“Escribir es un acto erótico”

Tununa Mercado no niega los recuerdos de Córdoba en los 50, del exilio a Francia con Onganía, del Mayo del 68, del regreso a Argentina, del segundo exilio a México en el 76 y del regreso definitivo a Buenos Aires. Trabajó en La Opinión, se casó con Noé Jitrik y recibió el Premio Boris Vian. Con más de 70 años, abre las puertas del libro de su vida.

En la calle Viamonte, a la altura de Callao, se esconde un paréntesis de la ciudad. Pocos han subido, pero dicen que en lo alto de un edificio, testigo diario del vaivén sincronizado de la rutina céntrica, hay una mujer. No es sencillo llegar. Tras cruzar algunas puertas y avanzar por un pasillo solemne, se toma un ascensor de hierro, que parece no caber en el hueco por el cual debe ascender. Pero antes de llegar, el recorrido se detiene. Los escalones anuncian que ese último trayecto deberá hacerse a pie. Del otro lado de la puerta que ya logramos vislumbrar, se adivina ella, sentada al piano, improvisando alguna melodía sobre una partitura de Bach.

No nos espera, pero tampoco se sorprende al vernos.

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Nos invita a pasar y al cruzar el marco de la puerta, la percepción del tiempo y el espacio se trastoca. Lleva los labios rojos, el pelo de un negro imposible y la vivacidad en cada destello de luz que refracta en sus ojos. La casa rebosa expresiones de vida: paredes-bibliotecas cubiertas de libros que parecen a punto de caerse a cada paso; cuadros, adornos, muebles con anécdotas escondidas en cada pliegue; objetos que acusan más recuerdos de los que el cuerpo puede llevar sobre sí; en la cama, algo de ropa desordenada que espera por ser guardada; dos patios de plantas frondosas que hacen confundir Buenos Aires con… ¿quién sabe dónde?; una gata gorda que se presta al mimo. Pero sobre todo esta mujer. Que en sus setentas, no acusa noticias de cansancio ni aburrimiento alguno.

Vinimos a hacerle una nota. Antes de empezar, se calza unos zapatos acordonados y se sienta al sillón. Pero la primera pregunta la hace ella: ¿Cómo se les ocurrió entrevistarme?

Tununa Mercado nació en la ciudad de Córdoba en 1939, el año en que se desató la Segunda Guerra Mundial. Como tantos otros, dirá ella. Pero ella no será como tantos otros: cuenta que sus padres estaban en Buenos Aires ese septiembre y su madre quedó muy perturbada por la noticia de la guerra. “No sé si me quiso decir que yo nací perturbada”, reflexiona, seria. No cabe duda que la calma no predominó aquellos años. De padre abogado y político de las filas del Partido Demócrata – “que poco se parece al reaccionario de estos días, por aquel entonces era progresista, liberal en el buen sentido” – y madre escribana, la política fue algo presente desde muy temprana edad. Una presencia que atravesaría su vida: los recuerdos del peronismo y las convulsiones de Córdoba en la década del 50’, el primer exilio a Francia con el Golpe de Onganía, el seguimiento de los acontecimientos de Mayo del 68, el regreso a Argentina y la lucha por los derechos humanos, la solidaridad con Chile en el derrocamiento de Salvador Allende, el segundo exilio a México con el 76, y el regreso definitivo a Buenos Aires en el ocaso de los 80’. Y siguen… No más está decir que cuando terminara la práctica de piano que interrumpimos, Tununa planeaba ir a Tribunales, a defender la Ley de Medios. Aclara: “La posición es siempre estar alerta, en esa línea de denuncia, en verse implicado en lo que sucede en el país”.

El vínculo con las letras también se gestó desde chica. Recuerda la biblioteca de la casa familiar, la máquina de escribir de la madre, y también la “mini pinacoteca” que sus padres armaron con la obra de artistas cordobeses del momento. Una vida intensa, dice. Tras terminar el magisterio en la escuela donde cursó desde la primaria, se inscribió en la Universidad de Córdoba – donde conocería a su futuro y actual esposo, Noé Jitrik – para la carrera de Letras. “Una niña que quiere estudiar Letras… digamos que era una carrera para elegir, estaba en el horizonte de posibilidad”.

IMG_8035-2Desde ese entonces, ha trabajado en redacciones periodísticas en Argentina y en México, con amplio desarrollo en el periodismo cultural, la crítica de arte y las reseñas bibliográficas, y ha publicado siete libros que le valieron el reconocimiento de ser considerada una de las escritoras argentinas más destacadas de las letras contemporáneas. Ante todo, Tununa es una narradora que pareciera hincar la pluma en la experiencia propia, en lo vivencial, pero con una hondura poética que desborda cualquier noción mundana de “lo real”; quizás justamente sacude porque parece nombrar las cosas en su realidad más íntima, más real que lo real. Con un trabajo constante sobre la memoria, entendida como ese libro abierto, factible de ser rescrito y reactualizado a partir de cada perspectiva. Desde una sensorialidad abierta y suspicaz; desde su posición suelta, holgada; desde la risa franca, de las que no pueden posarse para la cámara; pero sobre todo desde el placer que atraviesa cada aventura en la que se embarca, Tununa se entusiasma en su imaginario reflexivo y comparte, nos regala palabras.

– Siempre hubo una inclinación a escribir, pero no era consciente de que podía ser escritora. Incluso, era una facilidad que yo no advertía, no me daba cuenta. Ya cursando en la Universidad, tenía raptos de escritura, de un carácter más literario. En los 60’ empecé a pensar y a escribir algunos cuentos. No como un designo claro de un oficio, mi relación con la literatura es una, que es haber estudiado, trabajado sobre libros, eso sería lo literario. Lo otro es una dimensión diferente, la de la escritura, que si lo hago, si escribo, no es en relación con la literatura como para sellar una carrera, es una facilidad como cualquier otra. Es una distinción reciente, la de literatura y escritura, porque me doy cuenta que no tengo lo que todo escritor tiene que es estar al día de lo que se publica, estar en el negocio de la literatura, no peyorativamente, sino estar en esa administración de un mundo, que es la carrera de un escritor. Yo no, no tengo esa inscripción… Lo he descubierto hace poco, yo creo que hace dos o tres días. Tengo faltas muy grandes, carencias, escritores importantes a los que no los he leído, no ha sido un mandato. Diría que soy una lectora ociosa, o si se quiere no estoy apremiada. Más bien leo en una marcha mía personal, y la literatura ha venido a partir de intereses de índole filosófica, política, a veces literaria. Suelo decir que estoy fuera del círculo, por eso me sorprende cuando soy incluida. Hasta con mi propia obra… No estoy en un canon literario específico, y sin embargo sé que mis libros despiertan interés en determinados lectores.

Una alteración sutil, pero persistente, se adivina en su mirada cuando empieza a contar sus recientes “descubrimientos” literarios, con ese fervor difícil de transmitir que surge a partir del contacto con las hojas de un libro que nos atrapó. “Ahora estoy verdaderamente encantada con unas poetas. Son libros pequeños… Uno de Mónica Sifrim, otro de Alejandra Correa, otro de María Malusardi. El último que leí es el primer libro de una escritora que se llama Flavia Soldano, es brevísimo, a veces es una sola línea en una página, pero es de un corte, de una profundidad, toca zonas muy fuertes, muy comprometidas con el ser, la persona, el cuerpo.” También se muestra apasionada cuando habla de sus lecturas sobre la historia de la Revolución Rusa y la Unión Soviética, al punto de que es un mundo que ya se le ha vuelto familiar, del cual reconoce los personajes, los lugares, los acontecimientos como si se tratara de recuerdos propios. “No soy trotskista, pero tengo una gran admiración por todo ese período, y la figura que rescato es la de León Trotsky, porque fue víctima del estalinismo. En México, íbamos mucho a su casa. Ahora se cumplió otro aniversario de su muerte y parece que hubo un homenaje. Todos los años se produce una evocación en torno a su figura. Además fue un escritor extraordinario, su autobiografía ‘Mi vida’ es también uno de los libros que he leído recientemente”.

Ese goce que destila su expresión cuando habla de los mundos que abren las letras es una constante en el modo de estar y de ser de Tununa. Y sobre todo en el modo de escribir. Uno de sus libros que ha provocado mayor eco, por el cual recibió el Premio Boris Vian, es “Canon de Alcoba”, publicado por Ada Korn Editora y reeditado por Seix Barral y Planeta. La obra parece erigir un templo de lo sensorial, a partir de la cotidiana relación sensual con las cosas.  “Ya a esta altura creo que se ha ido decantando que yo considero que escribir es un acto erótico, porque es un compromiso total, la palabra no es algo ajeno al cuerpo, a las emociones, a la vida en su totalidad. En ese sentido, pienso que el acto de la escritura es un acto de eros. También es cierto que hay textos con una temática más vinculada a la cuestión erótica, pero también a las relaciones humanas vinculadas al encuentro amoroso. En ese sentido, algunos de mis textos podríamos llamarlos eróticos… En tanto producen una excitación en el otro, una perturbación amorosa, de los sentidos”.

IMG_7996-2En el compromiso de “puro placer” que mantiene con su escritura, Tununa se ha movido sin distinción entre lo periodístico y lo narrativo. “Me considero periodista, ahí me formé. Fue mi ganapan durante muchísimo tiempo”. En la Argentina, antes del exilio, trabajó en La Opinión de Timerman, y una vez en México, colaboró con distintos medios. Entre ellos, un semanario de actualidad política mexicana, fundado por Martín Luis Guzmán, en el cual Tununa se ocupaba de la sección de política internacional. Otra de las experiencias fundamentales de esos años fue su participación en Fem, la primera revista feminista en México, integrada por referentes como Alaíde Foppa, Elena Urrutia, Marta Lamas y Elena Poniatowska, entre otras. “Era una dirección colectiva, un trabajo muy interesante, significó entrar en México de una manera más viva, más real, con la problemática del feminismo mexicano. Participábamos mujeres de distintos campos y tenía un carácter monográfico. Al comprometerme con ese grupo, a pesar de ser extranjera, me sentía parte de un proyecto que tenía una serie de líneas, la despenalización del aborto fundamentalmente, y acompañar las luchas políticas del país de aquel momento. Una experiencia interesante, para mí fue un aprendizaje”. Su compromiso con la liberación de las mujeres se escurre de sus renglones y desborda los márgenes. Ha dicho, alguna vez, que la literatura es el camino de la verdadera libertad. También ha sido invitada a reflexionar en distintas ocasiones sobre la situación de las escritoras y, una vez más, analiza: “Hay como una especie de agremiación de las escritoras en la medida en que no siempre fueron bien tratadas por la crítica. No quiere decir que no se las considera, pero pienso que se les exige ser lo máximo para darles un lugar, y no es fácil terminar con esa discriminación. Hace 30 años era más radical, ahora siento que cada cual hace lo que puede, mi tendencia es a estar muy presente en la literatura de mis amigas y de las mujeres en las que creo”.

Por la comisura derecha de nuestros ojos, se cuela una vez más el piano, súbitamente silenciado con nuestra inesperada aparición. Tununa empezó a tomar clases hace poco, aunque está vinculada al fenómeno de la música desde el regreso a la Argentina, cuando la oferta de conciertos abundaba. Hace un tiempo, se tomó con sorna la propuesta de un músico conocido de tomar clases con él. “Por qué no venís a verme” / “Pero yo ya no puedo ponerme a estudiar música”. Pero fue. Y fue bárbaro, dice. “Es una experiencia que no creo que muchos la hagan, porque todo lo que se emprende es con un rédito, uno estudia-para… y ahora no se trata de eso, a los 73 años no se puede sentarse al piano por primera vez, es como una audacia. Pero empecé a tener una experiencia personal, con el sonido, con las notas, no es un método, es más espontáneo. Trabajamos con tres partituras, a partir de las cuales aprendo a colocar los dedos, independizar las manos. Ya en esa exploración yo puedo improvisar, hice un pequeño fragmento, que el maestro le puso ‘Invenciones 1’, y ahora esto haciendo ‘Invenciones 2’. Hay como una coherencia en lo que yo invento”.

Antes de finalizar el encuentro ya nos preguntamos si salir no será aún más difícil de lo que fue entrar. O más bien, si es que no nos queremos quedar. Mientras nos levantamos y nos sacudimos algún escalofrío perezoso del cuerpo, Tununa nos mira curiosa:

–  ¿Qué vas a hacer con todo esto?

“Las actitudes de algunos periodistas son muy peligrosas”

Diego Latorre analiza las miserias de la comunicación a la misma altura que las del fútbol. Dice que el periodismo se aprovecha del ganar como sea. Le apunta a los máximos dirigentes de la pelota. Y dice que ganar es ser un ejemplo para los jóvenes.

Diego Latorre quiere encontrar el libro de crónicas deportivas del mítico periodista norteamericano Gay Talese. El living de su casa tiene, en cada lugar en donde se puede apoyar algo, un libro que espera ansioso el contacto con sus ojos. En una mesa de luz, un aparato de alta tecnología le guarda algunos relatos que tiene seleccionados. En otra, hay algunos textos del escritor mexicano Juan Villoro y una biografía de Pep Guardiola que le acaban de regalar por su cumpleaños. Está en un sillón tan amable que justificaría quedarse el día entero clavado entre los almohadones. Pero en esa marea de libros es difícil estar tranquilo. Es algo que ni él logra. Después de una hora y media de charla, dice: “Pará boludo, te voy a leer sólo una parte, que te va a obligar a buscar esto”. Gira su cintura hacia el lado izquierdo y saca de la biblioteca la novela El Manantial, de Any Rand, que le recomendó el entrenador del Manchester City al periodista Fernando Pacini y este a él. Extrapola muchos personajes a la realidad y se molesta. Como lector, como ex jugador, como comentarista y como comunicador, algunas cosas no le cierran y todavía se siente parte de la cancha como para discutirlas.

– ¿Qué es ganar y qué es perder en el periodismo?

– Ganar significa una línea. Un modelo a seguir. Un ejemplo. Eso: un legado. Algo que deje huella en la gente inteligentemente, en la que quiere utilizar el pensamiento. Ser congruente. Dejar un legado. Una forma de comportarse. Ser consecuente con lo que uno dice. Poder resistir un archivo. No significa que puedas opinar de diferentes maneras. Hablamos de cosas profundas. Ser un ejemplo para los jóvenes. Todo ese tipo de cosas. Aún así, ganar es siempre circunstancial. Yo soy de los que creen que la derrota y la victoria nos va a tocar a todos y nadie le puede escapar.

100_1689– ¿Cuál es el mensaje que se da sobre ganar y perder generalmente?

– El mensaje básicamente es siempre el mismo: no importan los medios. Es una trampa, quizás, producto del fútbol mismo.  En un partido, suceden cosas inesperadas, propias de un juego en el que interactúan muchos actores, jugadores, público, factores que no responden a ninguna lógica, ni siquiera a un entrenador. Todas esas cosas que intervienen en un partido, torneo, pueden hacer que se dé un resultado que no es acorde a lo armado. Un resultado puede depender de la suerte o la falta de suerte más que de una cuestión estructural ligada a una idea de juego. En el fútbol argentino, sucede mucho eso. Hay equipos que rompen con ese molde: Huracán del 09, el Newell’s de Martino, o Vélez. Pero en muchos de los partidos, los resultados se dan casi sin consistencia. Sin nada ligado al conocimiento o a factores deportivos. Por eso, la línea que se baja es esa: el éxito puntual se hace como culto. Él fútbol argentino tiene eso. Podés prescindir de los medios y te encontrás con el éxito o el fracaso de forma inespertada. Reina la casualidad y ahí se hace la construcción del relato: de lo puntual, de lo azaroso, que se hace permanente y se festeja como permanente.

– ¿Cómo se construye ese relato en algunos medios de comunicación?

– Con el mismo oportunismo con el que se dan las cosas. El medio de comunicación percibe que hay un público ávido de tener éxito o de triunfar en el día a día en las pequeñas cositas. Eso sí, si bien hay una búsqueda desesperada por esos triunfos, también hay una celebración mínima. Se dan tan rápido esas cosas que no se llegan ni a disfrutar. El plazo en el que uno goza de algo es muy corto.

– ¿Pero es redituables para el medio?

– Sí, claramente. Porque lo instantáneo se consume rápido. Fijate que los temas se tropiezan. Lo que hoy es novedoso mañana ya es viejísimo. La gente ya tiene esa cultura incorporada: a ver qué dice, a ver qué pasa. Ni siquiera sabe si es verdad lo que está consumiendo, pero, bueno, lo consumo. Aunque en el fondo hay un público que reflexiona un poco más, que aspira a otra cosa, pero que todavía está de costado.

– ¿Los medios construyen esta situación deportiva o se aprovechan de la situación deportiva?

– Se aprovechan y, obviamente, se inclinan hacia ese lado. Se hacen eco de lo que pasa y, concientemente, buscan ese tipo de funcionamiento de las cosas. Buscan ese tipo de constumbre para hacer de eso el negocio. Es un marco de mucha urgencia, de mucha desesperación y de mucha histeria, y yo creo que los medio se hacen mucho eco de eso. Un campeonato de 38 fechas, con una semana larga, con técnicos más respetuosos, con protagonistas más formados, con dirigentes más responsables y demás, obligaría a otro tipo de periodismo. Y yo no sé si muchos periodistas estarían aptos para eso. Lo grave, en realidad, es que esto, que debería ser una situación de emergencia, ha preparado gente para moverse naturalmente dentro de esto. Eso se vuelve muy duro.  Para cambiar la tendencia en que nos movemos, tiene que haber un cambio de raíz, y uno que tiene que cambiarlo es un periodista mucho más preparado y mucho más protagonista para otro escenario.

– ¿Cómo ves que se da la preparación de ese periodista que llega ahí?

– Lo que pasa es que habría que discernir: una cosa es la preparación de una escuela de periodismo y otra cosa es la selva o la noticia o la primicia o los conductores de programa que responden a una lógica de operación. El chico puede salir con todas las intenciones del mundo, pero está un poco en una cárcel. Con un mundo con el que tiene que convivir en la primicia, en la noticia fácil o en la pregunta punzante a un protagonista. Todo eso forma parte de una mecánica de trabajo que demuestran las reglas que hoy están en juego. Es difícil. Porque hay un pibe al que lo someten a representar cierta audacia, que, en realidad, todos sabemos que es preguntarle a un jugador -que, quizás, no tiene un nivel cultural suficiente o que está en un momento de irascibilidad por el dolor que genera una derrota- algo que en la velocidad no va a poder pensar demasiado-. Son maneras perversas para todos, pero no podemos salir de ahí.

– Es un término interesante el de la “selva”, ¿qué actores inciden en esa selva?

– Todos inciden. Desde nuestra curiosidad (morbo, diría yo) hasta el presidente de la AFA, que es el que ha llevado a nuestro fútbol argentino a la decadencia. Nuestros formadores, nosotros, creo que estamos todos enganchados.  El problema es que todos nos sentimos un poco impotentes de no poder cambiar las cosas. Obviamente, los dirigentes del fútbol argentino son los máximos responsables. Por hacer del fútbol argentino un lugar sin paz. Algo que le conviene a la industria: vender a los jugadores a los cinco partidos. Los jugadores se van sin saber dónde. Los empresarios ganan plata. Todo se va encadenando.

– En todos los procesos que mencionás, la velocidad en las cosas se muestra como un gran enemigo.

– Sí y lo grave es que el futbolista, a raíz de todo esto, está cada día menos comprometido con esta profesión. Todo esto que está pasando tiene repercusiones: cada vez hay un juego más individualista y más personaje. Eso hace que la pasión  disminuya. Nos tenemos que hacer cargo de haber generado a ese jugador, al que lo rodean tipos que los quieren vender a los cinco partidos. El fútbol argentino tiene que reconocerse responsable de haber formado a un jugador que a la quinta fecha se quiere ir. El hincha dice: “No existe ya el amor por la camiseta”. Pero no existe el amor por la camiseta porque ya no existe el amor por el juego y qué vas a hacer con eso. Yo, a veces, me río, y es una risa trágica, que al público no le importa si el defensor sale jugando o no. El otro día leí una frase de Jorge Valdano que decía que el hincha se ve mucho más humillado cuando su jugador no pone toda la entrega física que cuando no responde futbolísticamente.

– ¿El periodista es responsable de eso?

– El periodista es víctima y parte de.

– ¿El jugador?

– Todos somos partes y víctimas a la vez. Está esa ambiguedad. Víctima porque solos no podemos hacer revoluciones, se hacen de a muchos. Y parte porque, sin quererlo, no tenemos la iniciativa y tenemos una conducta muy semejante al resto. Creo que hay rebeldes sueltos, creo que hay gente que protesta por su cuenta, creo que hay gente que pide un fútbol mejor, pero que está atrapada. Pero no se sostiene mucho. Sólo un demente puede estar feliz y ser parte de este fútbol: vas a la cancha y los partidos te los ponen a cualquier cosa o sólo los socios pueden ingresar a un estadio o los accesos son un desastre.

– Para ser comentarista de un partido, ¿es importante saber del juego?

– Sí, claro.

– ¿Qué es saber de fútbol?

– Saber de jugadores. Hay que tener cierta percepción de qué es el juego. Es algo que no lo da ni la Academia ni la experiencia. Digo, no sólo. Porque el futbolsita no siempre juega desde la conciencia de lo que está ejecutando. Lo hace instintivamente. Hay centros, por ejemplo en Alemania y en España, donde les están enseñando a los chicos a pensar y a razonar, a entender movimientos no para automizar, sino para comprender cómo funcionan las cosas. Si yo juego de cinco y me la dan de espaldas, tengo que rebotar, porque si giro y la piso, probablemente, la pierda. O perfilarme para recibir. Cómo avanzar lateralmente para no perder la pelota. Cuestiones que tienen que ver con la técnica y con el entendimiento, a la vez. Yo creo que hay una zona gris que no te la dan ni los libros ni jugar. No creo, en realidad, que haya libros que sirvan para saber del juego. El libro te va a ayudar a desarrollar un conocimiento que ya tenés. Aún así, cuantas más herramientas tenga el periodista para juzgar, mejor. Lógicamente, siempre va a haber una parte que va a quedar vacía. Para juzgar a un equipo tengo que entender qué pretende un entrenador y no siempre él te lo va a decir. Hay una parte chiquita que le corresponde al tipo que está jugando y al técnico que está ejerciendo su rol.

– ¿Saber de fútbol es un antídoto contra todas las problemáticas que mencionás?

– Entender y saber de fútbol te ayuda a argumentar. Hoy se tiran frases o juicios de valor que no están apoyandos en argumentaciones. Suecede otra cosa que me parece muy maliciosa que es la manipulación. Cuando determinado periodista considera que un equipo juega de una determinada forma y ese equipo no consigue el resultado lo critica despiadadamente, y no importa si ese equipo cuenta con un capital de jugadores o con un presupuesto o con una jerarquía en sus ideas para desarrollar un estilo de juego. Las actitudes de algunos periodistas son muy peligrosas y atentan contra el oficio.

– Hablás de argumentaciones y de fundamentos. Para llegar a cualquiera de esos puntos, evidentemente, una persona debe ponerse en cuestión las cosas. Cuando eras jugador, ¿te las cuestionabas?

– Poco. Cuando era jugador me ponía en cuestión pocas cosas. Por eso, logro entender a los futbolistas. No digo su despreocupación por el juego porque yo siempre me preocupé. Cuando jugás al fútbol lo que tenés es instalado un chip de la competitividad: jugar, ganar, tratar de hacerlo lo mejor posible, responder a las necesidades del equipo y a las consignas del entrenador. Pero no me cuestionaba otras cosas. Cada vez fui teniendo más interés por descubrir lo que me iba pasando en el fútbol, por lo que iba haciendo, por cada entrenador que fui teniendo. Quizás, era una cuestión inconciente porque estaba más cerca el retiro. Cuando era pibe no me las cuestionaba y tal vez esté bien que así fuera. Digamos, el futbolista tiene que sobrevivir por sus propios medios. Pertenecés a una institución, tenés a un entrenador, pero nadie te enseña nada. No te explican cómo vivir del éxito. No te enseñan a estar alerta cuando viene un representante. Hay cuestiones del fútbol que vas experimentando de la marcha y vuelve a todo más difícil.

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– ¿Qué fue lo que te sedujo de la comunicación?

– Yo no hablo para convencer a otro. Tal vez, es una descarga personal. Expreso mis ideas, lo que siento por el fútbol, y me acerqué a la comunicación, tal vez al principio, como una forma de canalizar la impotencia de no jugar al fútbol.

– Pero, más allá de eso, le dedicaste mucho tiempo a mejorar como comunicador.

– Yo soy muy perfeccionista. Cuando fallo, me cuestiono mucho.  Y lo que es más curioso es que no es que lo hago porque me guste lo que hago: directamente, yo no me permito fallar. Mis viejos me pusieron esa autoexigencia muy alta, nunca estaban demasiado conformes con lo que yo hacía, y se me fue pegando esa idiosincrasia. Es más lo que a mí me duele no estar a la altura, que lo que los demás o la actividad misma me exijan.

– Volverte un tipo que hace goles debe ser bastante difícil, ¿cómo te formaste como periodista?

Yo creo que la primera virtud que tuve, apenas terminé de jugar al fútbol, es saber escuchar. No se puede ser un buen comunicador sin saber escuchar. Pero me cuesta aprender a moverme. Yo tenía, dentro mío, algunas ideas, por supuesto sin orden. Eso después tenía que resolverlo en el medio del partido. Quizás, eso me costó un poco. No sabía cómo darle prioridad a lo que creía que darle. El trabajo del comentarista es de síntesis. Yo estaba muy conciente de lo que quería. El sentido común me dio capacidad para centrarme en algunas cosas que eran innegociables: síntesis, conceptualización y respaldo con fundamento. Si en cien palabras, podía hacer 25, las hacía. No quería decir obviedades. Frente a eso, prefería quedarme callado. Yo tenía que aprovechar mi tiempo, que era corto, porque la pelota la tiene el relator, y sabía que en ese tiempo tenía que devolverle la pelota redonda.

– ¿Cuál es esa altura?

– Mi propia satisfacción. A veces, no la encuentro tan fácil. Lo que ocurre es que no logro encontrar en el periodismo lo que encontraba en el fútbol, sobre todo en mis primeras épocas como jugador. No logro repatriar eso que sentía por el juego cuando era adolescente.

– Alguna vez, Juan Manuel Herbella dijo que él extrañaba el ruido que hacían los tapones en el camino previo al entrar a una cancha.

– Sí, inconcientemente, seguís por la vida buscando esas sensaciones. Yo sigo buscando el ruido del tac, cuando le pegás a la pelota. No sé, es difícil. Yo lo que sentía en el fútbol, ahora no lo siento. El carácter nuestro de estar en la competencia, siempre en contacto con la naturaleza, estar con un entrenador, tener compañero, estar cinco días entrenándote para jugar el fin de semana, todo eso no lo repetís. Eso da tristeza. Por más que hoy haga otra cosa, eso lo voy a extrañar.

– ¿Sentís esa tristeza cuando comentás?

– Lo que más me duele en esto es no sentirme parte de la acción. Uno cree a veces como comunicador que es parte de algo porque cuenta algo, pero vos no estás produciendo hecho. Yo antes producía hechos. No puedo todavía domar ese sentimiento. Ahora me toca contar por qué Boca le ganó a River o River a Boca. Antes yo jugaba ese partido.

– ¿No encontraste ninguna sensación en la comunicación que se comparara con hacer un gol?

– No, hacer un gol es lo máximo. Creo que hacer un gol es la felicidad misma.

– ¿El periodismo juega mal?

– El periodismo en muchos casos, con esto de ser populares y darle siempre la razón a la mayor cantidad de audiencia, se ha despersonalizado. Esto de la exageración, de la imprudencia, del afán de sobresalir, hace que se genere una competencia de quién dice la primicia, quién dice el comentario más extremo, y así nos estamos corriendo de una de las premisas que debe tener el periodismo que es la búsqueda de la verdad como el motor imprescindible. El periodista, en esta sociedad del espectáculo, empieza a banalziar o a frivolizar las cosas que son esenciales y a darle un segundo lugar a lo esencial. Se escucha una audición deportiva y se escucha media hora hablando del vestuario como si eso fuera el estandarte o el símbolo de un programa de radio. Entre el protagonista que tiene miedo de contestar y el dirigente que no dice la verdad, al periodista le quedan pocos lugares para ir indagando. Entonces se tiran miserias que venden bien. Todos tenemos un costado de frivolidad, y los programas se construyen de hipótesis y de conjeturas. Yo creo que haría falta un ente superior, o de las mismas empresas, o del mismo público, que castigue este tipo de acciones. Sino mañana borro lo que hoy digo. Ya que la credibilidad no es un bien en el que el público pueda dar por cantidad de aciertos, sino más bien por la permanencia, entonces tendría que haber un ente que regule. Sería mucho más saludable.

Nada tienen los periodistas que celebrar

La profesión está vapuleada por la sangre. Más que un Día de la Libertad de Prensa, México tiene la urgencia de asegurarles la vida. Con 105 muertes en los últimos trece años, no puede haber ninguna fiesta.

 

Teodoro Rentería Arróyave firma lo que no querría firmar. No sólo no es un delirio: es tan real que duele. Es 10 de junio y nadie reparte tequilas o cervezas para brindar. Genera impotencia. Impotencia, dice la RAE, es la falta de poder para hacer algo. Y es impotencia. Pero qué quieren que haga. Si él, Presidente fundador y honorario de la Federación de Asociaciones de Periodistas Mexicanos (FAPERMEX), vicepresidente de la Federación Latinoamericana de Periodistas (FELAP), tiene la obligación de decirlo: en el Día de la Libertad de Prensa, no puede haber fiesta.

Desde 2000, 105 no es fiesta.

Desde 2000, 105 son los comunicadores asesinados.

Desde 2000, 105 son los que ya no hablan.

105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105.

Hasta que se vuelvan 106.

Pero ese no es el eje de las discrepancias. A esta altura, al sol nadie lo tapa con las manos. Aunque, a veces, se le borronean los mensajes. La Comisión Nacional de Derechos Humanos de México saca un comunicado en el que anuncia que los muertos son 84. En un listado preciso que se encuentra en www.fapermex.mx, figuran 105 más una incorporación de 23 nuevas personas, que no aparecen en las nóminas oficiales: son 10 trabajadores de prensa, 9 familiares, 3 amigos de comunicadores y 1 civil, a quienes se los incorpora a esta lista a pesar de las concepciones de el ex presidente mexicano Felipe Calderón, quien planteaba que estos casos eran de “daños colateral”.

Pero, aún así, esa diferencia de números no es la que genera la mayor rabia: el 91 por ciento de los 143 casos son impunes, tan sólo 27 fueron los que llegaron a la Justicia y sólo en 12 se ha dictado sentencia.

“Honduras, México y Siria son ahora los países más letales para el periodismo”, escribía hace unos meses Ernesto Carmona, Presidente de la Comisión Investigadora de Atentados a Periodistas (CIAP). Lo hacía un año después de que Irina Bokova, directora de Unesco, anunciara que el 2012 había sido “el año más mortifero para el periodismo”. Janis Karlins, subdirector de Comunicación e Información de la organización, planteaba que “los países que desgraciadamente encabezan la lista de naciones en donde más periodistas se asesinan son México (…) y Honduras que tiene el triste honor de encabezar, por un lado, el número más grande per cápita de asesinatos de periodistas y, por otro, ser el país donde más se asesina per cápita en el mundo (92 homicidios por cada 100.000 habitantes)”.

Y, en eso, caben una serie de preguntas de las más difíciles: ¿la muerte es política? ¿la muerte es ideológica? ¿las muertes, estas muertes, son mafiosas? ¿las mafias son política? ¿las mafias son ideología? ¿las mafias son partes necesarias del sistema?

Con buenas intenciones de debate, Mariano Tenconi Blanco, en el primer número de la interesante revista argentina Don Julio, realiza una entrevista con una de las mejores plumas de este planeta. El periodista y escritor Juan Villoro lo espera en Colonia Coyoacán para hablar de Menotti, de Bilardo, de Guardiola, de Mourinho y del Barcelona. Es vox populi que Villoro es mucho más que amable. Por eso, adentrado en la charla, el entrevistador se anima a enunciar una pregunta de la que no espera recibir un cachetazo. Valioso cachetazo que termina siendo un gran logro del periodista:

– El periodismo es otro de tus oficios, y hay un debate en la Argentina sobre el periodista que defiende al monopolio y a los grupos económicos, y el periodista que tiene ideología partidaria y milita desde su rol de periodista.

– No puede haber periodismo indiferente. Todo periodismo, en menor o mayor medida, es militante. El periodista no puede ser ajeno a la realidad y debe pronunciarse ante ella. (…) México es el país más peligroso para ejercer el periodismo. Tiene otros enemigos, como el crimen organizado y sobre todo en las zonas donde se conecta con el poder. No te mata un capo de la droga, te mata el político al que puedes poner en evidencia o el empresario que lava el dinero. No los malos, sino los que parecen buenos. Esos serían, entonces, los tres jinetes del apocalipsis para el periodismo.

 

Dice Villoro, involucrando dos elementos centrales: el pueblo y el poder. La sociedad y los funcionarios. La gente y el crímen. El individuo y las mafias. Todos y las mafias. Todo porque todos son parte de la realidad. Porque todo, en cada paso, es política.

“Nada tienen los periodistas que celebrar”, dice el comunicado de la FAPERMEX. A Teodoro Rentería Arróyave no lo desencaja del todo porque desde 1983 anunciana lo mismo. A México, en sí, no lo desencaja del todo, porque lleva más de una década sintiéndolo. A todos, claro, los que no descubrieron hace poco que el periodismo siempre fue militante, tampoco los sorprende.

“Nadie será libre mientras haya peste”, escribió Albert Camus en La Peste. Junio tuvo, también, el día del periodista en Argentina. Acá, allá, donde sea: la libertad es una deuda pendiente.

En la fiesta de las mafias, no hay fiesta.periodistasmexico

Viene para irse

Le abrimos las puertas, lo recibimos, lo agasajamos, pero sabemos que viene para irse.

Estas son las visitas de Vámonos de Casa:

– Washington Cucurto, escritor y poeta popular, creador de la cooperativa de trabajo editorial Eloisa Cartonera. Sus inicios, cómo le escribía a la chica que le gustaba con verduras cuando trabajaba en un supermercado, la razón de tener que empezar su propio proyecto editorial, los tabús en la literatura y mucho más en esta entrevista.

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-Mauro Navas, ex jugador de fútbol y actual DT: su experiencia en Cuba, la situación del juego en Argentina, los valores, los pibes y la quiebra de clubes. Una miarada distinta que analiza al fútbol de manera integral.

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– Cristian Aldana, cantante y guitarrista de “El otro yo” y socio fundador de UMI: la música independiente y la nueva ley de medios, el proyecto de la Ley Nacional de la Música y la iniciativa de creal el Instituto Nacional de la Música – 30 de septiembre el 2012

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-María del Carmen Verdú,  coordinadora de la CORREPI: gatillo fácil, desaparición forzada en democracia, violencia institucional y policial-23 de septiembre del 2012
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-Disfrutamos de la visita de Marlene Wayar, militante de los derechos transgénero y directora de “El Teje”, primer periódico travesti de Latinoamérica-16 de septiembre del 2012
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-Nos visitaron docentes de la UBA: denunciaron el intento de la universidad de cesantear  a más de 650 trabajadores de la educación- 9 de septiembre del 2012
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-Nos emocionó Nora Cortiñas, cofundadora de Asociación Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora- 2 de septiembre del 2012
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– Miembros de la Sala Alberdi, espacio tomado y en resistencia cultural – 26 de agosto del 2012

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-Pablo Vommaro, historiador e investigador del CONICET, especialista en movimientos sociales – 19 de agosto del 2012
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-Carlos Ponce de León, ex compañero de Santucho en el PRT, preso político durante la dictadura militar (1976-1983)- 12 de agosto de 2012
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-Miembros de Salvemos al Fútbol, familiares de hinchas asesinados – 5 de Agosto del 2012
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-Familia de Carlos Fuentealba, docente asesinado – 29 de Julio del 2012
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-La Alameda – 22 de Julio del 2012
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-Familia de Luciano Arruga – 15 de julio de 2012
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-Juan Manuel Herbella – 18 de abril de 2012
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-Luis Zamora – 11 de abril de 2012
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-Juanky Jurado – 4 de abril de 2012
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-Federico Cabral – 7 de marzo de 2012
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