“Yo no soy tan crack como dicen”

Eder Álvarez Balanta, además de ser el jugador más aplaudido de River y el central al que apunta el Barcelona, es un colombiano de 20 años que lleva una vida de grande en Buenos Aires. “No es cómodo. Es como si todavía me costara asimilarlo”, dice sobre la fama, las fotos y los saludos por la calle. Y analiza:  “Yo soy como todos. Acá se pone al jugador de fútbol a una altura que yo no sé si tiene”.

Eder Álvarez Balanta tiene un quilombo con las fotos.

Fotos: Nos Digital
Fotos: Nos Digital

No es una fobia, pero prefiere el invierno antes que el verano para poder andar con capucha y que nadie lo vea. Ya tiene en clara la escena: cuando alguien se le acerque, le pedirá una sola foto, pero para cuando se esté apretando el botón de la cámara, aparecerán otros cuantos que aprovecharán la generosidad presentada y pedirán una y otra imagen más. Podría andar con auriculares haciéndose el boludo, escuchando salsa y música religiosa -sus géneros preferidos-, pero teme que alguien lo tilde de agrandado al no reaccionar frente a un saludo.

Por la calle, le gritan Negro, Negro Balanta y hasta Pantera. En el Monumental, en los segundos explosivos previos a que arrancara el Superclásico, el estadio entero coreó su apodo.

En Facebook, hay 37 páginas creadas a su nombre -una de ellas, supera los 40 mil adictos-. Ninguna de esas es de él.

En Twitter, hay una cuenta falsa (@EderABalanta) que, pese a que el club informó en reiteradas ocasiones que era apócrifa, tiene más de 30 mil seguidores.

Hace apenas siete meses que debutó en el fútbol argentino, pero ya se volvió un ídolo. En menos de un año de carrera logró el sueño de cualquier pibe: salir en la tapa de los diarios deportivos españoles como anuncio del próximo gran fichaje del Barcelona. Aún así, él prefiere ser invisible. Por una única razón que explica con los modos y las costumbres de un niño de veinte años que sale del vestuario con una mochilita de colonia de vacaciones, que piensa en pasar la tarde jugando al play -dice “el pley”, en vez de “la pley”, como dicen los argentinos- y que, cuando llegó a Argentina en 2011, estuvo los primeros tres meses hablando con un sólo compañero por timidez.

“Yo no soy tan crack como dicen”.

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Balanta habla como si estuviera estresado. Algo, en el mundo de la pelota, no le convence. El predio de Ezeiza de River está despoblado: el entrenamiento terminó a las 11.50, los jugadores almorzaron hasta las 13.35 y recién a las 13.51 se acerca, pidiendo que nos busquemos algo de sombra. Germán Pezzella -su actual compañero de defensa- lo interrumpe para explicarle que hoy no podrá llevarlo a su casa. “Andate con Ramiro”, le dice, señalándole a Funes Mori. Ellos son sus dos choferes, aunque él, entre risas, aclare el asunto: “Son dos buenos amigos que me ayudan y me traen hasta el entrenamiento. Tengo que aprender a manejar. Para mí, un auto no sería un lujo sino una herramienta de trabajo porque me facilitaría muchas cosas”. Esa es apenas una de las tantas muestras de esos dos mundos que lo incomodan: el ser un niño común al que lo llevan y lo traen y el ser un futbolista profesional al que le ruegan la firma de una camiseta.

– ¿Cómo es cambiar de vida en siete meses?

– Es que se me dieron muchas cosas que yo no esperaba. Toda la vida había elegido en el play a los equipos donde estaba Trezeguet. En la selección de Francia o en la Juve. Y, de repente, estaba compartiendo camerino con él.

– En la play, ¿elegís a los equipos en los que estás vos?

– Me siento raro jugando conmigo mismo. No es cómodo. Es como si todavía me costara asimilarlo. Yo jugaba en Colombia y, desde chiquito, había soñado con ser jugador de fútbol, pero nunca había pensado que podía darse en River Plate. Estaba muy lejos como para imaginarlo.

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Fotos: Nos Digital

– Aparecer en los jueguitos de la play es todo un salto a la fama, ¿cómo te llevás con el tema de que te reconozcan en la calle?

– Es raro. No es que no me gusta ni que me guste que me pidan fotos. El problema no son las fotos. El problema es que a veces uno no está preparado para eso. Yo siempre fui muy solitario y es raro que te reconozcan por la calle. Es entendible. Pero muchas veces me puede pasar que yo esté mal o esté bien y no quiera sacarme fotos porque tengo un mal día o porque quiero estar tranquilo y no puedo.

– ¿Nunca le preguntaste a Trezeguet cómo manejar esas situaciones?

– No, la verdad que no. Aunque Trezeguet habrá aprendido con tantos años a manejarse en esta situación.

– Aún así, hoy todos piden sacarse una foto con vos y debe ser difícil esquivar eso.

– Yo soy como todos. Acá se pone al jugador de fútbol a una altura que yo no sé si tiene. Yo soy normal. A veces estoy mal, a veces estoy bien. Yo soy como todos: cuando estoy triste, lloro, cuando estoy contento me río y cuando me enojo estoy cabrón. Como todos. Pero entiendo que la gente sea así, aunque no me parece que yo sea lo que la gente dice que soy. Acá todos hablan de fútbol. Es una de las cosas que más me sorprendió de Argentina. Desde una señora de setenta años, una abogada, hasta un niñita todos hablan de fútbol y conocen a los jugadores. En Colombia no es tan importante.

– Cuando la gente te cruza en la calle, ¿te habla de fútbol?

– Sí, y de muchas cosas que yo no puedo opinar. Me pasa seguido con los taxis o los remises. El conductor me empieza a preguntar cosas que yo no sé. Me dice: “Tal juega de tal forma” y después me pregunta: “¿Es así?”. Y yo no puedo responder nada. Me habla de mis compañeros y yo le digo que le pregunte a ellos, porque qué sé yo.

– Acá, en el plantel de River, ¿alguien los aconseja?

– Acá nos hablan mucho el Lobo Ledesma y Ponzio. Nos explican sobre los entornos y sobre la prensa. La prensa es difícil porque están diciendo cosas todo el tiempo. Yo entiendo que es el trabajo de otros, pero trato de no meterme. Porque muchas veces son rumores y yo no puedo vivir de los rumores porque si no mi cabeza estallaría. Si yo le diera importancia a todo sería complicado porque es difícil adaptarse. Trato de mantenerme al margen de esas cosas, aunque no es tan fácil. Porque uno no puede dejar de ver la televisión o apagar todas las radios o no ver qué hay.

– ¿Disfrutás en algún momento esto que te está pasando?

– El momento que yo más disfruto es cuando estoy en la cancha. Últimamente, sólo disfruto cuando estoy en los entrenamientos o en los partidos. El resto no la paso tan bien. Porque no puedo estar tranquilo. Me estreso un poco. Camino por la calle y tengo que sacarme fotos y no me gusta tanto. Supongo que el jugador tiene que estar preparado para eso. Pero por todas las cosas que se dice es difícil. Y hay que cuidar los entornos, la gente con la que uno está. A mí no me gusta salir de noche, ni los boliches, me gusta estar con familias amigas o ir a comer y nada más. Pero es complicado.

– Antes del último Superclásico, en una nota con el diario Olé, dijiste que no te sentías cómodo en la previa de esos partidos, ¿por qué?

– Es que se vive con mucha tensión. Cuando estoy en la cancha, ya está. Pero los clásicos se viven de una forma incómoda. Argentina tiene mucha pasión por el fútbol. Pero perder un partido no es la muerte de un familiar querido y a veces cuesta entenderlo. El fútbol sólo tiene tres resultados que son ganar, empatar o perder. Es lógico que cuando ganas, te sientas feliz. Que cuando empatas, pienses en lo que hay que mejorar. Y que cuando pierdes, no te sientas tan bien. Pero no es tan dramático perder y aquí se vive eso como algo muy difícil.

***

Balanta habla como si su cabeza fuera el colmo de su proceder. Ya jugó dos Superclásicos, torneos internacionales, tiene dos goles en Primera, tapas del diario Mundo Deportivo y del Sport que lo dan como el sucesor de Puyol y un ejército que le ruega a José Pekerman que lo convoque a la selección de Colombia. Pero eso no basta. No es su reflejo: “Muchas veces, me pongo muy tenso”. Es lógico: su vida deportiva, todo el tiempo lo obliga a decidir haciendo futurología.

medio b

– Llegaste en 2011 a River, ¿cómo fue, teniendo 17 años, tomar la decisión de dejar Bogotá para venirte para acá?

– La decisión fue siempre difícil. Yo ya estaba en buenas condiciones en el club en el que estaba. Era un equipo que estaba jugando en la Segunda División del fútbol colombiano. Cuando me salió la posibilidad, dudé mucho. Estaban las historias de jugadores colombianos que se habían venido acá, que no les había ido bien y los habían dejado tirados. Era difícil arriesgarse. Yo no tenía nada seguro acá. Yo tenía simplemente muchas expectativas, no tenía nada que me asegurara que pudiera quedar.

– ¿Tus papás qué decían?

– Mi mamá era la que más miedo tenía. Los papás de uno siempre quieren que uno esté bien, que uno no pase por malos momentos en la vida. Mi papá un poco desconfiaba. Nos demoramos mucho en tomar la decisión. La persona que me trajo había tenido una reunión con mi papá, pero mi papá tampoco estaba tan seguro de dejarme venir.

– ¿Lo definieron sobre la hora?

– Sí, porque aparte de todo, el primer viaje tenía que pagarlo yo. Ida y vuelta. La persona que me traía se ocupaba sólo de mi estadía acá y de llevarme a algunos clubes a probar. Cuando llegó el tiempo de viaje, mi papá no tenía la plata para costerarlo. Era enero, habían pasado las fiestas. Un tío, que es mellizo de mi papá, que es el que hizo el contacto para que yo viniera acá, vino un día y dijo que ya había comprado el ticket. Y yo todavía no había dicho nada, ni siquiera en mi club de Colombia. Tenía 17 y estaba por cumplir los 18. A mí me costó bastante por la inseguridad de saber si las cosas iban a salir bien o no. Yo venía para acá y dejaba todo tirado en Colombia. Si esto iba mal, bueno, iba a tener que volver y no sabía cómo me iban a recibir nuevamente.

– ¿Tuviste que dejar muchas cosas allá?

– El venir acá era adaptarse a otra cultura, otra clase de comida, otras costumbres. Allá tenía una rutina programada y venir acá me cambiaba todo. Tuve que dejar mis amigos, mis familiares, mis primos, todos quedaron allá y siempre es difícil desapegarse de esas cosas.

– ¿Eras de los que más se destacaban en tu club de Colombia?

– No. De hecho, entre los 12 y los 15, fui suplente. Tenía problemas de crecimiento. No sé si como los de Messi, pero necesitaban para mi posición a alguien más grande. Aunque no llegué a hacer ningún tratamiento: se dio solo, crecí y listo. Pero estuvieron a punto de sacarme del club en el que estaba.

– Acá viniste y te probaron en Argentinos.

– Estuve unos días entrenando ahí. No es que no me aceptaron, los días en que estaba ahí me surgió la posibilidad de ir a River. No tenía todo tan seguro acá. Fue muy duro. Era volver a tomar una decisión.

– ¿Cómo sos vos en esos momentos en que tenés que tomar decisiones?

– Cuesta mucho. Por ahí no se nota tanto la tensión, pero siempre en la intimidad cuesta tomar las decisiones. Uno tiene que pensar en todas las variables que se puedan dar.

– ¿Habías terminado el colegio?

– Me falta terminar. Cuando yo vine de Colombia me faltaba por hacer el último año e hicimos las equivalencias y, en el sistema de acá, me faltaban hacer dos años. Hice el primer año en River, que era como el cuarto año acá. Yo vivía en una pensión en frente del Museo de River. Me quedaba todo fácil porque entrenaba por la mañana, almorzaba en la confitería y después me iba a estudiar. Después me mudé a Caseros, Provincia de Buenos Aires, y ahí me pasó que me llevaron a entrenar con la Reserva en Ezeiza. Ya después no me daban los horarios. De pronto, más adelante lo podré terminar. El fútbol es muy duro y uno nunca sabe si una lesión puede llegar a complicarlo todo. Entonces hay que seguir formándose.

– ¿Y qué te gustaría estudiar?

– En Colombia, se acostumbra a terminar la escuela secundaria y después seguir una carrera universitaria. Nunca pensé bien qué me gustaría, pero me interesa el deporte. Todo lo que tenga que ver con educación física o nutrición deportiva creo que es interesante. Ahora me gustaría ocupar más mis tardes. Quiero tener menos tiempo libre y poder estar ocupando el tiempo en mi cabeza para no tener que pensar. Creo que podría estudiar idiomas.

– ¿Cómo era esa vida en la pensión en frente del Museo?

– Los primeros tres meses me costaron mucho. Tenía muchos problemas de comunicación para con mis compañeros. Al principio, no hablaba con nadie. En la pensión había jugadores, pero también gente que hacía otras cosas. Empecé a relacionarme con Federico Vega y hubo un momento en que era el único con el que yo hablaba. Pero mi vida era ir a entrenar por la mañana, almorzar, cruzar a la pensión y estar ahí todo el día tirado. Hablaba un poco por computadora con mi familia y con mis amigos, pero estaba todo el día tirado en la cama, esperando que fuera el otro día para empezar de nuevo.

– Si no fueras jugador de fútbol y pudieras elegir entre vivir en Argentina o en Colombia, ¿dónde vivirías?

– En Colombia, creo que en Colombia.

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eder balanta

Un mediodía de hace dos meses, la noticia circuló fuerte: estaba vendido por 8 millones de dólares. Daniel Passarella, presidente de River, viajaba por Europa y algunos medios de comunicación anunciaban que había cerrado el acuerdo por el defensor colombiano. Nadie lo confirmaba. Cuando Balanta prendió su celular, vio el mensaje de un periodista que le preguntaba por el asunto. Él respondió: “No sé si sea tan cierto todo lo que se dice. Es un rumor y nada más que un rumor”.

– ¿Cómo reaccionaste el día que un dirigente de River dijo que valías 10 millones de dólares?

– Él sabrá lo que dijo. Habrá que preguntarle a él. Yo no soy tan crack como todos dicen. No me siento realmente así.

– ¿Pero cómo hacés para estar tranquilo si en todos lados dicen que te vendieron y vos no sabés nada?

– Mis amigos me escriben por Facebook desde Colombia y me dicen: “¿Es cierto que te vas al Barsa?” Y yo les digo que no, que no me han dicho nada, que son rumores. Y ellos me dicen: “Pero están diciendo que te vas”. Y yo les digo que no y ellos me dicen que sí. Y yo ya no sé qué decirles. Porque si yo, que soy el implicado, les digo que no es cierto y ellos me siguen diciendo que lo es, se vuelve muy difícil. Por eso son difíciles los rumores y todo lo que se dice.

– Aún así, en el jugador latinoamericano está como instalado que tiene que jugar sí o sí en Europa.

– Hasta que no me digan a mí que me voy, no lo voy a pensar porque no está bien. Yo estoy contento de estar acá y no tengo por qué desesperarme. El jugador de Latinoamerica suele pensar que tiene que ir a Europa. Está como previsto que tienes que terminar tu carrera en Europa y jugar la Champions. Pero yo me lo tomo con calma. Trato de hacerlo. No siempre es fácil, por eso se puede volver un poco estresante el asunto.

– ¿Te metés en los asuntos que tienen que ver con tu pase?

– Trato de no meterme. Sí de estar informado. Pero de saber hasta lo que sea necesario porque creo que si supiera más me sería difícil y me empezaría a hacer mal porque hay cosas que no me gusta escuchar. Tampoco me gusta estar hablando de plata porque no me parece bien.

– ¿La plata en el fútbol es algo difícil para la cabeza del jugador?

– La plata es difícil porque los millones no dicen cómo somos como personas. Y la gente piensa en el dinero y piensan que si tú vales tanto tú debes rendir como ese tanto. Y no es así. Pasa, por ejemplo, con Bale en el Real Madrid, que es el fichaje más caro de la historia y todo eso y ahora él se lastima y se lesiona. Y todos dicen: “No se puede lesionar porque vale tanto”. Pero él es un ser humano y si le duele algo claro que tiene derecho a quejarse. Pero es muy difícil hacérselo entender a la gente, y sin embargo es así.

– Hace siete meses debutaste y sonás como si estuvieras estresado.

– No es que me haya cansado, pero me cuesta asimilarlo. Por ahí viene alguien y me dice sos crack. Y, por ahí, para mí no soy crack. Me hace sentir incómodo. Viene gente y te pregunta que cuándo te vas para Barsa y yo no sé de qué me hablan ni de qué es lo que va a pasar. Es como que me considero menos de lo que la gente dice. Tienen un concepto alto. Pero es normal que haya apreciaciones buenas y apreciaciones malas. Uno tampoco es monedita de oro para caerle bien a todos.

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Balanta es un chico que vive una vida de grande. Súper grande. De a ratos, le cuesta entender quién es. De a ratos, le disgusta ese mundo en el que está. De a ratos, sabe que todo será peor y mejor, a la vez. De a ratos, sabe que otra vez se sentirá tenso y tendrá que decidir. Pero hay un parte de él que no puede borrar: es tan sólo un joven de Bogotá. Que, donde puede, se lanza una rebeldía.

– Sos el único jugador del plantel de River que siempre anda vestido con un jogging. Sobre todo, uno rojo. Parecés menos arreglado que tus compañeros. ¿No te importa la ropa?

– Mis compañeros siempre me cargan con ese pantalón rojo. A mí me gusta, pero ellos dicen que me lo van a quemar, que me lo van a romper y que lo van a tajear. Yo me lo sigo poniendo. Entiendo que el jugador tiene que tener una imagen. Pero a mí me gusta mi jogging y, para mí, el jogging es estar bien vestido.

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“Ahora hasta ganar es un sufrimiento”

Fatiga Russo se alejó del ruido de la gran ciudad pero no de su pasión por la pelota bien jugada. Desde Olavarría, donde dirige al equipo local El Fortín, el ex talentoso volante de Huracán y uno de los mentores del Tiki Tiki sigue por el mismo camino de siempre: “Cuando nos preguntan cuál es el fútbol que le gusta a la gente parece que nos están jodiendo. Si uno ve a España, se da cuenta que esa pregunta está demás”.

¿Mary, entre qué calle y qué calle estamos?

La pregunta devela lo obvio. Francisco Russo está en un proceso de disminución de revoluciones. Dejó la ruidosa capital y se adentró una vez más al Interior. Se fue al centro de la Provincia de Buenos Aires, a 370 kilómetros de la ciudad más urbanizada del país, a Olavarría. Calles anchas, veredas eternas, árboles a las perdidas y un embrollo de cables en el cielo dignos de una ciudad sobrepoblada. Pero no, el último censo le dio 120 mil habitantes. El no estaba. El 27 de octubre de 2010 todavía estaba sentado en el banco de River, todavía tenía en Angel Cappa un amigo entrañable. Como verán, muchas cosas cambiaron desde aquel tiempo a esta parte. Pero una no cambió –ni cambiará-, su preferencia por el buen juego, por la pelota al piso, por una estética particular. Y con todo ese vagón de ideas llegó al Fortín de Olavarría. “¿Ya la tercera vez que lo dirijo? Mirá, pensé que era la segunda”, dice segundos después de abrirle la puerta de su nueva casa a NosDigital para repasar su carrera al lado –siempre al lado- de la pelota.

Va y viene en el tiempo, compacta los años, los hace un bollito. Salta al 60, se regodea con los 70, se emociona en los 2000. Corta y pega. Sintetiza. “Tac, tac, tac”, dice y mueve las manos simulando pases cortos. Basta de Tiki-Tiki. Es “tac, tac”. Así cambia de década y en cada año deja un concepto, a cada cambio de página una explicación, una enseñanza.

Habla de Huracán y en un cocoliche de frases conexas deja caer, livianos, los nombres de su boca. Estos caen rápido, por su propio peso, y golpean sobre una mesa que tiene un atado de puchos y dos café como testigos. Dice “Babington, Houseman, Avallay, Menotti”. Y, enseguida, salta las décadas y recuerda a “Pastore, Bolatti y Defederico.” Los apellidos rebotan y se hacen palabras. Vuelven a picar y se convierten en ideas, que luego tomarán una misma forma y terminarán siendo un equipo: Huracán, su amor por pertenencia, reciprocidad y afecto.

Pero su historia con el Globo no comenzó a escribirse con el recordado campeonato del equipo del Flaco Menotti en el 73. Extraña paradoja. El vínculo con el club de sus amores comenzó sobre las vías del tren, esas que guían hasta al más descarriado y marcan el camino a seguir. Vaya si lo siguió. “Yo jugaba en Central Córdoba de Rosario, el equipo de mi infancia. Si no me equivoco, te hablo del año 68 o 69. Y me citaron a la Selección Argentina de la Primera B, lo que sería la B Nacional actual, equipo que dirigía Angelito Labruna. Me bajé con un amigo en Retiro y teníamos que ir a la cancha de Barracas Central. Veníamos caminando, levanto la vista y de pronto veo el Ducó. Me quedé fascinado al ver semejante estadio. Entonces le dije a mi amigo: ‘Ahí voy a jugar yo algún día’. Con el tiempo se me dio”, rememora con la mirada perdida en el horizonte, como si este humilde periodista fuera aquel amigo y frente a sus ojos estuviera el estadio de Huracán.

“Uno se queda con las formas, viste. Lograr lo que se logró no es fácil y, sin embargo, es lo que todos quieren”, comienza a explicar y el camino a seguir es totalmente incierto. ¿Va a hablar del Globo del 73 o del 2009? Lo mismo da. Su vínculo con esos dos equipos no es más que la cristalización de una idea, de un concepto, del juego. El juego por el juego mismo. La pelota al piso, cuidada. El fútbol como un tesoro. El resultado, una consecuencia.

Entonces, en el eterno hilo del buen juego, ese que guió su carrera –al menos en objetivo-, se enhebran más de un equipo. Y, por ende, varias décadas. Habla del pasado, ejemplifica en el presente y piensa en el futuro. “Yo vengo de la escuela rosarina y el fútbol rosarino fue de buen trato de pelota. Todo lo que pasé en el fútbol, y lo que pude conseguir en Huracán, fue porque encontré el técnico ideal para mi pensamiento (César Menotti). Te puede ir bien o mal. A mí me da la sensación de lo que hicimos en Huracán era un riesgo: salir jugando, no tirar la pelota a cualquier lado. Si te sale mal, te asesinan”, grafica y pone nombres propios al asunto. “Me da bronca los que preguntan cuál es el fútbol que le gusta a la gente. ¿Nos están jodiendo? Si uno ve a España, como en la final de la Eurocopa, se da cuenta que esa pregunta está demás. Ese es el fútbol que le gusta a la gente. El que hace el Barcelona, el que hizo Huracán en 2009. Pero que también intentó Tigre en este campeonato, por ejemplo. Y hasta Arsenal mejoró”, replica y pega la primera piña dialéctica: “Hay otra forma que es jugar siempre de contragolpe, tirar pelotazos, revolearla a la tribuna… Y, ojo, a veces puede llegar a salir. Pero quédate tranquilo que ese no es el gusto de la gente”.

-¿Entonces no todo está perdido con respecto al buen juego?

-No, para nada. No se pierde mientras en el mundo haya equipos que nos den el gusto por este deporte, por el juego. En este momento no son argentinos pero son estandartes. Hoy se ve todo, no es como en otras épocas. Se televisan todos los partidos del Barcelona y de España, eso valoriza porque la gente lo mira, los pibes aprenden y tiene una importancia suprema en lo educacional. No está perdido, todo lo contrario.

-Sin embargo, son los menos los que lo practican. ¿Por qué?

-Es que hay muchas presiones… Mirá, Araujo y Arano en el Huracán del 2009 fueron claves en ataque. ¿Sabés por qué antes no pasaban? Porque tenían la indicación de no hacerlo, de no “arriesgar” el resultado. Son jugadores de fútbol y de enseñanza. Y las urgencias siempre están. Si no es por el descenso es por la Promoción, si no es por el campeonato es por la copa… Siempre se argumenta algo para justificar jugar mal, para decir “juguemos de cualquier forma, total…”.

-Desde los medios, para colmo, se critican a los que intentan.

-Es gracioso porque a los que más le exigen ganar es a los que juegan bien: Barcelona, España… Algunos dicen que aburren, esos tipos son muy contras del fútbol. Igual, son contados los programas que hablan de fútbol. Los programas analizan más los resultados. El comentario se basa en eso y no tiene trascendencia cómo se jugó o quién se destacó. Creo que se ha metido demasiado el chusmerío en el periodismo y parecen más programas de artistas que de otra cosa. Se ataca demasiado a algunos y a otros se los defiende bastante. Hay entrenadores que son intocables. Caruso se queja de que lo matan pero tiene cierto apoyo importante de la prensa.

-¿Y el discurso del miedo a perder?

-Si, existe. Pero también lo alimentan los protagonistas. Todo es sufrimiento, ¿viste? Yo estaba mirando el otro día Chicago-Chacarita. Terminó el partido y el técnico ganador, el de Chicago, decía: ‘con todo lo que tuvimos que sufrir para llegar hasta acá’. El de Chaca decía: ‘Es el día más triste de mi vida. Estamos sufriendo un montón’. Veía a los de River y repetían ‘sufrimos mucho para lograrlo’. Basta, hasta ganar es un sufrimiento.

Segundo palo dialéctico. Guerra de maniobras, en términos gramscianos. Tan enquistado está el resultado en el juego, tan afirmado el “ganar como sea”, que el mano a mano se hace imposible. Y Fatiga lo entiende. Por eso baja el mensaje. Porque es persona de bien, porque es persona. El fútbol es uno solo aunque las luces del profesionalismo quieran enceguecer al picado con los pibes. “Uno sale de jugar al fútbol con los amigos y dice ‘cómo pegaban esos hijos de puta’ o ‘qué bien jugamos’. Uno dice ‘mirá que linda pared armaron’ o ‘como nos bailaron’. Vos lo que querés es jugar bien. Por eso me emocionaba hasta las lágrimas con el Huracán del 2009. Yo en el banco lloraba de alegría, cómo no hacerlo. Viejo, están haciendo lo que nosotros les pedimos, lo que a nosotros nos gusta: los pases, las paredes”, argumenta todavía emocionado.

Se desmarca con una pared y el tema concluye. “Lo de Vélez fue una locura”, dice. Imposible no continuar con su idea. Y, redondea: “Evidentemente no querían que saliéramos campeones. Un desastre, más allá de lo que todos vieron, antes de que termine el partido invadieron, había gente de la Barra Brava, ¡mujeres! en nuestro banco. Imaginate, Brazenas no dirigió más”.

De la misma forma procederá cuando sea él quien quede en el centro de la escena. “Te lo digo rápido porque no me gusta mucho hablar de mí”, resume luego de contar que en su Rosario natal, esa que supo hacer hincha de Central a su padre, de Newell’s a su hermano y a él de Central Córdoba, jugaba al “cabeza–cabeza con los pibes del barrio y a la luz de la luna”. Antes de poner el freno explicó: “Armábamos dos arcos y jugábamos en parejas. Teníamos que llevar la pelota al otro lado haciendo pases solamente con la cabeza. Jugábamos hasta que nos llamaban a comer, cuando la noche ya había caído y sólo nos iluminaba la luna”. Lo dice rápido, batiendo las manos en el aire. “Fui a una prueba en Newell’s. Eran 30 pibes los que esperaban y yo me cansé. Dije ‘yo me voy de acá, quiero jugar’. Además, eran todos malos”, recuerda entre risas. Después dirá que vino Central Córdoba, Tigre, Platense y Huracán, River y blablabla. Las últimas palabras se pierden en la ligereza de su elocución. Y el freno.

Dice River y habla como el jugador que fue. De pronto, casi sin pretenderlo, se encuentra hablando del mismo club pero del otro lado de la vereda. Justo él que supo estar en el banco de suplentes hace apenas dos años. “Creo que se apuró Daniel en echarnos. Habíamos hecho más del 50% de los puntos. Nos mató el partido con All Boys”, reconoce y abre el juego. “Yo soy muy amigo de él, jugamos juntos. De hecho, ha venido a visitarme a Olavarría”, explica y marca posición.

-¿Qué hay de cierto de todo lo que se dice de él?

-Al que quiere, lo quiere. Y al que no lo quiere… No es un tipo fácil de llevar. Jamás tuvimos una intervención de él en el equipo. Al contrarío, iba a las comidas y todos lo saludaban. Pero se magnifica todo porque hay muchas divisiones políticas en River y parece que el tipo es cada vez más ogro pero yo lo veo de otra manera. Hay mucha ambición política y creo que entre quien entre va haber divisiones

-Con todo esto del Chori Domínguez y Fernando Cavenaghi, ¿usted cómo hubiese actuado?

-No se. Mirá, yo puedo hablar de lo que sabemos, lo que se ve en realidad. Es injusto por ahí porque no merecían irse así, que se yo. El jugador se siente que fue manoseado. Pero del otro lado también entiende por qué viene todo esto. Yo escuchaba al representante el otro día y se hablaba de la nueva renovación y no se hablaba de cuánto ganarían. ¿Cuál fue el arreglo para después? Por ahí te piden un dineral y Passarella con la guita no es de soltarla fácilmente.

-¿Cuánto influyen los medios?

-Mucho, demasiado. River tendría que estar festejando y no lo puede hacer. Es un circo enorme el que se está armando. De últimas, es una decisión técnica como cualquiera. Y con esto no niego lo importante que fueron Cavenaghi y el Chori.

-Ustedes le dieron continuidad a Rogelio Funes Mori. ¿Qué le vieron?

-Lo que pasó en el último partido te resume todo. Estaba totalmente descartado, no querido por la gente, gastado por cierta parte del periodismo y no le importó nada. Entró como diciendo ‘acá estoy yo, entro a la cancha y te gano el partido’. Yo creo que esto de sacarse el peso, de descender y ser importante para la vuelta, le va a dar mucha más energía. ¿Qué le vimos? Que siempre tiene chances de gol, que cabecea bien, que es rápido, que tiene personalidad, potencia… Es un goleador.

-Sin embargo, erró bastante…

-Sí. Pero mirá, cuando yo estuve en Racing venía Diego Milito y me decía ‘Fati no puedo meterle un gol a nadie’ y yo le dije que se tranquilizara, que estuviera sereno que el día que la metiera iba a ser goleador no sólo acá sino en cualquier lado. Volviendo a Rogelio, con tranquilidad le va a llegar. No tiene la edad de Trezeguet. En un campeonato como el que viene, jugando más tranquilo, va a ser un goleador.

-Ustedes se jugaron por muchos pibes. Ahora parece que Almeyda va a hacer lo mismo, ¿no es arriesgar demasiado?

-No, cómo va a ser arriesgar. River tiene grandes jugadores juveniles. Mirá Cirigliano, por ejemplo. Yo siempre bromeaba con él. Le decía la verdad, que no había visto un cinco mejor que él. Tiene una técnica impresionante y unos huevos… En partidos calientes pisaba la pelota y se escuchaba el ‘uhhh’ de allá arriba y lo volvía a hacer. Con todo el quilombo ese que tenía de ganar sí o sí, como sea, como pueda, el tipo se animaba a hacer cosas.
El café se terminó. En el pocillo sólo quedan colillas de cigarrillo. Mary, su esposa, ofrece más. “Son las 21 horas”, dice un reloj que hace sacudir a todos.

-¡¿Ya pasaron tres horas de charla?!
-No, anda mal. No te preocupes. Son las ocho recién.

La charla no tiene hora de caducidad. Podría ser eterna. Como esas mesas de los miércoles en la que “todos nos juntamos con el Flaco” y a la que Fatiga se lamenta en abandonar momentáneamente. Su labor en Olavarría lo tiene ocupado. “Después dicen que no trabajamos”, confesa que le dice a Luciano, uno de sus cuatro hijos y colaborador. “¿Sabés lo que hay que laburar para que jueguen por abajo, para que se saquen la costumbre de reventarla? En mi primer entrenamiento acá les hice jugar a uno o dos toques y si levantaban la pelota del piso era falta. ¿Vos sabés como se reían los pibes, cómo disfrutaban de jugar? Tac, tac, tac…”, explica y musicaliza el movimiento de sus manos. “El jugador de fútbol está capacitado para hacer pases, tirar paredes… Es como todo. Un tornero, por ejemplo, no te va a hacer las cosas mal. Bueno, acá es lo mismo. Un jugador sabe cómo hacer bien las cosas, el tema es que se las pidan, que lo trabajen. Y nada de triple turno, eso no es trabajar más, eso es matar al tipo que entrena. El futbolista no es una máquina”.

Antes de que la noche se haga más profunda, Fatiga deja picando un tema más. “Es como la política. Todos quieren gobernar en River y van a decir que todo lo de ahora está mal. ‘Cuando asumamos vamos a pagarle más a los jubilados y a los maestros, les vamos a aumentar a todos y blablabla’, después no pasa nada. Mirá el presidente de Colombia, el electo. ¿Escuchaste el discurso? Lo mismo de siempre, ese discurso vacío que muchos todavía compran. Hoy salen a hablar muchos que destruyeron el país. ¿Qué autoridad moral tienen para hacerlo? Por esto me peleo con muchos amigos, tengo rencillas. Yo estoy del lado del trabajador. Pero más que un político soy un creyente. No de la Iglesia, que está del lado del poder, que justifica las barbaries. Creyente de las personas, de lo que viene. Si vos no sos buen tipo en tu casa, con los tuyos, ¿qué le vas a pedir a los demás?”, cierra. Y no sobra ni una palabra. Acá, allá, en todas partes, Francisco Russo defiende una causa, su causa: la de los modos. Es un estilo y el fútbol es quizá el lugar donde mejor lo plasme. O, quizás, es el único que tiene sentido público.

La puerta se abre. Mary saluda a Luciano que, digno hijo de su padre, entra con el camperón de Huracán y una pila de hojas en la mano. El saludo es por partida triple y Fatiga se despide: “Si volvés por acá, mándame un mensaje y tomamos unos mates”. Así será. En el tintero quedaron horas de charla por venir y una certeza: La pelota, siempre por abajo.