El Mago sin miedos

Rubén “El Mago” Capria, harto del fútbol temeroso y cobarde, combate por la supervivencia de los enganches. Se vuelve loco con Riquelme y el Barcelona y apunta contra los que hacen de la pelota una bola de nervios.

Con la misma zurda con la que amagaba y dejaba en ridículo a sus rivales, marca el paso y camina por la platea de la cancha de Racing. Se pone nostálgico. Ve el césped en Avellaneda y rememora sus viejas épocas como enganche y comandante del equipo de Ángel Cappa, plantel que le dio tantas alegrías.

Bajo el mismo tinte de elegancia con el que grababa a fuego su impronta en la cancha, dispara que le costó muchísimo dejar de jugar a eso que tanto amaba y que nunca se deja de ser: futbolista. Y que hoy, como comunicador, periodista y analista del juego, lo añora tanto como cuando empezó a entrenarse de chico.

Fiel defensor del puesto que tan bien supo embanderar, reivindica a los que todavía se animan a vencer el miedo. Esos que se reinventan entre tanto mensaje mezquino y se atreven a arriesgar y a engañar con el juego. Admirador de Juan Román Riquelme y del Barcelona, cree en los mensajes positivos que transmite el fútbol. Asegura que en Argentina no se juega con enganche simplemente porque no los ponen.

Se posa frente al Juan Domingo Perón, lo mira, lo desea y tiene ganas de volver a entrar para ponerse la diez y volver a jugar a ese deporte que tanto ama y disfruta.

¿Te genera nostalgia cada vez que estás en los alrededores de una cancha?

Fotos: NosDigital

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– Me genera nostalgia porque tiene que ver con momentos hermosos que he vivido. Ver una cancha de fútbol, ver el verde del césped, el estadio, me hace revivir sensaciones que tuve, revivir esas cosas que te quedan impregnadas para siempre en el corazón. Por suerte viví muchas emociones lindas, pero siempre está la nostalgia de no seguir jugando al fútbol. Más allá de todos los quilombos serios que tenemos y que vivimos, hay emociones que te las provoca solamente estar dentro de la cancha. Esa intensidad los futbolistas la dejamos de vivir de un día para el otro. Entonces, cada vez que te acercás a esa rutina que tenías y que te dio tantas alegrías, te genera melancolía.

– ¿Te costó mucho dejar de jugar?

– Es que para mí nunca dejás de ser futbolista. Cuesta muchísimo asumir que tenés que dejar. Uno juega al fútbol por pasión, yo me dediqué al fútbol porque me encantaba de chico. Es hacer algo porque te apasiona, y de hecho hoy lo sigo haciendo cuando puedo. Dejar de jugar es un paso triste porque reinventarte no es fácil. Hay una muerte parcial, porque lo que te da el fútbol no es fácil encontrarlo en otra cosa.

– Vos decías que si no arriesgabas en la cancha preferías quedarte en tu casa ¿Por qué no se animan tanto ya?

-Por el temor. El miedo hace que no arriesgues. Se ha incrustado en el fútbol en tal magnitud que todo el mundo  deja de intentar, por supervivencia. En el fútbol argentino si seguimos así van a haber once jugadores de cada lado y se van a quedar quietos. Van a pasar los 90 minutos y los dos se van a defender. El temor hace que no arriesgues. Los mensajes se ven hasta con los chicos de infantiles. Les dicen “segura”, “no la pierdas”, y es como decirle que no haga nada, que se quede quieto mirando los dibujitos en la casa. Tenés que invitar a que el pibe se anime. Tenés que decirle que si se equivoca no pasa nada ¿Quién no se equivoca? El que no hace un carajo. Si vos intentás hacer algo, te podés equivocar, pero lo tenés que hacer porque si no es al pedo y no ganás. Para hacer la diferencia tenés que arriesgar. Bajan un mensaje de algo previsible. Todo el mundo quiere hacer lo mecanizado, cuando el fútbol te demuestra que eso tiene un límite. La creatividad es la herramienta y el engaño es la llave que te abre los partidos, que te abre los triunfos.

-¿Los mensajes mezquinos hacen que no haya más sorpresas?

– Sí, se han bajado durante años mensajes nefastos. Desde el ganar como sea, hasta que el segundo es el primero de los perdedores. Son conceptos de una intolerancia y una idiotez que no se pueden creer. Es tan nocivo como un arma. Si vos la usás mal, hacés un daño tremendo al propio jugador. No podemos perder nunca la conciencia de lo que decimos, no se puede perder de vista lo que se está haciendo. Y si te equivocás, reconocé que te equivocaste y tratá de cambiar. Hay muchas cosas que entre todos debemos mejorar. No es una sola pata la que mejora la cosa.

– ¿Qué jugadores arriesgan?

– De acá, Riquelme. Me genera admiración su talento. En un fútbol donde dicen que hay que correr solamente para jugar, el tipo no va a tirarse a los pies del otro para congraciarse con su público. Y eso, en este contexto, tiene un valor fundamental. Pasamos  del “¡Huevo!¡!Huevo! ¡Huevo!” histórico del Boca de Giunta a aplaudir cuando Riquelme tira un caño o mete un pase gol. Siempre se necesitaron las dos armas, la defensa y el ataque, pero el talento  es necesario sí o sí para un equipo que  busca campeonatos. No se puede salir campeón si no tenés jugadores talentosos que hagan la diferencia en la impronta.  Es un valor que se devalúa por esos temores que han atrapado al fútbol. En Argentina se habla todo el tiempo del doble cinco, como una postura que fortalece el sector de la defensa o de la recuperación de la pelota. Pero la creatividad y la elaboración son tan o más importantes.

-¿Riquelme cambió el paladar del hincha de Boca? ¿Sus gambetas ya son más fuertes que el huevo de Giunta?

El Mago Capria– Riquelme ha dado muestras de lo eficaz que es su talento. En el fútbol todo termina en la eficacia, pero su talento, su creatividad y su inteligencia para jugar al fútbol son funcionales para su equipo. La gente no es tonta. A él lo bancan a muerte porque creen en su juego y porque demostró su talento miles de veces. Cada vez que está en la cancha el equipo juega totalmente diferente. Sin ir más lejos a Independiente le pasa lo mismo cuando está o no el Rolfi Montenegro. O en Estudiantes cuando no jugaba Verón. O cuando no está el Pocho Insúa en Vélez. O cuando no juega Lucas Bernardi en Newell’s. Esos futbolistas te entregan lo fundamental. Lamentablemente se le está dando cada vez menos lugar a esa clase de jugadores, cuando son cada vez más importantes.

– ¿Por qué en Argentina no se juega con enganche?

– Es una cuestión de prioridades. Cómo se puede explicar que muchos jugadores que son estrategas, jóvenes argentinos, jueguen en Brasil y no acá. Cómo podemos explicar que juegue D’Alessandro, Montillo, Cañete, que va Lanzini y juega y acá no tiene lugar. Eso es lo grave. Cuesta explicar qué pasa. Y encima esos futbolistas son los que terminan saliendo campeones en esos equipos. No los ponen porque está todo relacionado con el temor.

-¿Ves algo tuyo en Román?

– Román para mí es un jugador extraordinario, que tiene un talento muy difícil de comparar. Entiende mucho el juego, vi pocos jugadores en mi vida que entiendan el juego como él. No solamente de Argentina, sino a nivel mundial. A mí me deslumbró siempre Zinadine Zidane, y lo veo en ese lugar de talento, de tener tiempos que otros no tienen en ciertos sectores de la cancha. Sin tener que andar picando como loco y andar matándose contra los carteles. Él con su cerebro y su talento corta caminos. Ese punto todavía en nuestro país se discute y a mí no me deja de sorprender que se discuta a esa clase de futbolistas. Si jugara todavía Ricardo Bochini capaz se diría que “es chiquito, no es rápido, entonces no sirve”, cuando en realidad te metería cien pelotas de gol. Cómo no van a ser importantes jugadores como Xavi, Iniesta, que no son rápidos, pero que tienen un talento que cortan camino y hacen que la pelota sea la que corra rápida.

-¿Qué enganche ves más parecido al Mago Capria?

– Por una cuestión de porte al Mudo Franco Vásquez, el ex Belgrano que juega en el Rayo Vallecano. Tiene una manera de moverse que es parecida. Es alto, zurdo y tiene buena pegada.

-¿El Barcelona es la perfección?

El Mago Capria– Nunca en mi vida vi a un equipo jugar así al fútbol. En mis 43 años de vida, el que se le ha acercado un poco es el Real Madrid del 2002, que lo tenía a Ronaldo, Zidane, Figo, Raúl, Roberto Carlos. El Barsa coincide con las mejores cosas de los mejores equipos de la historia. En el Brasil del 70’ jugaban cuatro números diez: Rivelino, Jerson, Tostao y Pelé. Y en el Barsa juega Messi, Iniesta, Xavi y Fábregas. En la selección de Holanda del ’74, que está dentro de los mejores equipos de la historia, todos jugaban de cualquier cosa y tenían un pressing altísimo. Barcelona tiene esa conjunción. Hizo la combinación de los dos mejores equipos de la historia con el nivel de excelencia con el que juega. Viendo el partido contra el París Saint Germain, me encargué de hacer un trabajo sobre los gestos técnicos que a veces pasan desapercibidos. Cómo controlan la pelota, cómo meten los cambios de frente, cómo triangulan a altísima velocidad. Todo eso no se vio nunca. Una triangulación como el primer gol  de Messi frente al Milan no se vio nunca.  Una pared de siete toques a ese nivel de violencia y velocidad entre ocho rivales es inédita. No me dejo de maravillar y asombrar por lo que hacen. Y lo disfruto, tenemos la suerte de ser contemporáneos de eso. Ver a esos jugadores a mí me aleja y me achica como futbolista.

“El fútbol necesita cinco años más de Román”

De diez: nos juntamos con Miguel Caneo, uno de los pocos que todavía juegan al ritmo que quiere y no al que impone el ambiente. Elogiado por Riquelme -nada menos-, el capitán de Quilmes defiende a los número 10: “Las presiones de ganar ya y como sea está matando a los enganches. Los técnicos no tienen tiempo de bancar a un jugador y entonces los camuflan como doble cinco o en un costado”.

Minutos después de escuchar su nombre en la voz de Román Riquelme, Miguel Caneo se sentó en una de las mesas de un bar de Caballito para otorgarnos su tiempo y dar su versión de los hechos. Pero no pudo con su genio. No supo evitar que fluya lo que tiene en su sangre, fútbol, y, fiel a su costumbre, paró la pelota, pensó y ejecutó. “La presión por ganar ya y como sea está matando a los enganches”, dice el tipo que, según Román, el presidente del gremio, “es uno de los mejores del fútbol argentino”. Pasen y vean, traigan sotana que juega Caneo.

-Ahora sí, sos el último 10 del fútbol argentino.

-No, no creo que sea así (sonríe). Primero que nada, creo que el fútbol argentino, por cómo está, necesita que Román jugue por cinco o seis años más. Y, además, creo que hay muchos enganches. El tema es que las presiones de ganar ya y como sea está matando a los enganches. Los técnicos no tienen tiempo de bancar a un jugador o, como mínimo, al esquema. Entonces, no se los utiliza en sus puestos. Los ‘camuflan’ y los ponen de doble cinco o por un costado y así no brindan lo que pueden en su rol de enganche.

-Decís que hay, ¿a quién ves?

-El tema es que son muy pibes todos y están saliendo. El chico (Lucas) Mugni de Colón me parece que tiene muchas condiciones. Juega bien y tiene buen pie. (Leandro) Paredes, como dijo Román, tiene muy buen pie y buena técnica, aunque yo creo que es menos organizador de juego y más revulsivo. Y no mucho más… A mí me gusta (Diego) Valeri, es muy inteligente y, si bien no juega de 10 clásico, tiene todo para hacerlo. Y el Pipi Romagnoli. Se decía que era un ex jugador y en el último torneo, cuando las papas quemaban, la rompió.

En la mesa de café, como en la cancha, Caneo mueve los dedos y la cosa funciona. Se juega como se vive, dicen. Bueno: él tiene su ritmo y no lo negocia por nada del mundo. Tiene ese delay que traemos todos los que nacimos y nos criamos en el interior. Él, que dio sus primeros pasos -y pases- en General Roca, Rio Negro, hace ya 29 años, sabe del tema. Y, en la vorágine que le toca vivir, transforma ese momento para pensar y, contrariamente a lo que muchos creen, limpia el panorama con lucidéz. “Hay que hacer un stop y llevar calma”, reflexiona.

Imagen: NosDigital¿Por qué debería seguir jugando Román, cómo está el fútbol argentino?

-Está cada vez menos vistoso, se trata de ganar como sea. Se corre más de lo que se juega, hay muchos intereses externos, muchas presiones… Esa locura se transmite a la cancha y por eso el fútbol que toca ver.

-¿Qué es ganar cómo sea?

-Es olvidarse de jugar, no importa cómo lo hagas. Si jugás bien o no, da igual. En ese terreno no existen dos toques seguidos, no existe una pared. Y, ojo, como sea te podés salvar una o dos veces en el campeonato pero nada más. A lo largo del campeonato te va a abandonar. Lo que perdura es el buen juego y la regularidad en él, eso te lleva a ganar campeonatos y trascender en el tiempo. El tema es si todos juegan al como sea…

-¿Qué es lo que lleva a que se viva así y, por ende, se juegue así?

-La presión y los intereses externos, que van de la mano. Uno sale a la cancha y siempre quieren que ganes como sea, no podes perder y si lo hacés sos el peor. Son muy extremistas los hinchas del fútbol. Sería bueno hacer un stop, llevar más calma para que todos tengan la posibilidad de ir a la cancha, alentar al equipo y disfrutar en familia del fútbol. Y también hay intereses privados. Hoy un representante puede arruinarte la carrera. Felizmente yo he tenido suerte.

-¿Y la prensa deportiva, mediática, en qué grado influye?

-También lleva su parte. Hay veces que al fútbol lo analiza gente que no está capacitada, que no entiende de qué se trata. El análisis es muy básico, se basan en opiniones personales que puede tener cualquier persona. Y muchas veces uno escucha a algunos periodistas meter cizaña con cosas que no tienen nada que ver y condicionan la mirada de la gente. El hincha consume eso y después putea por

cualquier cosa.

-Por ejemplo…

-Las peleas internas, por ejemplo. Es imposible llevarse bien con todos. Pasa todo el tiempo. Imaginate que son 30 jugadores compitiendo para que sólo jueguen 11. Vos sabes que hay 20 que están afuera y que quieren jugar. Después vos podés tener un buen grupo o afinidad con ciertos jugadores. Lo importante es que el técnico sepa controlar eso y, lo más importante, que en la cancha todos tiren para el mismo lado. Pero diferencias hay en todos los grupos. Eso no dificulta hacerse amigos. Yo tengo muchos amigos: Pablito Jeréz, Chiche Arano, Pancho Cerro, Damián Leyes, Walter Noriega de Colombia, Gabriel Peñalba y el Pocho Lavezzi, que fue mi concubino por un par de años.

-¿Cómo fue eso?

-Él estaba en un selectivo de Boca, tuvo un altercado con Griffa y se fue. Tenemos el mismo representante y me preguntó si podía irse a vivir conmigo, yo ya había dejado Casa Amarilla. Y bueno, mientras él jugaba en Estudiantes de Buenos Aires vivimos juntos.

-¿Cómo es tu relación con los medios?

-Buena, de respeto, no soy demasiado amigo pero trato de ir manejándome bien. En Boca, cuando era pibe, no me gustaba hablar. En parte me daba vergüenza y, mayormente, creía que había gente mayor que tenía mucho más que decir que yo. Eso me perjudicó. Si hablás con la prensa tenés un puntito más. Con el tiempo aprendí el juego, los medios tienen la posibilidad de hacer bajar o subir a un jugador.

Lo dice con conocimiento de causa. Ya no es el pibe de 18 años que Carlos Bianchi defendía a capa y espada de los (viles) plateístas. Pasaron casi 10 años y todavía dura el sufrimiento de ese pesado cartel que le colgó del cuello durante un tiempo: “Roto”, rememora.

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-¿Por qué te fuiste a jugar a Colombia?

-Sinceramente, te miento si te digo que me imaginaba jugando allá. Pero después de mi primer paso por Quilmes -2004-2005-, estuve un tiempo en Colo Colo y cuando llegué a Godoy Cruz me rompí los ligamentos. Estuve más de un año sin jugar y acá nadie me quería dar una chance. Todos decían que estaba roto, que no podía jugar y agarré las valijas y me fui. Fue una experiencia inolvidable y mi renacer futbolístico.

-¿Cómo era tu vida allá?-Muy tranquila. Fue un cambio rotundo. Venía de vivir en Buenos Aires y Santiago de Chile, dos ciudades con ritmo vertiginoso, y pasé a habitar un pueblito como Tunja. A veces ni concentrábamos. Imaginate, no había nada para hacer y a las ocho de la noche hacía un frío terrible, nos quedábamos todos adentro. Fue genial. Guardo mis mejores recuerdos.

-¿Por qué te volviste?
-Tenía un desafío personal: quería demostrar que podía jugar en el fútbol argentino, que tenía las capacidades futbolísticas y físicas para hacerlo. Cuando salió la oferta de Quilmes -2009, en el receso de verano de la B Nacional, el Cervecero marchaba quinto a cinco puntos del último lugar en la promoción por el ascenso- venía de ser goleador del campeonato, campeón con el Boyacá Chicó -el primer título del club en su historia-, el mejor extranjero de la liga. En ningún lugar iba a estar mejor que ahí pero no lo dudé ni un segundo y me vine. Ni siquiera me convenía en lo económico.

-¿Cumpliste con el desafío propuesto?

-Sí. Cuando llegué al país me decían que ya no podía jugar, que había estado en un fútbol mediocre, me miraban de reojo y creo que pude revertir esa opinión, jugar bien al fútbol y, sobre todo, tener continuidad.

-¿La próxima meta es tener otra chance en Boca?

-La veo muy difícil. Hoy sólo pienso en dejar a Quilmes en Primera y cumplir los tres años de contrato que me quedan. Obviamente me queda esa duda de qué hubiese pasado si me hubieran dado cinco o seis partidos de continuidad pero no me quedó rencor. Creo que tuve la posibilidad de jugar en el club del que soy hincha, cumplir un sueño y lo guardo como eso, como un buen recuerdo. No descarto nada pero es muy difícil, más que es Boca, un equipo con muchas figuras y jóvenes que quieren demostrar. Sería bueno que le den lugar a eso.

Como papá Miguel Angel, mediocampista histórico del Deportivo Roca, el pibe decidió ser futbolísta. Aquellos años le dejaron las primeras enseñanzas, esas que lo acompañan hasta hoy. “Viví en una cancha desde los cinco años, nunca me imaginé ser otra cosa que futbolista. En la cancha del Deportivo di mis primeros pasos y me formé como futbolista pero creo que la forma de jugar la traigo desde la cuna, la tengo incorporada. Uno se va formando, es cierto, pero lo siente así de chiquito. A mí me gusta el buen fútbol y no es por lo que ví, sino por lo que sentí. Además, tuve profesores que siempre respetaron eso, que se preocupaban por la técnica y el juego y que me ayudaron a crecer”, explica.

-¿Hoy ya no se trabaja la técnica?

-Se perdió el trabajo en inferiores. Hay chicos que son buenos técnicamente sólo por naturaleza. Me parece que la locura de la Primera ya se vive en inferiores. A los 12 o 13 años jugábamos por diversión, más allá de que era una competencia y queríamos ganar. Hoy ves que a esa edad los padres ven la posibilidad de salvarse y putean en la cancha o que los profesores exigen resultados más que ver el progreso del chico en la enseñanza. Si de seis categorías ganaste en cinco, está bien, no importa cómo lo hayas hecho.

-Hablás con criterio de técnico, ¿te gustaría serlo?

-Sí, ya estoy haciendo el curso.

-¿Tenés algún modelo a seguir?

-Tomé cositas de todos los entrenadores que tuve pero soy de los que cree que, en definitivas, uno se forma solo y a la hora de dirigir prima la idea propia. Los que me marcaron fueron Carlos Bianchi y Claudio Borghi. Por el primero tengo un cariño especial, es el que me hizo debutar y el que confió en mí desde el inicio. Y el Bichi me mostró que se puede confiar en el jugador y la importancia de escuchar a los dirigidos.

-¿Tus equipos van a jugar al cómo sea?

-(Sonríe) No, espero tener los jugadores como para llevar a cabo el fútbol que me gusta a mí.

-¿Sólo depende de los futbolístas?

-El técnico tiene su importancia, es cierto, pero el que decide es el jugador, es el único que cambia la cuestión.

-¿En tu equipo también te pondías de capitán?

-Sí, por qué no.

-¿Qué significa serlo?

-Para mí fue siempre un motivo de orgullo el hecho de representar a una institución, con la que me siento tan representado como es Quilmes. Es una responsabilidad muy grande, no se si hay un manual, un ejemplo, de cómo ser capitán. Hay de todos los tipos. Uno trata de estar pendiente de lo que pasa adentro y afuera de la cancha. Desde lo más mínimo e indispensable hasta lo más grande y complejo. Desde ver cómo anda un compañero si uno lo ve un poco caído hasta ir a pelear los sueldos con los dirigentes.

-¿Cómo es negociar con Aníbal Fernández?

-Bien, normal. Es una persona que tiene buena palabra, no te deja hablar mucho pero hasta ahora, dentro de todos los inconvenientes que ha tenido el club y el fútbol argentino, hemos tratado de tener una buena relación, de que ellos cumplan y nosotros hacer nuestro trabajo.

-¿Les jode que se hable que son beneficiados porque él sea el presidente?

-Eso es una pavada. En todo lo que hemos logrado nunca nos hemos sentido favorecidos. En el último ascenso, por ejemplo, éramos los que menos chances teníamos de ascender de los que estaban ahí arriba -en la última fecha del último torneo de la B Nacional, Quilmes estaba cuarto a dos puntos del puntero- y se dieron los resultados. Tan simple como eso. Ganamos ocho de los últimos 12 partidos y ascendimos. La verdad es que yo no le doy importancia a lo que dicen y no nos influye en lo más mínimo.

Fin de las preguntas. Es el momento de las fotos. El 10 de Quilmes baja las escaleras con dificultad, renguea hasta la puerta de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, evidenciando que su tobillo parece una pelota de tenis, tal como enseñará más tarde, y pregunta cuándo se publicará la nota. Aunque, se rectifica: “Bah! No importa. Mi mamá me va a avisar”, dice y rie. “Creo que tiene un alerta en la computadora para detectar cada vez que salta mi nombre. Recorta la nota y me las muestra”, confiesa.

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