Documentar la vida en común

Azul Blaseotto, artista y comunicadora, caracteriza su trabajo como documentalismos. Repasamos desde su investigación con una cooperativa de astilleros en Dock Sud al nacimiento en Berlín de su heroína de historia Frau K. Sus últimas obras tienen a la dictadura del 76’ como protagonista: “La historieta que armé de los juicios es sobre cómo Frau K entra a los tribunales y se enfrenta a mirar a Videla. Es sobre el trayecto hasta encontrarte con el horror cara a cara”

Fotos: NosDigital

El verano colorea las sombras de los árboles en esta tarde de miércoles, mientras cruzo la calle y entro en el bar. La encuentro enseguida, en la que según me cuenta mientras nos saludamos es su mesa preferida, justo al lado de la ventana abierta, desde donde el sol entra sin pudores y la esquina se abre ante los ojos como un paraguas recién estrenado. Por un instante imagino una postal de una Buenos Aires lejana. Desde esta máquina del tiempo, Azul Blaseotto nos recibe con una sonrisa que extiende entre pequeños sorbos de café para contarnos más acerca de su manera particular de comprender el arte y ponerlo en práctica.

A Azul se le bambolean los rulos mientras cuenta que se formó en la Escuela Nacional Prilidiano Pueyrredón, donde se especializó en el área de pintura recibiendo una enseñanza que define como muy tradicional. Mientras habla, entre sus comisuras se curva la sombra de un paréntesis, y Azul apunta que no todo podía aprenderse en la Escuela Nacional. “Estaba un poco quedada en el tiempo en cuanto a cómo aproximarte a tu propia producción. Estaba orientada a que fueras pintor, a que pintaras de una manera determinada, con ciertos materiales, y una de las metas principales era entrar a una galería.” Llegada a este punto, Azul traza en el aire una línea divisoria entre este modo de hacer arte y el suyo. “Con el tiempo yo me di cuenta de que no me interesaba primordialmente vender en una galería, porque no me interesa producir objetos para decorar nada, sino que me interesan más bien los procesos comunicativos y vivenciales de compartir con el otro.” Esta atracción por el universo de lo interpersonal irá filtrándose en el transcurso de toda nuestra charla mientras abordamos algunos de sus trabajos más significativos.

Pero ahora sus palabras dejan una puerta abierta, y nos apresuramos a atravesar el umbral para conocer más acerca de su modo de comprender el arte. “Hay una concepción de que el arte no es comunicación, de que el arte es expresión. Con eso yo no me identifico. En realidad, hago arte justamente porque me interesa comunicarme y comunicar ciertas cosas. Qué cosas: cuestiones puntuales que tienen que ver con lo político, lo social y lo cultural.” Siguiendo esta línea, Azul trabaja en proyectos que surgen a partir de temas que despiertan su atención, realizando en primera instancia una investigación artística en el territorio en el que el tema en cuestión se desarrolla.

Entonces, para que comprendamos en profundidad su modo de trabajar, Azul esboza los pormenores de un proyecto iniciado en el 2005, fundado en la investigación de dos astilleros de Buenos Aires. “En ese momento, era muy interesante el clima que había, porque con la crisis del 2001 todos los astilleros del país habían cerrado, quedando en pie sólo dos: uno estatal, que era y es el Astillero Río Santiago, y otro que se había puesto en pie en el Dock Sur en el 2003, levantado por un grupo de trabajadores que decidieron entrar a ese astillero abandonado y formar una cooperativa.” Se detiene a explicar el gran contraste que existía entre ambos (mientras el primero empleaba 3700 personas, el segundo sólo contaba con 35 empleados) y apunta que aunque en un primer momento su intención fue investigar cómo funcionaban dos economías tan diferentes en un país económicamente arrasado, su interés fue desplazándose progresivamente, de modo que “terminé trabajando mucho más y haciendo un seguimiento hasta el día de hoy con el astillero de la cooperativa.”

El trabajo consistió fundamentalmente en un relatoevo fotográfico que la artista fue realizando en visitas frecuentes al astillero (que se extendieron durante alrededor de dos años) y en el armado de una película. “Yo tengo muy presente esa cuestión interpersonal. Me interesa mucho eso. Por eso fui al astillero dos años a sacar fotos, y a veces no sacaba ninguna foto, y lo único que hacía era estar ahí. En realidad para mí la obra del astillero no son todos esos ensayos fotográficos, ni siquiera la peli, sino el haber estado con ellos todo ese tiempo, y poder haber decidido con ellos cómo mostrar esas fotografías.” Se trató de un proceso complejo, que implicó no solamente compartir la cotidianeidad de los trabajadores y conversar con ellos, sino también reflexionar en profundidad acerca de qué era lo que buscaba transmitir con su obra. “Cuál era mi objeto. Si la cara de ellos, si ellos con el lugar, si la atmósfera. Al final se fue armando todo: era una narración lo que me interesaba. No la imagen en sí misma, sino el relato del día a día de personas que tienen un lugar de trabajo precario, unas condiciones de trabajo precarias, y que a pesar de todo lo llevan adelante. Era eso.”

Además de las fotos, algunas de las cuales fueron expuestas en el Palais de Glace, sobre un soporte en forma de barco que fue también realizado en el astillero, Azul grabó lo que posteriormente se convertiría en una película. Aquí, sin embargo, se permite dibujar una pausa para aclarar que “suena muy grande hacer una película: en realidad lo que hice fue ir a grabar durante dos o tres días, todo el día, y me llevé ese material a Alemania, esperando tener las herramientas tecnológicas y hacer seminarios de cine para poder establecer un guión y cortar la peli.” Señala que su modo de producción fue inverso al de las películas de verdad, donde a partir de la idea se busca una locación y se filma: “Lo mío fue exactamente al revés. Y ahí entra en juego lo artístico de tener una materia en bruto, que eran esas horas de grabación, y ver qué podía hacer con eso.”

El viaje a Alemania fue el siguiente paso importante para ella. Azul evoca los tres años que pasó en Berlín realizando un posgrado en arte-contexto como una de las mejores experiencias de su vida, aunque tiene cuidado de destacar que consistió también en un proceso de desarraigo muy duro y difícil. “Me quedé sin mi contexto social y político, entonces no sabía de qué iba a hablar. Al principio busqué unos astilleros en Alemania, por la inercia. Pero no me dejaron entrar a ninguno, no existen astilleros que sean fábricas recuperadas, no existen astilleros como cooperativa. El trabajo no era un problema en ese momento en Alemania, entonces con eso no iba a poder comunicar nada.” Define su impresión inicial como la de haber llegado a un planeta desconocido, donde reinaban el trabajo y el orden social. Las nuevas circunstancias y el malestar resultante la llevaron a concentrar sus preocupaciones en atravesar el día a día de vivir en un lugar ajeno, expresándose en un idioma que, aunque hablaba, no era el suyo.

“Tuve muchas experiencias vinculadas con el lenguaje y con el querer ser ‘como ellos’, entre comillas. Quería hablar de manera que no se notara que era extranjera.” En ese proceso, Azul se dio cuenta de que había encontrado un posible tema de trabajo: qué es lo que sucede cuando uno es sapo de otro pozo. No desde el racismo, aclara, porque nunca lo sintió así. “Me interesaba tratarlo desde el lugar de ser siempre ‘el otro’. De que a pesar de que hables el idioma perfecto, no pertenecés a ese grupo porque no tenés una historia común. Es muy difícil de explicar, y en un punto por eso me puse a dibujar. No existía ese pasado. Imaginate una sociedad donde no hay Tinelli, no hay Susana Giménez, no hay peronismo, no hay fábricas recuperadas, no hay 2001, no hay Menem, no hay Capusotto, no hay Trapero, no hay Mafalda. Son referentes que te faltan. Entonces, por ejemplo, desde el lado del humor es muy difícil decir algo divertido. Te empezás a quedar un poco muda, y eso es tremendo.”

Ese fue el tema del trabajo que presentó en Berlín: qué le sucedía a la gente como ella, pero que no era ella. “Si bien dibujé cosas que me pasaban a mí, quería ver si a otra gente le pasaban también. Entonces empecé a hacer entrevistas, a charlar, porque quería dibujar otras historias que no fueran las mías.” Y en ese contexto, mientras Azul entrevistaba a otros estudiantes universitarios del Tercer Mundo, en su imaginación fue amasando los simpáticos contornos de Frau K, heroína de la historieta que realizó como trabajo final de su posgrado y que constituye una crítica al sistema universitario berlinés. “Quería salirme de mí. Que no fuera tan subjetivo, y al mismo tiempo que no fuera tan científico. Yo no era una investigadora neutra. Las entrevistas eran bastante charladas, y pensé que en realidad las podría llevar adelante un personaje que no fuera yo. Frau K me gustaba porque es una especie de súper heroína loca; es una nena, con casco de astronauta y que se llama K.” Y entonces quizás mis cejas se hayan arqueado apenas, en un movimiento incipiente pero certero, porque Azul abre los ojos y la sonrisa bien grandes y se apresura a aclarar que “no tiene nada que ver con nuestro contexto, ahora me re cagaron. Kunst (arte), Kreativität (creatividad), Kultur (cultura), Kritisch (crítica), Kontext (contexto). La letra era todo eso. Y ella era un personaje que hacía una crítica cultural en un contexto determinado.” Además, señala, buscaba cierta resonancia con el Herr K de Brecht, protagonista de una suerte de fábulas con constantes referencias sociales que pretenden llamar al lector a la reflexión. “Me gustaba hacer para los alemanes un personaje que fuera femenino y que les despertara eso, porque Frau K quería hacer eso: contar pequeñas historias y decir ‘esto está mal’, ’esto es muy feo’, y dejarlos pensando.”

Es evidente que autora y personaje se cayeron muy bien, porque cuando Azul volvió a Argentina, Frau K no dudó en acompañarla. La pregunta entonces casi viene sola: quiero saber qué hace la niña astronauta por nuestros pagos. Azul, que todo lo sabe sobre ella, cuenta que “está dando vueltas y reinventándose todo el tiempo. Básicamente hace crítica cultural en este contexto artístico. Entonces habla, tiene diálogos por ejemplo con Antonio Berni, con Marta Traba, o con Valeria González. Hay un fanzine de Frau K donde se encuentra en un colectivo 33 con Antonio Berni y con un ex combatiente de Malvinas, y entre los tres tienen toda una discusión. Eso hace acá. Rescata distintas voces, charla.” Y adelanta entre sonrisas que quizás próximamente se encuentre con Carlos Gesell y Carlos Marx en un balneario de la costa argentina, para discutir acerca de economía y ecología.

La risa se apaga y el clima cambia cuando Azul cuenta que hace un tiempo Frau K asiste también a los juicios a los responsables de la última dictadura. “La experiencia de los juicios es tremenda. Estás muy expuesto mientras vas y dibujás. Pensar cómo mostrar esos dibujos me generó mucho respeto, porque estás dibujando a Nora Cortiñas, o a gente de HIJOS, o a fiscales de la Nación. O estás dibujando también a militares condenados a cadena perpetua, y a otros que salieron. Hay un miedo, un temor y un respeto que son difíciles de manejar. Estás muy empequeñecido y muy expuesto a todo.” Por este motivo, la artista decidió retrotraerse un poco y colocar en el lugar de los hechos a su heroína. “La historieta que armé de los juicios es sobre cómo Frau K entra a los tribunales y se enfrenta a mirar a Videla. Es el trayecto del espacio físico que hay que atravesar para encontrarte con el horror cara a cara, desde un lugar de público asistente, no como una persona implicada, ni como testigo ni como familiar. A Frau K le interesa contar esas historias de gente que desapareció y gente que fue finalmente acusada, después de que pensaron que se iban a morir en paz y que nadie los iba a escrachar en la puerta de su casa.”

En esta línea de búsqueda de memoria y reparación histórica se inscribe también el último trabajo de Azul, realizado junto a Eduardo Molinari, ue consiste en la muestra El Hotel (expuesta en Montevideo y en Berlín) y el libro del mismo título que la acompaña. Éste último fue presentado en diciembre de 2012 en La Dársena, espacio cultural ideado y dirigido por ambos artistas desde 2010, ubicado en el barrio de Almagro. Azul cuenta que tanto la muestra como el libro surgieron a partir de una investigación realizada en el Archivo de Fotografía de la Municipalidad de Montevideo en torno al Hotel Carrasco, antiguo hotel de la ciudad que fue concesionado por el Estado Municipal de Montevideo a una cadena hotelera y a una cadena de casinos, posteriormente restaurado y que será próximamente reinaugurado como un importante hotel internacional. Tras la investigación, descubrieron que “en ese hotel se habían reunido antes del golpe, en el ‘74, las cúpulas militares de toda Latinoamérica. Fue la onceava reunión de los Ejércitos Americanos, de la cual participó también Estados Unidos, y fue el germen de la Operación Cóndor. No surgió ahí, pero sí se charló en esa reunión la manera de ejecutar un plan regional para la exterminación de la subversión.”

El recorrido por algunos de sus proyectos más importantes deja traslucir un borroneo consciente de las fronteras que dividen las prácticas artísticas. En la producción de esta artista, la fotografía, el dibujo y la escritura son lenguajes para comunicar y expandir el debate acerca de temas específicos. “Hace mucho que el artista dejó de ser el pintor o el fotógrafo. Son límites disciplinarios que te impiden sacar de cada lenguaje lo que vos necesitás. Me parece que está bueno tomar lo que uno necesita de cada disciplina, y trabajar a partir de eso. Un poco como cocinar, ¿no?”, propone Azul divertida mientras se relame recordando el arroz con pasas de uva que preparaba su abuela. Más allá del lenguaje, lo que subyace es lo que se pretende transmitir. “Me di cuenta de que me interesaban los documentalismos. Documentar ciertos momentos, instancias, personajes. Me di cuenta de que podía sacar fotos pero al mismo tiempo podía dibujar, y eso me daba otro tiempo para retratar lo que quería retratar. Entonces me fui metiendo cada vez más por el camino de lo documental. Al día de hoy trabajo con las dos cosas: con fotos y con dibujos, investigando qué documentalismo se puede hacer.”