Los otros

El modelo impuesto del agronegocio que se expande sobre el campo y las ciudades de la provincia de Buenos Aires no es la única forma de producir ni pensar. Desde Pergamino vienen las propuestas llenas de arte y cultura.

La otra ciudad

En el barrio Kennedy de Pergamino, la única calle que no es de tierra es la que asfaltó y usa la empresa semillera Palaversich. Queda del otro lado de la ruta 8, al límite con una serie de silos y depósitos que conforman otra de las periferias de la ciudad. Allí, sobre un estrecho arroyo que cruza las calles, ocurrió la historia del perro azul.

_8881639El bachillerato popular La Grieta es una de las experiencias autogestivas que propone otro modelo al de agrociudad. Asisten allí más de 50 vecinos del barrio, chicos y grandes, a estudiar materias como Cooperativismo, Salud y ambiente, Educación popular, y recibirse y recibir otro tipo de pedagogía, impartida por jóvenes que trabajan a partir de los intereses del alumnado. Dicho de paso, en una ciudad donde la educación no es precisamente inocente: la Facultad de Agronomía de la Universidad Nacional del Noroeste es una usina para crear ingenieros adeptos al agronegocio.

El año pasado, una consigna en la clase del bachillerato puso a los alumnos a dibujar “historias del barrio”. En eso, uno de los chicos dibujó un enorme perro coloreado de azul.

Los profesores elogiaron el dibujo, y la imaginación del chico. Le preguntaron de dónde había sacado semejante idea.

El niño respondió, serio, que él no había inventado nada. Que el perro azul existía. Que él lo había visto correteando cerca de su casa, cerca del arroyo.

A dos cuadras del bachillerato, un arroyo marca el fin de un barrio humilde y el comienzo de un perímetro enrejado que pertenece a empresas del agro. No se alcanzan a ver nombres, pero sí silos y depósitos que son marca registrada en Pergamino, acaso todas variantes de lo mismo. Estas empresas contaminan con sus desechos químicos el mencionado arroyo, que a veces está verde, a veces marrón, otras amarillo, y también puede ser azul.

Azulado quedó el perro.

La madre del chico que había dibujado al perro azul, testigo, completó la historia: uno de los perros callejeros del barrio se había caído en el arroyo, en ese momento contaminado de azul. Era verdad: el niño había visto un perro color azul.

En Pergamino es común que la realidad supere a la ficción.

A solo metros del arroyo: hace tanto calor que a nadie se le ocurriría estar parado arriba de una estructura precaria de chapas, clavando clavos y haciendo fuerza para colocar unos palets de madera, como estos cuatro pibes. ¿Qué hacen? Fabrican el techo para una nueva aula de bachillerato La Grieta.

Construyendo el bachi popular.
Imágenes: NosDigital.

Resguardadas en una sombra, dos chicas les acercan regularmente agua para que no les agarre un bobazo, y cuentan que son ellas las que tienen la fórmula de la bioconstrucción que los pibes están aplicando. Ellas son parte de una agrupación llamada Hormigas, otra de las que funciona en el predio donde está el bachillerato, de donde resalta un galpón.

El galpón es un logro barrial: los vecinos del Kennedy, uno de los barrios más postergados de Pergamino, formaron una agrupación de fomento que solicitó a la Municipalidad un lugar para empezar a funcionar. Lograron así esta estructura – nada comparable a los tremendos galpones que gozan las empresas- donde empezaron a dar, ellos mismos, talleres de arte y oficio: macramé, pintura, cerámica.

El bachillerato La Grieta, que abrió en 2011, es la continuación de esa iniciativa popular, a la que se sumaron jóvenes estudiantes como Diana, antropóloga de 25 años, una de las profesoras de la materia Salud y ambiente. “Este año estuvimos trabajando la alimentación: soberanía alimentaria, cómo se producen los alimentos”, cuenta sobre cómo se discute la realidad pergaminense. Hoy La Grieta es parte integrante de la Coordinadora de Bachilleratos Populares en Lucha, donde se exige en conjunto el reconocimiento (que se puedan emitir títulos oficiales) y la financiación integral de esta práctica educativa.

Las paredes del galpón donde funciona están decoradas con los trabajos que los alumnos fueron y van haciendo según estas perspectivas. Se ve, por ejemplo, un croquis de un mapa que cartografía el propio barrio Kennedy, bajo la consigna “lugares de referencia”. Aparecen así las paradas del colectivo, el supermercado, una escuela, casas de comida, la iglesia, y otros puntos más imprecisos como “lo de Molo”, “el 13”, “la Silvia”. Estas referencias, cuenta Diana, son los puteríos del barrio.

La cultura en la otredad

No es casual que estos espacios y estas experiencias, nuevas, planteen discusiones al modelo de agronegocio que predomina en Pergamino, que configura un tipo (y deja fuera otro) modelo de ciudad.

En Pergamino abundan los restoranes y los boliches, que son los lugares indicados para gastar los dólares sojeros convertidos en pesos un fin de semana por la noche, mientras no hay centros culturales ni lugares alternativos donde los jóvenes desarrollen su propia voz. Se instalaron novedosas concesionarias de autos, hay siete countries (para una población de 90 mil habitantes) y cada vez más edificios.

Otra experiencia de jóvenes pergaminenses inquietos es un colectivo de artistas llamado “Patas arriba”, que logró este año otro galpón cultural. Todavía no está en funcionamiento, pero se trata de la misma lógica: “Somos todos pibes y pibas que nos juntábamos en una plaza de Pergamino, a tocar, hacer malabares, teatro, telas”, cuenta Pablo, uno de los integrantes. “Hasta que dijimos: tenemos que tener un lugar propio”.

La idea que proyectan es que el galpón sea sede de espectáculos, fiestas, recitales y movidas culturales donde los jóvenes puedan mostrar lo suyo. “Nuestro principal objetivo es despertar la conciencia de la comunidad sobre la importancia de dar lugar a nuevas voces en el ámbito artístico y cultural, especialmente a los jóvenes que por décadas han tenido que irse de la ciudad para formarse y expresarse artísticamente por no contar con el estímulo necesario para avanzar aquí en su carrera”, dicen en el manifiesto que redactaron.

También, además de lo cultural, se proponen desarrollar “temáticas que nos movilizan como son las problemáticas ambientales que afectan a nuestra comunidad”, dice Pablo, relacionando lo inseparable: el modelo de ciudad con el modelo de campo. “Se abrirá el espacio para el debate y la creatividad en todos los temas que sean de nuestro interés, tales como cuestiones alimentarias, salud, medio ambiente, violencia institucional, violencia de género, discriminación, etc.”, sigue el manifiesto, que culmina con una sentencia que mira de reojo a quienes se han enriquecido con el boom sojero: “Es necesario resistir a la cultura del egoísmo, del éxito personal y la felicidad material y proponer en cambio un modelo creativo”.

En eso están.

El otro campo

Ciudades como Pergamino están encarnadas en medio de las zonas más fértiles de la pampa húmeda, por lo que sus dinámicas dependen directamente de los avatares del campo.

Luego de la fumigación.
Luego de la fumigación.

La red educativa, cultural y militante autogestiva se vincula a productores que impulsan otras lógicas para llevar adelante la producción en un campo. En muchos casos, los jóvenes del bachillerato La Grieta o los artistas de Patas Arriba son compañeros en la Asamblea por la vida, la salud y el ambiente con propietarios que trabajan con otras lógicas a las del agronegocio.

Es el caso de Leo, miembro de la Asamblea, que es apicultor y tiene una hectárea en un pueblo a 20 kilómetros de Pergamino, donde ostenta 900 panales donde las abejas se reproducen y producen. Gracias a una buena temporada, Leo pudo comprarse una máquina procesadora de última generación y un camioncito para repartir la miel que produce íntegramente en su campo, aunque está rodeado de soja. “Cuando fumigan en el campo de acá al lado, si no me avisan para que yo corra los panales, al otro día las colmenas están despobladas”, relata. “Sin fumigaciones las colmenas producirían un 30% más”.

Leo, el otro de las abejitas.
Leo, el otro de las abejitas.

La hectárea de Leo es una islita en medio de un sector de campos en los que todo es cultivo transgénico. Él resiste con las abejas y también con un pequeño sector ganadero: una chancha enorme (“para hacer chorizos”, dirá), hijos chanchitos (“vendo el kilo a 40 pesos”), gallinas, patos y hasta un pavo real. Todo eso se desparrama por la hectárea de Leo, donde vive junto a su esposa embarazada, en un claro ejemplo de cómo se puede hacer mucho en poco espacio. “Yo puedo, también, porque me la paso trabajando. Antes tenía un chico que me ayudaba, pero hoy nadie quiere venir a trabajar al campo porque el jornal del peón es muy bajo. Y me ven a mí y piensan que yo soy un productor lleno de plata, cuando nada que ver. Yo me la paso laburando”, repite.

Leo, además de todas estas cosas que le permiten vivir con lo justo pero bien (comida no le va a faltar), trabaja para productores agropecuarios grandes llevando sus abejas para polinizar la flora de sus campos. “Eso les permite polinizar los cereales y producir semillas y frutos”, explica. En todo el mundo y en particular en Argentina, la diversidad agrícola va perdiendo sus poblaciones polinizadoras naturales, producto del efecto de, entre otras cosas, los agroquímicos. Hoy por hoy, la polinización ya no es un servicio ecológico gratuito y necesita de estas prácticas de gestión como la que hacen Leo y sus abejas. “Sin embargo, no me pagan. Lo ven como que me están haciendo un favor al prestarme una hectárea donde yo puedo además sacar miel. Pero no entienden la lógica de que, en verdad, yo les estoy haciendo un favor a ellos, mejorándoles su producción”.

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Vicky y su familia son otros de los productores que siguen haciendo ganadería a pesar de los años y las commodities. Su campo está en la ruta 178, a 35 kilómetros de Pergamino: “Una zona que fue siempre ganadera. Con el boom del precio de la soja, todos se fueron para ahí”, cuenta ella, rubia de casi 40 años.

Sus padres tienen en esa zona 250 hectáreas, de las cuales ellos trabajan sólo 3. “Por cuestiones económicas mi papa decidió alquilar el resto hace ya 10 años”, cuenta, un cantidad de tiempo que coincide con el boom sojero. “La primera persona que lo alquiló hizo todo soja, de una”.

Vicky recuerda un suceso típico que afectó las escasas 3 hectáreas que mantiene la familia. “El medio por el cual él fumigaba o ponía cualquier tipo de productos para incentivar el rinde de la soja era por medio de avión, y no el camión mosquito. El avión es más difícil de controlar porque el chorro si no lo cortan a metros de la casa, pasa, el viento lo lleva. Tanto es así que pasó directamente por arriba de la casa. Nosotros no estábamos, pero me quemó absolutamente todo. No quedó nada. Quedó la casa pelada y tierra solamente. Todos los árboles frutales, todos arboles de años… No fue fácil después volver a hacer la renovación de lo que teníamos. Poner bien el pasto, que retomaran los árboles, porque mi papá plantaba y a los días se le secaban, y era porque las napas superiores todavía seguían teniendo agroquímicos. Tuvimos que hacer más profundo el pozo de agua porque tenía residuos”.

La experiencia, traumática, resultó una enseñanza de cómo debían administrar el campo, y a quién alquilárselo. Ante la renovación del contrato, Vicky cuenta que “a nivel contractual pusimos una cláusula que pedía que no se puede realizar fumigación por avión”. El productor sojero se fue, y consiguieron un arrendatario que volvió a la pastura de animales: “O sea que ya es diferente la fertilización y la fumigación. Y si aplica un fertilizante, tiene que avisarnos previamente”.

Vicky y los suyos crían pollos, ovejas y conejos. Cuenta que los únicos químicos que les aplican son por obligación del SENASA: “A nivel sanitario se desparasita, se les da mineralización”. Pablo, su compañero, cuenta que esta baja aplicación de pichicatas produce huevos exquisitos con la yema naranja y pollos más que sabrosos. “Quizás no es tan bello a la vista como lo que se compra, pero sí más rico y más sano”.

La foto de Pergamino no muestra este tipo de experiencias, que se configuran como el otro frente al modelo sojero impuesto tanto para el campo como para la ciudad . Sin embargo, cada vez más otros se animan a crear experiencias propias y colectivas, y con el tiempo y la acción van dejando de ser marginales. Un día las generaciones del bachillerato crecerán, los artistas de Patas Arriba habrán socavado la sensibilidad de un pueblo, y quizá haya más productores como Leo, como Vicky, que demuestren que es posible vivir y producir sin agroquímicos. Habrán pasado años, muchos para la vida de cualquiera mortal, pero muy pocos para un movimiento que está emergiendo con propuestas nuevas y creativas. Entonces el campo y la ciudad serán otros. Entonces los otros no serán más otros: serán el futuro.

“Gracias a los y las que pusieron el cuerpo”

Celebramos la primera graduación de estudiantes del bachi popular trans Mocha Celis. En la senda por la inclusión y la visibilización desde la escuela.

“Queremos agradecer a los y las compañeras que pusieron el cuerpo estudiando”.

Dice alguien, en un video.

“Cada vez que vamos, es un día menos de poner el cuerpo en una esquina”.

Dice alguien, en persona.

Abel-Francois Villemain es un tipo que vaya uno a saber quién carajo es. En Wikipedia algo dice de él, pero, la verdad, a quién le importa. Algún académico dirá que en Argentina es un tipo importante, pero la verdad es que ni cruzó los Andes ni fue un delantero que hizo un gol en el último minuto de un clásico. Pero acá tiene cierta fama: Domingo Faustino Sarmiento arranca “El Facundo” citando una frase de él en francés que los pibes del secundario nunca entienden porque, claro, está en otro idioma. Pero, para 1845, en Latinoamérica, citar a un francés, seguro, era un elegante símbolo.

Sarmiento por el MOCHA CELIS.
Sarmiento por el MOCHA CELIS.

En la entrada del Palacio Pizzurno, donde funciona desde 1903 el Ministerio de Educación –en realidad, antes se llamaba Consejo Nacional de Educación-, hay, a la derecha, un cuadro de San Martín y a la izquierda uno de Sarmiento. Unos pasos más adelante hay, también, un busto de yeso de Sarmiento, parecido al que hay en miles de patios de escuelas de Argentina. Unos pasos más adelante hay un cartelito donde está la imagen, también, otra vez, de Sarmiento.

Para llegar al Salón Blanco del Palacio Pizzurno hay que subir al segundo piso. Cuadros, arañas colgadas del techo, detalles en dorado y columnas con relieve conforman el establishment estético de la sala. A priori. Porque en un costado, en un banner gigante, aparece, otra vez, Sarmiento, pero de otra manera: con rulos amarillos, con los labios pintados con rouge rojo y con los cachetes maquillados con un redondel rosado. Sarmiento, otra vez, es un símbolo: está por arrancar la ceremonia de la primera entrega de diplomas a las y los y les egresadxs del Bachillerato Popular Trans Mocha Celis, una institución educativa creada autónomamente el 11 de noviembre de 2011 (11/11/11), primer bachillerato popular para personas travestis, transexuales y transgénero –aunque, claro, es abierto a cualquiera que quiera terminar sus estudios-, que funciona en la Mutual Sentimiento, en Lacroze 4181, quinto piso. La imagen es divertida y es el símbolo de esta institución educativa que hoy tiene la primera promoción en “perito en el desarrollo de las comunidades”. La imagen ridiculiza a Sarmiento.

Pero, perdónenme que lo diga: lo único verdaderamente ridículo es volverse un busto de yeso o poner frases por quien las diga.

Acaso, esta sociedad ya ha hecho demasiado daño analizando, primero, cómo vive y expresa cada uno su sexualidad y, recién después, qué piensa de la vida.

***

Alma vivió en Plaza Flores: no en la zona, en la plaza. Cuando tiene que explicar para qué le sirvió ir al Bachillerato, teoriza algo que nadie espera: “Esto me dio fuerza en las palabras. El Mocha me enseñó a hablar y, desde ahí, a no recurrir a la violencia para resolver todo lo que nos excluye la sociedad. El estudio es la mejor manera de salir de la plaza”.

Imágenes: Sol Avila G.
Imágenes: Sol Avila G.

Lohana Berkins, fundadora de la Asociación de Lucha por la Identidad Travesti y Transexual (ALITT), brillante teórica de un tema en el que la sociedad acumula burradas por ignorancia o por fascismo, teoriza todavía más: “Hay que discutir por la calidad del derecho. Cómo se puede ejercer un derecho sin saberlo”.

María Rachid, legisladora, teoriza más: “Esto tiene que funcionar como mínima reparación ante tanta exclusión de décadas de parte del Estado. Esto no es un parche como la pensión. Esto es inclusión”.

En el Salón Blanco, hay familias emocionadas que lagrimean y aplauden, como en cualquier lugar de este país, y probablemente del mundo, frente a otro familiar que se gradúe. Las pibas que van a recibir sus diplomas se sacan selfies, se dicen potra y se elogian los vestidos. Un señor barrigón le dice a otro: “Qué garrón son las entregas de diploma, siempre duran una eternidad”. Todo a la justa medida de una típica fiesta de graduación. El que entra al salón, claro, se va a emocionar y se va aburrir, a la vez, como pasa en cualquiera de estos casos.

Pero esa no es la discusión.

Las y los y les –el uso del les se corresponde con el uso del Todes, que es una denominación que se utiliza en el Bachillerato, según cuenta el director- alumnos y alumnas y alumnes de primero, segundo y tercer año del Bachi Mocha Celis, con su graduación, discuten en lo que parece un sencillo acto algo que es determinante: entrar o no entrar dentro de la cobertura del Estado, que es una forma de entrar o no entrar al hecho de ser ciudadano. Esa no es un visión de este texto: curiosamente, con visiones de lo más fascistas, Sarmiento escribe en su obra El Facundo sobre esto mismo, quién entra y quién no en el Estado argentino.

Porque acá, como dice el director de la escuela, se está en la ceremonia de graduación de una “escuela con otras lógicas políticas, pedagógicas y emocionales”. Porque acá, como también dice el director, se está discutiendo que “nadie le robe la infancia a nadie”. Porque acá se está lejos de eso que alguna vez dijo algún medio sobre este Bachillerato, que era un lugar donde se enseñaba a ser travesti.

Históricamente, la escuela es el lugar donde la gente se construye como gente y la sociedad se edifica como sociedad. El 60% o 70% -la cifra es poco precisa porque no existen cifras formales desprendidas de los censos sobre la cantidad de personas trans en Argentina- de los y las trans en Argentina no terminaron el secundario. El 80% ejerce la prostitución y, la mayoría, si pudiera dejarla la dejaría. Desde 1993, en Argentina, según la Reforma de Eduación de ese año y de la Ley Nacional de Educación de 2006, la escuela secundaria es obligatoria. 12 millones de estudiantes abarca el Ministerio de Educación –según palabras de Alberto Sileoni, ministro de Educación, presente en el acto-, pero ni el propio Ministerio de Educación tiene idea de cuántos alumnos de esos sufren discriminación por su orientación sexual y/o identidad de género. Claro está, esto es un Bachillerato Popular, no una escuela literalmente del Estado.

Festejo al egreso.
Festejo al egreso.

Se repite: la escuela secundaria es obligatoria.

Se agrega: el artículo 14 de la Constitución Nacional dicta: “Todos los habitantes de la Nación gozan de los siguientes derechos conforme a las leyes que reglamenten su ejercicio; a saber: de trabajar y ejercer toda industria lícita; de navegar y comerciar; de peticionar a las autoridades; de entrar, permanecer, transitar y salir del territorio argentino; de publicar sus ideas por la prensa sin censura previa; de usar y disponer de su propiedad; de asociarse con fines útiles; de profesar libremente su culto; de enseñar y aprender”.

A veces, muchas veces, las leyes son solo leyes que pocas veces se aplican.

¿Qué quiere decir que no se aplican?

“Muchas chicas dejaron de venir porque cuando se tomaban un subte o un colectivo las agredían o las discriminaban y, si no tenían plata para un taxi, les costaba moverse por la ciudad. Por eso, dejaron. Mi recomendación es que se animen, es que tenemos derecho a ejercer nuestros derechos, es que no nos tienen que privar de lo que nos pertenece”, dice una de las pibas que se egresa.

Y en esos momentos, ¿dónde está Sarmiento para ocuparse de que realmente los derechos se cumplan?

En esos momentos, es de yeso.

Un Mariano Acosta para el recuerdo

Esas baldosas que dan color en medio de la monotonía grisácea de cada vereda, esas que recuerdan desde el lugar mismo de donde fueron arrancados los detenidos, desaparecidos o asesinados. Fue el turno para la comunidad del colegio Mariano Acosta de pleno corazón porteño. Allí estuvimos para contártelo.

El lunes 14 de mayo pasado la organización “Barrios por la memoria y la justicia” dejó una nueva huella en el camino que transitan por mantener vivos a aquellos hombres y mujeres, jóvenes también, desaparecidos por el terrorismo de Estado de la última dictadura. Se trata de un grupo de vecinos que se juntan semanalmente en representación de cada uno de sus barrios. Se reúnen después de sus trabajos, laburan apoyados en un compañerismo sentido y se manejan a pulmón. Su tarea y objetivo es colocar baldosas a lo largo y ancho de todala Capital Federal en aquellos lugares específicos donde fueron secuestradas, para luego ser asesinadas, personas durante la década del ´70. En este caso fue el turno de la  Escuela Normal Superior N°2 Mariano Acosta, uno de los establecimientos educacionales que más víctimas tiene en manos de la A.A.A. y los militares. 35 jóvenes, cada uno con su nombre, hoy son parte de las veredas del lugar que los vio estudiar, militar y crecer.

Nora es una de las integrantes del grupo de Balvanera, junto con sus compañeros nos explicaron la importancia de su trabajo. Ellos mismos diseñan y consiguen los materiales para hacer las baldosas, tienen un objetivo y una razón muy claros: “Tratamos de salirnos del concepto global de treinta mil desaparecidos. Entendemos que cada uno de esos miles era una persona, con sus nombres y con sus historias. Nosotros reconstruimos esas historias, identificándolos, conociendo sus apodos. La baldosa es poner nuevamente en la calle, presentes y caminando, a todos los compañeros que durante o antes de la dictadura fueron secuestrados y desaparecidos. Volver a tener en la Ciudad sus pasos, para que la memoria esté fresca, quienes pasen los van a ver ahí.”

El acto se reprodujo en las puertas del Mariano Acosta, los oradores se repartieron entre profesores actuales y autoridades. Los saludos y las adhesiones llegaban desde todas las organizaciones de derechos humanos, incluso varias Madres de Línea Fundadora se acercaron en persona a presenciarlo, entre ellas Nora Cortiñas. Luego llegó la hora de los integrantes del Centro de Estudiantes quienes dijeron estar orgullosos por el crecimiento de su escuela y aseguraron que la mejor forma de reivindicar a los desaparecidos es a través de la lucha activa: pedir becas, mejoras edilicias, inaugurar nuevos espacios.

Por último fue el turno de las palabras de un ex compañero de algunas de las víctimas: “Muchas veces nos preguntábamos qué pasaría el día de mañana, qué dirán los chicos de seis años que vengan a cursar a la escuela y encuentren las baldosas con los nombres de nuestros queridos compañeros. Sabrán que fueron quienes lucharon por la educación publica, conviviendo con el terror y la ignorancia de aquellos tiempos, que lucharon para que de este colegio hayan podido salir grandes maestros y profesores comprometidos con la enseñanza”.

 

Festival de Cine BAFISU

La Sala Alberdi, histórico espacio cultural, se sigue consolidando como espacio de lucha y resistencia frente a la avanzada-retardada macrista. Esta lucha que ya lleva casi seis años (cuando llegó la primera orden de desalojo) atraviesa sus momentos más álgidos desde el 2010, con el cierre definitivo de la Sala y el comienzo de la “toma y autogestión” por parte de alumnos, ex – alumnos, docentes y amigos, que tiene como principal objetivo hacer cumplir el fallo judicial que obliga al gobierno de la ciudad a reacondicionar y reabrir las puertas de la sala. Ante los golpes, amenazas y visitas intimidatorias de empleados de la Dirección General de Enseñanza Artística del GCBA y personal policial, desde la Sala se defienden con el arma que mejor dominan: el arte. Con espectáculos, seminarios, cursos y talleres a la gorra, incentivan la participación y la creación colectiva.

Del 1 al 10 de mayo, nos invitan al Festival de Cine BAFISU a realizarse en distintos espacios de cultura autogestiva de la Ciudad de Buenos Aires

“Hay fisuras en todos lados.
Hay fisuras en la calle durmiendo, tomando un vino, o fisuras que se toman un vino para dormirse sin frío.
Los edificios tienen fisuras, los baches son fisuras en el asfalto y los años nos hacen pequeñas fisuras en la cara.
Hay políticas con fisuras e ideas fisuradas; el sistema está fisurado.
Las fisuras son el primer símbolo de la decadencia de las cosas pero a la vez son un espacio por donde atravesar las cosas.
Un lugar por donde cambiar el sistema, conscientizar al sujeto político, social, cultural y hasta ético que nos proponen desde el Estado.
La fisura es un espacio para ir “más allá”, un espacio de transición.
Por eso, te invitamos al BAFISU, el Festival de Cine de los espacios recuperados. Te invitamos a que traspases con nosotros la política cultural del PRO, a que traspases esa fetichización del cine que convierte a las imágenes en un producto, el snob marketing.”

La sede principal del BAFISU es la propia Sala Alberdi (Sarmiento 151 6to piso), pero también participan las organizaciones La Gomera (Quinquela Martín 1795), Asamblea de Villa Urquiza (Triunvirato 4778), Compadres del Horizonte (Combate de los Pozos 1985) y Hagamos Lo Imposible (Casa José Martí, Senillosa 2092).

La programación, los horarios y los lugares de proyección:
www.teatrosalaalberdi.com
sala.alberdi@gmail.com
FB: Sala Alberdi [Toma y Autogestión]
Tw: @salaalberdi