De cuando el polo fue sobre ruedas

La cruza cultural y asfáltica entre Adolfito Cambiasso y Tony Howks dio como resultado el Bici-Polo: ese deporte urbano que revolucionó por un domingo la Plaza Unidad Latinoamericana de Costa Rica y Acuña de Figueroa, en pleno Palermo. Fue en el bici-contexto del segundo torneo interamericano del sorprendente deporte. La competición se llamó “Che-Polo” y puso en evidencia una vez más el gran fenómeno de minorías que se da en los deportes emergentes y urbanos y sobre ruedas.

Imagen: cortesía Claudio Olivares Medina / ciclismorubano.info

 

Si bien el domingo era lluvioso, invitaba quedarse bajo las sábanas y dejar las bicis bien guardadas, los competidores empezaron a llegar de a grupos desde las 10 de la mañana. Con bicicletas súper tuneadas, siempre bajo un mismo estilo Street, se fueron formando los equipos para jugar las finales que habían resultado del sábado. Como para estar acordes con el nombre de la plaza había equipos colombianos, brasileros, argentinos, chilenos y también mixtos. Había una real representación latinoamericana de fanáticos que habían viajado específicamente para competir. Entre mate y bizcochos, risas y referencias a la jornada previa de competencia, la cancha montada sobre el cemento donde se suele jugar al fulbito se fue poblando de ruedas, cuadros, manubrios, guantes y protectores.

Antes de empezar la competencia oficial, uno de los organizadores repasó las reglas por si había algún desprevenido o inexperto espectador que pasaba por el lugar y se preguntaba: ¿Y estos muchachos a qué se dedican? Para que marchara todo sobre ruedas y quedara bien claro: el Bike-Polo, como lo llaman los fundamentalistas de su origen neoyorquino, tiene reglas fáciles. Se juega 3 contra 3, a 5 goles o 10 minutos, y vale casi todo: salvo alguna cruzada violenta o intención clarividente de tumbar al rival. Cosa que sucede a menudo pero “eso queda dentro de la cancha”, dicen con códigos de futbolistas. Todo lo demás está permitido: trabar los palos, hacer hombro con hombro en pleno movimiento para desestabilizar al rival en su ciclística carrera, tapar el arco con la bici entera, tocar la pelota con las ruedas o el resto de combinaciones posibles que se puede dar entre doce ruedas, seis palos, dos arcos y una pelota. Con la obligación de no poder tocar el piso con los pies, el bici-polo premia la habilidad y agilidad en velocidad. En caso de caer o rozar el suelo con los pies hay que incorporarse, ir al centro de la cancha y pegarle un tacazo a un graffiti para reanudar el juego. Los goles sólo se pueden meter con la punta del taco. Es decir, el golpe final debe ser un auténtico tacazo. Luego, en la conducción y en los pases, se puede llevar la bocha con las partes laterales del palo. El resto es dinámica, vértigo y mucho cuádriceps y seso.

La competición había arrancado. Todos tenían más o menos la misma facha: estéticamente estaban parejos, todos vestidos para la ocasión. Mucho neoprene, casco, codera y ropa de deporte extremo. Claro: qué otra cosa se pondrían. Pero hasta ellos se sorprendían de notar las mismas calcomanías en sus bicicletas. Todos ponían una especie de cartel entre los rayos de la rueda trasera, como si fuera el escudo del equipo. Bajo características comunes sus ojos se reconocían en los demás. Todos juntos jugaban de a tandas. Y todos juntos reían todo el tiempo.

La mañana lluviosa se convirtió en tarde gris. Siguieron jugando sin muchas precisiones a la hora de reconocer ganadores o perdedores. En el bici-polo, parece, no hay resultadismo: todos estaban contentos. En la homogénea sonrisa que se acoplaba al mar de coincidencias urbanas se fueron despidiendo. “Nos vemos esta noche en la fiesta”, decían. Una fiesta de bikers de fin de campeonato los esperaba. Allí también se encontrarían, pero ya sin palos ni deportes. Sería solo para seguir juntos un rato más en su especialísimo lugar de identidad.