“Hay que volver al teatro cooperativo”

Para Alejandro Awada la actuación fue un escape de la soledad y una conexión con el deseo. Tras años de experiencia, apuesta al cooperativismo para un teatro de calidad por fuera de las lógicas comerciales.

Alejandro solo tiene media hora. Quizás algunos minutos más. Pero, solo eso: treinta minutos y alguna yapita. Después, el tipo se tiene que ir a laburar. Y, como cualquier telemarketer que marca tarjeta, no puede llegar tarde, ni un minuto. La gente, en sus butacas, lo va a esperar puntual, a las 20.30, para que se levante el telón del Maipo y junto a sus otros compañeros de trabajo haga de nuevo, una y otra vez, “El Placard”. La obra fue suceso en Mar del Plata en el último verano y le valió a Alejandro el premio por mejor actuación de reparto. De todos modos, el tipo se deja ver como alguien premiado, pero por la vida misma. Sonríe mucho, cariñosamente. Se ríe también, de formas intempestivas. Su risa es casi editorial, expresa mucho de lo que estaba diciendo al momento de la carcajada. Y su amabilidad, francamente, conmueve. Con esas esencias, desde un olvidable café del microcentro, entre un sonido tan bullicioso como chato, surgen conversaciones claras y contundentes sobre el desorden de la vida de un artista que se despertó escapando de un destino que nunca fue tal.

– Siendo pública la distancia ideológica que te separa de tu familia, ¿pensás que el arte te funcionó como escape o como despertar?

– Las dos cosas. Primero fue un escape, yo no quería y no me hallaba donde estaba, te hablo de un joven de 18 años, en 1980. Sí había un mandato, que había que seguir determinadas pautas establecidas. Ni bien ni mal. Son modos de -hace una pausa importante y elige con bisturí una palabra – vivir. Entonces, cae a mis manos Rayuela, por una amiga -sonríe casi triste- que no la vi más. Y ahí fue contundente. Yo quería eso para mi vida. Quería descubrir de qué me hablaba ese señor. Entonces, al principio me escapé, y ese escape me llevó a distintos talleres y es muy probable que en los de narrativa y de actuación haya comenzado un despertar, que fue muy lento, muy de a poco. Es más, sigo despertándome -se ríe contento-, y me voy a ir de este mundo despertándome. Cuando llegó el despertar no me fui nunca más de este sitio, porque comprendí que era el lugar donde yo me sentía feliz, donde podía desarrollarme. Lo digo de modo exagerado, pero no tanto: a mí el teatro me salvó la vida. Es demasiado, pero algo de real hay. A partir de la vinculación con lo artístico empiezo a adquirir conocimiento. Es muy difícil leer a Unamuno y que no te toque, Neruda y que no pase nada. Cuando empezás a indagar ciertos mundos, te transformás.

– Cuando decís que hay algo real en que el teatro te salvó la vida, ¿hay algo más material que tiene que ver con los excesos?

– Sí, muchos. Podría hablar de eso, pero ya hablé tanto que no es el tema. Los excesos fueron un síntoma, la enfermedad es anterior. La enfermedad era la soledad, el vacío, la angustia, el no encuentro, el no saber qué quería para mí vida. La soledad en el peor de los sentidos, porque yo amo la soledad. Pero aquello era la soledad del encierro, del no poder preguntarme, de no poder desarrollar. Las generaciones de ahora tienen la dicha de nacer y crecer en democracia. Mi infancia fue con Onganía y Lenvingston, y mi adolescencia con Videla y la tragedia de la dictadura. Era absolutamente imposible para mí preguntarme qué quería. Como consecuencia de eso, acudí a la rebeldía. No estaba a favor de mi deseo, estaba en contra de lo establecido. Eso me llevó a los excesos. Pero, ahí está el síntoma, la enfermedad estaba antes.awada-3

– ¿El arte, entonces, es para desconectar o todo lo contrario, para canalizar?

– Es conectar. Es eso, sí o sí. Todos los grandes maestros te van a decir que es así. Uno de mis grandes maestros, Julio Ordano, le dijo una vez a un compañero que estaba nada más que barriendo: “No hagás que barrés, barré”. Sí o sí, la búsqueda de esa naturalidad del escenario te enseña a tocar, a ver, a escuchar, a oler, a estar. Llegar a ese estar, sí o sí es conectando. No con el bocho en 15 cosas, sino estando presente, en ese aquí y ahora. El segundo maestro al que acudí, Raúl Serrano, con el que aprendí actuación y a observar la realidad, decía que todo parte de la contradicción interna, del vínculo con el otro, de cómo construís realidad con el otro, para eso tenés que estar en ese aquí y ahora. Estar significa estar, no hacer que estás, estar presente con todo tu aparato psicofísico disponible. Quizás por eso el teatro me salvó la vida, porque pude conectar con eso. Ahí comprendí que no había una cabeza, un corazón, una pierna, un brazo. Es un todo, una unidad. Puede haber gente que utilice la actuación como un juego, de hecho lo es, pero es un juego profundo y verdadero, que tiene que suceder. Si no sucede, no es.

– ¿Por qué proponés erradicar la palabra “under” del lenguaje para referirse a esas formas de hacer teatro?

– En lo que a mí respecta el teatro es el teatro. Sea en el circuito comercial o fuera. Lo cierto, y esto lo digo con un poco de pena, es que el teatro comercial está aburguesado y dirigido exclusivamente a la clase media burguesa, con un precio de $200, $250 la entrada. Pero el teatro es teatro. Esa diferenciación la hizo el propio circuito comercial. El teatro fuera del circuito comercial, por llamarlo de alguna manera, es tan teatro como cualquiera. En muchos casos mucho más, donde ves excelentes directores, actores, espectáculos. Con una entrada mucho más accesible. Entonces no está por debajo ni por fuera de nada. Ni under ni off. He visto grandes espectáculos en la calle. He visto a un payaso extraordinario, Chacovachi, que convocaba a 500 espectadores cada vez que se paraba en Plaza Francia a hacer su espectáculo, a la gorra, con entrada libre. Y no me parece mal que quiera llevarse un dinero de ahí, es su trabajo ¿Por qué gratuito? Que cada uno aporte lo que considere.

– ¿Cómo ves hoy a ese teatro?

– La única chance de supervivencia que tiene el teatro por fuera del circuito comercial es el cooperativismo. Esto lo aprendí trabajando muchos años en esos teatros, donde hay un dueño de sala, que no te la hace muy fácil, porque si no le metés una cantidad de espectadores que al tipo le cierren, fuiste Manolo. Todo el concepto comercial se basa en una idea que no comprendo: que el capital es más importante que el trabajo. Para el sistema es así y la cosa está así. Desde el punto de vista humano, espiritual, filosófico, sociológico, yo no lo comprendo. El gran teatro que hubo en la Argentina fue en la década del 50, del 60, parte del 70, que se llamó teatro independiente, eran esencialmente cooperativas de trabajo, que nada tiene que ver con la palabra under ni off. Grandes autores argentinos e internacionales, que fueron conocidos por los públicos de Buenos Aires gracias al teatro independiente. Alternativo tampoco, porque también indica que hay algo principal. Yo lo llamaría teatro, pero no se por qué el público tiene la necesidad de categorizar que hay un teatro principal y otro menos principal. En realidad, eso no se impone desde el público, es desde el mercado, quien fija las pautas.

– ¿Qué tan importante es la palabra?

– La palabra es. Es filosófico esto. Lenguaje puro. La que comunica es la palabra, la que dice quién soy es la palabra. Lo que pienso es la palabra. Me formé desde el punto de vista teatral muy de la mano de la palabra, aprendiéndola junto al mundo oculto detrás de ella, vos me das un texto, y en mi personaje, lo que empiezo a indagar es la palabra y el pensamiento que se oculta en ella. Un maestro mío decía que el autor lo que le da al actor es la palabra, ahora cuando yo descubro lo que el personaje piensa, y lo descubro a partir de la palabra que enuncia, ahí puedo transformarlo en el personaje, en esa comunión entre palabra y pensamiento. Infinito, por cierto, para nada cerrado ni establecido. Tengo un enorme respeto por la palabra, hago esfuerzo por encontrar las adecuadas. Y también escucho: la palabra me dice con quién estoy.

– ¿Cómo te sentís trabajando para el mercado del arte?

– Yo soy un hombre que trabaja como actor. Esto lo tengo clarísimo desde hace 20 años. Tomo mi trabajo como un trabajo. Lo que sí es cierto es que me está empezando a surgir de un tiempo a esta parte, pero ahora se está profundizando, es el deseo de volver a las fuentes, de agarrar un gran autor  que no funcionaría en el circuito comercial y volver a las fuentes que hicieron que yo me meta en esta profesión, que tiene que ver con el texto, con el descubrimiento de esos grandes mundos que plantean estos autores, y ofrecérselos al público de Buenos Aires. La única forma de que yo pueda llevar adelante un proyecto como estos es volver al cooperativismo, armar una cooperativa de trabajo y desarrollarme. Al mercado no le interesa: ni Ibsen, ni Strindberg, ni Moliere. Es más, no saben ni quiénes son.

– Sin embargo, muchos te conocemos por Sos mi Vida y otras tiras, ¿haciendo las novelas de Pol-ka se te jugaban contradicciones de algún tipo?

– Voy a decirte solamente esto. Arranqué cuando Pol-ka arrancó, en el capítulo 4 de Poliladrón, que funcionó, sucedió ese proyecto. Al otro año empecé un ciclo de a poquito y me terminé quedando tres años: Verdad Consecuencia. Pasaron esos tres años y no volví a trabajar en Pol-ka por diez. Trabajaba en otros proyectos televisivos, sin ningún conflicto. Yo quería trabajo, el dinero a cambio y la masividad. Ni medio conflicto. Estaba haciendo teatro comercial, la obra “Justo lo mejor de mi vida”, que funcionó muy bien. Eso coincidió con dos o tres películas que habían funcionado muy bien también. Y, entonces, hago tres tiras seguidas para Pol-Ka: Hombres de Honor, Sos mi Vida y Mujeres de Nadie. Ahí comienza el conflicto, porque estar al servicio de una tira es estar al servicio de una tira y no poder hacer lo que realmente deseaba, que era hacer teatro y cine. Ese año tuve clarísimo que no iba a hacer más tira. Pero, vuelven a llamarme de Pol-ka al año siguiente para otra tira y, de cobarde, digo que sí. Ahí sí tuve una gran crisis personal. A los tres meses pedí que no me renovaran el contrato. No me acuerdo ni el nombre de la tira, no me sentía para nada bien, con un personaje que no tenía nada que ver. Desde ese momento, pasaron como cinco años, y no volví a hacer tira. Sí tengo ganas de hacer ciclos de televisión, unitarios, con contenido, con desarrollo desde la imagen, desde la actuación, de forma diferente. Ahí pongo todo lo que tengo, lo hago con mucho placer. Pero lo otro nunca más, me sentía un oficinista al que no le gusta su trabajo, infeliz, yendo ocho horas por día al empleo. Para nada bien.

– ¿Cómo te llevás con la masividad?

– Yo la deseaba. Trabajaba para acceder a eso. La masividad a mí me gusta, me gusta que la gente me salude con afecto. Me gusta – y mira a los ojos como asumiéndolo-. Igual hoy pienso que ese deseo que tenía se relaciona más con la vanidad, la parte más ingenua de mi profesión. La masividad me iba a dar lo que yo no tenía – se ríe de sí mismo, de una sola carcajada-. Cuanta más masividad, más lleno humanamente. Eso nunca sucedió.

– ¿Y qué te llenó, Alejandro?

– El amor de una mujer, mi hija, un buen viaje, una cena con amigos, estar teniendo esta charla, un buen amigo. Esencialmente los afectos y la comunicación, en el mejor de los sentidos – guiña el ojo-. Estar con el otro es lo que me llena. El otro es el que me salva.

La media hora que prometió Alejandro se fue en dos cafés y en estas preguntas, que él interpretó como invitaciones a la reflexión. Agradeció que hayan respetado su tiempo, sus obligaciones. Pagó todo, salió a la calle Corrientes, se prendió un pucho, contempló ese momentito de libertad un ratito en la esquina de su trabajo y, sin más, el tipo se fue al laburo, pidiéndole permiso a los espectadores que ya hacían fila para verlo.

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