“3 a 0”

En Bariloche, la pertenencia a una clase social delimita la relación con la policía. En la ciudad más desigual de Río Negro, a los que viven en las zonas pobres la policía los reprime y hasta mataron a tres pibes. Los que viven en las zonas ricas aplauden a la policía que reprime ¿Lo más patético? En una manifestación de los adinerados, se festejó como el resultado de un clásico la cantidad de asesinados.

Todos los escritores de policiales negros se van a dar la cabeza contra la pared. Cuando Carolina Alak, militante de la Multisectorial contra la represión, me contó la anécdota, no podía creer que no se me hubiera ocurrido antes de que realmente sucediera. Es una historia dentro de todo lo que pasa en esta ciudad con una vista hermosa, con un aire limpio, silenciosa sin contar las bocinas de algunos turistas, sin más fábricas que de chocolate –a la vista-, con casas de piedra y de madera, con un gigante lago, con montañas enfrente –porque la mirada no se escapa del Lago Nahuel Huapi y la nieve en los picos de esa cordillera-, con pastos verdes, con nieve en invierno…

 

Es la Suiza argentina.

 

Es Bariloche, la ciudad de Río Negro con mayor brecha social. En una misma localidad, con los mismos servicios, viven los más ricos y los más pobres. Marina Schifrin, abogada en casos de derechos humanos, da su explicación a lo que parece inexplicable: “Bariloche es una ciudad muy especial. Si no conocés las 34 hectáreas, el Alto, y la parte rica de los Kilómetros, no entendés cómo es y por qué pasa lo que pasa”.

 

El Alto: la periferia a donde se va la gente a la que el campo no le da de comer.

34 hectáreas: un barrio al fondo de El Alto, de lo más pobre y más marginal.

Los Kilómetros: una zona rica, muy rica, que va desde el centro de Bariloche hasta el famoso y costoso hotel Llao Llao.

 

Esa polarización social genera más que esa anécdota que me contó Carolina y que me sigue picando en la cabeza: generó a los pibes.

 

Los pibes no sólo no tienen una plaza donde jugar, tampoco tienen un lugar en la ciudad adonde ir. No se los tiene en cuenta para nada. Es así: son “los negros de El Alto”. Durante el menemismo, fueron los pibes cuyos papás no tenían laburo, los pibes que comían en comedores. “No tienen la cultura de que pertenecen a la sociedad, de que tienen derechos. Son pibes difíciles”, dice Margarita, compañera de Alak en la Multisectorial. No bajan a laburar, no bajan a estudiar. Cuando bajan, saben que les van a hacer quilombo. Especialmente, la policía.

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Bariloche genera sus ingresos del turismo, pero no todos sus habitantes viven de eso. “Aunque ande bien la temporada, no alcanza para todos. Si no anda bien, ni te cuento. Por eso hace falta esta policía”, adelanta Carolina. “La sociedad de Bariloche es tan particular. Es tan difícil esta sociedad, tan nazi, tan fascista en muchos aspectos”, sigue. “Esta policía” hace cosas como la que relata Susana, otra militante de la Multisectorial: “El hijo de una amiga mía, que estudia filosofía y letras, en la parada del colectivo, vino un cana, lo agarró de atrás, `negro, a dónde vas´ y lo desfiguró. El chico no entendía nada”.

Todo esto no sucede porque sí: hay un reclamo del sector social que vive en el centro y en los Kilómetros para que los tengan disciplinados. La policía y los organismos –supuestamente- de seguridad están respondiendo a ese reclamo social.

“Después hay otra cosa. Los policías de acá salen de los mismos lugares de donde salen estos pibes. Son sus vecinos. A los 9 meses de una instrucción paupérrima, salen a laburar con el arma. De haber tenido una infancia, adolescencia y familia en común, hace que tengan una bronca con alguno y se desquitan con el arma”, hipotetiza Carolina.

La exDefensora del Pueblo de Río Negro, Ana Piccinini, denunció 120 casos de asesinatos por la policía de Río Negro. Durante su gestión, encontró “no menos de una decena de casos de ahorcados” en cárceles o en comisarías. En Bariloche, en particular, el 17 de junio de 2010, la policía mató por la espalda a Diego Bonefoi, un pibe de El Alto que se había metido con la persona equivocada. Los barrios respondieron con una pueblada ( Ver: El día en que Bariloche fue toda sangre). La policía, con una larga y durísima represión. Mató a dos jóvenes más, Sergio y Nicolás, que ni estaban participando, sino que vivían ahí. Desde ese momento, algunas organizaciones de derechos humanos se fortalecieron. Se formó la Multisectorial contra la Represión. Recibieron 20 casos, similares al de Diego, que quedaron en la nada.

 

Carolina sigue detallando: “En la calle o adentro de los calabozos. La ‘maldita policía’ actúa en todos lados. Uno de los casos más conocidos es el del Titi Albarracid. Estaba con una bandita de amigos tomando una cerveza en una esquina, cayó la cana y lo mató. No hay condenados. Otro es el de Jorge Pilquiman: lo sacó la cana de un boliche del centro y lo encontraron tres días después ahogado en los Piletones del Puerto San Carlos, frente al Centro Cívico”.

 

Carina, la pareja de Sergio, uno de los asesinados en la represión de 2010, también lo ve como algo de todos los días: “Siempre se ve a los policías correr a los pibes”.

 

Mario Cayún vive en El Alto. El día de esa represión, dentro del shopping del centro, iba a pagar la boleta de luz, pasó por el baño, se encontró con un agente del BORA –Brigada de Operaciones de Rescate y Antitumulto- que, antes de cualquier diálogo, lo agarró, le pegó, sacó un arma, le gritó “Tirate o te quemo” y le quebró un brazo, mientras se sumaban más policías. Cayún empezó a entender qué pasaba y se asustó porque ya había habido tres asesinados. Le intentaron fracturar las manos, los pies, las costillas. Vio a otro pibe que salía detenido. Pedía, entre gemido y gemido, asistencia médica. “Callate nena, ¿querés que te escuchen todos?”. Lo esposaron mientras él pedía que tuvieran en cuenta su fractura. A la gente que pedía los nombres de los policías, la empujaban y la echaban. Lo subieron al patrullero, lo llevaron a la Comisaría Segunda de Bariloche, lo pusieron contra la pared, le levantaron el brazo fracturado, le siguieron pegando y le sacaron el celular y la plata, que nunca le devolvieron.  “No podía entender tanta violencia sobre los jóvenes. Yo no era el único golpeado”, declaró Mario. El médico que lo revisó hizo que lo llevaran al hospital, pero la ambulancia tardó muchísimo en llegar. En el hospital lo amenazaron con seguir dándole por malandra, por negro, por bocón, por maricón.

 

Los médicos le dijeron que lo tenían que operar. No importó. Lo llevaron a la Comisaría 27. “Vos ya tenés una bala en la cabeza”, le advirtieron ahí. “Si a vos te gusta tirar piedras, bancátela”, le seguían imputando, sin que él tuviera nada que ver con la manifestación. Bajando del patrullero, le golpearon la cabeza contra el auto y siguieron jugando con su brazo. Le sacaron las zapatillas y la campera y lo tiraron en el calabozo. Desde el calabozo, Cayún vio cómo se buscaban en la televisión, se sentían famosos, se mandan mensajes de texto, se llamaban: “Lo veían como un juego”.

 

“Con un tiro en la nuca, no vas a poner más resistencia”, le seguían diciendo mientras le seguían pegando. Su cuerpo ya respondía solo, del dolor que tenía. Temblando de frío, con el brazo fracturado, cuando lo sacaron de la celda, pensó que lo iban a matar. Lo querían sacar sin campera ni zapatillas. Lo llevaron en un móvil, sin decirle a dónde iba. Volvió a la Comisaría Segunda. Un agente de ahí, le dijo a otro de la 27: “Lo hubieran dejado por ahí, ¿qué hacemos con él? Asamblea Permanente por los Derechos Humanos está reclamando. Si lo ven así, ¿qué hacemos?”. Según cuenta, en todo momento se divertían con lo que hacían, tenían una sonrisa en la cara. “Dale boludo, firmá”, le decían, cuando Mario quería leer el papel que le daba la libertad. Finalmente lo dejaron en el hospital.

 

Carolina Alak sabe que el negocio más frecuente en El Alto es el de las armas y las drogas. Son ellos, los policías, los que lo manejan. No tienen pruebas porque ese circuito está cerrado. “Deberían investigarlo, porque las denuncias están hechas desde las escuelas, los organismos de derechos humanos, la iglesia de Pan de Esperanza. Hay denuncias anónimas en una línea telefónica gratuita”, argumenta. Los pibes hacen el relato y después pagan diezmo. En la cagada que se manden, tienen que dar parte. Se roba y tenés que dejar porcentaje. Se vende droga, se deja una parte. Si se retoban, el destino es el de Diego Bonefoi o Titi Almonacid.

 

La anécdota que concluye esta nota, la que después de saber esto, sigue resultando increíble, muestra que la represión ya es una institución más, política de Estado, pero también está arraigada en la sociedad. Después de los reclamos por justicia por las tres muertes, los vecinos del Centro y de los Kilómetros, los ricos, organizaron una contramarcha. “No sabés las barbaridades que nos decían a nosotros. Nos insultaban de una manera… Si a nosotros nos generaba calentura, imaginate  a los pibes de los barrios. ‘3 a 0’ les decían los policías”, dice Carolina. Los manifestantes que defendían los asesinatos de la policía también la vanagloriaban. Mandaban a los chicos a sacarse fotos con los uniformados, los subían a los coches como en desfile militar. “¡Les tiraban rosas!”, se indigna Margarita, de la Multisectorial.

 

Los barrios periféricos y el propio centro estuvieron militarizados. Los policías pedían documentos en la calle, sin motivos, andaban con armas largas. Ya había pasado eso después del asesinato de un remisero.

 

La abogada Marina Schifrin piensa que el Estado tiene una policía que no puede trabajar, que no hay democracia posible con esa institución, por sus métodos, por sus criterios, por su educación. “Si lo llaman democracia, tienen que empezar de cero”, reflexiona, y describe los métodos judiciales para que todo quede en nada: “Entre ellos se encubren. Ellos son los que hacen los expedientes preventivos. Al menos, cuando los delitos los cometen los policías, debería haber otra institución que investigue”. El objetivo de los policías son los pobres. “Los que no son pobres, sí son jóvenes. Es una forma de disciplinamiento. Los que piden más policía, están más inseguros cuando se cumple su pedido. Crece la violencia. Por los expedientes que yo conozco, hay cada vez más casos de violencia después de averiguación de antecedentes. Carlos Báez, por ejemplo, murió quemado el 4 de enero en el Penal 3”, analiza. Báez pasó 10 días, desde aquella navidad de 2012 en que los guardias reprimieron, internado por quemaduras. El oficial principal, Hugo Almendra, fue desplazado. Su reemplazante, Manuel Poblete tuvo que admitir que la cárcel estaba en pésimas condiciones.

 

Entre todo eso, en Los Kilómetros de Bariloche, el camino al cerro Llao Llao, está el súper hotel donde se hizo la cumbre de la Unasur en 2009, con todos los presidentes. Ahí, donde el acceso al lago Nahuel Huapi está bloqueado por súper casas, ahí, funcionan cervecerías caras, muy caras, súper cervecerías. En esas cervecerías pitucas, hay trabajadores y hay patrones. Carolina me contó eso que me resulta sumamente literario, de otro planeta, inentendible. Los trabajadores cierran los locales y, claro, vuelven a sus casas. No se suben a sus autos, corren la tranquera, saludan al ovejero alemán que ladra y muerde a quien se acerque, salvo a ellos, entran el  auto, cierran la tranquera, le dan un pico a una mujer inalcanzable y se acaloran un rato cerca del hogar, whisky en mano. No. Se toman el remís que les paga la cervecería, se bajan frente al lago, difícilmente usan su tiempo en buscar a Nahuelito, giran para la derecha y empiezan a subir. Cansados, cabizbajos, pensando por dónde pasar para que no les pase otra vez. Cruzan la avenida principal. En invierno esquivan algún grupo de egresados. Se tapan y se abrigan para combatir a la nieve. Se guardan las manos en los bolsillos, buscando un poco menos de frío. Siguen subiendo. Llegan a la Avenida Brown, que no se ve desde el centro. Empiezan a ver la cordillera de atrás de Bariloche. Más gris, marrón y blanco, si hay nieve. Y ven azul. No es el lago. Son uniformes.

 

-Documentos- les dirán, y les darán una buena paliza todos los días.

 

Increíble ya no resulta esto. No es eso lo que Dashiel Hammet, Raymond Chandler, ni más acá, Ricardo Piglia, jamás pensarían. La dueña de una de las cervecerías no podía aguantar ver que sus empleados llegaran golpeados. Habrá dudado ella -a diferencia de nuestros escritores- un tiempo de la versión sobre los azules. Hasta que la repetición se transformó en verdad para ella. Levantó el teléfono.

-Tengo hechos unos carnets de mis empleados. Si voy a la comisaría, ¿podría firmarlos, jefe, para que, por la madrugada, cuando vuelven de trabajar, no sean golpeados por los oficiales?

 

El comisario de Playa Serena firmó.

 

Willy sabía que iban a matarlo

En Neuquén, Gustavo Gutiérrez fue a declarar por el asesinato de Braian Hernández y acusó a un policía. Al día siguiente, lo remataron, con una bala policial. El mensaje que se ve en la pantalla se lo mandaron a Natalia, hermana del hombre que se volvió la pista que quisieron borrar.  

Willy ya no dudaba. Sabía que lo iban a matar si seguía contestando las preguntas del juez. Conocía los códigos del barrio, que son los de la policía, los narcos y sus “gatitos” o “soldaditos”. Tenía miedo. “Andaba desesperado”, dice su familia. Le habían dicho que lo iban a matar.

Él estaba seguro de que era cierto.

– Siempre que me veían a mí, me llevaban. Ahí, en la comisaría, me pegaban nomás. No me dejaban ver…- declaró Gustavo Willy Gutiérrez, el 29 de noviembre, en el barrio Cuenca XV, en el oeste neuquino, durante el juicio por el asesinato de Braian Hernández, en manos de Claudio Salas. Willy era el testigo clave. Viajaba en el mismo auto que Braian. Era el único mayor.

– Concretamente -preguntó Héctor Dedominichi de la Cámara en lo Criminal Número 2-, ¿alguna vez que te llevó Salas y estuviste durante la comisaría te pegaron? (Sic)

– Sí.

Willy contó qué, cómo, cuándo y dónde fue todo: le dispararon desde un patrullero, por atrás, sin que hubiera un arma en el auto donde viajaba. Después, los cagaron a palos afuera y les plantaron una pistola. Salas, el que disparó, es uno más de los tantos policía que en Argentina hacen tratos con chicos para que roben para él. Esto pasa continuamente en el oeste neuquino, hacia donde suben el Río Limay y el Negro. Las casas con patiecitos y con rejas se van haciendo más irregulares, más marrones. Las calles, ahí arriba, son de tierra, o de barro. Nieva poco, por suerte para los que viven ahí. Las plazas no duran diez cuadras. Tampoco duran una cuadra. En el mapa del celular, son una mancha ocre.

Lo que aparece cuando se va el ocre es el azul y blanco de los patrulleros.

 

***

 

– Mirá si algún día le pasara algo así a mi sobrino y el tipo no se presentara a declarar -explicaba una y otra vez Willy a todo el que le hiciera dudar sobre su presentación en el juicio-. Aparte, la Policía cuando te agarra… A mí las veces que me han agarrado me cagaron a palos.

Su hermana era una de esas personas que le preguntaba a Willy si era conveniente atestiguar. Ya lo habían parado yendo en la moto:

-Vos ojito, eh. Ojito con lo que hables.

De cualquier forma, la tomó por sorpresa.

 

***

 

Hace como 21 años los Gutiérrez viven en el oeste de la Ciudad de Neuquén, donde la policía se permite maltratar a los jóvenes. “No siempre fue así”, recuerda Beatriz Currihuinca, madre de Willy –para ella, Gustavo-. “Con Gustavo fue algo diferente porque era el varón más chico. Dos veces estuvo preso en la Unidad 11. Cada vez perdió un año”, sigue Beatriz. Estuvo procesado. Las dos veces fue declarado inocente. Dos años de su vida perdió preso en penales, aunque la ley 26.660 reglamenta que no puede haber presos sin sentencia.

Diego, uno de los hermanos de Willy, también estuvo preso en la U11. Su madre recuerda que los policías le preguntaban si quería drogas. Si quería, le tenía que decir a su hermano que la llevara a la casa de un policía y esa misma institución se encargaría de entrarla al penal. “Los chicos se enganchan en esa porque encuentran el mejor camino. Si los golpean drogados, ni lo sienten”, dice Beatriz.

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Cuando Beatriz fue a visitar a Willy, los oficiales se le reían en la cara: “¿A qué venís?”. Cuando ella entra a la U11, como a todos los visitantes, la desvisten y la revisan entera. A los visitados los sacan a un patio grande, los desnudan y los revisan. “Yo, como mamá, voy a ver a mi hijo, no le voy a llevar drogas. Sería hundirlo. Eso mismo lo metió ahí adentro”, explica Beatriz.

Natalia y Beatriz conocen bien también a “Los Santana”.

“Los Santana son civiles, pero están con la policía”, aseguran.

Un hermano de Willy iba a la escuela con uno de ellos, que le contaba que el padre vendía drogas, que la trasladaban en patrulleros. Dicen que tienen un arsenal de drogas y de armas. “Y la cantidad de soldaditos que tienen. Muchachitos nomás. El Gordo Seba, por ejemplo, más allá de lo que haya hecho, era narco. Trabajaba mitad para la policía”, dice la madre de Willy.

El Gordo Seba: el único detenido por el asesinato de Willy.

Pero eso no es todo. En toda la charla de Beatriz y de Natalia, aparece una figura bestial que usa la Policía, como en muchos otros barrios, para sembrar miedo. Saben que se llama Monje y que se emplea en la Comisaría 18.

Beatriz: -Es una basura ese tipo. Le pegaba a Willy y le decía: “Vos me entregás armas o gente que roba y yo te dejo andar tranquilo en la calle”. Si lo llevaban, llegaba con la boca sangrada. “Me pegan porque quiere que dé información que no tengo”, decía, cuando llegaba a la casa. Es uno de los peores. De ahí para abajo. Llega a una cierta edad en que le dan la jubilación, pero quedan otros. Mi hermano es policía. Me contó que cuando entran en la Policía, aunque quieras ser bueno, vos tenés que ser malo. Enseñan a pegar el cachetazo antes de preguntar. Dice: “Por más que yo tenga sobrinos, tenga hijos, yo no tengo que pensar en eso sino en ser duro”. Saben andar drogados y borrachos haciendo los recorridos.

Natalia: -Cuando fue la final de Argentina en el Mundial, se armó pelea entre unos vecinos. Vino la policía, se puso en una zona que estaba oscura y tiraba piedras con gomeras.

“Sí, usan gomeras acá los policías”, insiste Natalia, que sigue: “¿Cómo los pibes los van a respetar si los policías no les hablan bien?”.

Beatriz: -Cuando hay enfrentamientos en los barrios, mi hermano mismo me cuenta: “Primero, vamos a dejar que se maten los chorros. Después entramos”. Un día, a las 4 de la mañana, vinieron a tirotearme la casa. Me rompieron un vidrio. Nosotros teníamos a los chicos. Los peritos recién vinieron a las 9.

 

***

 

Al hermano de Willy, Diego (30) lo confundieron con Emilio (29), el tercer hermano varón. Le dijeron los de la Brigada de Investigaciones:

-Así que vos andabas con Ely (la mamá de Braian, el primer asesinado de esta historia) en las marchas. Dejá de joder porque vamos a ir a hablar al río.

Después de eso, lo llevaron al calabozo, le dieron una paliza con cinturón, patadas, piñas, mientras estaba desvestido y con los brazos estirados. Lo largaron ensangrentado a la madrugada, cuando lo vieron todo lastimado. “Ese es nuestro trabajo”, argumentaban después a la familia.

En la requisa de la Unidad 11, le volvieron a recordar dos cosas.

Primero: que a él lo iban a “empapelar” (llenar de causas).

Segundo: que a Willy lo iban a matar.

 

***

 

El sábado 30 de noviembre, Willy iba llegando en moto a la casa de la suegra, en el barrio Almafuerte, para dejarle los 800 pesos del plan que le dan por tener una hija. Lo venían siguiendo. Le dispararon hasta matarlo. Eran tres. Dos mayores y un menor. El Gordo Seba, único imputado, único sentenciado culpable –doblemente, por premeditación y alevosía- después rogó: “Yo maté a la rata esa, pero no me lleven a Neuquén porque me van a matar”.

Nunca se vinculó a la Policía con el caso, aunque sucedió 24 horas después de que Willy declarara. Tampoco se la vinculó aunque el menor de los sicarios que persiguió a Willy declaró, una primera vez, que el arma se la había dado un policía -después cambió su testimonio-. Tampoco cuando un cana declaró que le habían pedido colaboración. Pero para la Justicia prima que el arma no apareció. No importa ni siquiera que la bala sí era policial.

Alguien le dio la pistola al Gordo Seba.

“Ahí no podemos llegar”, dice María Elena Cauquoz, militante de Convocatoria, organización política social que sigue la causa. Quisieron encontrar peleas entre Willy y el Gordo Seba, para alejar la pista policial. El mismo imputado lo negó.

Cuando Beatriz fue a retirar las pertenencias de Willy, le dieron 60 pesos. No le dieron ni el celular. “Encima con cara burlona…”, recuerda.

 

***

 

A la familia de Willy le dijeron que van a matar al Gordo Seba si algún día sale de la cárcel. Suponen que también lo debieron haber amenazado a él con su familia.

Después de postergar dos veces la lectura de la condena, al Gordo Seba le dieron perpetua. No hay policías imputados. La familia quiere justicia, no una perpetua para el perejil.

Natalia guarda dos mensajes en su celular:

“Mira gorda trola . ya sabes que no se la ban a yevar d arriba con todo lo q andan aciendo por la justicia del puto de tu ermano. nos chupa el pico q ayan agarrado al gordo es nada mas q uno d los gatitos nuestro. cuando esto se calme un poco seguimo con ustedes gorda conchuda”

“Viste gorda de mierda lo que le paso al ijo d puta de ermano. bueno asi van a ir pagando voz y tus otras cagadas d ermanos q tene todas las cagada que se mandaron. y agradse q t estamo avisando gorda puta. asi que seria bueno que se bayan dpidiendo entre ustedes. no t gaste en contetarno a este numero xq terminamo con voz y lo vamo qemar. Asi que asta la vista beibi. ja ja”.

 

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El cielo del desengaño

En Neuquén, asesinaron a Teresa Rodríguez, fusilaron a Carlos Fuentealba, a Rodrigo Barreiro le perforaron un pulmón en una manifestación, a los mapuche los persigue la policía, a Matías Casas lo mató un oficial, denuncian que a Rubén Soazo lo liquidaron en una comisaría. Braian Hernández y Willy Gutiérrez también fueron víctimas. Aquí la radiografía de la represión.

Neuquén está muy dividida. Está resistiendo a la hidrofractura (fracking). En agosto de 2013 se firmó el acuerdo entre Chevron e YPF para explotar los yacimientos de Vaca Muerta, que ocupan casi dos tercios de la provincia. Desde entonces, los mapuche tienen que ver cómo la policía avanza más que antes sobre su territorio para dejarlo a terratenientes y petroleras. No importa la Ley de relevamiento indígena, no importa quién esté ahí, no importa el agua que queda contaminada. La hidrofractura acentúa la fractura social. Hay promesas de plata. Unos se entusiasman. Otros prevén el crecimiento de la droga, el juego y la prostitución.

Algunos datos de 2013:

550 mil habitantes en la provincia. 231 mil en la Ciudad.

Promedio de edad, 35 años. El más joven de la Argentina.

Provincia más rica de la argentina: por año, dispone de 16 mil millones de pesos; produce 22 mil millones.

El 10 por ciento más rico se lleva 30 veces más que el 10 por ciento más pobre.

Segunda ciudad, detrás de Bahía Blanca, con más indigencia porcentual: 2,5.

Sueldo inicial docente 5 mil. Refrigerio por alumno 30 centavos.

Gerente de petrolera llega a 150 mil pesos por mes.

57 por ciento de los habitantes no tienen techo propio.

Cuando en la legislatura neuquina se firmó el pacto Chevron-YPF, hubo afuera una represión a quienes se manifestaban en contra. Rodrigo Barreiro estaba ahí. Fue herido con una bala policial y de plomo, que le quedó en el pulmón . Otro perdió un ojo por una bala de goma.

En esa misma ciudad donde Barreiro podría haber muerto durante una manifestación, siete años atrás, el maestro Carlos Fuentealba fue fusilado por el policía Darío Poblete mientras se desconcentraba por segunda vez el corte de ruta para pedir aumento salarial.

En esta provincia, donde Fuentealba fue asesinado durante una movilización y Barreiro por poco no corrió la misma suerte, en 1997, Teresa Rodríguez murió por un balazo policial en una movilización de docentes en Cutral-Co, también por aumento salarial. No era docente. Pasaba por ahí.

Los responsables políticos, como el gobernador de turno, Felipe Sapag (muerto en 2010), Jorge Sobisch y Jorge Sapag (hijo de Felipe), están impunes. “Ya no puede caminar tranquilo”, aseguran, sobre Sobisch, militantes de derechos humanos. Pero sigue libre y en la gobernación siguen las mismas políticas. Poblete sí fue condenado, pero también se lo vio caminando por la calle tranquilamente. El asesino de Teresa Rodríguez nunca se conoció. Los policías que “abusaron” de sus armas tienen condena en suspenso y volvieron a sus puestos.

Lexaru Nawel, de la comunidad mapuche de la ciudad de Neuquén, recuerda que desde la infancia vio a la policía actuar así. En manifestaciones, y en los barrios. Genera odio, dice, y se acuerda de cómo los amigos de los chicos atacados y perseguidos se sacan la bronca respondiendo a los balazos con piedras.

A Matías Casas lo mató el policía Héctor Méndez por la espalda en 2012. Según la versión de Méndez, su hijo y Matías habían discutido. En el juicio se reconstruyó el asesinato: el policía lo fue a buscar a Casas, que se estaba despidiendo de su novia, ya subido a su moto. Le disparó por atrás, Matías arrancó y cayó cuatro cuadras más adelante. Méndez se aseguró de que la ambulancia no lo atendiera a tiempo. Lo pateó en el piso. Otros policías lo encubrieron. “Accidente de tránsito”, argumentaron. Después de constantes movilizaciones de los familiares de Matías, y después de que la Justicia postergara las audiencias de lectura de la condena, le tocó cadena perpetua.

Rubén Soazo entró a robar a una casa del barrio Barreneche el sábado 12 de julio. Ahora está muerto. La policía dice que fue un enfrentamiento. No se encontraron vainas del arma que supuestamente llevaba Soazo. No hay policías heridos. La familia de Soazo vio el cuerpo. Le faltaban dientes, estaba todo golpeado, quemado y tenía los dedos reventados. Yoina, la pareja, y la madre están seguras de que lo atraparon en la casa y lo mataron en la comisaría después de torturarlo. Consiguieron que un vecino les contara que a Soazo lo vieron salir esposado. “Altamente profesional”, considera Raúl Laserna, el jefe de la policía, al accionar de sus muchachos.

“La policía es una basura”, repite y repite Beatriz Currihuinca, la madre de Willy Gutiérrez, que fue asesinado el día después de declarar contra el policía Claudio Salas en el juicio por la muerte de Braian Hernández. “Para describir a la policía no tengo palabras. Son terribles”, vuelve a decir. No cuenta que a los chicos que detiene la policía sin motivos, de forma ilegal, después los hacen robar, “trabajar para ellos”, a cambio de dejarlos salir y hacer entrar visitas a la cárcel. No lo cuenta, pero le consta. Sí dice que la policía agarra a los chicos así estén en la esquina, vengan del colegio, de su trabajo… “Yo he visto. Lo he visto yo. Lo primero: ‘Manos arriba del móvil’. Los abren de piernas con patadas en los tobillos. Los hacen gritar. Los agarran de sus partes. Saben andar borrachos en la calle, de uniforme. Los agarran de palmetazos en las orejas”. Sigue repitiendo que la policía es terrible: “Hasta con picana les dan”.

Willy estuvo detenido dos veces, durante un año en cada oportunidad. Las dos veces fue absuelto. No tenía nada que ver. Le contó a su madre que, con lo que las familias alcanzan a los presos, los guardias se divierten: mezclan sal y yerba, azúcar y sal.

La organización por los derechos humanos Zainuco denunció en agosto que la policía neuquina realizó una “operación rastrillo”: aumentar la policía en los barrios pobres de la ciudad, pero también los allanamientos y detenciones ilegales, así como las torturas. En una casa del barrio Cuenca XV, efectivos de la comisaría 18va entraron a buscar a un chico de 18 años que supuestamente había robado una billetera. No tenían orden judicial ni pruebas, pero violentamente lo detuvieron igual. A los padres amenazaron con matarlos si seguían “molestando”. En esa comisaría trabajaba Salas, el policía que mató a Braian Hernández y fue condenado después de que Willy Gutiérrez declarara en su contra y también contara que en esa misma dependencia agarran pibes todos los días, los golpea y tortura. Ni el chico detenido esa noche ni todos los demás fueron excepción. Los golpearon, los desnudaron, los hicieron salir desnudos y les hicieron submarino seco: los ahogaron con una bolsa de nylon en la cabeza.

Vanesa Anahí Pérez, militante de Convocatoria, también es víctima de la policía. La detuvieron en la esquina de su casa. “A ver qué va a hacer Zainuco –organización por los derechos humanos en la que militaba su madre, María Elena Cauquoz, relacionando a la organización con la madre- por vos”. No hubo registro de entrada ese sábado 8 de junio de 2013, cerca de las 6 AM, sino recién cuando se desmayó por los golpes. La trasladaron a la comisaría 1ra, donde el ex jefe de la Unidad 11 le recordaba lo parecida que es a su madre y los más íntimos detalles de su familia, que ni siquiera muchos compañeros suyos conocen. “Vos sabés por qué te trajimos”. La obligaron a firmar una denuncia por escándalo en la vía pública a las 4 AM del domingo. La mandaron al hospital Castro Rendón, donde le detectaron hematomas en ambas muñecas, lesión y hematoma en maxilar izquierdo, como en la cadera izquierda, pierna y rodilla izquierda, además de escoriaciones en la espalda y pechos. “Es típico. Hace poco descubrimos que a ella la ingresaron en la puerta donde funciona el aparato de espionaje a militantes. Ella apareció, pero si no hubiera sido registrada, podría haber desaparecido. Eso pasa con mucha más frecuencia con los chicos de los barrios”, denuncia su madre, Cauquoz.

“Me la gasté viajando”

Rodolfo robaba casas de cambio. Era su trabajo. En 1990, ya estaba salvado económicamente, pero no pudo parar y terminó cayendo preso. Pensó que la mejor manera de fugarse era hacerlo desde donde funcionaba el Centro Universitario de Devoto y se anotó, pero terminó recibiéndose de sociólogo. Ahora es docente y esa es su militancia. Desde ese lugar, asegura: “La idea de reinserción social es una fantochada”.

Cada vez que salí a la calle, que recuperé la libertad ambulatoria, sentí una sensación de plenitud muy fuerte. Después de un tiempo prolongado de no poder avanzar más de algunos metros en linea recta porque te chocás con una pared -si tenés ganas de caminar tener que ir diez metros para acá, diez para allá. Podés caminar mil metros, pero así-.

Después de un tiempo de no ver más que canas patibularias.

De vivir en un ambiente en que tu vida depende de las herramientas que desarrolles para evitar conflictos o resolverlos de manera violenta.

Pasado un tiempo largo en un lugar sin ley en donde uno tiene que ser su propio guardaespaldas, no solo cuidarte de los presos sino de los propios carceleros.

Cuando salís a la calle después de la prisión es una explosión de plenitud que no la puedo comparar con otra cosa, salvo con llegar al mar.

Esa inmensidad: solo lo puedo comparar con eso. Es una plenitud muy impresionante.

Aunque veas a la gente con cara de orto, preocupados, aún en las peores condiciones, salir me ha generado alegría incontenible.

Por un instante junta las manos extendidas en forma de T. Me dice que lo espere un rato en el pasillo del centro cultural donde da clases. Lo miro desde la ventana de esas aulas nuevas, que son más bien una pared completa de vidrio. El alumnado pasa cómodo las seis décadas. Rodolfo es profesor de computación. Saluda a cada una de las señoras y algún que otro hombre mayor también. Y arrancamos a caminar juntos.

-¿A qué te dedicabas?

-Robaba entidades financieras, básicamente casas de cambio. Sobre todo las cajas negras de las casas de cambio en los fines de los ochenta con Alfonsín. Eran muy redituables. Situación parecida a la actual con el dólar negro, pero con la diferencia de la aplicación de la tecnología a la vigilancia. Estamos bastante más vigilados hoy. Durante una época que fue muy redituable me dediqué también a robar autos importados y camiones.

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Rodolfo

 

-¿Cómo se elige a quién robar?

-La moral aparece ahí no tanto en la decisión de robarle al que tiene más, sino en la de no robarle al que tiene poco o casi nada. En eso hay una decisión ética que tuve siempre. El riesgo es el mismo si robás un kiosco o un banco, la pena y las posibilidad de que te maten van a ser las mismas. A partir de ahí apuntas a quien más tiene.

-¿Cuándo se dice: “Hay que parar, es suficiente”?

-No hay modo. En teoría debería haber una forma, pero no. Cuando se llega al nivel de las cosas en el cual ya no se necesita en términos económicos meterse en más líos, la verdad sea dicha: no pasa solamente por la cuestión del dinero.

-¿Llegaste al momento de decir “estoy bien parado, ya no necesito”?

-La mayoría del rédito económico que tuve me la gaste viajando. Pero en 1990, no necesitaba seguir con lo que hacía.

-¿Eso te da más bronca o lo entendés?

-Cuando lo podés mirar en perspectiva, entendés que no es sólo la cuestión económica. Así como no se puede explicar en un esquema sencillo las causas que llevan a una persona a delinquir, tampoco se puede explicar fácil por qué no deja de hacerlo cuando económicamente está bien. La bronca la pude transformar en otra cosa. Obviamente sí pienso: tenía todo, no necesitaba hacerlo, pero seguí y tuve ocho años de prisión. Qué pelotudo. Qué infeliz. Qué hijo de puta. Pero además qué puedo analizar: hay repeticiones que tienen que ver con la estructura mental. Se me hacía difícil tener un ejercicio diferente. Siempre que salí en libertad tuve la intención de dejar de delinquir, pero sostener en la práctica una vida dentro de la legalidad se me hacía muy difícil, incluso cuando pude en los primeros tiempos laburar como docente. Había cuestiones que no tenía resueltas en la cabeza.

-¿Qué se vuelve complejo de asumir?

-Es difícil salir del círculo delictivo, pero más difícil es armarse otro escenario y sostenerlo. Hay un cierto prejuicio en cuanto a cómo uno tiene que mantenerse. Convengamos en que ni hoy ni nunca fue fácil vivir con un sueldo, y menos si es de docente. Cuando dejás de estar preso tenés que enfrentarte a un montón de cuestiones que no hacías en condición de encierro. Tenés que pagar la luz, el gas, el teléfono, los impuestos. Subir a un bondi y pagar. Mientras estás encerrado todas esas cosas desaparecen de tu vida. Cuando salís, ya ese día tenés que ver cómo ganarte el mango. Y muchas veces significa, hasta que cobres el primer sueldo, que alguien te la preste. Que alguien te sostenga. En términos económicos y en términos anímicos. Y aceptar eso implica todo un laburo mental. Cuando uno fue siempre autosustentable e incluso proveedor de todo su círculo familiar y afectivo. Cuando las personas salen, vuelven de una situación de infantilización carcelaria a responsabilidades de adulto de nuevo, donde muchos esperan que uno vuelva a ocupar aquél lugar determinante. Y uno no está en condiciones de hacerlo, pero querés ocupar ese lugar. Por vos y por lo que esperan los demás. Se genera un quilombo muy fuerte. Es una cuestión de poder.

-¿Cómo se le explica a una familia la chance de caer preso?

-No hay modo. Aunque puede haber diferentes condiciones. Me tocó caer cuando mi familia sabía a qué me dedicaba. En otra ocasión, que formé otra familia, mantenía oculta esta vida. Y el día en que caí fue un quilombo terrible. Irrecuperable. El golpe fue muy duro y se desarmó todo. Cuando la cosa está asumida, la casa es parte del asunto. Las cosas se soportan. De alguna manera se tiene previsto que puede pasar eso, entonces hay un fondito. Pero para explicarle a mi piba que yo no iba a estar por un tiempo porque había caído en cana, tuve que armar una historia. Y dije que estaba en Punta Cana, que es un lugar del caribe también, viste. Imaginate los comentarios en el colegio: ¿en Punta Cana tanto tiempo? De ahí tuve que pasar a la versión de que estaba en Cuba, era más creíble.

Revuelve con la mano rodeada por una cicatriz ingente para mezclar el par de sobres de azúcar en el té con limón. Responde tranquilo Rodolfo. Tiene sus formas bien claras. Arranca cada respuesta con una negación, a la que después proseguirá una explicación desarrollada donde el vocablo posibilidad va a tener su protagonismo. Bien parecido a su vida.

-¿Cómo fue estudiar dentro de la cárcel, en el Centro Universitario de Devoto (CUD)? ¿Por qué elegiste sociología?

-En realidad no tenía intención de estudiar. Cuando arranqué, estaba en una situación compleja en términos procesales. A esta altura, año 1990, volvía a tener conflicto con la Justicia. Entonces ya era reincidente: o sea que era una persona que, por lo menos dos veces, se expone a una condena. La figura de la reincidencia para esos tiempos implicaba que cualquier condena que se dictara tenía que ser cumplida de punta a punta hasta el último día. Venía con un expediente bastante denso en esa ocasión: tenía armas de guerra, automotores, toda clase de delitos que sumaban una posibilidad de condena de 15 a 20 años. Así que la situación era negra. Ante esa perspectiva, el horizonte de uno se va trastocando. Mi pensamiento era, bueno, de acá de alguna manera me tengo que ir antes. La única perspectiva en esos momentos era la fuga, no había posibilidades legales. Me enteré que había empezado a funcionar el Centro Universitario en un sector de la cárcel que quedaba en un subsuelo y bastante cerca del muro. Hacer un túnel desde allí, implicaba la mitad del esfuerzo. Me intereso por el CUD en aras de ese proyecto. Esa fue la primera motivación. Cuando empiezo a bajar todos los días al CUD y empiezo inevitablemente a meterme en la vida política del lugar, y a ver de cerca cuál era la utilidad del conocimiento en cuanto a herramienta de autoayuda y ayuda a los demás en términos de asesoramiento jurídico, las cosas cambiaron.

-¿Tenías el secundario completo?

-Ni a gancho, pero ya existía el sistema de UBAXXI. A la par que hago cuarto y quinto año, empiezo a hacer el CBC. Me pasaba de 9 a 18 todos los días de la semana ahí. Eso fue generando un proceso que fue reemplazando la idea de la fuga por la idea del estudio. En definitiva, creo que existió una variable que desconozco, que estuvo relacionada con la posibilidad de cambiar de vida. La reincidencia es un segundo cachetazo, y uno tiene la tentación de reflexionar sobre eso. En principio por supuesto que me interesaba Derecho como a la mayoría de las personas en esa situación. Pero con 25 años, cuando arranqué las materias Sociología y Antropología en el CBC, se me dio vuelta la cabeza. Conocía de pibe la teoría del valor de Marx, pero cuando pude acceder a Foucault, Weber, definitivamente poder hacer un análisis de la realidad social desde otro lugar me atrapó. Me abrió la cabeza de un modo que no pude retroceder y me abracé a la sociología.

-¿Y saliste antes?

-Para fines del 97, logré una libertad anticipada. Frente a los 18 años que tenía, a los 7 años y poco pude salir. Vino por el lado de la modificación de las leyes contra los reincidentes, no por el buen comportamiento, que en la cárcel es todo un tema. La gente es calificada como en el colegio con una especie de boletín. Las calificaciones tienen que ver con conducta, con que una persona no cometa infracciones, que no tenga sustancias prohibidas, que no se pelee; y con el concepto que determinan la autoridad penitenciaria -los carceleros- que manejan un criterio de subjetividad muy fuerte, de acuerdo a si usás barba, si tu ropa está limpia, si te manejás con amabilidad. Entonces tenés que desarrollar toda una cintura política para mantener tus principios y la nota esté acomodada sin transar con los carceleros. Es todo un laburo de astucia. Logré mantener eso, y como toda la militancia que generó esa primera generación que estudió de forma orgánica en el CUD tenía la senda libertaria, no la de buscar quilombos estúpidos adentro, nos habíamos ganado el respeto y hasta nos temían un poco, tanto los muchachos como los guardias. Al haber adquirido herramientas, podíamos manejarnos con recursos y a la policía eso le asustaba, por desconocido.

-¿La reinserción en vos tuvo éxito?

-No. En realidad, siempre es un fracaso. La idea de reinserción social es una fantochada. Genera la posibilidad de que puedas salir a la calle antes e intentes un cambio en tu vida, pero ese cambio depende completamente de uno. No hay posibilidad de que una persona sea sometida a un tratamiento en condiciones de encierro que pueda generar algo bueno. El encierro en sí es un escollo imposible de salvar para cualquier tipo de tratamiento, pero esto es una cuestión más profunda. La estructura del trabajo por la reinserción social es solo una farsa para sostener puestos laborales para psicólogos, asistentes sociales y demás.

-¿Hubieses estudiado igual?

-No creo. Al paso que venía no creo que hubiese estudiado. El estudio académico en sí no te libera, lo que puede hacer es generar un contexto de posibilidad. Cuando se suman a condiciones internas por ahí podés hacer el click y cambiar, pero por ahí también fracasás. A mí me pasó, lo intenté y fracasé, y volví a caer en cana. Hasta ahora vengo manteniendo una línea de acción en la cual no entra como posibilidad el delito. No porque entienda que está mal delinquir en esta sociedad, ni porque entienda que las leyes tal como son deberían ser respetadas todas. Sencillamente porque sé que mi vida por ese camino estaría terminada, en breve. Pero además entendí a través del estudio y la práctica pedagógica la posibilidad de ser el otro actor: el docente. Ahí encontré una especie de sentido a trabajar. Estar frente a un aula no es simplemente vender tu fuerza de trabajo. Es un plafón que me permite militar.

Interrumpe. Un llamado al celular. Habla del mecánico y del equipo de gas de la Kangoo roja que lo hace renegar. De un viaje a Entre Rios para el día siguiente. Es que hace algunos viajes -me explica después- cada vez que puede, para sumar al sueldo docente.

-¿Cómo lo llamabas vos? -Un trabajo. -Bueno, ¿cuándo se dice que terminó un trabajo?

-El trabajo no terminó hasta que uno no está en su casa o en el lugar que quedaste donde vos sabés que ya estás seguro. Ahí terminó el trabajo y ahí estallás. Si el objetivo consiste en apropiarse de guita, el momento en que vos tenés el montón de dinero arriba de la mesa contándola, ese es el momento de culminación feliz de todo un proceso que es muy angustioso, muy peligroso, muy desgastante que te deteriora mucho la cabeza.

-¿En qué te deteriora la cabeza?

-Escuchame, no tiene nada de natural que vos dediques días y meses a vigilar un lugar, a establecer posibilidades de escape, ritmos de los semáforos, frecuencia de las rondas de los policías. A ver la realidad de otro modo. Yo no nací para eso, nadie nació para eso. La dinámica puede llevar a una persona un tiempo a mirar unas cosas precisas, cuando podría dedicarlo a mirar otras cosas: las minas que pasan o las texturas de las paredes. O la explotación. Pero todo eso se borra de la escena, porque te convertís en una máquina de observar el escenario del crimen. Y después vas y lo cometés. Por lo cuál estás sometiendo a otras personas, aunque no les pegues, no las insultes, no las maltrates. En ese sentido siempre fui muy cuidadoso, porque soy consiente que si acá hay un montón de dinero no es mío ni de nadie que esté ahí, es del dueño del lugar. Pero entran los ladrones y tienen que apretar a quienes estén. El dueño no está. Nunca se me fue de la cabeza que a las personas que tuve que interpelar para hacer un trabajo sufrieron con gran probabilidad un trauma de por vida y no merecen pasar por eso. Que van a tener pesadillas con eso, que van a tener temores. Que la policía después va a ir a apretarlos creyendo que hay un entregador. Siempre lo pensé. Es mucho mayor esa culpa que la de haber infligido la ley o haberme llevado algo.

-¿Qué pasa por la cabeza cuando sabés que ya estás al horno, que se pudrió todo?

-Fueron muchas veces. Pasé por situaciones diferentes. Uno dice, bueno se pudrió. Puede significar que están viniendo o que ya están acá. Hay una diferencia importante. Si están viniendo, por ahí te vas. Si ya están acá tenés que irte por la fuerza. Pero si ya están acá y además están atrás ya el problema es mucho más grave: no tenés salida que no sea salir tirando. De esas situaciones tuve algunas. De algunas me fui, de otras no.

La adrenalina te vuela la peluca, sos más animal que otra cosa, puro instinto de supervivencia. A veces logré mantener la cabeza fría. Eso te ayuda a calcular los movimientos con mayor precisión.

Tirar. Agacharte. Ahí opera mucho el miedo. El miedo a morir es muy paralizante. Cuando llegás a la situación de poder manejarlo tenés muchas probabilidades de irte. En esos momentos no pude establecer la diferencia si era miedo a morir o a caer en cana. En el fondo creo que tenia más miedo a caer preso.

-¿Hoy podrías volver a aquella vida?

-En estos años lo que más operó en el sentido de no volver tiene que ver con el paso del tiempo, la edad, con la seguridad de que si hoy me pasara algo, no soportaría una cantidad de años detenido. No lo soportaría. De algún modo preferiría morirme. Creo.

-Además de ese pequeño o gran trauma que le pueda generar a la gente que se cruzó con vos trabajando. ¿Hay algo que te incomode con lo que hiciste?

-Más que nada las consecuencias en las personas que querés y que te quieren. Eso se siente. Yo he generado mucho daño en mi círculo íntimo. He sido un tipo bastante hijo de puta, de generar malestar. Por consecuencia de mis cagadas. La onda expansiva de mis quilombos ha afectado a mucha gente muy querida y muy valiosa. Es un peso imposible de resolver.

-¿Esto sí es libertad?

-De ninguna manera. Nadie está en libertad. Todos estamos en libertad condicional. Desde el psicoanálisis, desde el marxismo, desde donde lo quieras mirar, hay un imperativo social que implica la represión de tus deseos. Hay diferentes tipos de prisiones. Hay hogares que parecen cárceles, infiernos. Nos acostumbramos a ciertas condiciones de vida y las naturalizamos, y no queremos ver mayormente que estamos en pelotas en términos de libertad. Desde este punto de vista, nadie está en libertad. Pero además, estamos en el capitalismo.

Relatos salvajes

Jonathan intentó escapar y un vecino quiso ayudarlo, pero se desmayó por la sangre en los pulmones. Con él, estaba Matías, que está preso en José C. Paz porque lo acusan de matar a Brian, su hermano. También Maju, tiene cuatro tiros en el cuerpo y está internada. Las víctimas.

Jonathan saludó a su hermana Yoana, que estaba por comer, y salió 20.30 de su casa, éste último jueves 7 de agosto. Se compró un arroz con pollo y se sentó en un umbral. Maju, Matías y Brian pasaron en una Suran azul que los vecinos habían visto tirada y completamente abierta, con llave puesta, desde hacía dos días, frente a la escuela de Chilavert y Larraya, y la levantaron para dar una vuelta. Hicieron una cuadra, desde Larrazábal y Barros Pazos hasta Larraya, y la Brigada de Investigaciones los persiguió a los tiros limpios, sin prender sirena ni dar la voz de alto. Antes de las 21, se escuchó una balacera. El policía Rubén Solanes, Percha, de civil, igual que el Fluence que manejaba, entró al auto y fusiló a Matías, a Brian y a Maju. Matías quedó tendido en el asiento de adelante. Está preso en José C. Paz. Sin condena. Brian quedó agonizando. Murió más tarde. Jonathan bajó con las manos en alto. Percha lo hizo correr y le disparó. Cayó muerto a unas cuadras. Maju, herido y todo, salió corriendo. Le quedó un pulmón muy comprometido. Lo hizo aun sabiendo que los chicos no tenían armas, porque nunca respondieron los balazos. “Ahí está el arma”, dijo un policía, señalando una bolsa de arroz con pollo que había comprado Yoni.

Jonathan

Yoni se entregó. Estaba Matías tirado en el piso, mientras le estaban pisando la cabeza. “Corré”, le dijeron Percha y el Mario “Indio” Chaves. Yoni salió corriendo y le tiraron. Siguió corriendo. Le dieron en la espalda. Corrió dos cuadras, se metió en un pasillo. Un vecino sacó a los policías a los escopetazos. Logró que no avanzaran más hacia Yoni, que en el pasillo cayó desmayado por la sangre en los pulmones.

Media hora después lo encontró su mejor amigo, en ese pasillo oscuro. La madre de Yoni lo llevó al hospital. Cuando murió, la policía no quería que la familia entrara a la sala a verlo. “No querían que viéramos que también habían entrado otros tres chicos de Soldati asesinados por la policía en ese barrio”, dice Rosa.

“Es el jefe de la banda”, dijeron en la tele. La madre, cuando lo recuerda, no lo puede creer. Se agarra la cabeza. Cuenta cuando lo ponía en penitencia y Yoni se ponía a hablar con los amigos desde la ventana. Cuenta cuando se ponía a jugar con el perro, como un chico. Cuenta cuando iba a pescar pescaditos mínimos, que ni se podían comer. Cuenta que le tenía miedo a las armas. “Se subió al auto para hacerse ver. Es un adolescente”, se explica la hermana.

Brian y Matías

La policía culpa a Matías de matar a Brian. Eran hermanos. Se llevaban bien.

Brian quedó agonizando en el auto. Lo tiraron en los asientos de atrás. A Matías lo sacaron del auto, ya fusilado, herido. Le pisaron la cabeza contra el piso. Lo metieron en el auto de nuevo para que viera cómo estaba Brian. Desde entonces, no puede hablar más. Está herido, pero en la cárcel de José C. Paz. Aunque legalmente tiene que ir primero a una comisaría, después a una alcaidía y, recién con la orden del juez, a la cárcel. Pero ya está en la cárcel. Ahí, los presos decían que le iban a pegar. “No. A este no, que está reservado”, respondieron los guardias.

La familia teme que lo maten.

Maju

Con cuatro tiros, dos en los hombros y dos en las piernas, Maju corrió una cuadra y se metió en un pasillo. Se metió en la casa de un vecino, lo que le evitó que el Indio lo rematara. Está internado, con un pulmón comprometido.

-¿Por qué no retiraron antes la Surán?- le preguntó Rosa, hermana de Yoni, al comisario de la 52, porque sabe que en la 20 y en villas de Soldati, hay autos de alta gama, abiertos, como la Suran, con la llave puesta. “Son señuelos”, dice Rosa. “A los pibes que se suben, se sienten con derecho a matarlos”. También teme que mezclen esa Suran, con otra, robada a una señora dos días después, que apareció en el barrio y que la policía quemó. Si hacen pasar una por otra, limpiarían las pruebas. En la comisaría 36, la comisaria Carrizo le dijo al padre de Yoni que el coche era rojo. Le dijo también que Yoni tenía un arma en la cintura. Los médicos, cuando llegó al hospital, no la encontraron.

Los casquillos son todos de pistolas 9mm. Sin embargo, la policía intenta instalar que fue un problema entre bandas y armó una causa diferente para cada chico, para que las familias no pudieran trabajar juntas. Las familias saben que no.

Las pericias no dan cuenta de armas de los chicos, pero un vecino vio cómo el Indio o el Percha tiraba una remera adentro de la Suran, donde sospecha que había un arma.

En Cruz y Lafayate, los policías “armaron el espectáculo para Crónica” –dice Rosa-, mientras Brian moría. Hasta ahí, empujaron el auto, cuyo motor no respondía porque había sido acribillado por las balas policiales.

La familia de Brian cortó avenida Cruz. Cuando pasaban patrulleros, les tiraban piedras, de la bronca. La gendarmería respondía con balas de goma.

Los portavoces de la policía confunden todo. La comisaría 36 tiene un discurso. La de Robos y Hurtos, otro. Dan el apodo de un chico por otro.

Solanes pasó por el santuario que le armaron a Jonathan, bajó de su Fluence gris y pateó una de las sillas que cortaban la calle de Larraya y José Barros Pazos. Acostumbra pasar, pedirles fuego a los chicos, para marcar la cancha, y verles la cara de cerca.

El miércoles posterior, volvieron a pasar, como siempre. Eran cuatro. Se bajó uno a desafiar: “A ver quién viene. Tengo una bala para cada uno”.

Lucha de clases

Más allá del parecido de Berni con un editor de Clarín y de la despiadada represión de Gendarmería y la Metropolitana, el conflicto en Lugano desnuda el problema de la vivienda en la Ciudad. La acción del Estado a pesar de lo que dice la Constitución.

IMG_2576-3No mezclar y confundir las incontables aristas de los últimos hechos ocurridos en el barrio Papa Francisco de Lugano -bien al sur de la Ciudad de Buenos Aires- puede resultar un gran esfuerzo. Primero porque muchos factores confluyen y pueden nublar que ante todo acá se está hablando de vivienda. Luego, porque donde existe confusión -creada- debemos saber que siempre hay quien sale muy beneficiado.

La Ley 1.770 de urbanización sancionada en agosto de 2005 que “afecta a la urbanización de la villa 20, el polígono comprendido por la Av. F. F. de la Cruz, eje de la calle Pola y línea de deslinde con el Distrito U8”.

Las drogas y los narcos que circulan cómodos en asociación con cualquier fuerza represiva del Estado.

El asesinato de Melina Lopez de 18.

Las palabras de Berni: “Este asentamiento se cobró la vida de tres personas”, que hasta al más perezoso hará recordar al titular clarinesco, ya desenmascarado: “La crisis causó dos nuevas muertes”.

El Plan Unidad Cinturón Sur que desde julio de 2011 despliega tres mil efectivos de Gendarmería Nacional y Prefectura Naval en el sur de la ciudad.

De la misma ciudad que está siendo sede de la conferencia internacional “El futuro de la ciudades“, organizada entre otros por la ONU.

La resistencia armada narco -desalojados una semana después- y los siete heridos de la Metropolitana.

La contaminación del suelo con metales pesados.

Y quién carajo son los punteros que iniciaron la toma del predio.

Todo. Ocurre. Pero acá se está hablando de vivienda. Y de cómo fue la represión aplicada para dejar a gente sin su casa ni otra solución viable.

Desde el Observatorio Urbano Local, dependiente de la Facultad de Arquitectura de la UBA, aseguran un notorio aumento de la población que vive en villas y asentamientos precarios en las últimas décadas: “Ha pasado del 1,2 al 5,7 % entre 1960 y el 2010, con la única alteración de la trayectoria marcada por la erradicación forzada de las villas durante la dictadura militar entre 1976 y 1983. La tendencia en los últimos 50 años indica que, mientras la población de la ciudad ha permanecido casi constante, la población viviendo en condiciones extremas de precariedad habitacional se multiplica casi por cinco”.

Mientras, el Instituto de Vivienda de la Ciudad (IVC), organismo que puede pasar años sin construir una sola vivienda, ejecutó solo el 11,5% en el primer trimestre del presupuesto 2014 de 957.270.900 pesos.

Articulo 14bis. En especial, la ley establecerá: el seguro social obligatorio, que estará a cargo de entidades nacionales o provinciales con autonomía financiera y económica, administradas por los interesados con participación del Estado, sin que pueda existir superposición de aportes; jubilaciones y pensiones móviles; la protección integral de la familia; la defensa del bien de familia; la compensación económica familiar y el acceso a una vivienda digna[i].

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Dicen que dicen:

Dice Guillermo, vecino desalojado: “El sábado pasado eran las ocho menos cuarto de la mañana cuando tocaron la puerta. Pensé que eran chorros que andan por ahí siempre. Así que no contesté rápido. Los de la Metropolitana entraron a la fuerza, me pegaron un culatazo acá –se señala el hombro izquierdo inflamado por demás-, me gritaban `salí de acá, tomátelas, salí´, solo con la mochila que pude agarrar, sin documentos, ni plata, dejé mi casa con mi familia”.

Dice la jueza María Gabriela López Iñíguez: “En la madrugada del sábado se dio inicio al allanamiento oportunamente dispuesto, cuyo resultado fue exitoso en tanto la actuación coordinada y profesional de la Policía Metropolitana y de la Gendarmería Nacional lograron que a las 8.45 horas del sábado el 98% del terreno se encontrara desocupado de moradores. Es decir que a las 9.15 horas todas las personas habían abandonado, sin pérdidas humanas que lamentar ni heridos de consideración, el terreno ocupado. A partir de las 9.15 horas comenzó la tarea ardua e ingrata de vaciar el predio de objetos y pertenencias varias, con el objetivo de preservar en toda la medida posible las cosas muebles de los habitantes (…) El objetivo primordial fue el de evitar, para los habitantes de ese lugar, pérdidas materiales que hubieran podido agravar sensiblemente su situación, por evidentes y ostensibles razones de humanidad”.

Dice María, vecina desalojada: “Si Berni y Macri tenían planeado un desalojo, lo básico era pensar dónde ubicar a tanta gente. Lo único que nos ofrecieron fueron palazos y nos dejaron tirados en el bulevar mientras veíamos a las topadoras que nos rompían todo: heladeras, documentos, materiales de construcción. Nos dijeron que venían por un allanamiento, pero era mentira”.

 Vuelve a decir la jueza López Iñíguez: “Sin perjuicio de algún mínimo y ulterior incidente que haya podido registrarse con el curso de las horas, definitivamente de envergadura menor frente a la enorme tarea realizada, corresponde declarar oficialmente que estos hechos deberán ser abordados y resueltos por las autoridades del Poder Ejecutivo porteño en uso de sus legítimas facultades. Las autoridades locales, en sus diversos roles, hemos dado cumplimiento a nuestro deber. Por ende, sólo resta hacer público en lo personal mi enorme agradecimiento a la solícita colaboración de la Gendarmería Nacional, en la persona del Sr. Comandante Mayor Claudio Brilloni, Jefe del Cinturón Sur de esa fuerza; al Sr. Secretario a cargo de la Subsecretaría de Articulación con los Poderes Judiciales y los Ministerios Públicos dependiente del Ministerio de Seguridad de la Nación Rodrigo Luchinsky y muy especialmente a la Sra. Ministra de Seguridad de la Nación, Sra. Cecilia Rodríguez, por el gigantesco compromiso y dedicación funcional que exhibieron, para posibilitar que esta manda judicial fuera ejecutada de un modo humano, racional, proporcionado, y en definitiva constitucional”.[ii]

Dice Luis Duacastella, defensor general adjunto de la Ciudad de Buenos Aires: “La Metropolitana no cumplió con los pasos que establecía la orden de la jueza López Iñíguez, que eran intimarlos a retirarse voluntariamente primero, y en ese caso brindarles asistencia de movilidad, sanitaria, alimentaria y habitacional, y si había resistencia, usar la fuerza. (…) en el tiempo que duró el desalojo, que empezó a las 7 y terminó a las 9, no se pudo haber cumplido con eso; se hizo todo por la fuerza, que era el segundo paso”.

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Estratagema

La estrategia oficial post desalojo fue la cesareana-napoleónica divide et impera. La táctica fue orientada a separar a los vecinos de sus vecinos, de sus casas, de sus familias. El objetivo: debilitar el poder popular, dividir a los desalojados e imperar sobre ellos.

Algo más de quinientas familias desalojadas quedaron en la calle y fueron impulsadas a arreglárselas por su cuenta. Los que pudieron están aún hoy resistiendo en el bulevar de la Avenida Fernández De La Cruz rodeados por efectivos de la Metropolitana. Los que no tenían familiares o amigos a quien acudir por un rincón donde tirar su colchón fueron distribuidos entre hoteles y entre los paradores nocturnos para personas en situación de calle del Gobierno de la Ciudad, en Barracas, en Parque Chacabuco y en Parque Avellaneda.

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A Guillermo, luego de desalojarlo a los golpes, lo invitaron a ir al de Parque Avellaneda: “La mitad de mi familia se fue a casa de familiares, y el resto nos fuimos al parador. Al segundo día ya faltaba comida, mesas, los padres y los hijos dormían en una sola cama. Son pabellones divididos entre mujeres y hombres con cincuenta cuchetas cada uno, muy parecido a estar detenido en la cárcel. Ir allá no es solución. Hay gente que vive en la calle y duermen en esos paradores que se quejan porque la comida la tienen que compartir con nosotros ahora. Y a mí, que vengo de Santa Cruz de la Sierra, me gritan que me vaya por boliviano. Pero hoy a la noche probablemente vaya a dormir allí de nuevo”.

De lejos, se lo escucha a Franco pedir una y otra vez por baños químicos. Hay que entender que los que están resistiendo en el bulevar -dentro del enrejado policial, y fuera- no tienen siquiera donde cagar. “Hubiese preferido que los uniformados agarren y nos maten, y no esto de dejarnos muertos en vida”. Es de Alianza Lima, el equipo de su ciudad natal, 36 y una familia disgregada a partir del desalojo masivo: “La mayoría éramos inquilinos, no tenemos nada, y acá algo tuvimos. Pero ya no. La dictadura acabó pero ellos la siguen aplicando”. Entre medio de una oración y otra, vuelve a consultar por los baños, y continua explicando hasta dónde llega la bronca: ”Nos presionan para que firmemos el subsidio habitacional de 1800 pesos por 10 meses con cláusulas que no te permiten reclamar después; es que eso no soluciona nada para una familia. No lo vamos a hacer. El pueblo por más que sea pobre se va a levantar, el pobre se va a cansar de ser pisoteado. Si lo único que te van a poder sacar es la vida, porque el resto ya te sacaron todo, hay que entregarla”.

IMG_3557La estructura estructural

La crisis habitacional de las -al menos- 163587 personas que, según el Censo 2010, viven en las villas de la ciudad es estructural, pero no necesaria ni menos irreversible. Es estructural porque la estructura político-social indica que así sea. Lo estructural aquí es la estructura funcional a sostener los status quo relacionados con la criminalidad civil, la corrupción política y la permanencia de la supremacía del poder establecido, para no ofrecerle todas las culpas simplemente al capitalismo que las suyas no deja de tener.

María de unos cincuenta y pocos, se calza como automática al nieto que todavía no camina en el brazo derecho. Canchera con los bebés, de un solo movimiento le deja el hombro libre para que el chiquito apoye cómodo la cabeza. “Desde que llegué a Buenos Aires siempre estuve en villa 20, en casas de familiares de mi esposo, comedores y alguna piecita prestada por ahí. Nací en Villa Minetti, un pueblo santafecino pegado a Santiago del Estero, pero de chica ya me fui a Santa Fe capital. De allá vengo. Pero allá es mucho lo que se da de prostitución. -descuelga al nieto para dárselo a la madre- y yo tengo muchas nenas y mientras ellas fuesen creciendo iban a ser llevadas por los cafiolos, y ahí, ya no ves más a tu hija. Por eso me quise venir acá. A Buenos Aires la ves desde la tele y es Nueva York -estira los brazos Maria, separando en horizontal todo lo que puede la yema de los dedos medios de cada mano-, estando acá ya es otra cosa”.

Apenas llegué de Bolivia alquilaba una casa con otras familias cerca de la cancha de Vélez  y trabajaba en la costura -cuenta Guillermo-. Cuando vi que podía conseguir algo más barato, alquilé dos piezas de 3×3 en la 1-11-14, que ahora valen unos mil pesos cada una. Pero hace unos meses con mis ahorros pude comprar por veinte mil pesos un terreno de 8×4.5 en la Papa Francisco. Quién me lo vendió, uno del barrio que no se cómo se llama, me decía: `ya es seguro, llevan más de tres meses acá. No te lo van a sacar´. En otros lados, los terrenos valían de 40 a 100 mil pesos. Al otro día de comprarlo armé una casa precaria con unas chapas y a partir de ahí me puse a construirla con material y todas las mañanas trabajaba en la obra para mi casa”.

[i]  Constitución Nacional Argentina.
[ii] Comunicado oficial de la titular del Juzgado Nº 14 en lo Penal, Contravencional y de Faltas de la Ciudad de Buenos Aires, María Gabriela López Iñíguez, en relación a los hechos de público conocimiento en el marco de la orden de allanamiento y liberación ejecutada el sábado 23 de agosto.

Atención policía

Frente al proyecto de Diputados de poder calificar de ilegales protestas sociales que son bien legítimas, la represión se ha recrudecido en todo el país utilizando desde infiltrados a balas de plomo y accidentes simulados.

A la altura del kilómetro 30 de la ruta Panamericana, donde se encuentra uno de los centros industriales más grandes del país, se toma el pulso de una realidad que involucra a trabajadores, gendarmes, automovilistas y a todos: el de la llamada “protesta social”.

Allí y desde hace años se discute cuerpo a cuerpo el derecho, la legitimidad y los límites de los reclamos laborales y también la respuesta del Estado frente a estos conflictos. Últimamente, apareciendo en su faceta más terrible: la coerción por parte de las fuerzas de seguridad.

En el último año se sucedieron una serie de represiones a trabajadores que tienen nuevas características, trazan una tendencia y rebotan en la campaña mediática y en los recintos políticos.

Mientras se discute en comisiones de la Cámara de Diputados un proyecto de ley -impulsado por  Diana Conti, Carlos Kunkel, María Teresa García, Sandra Mendoza, entre otros, todos del Frente para la Victoria-  que busca regular la protesta, Sergio Berni -Secretario de Seguridad de la Nación- dice que con el código penal basta para garantizar la circulación en las rutas federales. Patea el conflicto laboral al Ministerio de Trabajo que genera cada vez menos instancias de mediación, ciertos diarios publican como noticia la preocupación de los empresarios ante la preeminencia de comisiones internas obreras “de izquierda”, se difunden videos donde se demuestra la presencia de infiltrados en las manifestaciones, la gendarmería usa balas de goma, muestran armas de fuego, van con perros sin bozal, detienen ilegalmente y abren causas penales contra trabajadores.

Los casos de Lear y Donelley

“Cada vez son mayores los operativos”, dice de primera mano Jorge Medina, delegado de la comisión interna de la gráfica Donelley -cuya quiebra mereció la atención de la presidenta- y uno de los reprimidos en distintas secuencias de los últimos meses. La primera: el 8 de julio en la Panamericana cuando se acoplaban a la protesta de la autopartista Lear. Aquel martes se mostró el quiebre o el comienzo de la escalada represiva que siguió: “Había como una norma implícita de que toda protesta era en horario temprano, duraba un rato, venía gendarmería y se levantaba”, dice la abogada del Centro de Profesionales por los Derechos Humanos y representante de algunos trabajadores, Myriam Bregman.  “El 8 de julio generó un cambio absoluto y es porque la gendarmería no vino a negociar y dijo: `se van ya mismo porque vamos a pasar por acá, por arriba de ustedes´”.

El delegado Medina recuerda de la jornada: “La gendarmería avanza y nosotros retrocedemos, pero no nos dejan bajar de la ruta porque nos pusieron a la bonaerense al costado. Entonces empezó la represión y los disturbios, y en lugar de durar un rato la protesta duró todo el día. Hubo heridos, detenidos, ambulancias…”.

La siguiente represión ocurrió en Ciudad de Buenos Aires, cambiando también el actor represivo -esta vez la federal-: fue el jueves 26 de junio cuando trabajadores de Lear y Donelley marcharon desde Callao y Corrientes hasta la Cámara de Comercio Estadounidense, en contra de los despidos y suspensiones. Aquel día la policía tiró gases, rapartió palos y llevó detenidas  dos personas a la comisaría 5°.

En ambos casos, las represiones fueron respaldadas por declaraciones de Sergio Berni apelando a la “libre circulación” de rutas y calles, es decir planteando el viejo dilema del derecho a circular por sobre el derecho a la protesta. La nueva arista resultó ser la demonización de los sindicatos “de izquierda” como crítica a la forma de llevar adelante los reclamos.  “Es como que el foco de la criminalización lo están poniendo ahí, buscando el izquierdómetro y a partir de eso el origen de la protesta parece que no son los 200 despidos sino que es porque son de izquierda”. El delegado Medina opina  sobre los métodos de protesta: “Los cortes y los piquetes son los métodos tradicionales de la clase trabajadora que nos permitieron conquistas históricas, como las jornadas de ocho horas. Hay que tener en cuenta que, si llegamos a ese punto, es porque todas las otras instancias se agotaron”. Medina apunta al cerco entre la empresa, el gremio cómplice y el Ministerio de Trabajo. En los casos de estas empresas, luego de años de comisiones internas que respondían a la llamada “burocracia sindical”, y con el pulso de las explotaciones cotidianas, han ido ganando terrenos comisiones internas más combativas que no se quedan de brazos cruzados, cuestión que no implica que sean todas de izquierda: “De la comisión interna de Lear sólo uno se reivindica como `de izquierda´”, cuenta.

Con Berni al frente de las represiones, otra parte del oficialismo discutiendo la regulación de la protesta, la presidenta Cristina Fernández se encargó de ir contra las maniobras empresarias en Donelley al anunciar que se iba a aplicar  la Ley Antiterrorista a sus directivos: planteaba que la gráfica tenía accionistas de los fondos buitre y que la declaración de su quiebra era una maniobra especulativa en contra de los intereses del país. Medina interpreta: “Estamos a favor que se revise el accionar de la empresa, pero no apoyamos la Ley Antiterrorista, porque sabemos que se le aplica una vez a una empresa y cien veces a los trabajadores”. Actualmente Donelley se encuentra bajo control de los trabajadores mientras se resuelve su situación en una serie de audiencias en el Ministerio de Trabajo: “Nosotros planteamos la estatización de la planta con control obrero. Nos dijeron que sólo estatizaban servicios, pero nosotros podemos brindar un servicio de imprenta para el Estado”, dice Medina.

Denuncias y decreto

La abogada Bregman cuenta que, desde entonces, “estamos metiendo una denuncia por semana”, en referencia a las causas abiertas por el Estado contra los trabajadores y que éstos responden con denuncias a las propias fuerzas de seguridad. “Pedimos como medidas de prueba que gendarmería diga bajo qué protocolos de actuación intervinieron. Si fueron con perros sin bozal, tiraron balas de goma para dispersar, no dialogaron, ¿en qué protocolo está eso?”.

La pregunta apunta al decreto que la Secretaría de Seguridad, en 2011 a cargo de Nilda Garré, promovió para regular la actuación policial en manifestaciones sociales: entre otras medidas se prohibía la portación de armas de fuego, se restringía el de balas de goma únicamente al “uso defensivo” y obligaba al personal de la fuerza a portar una identificación advertible a simple vista. Estos estándares se habían fijado como resultados de la represión que terminó con muertos en la toma del Parque Indoamericano y del crimen de Mariano Ferreyra.

“Se había logrado una base de discusión importante que se pretendía que avance a contextos provinciales”, dice Paula Litvachky, responsable de Violencia institucional del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS). “Incluso provincias que acataron los 21 puntos del decreto mostraron practicas muy regresivas también: Jujuy, Chaco, Tucumán; esto no pasa sólo acá. Se vienen viendo situaciones complejas con respuestas policiales regresivas y ahora aparecen con más preocupación algunos retrocesos de las propias fuerzas federales”. Litvachky enumera: “Portación de armas de fuego de policías, uso de escopetas de balas de goma para disuadir, uso de perros, preponderancia del operativo policial y situaciones particulares como el gendarme al que se vio tirarse arriba del auto simulando un accidente o la persona que aparece de civil como infiltrada. Esos son elementos preocupantes”.

-¿Qué cambió? Las respuestan parecen ser dos:

-“La frecuencia con que se están dando las protestas, y en el modo en cómo se están respondiendo. Vemos con preocupación cómo posiciona el Estado en la mayoría de los casos con una respuesta policial antes que política. Sin una actitud ingenua, a veces estas mediaciones políticas son complejas, pero estamos planteando que si bien esto es complejo y no tiene una respuesta unívoca y hay distintas miradas que hay que entender, nuestra preocupación y alerta, sobre todo por la historia de nuestro país, es la respuesta policial que se está dando a las protestas y los hechos de mayor violencia que se están produciendo.

– En esos términos el rol del Ministerio de Seguridad es central en reafirmar esos criterios de actuación más allá de la discusión que pueda haber política sobre los conflictos, y entendiendo que no se puede admitir que se retroceda sobre esos avances para la protección de las personas que protestas y de todas en general”, asegura  Litvachky.

Cómo avanzar

“La discusión para nosotros es que tenga mejor rango normativo”. Litvachky aclara que refiere esto para volver a respetar los estándares planteados en 2011 y no a la ley que se discute presentada por un grupo de diputados del Frente para la Victoria en abril. En él, los puntos más polémicos giran en torno al planteo de declarar protestas como “legítimas” o “ilegítimas”. Para ser considerada “legítima” una protesta debe no impedir el funcionamiento de los servicios públicos -educación, salud, seguridad-, permitir la circulación parcial de personas y vehículos, especialmente la de grupos vulnerable, y establece que los organizadores deben informar de la manifestación ante la autoridad policial con 48 horas de anticipación: lugar, tiempo de duración, objeto de la protesta y manifestante delegado. Se crea la figura del “mediador” quien se contempla como “personal civil” del Ministerio de Seguridad y tendrá entre sus funciones pactar condiciones del “cese de la perturbación a derechos de terceros y canalizar las demandas al área correspondiente”.

Por parte del CELS Litvacky remarca sus diferencias con el proyecto: “Para nosotros es preocupante que se sostenga la separación entre protestas legítimas e ilegítimas, pacíficas y no pacíficas, pero sí sería muy importante que se le de rango legislativo a criterios de actuación policial en la línea que venimos charlando. La preocupación es que se quiera legislar en forma restrictiva y dando lugar a esta idea de que la protesta es abusiva o ilegítima. A partir de ahí hay que ver cuál es la propuesta que avanza, que no está clara la discusión ni dentro del propio bloque”.

Unas buenas

Las pocas buenas noticias en este sentido tienen que ver con dos decisiones  judiciales que ponen en jaque el accionar de las fuerzas de seguridad en dos casos relevantes: el de la represión por parte de la Metropolitana de la Sala Alberdi, y la que investiga a la Gendarmería por el llamado Proyecto X.

Por la primera,  el 13 de agosto fueron detenidos Miguel Antonio Ledesma y Gabriel Pereira de la Rosa, dos efectivos de la Metropolitana acusados de “tentativa de homicidio simple” de los periodistas Esteban Ruffa y Germán de los Santos, quienes recibieron impactos de bala de fuego aquella jornada. Analiza Litvachky: “Se sostiene que integrantes de la Metropolitana intervinieron de forma ilegitima en un procedimiento. Eso es muy importante por un lado porque rompe con las resistencias y las inercias judiciales que limitan los avances de los casos. Y por otro, porque el Gobierno de la Ciudad no ha condenado ni ha criticado la actuación policial cuando tienen este tipo de desenlaces. No ha habido un mensaje político manifestando que no está de acuerdo con este tipo de actuación policial. Y lo resuelto por la Justicia es muy claro: no se puede seguir admitiendo este tipo de prácticas. Lo que se debe exigir es una actuación administrativa, porque no son dos policías que se volvieron locos: acá hubo una seguidilla y aparece como una especie de patrón de intervención de la Metropolitana”.

La otra causa que apunta contra efectivos de la fuerza toca a gendarmes, en este caso investigados por su actuación en el llamado Proyecto X: un software de Gendarmería Nacional que reúne informes de todo el país desde, al menos, 2004 hasta 2012, referidos a movimientos sociales, gremios, partidos políticos, madres y abuelas de Plaza de Mayo, hijos de desaparecidos, padres y madres de las víctimas de Cromañón, referentes villeros y centros de estudiantes. La causa estudia si el recabado de esta información es legal o no, y de la forma en que se obtuvo: infiltraciones, seguimientos, espionaje. Por la misma estaban citados a indagatoria una serie de gendarmes el último 12 de agosto, pero ninguno se presentó. No sólo eso: recién ese día designaron un abogado defensor y pidieron sacar copias de la causa. Dice Bergman, la denunciante del caso: “Recién ahora los gendarmes se dieron cuenta que tienen que defenderse. Que ya no es, como dijeron, una causa inexistente, sino que es una cosa seria por la que deben dar respuestas. Llega en un momento en que la intervención de gendarmería se reagudiza con las mismas características que denunciamos en esta causa”.

El guapo del barrio es un asesino

En la villa 20 de Lugano, Jonathan se subió a un auto que llevaba dos días abierto y con las llaves puestas, un policía lo frenó, señaló una bolsa donde había un arroz con pollo, gritó “ahí está el arma”, disparó y lo liquidó. Ese oficial se llama Rubén Solanes. Camina libre por la calle.

Hay un policía que se hizo muy conocido en la villa 20 de Lugano. Se anda haciendo el guapo por el barrio. Se llama Rubén Solanes. Se hizo rumorear que había dejado el barrio después de que los familiares de sus incontables víctimas hicieran públicas las denuncias. Se dijo que había estado preso. Estuvo detenido con sus excompañeros. Pero, por todas las descripciones, volvió y se hizo notar. No dejó de usar los “trofeos”, lo que les robaba a sus perseguidos. Desde la División de Robos y Hurtos de la Brigada de Investigaciones, se pasea en su Renault Fluence gris. Baja de su auto y prepotea. Camina sin uniforme, porque no lo necesita. Y mata.

En la masacre a Jonathan Mareco, Braian, Matías y Majo, persiguió al auto donde iban. Sin sirena, a los tiros. Podía ser un ladrón. Era un policía. Bajó cuando pararon, se acercó al Suran donde iban, abrió una puerta y los fusiló. Sabía que estaban desarmados. Si no, no se metía así nomás. Sabía que era impune, si no, no hacía esa barbarie. No murieron ahí. Con su compañero, “El Indio”, persiguió a Jonathan y Majo disparándoles. Jonathan murió después de tambalearse una cuadra y caer desmayado en un pasillo oscuro donde se iba a esconder. La sangre marcó el camino por donde media hora después lo encontró su mejor amigo. Murió en el hospital. Majo corrió en otra dirección. Lo ayudaron abriéndole la puerta de una casa, en otro pasillo oscuro. Está peleándola en el hospital. Braian moriría al poco tiempo. Quedó en el auto agonizando. A Matías, su medio hermano, lo metieron en la Suran para ver cómo había quedado Braian. Está preso en José C. Paz, sin paso por comisarías ni alcaidías. Está casi sin habla por lo que vivió, porque vio la muerte.

“Yo los conocía de nombre. Son los de la Brigada, escuchaba. Si había pibes robando, Solanes les sacaba las cadenitas, los celulares”, contextualiza Yoana, hermana de Jonathan, otra de sus víctimas fatales. “Son sus trofeos”, dicen en el barrio. “Si te fijás, andan con una cantidad de cadenas de oro colgando. ¿El sueldo de policía les alcanza para eso?”, marca Rosa, otra hermana de Jonathan. Son sus trofeos, y los enrostran. A un amigo de Jonathan lo había agarrado fumando un porro y lo tiró al piso y le empezó a dar patadas. El pibe pensaba que lo iban a matar.

Con otros tres compañeros suyos, se paseó por el santuario que hicieron los amigos de Jonathan y pateó una silla. Otro día, uno de los cuatro invitó a pelear a los chicos. “Tengo una bala para cada uno”, les dijo, mientras los insultaba.

“Yo escuchaba el nombre del famoso Percha”, dice la madre de Yoni. Percha es Rubén Solanes porque a algunos de sus muertos, les tiraba una percha encima. Rubén Solanes, Percha, aunque no coincidieron temporalmente, “es de la escuela del Indio”, dice Angélica Urquiza, madre de Kiki Lezcano, que estaba con Ezequiel Blanco cuando Daniel Veygas y otros policías los mataron. El Indio le decía a Kiki: “Voy a ser tu sombra”. Le decía a Angélica: “Cuídelo, le puede pasar algo malo”. “Si alguna vez trabajaste para ellos, ellos siempre están detrás tuyo”, le dijo un joven al diario El Argentino.

En 2002, Percha fusiló también a dos chicos de 17 años, Daniel Barboza y Marcelo Acosta que estaban fumando porro en las “canchas de los huérfanos”, con toda la gente alrededor: los hizo arrodillar y les disparó. Se animaron a declararlo los que lo vieron desde un monoblock. Por su prontuario, por su fama, por lo que Percha mismo había construido, ya lo conocían.

Hace dos meses, se bajaron tres personas de un auto blanco con vidrios polarizados y empezaron a dispararles a los pibes que estaban ahí. Estaban jugando a la pelota. Uno es el sobrino de Yoana, que recibió dos disparos en la pierna. No puede jugar más al fútbol. Dejó el colegio. Ahora se metió en la droga. Otro chico murió. “La familia es tan humilde que no pudo hacer nada”, se lamenta Yoana, que está segura de que eran los de la Brigada de Robo y Hurtos.

Hasta un compañero suyo fue su víctima, dice Rosa. Uno de los fusilamientos lo había sacudido. No lo aguantaba y se había decidido a hablar. Percha simuló una persecución, se le acercó por la espalda y le disparó en la nuca. Cuando cayó, le pisó la cabeza y le dijo: “¿Viste que no ibas a decir nada?”.

Hay hasta comisarios que dicen tener miedo. ¿Será el miedo lo que hizo que reincorporen a Percha a la Federal después de haber sido condenado por un homicidio simple? ¿Si comisarios le temen, qué queda? ¿De verdad le tienen miedo o son sus mejores herramientas?

A una madre también le pegó un tiro en la cabeza, sigue enumerando Rosa. Ella no paraba de pedir justicia por su hijo asesinado por el Percha.

CORREPI denuncia que en la comisaría 52, cuando él era jefe de calle, practicaban torturas como submarino seco.

En el mismo barrio tres policías federales mataron a Camila Arjona, en 2005, mientras tiroteaban a un joven que se había negado a ir a comprarles cocaína. Es el único caso con condenas. Esta vez, no estaban Percha ni Indio.

Percha es uno de los policías, de la institución que se tome en la Argentina, que se ganaron el apodo de “Mataguachos”, como José Antonio Peloso, de Fiorito, que hace gala de sus muertos y anda mostrando el arma por el barrio, ya retirado. Los mueven de un lugar a otro cuando conviene. Después vuelven.

Más de 3 mil muertos tienen en sus espaldas las fuerzas de seguridad argentinas desde que volvió la democracia. Más de tres mil, sin contar los reales enfrentamientos.

“Se sienten dios porque matan y no pasa nada”, sintetiza Ricardo, hermano de Jonathan Mareco.

#yoylayuta

¿Cuál es tu experiencia con la policía?

Abrimos este espacio para escuchar micro historias acerca de la arbitrariedad, el abuso, la corrupción y el accionar policial en la calle y que te tienen como protagonista.

Inclusive si estabas bardeando, ¿estás seguro que pueden hacer lo que hacen? ¿Estamos informados para enfrentar los abusos? ¿O nos pasan por arriba siempre?

Quizás te reconozcas en algunas de estas historias; la idea es que también sumes la tuya, con nombre o anónimamente, para conjurar juntos esos abusos y marcar la escala de un sistema viciado.

Las víctimas y sobrevivientes nos enseñaron a no callar. A que el círculo se abre sólo cuando se rompe el silencio.

Contá tu historia acá abajo.

Linchado, muerto e impune

A Lucas Navarro, 15 años, lo mataron porque intentó robar. Y la Justicia no condenó a nadie. En medio del bombardeo mediático de los linchamientos, su hermano lo recuerda en esta nota.

A Lucas Navarro lo lincharon el 28 de marzo de 2010. Tenía 15 años. Hubiera cumplido 20 el viernes pasado, 18 de abril. Trató de robar un auto que entraba en un chalet del barrio Los Pinos, en Isidro Casanova. La víctima de ese intento, Gastón Roda, se convirtió en asesino junto con su padre Horacio y Gastón Dillman, Adrián González y su padre Norberto. Dillman se le sentó encima mientras los demás lo pateaban hasta romperle el cráneo. La policía llegó media hora después de que empezó el problema. Cerca de 40 personas veían lo que estaba pasando y no hacían nada para evitarlo. Le preguntaban a Lucas de dónde era, qué había hecho. Al principio Lucas respondía desde el suelo a las preguntas, pero las patadas siguieron. Durante el juicio recordaron los gritos de “Llevátelo porque lo matamos”. Un policía le tomó el pulso y supuestamente todavía tenía, aunque muy leve. Lo esposaron estando inconsciente y lo metieron en el patrullero para llevarlo al hospital Paroissien, en el kilómetro 21 de la Ruta Nº 3. Cuando llegó, llegó muerto. “Fueron contra mi hermano y no contra los agresores”, se lamenta con la cabeza en alto Gastón Navarro, hermano de Lucas.

¿Quién era Lucas?

En la casa todos trabajaban. Eran cuatro hermanos varones, el padre y la madre. “Todos teníamos que laburar porque no es como era antes, que solo el padre lo hacía. Él se encontró solo y equivocó el camino. Él había dejado la escuela en 2009 y en 2010 volvió. Estaba mucho mejor. Recién empezaba la vuelta a la escuela cuando pasó esto. Lo que duele es que se crean que la madre de un delincuente, por así decirlo, no sufre. Todos sufrimos su falta ahora. Se creen que la madre del que delinque es prostituta, el padre vende falopa. Lo que no ven es que le puede pasar a cualquiera que un hijo equivoque el camino. Nosotros estábamos atrás de él, pero a veces llegaba con un celular robado y lo parábamos ahí nomás, pero el daño ya estaba hecho. La calle no es buena compañera. Él se encontró con pibes más grandes. Tampoco es fácil ayudar a un pibe que llegó a eso porque no sabés cómo va a reaccionar”, recuerda.

Justicia y objetividad

“A los dos días de que lo mataron, en la casa de la familia Ronda había un micro antimotín y habían vallado las dos esquinas. Yo me imagino que eso no les pasa a todos. Se imaginaban que los hermanos del pibe que mataron eran unos delincuentes. Nada que ver. No tiene por qué ser así. Nunca fui a tirar una piedra a la casa, nunca los insulté. Llegó, no por casualidad, al abogado Alejandro Bois, de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos. A un amigo suyo le habían matado un hermano en la represión del 2001, y Bois tomó el caso. Lograron llevarlo a juicio. La fiscal Silvina Breggia caratuló “Homicidio en agresión”, como si no hubiera habido intención de matarlo. “Yo pretendería que quien imparte justicia sea más objetivo que yo. ‘Usted está insultando mi inteligencia’, le dije. Si cinco tipos se sientan arriba de un pibe de 15 años que pesa 48 kilos y le pegan en grupo, sí querían matarlo. Todos los testigos apuntan a estas cinco personas. No lo pudimos revertir. Uno no espera que le pase una cosa así, entonces no sabe qué puerta tocar”. El Tribunal Oral en lo Criminal (TOC) Nº 5 de La Matanza absolvió a los Gonzalez y los Ronda porque entendió que lo quisieron proteger. El mismo Tribunal había absuelto a todos los policías en el caso Gastón Duffau, muerto a golpes dentro de un patrullero. “Esas personas que deberían ser objetivas no lo son. En vez de resolver el caso de mi hermano, están pensando que el que mataron es un pibe chorro. Cuando empezaron a leer la sentencia, parecía que los iban a sentenciar. Después empezaron a dar vuelta la cosa y por poco no me hacen pedirles disculpas porque, decían, lo querían cuidar a mi hermano. Si lo querés proteger, lo agarrás, lo metés en tu casa y no le pegan más. Si querés proteger a una persona, lo hacés. ­­Gastón Dillman firmó un abreviado y los otros cuatro dicen que se sentaron arriba para que no lo golpearan. A nosotros ni se nos avisó de ese abreviado (juicio en el que acordó tres años de sentencia excarcelables). Yo lo tuve que reconocer en la morgue y era un monstruo. Te das cuenta de la saña con la que le pegaron. ¿Qué decís? ¿Que no lo querías matar? Yo confío en la Justicia si hago las cosas como tengo que hacer. Entiendo que puedo lograr justicia, pese al fallo de primera instancia en contra”, dice Navarro. Además de los testimonios, los peritos encontraron una inflamación en el empeine de un pie de Horacio Ronda. Supuestamente quiso frenar una patada. Gastón Navarro enumera las pruebas: “No hay que ser muy inteligente para pensar que es difícil frenar una patada con el empeine. El tipo le pegó una patada a mi hermano. Los testigos apuntan a que a ellos los ven golpeándolo”.

Los medios y el quilombo

Al mismo Gastón Navarro que le mataron un hermano lo invitó Mauro Viale a su programa de televisión. Sin avisarle, lo sentó frente al padre de una chica asesinada durante un robo. “Yo no voy a estar feliz de que me roben, pero no me voy a convertir en asesino”, tuvo que explicar en vivo, frente a una cámara, frente a otra cámara y frente a un hijo de puta que lo deja parado como un asesino a él, que le mataron un hermano. Con la misma calma, ahora reflexiona sobre esa entrevista: “A veces los medios buscan crear un quilombo. Y yo no tengo nada contra esa persona. A él le mataron una hija, a mí un hermano. Yo busco que el caso se conozca. No me importa la inclinación política del medio. Lamentablemente tengo que aprovechar este mal momento porque antes a mí no se me dio pelota”.-¿Qué pasa ahora con los linchamientos?-Ahora están de moda. De hecho se ve, son casos aislados, como fue un caso aislado el de Lucas, pero ahora se ven más porque apareció Gerardo Romano y supuestamente evitó uno. Pero no es de hoy. Por lo menos acá se ve muchísimo a la salida de los boliches. Lo terrible es que la gente piense que eso es justicia. Esta semana estuve en muchos medios y mucha gente llamaba para decir que hubieran hecho lo mismo, lo hubieran matado. Yo no creo que toda la gente que dice que mataría, mataría. Creo que la gente dice porque mucha gente lo dice. No creo que todos seamos asesinos.

-Pero te sentaron en el programa frente a una víctima, te pusieron del lado del delito.

-Cuando fuimos a juicio yo decía: “Soy una persona objetiva. Yo no defiendo a los chorros. No me va a poner feliz que me roben. De ahí a matar a una persona, estoy muy lejos”. Mi hermano pesaba 48 kilos y tenía 15 años. Si querés parar a una persona así, lo agarrás de una oreja, le metés una patada en el culo. Entiendo esa reacción. No puedo entender que cinco tipos se le sienten encima y le peguen hasta matarlo. Siendo cinco personas, alguno tiene que parar la cosa. Si no, formas parte de un asesinato. Parás a un delincuente y te convertís en un asesino. Mi hermano tenía que ir a un juzgado de menores o a un lugar donde se pudiera recuperar. No me puedo excusar en que un pibito entra y sale para matar a una persona.

-¿Qué impresión te parece que deja esta sentencia de primera instancia?

 -Queda como que la víctima son los que lo mataron. Ellos no son ninguna víctima de nada. Si mi hermano, yo estoy seguro, en vez de ir a delinquir, hubiera ido a jugar a la pelota y pasaba esto, el caso estaba resuelto. El problema es que mi hermano fue a robar. Entonces, mataron a un chorro, no mataron a una persona. Se creen que la gente sufre diferente. La justicia tiene que ser igual para todos. En definitiva a mi hermano lo mataron. Yo no justifico los errores de mi hermano. Tenía que estar detenido o en un centro de rehabilitación. Por no rehabilitar a los que cayeron en eso, estamos convirtiéndonos todos en asesinos por miedo de que nos pase algo. A veces puede pasar por una confusión, con esta mentalidad, que te terminen matando a vos porque la gente está nerviosa de que cualquiera te quiere robar. Ahora pasa con los motoqueros, van a tener que usar chaleco, no van a poder ir de a dos. No hay soluciones. No todos los pibes son chorros. Los pibes no tienen una salida. Por temor estamos justificando matar a una persona. A mí realmente me da mucho miedo, como sociedad, lo que está pasando. Pero insisto en que no todos los que dicen que matarían, realmente podrían hacerlo. Si no, estaríamos rodeados de asesinos. Quiero creer que no es así.