¿Por qué viajamos tan mal en tren?

Nada nace de un repollo. Para entender la situación actual de los trenes te contamos parte de su historia a partir de un intento privatizador y de la resistencia obrera que originó. Los intereses internacionales quisieron avanzar sobre lo público, con despidos, presiones y violencias. Esta es la historia de la gran huelga ferroviaria de 1961 que enfrentó a los trabajadores contra el gobierno de Arturo Frondizi.

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El ferrocarril pasó a ser uno de los objetivos a desmantelar por el gobierno radical de Arturo Frondizi. Tanta perorata sobre el desarrollismo, la soberanía nacional, el legado de Yrigoyen no sirvieron de nada a la hora de firmar con el Banco Mundial, el 1° de octubre de 1960, el inicio de las investigaciones para la desestructuración de la red ferroviaria nacional. El ex asesor de Logística del Ejército de Estados Unidos general Thomas Larkin vino al país para hacer lo que fue entrenado un soldado: destruir. Un año más tarde, el poder ejecutivo de la Nación propuso el Plan de Reestructuración Ferroviaria – o más conocido como “Plan Larkin”- entre cuyos objetivos se encontraban: eliminar el 50% de la red existente, levantar los ramales sin tráfico productivo, enajenar las tierras e instalaciones sobrantes, privatizar los servicios auxiliares como la reparación y construcción de vías, vagones y locomotoras y las confiterías de las estaciones; y por último, modificar el régimen laboral a la vez de la cesantía de 75 mil trabajadores[1].

A partir de los últimos días de octubre de 1961 comenzó a gestarse una de las más grandes resistencias obreras de Argentina, que encontró no solo a los trabajadores unidos enfrentándose a los medios de comunicación, la patronal y un sindicalismo pasivo, sino también contra las fuerzas de seguridad mandadas por el Presidente para poner al orden la movilización que se le iba de las manos, lejos de conseguir, sin embargo, aplacar la tenaz respuesta ferroviaria.

 

Defendiendo con el cuerpo.

“Los dirigentes de nuestro gremio, devenidos desarrollistas, fomentaban la desinformación. Los compañeros tenían claro que Frondizi nos quería destruir. Se preguntaban si era cierto que venía la huelga, si les convenía plegarse, si iban a poder aguantar (…) dije que la huelga que se avecinaba no la imponíamos nosotros sino que nos estaban empujando”[2], recordaba Juan Carlos Cena, delegado de los talleres de Alta Córdoba. Pero cuando sobrevino la huelga general, pasó de involucrar a los empleados y obreros para convertirse en auténticas puebladas. Para el 1 de noviembre el cese de las actividades era total. Ante la organización, el gobierno respondió con la aplicación del Decreto de Requisición que daba “facultades que otorga el Estado de sitio y eventualmente, la ley de organización del país para el tiempo de guerra interna[3], el cual consitió en la obligación de los trabajadores a volver a sus puestos a riesgo de despido, como del envío de fuerzas de seguridad y militar –Regimiento I de Infantería de Marina- a las estaciones y talleres más combativos.  Cena describió como los huelguistas de Tafí Viejo “dormían en el cementerio, en los nichos vacios, se metían ahí durante el día, respiraban por unas rendijas que les dejaban los compañeros sepultureros de ocasión. De noche, resucitaban por el hambre y el frío; como sombras entre las sombras, llegaban mujeres, hijos, amigos a traerles comida, ropa y novedades (…) En Basavilbaso, los compañeros dormían en los montes y campos cercanos. Habían armado tres comisianos en el sindicato de la Unión (Ferroviaria). Si caía una, la reemplazaba la otra”[4]. La persecusión que sufrían era tenaz, por eso las extremas medidas adoptadas.

La Ley de Requisición permitía al Estado movilizar armas en mano a la población ferroviaria a sus puestos de trabajo, y en caso de negarse, enviarlos directamente a las cárceles. Motivos suficientes para que llegaran a conformarse comisiónes clandestinas encargadas de la liberación de los compañeros en manos de la Policía: “Estos grupos aprovechaban las circunstancias propicias para proceder a la liberación y ocultamiento de compañeros detenidos. A esa tarea se agrega otra: estos boletines de huelga que llegan a los lugares donde cumplen detención los compañeros con el objetivo de interiorizarlos sobre la marcha del conflicto”[5].

El rol asumido por las mujeres en el desarrollo del conflicto fue escencial. Las esposas, novias y familiares de los huelguistas tuvieron el papel de, no solo mantener el hogar durante las extensas semanas de movilización, sino también ir y apoyarlos cuando el enfrentamiento con las fuerzas de represión así lo ameritaba. Por ejemplo en Laguna Paiva, Santa Fe, un tren fue inmovilizado cuando era manejado por rompehuelgas: “Mujeres y niños transportando durmientes para obstruir vías delante y detrás del tren. Hombres que empujaban vagones tanque hasta descarrilarlos obstruyendo los desvíos. En medio de la refriega había mujeres. Mujeres del pueblo (…) que desgarraban sus ropas para empaparlas con kerosene y hacer antorchas para quemar el tren que osó quebrar el solemne silencio de la población en huelga. Mujeres que exhibieron el pecho descubierto a la balacera. Mujeres que con su extraordinario valor hicieron retroceder a los esbirros. Mujeres heroicas y abnegadas que, luego, en silencio y en sus hogares curaron heridas físicas y sintieron la grandeza gloriosa de haber protagonizado un episodio heroico y honroso”[6].

 

El Gobierno y los medios contra la huelga del ferrocarril

Como era de esperar, el poder ejecutivo llevó a cabo una amplia propaganda con el fin de deslegitimar la oposición obrera al “Plan Larkin”. Para el 2 de noviembre, se pudo leer en La Nación: “la huelga por tiempo indeterminado que la dirección de los gremios ferroviarios imponen al país en presunta defensa de la confición nacional de los ferrocarriles, de las conquistas sociales y económicas del personal (…) carece de la más absoluta justificación. Al respecto es deber del gobierno “llamar la atención de las presuntas razones invocadas configura una peligrosa simulación tras lo cual intereses ajenos al gremio y a la clase trabajadora, en general, intentan destruir la paz social, quebrantar la legalidad e impedir el bienestar de pueblo argentino en su totalidad”. Ese mismo día, el Ministerio de Obras y Servicios lanzó una de sus publicidades en la cual afirmaba que “el pueblo –dueño de los ferrocarriles- quiere que los ferroviarios anden bien. Para lograrlo, se hace necesario ir prescindiendo de 75000 agente sobrantes”[7].

Sin embargo, el discurso del Ministerio fue mostrando, según transcurrían los días, su faz conservadora. El 3 de noviembre declararon que “el gobierno actuará con todo vigor frente a quienes prendan utilizar el episodio (huelguístico) con fines de disolución social”.[8] Esta opinión fue compartida ampliamente por muchos sectores. Por ejemplo, Acción Coordinadora de Instituciones Empresarias Libres (ACIEL), consideraban que “el gobierno, con el empleo de seguridad y armadas, si fuese necesario, debe garantizar la libertad de trabajo”[9], a la vez que la Unión Industrial Argentina –U.I.A.- en un comunicado formulaba “una exhortación al gobierno para que no ceda ante la presión huelguística que intenta paralizar y encarecer la producción y engendrar el caos en el país”[10]. El punto cúlmine de estas ideas fueron reflejadas por la nota editorial del 3 de noviembre de La Nación: “es indudable que la huelga ferroviaria persigue un objetivo gremial (…). Es inevitable a esta altura recordar la distinción habitual entre el Estado patrono, persona de derecho privado y, hasta cierto punto, equivalente a los efectos prácticos a cualquier empresa pirvada, y el Estado soberano, titular del poder supremo (…) La huelga indefinida de los ferroviarios –acompañada por actividades terroristas- (…) tiende a lograr mediante la coacción que una política (…) sea cambiada”[11].

 

Entre la victoria y el desaliento

Un mes y medio de desgaste, y los trabajadores no pudieron ser doblegados. El 10 de diciembre, luego de conversaciones entre los gremios La Fraternidad, Unión Ferroviaria y el gobierno, éste debió dar un paso atrás en su pretensión privatizadora. Pese a todo, ocho talleres fueron cerrados, centenares de huelguistas continuaron judicializados y cerca de tres mil trabajadores fueron despedidos.

Aquí, en pleno albor de la década del ´60 arrancó el primer plan sistemático para desbandar la estructura ferroviaria nacional, pero solo por el movimiento de los trabajadores, sus familias e incluso pueblos enteros, se logró romper con esta ambición, que sin embargo, lograría completarse treinta años más tarde en pleno auge neoliberal.

 



[1] Schneider, A. (2005) Los compañeros: trabajadores, izquierda y peronismo (1955-1973). Buenos Aires: Imago Mundi Shneider. Pp. 171.

[2] Idem Schneider, A. Pp. 172-173.

[3]La Nación 5/11/1961

[4] Idem Schneider, A. Pp. 174

[5] Boletín de Huelga nº 16, 17 noviembre de 1961 en Op. Cit. Schneider, A. Pp. 178.

[6] Boletín de Huelga nª 117, 18 noviembre de 1961 en Op. Cit. Schneider, A. Pp. 176.

[7]La Nación 2/11/1961

[8] Clarín 3/11/1961

[9]La Nación 6/11/1961

[10] Clarín 2/11/1961

[11]La Nación 3/11/1961

Mercedes Benz sabe desaparecer

“Hubo una asamblea sindical en la que participaban todos los gremios que había en Mercedes Benz, ahí se iba a tratar un conflicto por las vacaciones y por la reincorporación de unos empleados, luego de una huelga de más de veinte días. Todos los delegados accedieron al petitorio de la patronal, menos mi papá y otros compañeros que eran independientes al gremio mayoritario (SMATA). Esa misma noche, la madrugada del 5 de enero de 1977, se lo llevaron.” Malena es hija de Esteban Reimer, militante de la Juventud Peronista y delegado de la fábrica automotriz alemana, donde fue secuestrado por no querer tranzar con la empresa. Este caso se repitió con 17 nombres, 17 secuestros impulsados desde Mercedes Benz durante la dictadura. Solo tres aparecieron y fueron los que contaron bien qué pasó.

El año pasado se cumplieron sesenta años desde que Mercedes Benz pisó suelo argentino, donde desde principio se erigió como una de las empresas automotrices cuyas ganancias más iban a contribuir al crecimiento del modelo económico actual. Hubo un acto encabezado por Cristina Kirchner, hubo festejos y agradecimientos a unos cuantos empresarios alemanes que se sentaron detrás del atril presidencial para escuchar, atentos, una enumeración larga de apellidos difíciles de pronunciar, balances, ganancias, etc. Curioso y chocante si volamos por un rato a los años setenta. Allí, yace inmóvil una lista de catorce nombres que todavía esperan justicia. Todos ellos fueron empleados de la firma alemana y por encarar una lucha por derechos laborales o por elegir no ser cómplices de la impunidad empresarial fueron secuestrados y desaparecidos. Una causa que es una deuda aún pendiente, que no se resuelve. Lo que nos queda son tres testigos sobrevivientes de una dictadura cívico, militar, pero sobretodo, económica; cuarenta años; y una reverencia inentendible.

Esta es una historia de buchones y de políticas claras para eliminar todo grito de protesta laboral. Querían disolver los gremios a toda costa. ¿Por qué? Esta empresa, como también Ledesma, Ford, Acindar, Astarsa, entre tantas, se benefició con el nuevo sistema económico que venía bajo el ala de las fuerzas armadas: un creciente poder sobre los trabajadores les abría terreno a una mayor explotación, con menores costos y muchos beneficios, ya que le transferían al Estado sus deudas privadas. Mercedes Benz, dueña de una inmensa facturación y además uno de los centros industriales más importantes del país, tenía como principal cliente al Ejército en la venta de camiones. Además, desde la firma donaban equipamiento obstétrico para el Hospital Militar de Campo de Mayo, que se utilizó en muchos partos clandestinos de mujeres desaparecidas.

En octubre de 1975, los obreros de Mercedes Benz se organizaron y movilizaron en rechazo a los representantes que había elegido a dedo el por entonces SMATA, sindicato de trabajadores del gremio mecánico y automotor a nivel nacional. Estas personas designadas no defendían los intereses de los empleados, sino que negociaban constantemente con los directivos de la empresa. Decididos, los cuatro mil empleados de la planta de González Catán lograron componer una asamblea de gran concurrencia en donde eligieron una nueva comisión interna compuesta por nueve representantes, “el grupo de los nueve”. SMATA catalogó de inválida a la nueva comisión, y la empresa despidió a 115 obreros, entre quienes estaban casualmente las 17 víctimas que después iban a sufrir el secuestro.

El 24 de octubre del 75, en medio de una huelga que duró veinte días, Montoneros secuestró al Jefe de Producción de la planta, Heinrich Metz. El pedido era claro: reincorporar a todos los empleados que habían sido apartados de sus puestos. El pedido fue concedido y desde Montoneros exigieron un pago por el rescate. Quedará a partir de esto en evidencia una de las prácticas fraudulentas de filial nacional de la empresa, ya que declaron a la matriz en Alemania que el pedido fue de siete millones de dólares, mientras que la organización de finanzas guerrillera aún sostiene que fueron dos.

                El revuelo volvió a la fábrica entre fines del 75 y principios del 76. El Ministro de Trabajo de ese momento, Carlos Ruckauf, promovió un decreto que estimulaba el “aniquilamiento de la subversión en los centros industriales”, es decir, establecía a la lucha obrera como un proceso de “guerrilla industrial”. SMATA aceptó esta política y firmó el convenio, que entró en vigencia en Mercedes Benz a partir del 21 de julio del 75. Este acuerdo derivaba el 1% del precio de venta de cada vehículo a la formación de un fondo extraordinario para la “erradicación de elementos negativos” de la fábrica. Este dinero lo administraba la misma dirección de SMATA sin auditoría alguna, a cambio de que aquella entidad, supuestamente representativa de los trabajadores, pero que en realidad había sido siempre cuestionada, garantizara una represión efectiva. Apenas irrumpió el golpe militar en 1976, comenzaron los secuestros de trabajadores y activistas.

El acusado de entregar ala Policíalas listas con las direcciones de las víctimas es Juan Ronaldo Tasselkraut, ex gerente general de Mercedes Benz. Además, presenta una causa en trámite por la sospecha de apropiación de un varón cuya partida de nacimiento afirma que nació el 19 de agosto de 1974 (su hermano también está sospechado de haber apropiado ilegalmente a otros dos chicos). La participación de la empresa en la represión se documentó a través de los testimonios de los tres sobrevivientes. El mismo Tasselkraut fue bien crudo en una de sus respuestas en un Juicio porla Verdaden los tribunales deLa Platacuando le preguntaron si había alguna relación entre la disminución de los conflictos en la fábrica, la desaparición de obreros militantes y la productividad: “Y… milagros no hay” contestó en crudo.

Actualmente, la causa se encuentra en plena etapa de instrucción. Como pasa con la mayoría de los juicios penales de lesa humanidad, la etapa de recolección de pruebas y testimonios lleva mucho tiempo, hasta después recién elevarse a juicio, donde las partes acusadoras, querella y fiscalía debe enfrentarse a la defensa de los acusados.

Dícese del obrero argentino

Breve repaso histórico por la conformación del obrero argentino desde 1880. La organización, la resistencia, las huelgas y los derechos atropellados en ese camino largo que se transitó como clase.

A la Generación del 80 -nos contaban en el colegio- pertenecieron personajes como Julio Argentino Roca, Carlos Pellegrini, Roque Saenz Peña y demás nombres que tanto nos abombaban los oídos en las aulas.  Durante este período de casi 40 años se viviría la consolidación del Estado nacional, un gran crecimiento económico basado en el modelo agroexportador  y  la inmersión en las relaciones capitalista. Pero algo más se gestó, y eso fue ni más ni menos que el origen de la clase obrera, no solo entendida como clase asalariada industrial, sino también como proceso ideológico en el cual sus actores pasaron a tomar como propias ciertas experiencias, reclamos y liderazgos. En estas líneas intentaremos hacer un pantallazo general de este proceso, para poder ver el nacimiento tanto de la conciencia proletaria como de sus condiciones de vida y resistencias.

Las industrias modernas vieron la luz en la década de 1880, pero solo 10 años más tarde empezarían a expandirse y a cobrar real magnitud para la economía nacional. Las nuevas oportunidades que ofrecieron la expansión del ferrocarril, la llegada de capitales externos en forma de inversiones y empréstitos, y la creciente demanda de productos debido al aumento poblacional, fueron aprovechadas de diferentes maneras por las economías regionales. Se especializaron en manufacturas basadas en los tradicionales cultivos agrícolas –por ejemplo: azúcar refinada y aguardientes en Tucumán o vinos en Mendoza.

Este esplendor se puede constatar en los censos nacionales de 1895 y 1914: se puede observar una duplicación tanto del número de trabajadores –de 174mil a 410 mil- como del número de empresas que se registran en la actividad industrial -22mil a 44mil-, a la vez de la quintuplicación de las inversiones[i].

Aun así, el carácter de estas industrias era esencialmente heterogéneo, hasta 1930 convivieron industrias de tipo taller como empresas de mayor tamaño. Como el historiador y economista Díaz Alejandro explica, “en las ramas que suelen instalar plantas técnicamente más complejas (como las industrias metalúrgicas), la mayor parte de la producción se llevo a cabo en pequeños establecimientos trabajo-intensivos (por ejemplo, los talleres de reparaciones de los ferrocarriles). Las actividades más modernas se ocupaban de la elaboración de alimentos: los grandes establecimientos frigoríficos, las fábricas de cerveza y los molinos harineros y azucareros”[ii].

Si la visión tradicional, como marcamos al principio, nos mostraba una Argentina basada en la exportación de materias primas, ahora el paisaje se nos hace diferente. A partir de 1899, la contribución del sector industrial al PBI nacional era del 14%, un punto más que la agricultura. Y tan solo tres años más tarde, superó en importancia tanto a la agricultura como a la ganadería, participando en el 20% de la riqueza.

Pero, ¿cuál sería el costo de precipitado crecimiento? Este recayó sobre las espaldas de los que menos tenían, de aquellos que iban a estar de sol a sol hacinados, produciendo, por un salario reducido. O sea, los obreros.

La historiadora Mirtha Lobato explica que “en 1897 un estudioso de los trabajadores de la Argentinaescribía sobre las condiciones de labor y remarcaba las pésimas condiciones existentes tanto en Buenos Aires como en el resto de las provincias, en particular en el Norte (…) Esa explotación de los trabajadores se realizaba tanto con el fin de tener peones baratos, disciplinados y dispuestos a soportar todas las ignominias de los industriales y sin derecho a protestar”[iii]. Los industriales tenían el poder y abusaban de esto para lograr aumentar sus ganancias. Mientras tanto, las ciudades se poblaban de trabajadores, tanto del campo como del extranjero, viviendo en las situaciones más extremas. La imagen del conventillo recorre hasta hoy la visión de una Buenos Aires pasada, donde hasta el último centavo valía para alimentarse, y bajo un techo convivían tantos como entraban.

Si mencionamos las bajas condiciones laborales y la explotación, es necesario remarcar sus resistencias, las formas que se desarrollaron el enfrentamiento entre capital y trabajo; ya que poco realista sería creer que el proletariado se mantuvo inerme frente a las desigualdades.

Hasta 1880, al ser la producción predominantemente artesanal, los trabajadores calificados tuvieron gran poder de negociación gracias al control del conocimiento del proceso productivo. Sin embargo, al empezar esta nueva época se empezaron manifestar diversas modificaciones en las relaciones de poder fruto, por un lado, de las transformaciones en la organización del trabajo, como también por la llegada masiva de inmigrantes, engrosando la oferta de mano de obra.

El aumento del trabajo no calificado, el aumento de la cantidad de obreros en una misma fábrica y demás, originaron el surgimiento de dos elementos claves para la resistencia ante el capital: la huelga, como herramienta principal de manifestación, y las Sociedades de Resistencia, como núcleo de representación de las demandas, que podían asumir la forma de gremios, sindicatos, sociedades de ayuda mutua, centros culturales; etc.

Será a partir del nuevo siglo cuando harán su aparición las Federaciones, que aglutinaban diferentes gremios, entre los que se destacaronla Unión Gremial de Trabajadores, la Confederación Regional Obrera Argentina y la Federación Obrera Argentina entre otras.

En cuanto a los reclamos, “la mayoría estaban dirigidas a pedir aumento de sueldos, aunque también se observan reclamos para que los pagos se hicieran con mayor regularidad y para eliminar el trabajo a destajo. También vemos pedidos para anular multas y evitar la reducción de salarios. El segundo grupo más importante de demandas tienen que ver con [disminuir] los horarios de trabajo”[iv]. A esto se deberán sumar aquellos relacionados con la mejora de la situación de las mujeres trabajadoras como a su vez, aquellas manifestaciones de solidaridad con ciertos gremios, en rechazo a la represión de determinada huelga, el encarcelamiento de algún militante obrero; es decir, aquellas ligadas a la solidaridad obrera, que tuvieron su auge a partir del 1900.

Huelgas por mejoras salariales o materiales, por solidaridad; hacinamiento, malas condiciones laborales, explotación, abuso, desvalorización del trabajo femenino. Este cuadro de fines del siglo XIX y principios del XX, parece transpolarse a la realidad actual. Solo nos queda preguntarnos, cuánto faltará para que esto sea en exclusivo parte de un pasado superado.



[i] Korol, Juan Carlos; “Industria (1859-1914)”. En Nueva Historia de la Nación Argentina. Academia Nacional de la Historia, Buenos Aires, Planeta, 2000. Pp. 13

[ii] Díaz Alejandro; “Etapas de industrialización en Argentina”. En: Ensayos sobre la historia económica argentina. Buenos Aires, Amorrortu, 1975.

[iii] Mirta Zaida Lobato: “Los trabajadores en la era del “progreso” en Mirta Zaida Lobato (directora): El Progreso, la modernización y sus límites. Colección Nueva Historia Argentina. Buenos Aires, Sudamericana, 2000. Pp. 469

[iv]Roberto Korzeniewicz: “Agitación obrera en la Argentina” en Latin American Research Review, Vol. XXIV, Nº 3, 1989. Traducción de la cátedra (edición OPFyL, 2005). Pp. 10.