El Muro ahora vive en cada cabeza

La Berlín del siglo XXI estalla en cada noche entre desencantos y anfetas. El peso de la historia condiciona cada rincón aunque muchos ni lo noten. La juventud lucha, por encima de la Policia, por convertirse en la política de la calle. Un furioso flash por la realidad de la capital alemana. 

“Están los que se rompen la cabeza de noche y al otro día se levantan y se ponen el traje y van a las empresas y son los mejores. Están los que no se rompen la cabeza y están obsesionados con estudiar y con volverse los mejores. Y están los que se rompen la cabeza y no sirven para nada más”.

Una piba con un culo bonito desafía a la metáfora: mueve realmente hasta las uñas de los pies. Su cuerpo late eléctricamente en una gran caja de lata con paredes graffiteadas que se encuentra por debajo de las vías del tren. En Berlín, a eso le llaman boliche.

El piso del lugar baja y sube como si se tratara de un terremoto. De a ratos, las sirenas que funcionan como melodías dentro de la música electrónica hacen creer que, en serio, está sucediendo un desastre natural. Aún así, eso no es lo que preocupa. Ella baila ahí delante, como una princesita que merece un buen cuento, pero nadie la mira. Todos están en su mambo.

La mañana siguiente, Roger, un francés devenido en español, devenido en alemán y -próximamente- devenido en argentouruguayo, realiza esa clasificación social, que no goza de mayor criterio que el de la experiencia. La noche anterior, un jueves, el boliche reventaba de pibes, de pibas, de bailarines, de diyeis, de botellas, de pastillas y de una cantidad de drogas que servían como justificativo frente a tanto movimiento frenético. Mientras, los diarios cerraban sus ediciones contando cómo del resto de Europa le piden a Alemania que los rescate económicamente. Anunciaban que Ángela Merkel estaría al día siguiente en Berlín porque el Parlamento iba a cesionar en el Reichstag, el mismo edificio que quemó Adolf Hitler, que la Segunda Guerra Mundial destruyó a bombazos y que obsesionó a Joseph Stalin. Esa mañana, también, un periódico avisa desde un editorial que, delante de nuestros ojos, está funcionando el Cuarto Reich.

Una guía española que vive allí hace tres años comenta que en Berlín han llegado a hacer 37 grados, pero resulta difícil creerle. Hace un frío de cagarse. Pero la cortina de nieve que se sucede en las ventanas sirve para la pregunta: ¿cómo pudo una ciudad que en los últimos cien años vivió dos Guerras Mundiales, una República acéfala, pobreza, hiperinflación, el Nazismo, Hitler, vecinos asesinados, condenas morales, una repartición del terreno, ingleses, franceses, soviéticos, yanquis, un muro, dos muros, tres muros, cuatro muros y la caída de esos muros, volverse el eje de un imperio económico, si la mayoría de sus pibes salen de noche y se rompen la cabeza?

O: ¿cómo hacen todos esos pibes para no romperse definitivamente la cabeza viviendo en una ciudad que otra vez es el eje de un imperio y que tiene una carga histórica de la que ellos, definitivamente, no son responsables?

A cinco cuadras de la avenida Karl-Marx-Allee, que en tiempos del sovietismo se llamaba Stalinist boulevard, queda en pie la parte más larga del Muro de Berlín. A definición enciclopédica de manual de geografía: se trata de 1800 metros de piedra que se elevan a espaldas del río Spree. Pero los diccionarios siempre fueron injustos. Ese pedazo es hoy el lugar donde nacen los gritos de la juventud berlinesa. Es un corazón que reparte arterias por toda la ciudad. Es el nacimiento de la plaga: los graffities, el facebook del piberío.

Apenas hace falta caminar tres pasos en el Muro para ver una pintura que te pega un cachetazo. Es el segundo de los murales. Una bandera alemana se despliega por toda una pared y en el centro marca una grieta: en el medio del amarillo, negro y rojo se posa una Estrella de David. La misma de Israel. La misma que te avisa: en esta galería de arte a cielo abierto, no vamos a negar nuestra cruel historia. Es más: vamos a tratar de saldarla.

Aunque esta sea la parte más grande del Muro, los graffities no se reducen sólo por allí y han copado toda la ciudad. La Policía tiene la orden de detener a cualquiera que vea pintando una pared. Semanalmente, hay casos y casos de detenidos. Pero nadie frena. Los pibes que caen, en su gran mayoría, tienen entre 25 y 20 años. Lo que quiere decir que nacieron o en el comienzo del final de la URSS o, directamente, después -el Muro cayó en 1989, la Unión Soviética se terminó en 1991-. Lo que quiere decir, también, que se volvieron jóvenes veinte años después de que eso se sucediera. Lo que quiere decir que son la historia, pero no lo son. Y que, en eso, el miedo a la represión, por ahora, les queda lejos.

Los graffities tienen sus propios códigos. Son un arte y, como todo arte, tiene su pensamiento. Por eso, está mal visto que aparezca, simplemente, una frase pintada. El concepto tiene que ser el de la elaboración: no alcanza con escribir “Queremos ser libres”, sino que hay que diseñar -como sucede en una pared del Muro- un cuadro en el que muchos dibujitos intentan romper las esposas que atan a un dedo gordo al que sostienen, a la fuerza, elevado, diciendo que todo está bien.

Cuando no todo está bien.

O, al menos, eso es lo que expresa la política de la calle, como la denominan los gurúes del movimiento graffitie.

Porque en la competencia con la Policía, la disputa es la del desafío. “Pintamos cuando no nos ves y, a veces, pintamos para que nos veas”, dice uno de los tantos artistas anónimos, que aprovecha, además, los agujeros de un país que ha tenido que cimentar, a fuerza de la historia, un Estado que evite la represión a la expresión. Una que puede dolerle demasiado al corazón de este gobierno: hace unos años, un grupo de graffiteros pintó, en el epicentro de negocios de Berlín, un pedazo de Muro que dice: “The next Wall to fall is Wall Street” (“El próximo Muro que tiene que caer es el Wall Street). Uno que generó frente a la mirada de Barack Obama, quien llegó al país en esa misma semana, un espanto.

El segundo de los métodos más populares de expresión es la música electrónica. Berlín es considerada la capital de este género musical, que explota en discos poco parecidas a las sudamericanas. Subsuelos, lugares oscuros, paredes pintadas con graffities y luces flúo son la escenografía de esta fiesta extraña. Que va a toda velocidad. Que, por el ritmo musical, exige un desarrollo físico cansador. Que, por la adrenalina, pide más adrenalina y, en eso, más combustible: cerveza, shots y, sobre todas las cosas, drogas de diseño. Éxtasis.

“Preocupa el crecimiento del consumo de estupefacientes”, anuncia el diario Der Tegesspigel, en una nota que llega a las casas de madres que se preocupan por sus hijos. Lejos de la inseguridad, el insomnio de los padres pasa por entender por qué los métodos para llegar a la diversión son esos. El de los gobiernos, por comprender -o por temer- de qué se evaden los jóvenes que circulan todas las noches de la semana por discos donde se rompen la cabeza con pastillas.

Y con música que aturde. Que, por su estilo, obliga a la soledad. A esa soledad en la que está la piba del culo bonito, que se mueve sin que nadie la mire, bailando sola, pero sin sorprenderse por eso. Quizás, incluso, a gusto con eso.

Quizás, dentro de lo poco que pudo elegir, ella elija eso.

Yo no soy invisible

Yo soy Ernesto Martínez y me asesinó la policía en Lanús. Era un pibe común hasta que me volví una víctima más del gatillo fácil. Mi muerte hubiera sido un plan perfecto, pero zafó de las balas Santiago, mi mejor amigo, que vivió para contarlo. Fui pobre y me mataron por serlo. En vida, nadie me escuchó. Pero no pudieron silenciarme.

 

La voz de Santi

 

Todavía no tenemos los nombres de los policías. La salita no tiene los medios para darle vida a un pibe que llega en ese estado. Los tipos sabían y ahí nos llevaron. UPA (Unidad de Pronta Atención) se llama. No da esperanza el nombre. A Ernes lo dejaron ahí. A mí me llevaron al hospital Gandulfo por la herida en el brazo. Capaz que si hacían 20 cuadras más, lo llevaban al hospital y lo salvaban.

***

La voz de Ernes

Que es un barrio privado, privado de todo ya lo dijo Maradona. Que acá la cana hace lo que quiere no lo dijo nadie, pero lo sabemos todos. Diego hizo una cancha acá en Fiorito frente a mi casa. El césped se lo llevaron los campeonatos que jugamos. La pintada del fondo la hicieron mis amigos: “Herne, amigos por siempre”. Desde chiquito, en lo de Santi, Rubén, el padre nos enseñaba a manejarnos con cuidado. Nos miraba y decía cosas que ahora entiendo. A él le daba los lujos que podía.

Nos criamos acá en la calle. Nos fascinaron siempre las motos. Las veíamos pasar desde la cancha y nos imaginábamos cuando corriéramos por todo Lomas y Lanús. A las pibas les gustan.

Vimos cómo tomaban terrenos, cómo nuestros tíos, nuestros hermanos, nuestros amigos empezaban a cartonear. Todo por tener algo nuestro. Y llegamos a hacerlo. A Santi, Rubén le compró una Yamaha YBR. En el medio conocí a mi mujer, quedó embarazada. Cuatro meses y una felicidad enorme, muchos planes.

***

La voz de Santi

Arrancamos a las 21 ese jueves 28 de febrero. Salió de la casa, nos juntamos en la esquina. Nos sacamos unas fotos, como siempre que podíamos. Éramos seis, siete. Y media agarramos la moto y dimos unas vueltas por Lomas. Siempre andamos por todos lados. A veces me levantaba y lo iba a buscar. Un par de cuadras antes del cementerio, las más escondidas, un chabón se bajó de una EcoSport. Me parece que era policía porque no dijo nada y empezó a tirar. Plá plaplá. Plá plá. Estaba solo. Después empezó la persecución de la Hilux de la policía, cuando veníamos para acá, para zafar, buscando luz, derecho por Hornos desde el cementerio. El patrullero nos empezó a tirar. Yo venía levantando las manos hasta que me pegaron el tiro en el brazo. Yo le decía a Ernes: “Acelerá, acelerá”. Seis, siete cuadras levantaba las manos y ellos seguían tirando. Si frenaba, nos iban a matar a los dos. Aceleramos, la Hilux tiró a rebaje y lo encalzó. Ernes lo esquivó y ahí nos tiró como seis corchazos. A mí me dieron en el brazo y a él le cruzó de lado a lado. A la media cuadra se dio cuenta de que le habían dado. Ya le estaba faltando el aire, se empezó a desvanecer y me pidió que no lo dejara. Yo lo puse en el tanque y con una mano aceleré cinco cuadras hasta que nos caímos. A él lo dejaron como 20 minutos ahí. A mí me empezaron a pegar. Ni sentía las patadas. Quería levantar a Ernes y llevármelo. Eran tres. Dos chabones y una minita. Pidieron refuerzos. A la minita la conozco re bien, me fue a cuidar al hospital, todo. Ahí se llenó de gente que les decían: “¡Lo están dejando morir!”. Me llevaron a la salita.

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Imágenes: NosDigital

El de adelante lloraba.

-¿La moto es legal o trucha?

-Legal.

Y lloraba:

-¿Y por qué corrían?

-Y si venías tirando.

De ahí, a mí me trasladaron al Gandulfo.

Tiros y tiros y tiros tiraban ellos. Sonaban plá. Ninguno era de gomas. Acá en los barrios marginales casi no usan balas de gomas. La comisaría de Fiorito ese mismo día, la cana mató a un pibe de un tiro en la cabeza. Tiraban desde la derecha y la minita de atrás. Los que nos dieron a nosotros eran de la 7ma dependencia, de Centenario, que es un descontrol. Yo caí una vez y me rompieron todos los dientes. Yo tenía 16 años. Me tendría que haber ido a las 12 y me fui a las 4. Cuando mi viejo pidió verme, a mí me estaban pegando. Lo dejaron verme por una rendija mínima.

-Andá verlo allá.

-No. Lo quiero ver, lo quiero ver bien.

Lo sacó matando.

-Ahora no lo ves nada. Salí para afuera

Indignante cómo te tratan.

A mí me pegaron una banda, no uno solo. Me quisieron quemar, pero como tiró toda junta, yo la esquivé y zafé. En esa comisaría te re verduguean.

***

La voz de Santi

Son gente como nosotros… No tienen corazón. Cómo no me van a dejar verlo más que por una rendija. ¿Y si estaba mal? Yo digo que se manejan por portación de cara. Si sos negro, feo, no valés. No somos dignos de nada.

Claro, yo le pregunté a Santi por qué no pararon.

-Si yo levantaba las manos para que no tiraran y seguían. Lo cargué en el tanque y seguían tirando. Qué voy a parar. Yo quería llegar a donde hubiera luz, ahí en el cementerio no hay nada. La gente salía a la calle. Lo mataron re mal.

Y es verdad. Porque acá no buscan a los que traen droga, que es lo que mata. Hay chicos que son muertos vivientes. Los de arriba no miran lo que realmente está matando. Si ni en la puerta de mi casa puedo dejar la moto porque vienen y me piden los papeles. Yo no conocí muy bien los tiempos de la dictadura, pero los pibes no pueden salir ni a la puerta de la casa. Tenemos miedo de que nos lleven. Estamos viviendo en un  país democrático, donde creo yo que somos libres. Y nosotros no tenemos esos derechos. Todos los días pago los impuestos y no tenemos derecho ni siquiera a hablar, a hacer una denuncia porque no sabemos si la policía hace algo o no. Todo porque vivimos de las vías para acá. Somos marginados. Eso, en una palabra: somos marginados. Para colocar un teléfono, somos zona roja. Entonces, la pucha, quizás porque no tenemos estudios, porque comemos lo que podemos comer. No hay derecho. Todos somos seres humanos. A veces prendo la tele y veo que la presidenta habla de la juventud que es la base del país. Habla de la juventud de ellos porque la nuestra no tiene derecho a andar en pantaloncito corto, a andar en moto, a usar gorra. El que la hace mal la tiene que pagar, pero acá el problema es usar gorra. Estamos cansados de siempre ser nosotros los que ligan los palazos.

Nosotros nos juntamos para pelear por la justicia de Ernes, por nuestra dignidad. Estos policías están trabajando y mañana pueden cometer el mismo delito, total ¿Quién les dice algo? Un pibe más… Todos los días, un pibe más. Parece que no somos dignos de nada.

Y los profesionales nos dicen: “Encima que tu hijo fue a delinquir, ¿vos lo premiás con una moto?”

A veces es fácil hablar cuando tenés la teoría. Sabés qué difícil cuando tenés un hijo rebelde, por ejemplo en la escuela. “Seguro que hay problemas en tu casa”. Ese chico puede ser un hombre de bien. Si hace algo, lo marginan. Yo no soy dueño de la vida ni nada. Ellos se creen que sí.

***

La voz de Rubén

Gatillo fácil en Lanús.
Gatillo fácil en Lanús.

Por el frente de mi casa pasan autos raros, dos Kangoo, que nunca vimos por acá. No sabemos quiénes son. “Tirarte contra el poder es como tirarte contra la mafia. Uno siempre tiene el temor de que pase algo raro. Por eso no queremos que le saquen fotos”, le digo a Santi para que no salga, para cuidarlo.

Esa noche misma que pasó lo de Ernes, cuando notificaron que, bueno, que el Ernes estaba muerto, los pibes se vinieron para acá. La cana apareció en la esquina y los sacaron matando. Se tomaron el vituperio de que uno está de duelo. ¿Qué quieren hacer? ¿Atemorizar? Ni siquiera tuvieron respeto. Vos imagínate que la gente está herida. Se podía armar cualquier cosa: está la bronca, el dolor. Es una provocación. No lo veo bien yo por esa parte.

***

La voz de Ernes

Caio, mi hermano, habla poco. Escucha que la yegua relincha y se preocupa. Está atada a la reja y la puede llegar a romper, pero está ocupado tratando de difundir lo que me hicieron. Nuestro cuñado, Jorge, está en el Movimiento de Trabajadores Excluidos. Está dando una mano enorme en la movilización y conseguir abogados. Caio le acepta la propuesta por Nextel: “¡Tenemos que hacer una comidita, eh!”. Gracias a Jorge ahora tenemos abogados en la causa. Rubén, cuando Santi cayó en cana el año pasado tuvo que vender el auto para conseguir un abogado que lo defendiera bien. Ahora que la otra parte es la cana, que tiene mi homicidio encima, tendríamos que vender la casa si no nos dieran una mano.

Saben que yo no tenía armas. Mis hermanos tienen la verdad. Se lo dijeron los pibes. “Aunque mientan ellos, van a tener que entregar al que tiró en algún momento. La mentira tiene patas cortas. Sabemos que la van a pagar”, dice ahora Caio. Pero mientras le saca tiempo de laburo, de descanso. La primera semana ya estuvieron dando vueltas con quién va a agarrar la causa. Parece que está definido, volvió a menores. El secretario de fiscal de menores nos dijo: “Pasa al de mayores, porque está comprobado que el que tiraba era el mayor. Al menor ni siquiera lo podemos retener porque en la investigación es como que no tiene nada que ver. No tenía pólvora en las manos”. ¡La dieron vuelta! A ellos hay que investigarlos. Y todavía no sabemos qué hicieron cuando estuvieron solos con mi cuerpo.

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La voz de Caio
Por eso fuimos a presionar, a hacer un escrache a la comisaría 7ma. Estaban todos metidos adentro porque sabían que se habían mandado una cagada. Infantería estaba afuera. Estaban también los de la 5ta, la de Fiorito. Son todos ñieris. Logramos llegar hasta ahí de buena manera, hablando y diciendo que no íbamos a hacer quilombo.

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La voz de Rubén

-Esto a nosotros nos afecta, porque no todos somos malos. Nos afecta a los policías que queremos hacer bien las cosas.

-Si ustedes tuvieran esa mentalidad, los de abajo suyo van a hacer bien las cosas. Esos asesinos siguen trabajando. Tienen acceso a lo que se les canta. Yo no voy a negar que hay policías buenos, pero evidentemente algo más grande funciona mal. ¿Por qué siempre mueren pibes pobres?

Las palabras no se cortan con un bisturí

Al presidente del Centro de Estudiantes Azucena Villaflor lo torturaron. Pero el problema no pareciera ser que lo hayan golpeado y marcado con un bisturí: el quilombo es que espacio de estudio queda en la Unidad 48, que depende de la Universidad de San Martín. De los detenidos que estudian, sólo el tres por ciento reincide. De los que no, el cuarenta. Aún así, quieren cerrarlo. Y, antes, destruirlo.

Soy Braian, me dicen Cuni, pero podría ser Rubén, Kevin, Carlos… Lo que hubiera cambiado algo es que no fuera varón, pobre y joven. Así, soy uno más, algo más, algo. Cuento la historia de compañeros de la Unidad 48, pero podría ser de la 1, la 45, la 47. En la 48 hay un Centro Universitario que depende de la San Martín. Parece que por poco tiempo más. Lo crearon en el 2008, por un acuerdo con el Servicio Penitenciario Bonaerense. Al mismo tiempo se fue formando el Centro de estudiantes Azucena Villaflor y surgieron algunos talleres extracurriculares.

Pero claro, algunos no podemos estudiar. Los penitenciarios eligen quién sí y quién no. Hay un carnet de estudiantes que te sacan en cualquier momento. Si alguien quiere saber cuántos estudian, quiénes estudian, no pueden. Lo que se sabe es que el tres por ciento de los que estudian en la cárcel reinciden en delitos. De los que no estudian, el 40.
Pero insisten en que lo que puede ayudar es que nos caguen más a palos. Y nos siguen cagando a palos. Y nos amenazan. Y ya no solo no nos dejan estudiar, también se proponen destruir el Centro. Quieren que sigamos siendo depositados en jaulas, que repitamos la historia de nuestros viejos, que no podamos empezar a ser nosotros quienes los observan a ellos. Puedo dar algunos nombres de los que cayeron cagados a piñas por guardiacárceles o por banditas habilitadas por ellos. Hasta les arman facas para que se maten mientras ellos miran. Juan Romano Verón, Patricio Barros Cisneros… Cuando la “Justicia” los reconoce asesinos, no los busca.

Nos verduguean si escuchamos cumbia todo el día en el pabellón y cuando nos anotamos a estudiar para al menos hacer otra, para no verles las caras, porque ellos no pueden entrar al Centro, no nos dejan.

En la U48, nos pasó que, corta, le dijeron a Gabriela Salvini, la directora: “Mire, señora, esta jefatura se va a ir de esta Unidad, pero antes vamos a destruir la Sede, y a todos esos subversivos de mierda que están ahí”. A Pablo Palmisano, el Vocal del Azucena Villaflor, lo llamaron a declarar por una denuncia que hizo contra el SPB. En el camino, lo subieron a una camioneta, lo forrearon. Subirse a una ya es una duda constante sobre lo que pasará. Si encima te dicen que te van a matar, te lo dicen otros internos, te describen cómo, te cuentan historias que ya escuchaste, que sabés que son ciertas, pero que te tienen a vos como protagonista… Justo, justo estos internos tenían un bisturí. Y eso que no hay carrera de Medicina todavía en el Centro Universitario… Y lo siguieron verdugueando todo el camino, lo esposaron contra la ventana… Y lo quieren mandar al Penal de La Matanza. Ya pasó que cuando los mudan, generan riñas, como de gallos, entre detenidos y dejan que maten al recién trasladado. Es fácil crear odios. Si te nombran a un familiar de afuera, a un hijo, a una novia… Ya te calentás. Si no te calentás vos, lo hacen calentar al otro…

Para colmo, cuando llegó a la Unidad 48, el jefe del Penal, Gandino, estaba ahorcando a un compañero, a uno de nosotros. Ya se sabe que hace eso, lo saben y sabemos todos. Es la idea… Pero esta vez, encima, decía que el siguiente era Pablo.

Así vienen las cosas. A algunos nos quedará salir a que nos nieguen laburo, reincidir, caer de vuelta presos, caer esa vez muertos, realimentar el odio, justificarlo. Otros compañeros se animarán a ponerse a estudiar, a poner en palabras lo que nos pasa, a hacer algo nuevo tienen que comerse esto. Seguir desapareciendo. Yo voy a seguir el camino de contar estas historias.

“El hombre es un ser político”

Para Claudia Piñeiro, la escritura es una necesidad vital, aunque el arte no siempre fue un universo posible. Hoy, tras numerosos premios y publicaciones exitosas, su nombre se volvió una referencia ineludible de la narrativa argentina. En encuentro con NosDigital, habló sobre el proceso de escritura de una novela, la difusión y las lógicas editoriales, y de su último libro, “Betibú”.  Por los intersticios de las palabras, se fue colando el género policial, esa lupa sobre las dinámicas de violencia que engendra cada sociedad, y sus particularidades en la región: “En la mayoría de los policiales latinoamericanos a los escritores nos cuesta encontrar la figura del detective o del policía. Porque sospechamos inmediatamente del policía. No vamos a creer que va a investigar y que nadie lo va a coimear”.

Foto: Alejandra López

Las chicharras cantan fuerte y el sol colorea los hombros en esta tarde de sábado, mientras algunas hojas se bambolean al compás del viento y doy los últimos tres pasos que me separan del timbre. “Uno camina por este lugar, a la sombra que dan sus árboles, oliendo el perfume de las flores y del pasto recién cortado, y puede soñar que nada malo le podría pasar estando aquí, detrás del muro.” Y sin embargo, escribe Nurit Iscar, protagonista de su última novela, en este paisaje bucólico “cuando la serenidad gana la escena y el espectador desprevenido al fin comienza a relajarse (…) la muerte irrumpe inesperada.”

 Y es que el country, comentará Claudia Piñeiro un rato después, cuando ya acomodadas en los sillones de su casa desmembremos juntas las minuciosidades del policial, funciona a modo de cuarto cerrado. “En el policial clásico venían Poirot o Dupin, y si esto estaba cerrado, y todos los que estamos acá somos los únicos que estamos, y aparece un muerto, entonces uno de nosotros lo mató.” El country, sostendrá ella, funciona de esta misma manera, “porque si es tan complicado entrar, si hay tanta gente vigilando por todos lados y sucede algo, ineludiblemente fue uno de los que estamos acá adentro.”

 Pero retrocedamos veinte, quizás treinta minutos, y regresemos a esta puerta, a la alfombrita que da la bienvenida y al timbre que suena una sola vez bajo mi dedo índice, porque los ojos de Claudia ya están invitándonos a pasar. Esta mujer de pelo oscuro y ojos que en las solapas de los libros no parecen tan claros, que se ríe con todos los dientes mientras cuenta que a partir de Las Viudas de los Jueves se convirtió para el mundo en una suerte de especialista en countries, mujer que después de esa novela escribió sin embargo muchas otras, y que con la última, Betibú, se animó a regresar a este espacio con el que se la vincula pero de un modo enteramente diferente, esta mujer, decía, nos invita a caminar junto a ella su extenso recorrido por el universo de las letras.
“Yo escribí siempre, desde que sé escribir escribo”, sentencia con seguridad, y en su boca esas palabras suenan a una verdad conocida de memoria. Cuenta que al terminar el secundario su intención era estudiar Sociología, pero como la dictadura había cerrado todas las carreras humanísticas, terminó optando por Ciencias Económicas, carrera que sus padres habían comenzado pero que ninguno de los dos había podido terminar. “En mi familia no había escritores, ni gente relacionada con el arte, entonces a mí no se me ocurría que fuera un universo posible dentro de la elección de una carrera, como que tenía que elegir una carrera, trabajar de otra cosa, y además escribir.” Claudia tiene la voz dulce y habla muy rápido. Teje con soltura la frase que busca y no vacila, con la seguridad del oficio, como si el sabor de cada palabra le resultara familiar.

Tras optar por otra carrera la escritura siempre continuó latente como un submundo necesario dentro de su vida, y se formó en múltiples cursos y talleres. “No era esparcimiento, en el sentido de que no lo hacía ni para divertirme ni para esparcirme, sino que era una necesidad vital, una cuestión ontológica.” Hasta que los dos mundos se reunieron, al menos parcialmente, cuando ella ya contaba alrededor de treinta años. “Me formé como guionista de televisión, y ahí encontré un lugar para trabajar de algo más relacionado con la escritura. Aunque en realidad lo que yo quería escribir quedaba en segundo plano, porque me la pasaba escribiendo todo el día y cuando llegaba a mi casa no tenía ganas de seguir escribiendo, porque había estado todo el día, y te quema la cabeza.” Mientras trabajaba como guionista de televisión, ya había podido publicar en España un libro para chicos. Y aquí Claudia hunde la mano en el bolsillo y desenvuelve la curva de un paréntesis: algunos se confunden con esa publicación, dice, y afirman que ella comenzó escribiendo para chicos. “En realidad no es así. Ocurre que para chicos se publica mucho más que para grandes, entonces muchas veces hay autores que publican para chicos antes, porque tienen la posibilidad de publicar. En una novela para adultos, en cambio, a lo mejor hay que esperar más tiempo.”

Corría el 2005 cuando Claudia, que ya había quedado finalista en concursos de las editoriales Planeta y Tusquets, y que ese mismo año había publicado Tuya, ganó el Premio Clarín con su novela Las Viudas de los Jueves. “Fue una oportunidad muy grande, básicamente para publicar, para que los lectores te encuentren y vos te encuentres con los lectores. Hay un montón de gente que está escribiendo y que no consigue cómo publicar, entonces un camino son los concursos.” Claudia destaca la importancia de estos premios como verdaderas oportunidades para el escritor, y aclara que son útiles tanto para autores desconocidos que desean publicar como para quienes ya poseen una obra, porque les brinda popularidad acercándolos con un gran número de lectores.

En este sentido, Claudia hace hincapié en señalar la importancia de la difusión en la obra del escritor. “El libro tiene que tener la posibilidad de que la gente sepa que existe. El boca a boca es muy importante, que se vaya contando. Pero que aparezcas en algún lado también te ayuda mucho. Si no, hay muchos libros que desaparecen inmediatamente. Están apoyados sobre el mostrador, y al mes siguiente fueron al estante y la gente ni se enteró de que salieron. Y a lo mejor valía la pena.” De ahí deriva la necesidad, en el circuito literario actual, de que el escritor transite por varios escenarios junto a su obra, cuestión impensada hace unos años, cuando la única imagen que se conocía del escritor era una foto pequeña en la solapa de un libro. Pregunto cómo se lleva ella con este tipo de exposición y su respuesta, por algún motivo, me sorprende. “Es siempre estar como rindiendo examen, en una exposición que para los escritores no es natural, porque nosotros lo que hacemos es escribir. Pero si vos sacás un libro y no hacés nada más, es muy probable que no vaya por los lugares por los que tiene que ir y que no llegue a los lectores. Es como que hay que apoyarlo.” Y aquí dibuja una pequeña pausa, casi llego a ver la idea que le cruzó los ojos y que ahora, mientras habla, le curva apenas la sonrisa. “O eso por lo menos nos dicen los editores. Entonces nosotros vamos y lo hacemos”.

Entonces esta mujer hunde la espalda en el sillón mullido y toma aire para hablar, ahora sí, de su escritura. Comento que en algún lugar leí que el puntapié inicial de sus novelas es por lo general una imagen. “Sí, en mi caso siempre hay una imagen que es la disparadora: aparecen unos personajes y empiezan a hablar entre ellos, se empiezan a mover, yo empiezo a entender quiénes son y me imagino más o menos hacia dónde van y cómo van a terminar. Después, como la escritura de la novela es tan extensa, van cambiando, y a veces ese final que yo me imaginaba no es el adecuado y tengo que ir hacia otro lado.” Esa imagen primigenia surge de algún recoveco que ella no busca comprender, y aunque Claudia valora el papel de esta suerte de inspiración a la hora de escribir, es ante todo una defensora del trabajo. “La posibilidad de una novela aparece por lo general inconscientemente, como un sueño. Pero una vez que aparece esa semilla, lo demás es mucho más trabajo que otra cosa. Es sentarse todos los días, trabajar todos los días, corregir. Sin trabajo no lo lográs, aunque en el origen de eso que vas a escribir haya probablemente algo de inspiración, algo de secreto, en el sentido de no saber de dónde apareció.”

Esa imagen inicial, cuenta Claudia, queda macerando en su cabeza el tiempo necesario. Hasta que no se transforma en una escena ella no comenzará a escribir. Esperará paciente, en cambio, dejando que las ideas decanten, que se consoliden, que esos personajes comiencen a moverse, hablen, planteen un conflicto. Entonces se largará la escritura, y el consiguiente desafío de comprender quiénes son y a qué problema se enfrentan. “Para mí, lo más importante de la novela son los personajes. La trama en realidad es una excusa para ver quiénes son ellos. Me parece que lo que uno hace todo el tiempo es poner a los personajes en situación de abismo. Les ponés una situación límite y ellos tienen que definir qué hacen. No importa si es alto o bajo, rubio o morocho, sino qué decisiones toma ante determinada situación límite.” El profundo trabajo en la construcción de los personajes se deja traslucir entre las páginas de sus libros como una investigación consciente, a través de los microcosmos latentes que definen el universo de cada uno. “Intento hacerlo no sólo para los protagonistas, sino también para los secundarios. Saber quiénes son, a pesar de que quizás en la novela no cuentes mucho de lo que sabés. Lo importante es que ellos no van a actuar de la misma manera si son una persona o si son otra. Si no, terminan siendo maquetas funcionales a los personajes principales. A mí me gusta que tengan una vida, aunque esa vida no haga a la historia.”

Cuenta Claudia que a partir de esa escena primigenia se inicia el proceso de escritura y que entonces, siempre, aparece en su historia una muerte. Recuerda que Rosa Montero le comentó alguna vez su creencia de que todo escritor ha vivido una experiencia temprana que lo acercó a comprender la finitud de la vida. Quizás tenga que ver con esto. Como sea, la pregnancia de la muerte y la consiguiente búsqueda de la verdad han tendido frente a nosotras un puente, que cruzamos gustosas para introducirnos de lleno en el universo del género policial. “Yo nunca me senté a escribir un policial en el sentido de: bueno, voy a encuadrarme en este género. Siempre sentí en las novelas anteriores a esta última, Betibú, que la trama policial estaba en un plano secundario con respecto a otras cosas que se contaban. Me parecía que eran novelas que tenían elementos del policial, pero no una trama policial lo suficientemente potente como para que uno dijera que son policiales.” En Betibú, en cambio, la intención fue desde el comienzo construir un policial, y que esa trama tuviera la misma importancia que las pequeñas historias de cada uno de los personajes. De todos modos, señala la autora, los géneros a la larga no son más que categorías colocadas a posteriori, sobre todo para poder ubicar el libro en el estante de la librería que mejor le corresponde.

Entonces Claudia desliza una pausa, y aprovecho para preguntar acerca de las particularidades del policial de acá, de Latinoamérica. Esta vez sí se detiene a masticar las palabras antes de responder, y esboza una distinción fundamental respecto a la figura del personaje principal. “En la mayoría de los policiales latinoamericanos a los escritores nos cuesta encontrar la figura del detective o del policía. Porque sospechamos inmediatamente del policía. No vamos a creer que va a investigar y que nadie lo va a coimear. Eso hace que muchos escritores terminemos buscando otro tipo de detective: un periodista, que es lo más típico, un escritor, un ama de casa (Tuya), o la mujer que maneja una inmobiliaria (Las viudas de los jueves). Siempre estás buscando algún otro que investigue y que cubra ese bache que la institución encargada deja libre.” Para la autora, por otra parte, otro componente clave del policial latinoamericano es un tipo particular de violencia, “mucho más visceral”. Claudia sostiene que cada núcleo social engendra un tipo de violencia diferente, y es imposible que esta no se filtre y engendre variaciones diversas en los policiales que se escriben en cada cultura (a modo de ejemplo, menciona el narcopolicial mejicano).

En este sentido, es posible repensar el atravesamiento político de la mayoría de sus novelas. Formulo la observación y Claudia, tras reflexionar apenas un instante, habla de la imposibilidad de omitir el propio ser-político al momento de escribir. “El hombre es un ser político y me parece que en el caso de la escritura eso se vuelve muy evidente. Esto no quiere decir que vos tengas que hablar de partidos políticos: yo puedo tener un montón de ideas políticas, sin necesariamente manifestar adhesión a un partido concreto. Es muy difícil que un escritor no muestre su cuestión política en los asuntos que a la sociedad le competen.” Y sin embargo, aclara, al momento de escribir ella busca conscientemente evitar bajadas de línea que operen como divisorias entre el bien y el mal. “Me parece que el escritor puede manejar la cuestión política a partir del punto de vista: yo propongo un punto de vista y a partir de él miro una situación.” Es decir, hay un ojo que mira y nos invita a mirar. Y a partir de esa situación que nos es desvelada somos nosotros, lectores, quienes tenemos la responsabilidad de formular nuestro propio juicio de valor al respecto.

No caben dudas de la especial relación con el lector que propone el policial, y quizás a esto se deba el profundo amor de muchos autores por el género. A Claudia no se le cae la sonrisa mientras explica que “se trata de una relación muy cómplice, porque el lector está siempre como mirando por encima del hombro del narrador para ver si se puede adelantar un poquito y descubrir antes que él qué es lo que sucede. Es un lector activo, que participa. Muchas veces el que está leyendo sabe más que los protagonistas y se preocupa, porque sabe que les puede pasar algo.” Y tiene razón. Quién no jugó alguna vez a saltear de dos en dos las páginas para llegar a la resolución del misterio, a leer la última frase del libro, a trazar múltiples hipótesis mientras caminaba entre las letras.

Los ojos de Claudia y yo nos despedimos en la puerta. La alfombrita que hace un rato largo me dio la bienvenida sigue justo donde la dejé, medio torcida, como susurrando un chau lleno de barro seco. Las chicharras no cantan, pero el sol ahora más bajo todavía calienta la piel. Camino entre los robles eternos de esta pequeña ciudad levantada entre muros de piedra. Voy con cuidado, claro. No sea cosa que, pensando en su próximo libro, esta mujer con piel de palabra haya olvidado algún cuerpo entre las hojas.

¿El estudio de la ciencia según la Policía?

Una simple recorrida por la Universidad de la Policía Federal, nada más. Una mirada ácida porque está cargada de palos, maltratos, detenciones arbitrarias, prejuicios y juicios de quienes hacen la inseguridad todos los días. Sin homogeneizar pero sabiendo que el chip del “botón” es uno sólo y se mete en este lugar.

Fotos: Nos Digital

No esperen que responda la pregunta de qué carajo enseñan en la Universidad de la Cana porque ni siquiera pude entrar a una clase. Voy a hacer lo que siempre quise hacer, que no es escuchar a un profesor de esta Universidad, que no es cursar una materia, ni siquiera entrevistarme con algún alumno… simplemente quiero entrar. Ver qué, cómo es la facultad por dentro pero también qué pasa. Pero no es sólo meterse a ver qué onda y si puedo criticar, mejor, sino entrar a un espacio inexplorado, desconocido, causar algún efecto literario que pueda compartir una experiencia, las sensaciones, las informaciones…

Tampoco es mucho lo que hay acá adentro, pará. Tampoco generé lo suficiente para llegar al Pullitzer. Me gusta pensar en la sencillez de las pequeñas escenas de la vida cotidiana, que dicen tanto… Es interesante la mirada inocente sobre un espacio desconocido que transcurre como si nada, como siempre, como si yo no estuviera… Es revelador, después de croniquear varios lugares, por ejemplo entablar patrones comparativos como: los baños.

¿Alguna vez te pusiste a pensar qué tan diferente pueden resultar las inscripciones de un baño de un boliche, de una facultad o las de un hospital? ¿Por qué las diferencias? ¿Qué nos dice el baño de la UBA de la UBA y el de la PFA de la PFA? Tampoco hagamos hablar a los baños, que no dicen de todo pero algo dicen, lo mismo que las paredes, y las personas, las edades, las vestimentas y las charlas también.

¿Pero viste como se puede inventar una crónica de la nada?

Aunque para mí, en el sentido simbólico de los detalles de la vida, pasó de todo.

Paso de largo el primer edificio, en el medio hay un estacionamiento con muy lindos árboles (¡un pino!) y plantas, y atrás la cosa sigue. Pasé de largo porque adelante estaba la recepción y si veían a un perdido íbanlo a ayudar – ni ayuda quiero: movimientos vírgenes-, y aparte para simular que era un habitué. Yo paso de una, papá, soy de la cana.

Atrás más aulas, otro estacionamiento y una “sala de tiro”. Hasta ahí no llegué. Ni en pedo.

El edificio donde estoy se nombra “Comisario Mayor Roberto Rodolfo Capello”. Es un edificio exclusivamente de aulas y aulas. Madera, mármol, vidrio. Dos baños, limpios. Un cuarto de “personal autorizado”.

De ahí sale una voz. Juro por el comisario Capello que alguien – palabras más, palabras menos – dice esto: El Sarmiento no tiene ventanas – Podés fumar cigarrillos, marihuana, lo que se te ocurra… (Se escucha un sonido como de aspiración, inentendible hasta la frase que sigue, que – se deduce- emula movimientos mímicos de estar fumando), ¡se queman los dedos!

– Se suben ahí, en Morón…

No se escucha más. Pasa una chica con cara de mala.

Otra chica y otra chica. Parecen ser alumnas, salen de algún aula. Hasta ahora tres pibas y ningún pibe.

Bajan sí dos o tres jóvenes pero también unas muchachas, todos junto a una profesora: saco rojo, cartera cara, lentes en la frente, rubia teñida, habla sobre la dificultad de sus alumnos (ellos) de dar exámenes orales, la profesora.

No sé si es que aquí vendrán muchos hijos de policías que genéticamente le hayan transmitido cierta fisiología pizzística a sus hijos o qué, pero – no lo digo mala sino descriptivamente- aquí hay mucha gente cuya ecuación entre altura y masa muscular excede el llamado “peso ideal”.

No se enojen: gordas: yo también soy un gordo. Flacas: aguanten los gordos.

Hay una que espera a la salida de un aula, y me acerco y es (espera) porque está terminando una clase. No me había dado cuenta. Está la puerta abierta y se oye al profesor y a los alumnos. Mi colega gorda mira hacia adentro, cómplice de la charla que se está dando: entiende; participa como testigo. No interrumpo su atención y me pongo contra la pared, para poder escuchar sin que me vean.

Entonces: conversación 2, Aula B-20. Tema: la fecha de un parcial. Modo: distendido. Interlocutores: una voz que parece un profesor y 4-5 voces que parecen alumnos. Tono de voz del profesor: de pajero. Tono de voz de los alumnos: son varios, qué se yo.

Le dicen “doctor” al profesor. Le preguntan “¿qué se toma?” y no hablan del corte de la colombiana sino sobre los temas que entran en el parcial. La respuesta del profesor es magnánima: “A partir del último parcial, lo que siguió después”. Y sí.

Sigue la charla su curso hasta que irrumpe una segunda frase para el recuerdo, del profesor “En la profesión, vos no podés decir “esto no lo vimos en clase”. Decís “sí, ¿a dónde voy?”.

Este tipo – esta frase- puede estar formando a) licenciados en seguridad ciudadana (4 años), b) abogados (5 años), c) licenciados en accidentología y prevención vial, d) enfermeros, e) técnicos universitario en balística y armas portátiles, f) calígrafos públicos, g) licenciados en organización y asistencia de quirófanos o h) peritos en papiloscopía.

Tales son las carreras que dicta esta facultad. Todas son permeables de la frase del profesor: “En la profesión, vos no podés decir “esto no lo vimos en clase”. Decís “sí, ¿a dónde voy?”. Pensarlo en algunas da más miedo que en otras.

Qué será la papiloscoía, te quedaste pensando. No tengo internet y no puedo buscarlo. En cambio te propongo que pienses en esto otro: de todas las carreras, la única “exclusiva para personal de la PFA” es abogacía.

¿Enseñarán a cubrir evidencias, a plantar pruebas? ¿Se estudiarán los diferentes modos de coimear a un fiscal o un juez? ¿Serán parte del plan de estudio las estrategias para dilatar los procesos judiciales? ¿Será jefe de cátedra El Fino Palacios y El Gordo Valor un ayudante?

Preguntas existenciales.

Si no sos policía, no podés saberlo. Les devuelvo la frase que ellos encarnan cuando matan a un pibe joven y pobre: “Por algo será”.

Ah, también sobre las carreras, tenés un título intermedio para ser “perito en balística” en sólo 2 años. Para vos que estás desempleado…

Obvio que todas las carreras son aranceladas excepto, claro, para el personal de la fuerza. El hombre de la recepción no anda con vueltas para contarme que, casi antes que nada, se paga: completás un formulario online, dejás pasar 72 horas y abonás $1104 de la matrícula en un banco Santander Río; luego venís con el comprobante y la documentación requerida y listo. Ah, tomá, estos son los planes de estudio: 1/3 de página A4 con las materias.

La cantidad de materias por carrera varía según los años estipulados para cada una, claro, pero en general contemplan entre 10 y 12 materias por año. Para la Licenciatura en Criminalística – una de las carreras más largas de la IUPFA- hay desde inglés y fotografía hasta “ecología forense” y biología molecular. Una materia llamada “falsificaciones y adulteraciones documentales” me devuelve la duda sobre si enseñarán cómo practicarlo o tan sólo los métodos de identifiación. Una cosa es la otra… la técnica para adulterar un documento la sabés. Qué hacés con eso ese otra cosa.

Acompaña estos saberes una biblioteca especial. Digo especial porque tiene bibliografía específica, nada de literatura, poesía ni libros zur-di-tos. Una cartelera (otro patrón comparativo con otros lugares) anuncia las “novedades”; estimo que son libros recién llegados. Algunos: Historia de los pensamientos criminológicos, El virreinato de las provincias: su organización militar, El líder resonante crea más, El bebé perfecto: tener hijos en el nuevo mundo de la clonación y la genética, etc.

El criterio bibliográfico es, al menos, raro. Cómo pasamos de la organización militar al bebé perfecto me perdí. “El líder resonante crea más” no sé si es una obra de Hitler o del maestro Amor.

Opa. Voy buscando los peores títulos y encuentro uno excelente: “Vigilar y castigar” de Focault. Pienso que en una universidad “tipo UBA” de la policía éste sería el primer texto de la biblioteca – y de la bibliogafía obligatoria de cualquier carrera- y no uno que llega recién este 2012.

La cartelera además anuncia cursos intensivos en seguridad bancaria y seguridad informática. También de “Comunicación eficaz” y de otro “Curso de actualización en las relaciones laborales”. La diferencia entre los carteles de los 4 cursos es que sólo los últimos dos llevan el sello del Ministerio de Seguridad.

Todo esto vi mientras escuchaba al profesor que enseñaba a caretar lo que él no enseñaba. Me figuraba su cara – sólo escuchaba su voz durante varios minutos-, su vestido, sus movimientos. Por eso espero hasta el final, hasta verlo, y sale nomás de un prolijo traje. La cara no me acuerdo, pero la voz seguía siendo pajera. No sé de qué hablaba con los alumnos pero su última frase – ya en la mitad del pasillo, dejando atrás a sus discípulos, caminando apurado y gritando casi sin darse vuelta, con un leve movimiento hacia el costado-: “No quiero decir que ustedes son los monos. Los monos son los legisladores”.

Después de tanto pensar, me imaginé el contexto de la frase: charla sobre los temas del parcial; debe ser una clase de abogacía, o algo vinculado a las leyes; ahí entran la cuestión de los legisladores; ponele que están hablando sobre la forma de estudiar las leyes, no sé, me lo imagino por la frase “repetir como un loro”; me imagino hasta un error del profesor que dice, en cambio, “repetir como un mono”; entonces el profesor lanza esa frase y sale a aclarar que no refiere a los estudiantes sino a los legisladores; entonces: “No quiero decir que ustedes son los monos. Los monos son los legisladores”.

La interpretación incluye siete situaciones inventadas con conexiones forzosas e improbables y un error involuntario del profesor. La única otra situación que explique la frase, se me ocurre, es geográfica: estoy en la Universidad de la Policía y si encuentro sentido a las cosas que se dicen es porque estoy mal.

La última cosa que se me ocurre al respecto – al recorrer los pasillos llenos de hombres grandotes, peludos y cuyo instinto primero es la violencia- tiene que ver con la semántica de la palabra “monos”.

Sigo hacia otras aulas pensando estas cosas y haciéndome el desentendido del mundo universitario. Para profesores soy alumno; para los alumnos seré un ayudante o quizá un administrativo; para un administrativo también debo ser un alumno; para mí soy un tipo que da vueltas sobre un edificio casi vacío: en el edificio del Comisario hay 4 aulas de 25 llenas, con muy pocas personas en cada una de ellas. No digo que las carreras que ofrece la IUPFA sean un fracaso pero, al menos, el edificio le queda bastante grande. ¿Será lo mismo? No sé.

Intento explorar un paisaje que no sea educativo, una oficina, un comedor, algo. Sin darme cuenta estoy en uno: el ascensor. Hay 4 y me subí al que bajó más rápido (toqué para todos). Quiero ir al 4to: toco. No sube. Al 3ro: toco. No sube. Mierda, al 2do. Va…

Llego al segundo. Salgo del ascensor, medio extrañado – medio caliente. Lo miro. ¿Qué te pasa, ascensor, que no me querés llevar? Su cartel arriba me responde: “Ascensor montacargas”. No entiendo pero debe ser por eso. Al lado hay otro, dice, “exclusivo para autoridades”.

Me meto de querusa en una oficina: como todas pero con cuadros como ningunos: cuadros que remiten a los responsables de la seguridad en 1800 y tantos. Es decir “celadores”, “alcaldes”, soldados, figuras de la época que velaban por la seguridad civil. Siempre – en los cuadros se ve- empuñando un flor de facón, y patilludos.

Salgo de la ofi, bajo, veo un cartel que señala un “Salón de encuentro y formación juvenil”, llego: una sala que parece un comedor, mesas y muchas sillas apiladas, tres tipos grandotes, de negro y gel que se dan vuelta para mirar al visitante (yo). Me miran, me intimidan, me voy. Llego a ver un dispenser de Coca y otro de snacks, al mejor estilo yanqui. Eso es to-to-todo el centro de formación y sarasa juvenil sin jóvenes.

Cruzo el estacionamiento-patio que une a los dos edificios por donde anduve. Está lindo bajo la sombra de los árboles. Hay algunos asientos sobre los que alguien estudia y otra gente que conversa parada. Gente que pasa. Llego a sacar un promedio de casi 3 mujeres por cada varón que vi, sobre todo dentro de las aulas (hay uniformados pasando y también la mayoría de los profesores que vi eran masculinos). Jóvenes no tan jóvenes de 30 años promedio. Uno de los que conversa, llego a ver, y me pregunto si tendrá algo que ver, y luego me pregunto si tendrá que ver con qué, qué con qué, pero lo cierto es que este alumno lleva una campera con parches que me son difíciles de explicar e interpretar: los definiría como de “símbolos aguilescos”. Escudos, escudos con alas de águilas, cabeza de un águila, números que identifican algo, finalmente una sigla, AFFSA, que ahora recién busqué: Air Force Flight Standards Agency. A mí estas cosas de las águilas, simbología nazi por medio, me dan un poquito de escalofríos…

En este patio estoy cuando un uniformado, lo veo de lejos, camina en mi dirección. Es decir, viene. Yo estaba anotando esto del AFFSA en plena actitud sospechosa: un desconocido que se estuvo moviendo por el edificio y ahora anotando, mirando y anotando. ¿Pensará eso el policía que viene hacia mí? Ay… Me hago el que estoy estudiando, relajado, cambio la hoja y escribo algo para despistar, algo que no pueda entender: Stendhal ironizaba el carácter exagerado del romanticismo… Porque mirá si me lee las anotaciones de los símbolos aguilescos, mirá si lee esta crónica y me lleva, me lleva y me interroga en un cuarto apartado y no me queda otra que decirle que ni yo sé que estoy haciendo, que no siempre hay una explicación para cada cosa, y a mí me pintó entrar, y ver, y anotar, y quizá con eso, después, haga una crónica, y si la publican, le prometí que no publicaría nada que no hubiera visto.

Dos días en la vida

 

Ailén y Marina Jara están detenidas. Se las acusa de intento de homicidio. Pero, desde el penal de Los Hornos, cuentan otra versión. Una en la que a una de ellas un hombre la acosaba. Durante dos años, la cosa perduró porque ella sabía quién era él y sus vínculos con la Policía. Un día se cansó y le clavó un cuchillo de los que se usan en una casa.

Cuando me acuerdo lo de Ailén y Marina Jara escucho gritos como si yo hubiera estado ahí alguna de las tantas veces: “¡¡No!! ¡Andate porque llamo a la policía! ¡Ya te dije que no! ¡¡No!!!! ¡Saliiiiiiiiiiiiiií!”. Sufrir eso durante dos años de un tipo de tu barrio, que te cruzás todos los días, que hasta hace circular la idea de que es tu novio y vos no querés saber nada sobre él, que encima es más grande, no es un pendejo. Y encima saber quién es, en qué anda y con quién anda…

La última vez venían las dos de bailar. Era tipo 6, 7 de la mañana por el barrio Sanguinetti, en Moreno, el 19 de febrero de 2011. Ya había salido el sol, pero todavía no había nadie en la calle. Este Juan que venía acosando a Ailén, que la última vez había sacado un arma de fuego, se les cruzó. La atacó verbalmente, apuntó, disparó, erró, volvió a disparar. Hasta yo cierro los ojos ahora que me lo imagino. No se escuchó nada. ¡No salió!
Ailén se le fue encima. Se pegaron como pudieron, ella se cayó. Pasó todo en un segundo. Marina, al lado, sacó el cuchillo Tramontina y se lo clavó entre las costillas. Lo había llevado para intimidar si le querían robar las zapatillas, como solía pasar. Él abría la boca, hacía ruidos, le costaba respirar. La pistola quedó en el piso; ellas aprovecharon para salir corriendo hasta la casa.

-Mami, era mi vida o la de él.

Esa fue la última vez, pero fue también el principio. A él lo socorrió primero la familia, después la ambulancia, más tarde la policía, que inmediatamente tocó la puerta de las Jara. Se entregaron y entregaron el cuchillo.

-¿Lesiones graves, comisario?- dijo la oficial mientras tecleaba.
-¿Qué lesiones graves? A estas meteles “Homicidio en grado de tentativa”.
Como si hubieran premeditado el hecho. Ellas habían presentado el cuchillo y explicado todo.
-¿Qué arma? El único arma que consta es el cuchillo que le clavaron a tu novio.
-¡¿Qué novio?!

Así lo había presentado él. “Discutimos por cuestiones de pareja y ella me atacó”, dijo en el hospital. Las demás declaraciones que tiene la policía son de testigos que están a favor de él y detenidos por tráfico ilegal de estupefacientes -en el barrio se sabía quién era él y qué relaciones tenía con la policía-. Otro testigo falleció. La Dra. María Celina Bereterbide, defensora, descartó a los testigos de la defensa. En junio les presentó un abreviado según el cual tenían que aceptar la culpabilidad del hecho. No lo hicieron. Mientras tanto, el Juez, Dr. Tomas Barski, del Juzgado en lo criminal Nro. 2 de Mercedes, no saca la causa del cajón. El habeas corpus presentado en enero fue rechazado.

Ellas siguen presas desde ese abril en el penal de Los Hornos, La Plata. Pasaron por un sótano en el que solo tenían agua caliente y alimentos secos que le acercaban los amigos, familiares y desconocidos solidarizados que, desde afuera, intentan difundir el caso. Alguien, sin embargo, les hackea todos los medios de difusión por internet.
Me parecía que si querían abusar de mí, ya ni siquiera me convenía defenderme, pero leí esta carta de Ailén:

Hola. Soy Ailén Jara. Me encuentro privada de mi libertad en la Unidad Nº 18 de los Hornos de La Plata, Provincia de Buenos Aires.

He escrito esta carta en agradecimiento a todos ustedes que desde afuera nos están ayudando, acompañando y sobretodo, apoyándonos. Gracias por eso. Fue lo que nos ayudó y nos ayuda día a día a pelear, y lograr salir adelante.

Hace ya un año y siete meses que estoy acá y no sé hasta cuando estaré. Pero lo que sí sé es que gracias a todos ustedes mis días acá fueron días de lucha y libertad, ya no de tristeza y encierro. Antes era sólo pensar en terminar con mi vida, pero comprendí que hay gente buena que injustamente se encuentra en las mismas condiciones de necesidad que nosotras y es necesario ayudarlas así como ustedes nos ayudan y pelean por nuestra libertad. Gracias, a ustedes que me hacen sentir viva otra vez. Creo que ayudar es vivir.

Lo que no comprendo es a esta justicia que defiende lo indefendible y por eso gente como nosotras, de pocos recursos económicos, terminan pagando con la libertad, mientras otros solo la pagan con billetes. Tampoco comprendo qué es lo que estoy pagando. Pienso que le están quitando tiempo a mi vida en vano!!! Mientras estoy acá hay mucha gente que necesita ayuda y no poder dársela se siente horrible.

Les cuento un poco lo que hago acá para sobrellevar esto, para crecer como persona y para que me ayude a llegar pronto a mi casa… Estudio el tercer año del secundario, estudio un curso de pastas, estudié manicuría por segunda vez para perfeccionarme, trabajo para la panadería, también para visita, voy a clase de teatro y de coro. Paso mis días ocupados para no pensar y encontrarme en esta realidad que vivo todos los días, sobretodo para poder lograr y cumplir con mi meta que es poder ir a la universidad de medicina y poder ser pediatra, salvarle la vida a todos aquellos chicos que lo necesitan y que no tengan que sufrir como sufrió mi hijo y yo a su lado.

Con mi hermana y mis compañeras anhelamos tener nuestra propia biblioteca. Para poder leer durante nuestros tiempos libres…

Gracias!!!

Les mando un abrazo enorme y gracias por las fuerzas que nos brindan día a día. Que Dios los bendiga…

Ailén

Solo la máquina del tiempo puede dar justicia

Luz y Diego viajaban en un taxi y al bajar se olvidaron una mochila, con un carnet de vacunas de su hija. El último 21 de diciembre les allanaron la casa y los detuvieron culpándonos de un homicidio. En el reconocimiento, los datos no se correspondían con ellos, pero igual los acusaron. ¿Qué pasó en el medio? Un caso, en los suburbios, parecido al de Fernando Carrera.

Luz, mi hija no puede hablar. Te cuento yo. No tenemos mucha información porque llevamos once meses sin el expediente. El abogado, Doctor Suárez, no puede hacerse cargo todavía de la causa. Luz está con arresto domiciliario; Diego Romero en el Penal.

Luz tiene 27 años, Diego 30. Tenían un trabajo. Ella era efectiva en Laboratorios Cuenca, la fábrica de Issue, con cinco años de servicio, un buen trabajo. Mi yerno también tenía un buen trabajo en la metalurgia. Son de Ledesma. Vinieron hace ya siete años para trabajar. Allá solo está la azucarera, el hospital y el municipio.

Los detuvieron el 21 de diciembre pasado después de un allanamiento culpándolos de un asesinato de un muchacho en Castelar. Ellos habían perdido una mochila en un remis en el mes de julio. Dentro de ese bolso había un certificado de vacunas de su hija, Zaira. Ahí a Diego lo llevaron a la Dirección Departamental de Investigaciones de Merlo. A ella, a la comisaría de la mujer. El 23 les hicieron una rueda de reconocimiento de la que participamos yo, que tengo 53 años y llegué en ese mismo momento, una tía de Diego, de 40, y otra, de 32, que es gordita, nada que ver con lo que había descrito la viuda. La única que asimilaba la edad de la que buscaban es Luz. Éramos todos familiares. Así más vale que le dio positivo. Él apareció con el pelo cortado parecido al identikit, cuando no lo tenía así. Hay una declaración de la viuda que declara que mi hija es de tez blanca y tiene el pelo castaño claro. Nada que ver. Cuando fue a la rueda dijo que era ella. No entiendo, ¿me entendés? Después dice que Diego es de tez bien blanca y tiene una barba tapada. Y nada que ver. Tiene unos pelitos y nada más. Es trigueño.

Una rueda mal hecha. Yo en mi desesperación… solo llorar y llorar… ni ahí se me metía que eso estaba mal. Ignorante de todo esto porque nosotros no sabemos de estas cosas. Ni siquiera sabíamos que podíamos tener la causa, sino íbamos por todos lados. Ahora la estamos peleando.

Ahí empezó todo este caos. Hay otras tres personas detenidas: la dueña del Nextel que estaba en la mochila, una señora que vive cerca de la viuda y el remisero. Los detenidos dicen quiénes fueron los culpables, que no son ni Luz ni Diego.

Entre los dos primeros abogados nos sacaron 40 mil pesos a dos familias humildes que con esa plata vivimos tres, cuatro años. Estamos endeudados hasta la cabeza. El primero no hizo nada más que lograr la morigeración para mi hija por tener una nena que todavía tomaba el pecho. Ahora tiene dos años. A él lo pasaron al penal directamente. Le habían dado la morigeración, pero la fiscal apeló con el argumento de un “intento de fuga”. De vuelta como no tenemos el expediente, no podemos decir nada. Después estuvimos con el Doctor José María Vera que pidió agregar cosas a la causa: testigos de la pérdida de la mochila, la remisería donde ellos perdieron la mochila, los locales a los que fueron a comprar ropa al Soleil, Boulogne. No se acuerdan la hora, pero tienen la factura, pagaron con tarjeta de crédito. Un ladrón no va a salir a robar y, después de matar, ir a comprar. De Castelar a Boulogne, ¿cuánto tiempo hay? Debe haber también un horario de entrada. Ellos pagaron a las 18. Por eso queremos que investiguen, las cámaras. Todo. La fiscal no investiga. Hace oídos sordos a todo eso. Directamente quiere la cabeza de mi hija y de mi yerno. Mirá que los testigos declararon en la audiencia quiénes son los culpables.

Diego y Luz no tienen antecedentes, no tienen nada. Desde que vinieron, lo único que hicieron fue trabajar y trabajar y trabajar y trabajar. Nada más. Él estudió y todo y aun así se seguía perfeccionando para volverse, porque ninguno querían estar acá. Se vinieron por la fuente de trabajo nada más. Él dibuja y estudia dentro del penal. Mi hija no puede hacer nada. Hace una tarta, una torta. No puede salir a ningún lado. Está sin pulsera y sin nada, pero siempre adentro de la casa.

Ahora ella está en José C. Paz, con la compañera de trabajo que la alberga. Yo voy una semana al mes a Ledesma y vuelvo. No la puedo dejar sola. Me voy a quedar hasta que recorra todo Buenos Aires y se aclare. Ya he tocado un montón de puertas. No sé cuántas tendré que tocar hasta que esto se aclare. Es lo único que necesitamos, que agarren a los verdaderos culpables.

Yo allá trabajaba en el hospital. Para poder pagar los abogados tuve que embargar mi sueldo no sé por cuánto tiempo porque saqué préstamos de todos los bancos habidos y por haber. Mis cinco hijos que están allá trabajan, juntan planta y nos mandan a fin de mes y con eso nos mantenemos, para poder seguir peleándola. De mi hija se hizo responsable por la morigeración una amiga del trabajo. No nos cobra la luz, nada. Nos dio lugar, todo. Nos ayuda cuando puede. Al principio recibimos mucha ayuda de los compañeros de trabajo de mi hija: mercadería, dinero, comida, pañales, leche. Con todo lo que nos podían ayudar, lo hicieron. Hay muchas organizaciones apoyando esto, familiares de víctimas como Rubén Carvallo, Sandra Corrado, Lucas, los Arruga, el caso Bordón.

Necesito que alguien haga presión para que investiguen esto. Cuanto más tiempo estamos así, más gastamos. Los recursos ya son mínimos. Para no dejar solo a Diego también nos tenemos que movilizar.

Con el solo hecho de investigarlos a ellos, a Diego, a Luz, lo que dijeron, cómo pasó, esto no pasaba. No agarraban a dos perejiles. Nos cortaron las manos, los pies a dos familias. ¿Por qué no hicieron la rueda de reconocimiento en el acto así la gente se acordaba las caras? Hay testigos que saben que ellos no fueron, pero tienen miedo. “¿Si a ellos, inocentes que vinieron a trabajar, los metieron presos, qué nos pueden hacer a nosotros?”, piensan.

Un pedido que es de todos: Salvemos al Fútbol

Dos integrantes de la ONG Salvemos al Fútbol, que busca un cambio radical para terminar con la enfermedad de la violencia en el fútbol y llevar a la justicia todo hecho de violencia o corrupción en el ambiente de la pelota, nos visitaron en el piso de Vámonos de Casa para contarnos su lucha.

Alberto García, hermano de Daniel, asesinado en la Copa América de Uruguay 95, y Norma Roldán, madre de Matías Cuesta, hincha de Atlanta que perdió su vida en un partido ante Flandria en 2006, nos visitaron en el piso de Vámonos de Casa (todos los domingos, de 23 a 01, por Radio Link) para contarnos de qué se trata su lucha en Salvemos al Fútbol, la ONG que busca llevar a la justicia todo hecho de violencia o corrupción en el ambiente de la pelota. “El fútbol es una gran caja negra, como es la política. No tiene control: a casi todo tienen acceso los barrabravas. Cuando fue la guerra de los quinchos en River, se peleaban por el pase de Higuaín. Ahora, con toda la plata que le entra a los clubes por el Fútbol Para Todos, han aumentado también las muertes en las canchas y no parece algo casual”, indicaron, al mismo tiempo que definieron como “inoperante” a la Justicia, porque la mayoría de los asesinos que causaron las 269 muertes por la violencia en el fútbol andan sin castigo ni condena.

Además, desde la ONG alzan la voz en contra de la Asociación del Fútbol Argentino, tan atenta para algunas cuestiones pero que se hace la distraída cuando de violencia en el fútbol se trata. “La AFA nunca se hizo cargo de los muertos producto de la violencia. Para ellos son cosas aparte, que no tienen que ver con el fútbol. Cuando ocurrió lo de Emmanuel Álvarez (el hincha de Vélez que fue baleado en 2008 cuando iba en micro hacia la cancha de San Lorenzo), Aníbal Fernández dijo que era algo que podría haber pasado en cualquier colectivo de línea que llevaba gente. Pero siempre pasa en los partidos de fútbol, y con barras en el medio, porque la Policía deja zonas liberadas”, denunciaron y señalaron a quien es el mandamás del Fútbol Argentino hace 33 años como uno de los máximos culpables, aunque no el único. “Grondona es un hábil declarante, tiene mucha cintura política, ha convivido con los militares, con todos los presidentes democráticos, es intocable para todos. Las provincias pueden ser intervenidas, como ocurrió con el caso María Soledad en Catamarca, por ejemplo, pero la AFA no. Ahora no respaldó a Cantero, que lo han dejado solo en esta lucha”, explicaron.

Invitamos a escuchar la entrevista completa (http://www.nosdigital.dreamhosters.com//2012/03/vienepirse/), a sumarse a Salvemos al Fútbol (http://www.salvemosalfutbol.org) y a indignarse con la larga lista de victimas por la violencia en el Futbol Argentino a lo largo de la historia (http://www.salvemosalfutbol.org/listavictimas.htm).