Operación Cardenal: represión de la “Revolución”

El segundo golpe de Estado en la historia de Argentina, el de la “Revolución Libertadora”, trajo la violenta represión contra trabajadores, organizaciones, salarios, medios de expresión. La Operación Cardenal fue la clara muestra de que a pesar de las promesas de democratización que el presidente de facto Aramburu prometía, las acciones contra el movimiento obrero eran parte fundante de su proyecto político.

“En un mundo en que la dignidad de la persona, sus derechos fundamentales y los valores espirituales de la humanidad están gravemente amenazados por fuerzas totalitarias ajenas a esa tradición de nuestros pueblos y sus instituciones, declaramos ser el baluarte de la libertad del hombre y de la independencia de las naciones (…) Pueblos americanos: la República Argentina muestra en su pasado cercano una dolorosa experiencia. Hoy entre las sombras y la luz, entre el despotismo y la libertad, los argentinos continuamos la lucha… y el monstruo que deshonra al continente no volverá a esta tierra”[i]. Estas palabras fueron emanadas en un discurso del presidente de facto Pedro Aramburu, mostrando cuáles eran los enemigos de las clases dominantes que bajo la cruz y la espada estaban llevando a cabo su vasto experimento represivo contra las ideologías foráneas, el “marxismo internacional”, junto con el peronismo, encarnado en “el monstruo que deshonra el continente”, el “tirano depuesto”. Pero tampoco fueron casuales sus alusiones en este discurso en la capital de La Pampa, tan solo un día después en que se llevó a cabo la Operación Cardenal, donde dos centenares de militantes del Partido Comunista fueron encarcelados y llevados a diferentes prisiones del país.

La Resistencia y el P.C 

El golpe de Estado de 1955 trajo inmediatamente una ofensiva contra la clase trabajadora argentina, coherente con las necesidades de aligerar el poder que ésta había logrado al interior de las fábricas mediante las comisiones internas –que poco podían ser controladas por los sindicatos y la CGT-, como también para romper con los beneficios que los obreros habían adquirido desde 1945, y que desde la desaceleración económica que aconteció a partir de 1952, afectaba las ganancias de los empresarios. Con la asunción de Aramburu en 1956 se decretaron numerosas leyes en este sentido: la prohibición de participar políticamente en los sindicatos a todos aquellos dirigentes de primera y segunda línea que lo habían sido desde 1952, la nulidad de la ley de Asociaciones Profesionales, la suspensión de la reglamentación laboral vigente y la ilegalización de la CGT.

Estas medidas eran justificadas por el propio primer mandatario en estos términos: “La Revolución busca el renacer de la personalidad individual que es embrión de la libertad y corrige a las estructuras que atenten contra ella (…) A mayor producción, mayores ventajas (…) Productividad es casi sinónimo de paz social. En nuestros días, mayor productividad es voz de orden. No debe extrañar entonces que el Estado use de los medios para obtenerla con la seguridad de que con ello cumple su propio deber superior, velando por el bienestar y la seguridad de la nación”[ii]. Con la ruptura de los beneficios y la represión del movimiento obrero organizado, las ganancias volverían a fluir hacia los bolsillos empresarios.

Pero bajo la niebla en que se sumió la política, empezaron a emerger movimientos que lentamente irían resquebrajando el velo que se había puesto al peronismo y a las organizaciones de izquierda. Así nació la Resistencia, alejada de los grandes líderes sindicales que ya empezaban a acomodarse a las nuevas estructuras de poder, uniendo a trabajadores, organizaciones de base fabriles, grupos comunistas y trotskistas, ex combatientes de la Guerra Civil Española e incluso anarquistas, crearon aquel movimiento de impugnación político-social, que nucleaba en el sabotaje, pequeños atentados y pintadas ese rechazo al nuevo régimen.

Bajo este contexto, el rol del Partido Comunista para la reorganización obrera fue determinante. En febrero de 1957 los gremios bajo su gestión –químicos, aceiteros, prensa, entre otros- conformaron la Comisión Intersindical, que en poco tiempo ganó más y más adherentes, tanto que tan solo dos meses más tarde reunió cerca de treinta y cinco sindicatos y cinco federaciones, ya en buena parte, peronistas.

Paralelamente, el PC también fue aliado al peronismo cuando en abril se conformaron las “62 Organizaciones”, organismo que aunó a los sindicatos normalizados no aliados al gobierno. Por estas razones, que las miras de Aramburu se posaran sobre este grupo para desatar la gran represión policial que llevó el nombre de Operación Cardenal.

 

Operación Cardenal

En pleno fervor de la Guerra Fría, cualquier tipo de rechazo al gobierno era visto como una provocación, un accionar ya sea de agentes infiltrados de la URSS o de miembros ligados a aquél Juan Domingo Perón exiliado. La Resistencia no hacía más que perturbar la inestable paz que esperaban tener los golpistas, quienes creían que con un golpe de mano, todo volvería a la situación previa a 1945, fecha vista como el origen de todos los males. Entonces, el gobierno, luego de un sesudo planeamiento efectuó la encarcelación de 204 militantes comunistas, junto con el cierre de 24 de sus locales.

El Contraalmirante Dellepiane pronunció a los medios: “El Poder Ejecutivo Nacional, después de un período de atenta observación y análisis ha llegado a la conclusión de que dirigentes y activos adherentes de esa ideología de extrema izquierda estaban actuado contra la seguridad del Estado y atentando contra el decidido propósito del gobierno de normalizar el país”[iii]. Figuras como el poeta chileno Pablo Neruda y el músico Osvaldo Pugliese fueron las caras famosas de esta redada. Sus destinos: la Penitenciaría nacional, el Buque “París” y otras tantas cárceles dispuestas en largo territorio nacional.

Estas masivas detenciones estuvieron cubiertas por una generalidad de políticas anticomunistas, que desde ese momento ya se estaban empezando a arraigar en Argentina: tan solo tres días más tarde de estos sucesos el país participó del III Congreso Anticomunista Latinoamericano, que entre otras cosas votaría como Día del Anticomunismo Mundial al 23 de octubre.

Entonces, la Operación Cardenal materializó un conjunto de tendencias que desde 1955 se hacían a la vista: la represión contra las organizaciones obreras, la represión y la organización, progresiva y sistemática del accionar anti-comunista, que en las décadas siguientes habrán de sumergir las Fuerzas Armadas a la nación.

 


[i] El Litoral, 14 abril 1957.

[ii] Schneider, A. (2005) Los compañeros: trabajadores, izquierda y peronismo (1955-1973). Buenos Aires: Imago Mundi. pg 86.

[iii] La Nación, 13 de abril 1957.

Cómo mataron a Vandor

Reproducción completa del documento publicado por la revista El Descamisado del 26 de febrero de 1976 en su número 41. Lo incluímos de forma completa en Documentos Históricos con idea de transmitir el sentimiento de la época y los caminos hacia este asesinato.

La historia del Vandorismo. 3º Nota

   La muerte del Lobo

http://www.elortiba.org/desca.html

Treinta de junio de 1969. Los diarios de la tarde reventaban la primera plana y apenas si duraban minutos en los quioscos. Mataron a Vandor.

Parecía demasiado. Nada menos que a Vandor. El dueño de la manija, el poderoso, el negociador, el que de tanto coquetear con el régimen se convirtió en una pata del sistema dentro del peronismo.

Por eso la cosa era gorda. Le habían matado un hombre importante al régimen. Nada más y nada menos que al tipo que montado en un aparato colosal se había atrevido a disputarle el poder a Perón.

En la UOM no entendían nada tampoco. Calabró se paseaba con una curita en la frente diciendo que lo habían golpeado. Ahora se sabe que no era verdad. Niembro iba y venía por la vereda del policlínico de la UOM. Otero lloraba. Pero las caras decían todas lo mismo: se habían quedado pataleando en el aire. Al menos en ese momento.

Si la cosa era increíble, la versión acerca de los presuntos autores tenía que ser más increíble aún. Dijeron que eran comandos extranjeros, que eran grupos de choque pagados, que era la CÍA, que a los autores les habían pagado 50 millones de pesos, que estaban armados hasta los dientes y conocían perfectamente el terreno…

Pero aunque a más de uno se les habrá ocurrido que la muerte de Vandor venía del Movimiento, ninguno lo dijo. Claro, como lo van a decir, si aún hoy pretenden ser todo “el peronismo”.

La investigación nunca encontró una punta. Ni siquiera se le dio, con el tiempo, demasiada bola a los comunicados del Ejército Nacional Revolucionario adjudicándose la muerte del “Lobo”.

Esta es la primera vez que se da a conocer el relato verídico de los hechos. Por qué se hizo, quiénes los hicieron, cómo que planificado, qué consecuencias trajo, qué significó para la lucha de la clase trabajadora y el pueblo peronista la eliminación de Vandor.

Lo que queda claro es que el vandorismo no murió, pero fue gravemente herido y quedaron al descubierto las fisuras de la burocracia sindical.

Todo esto lo relatan en forma exclusiva y precisa los autores reales del operativo en un extenso reportaje que surgió como consecuencia directa de la Historia del Vandorismo que “El Descamisado” comenzó a publicar dos números atrás.

  “HAY QUE DARLE A LA CABEZA”

Nosotros teníamos distintas experiencias que ya en 1968 nos permitieron tomar clara conciencia de la función del vandorismo. El hecho definitivo fue la traición a la huelga de los petroleros. Comprendimos que existía una verdadera “usina de traiciones” que frenaba la lucha; un centro de poder que se llamaba Vandor controlaba todo.

A fines del 68 y principios del 69 analizamos la realidad política y la función del vandorismo en el proceso argentino: concretamente era una mano del sistema metida adentro del movimiento obrero, era la quinta columna del régimen metida en las filas del peronismo y, más concretamente, en su eje, la clase trabajadora.

Esa quinta columna actuaba como un verdadero murallón de contención de la base; al desarrollar la tarea en las bases, un trabajo muy consecuente, de acuerdo con los lineamientos generales del Movimiento, el aparato vandorista actuaba para frenar. En las agrupaciones era claro: se desarrollaba una agrupación hasta tener toda la fábrica detrás, pero después venía un trabajo de ellos hecho de forma muy inteligente y con gran manejo de la realidad sindical: compraban al flojo y al que no era comprable lo rajaban del laburo en combinación con la patronal; después mechaban la agrupación poco antes de las elecciones. Metían cinco tipos que uno o dos días antes de las elecciones te rompían la lista, se iban con el nombre y te acusaban de comunista, traidor, antiperonista, cualquier cosa.

¿Cómo superamos ese problema? ¿Desde el sindicalismo? No tenía salida. Entonces dijimos: aquí hay una cabeza, hay que pegar allí para que por lo menos por un tiempo nos dejaran tranquilos. Nos pusimos a buscar la cabeza; hicimos listas. En todas, la mayor coherencia, la mayor capacidad de conducción, de decisión de todo el aparato era Augusto Timoteo Vandor.

Ese era nuestro objetivo. Evaluamos las posibilidades de hacerlo y vimos que era difícil pero posible. En ese momento tomamos la decisión política de hacerlo.

   “NO SALIR HASTA MATAR A VANDOR”

Entonces pasamos a hacer un análisis de tipo militar. En eso éramos compañeros con muy poca experiencia, sólo algunos conocimientos.

Pensamos también que emplear muchos compañeros ampliaba excesivamente el marco de información y no estábamos en condiciones de controlar eso. Elegimos los compañeros más probados, los más consecuentes y se formó un grupo inicial de ocho. Posteriormente decidimos reducir la cantidad a cinco, pero que entraban y no salían hasta que no estuviera muerto Vandor. La garantía última eran tres kilos de trotyl para volar todo, incluidos nosotros si era inevitable.

Porque nosotros veíamos que si fracasábamos iba a ser mucho peor; éste no era como Rucci que se armaba un aparatito y nada más, este iba a ser cosa sería. Hicimos como dice Perón: “en política al enemigo no hay que herirlo, sino matarlo”. Por eso los cinco compañeros tenían la misión de matarlo en cualquier lugar de la casa en que lo encontrasen, aunque después los hiciesen bolsa a ellos. Ese era el objetivo; claro para todos, muy preciso, muy definido.

El trabajo de relevamiento del lugar nos llevó bastante tiempo, porque no pudimos entrar ni una sola vez al local. Mandamos distintos compañeros pero nunca pasaron de la entrada. “Vuelva otro día”, “no está”, “no se lo puede atender”, cualquier excusa con tal de que no pasaran. Eso era un serio problema porque significaba no conocer el terreno.

Entonces decidimos hacer un estudio de las partes externas del edificio desde las terrazas vecinas; observamos ventanas, chimeneas, respiraderos, bohardillas, patios, tragaluces, huecos… y fuimos sacando la cuenta qué cantidad de habitaciones tenían la planta baja y la planta alta, calculamos qué cantidad de personas trabajaban adentro… Logramos formarnos un

cuadro general objetivo en un 60%. Pero escaso, porque una vez adentro eso parecía un manicomio; encontramos puertas y más puertas, piezas y piezas y gente en cada una de ellas.

El relevamiento nos llevó tres meses; en el momento de concretar el operativo había pasado cuatro meses desde el momento en que tomamos la decisión de realizarlo.

Llegamos a prever todas las posibilidades, los imprevistos que pudiesen surgir y definir que tenía que hacer cada uno en esos casos. ¿Qué hacer si fallaba la tanga que teníamos para encontrar el local? íbamos a abrir la puerta con granadas. ¿Y si no lo encontrábamos adentro a Vandor? Encerrar a todos, dejar la puerta cerrada y mandar un equipo de dos al fondo de la casa con las granadas y el trotyl; voltear paredes si era necesario. Esa era la variante más complicada: que Vandor se escabullera para el fondo.

   “SE HIZO CON MAS CORAJE QUE ARMAS”

Desde el punto de vista estrictamente militar, la mayoría del armamento que usamos fue comprado y lo pesado que se usó eran cosas que se tenían, pero no eran mucho tampoco. Se hizo con más bolas que armas. Llevamos cinco granadas muy rudimentarias, dos pistolas 45, un revólver 38. otro 32,

un 22, una pistola Bersa y cinco metralletas calibre 22 porque las habíamos hecho partir de la carabina Venturini recortada. El finadito Deheza declaró que las metralletas eran Ballester-Rigaud. ¡Qué Ballester-Rigaud…! ¡Ojalá! Eran Venturini no más, un cargador para arriba y otro para abajo unidos con cinta aisladora. Ni coche teníamos; éste apareció a último momento gracias a un colaborador que lo puso, se persignó y dijo’ “Yo sé que esto es para una cosa gorda, leeré los diarios y si pasa algo no sé dónde me voy a meter; pero no se preocupen por mí”.

El plan de operaciones fue elaborado en base a un esquema militar de operaciones comando; teníamos un material de grupos especializados para guerra en localidades que nos permitía sistematizar cada cosa: logística, inteligencia, etc. Se hizo todo por escrito y cada compañero memorizó el papel que tenía que cumplir. Lo ensayamos hasta hartarnos. Hicimos práctica de tiro, también de lanzamiento de granada.

Después se tejió mucha fantasía en torno a este operativo porque salió redondo. Se dijo que había costado 50 millones de pesos y que lo habían hecho cinco especialistas. Todo patraña, fantasía. Eran cinco peronistas. Cinco argentinos y que no lo hacían por dinero, sino por una Patria Justa, Libre y Soberana. Todo era rudimentario, pero existía la firme decisión de cumplir el objetivo, dispuestos a cambiar cinco por uno si era necesario.

¿Por qué salió redondo? Sabíamos que el armamento era pobre; también sabíamos que éramos pocos, porque adentro había más de cuarenta personas. El aparato de seguridad de ellos lo veíamos bartolero; muy celoso por momentos, pero sin ninguna precisión.

Pero del lado nuestro sabíamos que había tres elementos que iban a definir la operación: 1) cómo meternos; 2) la sorpresa; 3) la rapidez y decisión. Todo no duró más de cuatro minutos.

Pocos días antes de la fecha indicada hicimos una limpieza de todo lo que pudiera comprometer. La información estuvo cerradísima, sólo sabían cosas los ocho compañeros iniciales y en el proceso posterior fuera de los cinco nadie sabía nada. Inclusive la compañera de uno de los integrantes, que ignoró e ignora todavía que él estuvo en esa. Había que hacerlo así, entre otras cosas porque Vandor se había enterado de dos intentos anteriores de matarlo y compró a los que lo iban a hacer.

   “LA MILONGA EMPEZÓ A LAS 8″

Habíamos puesto tres fechas posibles para realizar el operativo. Fijamos la definitiva para el 30 de junio porque para el día siguiente estaba programado un paro general y estábamos seguros de que el vandorismo iba a boicotearlo. Sólo la CGT de los Argentinos lo cumplió.

Empezamos a las 8 de la mañana y pensábamos estar en la sede de la UOM, La Rioja 1945, a las 10. Le dimos unos retoques al auto, cambiamos platinos, bujías… para que no se nos parara. De los cinco sólo dos sabían manejar, si les pasaba algo teníamos que volver a pata. Con los arreglos se nos retrasó un poco la cosa. Había un compañero que nos estaba esperando a las 10 en Parque de los Patricios; él tenía que relevar la llegada de Vandor. Nos aguantó en la esquina una hora y veinte.

Cuando tuvimos todo listo los otros cuatro salimos en el coche; íbamos bien empilchados, camisita, corbata, serios, algunos hacían chistes, pero no se reía nadie. Llegamos a las 11.25. El compañero que nos esperaba estaba muy preocupado por la demora. Tenía un arma encima y arriba del auto le pasamos el resto. Nos informó que Vandor había llegado, vuelto a salir, regresó nuevamente, pero no sabía seguro si estaba. Fuimos a ver, hicimos una pasada por la esquina y el Mercedes Benz que usaba estaba estacionado. Dimos la vuelta y detuvimos el coche en la calle Rondeau, pero lo dejamos en marcha, sólito. Caminamos hacia el local. En la esquina había un policía custodiando la estación de servicio Shell, porque esos días se hicieron los atentados contra Rockefeller. Nunca se enteró de nada.

   LA “TANGA” FUNCIONO

Para poder entrar habíamos armado un expediente judicial con los datos del juez y juzgado que entendían en la causa Salazar-Blajakis. Conseguimos los sellos, nombres, todo como el auténtico.

Cuando el portero abrió, uno de nosotros se hizo pasar por oficial de justicia, le mostró el expediente y preguntó por Vandor. “Esperen un momentito”, dijo el portero. Le dije que no, que tenía que recibir el expediente y se le mostró una credencial de Tribunales. Como dudó, otro de nosotros sacó una credencial de la Policía Federal y dijo que era de Coordinación. Entonces abrió la puerta y preguntó por los otros tres. El de “coordina” respondió que venían todos juntos.

Habíamos logrado entrar. Ahí los tipos estaban desarmados; nos tenían a los cinco adentro y nosotros les estábamos dando órdenes a ellos. La cosa se les había dado vuelta.

Las metralletas las llevábamos debajo del brazo —teníamos pilotos— y una en un maletín. Eran las 11.40 u 11.38.

El portero nos dice que tenemos que esperar a Vandor abajo. Pero nos imaginamos que iba a avisarle que estaba la “cana” y por eso lo empujamos hacia arriba mientras le contestamos que nos tiene que recibir. Se le pone la 45 en la cabeza y le decimos “vamos juntos”. En ese momento se hace todo el despliegue.

Se reduce a las cuatro o cinco personas que estaban abajo. Eso lo hace uno. Otro se va hacia un pasillo que conducía al fondo, porque sabíamos que allí había gente y teníamos que controlar los teléfonos. Los otros tres suben arriba, incluido el compañero que transportaba el maletín con los tres kilos de trotyl; cada uno llevaba un tipo fundamentalmente de escudo por si alguien tiraba de arriba Hasta el momento nadie se enteraba de nada; había un pequeño revuelo abajo, pero como a esa hora siempre se trabajaba mucho no se percatan de lo que realmente sucede. A los reducidos de la planta baja se los pone panza abajo a un costado de la escalera y estaban en esa tarea cuando por una de las puertas apareció Victorio Calabró… No podía creer que le estaban poniendo un fierro en la cabeza, se quedó mudo, esa era su casa, ¿qué estaba pasando? Mosca, ni una palabra. La puerta de calle estaba cerrada y la consigna era no abrirle a nadie.

   “DONDE ESTA VANDOR”

Los tres de arriba le preguntaron al portero en qué lugar estaba Vandor. “No sé, no sé”, decía todo el tiempo; no dijo nada, fue el único tipo que se mantuvo en la suya.

Uno de los tres empezó a abril cada puerta que encontraba; cada vez más oficinas y en todas gente que debía ser reducida. En la planta alta había dos especies de vestíbulos con bastante gente de unos treinta en total A todos se los ponía contra la pared para que no nos junasen la cara, pero tuvímos mala leche, porque en casa todas las paredes de arriba había espejos y pudieron ver todo.

El primero seguía abriendo puertas buscándolo a Vandor y justo cuando se dirige a una que permanecía cerrada, se abre y aparece el “Lobo”, atraído quizá! por las voces de mando que debe haber escuchado. Alcanzo a preguntar qué pasa y vio que lo apuntaba una pistola 45 a tres metro; de distancia. Se avivó automática mente de cómo venía la cosa por que levantó los brazos para cubrirse el pecho. Todo en una fracción de segundo. El compañero disparó y Vandor recibió dos impactos en pleno pecho. Al girar recibió otro debajo del brazo; cuando caen dos más en la espalda. Pero ya estaba muerto. Cayó hacia adentro de la oficina de la que había salido y los pies asomaban por la puerta. Un tipo que andaba escondido por adentro, a quien no habíamos visto, empezó a gritar «mataron al “Lobo”, mataron al “Lobo”».

El compañero del maletín prendió la mecha del trotyl, ingresó a la oficina —el cuerpo de Vandor estaba en la antesala— y puso la bomba debajo del escritorio de éste. No fue entre las piernas como después declaró el periodista Vitali que estaba allí. Eso no es cierto. La mecha del trotyl duraba cuatro minutos más o menos. A la gente que estaba reducida le dijimos que a partir de que nos fuésemos tenían tres minutos para desalojar el local porque iba a volar todo. Estaban todos muertos de miedo, el único que mantenía la lucidez era un viejito que tenía puesto un gabán de lana y respondía ante las instrucciones que dábamos.

Bajamos en orden. En la puerta había un grupo de personas que se presentaron como periodistas, pero desaparecieron apenas vieron armas. Jamás hicieron declaraciones, nunca supimos quiénes eran. Nos fuimos hasta Rondeau y el auto seguía en marcha; habían pasado cuatro minutos.

   “A ESPERAR LA QUINTA”

La retirada la teníamos bien prevista. Todo salió así. Fuimos con el auto hasta un subterráneo y algunos se dispersaron por allí. Hasta teníamos las fichas sacadas de antes. Otros se iban en colectivo; también tenían la guita justa y a mano. Habíamos quedado en encontrarnos nuevamente a la una de la tarde.

Hasta ese momento no habíamos tenido tiempo de pensar mucho. Pero cuando volvimos a vernos… no podíamos creerlo, nos mirábamos, ¡estábamos todos al pelo! En

realidad, todos habíamos pensado que de allí no volvíamos. Algunos

fueron al laburo, otros nos sentamos a esperar la quinta.

Tampoco habíamos pensado mucho si nos íbamos a adjudicar la operación o no; en realidad, por la misma causa que antes: no creíamos que íbamos a salir vivos.

Finalmente decidimos no firmar el operativo y desarrollar un proceso de desinformación. Nosotros no sabíamos cómo funcionaba la maquinaria de investigación del régimen. O son Sherlock Hoirnes o no lo son, pensábamos; decidimos jugar a que eran Sherlock Holmes y entonces no dar ninguna pista. Por eso nunca supieron nada, no tuvieron ninguna punta para tirar. La primera vez que dijimos algo fue cuando le adjudicaron lo de Vandor a dos de los montoneros detenidos en La Calera; mandamos un comunicado al juez, otro a Crónica y un tercero al abogado Ventura Mayoral, diciendo que ellos no tenían nada que ver y hacíamos algunas descripciones para demostrar que los autores éramos nosotros. El comunicado completo referido a este hecho —incluyendo los cargos que pesaban sobre Vandor— lo dimos a publicidad después de lo de José Alonso, el principal dirigente de los participacionistas. Esa operación también la hicimos nosotros, firmada como “Comando Montonero Emilio Maza” del Ejército Nacional Revolucionario. Pero esa es otra historia.

   HACIA MONTONEROS

Un mes después de lo de Vandor hicimos un balance objetivo y nos propusimos estructurarnos seriamente para constituir una organización. Con el tiempo también fuimos pensando en las consecuencias de la desaparición de Vandor.

Los primeros dos o tres meses pensamos que se había acabado el vandorismo. En realidad fue un análisis optimista y superficial. Vandor y su aparato eran el proyecto integracionista dentro del peronismo, pero no teníamos una idea de la proyección de ese aparato, cómo había prendido eso en dirigentes corrompidos. Pero de todas maneras, sin Vandor el vandorismo quedó herido de muerte; fue el punto de partida y eso los afectó lo suficiente como para que pudiesen tomar vuelo otras variantes, como la participacionista. Tuvo que pasar tiempo para que se rearmasen. Y nunca pudieron reproducir un dirigente de la capacidad de Vandor.

Nos dimos cuenta, de todas maneras, que lo que había que destruir era toda una política; desarrollar una opción política de la clase trabajadora que hiciese realidad las palabras de Evita: “El peronismo será revolucionario o no será nada”. Con el vandorismo iba a ser nada. Teníamos que lograr un proyecto político-integral como opción que superara los marcos del sindicalismo.

Allí es donde empezamos a ver el proyecto de “Montoneros” y su expresión en los distintos frentes. Eso era a fines de 1970 y estábamos buscando acercarnos a ellos; a principios del 71 aparece la posibilidad de vincularse, y a fines del 72 tenemos la primera reunión concreta que concluye posteriormente con la incorporación nuestra a esa organización.