“Me gusta atajar en este San Lorenzo que pelea el descenso”

Nereo Champagne es el arquero de San Lorenzo y es, además, un personaje. Lector de Sasturain, Soriano y Sacheri, fanático del heavy, el pibe nacido en Salto aclara que él ” juega al arco, que es otra cosa, porque los arqueros son mucho más raros”. Y sobre el momento que vive en el Ciclón afirma: “Yo soñé toda la vida con esto. Soy futbolista porque en el garage de mi casa, jugando a que era el Mono Navarro Montoya o Nacho González, alguna vez imaginé que esto podía pasar”.

Foto: Nos Digital.

El tamaño es realmente descomunal. Desde la muñeca hasta los dedos, quizás, haya veinte centímetros. O más. Pero la duda quedará flotando porque, definitivamente, sería entre descortés y bizarro pedirle al arquero titular de San Lorenzo, Nereo Champagne, que dejara que un cronista sacara una regla y que calculara con precisión las medidas de esas manos gigantes que funcionan como su instrumento de trabajo.
Quizás, para llegar a un cálculo aproximado valga la pena pensar que esas manos soportan día tras día los golpes macizos de una cantidad de pelotas gigantes que -encima en la situación de un San Lorenzo que pelea el descenso- logran un peso inmenso. O, tal vez, sirva mirar de qué manera lleva en la palma el cuerpo de Simón, su hijo de cinco meses, que llora y ríe en el living de su casa de Caballito. O, por ahí, resulte la cuenta deduciendo cuántos libros de Osvaldo Soriano y de Juan Sasturain -de los que lee en las concentraciones de distintos hoteles las noches anteriores a jugar un partido- cabrían entre sus dedos.
Pero a la larga, la conjetura perderá sentido porque Champagne empezará a hablar y, moviendo las manos con la misma vehemencia de un director de orquesta en plena función, hará que sus interlocutores queden sorprendidos por el nivel de conceptos que maneja este futbolista que no sólo es raro porque lee o porque es un fanático casi religioso del Heavy Metal y del líder de Almafuerte, Ricardo Iorio, sino porque lejos de paralizarse con el miedo y con las histerias que genera en el fútbol argentino la chance de descender con un grande como San Lorenzo, el arquero afirma con contundencias: “Yo siempre soñé de chiquito con jugar en un momento como este. Hay que disfrutar de la cancha llena y de la presión”.

– ¿Pero no te parece excesiva esta visión tremenda que se le da a descender?
– Es que es la pasión con la que se vive el fútbol de acá. Yo nací con esto. Todos crecimos con este sentimiento interno de los hinchas. Que, de todas formas, no deja de ser una locura. Porque verdaderamente el descenso no es la muerte de nadie. Es algo lógico: dos descienden, dos van a la Promoción. Son reglas del deporte. El sentimiento está bien, lo que está mal es la violencia, que no se justifica de ninguna forma. Porque seguro los que vienen a la cancha, después de perder, no vuelven a sus casas e insultan a sus familias. Seguramente, futbolísticamente hablando, irte a la B es lo peor que te puede pasar, pero no te pueden matar por eso. Por suerte, acá, en San Lorenzo, la gente está alentando sin parar y no se da de casualidad: sabe que nosotros ponemos todo por el equipo.
– ¿Son muchos los nervios que se acumulan en estas situaciones?
– Sí, ni hablar. El nerviosismo siempre está presente. Pero creo que hay que tener en cuenta que es un nerviosismo positivo. Te hace estar alerta. Sería un problema si nosotros estuviéramos en Promoción y solamente nos juntáramos a tomar mate, en vez de estar entrenando con todo, dejando la vida por esto. Yo creo que el miedo existe, pero no es que nos paraliza. Es, incluso, algo que se disfruta. Capaz, antes de jugar se te revuelve toda la panza y es algo medio molesto, pero cuando yo salgo a la cancha, veo la tribuna, veo la cancha llena y pienso: yo soñé toda la vida con esto. Soy futbolista porque en el garage de mi casa, jugando a que era el Mono Navarro Montoya o Nacho González, alguna vez imaginé que esto podía pasar. Por eso hay que disfrutarlo al máximo. Más allá de la plata, más allá de lo que pueda decirte cualquiera, a mí me gusta atajar en este San Lorenzo que pelea el descenso.
– Seguramente a vos en inferiores te enseñaron a cortar centros, a sacar con los pies y a achicarle a un delantero. Pero, a la vez, nadie te debe haber explicado cómo atajar en un equipo que puede irse al descenso. ¿Cómo se aprende a aguantar la presión?

– Se hace en el camino, creo. En el jugar. Yo aprendí mucho en mi experiencia como arquero de Ferro, que es un club raro. Está en la B, está quebrado, nadie sabe quiénes son sus dirigentes, pero los hinchas sienten que son de Primera. Lo viven así: con todo el sentimiento. Todos los partidos tenés la presión de ir a atacar, de ganar. Ahí, yo me fui acostumbrando a este ritmo. El resto es de uno y del entorno que nos rodea. Hay que ser fuertísimo de la cabeza. Pensar y saber que las cosas van a salir bien. Siempre hay que ser positivo, sin ser desesperado y sin evadir la realidad: en este caso, San Lorenzo está en Promoción y nosotros nos tenemos que hacer cargo de eso.
– ¿Al fútbol se lo aprende en el mundo del fútbol o también por afuera?
– Es todo. Muchas cosas vienen del entorno del que uno salió. Yo vivía en Salto con mi familia y de chiquito me enseñaron a tener responsabilidades. Iba al colegio y estaba obligado a esforzarme. Si era lo único que hacía en mi vida, era una deshonra que yo lo hiciera mal. De la misma forma, decidía dedicarme al fútbol. Mi equipo de ahí tenía un solo arquero, era yo, y no falté casi nunca. Pero porque mi papá, al que no le importaba específicamente que yo fuera jugador de Primera, me enseñó que me tenía que hacer cargo de las cosas. Así pude terminar el secundario y hacer, incluso, una tecnicatura en informática. Se aprende de la cultura del esfuerzo y eso se lleva al resto de las cosas.
– ¿Siempre quisiste ser arquero?
– Sí, siempre. Desde chiquito, cuando jugaba en mi casa, soñaba con esto.
– Siempre se dice que los arqueros son tipos raros.
– Puede ser. De todas formas, yo creo que hay que dividir entre los arqueros y entre los que van al arco. Yo juego al arco, que es otra cosa. Los arqueros son mucho más raros. Pero, a la vez, es imposible no separarse de algunas cosas. Este puesto tiene cosas maravillosas: de movida, está la posibilidad de agarrar la pelota con las manos, algo que ningún otro puede. Y, a la vez, tenés una conexión rara con el resto. Tenés la posibilidad de tener la pelota seis o siete segundos vos, sin que nadie te la saque, con todo el estadio mirándote. Nadie más puede. Fijate que el gol de Diego a los ingleses debe haber durado diez segundos como mucho y esa situación es algo único. Aunque, también, tenemos una cosa rara que es que en el fútbol lo más lindo es hacer un gol y nosotros jugamos de parar eso.
– Y vos encima sos más raro todavía: te gusta leer.
– Sí, a mí la lectura me llegó por el secundario y por estar en las pensiones. No soy un fanático. Pero la verdad es que disfruto mucho, por ejemplo, de leer algo como el Día del arquero de Juan Sasturain. O a Osvaldo Soriano. La otra vez, antes de jugar contra Newell’s, me quedé con Arqueros, ilusionistas y goleadores. Algo increíble.
– ¿Es difícil meter los libros en las concentraciones? ¿Hay mucha play station?
– Depende, este plantel es muy poco de la play station. Es más del mate y de las cartas. El tema es que en el fútbol conviven muchas esferas sociales. Por eso te encontrás distintos casos. Cuando yo concentraba con Germán Voboril (NdelR: ahora jugando en Godoy Cruz) nos quedábamos leyendo a Eduardo Sacheri.
– ¿Y tu pasión por el heavy?
– Yo llegué al metal escuchando a León Gieco. Antes me gustaba más el rock nacional, pero escuché una canción que hacía León en la que participaba Ricardo Iorio. Y no pude creer la voz que él tenía, entonces me volví un fanático con otro pibe que estaba en la pensión. Después empecé a darme cuenta que el heavy tenía que ver con la resistencia, con las minorías, con el ser nacional, con decidir el destino. Se mezclaron muchas cosas, así que me volví un fanático. Siempre que puedo voy a ver a las bandas que puedo. Sobre todo si tocan en el Teatro de Flores.

Champagne habla y sigue moviendo esas manos gigantes. Abraza un mate que reparte, mientras charla y abraza a su hijo Simón. Su voz nunca frena. Su convicción por aprender y por seguir creciendo tampoco.