Constitución Argentina

Por La chica que corre el bondi.

Lo que usted debe saber antes de leer:

Constitución no queda en Buenos Aires.

Uno toma el colectivo 53, pide el boleto de $3,50, viaja sentado porque es sábado de mañana y madrugar tiene beneficios un fin de semana, toca el timbre y abre la puerta. El arco del pie derecho le hace honor a su nombre y se curva, los metatarsianos sienten el peso del cuerpo y lo trasladan al pie izquierdo que toca la vereda en la puerta de un supermercado lleno de rejas. En ese momento encapsulado con el pie suspendido en el aire, el espacio físico y el orden cronológico se transforman. Dicen que uno llega a percibir con los órganos sensoriales solo el 10% de la realidad que lo rodea. Cuando pie y vereda se unen, nuestros sentidos dicen que estamos en Constitución y que el viaje en colectivo terminó. Pero una vibración que no se explica grita que el tiempo y las formas se modificaron. Acá elegimos creer en ese 90%: Constitución es otra dimensión.

Elantitiempo – Elantiespacio

-Con papas, maestro.

Fotos: NosDigital
Fotos: NosDigital

El pibe que pide el pancho lleva zapatillas negras, jean, pullover escote en V y mochila. Detrás del carrito con el agua burbujeante y las salchichas, otro hombre: zapatillas, jean, remera estampada y delantal blanco que también sirve para secarse las manos. Ninguno de los dos, ni siquiera el tercero que, muy cerca, da pitadas a un porro, se inmuta. “Ahí tenes la mayonesa”, dice mientras saca la salchicha del agua que sigue burbujeando y se la entrega en medio del pan. En ningún momento cruzan la mirada. Son exactamente las 10.31 AM.

Sesenta pasos después, algo así como media cuadra, la imponente estructura. Un bloque GIGANTE, que en fotos es beige pero ahí parece gris, se levanta: la estación. Sobre la fachada que da a la calle Brasil un local también gris, con luces bajas que ensombrecen el espacio, con dos muebles viejos y muchas cajas de cartón y cinta de embalar en el piso, ofrece alfajores a precios de súper oferta para que alguien los compre y revenda, caja en hombro, a precio simplemente de oferta. El tipo que llega al local con campera de jean y gorra asoma medio cuerpo por la puerta de vidrio entreabierta como esos corredores que se estiran cuando llegan a la meta, y saluda. Cierra la puerta, saca la llave del bolsillo y abre el puesto de diarios que queda en la misma vereda. Tarda varios largos minutos, lo último en acomodar es una banqueta de madera lastimada. Prende un pucho, se baja la gorra porque el sol sube, se sienta, estira la pierna derecha hasta cruzarla, la mano izquierda la apoya encima, la derecha sostiene el cigarro acodada sobre la rodilla, la columna se afloja y tiende a curvarse, los parpados acompañan hacia abajo: arranca su jornada laboral, no sabemos cuánto durará en este eterno no-tiempo.

Frente a él una puerta lateral conduce a la estación. En los metros que separan los alfajores de la entrada principal, una señora que promedia los cincuenta años (quizás, no es comprobable, acá las caras y los cuerpos duelen y pesan más, se quejan sin siquiera poder quejarse) intercepta a quienes caminan. Promete que el amuleto que lleva en sus manos y ofrece a cambio de cinco pe cambia la suerte. Podes llevarlo en la cartera, en la mochila, hasta en el bolsillo, dice mientras en automático, en modo no-mirada, un señor dice con la mano que no y sigue caminando. El tiempo se mide en velocidades, Constitución se acelera de a pasos. Cuando el hombre vuelve a mirar, la señora, que llevaba rodete y pollera hasta el piso, ya no está.

Fotos: NosDigital
Fotos: NosDigital

Tres escalones, un descanso, tres escalones. A la derecha: hamburguesas, panchos, gaseosas, bondiola, carteles coloridos con precios económicos. A la izquierda: como espejo, lo mismo. En el medio, en los costados, en el aire: cumbia sonando, adueñándose de los oídos. Unos pasos después el techo se levanta. Todo ese antiespacio tiene foco en el centro de la estación: un gran hall de mosaicos gigantes en el piso y ventanales que cuelan luz desde arriba. Escaleras con ácido olor a pis llevan al subsuelo plagado de todo tipo de locales. El “Centro de abaratamiento” recibe con promociones en cortes de carnes y productos de almacén. También hay perfumerías, fábricas de pastas, más almacenes y carnicerías y una librería dónde los primeros tres títulos que se ven en la vidriera hablan de Pablo Escobar y su imperio. O de los imperios narcos y en moda de Pablo Escobar.

El olor, caustico, fermenta en la nariz y se hace protagonista, escaleras mecánicas llevan a los andenes del subte que llega todavía más abajo. Arriba, los guardias junto a los molinetes controlan los pasajes para quienes pretendan tomar el tren. Un pibe camina con la mirada fija hacia delante, sale al andén sin que nadie le pida mostrar su mano, que nunca salió del bolsillo. A metros un grupo de policías habla en círculo y un nene duerme en el piso sobre un cartón que se parece al de las cajas de alfajores. Otra vez, nadie cruza miradas.

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Fotos: NosDigital

Volviendo al hall, al fondo a la derecha el cartel anticipa la entrada al paseo de compras. Dos pisos ofrecen de todo: ropa, accesorios, electrodomésticos, ¡autos! El centro de informes está vacío pero la barra al paso de la parrilla “Gauchito Grill” sobre la entrada que lleva nuevamente a la calle Brasil está repleta. El humo y la gente colman la vereda. Para llegar a la plaza hay que atravesar dos filas de paradas de colectivos y después ni siquiera hay plaza. Los parpados caen un poco más frente a la chapa que rodea el espacio verde. El metal gris que parece envolver y susurrar como quien te dice al oído: por acá no papi, incluyendo palmadita en la nuca. Este tiempo y espacio no escapa a sus propias reglas, a nadie parece importar el semáforo en verde cuando quiere cruzar. El pibe del delantal sigue sirviendo panchos, el hombre del puesto de diarios tiene otro pucho en su mano, la señora del rodete ofrece el amuleto a otra señora que se convence y lo pone en la cartera chiquita negra que cuelga cruzando su pecho que dice haber amamantado. Después de mucha chapa aparece la parada del 53. Estiro la mano, subo al colectivo, vuelvo a Buenos Aires.