“No hay que salvar a la Biblia, sino al pueblo”

A favor: del aborto legal y a expensas del Estado, de la elección de la maternidad, de que la vida de la gente la decida la gente. En contra: de los sacerdotes que viven confortablemente con sus manías, de un modelo capitalista perverso, de que la biblia esté por encima de todo. ¿Quién? Una monja, Ivone Gebara. Un caso que viene a poner, desde Dios, un jaque a Dios mismo.

Ivone Gebara no está en Wikipedia.
Fotos: NosDigital

Por eso, porque no contamos con el catálogo que encuadre todas sus subjetividades en un par de definiciones, la descubriremos a partir de lo que dice. Gracias a que internet se distrajo, en vez de ir de la taxonomía a los hechos, iremos de los hechos a la taxonomía. Y antes de dejar que las palabras definan a su portadora, haremos un aviso al que lea. Le contaremos, ya lo estamos haciendo, que la entrevista, dividida en dos entregas, es larga, pero sumamente interesante y además, que así como atrae, también atrapa. Después de conocer lo que dice esta mujer, de cabello blanco, sonrisa amplia, manos que explican y movimientos pausados, la cabeza se expande, explota, y muchos vocablos cambian de valor al mismo tiempo que de significado.

¿Una pista chiquita, como para darse una idea? Ivone, la de cuerpecito pequeño y rostro pacífico, es monja. Todo lo que le preguntan, lo anota en una libreta. Pide constantemente que la interpelen, que la corrijan. Y dice: “La moral católica no alcanza a las mujeres ricas. Ellas abortan y tienen los medios económicos que garantizan una intervención quirúrgica en condiciones humanas. Por lo tanto, la ley que la Iglesia defiende perjudica a las mujeres pobres. El aborto debe ser descriminalizado y legalizado. Más aún, debe ser realizado a expensas del estado… El aborto no es pecado. El Evangelio es un conjunto de historias que generan misericordia y ayuda en la construcción del ser humano. La dogmática en relación al aborto ha sido elaborada a lo largo de los siglos. ¿Quién escribió que no se puede controlar el nacimiento de tus hijos? Fueron los sacerdotes, hombres célibes encerrados en su mundo en el que viven confortablemente con sus manías. No tienen mujer ni suegra y no se preocupan de algún hijo enfermo; algunos hasta son ricos y tienen propiedades. Así, es fácil condenar el aborto”.

Sin más:

“Pero tú eres mujer…

Llevaba 15 años de enseñanza de la Teología de la Liberación, todo lo enseñaba desde allí. Pero un día encontré la teología feminista. ¿Cómo fue? Daba cursos de lectura de la biblia a un grupo de obreros, en la Diócesis de Helder Cámara en Recife, Brasil. Uno de los obreros era casado, y su mujer tenía dos hijas. Yo la invitaba a que venga a las charlas, pero ella no quería venir, decía que tenía que cuidar a las chicas. Entonces, un día fui hasta su casa y le dije a los ojos: “¿Por qué no quieres venir?”. ¿Sabés por qué no voy? ¿Quieres saberlo? Porque tú hablas como un hombre”, “Pero si soy mujer…”, “Pero no conoces nada de la vida de las mujeres, de las obreras, las que estamos casadas con obreros. Nunca dices que sostenemos la casa, que, cuando no hay comida, hacemos todo por conseguirla…”.

“Es verdad”, pensé, yo no hablaba de eso..

“Hablas sólo de sindicatos, salarios, luchas…”. Me hacía preguntas: “¿Sabes qué pasa con nosotras los viernes? Ellos reciben sus salarios el sábado, el viernes suele haber poca comida, tenemos que salir a pedir, ¿Sabes algo de nuestra vida sexual?”. Me empecé a dar cuenta de mi total ignorancia respecto a ello. La teoría que había aprendido nunca me había hecho enfrentarme a la mujer en sí. “Pero tú eres mujer”, me dijo ella.

Empecé a sentir, así, desde mí misma, desde mi ser, un malestar respecto a la Teología de la Liberación, no por el hecho de la liberación en sí, sino por sus características abstractas. Las sujetas sufrientes no tenían espacio allí, no eran escuchadas. Lo hablaba con teóricos marxistas de Brasil, les contaba que las mujeres se habían reunido para bordar. Me decían: “Eso no cambia la estructura”. Les contaba otras cosas: “Eso no cambia la estructura”. Y comencé a sentirme molesta: “¿De qué estructura me hablan?”. Hablaban de Liberación, pero las historias concretas no eran consideradas historia. La palabra patriarcal “Historia” es la historia de los grandes hechos. Sentía que la historia de las mujeres, respecto a su cuerpo, a la forma de socialidad que construían, no era considerada un tema teológico.

Así, con todos esos aportes y descrubrimientos, es como en 1980 se empieza a pensar, en Buenos Aires, la teología feminista de la liberación. Nos juntamos muchas de las mujeres que comenzábamos a transitar por ese camino, éramos 30. Nos contamos de dónde veníamos, lo que pensábamos, y nació un librito: “La mujer hace teología”. Fue la primera piedra del movimiento. Éste siguió luego por América Central, México… hoy la teología feminista es un fenómeno diverso y con muchos problemas, que se está volviendo cada vez más académica y así está perdiendo conexión con el medio popular.

(¿Cómo hacer para lidiar con eso? No lo sé, claro, porque la academia también es necesaria, mas, en la corriente en la que me ubico, no existe LA teología; más bien hay teologías. LA teología trabaja con dolores abstractos: el sufrimiento, la salvación, “Dios viene a salvarte, Dios te quiere…”, no se sale de eso. Queremos volver a lo vivido, nombrar los dolores, nombrar los esperanzas, que la salvación sea, pero sea de unos para los otros).

“Tienes que ser madre. No ser humana”

A las mujeres nos dieron una definición desde antes que nazcamos: tenemos que ser madres, sí o sí madres, y sometidas. Existe una naturalización de la maternidad. Pero nunca escuché hablar de la naturalización de la paternidad. A las monjas, incluso, nos dicen: “Ya que no puedes ser madre, entonces tienes que ser una madre espiritual, dar amor a los otros…”

Las mujeres tienen que tener la ELECCIÓN de la maternidad. Hasta la ciencia, con los alquileres de útero por ejemplo, refuerza la idea de la no-elección. Tienes que ser madre. No ser humana, libre, solidaria, no. Ser madre. Es un poco limitado. Las monjas, por ejemplo, tenemos el prurito de hablar de la sexualidad: tenemos que avanzar mucho, antes que en la teología, en la comprensión del ser humano. En todo lo que nos falta entender de la relación entre el hombre y la mujer.

Hay muchas teologías feministas, tantas como teólogas (lo mismo que entre los varones, claro). Aunque una sea luterana, presbiteriana, católica romana, el pensamiento es siempre personal. Hay algunas líneas, claro, en las que nos ubicamos: yo puedo utilizar la teoría marxista de una manera, otros la usan de otra. Nos ubicamos cada una desde su propia experiencia de vida. Hacer teología es hacer biografías. Antes de ser teóloga, yo, por ejemplo, estudié filosofía. Me ubico como filósofa, tengo influencias europeas, desde el fin de la metafísica.

“La alienación que la religión del poder impone a la gente es la misma que nos imponen a las mujeres, como reproductoras y sólo reproductoras”

¿Qué es la metafísica? En teología, se refiere a cuando uno se cree más allá de la materialidad de la vida. Como que hubiera un plan preestablecido en la vida de las personas, el plan de Dios, y este plan se tendría que realizar en la tierra. “Si Dios quiere…”, decimos cuando hablamos con algunas personas para expresar nuestras expectativas; eso, en muchas personas, no es sólo retórica, eso es creer que hay una voluntad superior abstracta. Y esa idea se conecta con otra idea: Dios es bueno.

El gran problema de la teoría metafísica es querer combinarla con los grandes dramas humanos. “Si Dios quiere, me voy a curar del cáncer…”, y no te curaste, y te moriste. ¿Qué pasó? “Uy, Dios no lo quería”, por algo habrá sido, tenía otros planes. Eso, para mí, no es fe, es un juego filosófico, y en este juego filosófico los grandes artesanos de la historia son los varones.

Los varones reciben el mensaje de Dios (Jesús, Abraham, Moisés), ellos tienen los oídos privilegiados. La perspectiva metafísica, así, termina por excluir las personas; ese malestar ya ha sido denunciado por Nietzsche, Váttimo, Derrida…

Las mujeres se conectan a esta línea: para ellas -y para mí- hay que volver a CAMBIAR ESE DOGMA, que se estableció en un tiempo y espacio específicos de la historia, y hoy sigue. Cuando trabajo con mujeres sencillas, tengo que hacer una gimnasia, ellas están colonizadas por esa idea casi mágica de la divinidad de Jesús, me da pena. “ÉL sabe lo que va a pasar con nosotras”, me dicen y yo les contesto: ”Pero nosotras también lo sabemos”. Intento cambiar esa perspectiva, quiero mostrar que la presencia del otro es convocatoria. A veces, siento que si hablo de la Iglesia Católica, el discurso del poder se come a todos los demás. Siempre es: “Dios quiere, Dios piensa…” ¿Y tú? Nadie pregunta eso. A veces, les digo a las mujeres: “Olvídate de Dios, de Jesús…imaginemos que no te están escuchando, que no tienen ningún deseo para ti”, las provoco, y ahí dicen algo para cambiar su historia. Es un trabajo inmenso. La alienación que la religión del poder impone a la gente es la misma que nos imponen a las mujeres, como reproductoras y sólo reproductoras. Si le preguntás a una mujer: “¿Qué pensás de esto?”, probablemente repita lo que le dijo el cura. Tienen miedo al pensamiento propio.

Esta teología, claro, crea muchos disturbios. Hace pensar, no repetir. Es, a la vez una crítica al mundo académico, pero no su negación. Estudien teología, claro, pero, paralelamente, busquen otras experiencias. No tenemos que salvar la biblia: tenemos que salvar al pueblo. La biblia no importa.

“Un modelo capitalista muy perverso”

Hay muchos. El hambre -las mujeres tienen que buscar comida, casi siempre son ella cuando falta-, la enfermedad -el 90% de las personas que van al hospital a llevar a sus hijos, pelear por las medicinas, etc., son mujeres-, el hecho de que la Iglesia no permita los anticonceptivos, o los Estados la interrupción del embarazo. Las iglesias defienden principios, no aspectos de la vida real. Los dolores de las mujeres provienen de un modelo capitalista muy perverso que habla de autoestima, pero destruye a las mujeres mostrando sólo un modelo de mujer: blanca, con los dientes perfectitos, rubia. En las villas, vemos mujeres de 25 años, con un cuerpo totalmente destruído, deformado, con bajísima estima, porque, claro, ven el modelo ideal de cuerpo que les venden y no son ellas. Los dolores son, en parte, los mismos que los de antes, aunque hay cosas que cambiaron. Hay muchas mujeres de 20, 30, 40 años, que, por suerte, empiezan a tener lucidez y conciencia sobre ellas mismas. Eso me da mucha esperanza