiero esta intensidad, no la otra.

–          ¿Qué tiene más creatividad: una canción o una jugada?

–           Yo tengo tal devoción por el juego. Te voy a contar una: el otro día me sacan un lateral, la paro de aire y sin que pique la pongo entre medio de dos y dejo a un hombre libre. Esa jugada me parece extraordinaria. Lo que pasa es que una canción es algo muy emocionante, pero si vos me decís ahora ¿qué es lo que quiero? Quiero jugar al futbol todos los sábados. Pero ¿qué hago de domingo a viernes?

Rock hasta las branquias

Nos colamos en el viaje de Pez y nos asomamos por su ventana: Dos décadas de escenarios, independencia y autogestión. Veinte años de puro rock.

Fósforo García acaba de bajar del 64. En pleno barrio de Palermo, saca del bolsillo tabaco y arma un cigarrillo. Un pibe sub20 pasa caminando por la misma vereda y lo mira con ojos de “será o no será”. Está acostumbrado a esa mirada, cada tanto alguien le dice “Aguante Pez”, pero no es algo que le quite el sueño “El término famoso nos parece una estupidez”. ¿Por qué? “Existe como una suerte de consenso general de que buscar la fama está bien. Yo no le encuentro mucho sentido, pero bueno. Absolutamente nada de lo que hacemos tiene que ver con eso, ni por asomo”.

 ¿Qué hacen? El viaje a la inversa

Estira el brazo con un pie ya apoyado en la calle y para el colectivo. La SUBE descuenta $3,50 después de gritar piiiiiip. Fósforo se sienta pasando la mitad del bondi casi vacío. Suena su celular: “Dale, hagámosla ahora”.

*

El viaje de Pez empezó cuando había que calcular los vueltos para conseguir monedas, mucho antes de la tarjeta magnética. La banda lleva más de veinte años de kilómetros recorridos, diecisiete materiales discográficos editados, algunos cambios de formaciones que terminaron de consolidarse en Ariel Minimal (voz y guitara), Fósforo García (bajo y coros) y Franco Salvador (batería y voz), centenares de shows y pocas fronteras que limiten el horizonte.

El camino los hizo coquetear con diferentes géneros musicales sin nunca correrse del rock: “A pesar de esos cambios estilísticos podemos mantener una identidad: como lo haría Pez”, dice Fósforo.

IMG_0130-2–          ¿Cómo es esa identidad?

–     Es la suma de nuestras personalidades. Es la suma siempre de los músicos que componemos cada formación. Lo que hacemos es un todo, está la música y está la palabra. La palabra en sí como medio es importantísima, adhiero a ese pensamiento de que la palabra incluso crea realidad.

En un asiento individual mira por la ventana que tiene a su izquierda. Del otro lado del vidrio, empieza la tarde. El recorrido es casi una excepción: no está leyendo un libro. La novela “El arcoíris de gravedad” de Thomas Pynchon interrumpió el hábito. “Soy un lector compulsivo. Estoy atascado, es gigante, la dejé y estuve uno de los períodos más grandes sin lectura. En general, no puedo soltar un libro hasta terminarlo”.

Las palabras en los libros y en las canciones, para él, crean realidades.

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Subirse al viaje de Pez es mucho más amplio que un recorrido musical. La banda da batalla en más de un frente. En el año 2000 crearon su propio sello discográfico “Azione Artigianale”, su nombre significa: acción artesanal. La descripción en su página web dice: “En Azione Artigianale no hay presidente ni ejecutivo de cuenta; no hay director artístico, no hay cadete, no hay dueño. Funciona como una cooperativa surrealista -o sello de goma- donde cada artista trabaja para mantener activo su proyecto”.

–          El sello es un sello de goma. Es un nombre y un logo. Lo pusimos como una cuestión formal. Nunca nos interesó realmente tener un sello discográfico ni por asomo. Otras bandas que han salido por nuestro sello, lo hacen como una forma de adherencia a una forma de laburo y han sido dueños exclusivos de su material. Cada artista que editó con nuestro sello se hizo cargo de absolutamente todo lo que tiene que ver con su propia edición. Nosotros apenas podemos hacerlo con los discos nuestros, no nos vamos a poner a hacerlo con los discos de los demás ni en pedo.

Entre los artistas se encuentran Flopa Manza Minimal, Flopa, Gabo Ferro, Ariel Minimal, Hernán, Sur Oculto, Juan Ravioli, Helecho Honduras, Franco Salvador, Compañero Asma, Tantra y Pez, claro.

Varios años más tarde surgió otra iniciativa: El FestiPez. “En el momento que surgió teníamos acceso a escenarios más o menos grandes con Pez y para no aburrirnos y variar un poco lo que hacíamos, decidimos armar una forma de darle al público de Pez algo más por fuera del show de Pez, de sumarle cosas. Aprovechar y mostrarle a nuestro público determinados artistas que a nosotros nos parecían que estaban buenísimos. Nos parecía que era una buena para nuestro público y también para esos artistas, la posibilidad de un público mayor al que estaban acostumbrados”.

 Abrir frentes.

Generar espacios.

Autogestionarlos.

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–        Siempre fuimos una banda independiente pero nunca nos interesó levantar la bandera de la independencia per se. Fuimos una banda independiente porque no nos quedó otro camino que ese. Nunca nos interesó estar esperando que determinada compañía nos dijera: bueno chicos vengan a grabar. Así arrancamos, luego en algún momento nos han tentado para pasar a trabajar de otro modo y no nos interesó porque ya estábamos acostumbrados a hacer en la forma que lo hacemos, en la que solamente respondemos a las ganas de hacer y no a otra cosa.

–   ¿A qué creés que se debe el surgimiento de bandas independientes en los últimos años?

–        Básicamente los cambios tecnológicos oficiaron por un lado a que la difusión cambie el eje. Internet le pasó por arriba a la manera de comunicar lo que hacés, en nuestro caso: música. Si no figurabas en una radio no existías y si no tenías una compañía que te banque detrás y pague para que te pasen en una radio no existías. Internet democratizó muchísimo el acceso a la información. Luego también cambiaron las condiciones de grabación porque la tecnología hizo que sea muchísimo más accesible para un músico poder plasmar lo suyo y grabarlo. Bajaron los costos de edición de los discos. Todo eso fue configurando una situación en que es mucho más fácil hoy que hace veinte años editar un disco de forma independiente.

–          ¿Y en todos esos terrenos ganados creés que hay alguno que no se haya conquistado?

–       De alguna manera por más que estas cosas hayan cambiado, si vos venís con una bola infernal de plata y le apostás a un proyecto para sacarle rédito y fabricás una banda y la ponés en súper rotación, obviamente vas a tener más posibilidades de éxito comercial que cualquier pibe que edita por las suyas. Eso no cambió todo. Lo que cambió más es cierta costumbre en el público de no esperar que le den todo procesado y encontrarse en la tapa de espectáculos del diario con lo que tiene que ir a escuchar. Moverse más de forma independiente cada uno, desde donde ir a buscar información, donde buscar cosas nuevas. Ese es para mí el principal cambio pero tampoco nos engañemos que para todos es igual de fácil ir y conseguir tales cosas. Tenés que tener los medios, tener computadora, tiempo libre para escuchar música, que es un placer que no se puede dar todo el mundo.

Por fuera del mundo de puertas a nuevas posibilidades que abren los cambios tecnológicos, el sentido práctico del hacer limita muchas veces los procesos. En el año 2000, cuando el auge de internet florecía, Pez grabó “Frágilinvencible” ¿Cómo? “En una grabadora de cinta abierta de ocho canales. No se graba así desde fines de los 80’ ponele. Fue una cosa súper casera porque era lo que había. En ese momento grabamos como pudimos”. El 14 de agosto de este año, más de una docena de años después de la grabadora, en sus redes sociales publicaban: “Siendo las 20:41hs, estamos en condiciones de decir que tenemos disco nuevo”. Su reciente material discográfico “El manto eléctrico” se anunciaba por el Facebook y Twitter de la banda, internet colándose en el proceso de comunicar y acortando distancias: “Gracias a la tecnología lo pudimos mandar a masterizar a Estados Unidos”.

–          ¿Internet modificó también la forma de componer?

–        Solo muy lateralmente, lo madre de la música es la persona que está haciéndola. Ahí no hay un plugin para componer.

 *

 –       ¿Lo que hacen tiene que ver con un proyecto musical o un proyecto de vida?

–         Para nosotros es las dos cosas. Ninguno concibe la vida sin Pez porque salvo que nos agarre una artrosis que no nos deje tocar, nadie se imagina la vida sin estar tocando. Para nosotros es una necesidad hacerlo. Es un proyecto al que le metimos y le metemos muchísima energía y hemos postergado montones de cosas y lo seguimos haciendo constantemente. Pez es nuestro proyecto de vida en tanto hacer de tu propia vida lo que querés hacer. Y nos sabemos afortunados por el hecho de toda esta continuidad que hemos tenido y de poder seguir haciéndolo cada vez en mejores condiciones. El enganche con la música es algo totalmente subjetivo y de cada uno. Pero en determinado momento de tu vida te das cuenta de que es lo que querés hacer y no podés hacer otra cosa, ni podés postergarlo al menos que quieras vivir frustrado. Es una necesidad nuestra hacer lo que hacemos, no lo hacemos por cuestiones de fama, ni por el billete, ni nada. Hacemos lo que hacemos porque queremos gustarnos nosotros, de ahí en más si le gusta a los demás está todo bien y si no le gusta también. No es una variable que nos importe mucho y nunca nos importó el hecho de agradar hacia afuera más allá de nosotros mismos, de estar nosotros contentos con lo que hacemos y sentir que hacemos un laburo digno dentro de las posibilidades, y punto.

*

Llegamos.

Fósforo va a bajar del colectivo, las calles colmadas de bares y mesas con cervezas artesanales en las veredas lo van a recibir. Va a armar un cigarrillo y se va a ir caminando tranquilo, mientras quizás un pibe en la misma vereda escuche en sus auriculares algún tema de Pez.

El viaje sigue.

Un amor de muzzarella

Enfermo, enfermo de mierda. Y vos, loca, vos sos una loca. Qué estúpido, que estúpido que sos y yo soy una estúpida que estuve con vos todo este tiempo y con toda esa mierda de tu cabeza. ¿Yo? ¿Yo soy el que tiene la mierda en la cabeza? Sí, vos, enfermo, idiota. Pará de decirme enfermo. Te digo enfermo porque sos un enfermo. Pará de decirme enfermo, la concha de tu hermana. Por lo menos a la concha de mi hermana se la cogen bien. Cada vez que cogimos este año no se te vio tan mal cogida. Fingía, estúpido, fingía, sos tan estúpido que no te podés dar cuenta siquiera que fingía. Qué clase de mierda de persona tenés que ser para fingir un orgasmo. Tenés que ser una pelotuda como yo. Sí, una muy pelotuda, capaz de venir un año seguido a este telo de mierda para venir a fingir. Una pelotuda como yo capaz de estar con un enfermo como vos. Te dije que no me dijeras más enfermo. Y yo te dije, y te lo vuelvo a decir, que no quiero estar más con vos.

– Pero no. Nada de eso existió. Yo, te juro, prefería algo así. Que me insultara, que me tratara de enfermo, de malcogedor, que me hablara de mi mamá, que mis locuras. Pero no. No nos conmovimos ni un poco.

– Pará, contame cómo fue todo.

– Yo estaba jugando con las luces del telo. No sé, a veces me cuelgo con esas cosas. Pienso: quién carajo coge en un cuarto con luz verde. Es como una mezcla de selva y de matrix, que no sé muy bien qué tipo de perfil neurótico tiene alguien que coge con una luz así. Y yo iba pasando entre todo oscuro, amarillo, verde y llegué al rosa y cuando llegué al rosa ella me dijo que no iba más. La luz estaba rosa como si fuera un monumento a lo cursi. O al mal gusto. Y el telo, además, era horrible. Tenía ese perfume a desinfección y unas telas doradas que debían estar llenas de ácaros. Pensá lo berreta que puede ser una escena con una cortina dorada iluminada por una luz rosa. Bueno, ahí, estábamos los dos como si pudiéramos estar en cualquier otro lugar del mundo y ella marcaba el final y ella ni se percataba que la luz estaba rosa y era como si nos usáramos.

– ¿Y si se usaron?

– Y si nos usamos fuimos unos pelotudos. Si simplemente nos juntamos a cogernos durante un año es porque no sé. Porque las gentes somos una mierda. O porque somos egoístas. O porque somos cagones, muy cagones. Porque en el medio tocó Divididos y vos sabés que Divididos a mí me gusta y a ella le encantaba. Bueno, a quién no le va a gustar Divididos. A quién, en realidad, no le va a gustar un show de Divididos. Y no fuimos juntos, nunca, a verlos. Es más: nunca se me ocurrió ir juntos.

– ¿Pero vos te imaginábas abrazándola de atrás escuchando Spaghetti de rock?

– ¿Qué es esa pregunta pelotuda?

– Vos, decime, te imaginabas.

– No sé. Sí, ahora sí. Pero no me imagino a nosotros. Me imagino a los que podríamos haber sido nosotros. Que no fuimos. Yo no sé si ella llora en los recitales y ella no sabe que cuando me gusta mucho un tema yo levanto los brazos y los festejo como un gol. O no sé si a ella le gusta fumar. Y si le gusta no sé si prefiere fumar porro o tabaco. Si prefiere el porro, si lo prefiere antes del recital o durante o después. O si la gusta bailar. O si quería, en realidad, que bailáramos juntos.

– ¿Y vos? ¿Vos querías?

– Yo quería. Digo, pienso, ahora, imaginándolo, que quiero. Que hubiera querido. Pero en ese momento no se me ocurrió. No había más que ese telo berreta que era nuestro universo y ahí estábamos bien, pero no tan bien. Porque es como un equipo de fútbol que juega todo dependiendo de un jugador, sin armar un equipo, y yo dependía sólo de cómo cogíamos. Y una vez, y otra vez, y otra vez más, yo cogí mal y si uno coge mal cogen mal los dos y ya empezamos a perder los partidos. Y nos aburrimos porque no supimos descubrirnos.

– ¿Y por qué fue?

– Mirá, hay una cosa que yo leí de Roland Barthes.

– ¿El arquero del Francia campeón del Mundial 98? Ah, claro, los arqueros son tipos que se aburren mucho y dijo algo del aburrimiento.

– No, no, ese es Fabien Barthez.

– ¿Este es el hermano? ¿También es arquero?

– No, qué va a ser el hermano.

– ¿Y quién carajo es?

– Otro francés, que no tengo ni idea si atajó o no atajó, pero escribió un libro que se llama Fragmento de un discurso amoroso.

– ¿Se ganan más minitas leyendo a esos tipos?

– No sé, qué sé yo, qué carajo me importa. El tema es que este tipo escribió una cosa sobre estar abrazados en la cama. Que ese abrazo es como un abrazo inmóvil porque sentimos que todos los deseos son abolidos porque parecen definitivamente colmados.

– Nunca lo había pensado así. Es como la de Gladiador.

– ¿Qué Gladiador?

– Gladiador, la película, que Máximo se muere tranquilo imaginando que ve a su mujer y a su hijo.

– ¿Y eso qué tiene que ver?

– Cómo qué tiene que ver. Ves, te hacés el que leés a un francés, pero te ponen Gladiador y no podés entender que el tipo muere porque sus deseos están todos en otro lugar y estar en la vida es como estar sin esos deseos.

– Sabés que ahora que lo decís, no lo había pensado nunca así. No esperaba un análisis tuyo así.

– La vi más de veinte veces esa película. Cada vez que la pasan, la vuelvo a mirar. Viste que en la vida uno no elige el apodo que le ponen. Ahora, hay muchos a los que le dicen Pipi, Kili, Tiki. Y a mí, bueno, vos sabés, por el tema de tener un culo grande, siempre me llamaron cinturón, cinturón negro, karate, karate kid y hasta Daniel San. Y salvo Daniel San, los otros nunca me gustaron, pero yo no me quejo de los apodos porque son como el grupo sangüíneo. Lo que nos toca, nos toca y a la mierda.

– Uh, perdoná, nunca pensé que te molestaban esos apodos.

– No, todo bien, ya pasó.

– ¿Y cómo querías que te dijeran?

– A eso iba. Yo hubiera querido que me dijeran Español, como le gritan en el Coliseo a Máximo, en la película. Viste que no saben que se llama Máximo ni que sirvió a Marco Antonio porque se oculta, entonces le gritan Español porque se corrió la bola de que era español.

– Bueno, te voy a decir Español, desde ahora. Pero te puedo explicar lo del francés.

– ¿Qué francés?

– El que decías que era el hermano del arquero.

– Ah, sí, dale.

– Bueno, el tema es que ese deseo del estar abrazados hay un momento en que se termina.

– Sí, si no se terminara toda la gente quedaría abrazada toda la vida.

– ¿Pero por qué se termina?

– Qué sé yo, termina.

– No, lo que este explica es que ahí vuelve el deseo genital.

– ¿Qué es el deseo genital?

– Que se te para y se acaba esa sensación. ¿Entendés lo que te digo? Nosotros no podíamos estar abrazados y no nos podíamos descubrir. El único tiempo que compartíamos era ahí y ahí estábamos todo el tiempo excitados. No había chance de descubrirnos porque ya queríamos coger de nuevo.

– Pero entonces eso no se terminaría nunca.

– Sí, se termina un día: el día en que cogés mal.

– No entiendo a dónde querés llegar.

– A que coger, en sí mismo, es la nada. Está sobreestimado. Sobreestimado porque está sobreestimado nuestro egoísmo. Viste que cuando cogemos vamos y nos lo contamos entre nosotros y todo se relata como un trunfo y nos decimos bien papá, qué animal que sos, sos un crack. Y nos sentimos bien por eso. Cogemos por nuestro pito y por nuestro grupo de amigos. Y el pito, la verdad, está acostumbrado a eso, entonces apenas te abrazás con una mina ya está esperando volver a actuar porque él, en definitiva, también se sobreestima. Sobreestima su rol. Todo es egoísmo, pero el ego es como un gol en el último minuto y en offside. De fondo, no ganaste: ganaste ese partido, pero después vas a perder porque no se puede vivir del ego en una ciudad donde hay tantos egos. Como dice el Bichi Borghi, si yo le pido a dios y él le pide a dios y vos le pedís a dios, dios no va a saber qué hacer. El ego es lo mismo: mi ego, tu ego, su ego. Mi ego era coger y el ego de ella era coger y un día cogimos mal y el ego se nos destruyó y fuimos a buscar otro ego. Coger por coger es ego.

– ¿Y qué tiene que ver esto con ella?

– Tiene que ver.

– ¿Por qué?

– Porque yo esa noche, esa del telo, cuando ella me dijo así, sin insultarme, así nomás, que no quería que nos viéramos más, que ya no daba para más, yo me quedé en silencio y pensé que quizás ella tenía razón y que, total, yo iba a conseguir alguna otra mina para cogerme. Y ella no me dijo ni enfermo, ni loco, ni pelotudo, ni mal cogedor. Y yo no le dije loca ni la concha de tu hermana.

– ¿Y qué le dijiste?

– Que estaba bien, pero no le quería decir eso.

– ¿Y qué le querías decir?

– Que a diez cuadras había una pizzería abierta, que yo sabía que eran las siete de la mañana, que había amanecido, pero que hacía calor, que no me importaba trabajar al día siguiente y que lo único que quería era verla comiendo una muzzarella, sonriéndome, sonriéndonos. Porque eso es amor y yo quería un amor de muzzarella con ella.

“La voz de la mujer tiene fuerza de lucha”

Florencia Albarracín le pone la voz y el cuerpo a Láudano en Canciones, una banda de rock latino bien rioplatense. Frontwoman de un grupo de seis muchachos, se planta firme: “La mujer se está animando al escenario, aunque el rock siempre lo tuvo”.

En una tarde donde bermudas y polleras imperan, junto a la cerveza llega Florencia Albarracín a una confitería tradicional del barrio Abasto. En menos de una hora, tendrá que estar ensayando con su banda: Láudano en Canciones. Pero el encuentro se hace momento y oportunidad, y la cerveza, por fin, se destapa de un golpe seco de un mozo de moño.

Florencia cuenta que trabaja y trabaja: en una agencia de turismo, dando clases de música, preparando la banda sonora de una película, también de una obra de teatro. Pero se pone seria cuando habla del trabajo que le vale más: Láudano en Canciones. “El amor y lo urbano es lo que define a la banda. Las historias de la ciudad dan sonidos y melodías todo el tiempo. El subte tiene su ritmo, el colectivo otro, el caminar otro. Cuando laburás para teatro hay una sistematización, porque laburás para un contenido establecido. Pero si la inspiración la sacás de lo que te va pasando momento a momento te puede llegar en cualquier lugar, en cualquier instante. En el menos pensado, incluso. Eso es Láudano.”

En Agua de Río Nuevo, primer disco de la banda, están grabadas esas experiencias. Florencia lo define como un disco de concepto: “Música urbana, rioplatense, una suerte de rock latino pasado por el tamiz del Río de la Plata”. Láudano es canción, Láudano es fusión.

-¿La fusión de género que proponen es compleja musicalmente? 

-No me parece que sea compleja. Creo que la fusión resulta de la libertad que nos da la canción. El Dios de la Canción es muy generoso, podés tomar cosas de cualquier género y le van a servir a la canción. Si vos agarrás cualquier cantautor es imposible encasillarlo: es él y sus canciones. Nosotros al hacer canciones propias, y tener claro lo que queremos decir, el género no nos define. Depende de la canción y aquello de lo que quiere hablar. La canción misma te pide que le des un poco de murga, candombe, un poco de tango, de rock.

-Entonces, ¿se puede hacer una canción bella con tres acordes?

-Completamente. Hay miles. Una buena canción es aquella que te puede tocar las fibras íntimas, es algo que uno no puede explicar qué es. Tenés la melodía y la letra, pero además de eso hay un plus, no sé, un no sé qué. A veces te enganchás con una canción que vos mismo decís: es medio boluda, pero hay algo que te llega. La belleza de la música radica en un no sé qué que te hace sentir especial cuando escuchás una canción.

La cerveza se acaba, fatalmente no hay tiempo para otra. En la sala de ensayo, las canciones esperan. Láudano se va a regalar una función a ellos mismos. Mientras enchufan y prueban equipos, no dejan pasar el momento de abrirse un vinito que acompañe los acordes y los coros. Se habla del 7 de marzo. Láudano va a presentar “Agua de Río Nuevo” en Niceto y hay que ensayar y ensayar para que la fiesta sea encuentro y sea baile. Por eso se empieza con un candombe que hace zapatear hasta las uñas de los pies.

“De a poco se arma el bailongo en la calle, el viejo empedrado se viste de traje. La noche, con un vestido negro. La piel se disfraza entre luces y sombras, no hay ricos, no hay pobres, entre los tambores, se baila: candombe de colores. Esto es cosa de negros, ¿Será cosa de negros quererse así?”

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-¿Cómo es escribir una canción?

-Uno tacha más de lo que escribe. Escribís, escribís y escribís. Tenés un montón de material. Y llega la hora de condensar. Parece que todo es necesario y que nada sobra, pero tenés que respetar los tiempos de la canción y empezar a tachar.  La construcción artística es así.

-¿Sos metódica para eso?

-Para nada. Soy re desordenada para componer. No tengo un sistema. Escribo arriba de servilletas, me automando mensajes de texto, grabo recitados con el mp3 en el medio del subte. Después llego a casa y lo empiezo a unir, pero no tengo un registro físico ordenado.

-En el diálogo de la melodía y la letra ¿quién llama a quién?

-Para mí la melodía llama a la letra. Hacer letra, como dijo el Indio, es oficio. La melodía cuando viene ya lleva el mensaje. Lo lindo es desentrañar cuál es el mensaje de la melodía. A veces viene con un mensaje muy directo, muy claro. Como me pasó con Agua de Río Nuevo, que hice la melodía y la letra del estribillo al mismo tiempo, después de ver un recital de Calle 13. De golpe, empecé a cantarla. Después tardé dos años en terminarla, y de hecho me ayudaron. A veces no pasa, a veces viene la melodía y la tocás, la tocás durante meses y te preguntás qué carajo quiere decir. Hasta que lo vas buscando: escribís, tachás, escribís, tachás, y lo encontrás.

La voz de Florencia, que es la voz de Láudano, truena y resuena por las paredes de muchas salas: son los cuerpos que vibran. Los vientos acompañan y la orquesta del empedrado fusiona sus mil caras. Todo eso pasa en un cuarto de cinco metros cuadrados que da techo a diez personas y contexto a la voz de una mujer.

-¿Es difícil ser una frontwoman?

-Nunca me propuse liderar una banda, en realidad. A mí me gustó cantar desde que tengo uso de razón y en la preadolescencia descubrí que me gustaba hacer canciones. En base a eso pasé un montón de instancias. Fui solamente pianista, fui cantante de un dúo, canté en coros. Hice de todo. Fueron decantando las experiencias de las bandas y grupos anteriores y me convertí en la frontwoman de Láudano. No fue buscado.

-¿Y encontraste algunas resistencias en ese papel por la cuestión de género?

-No, la verdad que no. En la banda son todos varones, y cuando entré a Láudano, una cosa que les pregunté a los chicos es por qué no cantaba alguno de ellos, si ellos componían también ¿Por qué buscaban alguien de afuera y que fuera una mujer? Y me dijeron algo que me cerró por todos lados: lo que les gustaba era el lugar desde donde hablaba la mujer, de un lugar mucho más fuerte, que está asociado al papel que ocupó la mujer históricamente, a su lugar de lucha, que sigue teniendo que pelear un montón de espacios. Esa idea me súper cerró. La voz de la mujer tiene la fuerza de la lucha. Si bien el rock sigue siendo un terreno muy masculino, creo que hay mujeres que tienen rock, más allá de que lo canten o no.  Chabela Vargas está llena de rock. No canta rock, pero le sale por las venas. La mujer se está animando al escenario, pero el rock siempre lo tuvo.

Muchísimo antes de ser una banda de fusión, el láudano es una mezcla ancestral de sustancias que se usa con fines medicinales. En la intimidad del estudio y en la fiesta de los shows ambas identidades afloran y se enredan. Láudano en Canciones sabe de qué se trata sanar: que valga un baile y una canción.  Y que nunca duela.

“Se acaba el rock nacional: ahora es rock originario”

Goy Ogalde siempre se animó al desafío. Escuchaba los Beatles cuando sus amigos querían a Los Parchis. Rompió con el conservadurismo de su Mendoza natal. Llenó todo lo que quería con Karamelo Santo, pero se cansó. Se volvió autogestivo y produce a grupos originarios. “Nación son ellos”, explica.

– Se me había dado por bombero. Tenía el destacamento cerca de mi casa en Mendoza y me gustaba. El fuego siempre me llamo mucho la atención, debo haber muerto en otra vida quemado, que se yo. Después relacionaba el color rojo, todo lo que era rojo me gustaba.

Goy Ogalde no llegó a ser bombero, pero todavía recorre los cuarteles de La Boca para escuchar historias. Todavía le atrae el color rojo, pero le ganó la música. En la niñez mendocina convivieron los dos deseos, pero la adolescencia lo agarró con una guitarra en la mano y caminando a Chile, a México. Caminando Goy Ogalde empezó a ser nombrado Goy Karamelo, a verse y escucharse en las canciones de Karamelo Santo, todo el tiempo en todos lados. De esa exposición, prefirió bajarse y los pasos lo llevaron al camino de la autogestión. Hoy es productor y es un nuevo proyecto: Goy Karamelo & Kangrejoz. No llegó a ser bombero, pero la música en la habitación donde trabaja rodeado de consolas parece funcionar como el fuego: todo lo toca y enciende. Durante el recorrido de su carrera las llamas van mutando, la música y su espíritu se transforma.

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– ¿Cuándo cambiaron las ganas de ser bombero?
– Ahí nomás. Escuché un disco de Los Beatles y dije: “Voy a ser músico”. Tenía seis años. Era muy loco porque yo soy muy grande, tengo 45 años y pensá que te estoy hablando del año 75, casi antes de entrar al proceso militar. En esa época, decir que te gustaba el rock era una locura. No era bien visto. Como que el rockero era un tipo vende patria. Muchas veces, se ha querido mezclar la lucha de izquierda con el rock y nada que ver. Al contrario, los Montoneros odiaban el rock. Para ellos, era una cosa extranjerizante mal. No existía el rock en español. A mi viejo le gustaba el folcklore, pero igual le gustaban Los Beatles. De por sí, el que trajo el disco ese a mi casa fue él. Era Help. Pero después yo llevaba los discos a cumpleaños y cosas así de esa época y nadie me dejaba ponerlos.

– Cuándo vos ibas con Los Beatles, ¿tus compañeros qué escuchaban?
– Escuchaban cualquier cosa: Palito Ortega. Estaban de moda, por ejemplo, Los Parchis. Y yo iba con un disco de Almendra y con uno de Los Beatles. No sé por qué se me dio tanto por el rock. Me gustaba que tuvieran pelo largo, que tuvieran glamour. Yo no quería ser un flaquito de pelo corto: quería ser un tipo de pelo largo, tener la guitarra. No me vengas con un oficinista.

– ¿Cómo se vivía el rock?
– El fenómeno del rock para las clases populares es solamente en Argentina. Vos vas a Alemania, a Chile, a México y la gente que escucha rock es de clase alta o media alta. Las bajas no escucha rock en México, es una cuestión de fresas o de chetos como dicen ellos. Igual acá también pasa eso: el cheto escucha rock y el flaco que está en la villa escucha Los Redondos, La Renga, pero eso es por folcklore no porque sean rockeros. Son cumbieron ellos. No vas a ir a una villa y vas a escuchar a Morrissey o a Peter Murphy. Como mucho, en algún lado, Bob Marley, pero eso es porque se transforma en una cuestión folckólorica del rock, del hermano que escuchaba Los Redondos y le dijo al pibe: “Escuchá, ponete la remera de Los Redondos porque si no sos puto”. Por eso, ese rock barrial creo que no es un rock representativo de lo que es realmente la filosofía del rock. Es otra cosa. Es mucho más alejada de lo político, mucho más incorrectamente político si vamos al tanto. El rockero, en definitiva, es esa sangre del tipo Elvis Presley, tipos que se morían drogados o en accidente fatales porque su cuestión era espiritual y no le encontraban un sentido a la vida. O Jim Morrison. Esa es la filosofía del rock, decir que estamos de vida pero voy a vivir al extremo. Nosotros después le damos un tinte político. Pero eso ha sido con la evolución del pensamiento. Hoy el cumbiero tiene más actitud rockera por ese modo de drogarse con todas las drogas de su clase social y matarse. Eso es más rockero, el rock de ahora, el rock políticamente correcto es un poco un rock de acción católica, sirve como eje de mensaje o como medio de comunicación, pero el rock real no servía para nada. Si vamos a escuchar los primeros rockeros más vale que ni le dieras un micrófono: tipos como Chuck Berry, como Jimi Hendrix, eran artistas pero no tenían nada que decir. Es más agarraban un micrófono y capaz que decían cualquier boludez.

– ¿En qué momento pensás que empieza a transformarse esa imagen del rock?
– Yo creo que a partir de los ‘80. Bob Marley creo que fue el primero que intentó corregir la situación. Empezó a haber un rock de protesta social. Si bien Lennon ya lo venía planteando, era toda una corriente.

– Decís que empezó a haber un rock de protesta social, ¿en qué momento comenzaste a notarlo en Argentina?
– En la época de Malvinas, yo justo estaba aprendiendo a tocar la guitarra, entonces era el único del barrio que tocaba la guitarra y me iban a buscar para las fiestas. En la época del proceso militar, tenía doce o trece años y era imposible juntarse en la casa de nadie ni en la calle de nadie. La única que tenían los jóvenes para juntarse era ir a un patio de una iglesia. Podías ser católico, judío, hebreo, lo que fuera, pero era el único lugar donde vos te podías juntar un sábado a la tarde era en un grupo católico juvenil. Otra no había. Vos ibas a un bar, se juntaban veinte tipos y te caía la policía y te llevaba. Nosotros éramos muy chiquitos y me acuerdo que estábamos metidos ahí en la Iglesia tocando la guitarra. Empezó la época de Malvinas, la rendición de Argentina y salieron Piero, Miguel Cantilo y León Gieco. Ahí sí Argentina tuvo un acceso directo a la música de protesta. Todo el mundo escuchaba a Piero “Para el pueblo lo que es del pueblo” o “Solo le pido a Dios” o “La marcha de la bronca”.

– La dictadura influyó en el mensaje de la música, ¿crees que influyó también en tu decisión de seguir ese camino?
– Esto era utópico. Era mi sueño nada más. Era imposible en el 78, en sexto o en séptimo grado, pensar que yo podía ser un rockero famoso en Mendoza. Era una cosa así: un delirio como querer ser astronauta y vivir en La Rioja.

– ¿Cuándo te diste cuenta que era posible?
– ¿Vivir de la música? No, de grande. De chico fue siempre imposible. Hasta por lo menos los 18 años, no se me había cruzado por la cabeza irme como me fui a hacer música. Hasta los 18 años yo pensaba ser un ingeniero electrónico y tocar música en mis tiempos libres. No existía, era imposible. Primero estabas en Mendoza, que es una ciudad muy fascista. Allá el que es rockero es rockero de alma y tienen mucho huevo. Por eso, a veces salen artistas como Quino o escritores terribles, porque el aparato cultural tiene que ser totalmente alternativo y extremadamente arriesgado y muy loco. Sino están todos desaparecidos.

Lo imposible se hizo posible. Goy junto a Karamelo Santo llegó a no poder caminar por la Ciudad. A viajar, a llenar, a familiarizarse con el término sold out, a llegar a un lugar por primera vez y que la gente ya estuviera coreando las canciones, a producir y tocar y tocar y tocar. Llegó a ser el rockero de pelo largo y guitarra y esta experiencia volvió a transformar su propio deseo. La autogestión le llegó de manera casi obligada por querer bajarse de la marca. En su primer trabajo discográfico – “Remedio de mi corazón” – de Goy Karamelo y Kangrejoz no quiso apostar a las lógicas del mercado. Para correrse había que crear nuevos circuitos y fue por eso, por una difusión de boca en boca, por una banda con una cantidad de integrantes que permitía que todos viajen en el mismo avión, micro o camioneta, por shows que recorrieran el país, por libres descargas en internet, por nuevas posibilidades. Nuevas para él, para reinventar sus ganas de seguir haciendo y nuevas para otros proyectos que empezó a producir con su propio sello discográfico.

– ¿Decidir ser productor tiene que ver con rebatir el mercado?
– Ahora grabo discos gratis. Antes me pagaban por ser productor. Lo hacía un sello o la misma banda. Ahora yo tengo mi sello y produzco lo que quiero. Produje el disco de Noe Pucci, que es su disco solita. Ella es una cantante Neuquina, ítalo mapuche. Hice al cacique huarpe Marcelino Azaguate. Hice a Puel Kona, que es una banda mapuche. Hice La Yugular, que son Coyas, de Jujuy. Hice cuatro discos, los hice de onda, y ahora empiezo a hacer cosas para que salga para adelante lo que yo pienso que es un movimiento interesante.

Tienen un montón de cosas muy importantes. Primero y fundamental tienen que ser un colectivo, no tiene que ser un solista. Tiene que ser un colectivo de gente que trabaje junto, que participe en confederaciones multisectoriales o en asamblea originaria. Que tengan una descendencia originaria por lo menos uno o dos integrantes de la banda y que aparte canten en su lengua originaria.

– ¿Por qué la decisión de producir estos proyectos?
– Para mí, este es el futuro del rock nacional. Se acaba el rock nacional ahora es rock originario, rock pluricultural. ¿Nación de qué? Argentina empezó en 1810, esto hace siete mil o diez mil años que existe. Entonces vienen acá, cantan con su kultún, trutruca, sikus, malta, erkes, huancara, lo que sea pero hacen rock y está ahí la vertiente de esto generando algo.

“Los grabo porque van para adelante como piña”, y acompaña la frase con el gesto. Los graba porque para él, ellos son Nación.

– Vos te das cuenta cuando uno es Nación en su lugar, acá en Argentina, Nación son ellos, los pueblos originarios, nosotros somos unos colados que decimos somos Argentinos para justificar un mestizaje que no sabemos que va a pasar. En definitiva, vamos a terminar siendo todos los negros que no queremos porque el mestizaje va a aumentar, cada vez vamos a ser más indios y ojalá yo sea cada vez más indio. Mi vieja vino de Europa, de Rumania y Polonia escapándose de los nazis por ser judía y se cruzó con un Huarpes y yo estoy acá cada vez más fuerte. El destino de los Argentinos es ser negros, ser indios, ser originarios.

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“Yo soy un comunicador”

Alejandro Kurz es el cantante de El Bordo y el escritor de Oikumene, pero se siente algo más que eso. “A las palabras las tenemos sobreestimadas”, dice, animándose a discutir desde el rol de la televisión en el caso Ángeles hasta la función del facebook.

Alejandro Kurz se levantó y fue al kiosko. En el trayecto, sintió que sólo un extraño podía estar haciendo lo que él hacía. Y pensó: “¿Cuánta gente seguirá comprando sacapuntas?”.

No estaba muy convencido de poder encontrar el artefacto, pero lo necesitaba de todas formas. El cuaderno más viejo, de su enorme colección de cuadernos, data del 2000. Un promedio de dos de esos por año más miles de lápices fueron y son sus herramientas de trabajo. En esas hojas, está su mayor tesoro. De ahí, nacieron cantidades de letras que terminó cantando en El Bordo y muchas de las poesías que aparecen en Oikumene, su reciente libro.

Pero a esta altura esas páginas no son tan sólo la hamaca paraguaya de un pensamiento. Entre la disputa del lapiz sin punta, del sacapuntas que salió un peso con cincuenta y de los celulares que reposan en la mesa de un bar de Boedo, se da una gran discusión: ¿cómo funciona la velocidad de la comunicación?

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– ¿Vos qué sos? ¿Un escritor o un músico?
– Aunque no tenga el título, yo me siento un comunicador. De hecho, empecé a estudiar la carrera de Comunicación Social y la dejé. Hice hasta semiótica 2, seguro. Trabajo de encontrar las palabras correctas para explicar sensaciones. Aún así, una cosa a la que estoy llegando últimamente, que está en un poema que hay en el libro, es que a las palabras las tenemos sobrestimadas.

– ¿Cómo?
– Porque la comuniación que se da mediante cosas extrasensoriales, mediante la comprensión, llamale amor, llamale como quieras, es profunda. Tomemos el caso de un perro al que lo retás. Lo retás y se queda. ¿Él sabe qué es “no”? ¿Sabe qué es “sí”? Él entiende la vibración de esas palabras. Una de las cosas que me gustaría demostrar con Oikumene es que las palabras no logran abrazar del todo al sentido. No logran explicar todo. Está bueno aceptar que el lenguaje viene después de la realidad y que las palabras no lo son todo.

– ¿La canción, al tener palabras y también sonido, resulta un formato más completo para comunicar?
– A mí me resulta más fácil. Es más potente y podés pintar mucho mejor el cuadro. Tendrá más colores o más pixeles. De otra manera, es como si tuvieras menos elementos. La canción es la mejor forma de musicalizar una idea.

– ¿Qué se resuelve primero: la letra o el ritmo?
– Creo que son dos procesos que van en paralelo. Lo primero que tengo es la música. La letra es un viaje. Yo soy un observador y tengo que estar registrando qué pasa. Ponele, hay una canción del Bordo que a muchos les gusta que es Soñando despierto. Yo tenía un cuaderno donde anotaba un montón de frases. Y yo vi ahí: “No busques respuestas en el envase”. Tenía frases separadas y un día escuché la música, me apareció en la cabeza eso y la metí. Ese tema tiene cinco frases sueltas que extraje de un cuaderno. La música me entusiasma y, mientras, hay una temática que me gustaría explotar. Por suerte, es re mágico el asunto. No tengo método, ni me siento a componer, ni digo “tengo que tener un tema”. Mi disciplina es estudiar: es leer. Ahí es donde tengo que tener el control. Cuando aparece algo que vale la pena, sucede algo medio especial y ahí te das cuenta.

– ¿Cómo es eso de que tu trabajo es leer?
– Mi compromiso con el arte es leer. Tengo cierta disciplina. Leo al mediodía y a la noche. Cuanto más leo, más imágenes tengo en la cabeza. Tengo la teoría de que cada cinco o seis libros me sale una canción. Hay que tomar con responsabilidad el honor de que te escuchen: mejorar las formas de expresar, de comunicar. Ser mejor escritor.

– ¿Cómo funciona ese método de lecturas?
– Voy leyendo por sugerencias. Ahora estoy con uno que me recomendó el Chizzo de La Renga. Es Radiografía de La Pampa, de Ezequiel Martínez Estrada. Estoy alucinado con ver cómo se pobló este suelo, viendo cómo se dividieron estas tierras. Acabo de leer, también, un libro que se llama Mantropía, que son conversaciones con el Flaco Spinetta, que me pareció el mejor libro de filosofía que vi en mi vida. La lectura nos permite imaginar, que es lo que no nos permiten las pantallas. El libro te habla de un lugar y para verlo tenés que imaginarlo. La lectura le da libertad a cada cabeza, rompe con la hegemonía de lo visual y ahora que vamos tan rápido con la pantalla del celular y con la de la computadora nos perdemos de imaginar nuestros propios colores o propios olores.

– ¿Lo poesía, en ese sentido, es contrahegemónica?
– Y sí, la poesía es pura imagen. Me parece que es un buen antídoto. Las canciones son poesías musicalizadas y yo siempre, hasta ahora, comuniqué mis ideas a través de los temas de El Bordo. Ahora, el libro es una nueva manera de expresarme. De hacer poemas sin musicalizar. Y en este compendio de textos que aparecen, hay canciones que nunca quedaron o que son inéditas porque no eran lo que necesitaba el disco. También, hay algo que me parece muy loco que son fragmentos que encontré en cuadernos. Cuadernos de años. Quince años de anotaciones, dos cuadernos por año. Ahí nacieron renglones o fragmentos de ideas.

– ¿Cómo arrancó esto de los cuadernos?
– Los cuadernos arrancaron desde siempre. De chico, muy chico, mi vieja me traía pilas de hojas que estaban impresas en un lado y del otro lado no tenían nada. Yo dibujaba, pintaba, escribía. De chico dibujaba, ahora no lo hago más, pero me gustaba mucho. Recuerdo que la sensación de dibujar es parecida a componer. Un impulso de ver qué sale y de acomodarlo. Un avión, un ala y ver dónde eso te lleva. De repente, con las canciones, encontrás un acorde y otro, y ves un atardecer y desde ahí lo vas llevando. De una manera u otra, escribía, dibujaba, pintaba.

– En todas esas actividades, lo que siempre se mantiene como hilo es la imaginación.
– Sí, la imaginación siempre está. También está lo real. La realidad es un disparador tremendo. Más en los últimos tiempos. Nuestro último disco es un disco conceptual y tiene una historia real de dos personas que vivieron en la dictadura, que los metieron presos, que estuvieron treinta años separados, que se volvieron a ver y que ahora están juntos. Yo dije: si con esto no hicieron una película, nosotros tenemos que hacer un disco. Así que me inspiro en la realidad y en la imaginación. Cuando conectás la realidad con algo que imaginás se produce una chispa.

– ¿Por qué decís que “más en los últimos tiempos”?
– Por la cuestión de los medios que te ponen las imágenes en los ojos. Ahora pasó lo de esta pobrecita chica Ángeles. Ya todos conocemos la cara. Hasta vimos remeras de bandas que le gustaban. Hace 150 años había asesinatos, pero uno no conocía tanto: los ojos, la boca, la manera de sonreír, los gestos. Casi no hay lugar para la imaginación. Siento valioso sacar un libro para que veamos e imaginemos nosotros. En este caso, tenés cierta libertad.

– ¿La televisión es enemiga de la poesía?
– Como todo en un exceso. A veces, termina apropiándose de tu libertad.

– ¿Y las redes sociales?
– Lo que no me gustaba era lo del facebook de mostrar tu vida íntima. En mi caso yo ofrezco mi trabajo públicamente, lo promociono, pero no quiere decir que quiera promocionar mi vida íntima. Entonces, de alguna manera, yo pensaba que la única manera de tener un facebook era mostrando tu foto de las vacaciones, pero lo empecé a usar de otra forma y, por ahora, me convence.

– Si comparás con la televisión o con las redes sociales, ¿la poesía va a otra velocidad?
– Internet va a una velocidad y la poesía va más lento.

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– Hoy es más popular internet que la poesía, ¿es bueno o malo eso?
– Es. Sólo eso. Trato de sentirme cómodo con la velocidad a la que vamos. Es la velocidad que nos corresponde y tenés que acostumbrarte. Tenés que vivir según el contexto en el que estás. Hay cosas que las evito porque no me gustan. Pero estamos en una sociedad que tiene ciertos patrones y, de alguna manera, el libro contribuye, con un pequeño granito de arenas, a hacer otra cosa. A mí me gusta mucho más la persona que va por la calle leyendo un libro, en vez de la que va taca taca con el teléfono. A veces, yo también voy en eso. Estás metido en una pantallita chiquita en vez de ver todo.

– ¿Al libro tratás de acomodarlo a esas exigencias?
– Totalmente. Una de las cosas que busqué hacer, para evitar la falta de hábito de leer en general, es, con el diseño, tratar de que sea bastante entretenido el diseño visualmente. Trabajó conmigo Jimena Díaz Ferreira que es quien nos hace los discos. Es alucinante el trabajo que hizo. Lo hicimos más amable.

– Dijiste que trabajabas de encontrar las palabras correctas para describir sensaciones, ¿cómo se hace ese trabajo en la banda donde representás a más gente que a vos?
– Trato de expresar lo que siente la banda. Que no soy sólo yo: somos todos. Qué es lo que está sintiendo el grupo. Ese siempre sentí que fue mi rol. Poner en palabras lo que se está percibiendo. Somos hermanos. Cumplimos quince años ahora. Nos conocemos hace mucho. Es tan así que, en El Bordo, durante el tema La Vereda, yo siempre arranco con un couver, que nunca les aviso cuál va a ser. Ellos nunca saben. La otra vez lo arreglamos y uno me dijo: “Nono, no lo armemos más, arrancá vos así es más divetido”. Imaginate que estamos haciendo algo que nosotros nunca hicimos, pero para un montón de gente. Nos divierte muchísimo. Esa una de las cosas más increíbles que tenemos: somos un grupo de amigos legítimos. Con un gesto, con un movimiento de ceja, el otro ya sabe qué es lo que necesita la canción. Es loco, pero no nos tenemos que decir demasiado las cosas.

– ¿Ese mecanismo es más fácil ahora o hace quince años?
– Es lo mismo. Estamos un poco más grandes, pero igual. Compartimos el sentimiento de hacer la música que más nos gusta. No existe un grupo humano donde no haya diferencia de opiniones, pero la diferencia es un buen generador de distintas ópticas. El Bordo no es una banda donde haya un líder que diga lo que tenemos que hacer, La mejor forma de hacer arte es cuando hay un sentimiento involucrado. Cuando hay un sentimiento o una amistad, es mejor. Es tan así que lo que más me importa en la vida es que a mis compañeros les gusten los temas que escribo. Es la opinión que más me gusta.

– Dijiste que las palabras no logran abrazar todo el sentido. Las formas de expresar sensaciones, claro, son múltiples. Una de ellas, seguro, son los tatuajes. ¿Qué pensás que quiere expresar alguien que se tatúa el nombre de tu banda?
– Es una huella de lo que siente. Una huella en su cuerpo de un sentimiento. Yo creo que tiene que ver con dejarse labrado en la piel algo que sentís muy fuerte y que querés mostrárselo al resto. No querés guardarlo para vos. Montones de gente se tatúan frases del Bordo y yo no lo puedo creer. Es increíble que quieran tener para el resto de su vida algo que es un sueño de un grupo de amigos. Desde mi perspectiva, es super loco.

– Hablamos de la canción como una de las mejores maneras de llevar un mensaje. Oikumene es tu primer libro. ¿Te sentís un privilegiado por ser un escritor cuyas frases aparecen tatuadas en la piel de la gente?
– La música da eso. El peso del rock como vehículo es tremendo. Ojalá muchos escritores lograran eso.

Rock, familia y autogestión

La Escuela del Desaprender se fue de gira y NosDigital se subió al micro. Lejos del mito del descontrol, una banda de rock que se sostiene desde el compartir y la horizontalidad.

– ¿Qué es para ustedes la autogestión?
– “La autogestión para nosotros es algo que no elegimos, sino que es una obligación”.

Obligación un poco impuesta que estrecha los caminos para las bandas under. Obligación un poco elegida más allá de las puertas que se cierran o se abren. Obligación que por fuera de los límites que la establecen no deja de ser realidad. La autogestión es ante todo arremangarse y estar dispuesto a la construcción, así lo viven, haciendo.

Diego, baterista de “La Escuela del Desaprender” da la respuesta en plural unificando su voz con la del resto que conforma el equipo: Gastón (Voz), Gonzalo (Guitarra), Dieguito (Guitarra y voces), Juani (Bajo) y Damián (Saxo y armónica). Juntos desde hace unos años edifican desde la música encarnada en un rock potente y directo un grupo de pertenencia.

El micro espera donde las cosas empiezan a surgir, en Valentín Alsina, en el medio de una calle que marca el principio del fin de semana. Extremadamente temprano para un sábado y para el rock, los únicos que agitan son los que el fernet los delata como girosos. El resto se refugia en el mate y en las colchas. Los músicos terminan de subir los instrumentos al micro. El manager – puteada de por medio – tilda nombres en una lista. Todos laburan. Alguien pone primera y se anticipa la partida hacia Rosario.

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Primero fue una combi, después fue otra combi, después un bondi y una combi y terminó siendo un micro larga distancia y salió. No lo podíamos creer”.

En el primer piso del micro se vuelve a agarrar la lista y preguntar por los que faltan. Hay que hacer tres paradas antes de agarrar la ruta. El pibe que sube último tiene que recorrerlo entero para encontrar el único asiento vacío. Hay que anotarse en una lista con nombre, apellido y documento, la cuestión es organizada. De a ratos, para pedirle el apellido a alguno, los llaman con su apodo de Facebook y se presentan ahí mismo. Para varios es la primera vez que viajan con la banda y ni siquiera se conocen, pero todos se saludan y ninguno queda fuera de la charla.

El viaje se empieza a tejer como una telaraña de relaciones casi naturales, nada es forzado, todo fluye y se aleja del imaginario del micro con la banda y las heladeras llenas que viajan cómodos para llegar a destino y bajar con lentes negros y capuchas que escondan las ojeras. De esas cosas que vemos en películas no pasa nada. Mezclados están la banda con su familia, muchos con sus mujeres, novias, incluso el padre de alguno comparte el viaje y están también sus propios seguidores. Las energías se perciben diferentes porque no hay escalafones que marquen quién está arriba del escenario y quién está abajo, el fernet rota de mano en mano y toman todos juntos del mismo vaso, todo se vuelve circular, compartido.

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A nosotros nos interesa que la gente, más allá del show, nos conozca cómo somos y también conocerlos a ellos. Por ejemplo, tenemos en la sala un lugar atrás que era un parque lleno de pasto que lo cortamos y ahí tiramos un par de parrillas y hacemos choriceada. Viene la gente, se juntan ochenta personas, ponemos música con todos los músicos ahí y la pasamos bárbaro. La idea es que la gente te conozca de otra manera, que puedas relacionarte con ellos”.

Todos mezclados y con lluvia, se llega a Rosario. Algún que otro dormido entrega la plata del viaje, algo así como $200 por cabeza, lo mismo que algunas grandes empresas te cobran sólo por llevarte. La guita queda en un segundo plano, no es un viaje para sacar un rédito económico, se cubren solamente los gastos necesarios para que la música llegue.

Desde los parlantes, el rock que se desprende de un pendrive que la banda había preparado empieza a dejarnos manijas. Da la sensación de que pensaron cada detalle; por eso, cuando bajamos del micro, la carne del asado está sobre la mesa larga de la casa que nos espera y el fuego ya está prendido. Los músicos son los primeros en agarrar la sal, empezar con las preparaciones previas al asadito y repartir las bebidas. El almuerzo culmina el compartir. Sentados juntos está el pibe con la remera estampada con el logo de la banda contando cómo llegó hasta ahí y quizás el mismo cantante es el interlocutor de la charla.
Se tejen relaciones y la red va haciendo que te sientas parte de un mismo grupo. Son lazos horizontales, todos con igual importancia para sostenerlas. Cuando se dejan los cubiertos la charla sigue, algunos cantan retruco, improvisan una zapada y caldean las gargantas para la espera.

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La idea es dar la comunión entre todos, por eso siempre recalcamos lo de la familia desaprendida. Nos interesa eso, no lo que es el show de la banda arriba y el público abajo. Si no hubiera escenario, nos gustaría estar ahí metidos tocando en el medio”.

Camino al show el pen drive ya no suena, esta vez suena el disco de La Escuela y una corriente enciende los cuerpos. Aparecen las banderas y alguien de la banda le dice al que tiene en la mano la bolsa con las remeras que reparta una a cada piba, ninguna se queda sin el logo pintado en el pecho mientras otra vez los músicos son los que cargan los instrumentos.

Todo lo cosechado durante el día se hace carne. La energía fluye sola, va, rebota y vuelve retroalimentada. La fiesta abajo es una continuidad de lo que pasa arriba del escenario. Todo se vuelve una misma sintonía cuando el rock estalla desde las remeras hacia ellos. Los vínculos quedan sellados y parecen poner en marcha el micro de regreso con la energía compartida de un grupo que se afianza. La estructura formal de un recital se diluye, los unos y los otros se comen el escenario y lo desaparecen. La banda sigue creciendo. Siempre a lo ancho, siempre horizontalmente.

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Con el corazón en el escenario

En la dura carrera por pegarla en el rock, los recitales son clave. Las experiencias de cada banda se cruzan en la calle y en los escenarios. Los músicos de Josefita en charla del under cuentan cómo es pensar con lógica cada recital y vivirlo.

Viste que hay algunas cosas que la gente naturaliza. No sabemos por qué. Te agarran y te dicen plantá un árbol, escribí un libro, tené un hijo; y si grabaste un disco, salí a presentarlo. ¡Ah, pero claro, que boludés! Bueno, algo así me pasó la semana pasada, tengo una banda y grabamos el primer disco. Toda la felicidad junta, imagínate que ves ahí meses de esfuerzo condensados en una cajita. Pero lo ves, sonreís y decís: ¿Y ahora qué?

Fotos: Nos Digital
Fotos: Nos Digital

Las pasiones del futbol y del rock se tocan, por eso también tenemos un equipo de futbol y tomando una cerveza después de un partido en el que ganamos, conocí a El Agu. A través de él, unos días más tarde me junté con el resto del equipo: Pablo, Juan Ignacio, Fernando, Chuky, Agustín (si, hay dos) y Santiago. Todos ellos son Josefita.

Los pibes están en una situación bastante parecida a la nuestra, pero mil pasos más adelante. Tienen otros años también de camino transitado, arrancaron a tocar juntos en el verano del 2005 y un año después ya presentaban “Bailes de potrero”, el primer material de la banda. Está chequeado que la presentación era bastante diferente a lo que hacen ahora, pero hay algo que las iguala siempre, el corazón saliéndose del pecho cada vez que pisas el escenario. En ese punto estamos todos iguales.

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“Dejando atrás las estrategias, creyendo que lo que importa es sentir. Si siempre respiramos Sur… ¿Qué otro Norte podríamos tener más que cumplir acá los sueños que acá nacieron?”.

Fui hasta el barrio de Lugano, los pibes tienen sala propia desde hace unos años que a veces sirve para ensayar y otras para charlas como esta. Les doy una copia del disco que acabo de sacar, ellos me responden con una copia de SUR, el nuevo disco que en marzo presentaron oficialmente en Niceto y la conversación pinta casi naturalmente.

Desde la primera vez que se subieron al escenario las cosas un poco cambiaron “Nosotros empezamos la banda de cero, sin ideas de difusión, sin idea de prensa, sin nada. Averiguábamos dónde se podía tocar, conseguíamos una fecha e íbamos a tocar”. En ese momento el “nosotros” eran pibes de unos veinte y pico que arrancaban sin casi experiencia en otras bandas, poco se sabía de ideas para producir un show, así estoy yo, pero las cosas para ellos estaban cambiando.

Cuando arranca la ronda, tiran un par de chistes mientras ven las fotos de uno que por fin se hizo un Facebook. En los show parecen mucho menos jodones, les digo. La respuesta me hace sentir medio boludo: “Con el tiempo nos fuimos metiendo en un discurso o en lo que quería decir la banda y por eso por ahí en el momento del escenario elegimos más lo que queremos transmitir, entonces hay cosas que preferimos correrlas simplemente porque estamos eligiendo lo otro”.

josefita3Es que claro, ahora al momento de plantarte a tocar, las cosas se construyen desde otro lado. Un show es parte de la identidad de la banda y cada cosita que vemos y todas esas que a veces ni siquiera notamos como importantes, hacen a que las cosas tengan un sentido. Anoto en un cuaderno que le saqué a mi hermano la palabra “coherencia” bien grande. ¿Cómo se hace para mantenerla? A veces la guita, la oferta y las condiciones mucho no ayudan, uno suele chocarse con bastantes paredes.

Primero, me dicen, elegimos el lugar: “Para las bandas del under es algo difícil salir de tu zona, cuesta un montón sacar a la banda a tocar a otro barrio, a otro lugar y que los familiares y amigos o la gente que te acompaña pueda ir”. Y si, es una apuesta salir a rotarlo por diferentes lugares, esa es la idea de presentación que tienen durante el año, pero arrancaron en Capital y como nosotros también somos de acá, me tiran un par de puntas copadas.

“Yo creo que lo que buscamos es estar cómodos nosotros y que esté cómoda la gente, desde el lugar físico, las formas de llegar y demás. Lugares hay, lo que a veces te acota son las condiciones que te ponen o el lugar donde están, entonces uno tiene que tratar de promediar todas esas cosas, de ver lo que más conviene y a qué costo”. Pará, pará, pará maestro, son demasiadas cosas. Vamos por parte porque sino cuando agarre el cuaderno y le quiera contar a mis compañeros de banda no voy a entender un carajo.   

El problema principal siempre, siempre es la guita. Parece que está ahí diciéndote “ojo che, que no podes hacer todo, necesitas más de estos violetas campeón”. Tenemos que empezar por la platita para ir en búsqueda de un lugar, ellos también coinciden en este punto: “A veces la plata es un gran condicionante, hoy por hoy todo corre por cuenta y cargo de la banda, especialmente cuando venís laburando desde abajo y es todo a pulmón”. Es verdad, el que sabe, sabe. Lo bueno es que lo que vas generando siempre se vuelve a reinvertir en la banda, sirve para seguir proyectando.

Igual, aunque la reinviertas a veces no alcanza para llegar a tocar donde te gustaría. “Hay lugares a los que sólo te cuesta mucho llegar y con productora te puede salir bastante más caro de lo que sale”. Esto achica bastante nuestras posibilidades, porque la verdad es que guita de sobra no tenemos. Además a muchos de esos lugares tenés que reservarlos hoy para poder ir a tocar a fin de año. Hay bastante bandas girando, lo que es buenísimo, pero la demanda de espacios es muchísima, a esto le sumamos que ya no se vive de vender discos y lo que las bandas pueden juntar se consigue casi exclusivamente de los shows, entonces hay que salir a tocar y tocar.

Seguimos pensando cómo carajo buscar el mejor lugar y empiezan a aparecer otras cosas que tenemos que tener en cuenta. ¡La puta madre, era difícil esto de salir a presentar el disco! Los pibes me preguntan cuánta gente llevamos. La verdad es que no se, estamos arrancando. “Hay abismos en la escala de lugares por la cantidad de público”, me aclaran y recién ahí entiendo la pregunta. La movida es que las capacidades están muy lejanas una de la otra en la oferta que hay. Es una cagada, porque no siempre las bandas están preparadas para dar esos saltos.

josefita4Por otro lado, para sumar a las complicaciones y seguir anotando en el cuadernito hay también abismos en la calidad de los lugares y la verdad es que ya lo dijimos, el show es parte de la identidad de la banda, y para presentar un disco tenes una oportunidad, un tiro que le tenés que dar si o si. “Es muy difícil el panorama en Capital, más que nada es difícil por esto que decíamos de querer mostrar tu obra, tu trabajo de la mejor manera. A veces es complicado porque el sonido no es el mejor o el espacio para ubicarnos nosotros, que encima somos bastantes, no alcanza bien. Hay muchas cosas que tenés que tener en cuenta que hacen a que no puedas transmitir tu mejor show y esto lleva a que haya pocos lugares para elegir”.

Los pibes frenan la charla y me hacen una aclaración: “A veces también tocamos en lugares en los que priorizamos la causa o las ganas de estar, por el compromiso o por llegar a ese lugar o por lo que sea y las condiciones no son las mejores”. Valía la pena que remarquen ese punto, hay toques que los encontraron armando el escenario con cajones de birra y tablones y fueron hermosos. Pero cuando querés presentar un disco que hace meses venís laburando intentás que esté a la altura de todos esos huevos y ganas que le pusiste. A alguien le va a llegar, la música vive girando incontrolablemente y ahora está ahí escuchándote en vivo y es tu momento de generar el lazo. Ese es el sueño, por eso te subís al escenario dicen “que la música pueda viajar a través de Internet en lugares que ni nos imaginábamos y nosotros después ir a concretar el encuentro”.

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“El rock no es lineal y creo que Pier lo abarca en su totalidad”

Pier es una banda de rock rolinga de los 90′, dirían algunos. Que se curtan: Ya entrados en la segunda década del 2000 y tras 18 años de carrera, se mantienen vigentes y expresando su amor por la música. El 17 y 18 agosto se presentan en La Trastienda a festejar con su público la reedición de su primer disco, “La Codiciada”. Pier es una banda de rock. Y punto.

Es lunes, pero de esos lunes lindos, los soleados de invierno que te sorprenden abrigado. Llegamos al edificio en la calle Dorrego a las 16.30, el momento del día que más me gusta, la hora de los mates. El ascensor casi camuflado en la pared nos sube al quinto piso, toc toc, unos segundos y se abre la puerta. En el departamento luminoso de Palermo, sentados en unos lindos sillones cerca del ventanal, nos reciben Ramiro y Agustín Cerezo; cuando nos saludan se presenta cada uno por el nombre. Como si fuera necesaria la presentación. Ellos son Pier y marcaron una etapa musical de mi adolescencia.

“Está bueno, yo creo que tiene que ver con la carrera que llevamos a cuestas, después de 18 años me imagino que hemos penetrado en la gente de alguna manera y eso marca que evidentemente estamos haciendo las cosas bien por decirlo de alguna manera. Siempre tratamos, a medida que fueron pasando los años, de generar cosas que tengan que ver con lo artístico, puntualmente con lo musical que es el palo nuestro y bueno, parece que está muy bueno y nos hace sentir bien que haya gente que se identifique con las canciones nuestras, con los discos, con los shows, que tiene que ver con lo que Pier hace y con lo que venimos forjando hace muchos años”.

Si, leíste bien. Pier lleva transitando escenarios 18 años, a lo largo y ancho del país, de países.  Pero durante esta charla lo que gira es el mate, que deja lugar a recuerdos de presentaciones. Pienso que deben ser recuerdos infinitos, DIECIOCHO años. ¡Qué huevos para seguir estando vigentes!  “Tiene que ver con el esfuerzo, con la dedicación, con el amor por la música, son un montón de cosas. Ser perseverantes, confiar en lo que hacemos, tratar de crecer con defectos y con algunas virtudes y siempre tratando de hacer algo que a nosotros nos llene y que esa satisfacción que sentimos se traslade a la gente”.

La satisfacción se transforma en agite y, del otro lado de los micrófonos, hay gente de todas las edades, algunos que siguen ahí desde los inicios, otros que se sumaron, reciclaron, fueron y volvieron. Todos ellos fervorosos, pasionales. Ramiro y Agustín lo reconocen y se sienten halagados. El agite del rock encarnado, pero con su propia impronta, destilando su propio estilo, evolucionando. “El núcleo de la música de Pier es el rock. Después, el rock tampoco es tan lineal, fijo, tiene sus derivaciones para distintos lados y yo creo que Pier lo abarca en su totalidad”.

Algunos comentarios del calor del edificio, de la calefacción central que no bajan, un par de mates más, unos tragos de gaseosa del otro lado de la mesa y ya abandonamos la idea de rock como concepto musical, vamos un poco más lejos donde cuesta ver si no fijamos la vista. Ellos me dicen “Es una manifestación cultural” y yo le sonrío a la idea integral que plantean.

Imagen: NosDigital

Tanto camino recorrido los paró delante de mucha gente que los escuchó decir, cantar, pensar, afianzar ideas, muchos de ellos se identificaron e hicieron suya su bandera. “La música, primero que nada es un producto artístico, obviamente que a nosotros nos pasan cosas y tenemos sensaciones de gente que viven en este país, cosas que les pasan a todos. Por eso la gente de Pier se identifica rápidamente con lo que decimos y con lo que sentimos, enseguida se nota”. Uno habla y el otro asiente compartiendo lo dicho: “Estamos en un intermedio, no entretener pero tampoco concientizar. No es nuestra
responsabilidad, si hay una identificación con las cosas que nos pasan, hay muchos que tienen ese tipo de responsabilidades y sería bueno que se hagan un poco cargo”.

La tienen clara y lo dicen claro, no dudan y cada vez que uno habla el otro mueve la cabeza positivamente. No son dos, son uno más uno y así de consolidados salen a rodar su nuevo material “La Codiciada 2012”, una reversión de su primer disco salido a la calle en el año 1998. “La Codiciada es el primero y hubo una serie de demos que se vendieron, algunas copias, pero es muy poca gente la que tuvo ese disco; entonces, por eso quisimos también volver a grabarlo para que las canciones tengan el audio y la calidad necesaria porque fueron canciones que siempre nos gustaron mucho y a nuestro público también, pero además lo grabamos de nuevo para que toda la gente que no lo tenía lo pueda tener. Es como que se reclamaba el disco ese y no estaba en ningún lado, ahora está en todos lados”.

Todas canciones que nunca se dejaron de tocar, pero sobre todo que desde el otro lado nunca se dejaron de cantar. La posibilidad de volverlas a ver en vivo nos invita el viernes 17 y sábado 18 de Agosto a La Trastienda, diez temas de su primer material al que se le suman dos covers de Héroes del Silencio, le dan vida al último trabajo de Pier lanzado de manera independiente.

Una nueva parada en la trayectoria de la banda que desde hace casi veinte años no para de crecer y de cranear nuevas formas de hacerse camino. “Nosotros la luchamos, estamos en la lucha, la gente se identifica con eso también, les cuestan mucho las cosas como a nosotros nos costaron y nos siguen costando a través de los años”. Seis discos, un DVD, dieciocho años, todo hecho palabras en una tarde. Apagamos el grabador y los siento todavía más ellos, dos tipos de barrio y de rock.