Escándalo travesti

Mientras en el Poder Legislativo se presentan proyectos por el resarcimiento a la población trans por décadas de persecución, desde los medios masivos se propone su estigmatización como prostitutas. La transfobia replicada desde y hacia la sociedad.

Ella no quería estar ahí cuando se hiciera de día. El cielo estaba cubierto de nubes, el rosa lo iría cubriendo todo en la salida del sol, para morir en un gris pálido, triste, como el de la ruta. Apretó el paso. Los autos apurados al costado de su cuerpo le recordaban que, para otros, empezaba la jornada. Pasó por donde había dejado a sus compañeras, pero había tardado mucho en volver, ya no estaban. Siguió. Hizo uno o dos kilómetros cantando bajo por miedo al silencio, hasta que dobló en su calle. Y ni hizo falta. Preguntar, sospechar, dudar. Nada. Se los leyó en las caras, en la piel de los pómulos secos, deshidratados de llanto.

Esa mañana, como otras antes, patearon el barrio y tocaron puertas para juntar la plata para el cajón y el entierro. Secretarias de la parca, parecían. Era verlas llegar y ya saber que les habían dado otra paliza, otra más, otra menos. Esa mañana, de nubes mentirosas y dientes apretados, se besaron las manos, los cuellos y las lágrimas, sin querer convencerse de que no hay nada más solitario que el dolor. Esa mañana de furia, se llenaron la boca de puchos, de picos de botella y de puteadas. Esa mañana, la vida era tanta muerte.

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La mató un cliente. La mató la policía. La mató el hambre. La mató la tristeza, el dolor. La mató la droga o el alcohol. La mató la calle. La mató la marginalidad.

La mató el Estado.

Recortes extraídos de http://blogs.tn.com.ar/todxs/ de Bruno Bimbi.
Recortes extraídos de http://blogs.tn.com.ar/todxs/ de Bruno Bimbi.

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La expectativa de vida promedio de una travesti es menor a 40 años. Más del 80% ejerce la prostitución. Y la mayoría la dejaría si consiguiera un trabajo. El mismo porcentaje corresponde a la cantidad que alguna vez vivió hechos de discriminación por parte de la policía, tales como detenciones arbitrarias, extorsión, maltrato, humillación y distintas formas de violencia, incluida la sexual.

Estos flashes de la vida cotidiana de las travestis en nuestro país están inscritos en un entramado de exclusión y discriminación, que nos habla de una violencia estructural y, en gran medida, estatal. La realidad histórica de este colectivo está atravesada por un contexto de persecución, estigmatización, criminalización y patologización de sus identidades y sus cuerpos. Los relatos que giran en torno de estas trayectorias están plagados de escenas de enfrentamientos con la policía, de golpizas y torturas en comisarías, relacionadas directamente con su identidad impugnada como también con el ejercicio de la prostitución. Y en este sentido, no marcan a la última dictadura como un hiato en sus vidas. Por el contrario, señalan que esa cultura del terror las azotó en todo tiempo político. Han sido víctimas del terrorismo de Estado; en dictadura y en democracia. De esta forma, desarrollaron una serie de estrategias que se aprendían y reproducían dentro de un “código de la calle”. Involucran todo un abanico de prácticas de resistencia y de sobrevivencia que implicaban un estado de alerta permanente – para huir, esconderse debajo de autos o “camuflarse” en locales – y el desarrollo de una capacidad de improvisación a la orden para inventar nombres e historias y “cubrirse” entre sí. Simplificando las trayectorias singulares de las personas trans, la expulsión/abandono de la casa familiar es un lugar presente en la mayoría de las historias de vida; con la consiguiente exclusión de los sistemas institucionales de escolaridad y salud, el espacio de socialización y educación (en el sentido amplio, no escolar, del término) es principalmente la calle.

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¿De qué privilegio hablan?

En las últimas semanas entraron en la agenda de los medios masivos de comunicación dos proyectos de ley relacionados al colectivo trans. Uno presentado por María Rachid en la Legislatura porteña a fines de 2012 y otro por Diana Conti (elaborado por Asociación de Lucha por la Identidad Travesti y Transexual, Futuro Transgenérico, Abogad*s por los derechos sexuales y Movimiento Antidiscriminatorio de Liberación) en el Congreso de la Nación el mes pasado. Ambos son proyectos de pensiones no graciables o contributivas. En el primer caso, para todas las personas trans mayores de 40 años (limitado a la jurisdicción de CABA) y en el segundo, más específicamente para aquellas personas que hayan sido privadas de su libertad por causa de su identidad de género y como consecuencia del accionar de las fuerzas de seguridad federales o por disposición de autoridad judicial o del Ministerio Público nacional o federal. Este último toma como modelo el régimen reparatorio para ex presas y presos políticos, establecido por la Ley Nacional Nº 26.913 y su Decreto reglamentario Nº 1058/2014. Ambos proyectos hacen énfasis justamente en este aspecto reparatorio por considerar que se trata de una población víctima de la violencia sistemática del Estado.

Las repercusiones no tardaron en llegar. Desde las decisiones editoriales de diarios y portales en publicar títulos y fotos que refuerzan el binomio travesti-prostitución – sin ninguna referencia a las causas estructurales de la problemática, como si se correspondiera a una esencia o naturaleza inevitable –, el extendido uso del término “subsidio” en lugar de “pensión”, un sinfín de chistes sobre estrategias paródicas para poder cobrar, comparaciones descolocadas con otros planes o asignaciones, reclamos del tipo “mejor un trabajo que un subsidio”, hasta comentarios escandalizados por el destino de “nuestros” impuestos. Justamente eludiendo por completo el eje central: la reparación.

Captura de pantalla 2014-11-26 a la(s) 09.37.34Se trata de una población que ha sido expulsada de los sistemas públicos de salud y educación, a la que se le ha negado el derecho al trabajo, que ha sido víctima de un Estado represor, que ha estado condenada a una vida precaria. Sobrevivientes de un Estado represor y persecutor. Se trata también de una población que ha comenzado a existir jurídicamente hace apenas algo más de dos años, con la sanción de la Ley de Identidad de Género. Antes de eso, el Estado negaba su existencia y aparecía únicamente en el accionar de la policía, con la aplicación de los edictos y las contravenciones, ejemplares de las políticas de persecución social; o en la cara de algún juez que las hacía pasar por innumerables pruebas y demostraciones cuando iniciaban un proceso para cambiar su nombre en el DNI.

Captura de pantalla 2014-11-26 a la(s) 09.39.53No está únicamente en juego el derecho a un trabajo digno, a la educación, a la vivienda y a la salud de personas cuya vida está reducida a la supervivencia. Se trata del derecho a la justicia. Y estas repercusiones estigmatizantes, ridiculizantes y simplistas solo consiguen legitimar la violencia. Perpetuar la injusticia.

Lo que escandaliza, ¿es el “subsidio” o son las travestis? Esos cuerpos e identidades que amenazan el orden binario de género y nos recuerdan que nuestras propias clasificaciones no tienen nada de naturales, universales ni eternas. ¿De qué privilegio nos hablan? El privilegio es ancho y ajeno.

Datos:
Berkins, Lohana (comp.). Cumbia, copeteo y lágrimas. Informe Nacional sobre la situación de las travestis, transexuales y transgéneros. ALITT, Buenos Aires, 2011.
INDEC, INADI. Primera Encuesta sobre Población Trans 2012: Travestis,Transexuales, Transgéneros y Hombres Trans. Informe Técnico de la Prueba Piloto. Municipio de la Matanza, 2012.

“Quiero que me amen”

Camila Sosa Villada es actriz, cantante y poeta. Mientras termina temporada de El bello indiferente en el Centro Cultural San Martín, en esta entrevista comparte sus dolores e invita a la emoción pura: “Siento que el teatro es participar de una inmensidad que nos excede”. 

“Soy una negra de mierda, una ordinaria, una orillera, una cuchillera, el mundo me queda grande, el tiempo me queda grande, las sedas me quedan grandes, el respeto me queda enorme, soy negra como el carbón, como el barro, como el pantano, soy negra de alma, de corazón, de pensamiento, de nacimiento y destino. Soy una atorranta, una desclasada, una sin tierra, una sombra de lo que pude ser. Soy miserable, marginal, desubicada, nunca sé cómo sonreír, cómo pararme, cómo aparentar, soy un hueco sin fondo donde desaparece la esperanza y la poesía, soy un paso al borde del precipicio y el espíritu me pende de un hilo. Cuando llego a un lugar todos se retiran, y como buena negra que soy, me arrimo al fuego y relumbro, con un fulgor inusitado, como una trampa, como si el mismo mal se depositara en mis destellos”. Camila Sosa (Mara)Villada. 31 de octubre. En la foto de portada de su perfil de Facebook.

Su cuerpo, casi una silueta o una sombra, tan negra como ella toda. Un rebote de luz revela una cinta roja rodeando su muñeca. Entre la otra mano y la boca, un cigarrillo, sostenido apenas entre el dedo índice y el mayor, y los labios en forma de beso. Un cuello que remata en perfil y en la cabeza una toalla esconde el pelo. ¿La vemos?

Camila Sosa Villada es actriz, cantante y poeta. Cordobesa y travesti, de treintipocos. Rompió en escena con la ya mítica Carnes Tolendas, a la que siguieron protagónicos en cine (Mía) y televisión (La viuda de Rafael), y más teatro como actriz y directora. Es morocha, menuda y de ojos saltones. Cuando habla o se ríe se le mueve la nariz como si no le alcanzara el cuerpo para expresarse. Es que en cada palabra que dice se condensa toda ella, como quien se da a la vida en cada instante. A su alrededor, ahora, el escenario que se montó durante su estadía en Capital Federal, en un departamento alquilado en San Cristóbal que venía con dos cuadros desmesurados de color. Envolvente, suena un jazz de los 40′. La pava todavía está caliente y en la barra que separa la cocina del comedor un cigarrillo armado a medio fumar, que Camila irá prendiendo cada tanto, como marcando el ritmo de una música inaudible.

– Yo con el teatro quiero que me amen, esa es la verdad. Quiero que cuando salgan de ver una función sientan amor por mi trabajo.

– ¿Qué es para vos el teatro?

– Siento que el teatro es una manera de meditar. Es como ir a misa, una ceremonia en la que una persona de fe verdadera – que no son los que van a misa lamentablemente – siente que participa de alguna forma de Dios. Siento que el teatro es participar de una inmensidad que nos excede. Como actriz, cuando estoy actuando, siento una gran comunión con el público y eso es lo que me gusta del tipo de obras que hago. Por ahí, una obra más conceptual, más fría, más críptica, con más rollo de la investigación y de lo cultural del teatro puede llegar a enfriar al público. Yo creo que al teatro la gente va a llorar, a reírse y a aprender. Por eso me gusta hacer el teatro que hago, que es emoción pura.

Imágenes: NosDigital
Imágenes: NosDigital

Sin embargo, no cualquiera le presta el cuerpo a la “emoción pura”. Este agosto, Camila presentó en Córdoba la obra Los Ríos del Olvido, escrita y dirigida por ella:

– Para mí, es divina e hice la obra que tenía ganas de ver, y soy una buena espectadora de teatro. No por mí, sino porque los actores son fantásticos. Resulta que en Córdoba está el Premio Provincial del Teatro, que una vez lo gané como mejor actriz por Llórame un río. Y me escribe uno de los jurados para pedirme entradas. Hice malabares para conseguirle, porque estaban agotadas. Al otro día me manda un mensaje, mirá la maldad, diciéndome: “Camila, espero que no te moleste mi pregunta – ya cuando arrancan así sabés que te van a romper – pero, ¿los actores hablan tan mal a propósito o es un tremendo error de ellos?”. Nosotros trabajamos sobre el cordobesismo típico, como que alguien venga acá y te hable “todo así, vite…”. Bueno, en Córdoba, todos los negros hablan rápido y bruto, no se les entiende nada, se escuchan como puteadas de fondo. Y me pregunta eso. “Porque fue tan incómodo para mí como espectador, no podía entender nada”. Le respondí: “Mirá, lo que pasa es que estamos muy mal acostumbrados a ver teatro. Los malos actores, los malos directores, los malos espectadores piensan que el teatro es solo placer y solo sirve si te hablan así – gesticula exageradamente –. Mis actores hablan bien, fue una marcación mía, tenés que ampliar la cabeza y aprender a ver teatro de otra manera”.

Algo similar le pasa ahora en El bello indiferente, el monólogo que está haciendo Camila con Hervé Segata de partenaire y dirección de Javier van de Couter – también director de Mía y del episodio de la serie “Historia clínica” en el que actuó Camila – en el Centro Cultural San Martín. En la puesta, entre el escenario y las butacas del público media una tela traslúcida, que deja ver, pero suma cierta opacidad a la historia. Ya van varias personas que le dijeron que no les permite disfrutar de todo lo que pasa: “¿Qué piensan?, ¿que en el teatro tiene que ser todo claro y a la vista?”. El guión original fue escrito por Jean Cocteau –artista e intelectual francés – dedicada a Edith Piaf, quien la interpretó en su estreno en 1940. Es la primera vez que se hace en Argentina. En el escenario, un cuarto de hotel con la cama revuelta, un gramófono, un minibar, un teléfono y las luces de neón y los ruidos de la calle que se cuelan por las ventanas mínimas. Una escalera hacia arriba es la única salida, sumando a la sensación de ahogo, caída y encierro. En el escenario, una mujer, una artista, sola, espera al hombre que ama, sumida en el tormento de la indiferencia.

– En el 2012 estaba grabando La Viuda de Rafael y estaba leyendo la biografía de Edith Piaf. Siempre que vengo a hacer tele, tengo dinero, entonces me compro muchos libros. Leo sobre esta obra y encuentro un fragmento así de chiquito, esa frase cuando ella le dice “Mentime, mentime, mentime”, y digo “ayyyy, ¡qué divino!” Entonces le dije a Javi (van de Couter) que quería trabajar de nuevo con él, le pasé lo que había encontrado y me dijo que lo hiciéramos. Y nos está yendo muy bien. Empezamos con menos público del que esperábamos, alrededor de 40 personas, en una sala tan grande, se sentía una ausencia tremenda. Y dije “dale 3 o 4 funciones y el público va a empezar a venir solo”. Y empezó a subir la cantidad. Conozco esas cosas del teatro. Por ahí Javier me pregunta cómo está el público, cómo sentís que la pasó… y la verdad es que yo estoy muy tranquila porque ponele de 70 espectadores, 2 la pueden estar pasando mal… Soy una asquerosa de vanidosa, pero confío mucho en la obra.

– A parte del teatro, ¿hay otras cosas que te generan la sensación de comunión?

– Sí. La música, la música, la música. La de los negros, sobre todo el blues, reivindica la idea de la música como una ceremonia también. Ellos pudieron cantar su dolor de esa manera, que es lo que yo hago en el teatro también, pudieron cantar ese dolor y volverlo sagrado. Uno cuando escucha un blues se queda en silencio. A veces también algunas cosas de la naturaleza me parecen dignas de ser una ceremonia, los nacimientos, la muerte, el amor…

– ¿Cuáles son tus dolores?

– Sufrí mucho porque decidí ser travesti, esa es la verdad. Sufrí mucho porque tengo un padre alcohólico, al que le costó mucho la vida, y una madre enamorada de ese padre, a la que también le costó mucho vivir. Entonces, desde antes de ser travesti, ya conocía un dolor. Imaginate: a los 12 años les dije a mis viejos que era gay, que me gustaban los varones, y para ellos fue tremendo. Y lo empecé a decir en el secundario y era muy fuerte, porque nadie estaba preparado para algo así en ese pueblo y en mi familia tampoco. Entonces, sufrí mucho porque me tuve que ir de mi casa, porque mi viejo me pegaba, porque mis compañeros no me querían, porque me enamoraba sabiendo que no se iban a enamorar de mí. Después sufrí mucho porque tuve que trabajar como prostituta y la mayoría de las veces la pasé mal… fui muy pobre, había días y días que lo único que comía era mate cocido con pan negro. Entonces la única forma de canalizarlo es siendo así de salvaje aunque sea una hora en el teatro. No haría una obra en la que tuviera que estar sentadita, callada… Necesito sacarlo todo afuera. Cuando lo saque todo, capaz empiece a hacer películas románticas, pero todavía tengo para rato. A parte me encantan los personajes enroscados. No sé por qué siempre me dan papeles de buena, será porque mido 1, 60 m, pero lo que yo quiero es ser una atorranta.

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El bello indiferente, su última obra.

En el 2000, Camila viajó a Córdoba capital a anotarse en la carrera de Biología en la universidad, pero cuando llegó, la mesa estaba cerrada. Como le gustaba escribir, Comunicación Social pareció ser la alternativa lógica. Al tiempo de empezar, arrancó con su mejor amigo unos talleres de actuación del centro de estudiantes y después de tres años decidieron anotarse en la Licenciatura en Teatro para hacerla en paralelo: “En esa primera clase, gracias a los docentes, sentí que estaba en el lugar correcto, que ese era el espacio donde tenía que estar, porque si lo dejaba, iba a terminar tirada en una zanja. Fue tal la aceptación que sentí por parte de ellos, de mis compañeros… Y empecé a estudiar con sinceridad, con vocación y cariño, pero llegó un momento en que me cansé, porque estaba haciendo también Comunicación Social, trabajaba de noche y estaba muy enamorada pero no correspondida, o sí correspondida pero él no se la jugaba porque era trava, estaba como todo mal. Y dejé. En el 2006. Dejé todo. No quería estudiar más. Estuve dos años al pedo, al pedo, al pedo, haciéndome mierda la cabeza…”. Dos años después, llegaría la propuesta de María Palacios para que actuara en su “obra-tesis”: Carnes Tolendas. Retrato escénico de una travesti, con asesoramiento de Paco Giménez, quien ya se había convertido para Camila en un maestro, un padre. “Ahí vi lo que me pasaba a mí como actriz, lo que me pasaba con el público, y que además me daba dinero, ahí me di cuenta que era mi vocación”.

“No existe una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre, ni un hombre atrapado en el cuerpo de una mujer. En el cuerpo de una travesti habita lo femenino y lo masculino: habita lo sutil, lo curvo, lo ondulante, una cadera, el quiebre de una rodilla, la caída de una sábana, y existe también lo recto, lo duro, lo anguloso, el ladrillo, el edificio, el golpe”. Fragmento de Carnes Tolendas.

– Cuando hicimos la función de tesis estaban todos mis amigos y todos lloraban. Era muy fuerte verlos sentir compasión por mí, porque además yo sentía que ellos no me habían acompañado lo suficiente, me había sentido un poco sola. A pesar de que fueron grandes amigos, que me orientaron muchísimo. Entendí que había pasado algo en esa función. Y después empezó a pasar en todas y hasta el día de hoy recibo mails de gente que me agradece por haberles cambiado la cabeza y la mirada respecto al travestismo. Que fue no solo la puerta que me abrió a una vida más linda, sino también una especie de inflexión en la cultura cordobesa. Empezó a pasar algo después de esa obra, y lo digo con mucho orgullo, y éramos dos pendejas. María tenía 24 años cuando la dirigió y yo 27. La hicimos bien. Empezamos a participar de ese movimiento que terminó en las leyes de “Matrimonio Igualitario” e Identidad de Género. Venían cátedras enteras de Psicología a ver la obra y a hablar del travestismo. Imaginate. Fue una buena jugada.

– ¿Tenés una historia de militancia o participación política?

– Si me tuviera que definir políticamente te diría que soy antidelasotista. Pienso todo lo contrario que él y el tipo de política que hace. Las traiciones, las transas y la corrupción que hay detrás de un gobierno como el de este tipo es todo lo que a mí me hace enojar y me dan ganas de cambiar el mundo. En Córdoba hay un par de organizaciones sociales con las que me identifico. Como en Malvinas Argentinas, que es una ciudad donde fueron a instalar Monsanto y la gente se empezó a enfermar y enfermar. Y no quieren dejar que se instale, ¡porque no quieren tener cáncer! Así de simple. Hace años que están cortando esas calles, que están bloqueando las entradas de los camiones. Y van, los reprimen, los cagan a palos, los humillan. También está el FOCOF (Frente Organizado contra el Código de Faltas), contra otra inmundicia de este gobierno, porque a los pibes los detienen porque tienen gorra, porque son negritos, los paran y les piden documentos. Por ejemplo, ahora hay unos pibes de la villa que hacen hip hop que se llaman “Rimando entre Versos”. Los pibes cantan cosas maravillosas. Los locos además trabajan limpiando vidrios. Hace poco detuvieron a uno porque un taxista lo vio parecido a uno que lo había choreado y lo metieron en cana. Yo pensaba que la policía lo que hace con estos pibes es quitarles la fe, quitarles las ganas de cambiar, de laburar, porque a parte no es que todo el mundo se da cuenta de que chorear no está bien, y no tienen por qué saberlo. Pero este pibe sí se dio cuenta, salió a laburar, tiene su banda y lo metieron en cana porque parecía chorro. Entonces con esas organizaciones sí tengo piel y me interesa lo que hacen, me intereso por la política desde ese lugar.

– Y en tu experiencia en la calle, ¿tuviste cruces con la policía?

– Mirá, la única vez que me agarraron se la terminé chupando al policía y me dejó ir a mi casa. Pero teníamos pavor. En los años 2000, 2001, 2002, 2003, imaginate que las leyes de “Matrimonio igualitario” y de Identidad de Género estaban lejos. Era tremendo, teníamos pánico, corríamos con unos tacazos así por el medio del parque a escondernos entre las plantas. Porque si te agarraban, la ibas a pasar mal. Siempre caía a los dos, tres días, una con el ojo moradazo, con la boca machucada, garchada por todos los detenidos, no, no, no, no, no. ¿Sabés dónde lo comprobé? ¿Viste la película Babel? En cualquier lugar del mundo la policía lo arruina todo. Todo lo que pasa en esa película, todo es culpa de la policía. Es algo que nos ha construido el sistema, como anticuerpos.

En su departamento de San Cristobal.
En su departamento de San Cristobal.

Pero la discriminación y la violencia también se vive en lo mínimo y cotidiano. A Camila el teatro le abrió puertas y también fronteras, con la posibilidad de viajar para presentar sus trabajos. Sin embargo, estos logros estaban teñidos de frustración: “Mirá, la verdad que cuando viajaba antes de tener el documento era muy incómodo. Los aeropuertos, todo era muy incómodo, no me gustaba por eso, ir a los hoteles también. Cuando cambié el DNI, empecé a viajar tranquila, la empecé a pasar mejor. Ahora se lo agradezco, porque conocí el mar, por ejemplo, gracias al teatro”.

Camila, ya lo decía, quiere, sobre todas las cosas, que la amen. Y eso, si no es fácil para nadie, para ella menos. En Facebook compartió: “Pero no lo pueden soportar. Esto es triste. No pueden soportar que les guste una travesti. Ustedes que son tan abiertos, tan militantes, tan políticamente correctos, tan sensibles al arte, tan sensibles a lo que hago como actriz, como escritora. Ustedes, ejemplos de solidaridad y de humanidad para con todas las injusticias de la vida, cuando se enfrentan a que les gusto, a un paso de dar el paso, se echan para atrás. Reculan, cobardes, como los tipos comunes, esos que no militan, que no ejercitan mucho el pensamiento, que no se reservan una porción del alma para el trabajo con el otro.Estuve siete años enamorada de un tipo que decía que me amaba, pero jamás me invitó un café, jamás el mundo nos vio juntos, salvo algún amigo, por casualidad, tal vez una visita inesperada, nos descubría in fraganti, amándonos, como cualquier pareja normal, compartiendo una intimidad que no conoció el mundo (…) para ustedes siempre estaremos relacionadas a lo prohibido. A los vidrios polarizados, el amor en los parques de noche, acaballadas sobre ustedes media hora, al bucal, al anal, a ser activas o pasivas, a tener o no tener pito, a tener o no tener tetas. A ser más o menos parecidas a una mujer. Cuando estrenó Mía, de Javier Van de Couter, recibí un mail que me pintó por entero el panorama. Un tipo me escribió: ‘pensar que antes pagaba diez pesos para que me chupes la pija, y ahora tengo que pagar para venir a verte al cine, culpa de mi señora’. Y puedo escribirles esto, porque alguna vez, conocí a un tipo que me amó, profundamente, toda, a la luz del sol y a la vista de todos. Y esa sensación de ser normal, común y corriente como todas las parejas que envidié desde las sombras durante tantos años, es lo que me hace pensar, que no todo es como nos hicieron creer y que hay un mundo mejor que no tiene que ver con este”.

El ministro huyó por los techos vestido de policía

Crónica de un paro docente que empezó reclamando mejoras salariales, edilicias y sanitarias, y hoy sigue con los padres de los alumnos tomando 16 colegios en Comodoro Rivadavia, la ciudad petrolera récord en prostitución, cocaína y venta de plasmas.

La artista comodorense Veroka Velázquez me sopla que en su ciudad las escuelas están tomadas.

-Como acá…

-No.

Bueno, ya logramos romper el cerco mediático. Ahora vamos a entender.

El modelo extractivo

Comodoro Rivadavia es una ciudad especial. Por dos cosas: allí hay una cantidad importante de yacimientos petroleros; y porque sopla un viento insoportable de cientos de kilómetros.

La ciudad chubutense tiene más de 300 mil habitantes. Se acuesta sobre una serie de cerros, y tiene vista al mar. Sin embargo, dicen los inexpertos en paisajismo, es dura.

Comodoro encarna este tipo de contradicciones del modelo extractivo: es una ciudad rica y pobre. El dinero que genera el petróleo marca récords en venta de plasmas, cocaína y prostitución. Los diarios comerciales la señalan como la más insegura. El estado se contenta con las regalías, pero las inversiones no se ven, ni se sienten, ni se palpan.

El conflicto

El 22 de agosto de este año estalló en Comodoro un conflicto docente por mejoras salariales que empezó con una asamblea permanente y que hoy tiene 16 escuelas tomadas, no por ellos, sino por padres autoconvocados.

La discusión de adaptar los salarios a la canasta familiar llevó al despertar de otros estatales como los médicos, que se movilizaron junto a los docentes para discutir de fondo el modelo de lo público, y hasta policías y porteros.

Canasta familiar: 14 mil pesos.

Sueldo promedio de un docente: 4.500 pesos.

“Estamos pidiendo solamente mil pesos más – cuenta Gabriela, maestra jardinera- acorde con la canasta familiar de Comodoro. Además reclamamos mejorar la obra social, porque cada vez que vamos al hospital tenemos que pagar un dinero extra. Todo se suma a la calidad educativa y el estado edilicio de las escuelas: muchas están en pésimas condiciones”.

El panorama del deterioro es completo: las escuelas públicas, sus trabajadores y alumnos, están abandonadas.

“Desde hace 5 años la canasta aumentó un 100% – cuenta una docente de primario, Viviana-. Y el sueldo aumentó 50. Hemos tenido un deterioro en el salario real. Deberíamos estar hablando de recomposición salarial. Aspiramos a un aumento, pero sabemos que no vamos a tener todo lo que queremos”.

Las mejoras salariales y de obra social son reclamos históricos de los docentes comodorenses, que vienen trazando acciones desde hace más de 2 años, sin resultados. “Veníamos haciendo paros de 1 o 2 días o pequeñas acciones de fuerza”, recuerda Viviana. “Pero desde el 22 de agosto decidimos empezar una asamblea permanente: no estábamos de paro, asistíamos a nuestro trabajo, pero avisábamos que íbamos a estar haciendo asambleas”.

Además de las urgencias de siempre, los tiempos electorales agitaron esta maniobra: “Si te dijera que no, te estaría macaneando: cualquier gremio tiene en cuenta el momento en que el gobierno se pone a prueba porque los patrones son más flexibles”, se sincera Viviana, que además es delegada de la regional sur de Atech, el gremio docente. “Pero de esa misma manera podrían haber resuelto el problema y capitalizado para ellos. Siempre las medidas van a favorecer o no a alguno de los partidos, más en una elección. Pero la intencionalidad política-partidaria nunca estuvo en esto”.

Viviana está viendo la televisión y nota la repercusión de su lucha: “Estoy viendo los resultados de las elecciones y evidentemente la capitalizó la oposición”. La oposición al gobernador Martín Bussi es encabezada por el ex gobernador Mario Das Neves, que obtuvo más del 50% de los votos. Entonces razona Viviana: “Pero si fuera por los docentes no podrían haberlo apoyado, porque en 2005 nos reprimió en las manifestaciones y fue el primero que aplicó descuentos en los sueldos”.

Reunión de padres

Con los docentes en asamblea permanente y sin respuestas, las reuniones de padres fueron tocando otros temas aparte de cómo se porta Franquito o que a Paulita no le gusta el menú del mediodía. “Los padres empezaron a organizarse cuando vieron que la única reacción del gobierno era descontarnos los días de paro, las sanciones, las amenazas”, cuenta Viviana.

Para los más escépticos algunas maestras hasta llegaron a mostrar sus recibos de sueldo en esas reuniones. “Se dieron cuenta que no era ficticio cunado les decíamos que estábamos por debajo de la línea de la pobreza, que no es que nos queremos comprar una 4×4”.

Los padres empezaron a formar parte de las reuniones docentes y poco a poco comenzaron a organizarse según los colegios, y después según las zonas, y así: “Decidimos involucrarnos a partir de que habían transcurrido 14 días sin clase, a participar de las asambleas y a visitar las escuelas. Vimos que el problema que se planteaba era real”, dice Héctor, que tiene hijos en la secundaria y en el nivel inicial. Sigue: “Con mucha sorpresa nos encontramos con escuelas públicas que podemos catalogar de primera, de segunda, tercera y de cuarta. Tienen numerosos problemas: edilicios, de seguridad, hay presencia de roedores, agua potable en contacto con agua de cloacas”.

Otras irregularidades que notaron los padres en estas primeras recorridas: “Hay mucha obra pública tercerizada. Varias empresas hacen las construcciones para el estado provincial y hemos notado que 2 aulas salieron en una licitación 1 millón de pesos. Resulta llamativo y hasta muy oneroso”.

Los padres como Héctor sintieron que – también- tenían que hacer algo: “Eso dio nacimiento a esta pequeña organización que llamamos “Padres en defensa de la educación pública”, acompañando no sólo el reclamo salarial – que por cierto es más que justificado, sino todo lo que mejore a la calidad educativa”. Se dividieron así en zona sur, centro y norte para ordenar las asambleas y centralizar los reclamos. Héctor es uno de los delegados de la zona norte.

El modelo público

La primera acción fuerte de los padres, además del sólo acompañamiento a las medidas docentes, fue la vigilia en una serie de colegios: una toma pero del lado de afuera, permitiendo las clases pero visibilizando el reclamo y la posición familiar. Explica Héctor: “Se decidió montar una vigilia en la parte de afuera de las escuelas al ver que el problema no se resolvía y que el gobierno no daba respuestas”.

Gabriela, la maestra jardinera, explica por qué es clave este acompañamiento de los padres: “Sino parece que nuestra lucha es solo por el aumento salarial. Pero si empezamos a construir entre todos podemos pelear por los planes educativos, con los que no estamos de acuerdo: el Ministerio bajó la orden de que los chicos “transiten” y los alumnos pasan de año sin una buena base de contenidos”. Héctor confirma que muchos padres reclaman – a los docentes, encima- que los chicos llegan a la universidad con una “mala base”. Dice Gabriela: “Han sacado materias como Historia y otras de nivel cultural, como está pasando en Buenos Aires. La idea es no perder la calidad educativa pública. Porque si se desgasta, lo que va a pasar en Argentina es que las escuelas públicas no existan más, como en Chile”.

Héctor asegura que su involucramiento fue natural, ya que su familia es “luchadora” y él mismo participó de un conflicto salarial porque es estatal: es policía. “He participado de lo que han sido 50 días de acampe frente a la casa de gobierno que reclamábamos mejoras salariales, pero no hemos llegado a un buen acuerdo: los policías de la provincia cobramos 5500 por mes”.

Entonces mira todo el sistema público, como padre, como policía y como parte de una lucha docente: “Esta es una ciudad que tiene conflictos con el hospital público, con la educación, con la seguridad pública y también con la justicia. Hace poco hubo un homicidio muy grave, violaron y mataron a una menor de edad y el hecho no se esclareció”.

También el gatillo fácil: Iván Torres, Pablo Ovando, César Monsalve. Héctor: “Sí, sí, es así como decís”.

El ministro del ventiluz

¿Qué dice el gobierno a todo esto, si en total hubo más de 30 escuelas tomadas, quilombo en colegios, centros de salud y autopistas que cortaban los accesos a los yacimientos petroleros? Ahí les tocaron el culo.

“El gobierno no tiene ningún contacto con nosotros. Su estrategia es negar que exista el conflicto, sentarse a hablar con la dirigencia provincial que no nos representa. No hay ningún tipo de respuesta”.

Viviana ensaya esa respuesta, tan típica que puede ser aplicable a cualquier conflicto de docentes atrapados entre el gremio y el estado. Pero sobre todo hay una anécdota que responde lo mismo y demuestra que la negación del conflicto por parte del gobierno es tremendamente literal:

El 18 de octubre el propio ministro de Educación, Luis Zaffaroni, acudió a una serie de escuelas tomadas. Su intención era “normalizar” la actividad educativa como resultado de un oficio del Ministerio Público Fiscal que acusaba a los padres de “usurpación, coacción, atentado, resistencia a la autoridad y daños”. El ministro y una comitiva de funcionarios lograron con estas amenazas disolver momentáneamente dos tomas. “Porque al día siguiente los padres ya iban a volver”, asegura Viviana. Sucedió que, embalado por estos primeros resultados, cerca de las 9:30 de la mañana Zaffaroni llegó al colegio Hipólito Yrigoyen, del barrio Mosconi de Comodoro. Los padres, docentes y alumnos se plantaron y plantearon discutir con el gobernador las razones de la toma, no la toma. Nervioso, Zaffaroni se metió en la biblioteca del colegio junto a una parte de su comitiva y efectivos policiales. Viviana: “En eso un funcionario del gobierno le pegó un cachetazo a un alumno. Ahí los padres empezaron a llamar gente, querían hacer un acto en contra de este directivo. En un rato éramos una multitud afuera, como 400 personas”. Zaffaroni seguía en la biblioteca. Una hora, dos, tres. Los ministros fueron saliendo, de a uno y sin custodia. Cuatro horas, cinco, seis. Incluso se fue como vino el funcionario que le había pegado al pibe. Siete horas, ocho, nueve. Zaffaroni seguía adentro, y la gente afuera. Diez, once. Algunos se metieron en la biblioteca: “O está muy bien escondido o no está”, dijo Carlos Magno, secretario general de la regional sur de Atech. Con las horas se supo que escondido no estaba. Zaffaroni, haciendo honor a su apellido, había salido por los techos.

Diarios regionales con intenciones de informar el hecho como una toma de rehenes con final exitoso, informaron: “A las 20:43, Zaffaroni hizo el último intento de salir por la puerta de la biblioteca, aunque en realidad se trató de una maniobra de distracción, ya que la policía había diseñado un operativo especial de escape por el ventiluz del techo de la biblioteca, desde donde se descolgó una soga, que subió al ministro al techo y de ahí a la superficie. En la escapatoria, el ministro (quien según algunas versiones salió vestido de policía) perdió un zapato”.

Hace 6 seis años atrás, en otra provincia sureña, otro alto funcionario de gobierno debió vestirse de policía para huir de la Casa de Gobierno de Neuquén, en medio de otra protesta docente: Jorge Sobich por el asesinato de Carlos Fuentealba.

Viviana resume: “Fue altamente simbólico lo de Zaffaroni”.

Esta historia no tiene remate: cada día las asambleas deciden los próximos pasos. Los docentes encabezan, los padres apoyan, los jóvenes comienzan a organizarse para garantizar la continuidad de las discusiones.

La artista Veroka tiene una teoría meteorológica de cómo se curte el sur del país: con el viento que hay, ¿cómo no vas a resistir?

Imagen: NosDigital.

Yo fui golpeada en una comisaría

Marlene Wayar tuvo una época en que se prostituyó. Ya no: hoy es la directora de la primer revista trans de Latinoamérica  El Teje. En toda esa experiencia conoció lo peor de lo peor de la Comisaría 25.

Una noche estábamos con Nadia Echazú, nuestra dirigente más importante en ese momento, en Godoy Cruz, donde trabajábamos siempre -la Zona Roja, antes de ser movida para los Bosques de Palemo-. De pronto, se paró un patrullero, se bajaron los canas y directamente fueron a ella y la gasearon. Escuché sus gritos, pero se vinieron para mí y también me gasearon, a pesar de que yo ni me resistí. Nos llevaron a la esquina, a una furgoneta en las que había otras tres chicas también atacadas.

Yo ahí ni sabía qué pasaba, no veía nada.

Estábamos en plena lucha contra la reinstalación de los Códigos Contravencionales del Código de Convivencia.

Nos llevaron a la Comisaría 25 en Scalabrini Ortíz y Gorriti; y nos fueron bajando de a una. Yo al no ver nada, lo único que podía hacer era escuchar: oía las puertas que se abrían, los gritos de las chicas que se llevaban y por último los tumbos, los golpes. Yo fui la última. Cuando llegó mi turno, estaban como medio cansados y como ya se habían cebado con las otras, me llevaron al patio directamente. No sé cuánto estuvimos ahí tirados, una hora. De las zonas de los calabozos de los incomunicados venían los gritos de Nadia y ruidos de golpes secos: de cuerpo contra la pared, contra el piso… y la voz de Nadia que se iba apagando. Yo no podía creer lo que estaba pasando. Cada tanto, pasaba el chabón que estaba a cargo del operativo y nos gritoneaba cualquier cosa: estábamos sentadas, nos decía “acuéstense”, estábamos acostadas y nos gritaba “siéntense, putos de mierda”; cada vez que pasaba era algo para demostrar “yo estoy acá, hagan lo que yo digo”. Y ya no podíamos hablar de qué le pasaba a Nadia, solo nos mirábamos. En la 25 habían cambiado de encargado de los temas de la calle y por eso llegó este tipo, pero la verdad nunca tuve memoria para poder recordar a los policías que nos hicieron eso. Cuando las chicas me preguntaban cómo era, no sabía que decirles, porque con una descripción ellas ya podían sacar quién era. Sabían todo: nombres, horarios, cargos. Una cuestión de supervivencia tremenda.

No podía recordar cómo eran los botones, si eran altos o bajos, con bigote, sin bigote.

El chabón este estaba haciendo el pavoneo que empezaba la nueva era, su nueva era de control callejero, porque el comisario le había dejado el trato a él. La Comisaría 25 había cambiado mucho, pasando de ser la número uno de Buenos Aires, donde todos querían estar ahí porque dejaba mucho dinero a los policías por las coimas que pagábamos nosotras. Pendejos recién recibidos que estaban en la calle se hacían viajes por Miami con nuestra plata. Finalmente cuando el grueso de los policías se fue para adelante, pasó el Comisario y dijo: “Este es un anuncio para policías y travestis: acá se termina todo”. Se está yendo, no alcanza a salir del patio, que viene este tipo, le pega en los pies a una de las chicas y nos empieza a bardear. El comisario se dio vuelta y repitió “acá terminó todo”, pero el tipo me mira a mí, me encara y empieza a decirme de todo sin importarle un soto lo que decía el comisario. El comisario no entendía cómo funcionaba su propio perro asesino, no estaba entendiendo que ya no tenía autoridad sobre él. A mí no se me movía un  músculo, no quería que me hiciesen nada. Entonces el tipo me dijo “vos sos la otra” y me empezó a hacer preguntas. Yo respondía “sí” o “no” con la cabeza. Tenía miedo de hacer cualquier cosas que le molestara y me hiciesen mierda. Por último, el chabón me dijo “ya estoy cansado de pegarle a esa bosta de Nadia, la verdad que no quiero hacer más nada esta noche, pero se me llenó el borcego de mierda”, me puso el borcego en la cara y me tiró: “limpiámelo con la lengua”. Y yo lo hice. “Así me gusta”, soltó y se fue.

Después de esto empecé a entender muchas cosas. Cuando vivía en un hotel tomado por Araoz y Jufré, un día intrascendente salí y había un tipo parado que hacía de sereno en la casa de al lado que estaba en remodelación. Era de uno de esas personas que se prestaban para hablar, porque estaba solo y aburrido. El tipo era muy fanfarrón y con un poco de alcohol encima me contó que era policía. Lo que me pareció bastante significativo: no es cualquier cosa un sereno que es policía. Pero para que siguiera hablando le preguntaba boludeces hasta que le saqué por qué estaba ahí. Dijo que esa era la casa de un comisario y que él estaba ahí a modo de penalización, escondido realmente, porque se había echado un moco en la comisaría. Pero escondido porque, si bien el comisario le estaba bajando la caña, a la vez lo necesitaba ya que él le había hecho muchos trabajos sucios. Dejó entrever que era uno de los asesinos de la policía: si necesitaban bajar a alguien, él era el indicado.

Con estas dos experiencias vi que era cierto como estos personajes, que habían tenido la capacitación y la vía libre del Proceso, se habían quedado sin la posibilidad del ejercicio de la violencia, de sentir la adrenalina por el control del otro. Me di cuenta de la dimensión del problema, con quiénes estábamos hablando: con un comisario que había llegado ahí por pelotudo y chupamedias, pero sabía cómo trabajar. Cuando le empezamos a ganar la zona, trajo a este asesino que nos humilló a todas, que habrá venido de cualquier lugar del país para limpiar todos los problemas que le estábamos dando.

Lo más importante es que la gente se dé cuenta que estamos en dictadura desde el momento en que nos sacan de los pelos de una casas. A la gente no le importa o lo justifica o sale a decir algo para que el policía se calme un poco, pero no tenemos el poder o la potestad para decirle a la policía cómo debe hacer las cosas. Y esta policía no es la policía democrática…Te digo la verdad no tenemos por qué nosotras comernos el problema de que hay vecinos de que no saben cómo trabajan sus fuerzas y nosotros no ser vistas como vecinas. Nosotras sí somos vecinas y tenemos que meternos en cómo la policía actúa. Ponele que nos lleve 250 años en desenmarañar el tema de la prostitución, el uso del espacio público, el no uso del espacio público y demás, pero en ese ínterin esta policía no puede mantenerse.

Hoy la relación de la policía y la prostitución es un poco diferente. Es un como un mapa que va desde las capitales hacia el interior, desde las grandes ciudades donde el problema es menor, aumentando conforme te vas alejando. Lo que ha bajado si es la violencia pero sigue la estructura de la coima de plata y sexual, y estas cosas más rabiosas están puestas en aquellas personas migrantes con alguna situación irregular en sus papeles. Lo que más les conviene es coimear, quedarse quietitas, ya que no tienen tiempo para perder: tienen que mandar plata para sus países, tienen que pagar esos hoteluchos de mierda en los que viven. Es como las cajas chinas, vos abrís y descubrís nuevos sujetos vulnerables.

Muchas cosas han cambiado, aunque a distintos niveles. Por ejemplo, la gente que viene de afuera naturaliza esto y piensa que acá la vida es increíble. En Venezuela, la policía y la gente que está en la calle es un problema, porque van y directamente les disparan. Tenemos una compañera que vino de allá y está toda baleada. Entonces al venir acá, un cana les pide plata y les parece que es el paraíso. Son diferentes niveles evolutivos de dinámicas sociales, donde por supuesto Argentina se sitúa como el paraíso, y quienes vivimos en las capitales tenemos diferencias respecto a lo que les puede suceder a las chicas, por ejemplo, en Chaco. Ahí, que te matan a tu padre porque es Qom y se atrevió a mirar a los ojos con furia al jefe. Imaginate ser Qom y además trava. Cierro el orto, no decís nada. Lo mismo con chicas que vivieron en familias de trabajadores golondrina, donde fueron tratadas toda su vida de la misma manera que el ganado o las herramientas. Por eso que después se someten a aprietes de este estilo.

Entonces, es una situación difícil la del progresismo, porque como estamos progresando eso provoca mucha inacción, mucha calma, mucho “bueno, estamos en negociación”. Pero no nos indignamos, no vamos caminando hacia donde está el cadáver en medio de la sociedad. Hay mucho de conformismo y hay paliativos como el clonazepan y el facebook. Entonces vos ponés la foto de una trava asesinada y todos te ponen “me gusta”. Se toman el clonazepan y listo: “Ya milité, ya puse me gusta en facebook”, pero, ¿cómo le decís a esa gente que eso no es suficiente? Es bastante terrible darte cuenta de la magnitud de las cosas, la dinámica permanente de las estructuras. En Córdoba, la policía está tranquila, no te pega pero no te permite sacar el Código Contravencional, a la vez que la sociedad permite por ejemplo que no se deje usar gorritas con visera. Un pibe no puede tener gorra con visera porque va presa o tiene que hacer trabajo comunitario. Pero a la primera de cambio, la policía vuelve con más violencia, y no sabés en qué magnitud ni contra quienes.

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Entre la calle y la ley

A un año de la sanción y reglamentación de la Ley de Identidad de Género, un recorrido por su impacto en la vida cotidiana de las personas trans. El mayor desafío: la inserción laboral y el reconocimiento de la diversidad por el resto de la sociedad.

Tener un nombre es un derecho más que primario de todo ser humano, un modo de reconocerse y obtener reconocimiento. Cuando a una persona se la llama por un nombre que no coincide con su identidad de género, se vulneran sus derechos. La ley viene a subsanar esa violación. Pero, ¿qué hay detrás de un nombre? En su artículo segundo define:

“Se entiende por identidad de género a la vivencia interna e individual del género tal como cada persona la siente, la cual puede corresponder o no con el sexo asignado al momento del nacimiento, incluyendo la vivencia personal del cuerpo. Esto puede involucrar la modificación de la apariencia o la función corporal a través de medios farmacológicos, quirúrgicos o de otra índole, siempre que ello sea libremente escogido. También incluye otras expresiones de género, como la vestimenta, el modo de hablar y los modales.”

Las identidades trans desordenan la pretendida homogeneidad de concordancia entre sexo, género y orientación sexual. Evidencian el carácter construido y cultural del género al tiempo que introducen la crítica al sistema binario hombre – mujer que excluye, por estructura, al diferente.

“Esta ley nos hace sentir orgullosas; significa que hay un estado que por lo menos nos reconoce y no nos expulsa”, dice Carla Morales desde la barra de Casa Brandon, en donde trabaja. Sabe que el proceso será largo y que las nuevas generaciones serán las beneficiadas, en primer lugar, porque las familias sentirán que no están solas y les será más posible acompañar a sus hijas e hijos trans. “Así, con contención, podremos seguir estudiando, acceder a un trabajo digno y a una vida social más plena”, agrega entusiasmada. Con las mismas ganas, porque “dar de comer tiene que ver la energía”, acaba de pasar fuentes de papas fritas y ensaladas para atender al grupo que eligió el lugar para recibir el fin de semana. Ese es su trabajo y es también su lugar de militancia, su modo de ejercer, de “ir a los hechos, no solo de decir que se puede, sino también, hacerlo”. Sabe que ella tiene una oportunidad negada para la mayor parte de sus compañeras y está decidida a no desaprovecharla.

El problema es qué sucede mientras ese largo proceso del que habla Carla culmine. Aunque el verdadero problema, es qué pasa con las vidas de todas las personas trans que quizás no lleguen a ver ese proceso cerrar. La comunidad travesti, transexual y transgénero de nuestro país se encuentra entre una de las poblaciones más vulneradas históricamente. La realidad de este colectivo está atravesada por un contexto de persecución, exclusión y marginación. Las personas trans no gozan de igualdad de oportunidades y de trato en ningún ámbito de la vida social e institucional; la mayoría de ellas vive en extrema pobreza, privadas de derechos económicos, políticos, sociales y culturales. A pesar de las condiciones en las cuales desarrolla sus vidas, el colectivo trans ha dado muestras de perseverancia y a través de su intervención en la política ha producido cambios significativos, aportando nuevos conceptos, experiencias y marcos jurídicos, construyendo políticas sociales y comunitarias, generando antecedentes importantísimos en la justicia. Hoy, finalmente el Estado reconoce a esta porción de la población y comienza a generar políticas públicas dirigidas a esta comunidad. Sin embargo, debe también desarticular los mecanismos institucionales de discriminación que operan contra las personas trans y que han legitimado mecanismos socio-culturales de fobia por estigmatización, criminalización y patologización

Soledad Cutuli es antropóloga y escribe su tesis sobre las formas de organización de las travestis de Buenos Aires. “Siempre se las aborda de una manera exotizante, pero ellas son madres, militantes, hermanas, vecinas, tías, y también, si querés, prostitutas, y un montón de cosas más que componen sus vidas y suelen estar solapadas”, dice y añade que entre todo lo que hacen, está por ejemplo, el haber demandado esta ley. La inserción laboral, si bien no es imposible, sí es muy difícil. La exclusión del trabajo formal supone, por añadidura, la falta de acceso a vivienda, crédito, y, sobre todo, obra social. Al decir de Cutuli, “ellas son perspicaces y siempre encuentran alternativas” a la trama de marginalidad a las que se las somete, que implica una expectativa de vida tan baja, que las que llegan a viejas “tienen el aura de sobrevivientes”.

“Ahora cuando me miro al espejo, me reconozco, me digo, ahí estoy, soy Gabriela”. Todavía se emociona cuando lo cuenta, es que hace apenas dos años se animó a asumir su identidad y, a los cuarenta y dos, enfrentó, en el edificio en el que trabaja como encargada, la mirada y el prejuicio del vecindario. Se siente una leona, una mujer maravilla, por haberse jugado por lo que es. La emoción se respira en cada letra, la intensidad de la experiencia traspasa la palabra en la que se materializa. “Cuando voy al almacén y me preguntan: señora, ¿qué va a llevar?, me reafirmo y enorgullezco de mi transformación”. Claro que el proceso no fue fácil y aún sufre las consecuencias. Hoy su sueldo está reducido en casi un 50%; la administración, por presiones de algunos integrantes del consorcio le quitó las horas extras. “Se resisten porque les da miedo y atacan para defenderse de lo que no conocen”, dice Gabriela, después de haber tenido que denunciar el caso por discriminación, amenazas e insultos.

Nombre, identidad, aspecto, acceso, trabajo, una red de posibilidades que, por presencia o por ausencia, marcan tantas vidas; en el caso de las personas trans, un número no cuantificado. A pesar de la ausencia de datos oficiales, a partir de “Cumbia, copeteo y lágrimas. Informe nacional sobre la situación de las travestis, transexuales y transgéneros” de Lohana Berkins y la encuesta piloto realizada por el INDEC y el INADI en La Matanza el año pasado, se conoce que el 80% de las personas trans ejercen la prostitución, más del 80% no culminó sus estudios secundarios, el 34% vive con VIH/SIDA y la esperanza de vida es de 35 años.

La ley de identidad de género da existencia a las personas trans e instala la necesidad de ir más allá. Tener un documento con el nombre propio es un primer y enorme paso. Para Soledad Cutuli, salud, educación y más políticas públicas que regulen el cotidiano es lo que debe venir. Gabriela Toledo cree que a la sociedad le falta delicadeza en el trato y sabe que mientras llegue el cambio cultural que ratifique la ley, ella debe seguir viviendo y que falta mucho por cambiar. Carla Morales tiene vínculos con varias organizaciones y partidos políticos, pero se define como inorgánica en su militancia, porque considera que lo mejor que puede hacer es llevar y traer de un lado al otro, decir lo propio a los demás, no limitarse bajo una sola bandera, sino “aprender de la otredad”. Cutuli da un paso más y declara: “ojalá mis hijos tengan compañeras y compañeros trans en el colegio, eso enriquecería el aula”.

Cutuli, Morales y Toledo coinciden en el papel fundamental de los medios de comunicación para lograr el reconocimiento y la aceptación de la sociedad, sin estigmas, en la integralidad de toda persona. Para ponerse a tono con una lucha que avanza a pasos implacables. Y muestra de ello son, por ejemplo, la Escuela Cooperativa Textil de Trabajo Nadia Echazú, creada en 2007 por y para personas trans, con el fin de generar un espacio laboral alternativo a la prostitución. La cooperativa, cuyo nombre recuerda a la activista por los derechos de travestis y transexuales fallecida en 2004, fue un acto de militancia viabilizado por la lucha sostenida de su presidenta, Lohana Berkins. Por otra parte, el año pasado comenzó a funcionar el Bachillerato Popular Mocha Celis, que se presenta como “un proyecto educativo dirigido, sin ser exclusivo, a travestis y transexuales, con el objetivo de conseguir mejores condiciones y oportunidades laborales que reviertan la situación de prostitución y promuevan la organización en torno a cooperativas de trabajo autogestionado”. En este caso, el nombre se lo debe a la militante trans que, sin saber leer ni escribir, murió víctima de violencia de género policial. El Canal Encuentro produjo en el 2011 un ciclo de cine sobre diversidad sexual; conducido por Marlene Wayar, analizó la violencia, los crímenes por odio, las fobias y también la necesidad del respeto a las diferentes identidades. Wayar es también la directora de El Teje, la primera revista en América Latina producida desde una identidad travesti. También hace dos años se estrenó la película “Mía”, ópera prima de Javier Van de Couter. Cuenta varias historias que se encuentran alrededor de una chica trans que vive en la “Aldea Rosa” del cirujeo y la prostitución mientras sueña con la moda, un hogar y la maternidad. Al director, consciente de que para muchas de las chicas que participaron del elenco, la plata que cobraron fue su primer sueldo por un trabajo digno, no le preocupa si su filme se destaca más por su costado militante que artístico. Emprendimientos de economía social, proyectos de educación popular y producciones culturales; las distintas facetas de un movimiento plural que viene pujando desde hace décadas por una democracia real, que lucha no solo por derechos sexuales, sino también por derechos sociales y de ciudadanía.

Trabajo digno, ya a esta altura, resuena como reclamo, como necesidad, como derecho. Como la base de la que partir para poder despegar, para constituirse con plenitud, para alcanzar la integralidad inherente a toda persona. Al igual que entre las mujeres, entre las personas trans se reproduce la discusión acerca de la prostitución: reglamentar o abolir. Gabriela Toledo no pasó por ese lugar, cuando asumió su identidad tenía un trabajo y desde allí da pelea, para vivir su vida, dice. Carla Morales antes de trabajar en Brandon, tuvo una parrilla y diferentes trabajos, entre ellos en la cooperativa Nadia Echazú. Cree que el trabajo dignifica y entiende que si la prostitución es un trabajo, debe ser fiscalizado, mientras no se pueda sacar a quienes están en la calle, como prostitutas, clowns, gente que hace venta ambulante. Morales afirma que toda persona debe tener derecho a elegir su camino y poder hacer un aporte a una obra social y llamar para pedir un turno como cualquiera que trabaja. Lohana Berkins, desde su conocida postura abolicionista, no se cansa de repetir que no conoce a nadie que mande a sus hijos a hacer cursos de especialización en prostitución. Si hay un reclamo consensuado entre todos los sectores es que lo que deben eliminarse sin más son las causas que provocan que la prostitución sea el único medio de subsistencia para tantas. Para Cutuli, la categoría trabajo digno tiene potencialidad estratégica, retórica, para conseguir resultados para la vida de todos los días, cuyos matices exceden el reclamo llevado al Estado. “Imaginate decirle a una trava: vos no sos digna porque no tenés un trabajo digno, inmediatamente te va a dar mil argumentos por los cuales se considera absolutamente digna. Hay, por eso, dos planos, el de lo político y el de lo cotidiano, creo que se van a producir modificaciones en forma progresiva que hagan surgir otras formas de ser travesti sin pasar por la prostitución”. Para muchas de ellas, trabajar y salir a prostituirse son la misma cosa. Soledad Cutuli cuestiona: ¿cómo no llamar trabajo a la principal fuente de ingresos?

Una pregunta surge insoslayable; ¿quién es el cliente de las travestis? ¿Quién consume esos cuerpos? Si el consumidor de sexo heterosexual está invisibilizado por una trama social que lo protege, el de sexo trans pareciera no existir. Ningún hombre admite su práctica. La hipocresía de la sociedad se manifiesta al extremo. Berkins, en declaraciones al momento de la media sanción de la ley, enfatizó la problemática de la violencia, dado que entiende que a mayor avance le corresponde una mayor resistencia, que puede devenir en travestofobia. Se rebela a estar confinada en el mundo prostibulario y considera que la verdadera transformación se dará cuando a ellas las lleven por la vida reconociéndolas como pareja. Por eso Carla Morales, además de diseño textil en la UBA, estudia las relaciones afectivas de las chicas trans y la forma en que el varón que gusta de ellas, asume su lugar. Plantea la necesidad de que ese chico pueda hablar y decir: “Mamá, no te presento una novia mujer biológica, te presento una novia trans”. Para ella, se impone empezar a hablar de la salida del closet de estos varones, porque la represión se vuelve violencia y se llega, en muchos casos, al crimen de odio.

“Hace un tiempo atrás comencé un viaje hacia mi adentro, un trabajo de auto aceptación, donde el aprendizaje es aún constante y una de las tantas riquezas alcanzadas es la paz conmigo misma, una paz que excede todo conocimiento”; así comenzaba la carta que Gabriela Toledo envió a cada unidad del edificio en el que trabaja, el día antes de abrir la puerta como Gabriela. Líneas que se entrelazan con el reclamo de Carla Morales de ser escuchadas con voz propia y de reconocer y aprender del diferente, de todo otro y otra. Sobre su trabajo con el grupo de la cooperativa Nadia Echazú, Soledad Cutuli declara, contundente: “No se me ocurriría nunca darles consejos, yo aprendo de ellas e intento aportar a la academia sus saberes”.

Ese conocimiento que dice que el disfraz es no mostrarse como lo que se es, que apela a la aceptación, a la posibilidad de mostrar todo un abanico de capacidades que van mucho más allá de una esquina o una peluquería, a permanecer en la educación formal y acceder a los servicios plenos de salud, a no ser invisibilizadas tras una máscara de necesaria femineidad, a ser y a devenir. A un año de la sanción y reglamentación de la Ley de Identidad de Género, los estigmas sociales sobre el travestismo en nuestro país siguen atravesados por la violencia física, la represión policial y los insultos discriminatorios, reforzando los estereotipos negativos en identidades trans. Violencia física relacionada a la represión policial, las dificultades en el acceso a la justicia y las barreras para ingresar al mercado laboral formal dan cuenta que todavía en Argentina existe una marca de la violencia física y simbólica que vulnera a las personas trans en sus derechos económicos, culturales y sociales; en sus derechos humanos, en su derecho a ser y existir.

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