“Cuando escribís, dejás de hablarte”

Luis Sagasti es un escritor sobresaliente de la narrativa contemporánea argentina, un obsesivo de las palabras y un artista del lenguaje. Su obra, su experiencia docente y un viaje a las estrellas a través de su pluma son unos de los tantos perfiles que se graban en el cuerpo después de una charla y un encuentro con él.

Luis cuenta que, a sus quince años, besó a una chica cuyo nombre no recuerda. Lo que sí quedó grabado en su mente es que en el momento en que sus labios se separaron de los de ella, le dijo que la amaba. Un “te amo” irrefrenable y seco. Ella se rió y él sintió cosquillas en las plantas de los pies.

– Yo creo que capaz sí la amaba… Lo que estaba experimentando era que el encuentro sobrepasaba mis expectativas y, por ende, el lenguaje. Pero me salió decirle eso y a ella no le gustó. Tengo una gran nostalgia por la amalgama que tenía con las cosas cuando era chico. De grande, ya tomás distancia, te ponés cínico, manejás más las palabras: te alejaste de la infancia, se fue todo al carajo. La literatura es una forma de volver a eso, de recuperar esas experiencias de comunión que uno tiene con las cosas o con las personas, que repelen el lenguaje. Cuando lográs un estado de completud con algo, las palabras quedan afuera. Viste que el escultor para llegar a la obra tiene que sacar lo que sobra y a veces para decir algo hay que pronunciar las palabras que estorban, como matarlas, y te queda ese vacío que es lo que querés comunicar.

Luis Sagasti es escritor, crítico de arte y profesor en un colegio secundario de Bahía Blanca. Lo primero que escribió en su vida fue una enciclopedia, a los cinco años. La primera entrada fue sobre Arabia y la segunda sobre los goles de Pelé en la final de México. Tres años después, siguió con las historietas que, una vez escritas, guardaba en una caja de metal y las enterraba en el patio. De esta forma, cada vez que alguien quería conocer su “tesoro”, era como una aventura. Más tarde, los roles se invirtieron y dejó de escribir para dar sus primeros pasos como lector. Cuando terminó el secundario, siguió la carrera de Historia y empezó un programa humorístico en una FM, junto al también escritor Mario Ortiz y el locutor Miguel Martos. No fue sino hasta 1990 cuando llegó la idea para su primera novela, El canon de Leipzig: Y despacito la fui escribiendo. Le tenía mucha fe al libro. Se lo di a (Alberto) Laiseca que iba mucho a Bahía, hizo una lectura muy profunda, aconsejó agregar dos capítulos antes del final, y la novela salió en el 99’. Tuvo buenas críticas. Era algo que a mí me habría gustado leer. Creo que escribo eso, lo que a mí me gustaría leer. Aunque por ahí me gustaría escribir mejor”.

A esa primera obra, le siguió la novela Los mares de la luna (2006), el ensayo sobre historia argentina Perdidos en el espacio (2011) y el inclasificable e inagotable Bellas Artes (2011). Con ellos vino el reconocimiento de su obra, como de lo más saliente de la narrativa argentina contemporánea, y de su pluma, como de lectura inquietante y obligada. Detrás, debajo o en los márgenes de esos títulos, está un tipo que te puede hablar con una intensidad poética atrapante y al momento siguiente hacerte un chiste que te descoloque hasta la carcajada. Parece no tomarse muy en serio, pero en su escritura se entrega con compromiso y trabajo metódico: “Soy obsesivo. No hay una sola palabra que no esté pensada. Puede estar mal pensada, ojo. Acá nunca hablamos de calidad, sino de procedimiento. En el buscador me fijo cuántas veces se repite tal palabra, busco en qué páginas, las cambio, las espacio. Trato de meditar la mayoría de las palabras y escribo en absoluto silencio. Cuando ya veo que el libro cierra, empiezo a trabajarlo globalmente, como obra. Empieza un laburo de montaje. Si me pongo así nomás escribo boludeces… Salvo los mails, yo soy bueno escribiendo mails, de corrido me salen muy bien. El chat también me sale bien”.

 

En sus periódicos viajes a la Capital Federal, se lo puede encontrar en el bar-librería-editorial Eterna Cadencia, casi su hogar lejos del hogar. Allí puede perderse entre las mesas y las estanterías llenas de libros y comprarse unos cuantos que no llegan a Bahía. Una vez de regreso, abre el bolso con las nuevas adquisiciones y tira todos los libros sobre la cama, como en un juego de niños. Confiesa que ahora mismo tiene miles apilados en su mesita de luz. Hay algunos siempre en la punta de los dedos, como los Diarios  de Tolstoi. En los últimos tiempos, lo tiene atrapado María Negroni, a la que describe como una “genia”. Y en esto, también hay una constante. Sagasti habla de sus contemporáneos con una humildad y generosidad difíciles de encontrar. Se entusiasma de la misma forma mientras habla de hallazgos recientes como cuando habla de sus amistades más añejas: “Mario Ortiz es un genio absoluto, si ves los manuscritos y ves lo editado, es como Mozart, corrige muy poco. Entra en una frecuencia… Mario vive un estado poético. Tiene una mirada muy prístina, intensa, con mucho espesor sobre las cosas”. El agosto pasado, fue invitado a presentar la novela “Una muchacha muy bella”, de Julián López, a la que se refirió como “un libro para jurar sobre él”.

 

– Te ponés a escribir y no sé si uno se conecta con algo, pero dejás de hablarte, dejás de escuchar a ese personaje que tenemos todos adentro y ahí fluyen las cosas. A mí me ocurre eso cuando escribo o cuando doy clases… logro ciertos estados de fluidez, lo cual no significa que el resultado sea óptimo. Porque podés estar surfeando y te agarra un tsunami y te fuiste a la concha de la lora. Pero sí, cuando no me escucho, la paso mejor.

– ¿Cuál creés que es ese factor común entre la docencia y la escritura?

– Está la idea de contar algo, yo doy clases de Historia del Arte, la materia sobre la que me explayo tiene cierta plasticidad y permite modelar figuras que no están preestablecidas. Y en la literatura hay un poco de eso, cuando vos escribís, sos como Dios. Escribo lo que quiero, pero así como Dios tiene sus reglas – no puede crear dioses, porque son increados – en la literatura lo mismo… los criterios de verosimilitud son una regla que si la franqueas, tenés que ser bastante capo. Creo que en las dos se ejerce cierto tipo de libertad. Yo, por lo menos, la ejerzo. Ese ejercicio de la libertad a mí me permite ir por afuera o correr fronteras. Logro eso cuando el entusiasmo se empieza a tejer con lo que estoy diciendo. Pongo como parámetro los músicos cuando improvisan, salen cosas geniales y otras fallidas, pero el músico no puede volver a tocar lo que ha improvisado. Bueno, a mí me pasa un poco eso. De hecho yo comparo mucho la literatura o las clases con la música, y tomo como modelo músicos. Yo no sé qué voy a escribir o qué voy a decir, sé de qué tengo que hablar, pero no cómo. Eso me da mucha vitalidad, mucha energía, ímpetu, brío. Más allá del resultado. Como cuando jugaba al básquet, tenía un estado físico tremendo, corría y saltaba mucho… era horrible. Y acá es  lo mismo, podés hablar bárbaro y decir pavadas.

 

– ¿Y la musicalidad de las palabras?

– Por ahí encontrás un tono o una melodía y el problema es repetirla, capaz sin darte cuenta, pero se puede volver insoportable. Para mí el lenguaje es música, pero no tiene que ser necesariamente fácil de tararear, que tenga musicalidad, pero que no se note que es música, si no suena muy afectado… Tengo una natural inclinación por la música, tengo oído, toco jazz en piano para mí, entonces lo que escribo me sale musicalmente, tengo que romper con eso, para que no suene a receta y se noten las costuras. Está bueno escribir y no tener ninguna voz, que lo pueda haber escrito cualquiera, ser absolutamente anónimo. Pero no puedo, no me sale.

– ¿Cómo es lo de “dejar de escucharse”?

– Como cuando sos chico, que hablás mucho, pero no te hablás. A mí me encanta cuando no me hablo. Hay dos o tres días en la semana que doy muchas clases y es como que no pasa el tiempo, me encanta. Creo que escribir es una lucha contra el tiempo. También se trata de contar cosas, a mí me gusta contar historias, aunque no es fácil encontrarlas. Dar con una buena historia me llena de alegría.

Sagasti se encuentra trabajando en su próximo libro. Una tarde de enero fue invitado a leer un adelanto en la terraza de Eterna Cadencia, junto a Hernán Ronzino y Ariana Harwicz. Allí, alrededor de las siete de la tarde, micrófono en mano y con los ojos más azules que nunca, lo escuchamos:

 

– Ubicar gente en el cielo.

Hay algo así como una tendencia natural a hacerlo.

Nuestros muertos titilan y nos resguardan de la noche.

Me acuerdo de que entre las corrientes de consuelo que recibía cuando mi hermano mayor falleció había una que se repetía con insistencia de candor invencible. Me pedían que eligiera una estrella donde colocar a mi hermano o el recuerdo de mi hermano, que ya eran una y la misma cosa. Dos de las personas que me lo sugirieron, una tía muy querida y una amiga de esas que solo ves en vacaciones, eran muy católicas. Y como la magia es sosiego para quienes la religión hace más ruido que música busqué y ubiqué una estrella no muy grande y medio oculta para que fuera para mí solo; después se me ocurrió pensar que mi otro hermano haría lo mismo y acaso también mis padres y mis primos. De continuar con tal faena bastaría mirar hacia arriba como un ciprés para ir al cementerio.

¿De dónde vendrá esa creencia, ese desahogo astronómico, que dura hasta donde se aquieta el quebranto?

Una noche en la playa de Monte Hermoso, cuando ya apenas encontraba la estrella que era mi hermano porque había miles en el cielo, se me ocurrió pensar que todo el planeta era el mar y nosotros los peces.

Y la luz de las estrellas algo así como la tanza de un pescador.

 

La luz descansa sobre la superficie hasta que pica algún vientre hinchado. Cuando nacemos la estrella siente un tirón en su haz y viene por nosotros. Demora lo que tarda en llegar su lumbre. Una situada a veintiún años luz vino por mi hermano y una a setenta y seis por mi abuelo. Acaso las estrellas más lejanas, a más de cien años, pesquen en otros océanos.

Una de todas las estrellas que vemos en el cielo ya ha partido en nuestra busca.

¿Deberíamos temer a la noche, entonces?

Hay cuatro tipos de seres humanos leo en un cuento del escritor rumano Mircea Cartarescu: “los que no han nacido, los que viven, los que han muerto, los que no han nacido, ni viven ni han muerto. Estos son las estrellas.”.

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“El hombre es un ser político”

Para Claudia Piñeiro, la escritura es una necesidad vital, aunque el arte no siempre fue un universo posible. Hoy, tras numerosos premios y publicaciones exitosas, su nombre se volvió una referencia ineludible de la narrativa argentina. En encuentro con NosDigital, habló sobre el proceso de escritura de una novela, la difusión y las lógicas editoriales, y de su último libro, “Betibú”.  Por los intersticios de las palabras, se fue colando el género policial, esa lupa sobre las dinámicas de violencia que engendra cada sociedad, y sus particularidades en la región: “En la mayoría de los policiales latinoamericanos a los escritores nos cuesta encontrar la figura del detective o del policía. Porque sospechamos inmediatamente del policía. No vamos a creer que va a investigar y que nadie lo va a coimear”.

Foto: Alejandra López

Las chicharras cantan fuerte y el sol colorea los hombros en esta tarde de sábado, mientras algunas hojas se bambolean al compás del viento y doy los últimos tres pasos que me separan del timbre. “Uno camina por este lugar, a la sombra que dan sus árboles, oliendo el perfume de las flores y del pasto recién cortado, y puede soñar que nada malo le podría pasar estando aquí, detrás del muro.” Y sin embargo, escribe Nurit Iscar, protagonista de su última novela, en este paisaje bucólico “cuando la serenidad gana la escena y el espectador desprevenido al fin comienza a relajarse (…) la muerte irrumpe inesperada.”

 Y es que el country, comentará Claudia Piñeiro un rato después, cuando ya acomodadas en los sillones de su casa desmembremos juntas las minuciosidades del policial, funciona a modo de cuarto cerrado. “En el policial clásico venían Poirot o Dupin, y si esto estaba cerrado, y todos los que estamos acá somos los únicos que estamos, y aparece un muerto, entonces uno de nosotros lo mató.” El country, sostendrá ella, funciona de esta misma manera, “porque si es tan complicado entrar, si hay tanta gente vigilando por todos lados y sucede algo, ineludiblemente fue uno de los que estamos acá adentro.”

 Pero retrocedamos veinte, quizás treinta minutos, y regresemos a esta puerta, a la alfombrita que da la bienvenida y al timbre que suena una sola vez bajo mi dedo índice, porque los ojos de Claudia ya están invitándonos a pasar. Esta mujer de pelo oscuro y ojos que en las solapas de los libros no parecen tan claros, que se ríe con todos los dientes mientras cuenta que a partir de Las Viudas de los Jueves se convirtió para el mundo en una suerte de especialista en countries, mujer que después de esa novela escribió sin embargo muchas otras, y que con la última, Betibú, se animó a regresar a este espacio con el que se la vincula pero de un modo enteramente diferente, esta mujer, decía, nos invita a caminar junto a ella su extenso recorrido por el universo de las letras.
“Yo escribí siempre, desde que sé escribir escribo”, sentencia con seguridad, y en su boca esas palabras suenan a una verdad conocida de memoria. Cuenta que al terminar el secundario su intención era estudiar Sociología, pero como la dictadura había cerrado todas las carreras humanísticas, terminó optando por Ciencias Económicas, carrera que sus padres habían comenzado pero que ninguno de los dos había podido terminar. “En mi familia no había escritores, ni gente relacionada con el arte, entonces a mí no se me ocurría que fuera un universo posible dentro de la elección de una carrera, como que tenía que elegir una carrera, trabajar de otra cosa, y además escribir.” Claudia tiene la voz dulce y habla muy rápido. Teje con soltura la frase que busca y no vacila, con la seguridad del oficio, como si el sabor de cada palabra le resultara familiar.

Tras optar por otra carrera la escritura siempre continuó latente como un submundo necesario dentro de su vida, y se formó en múltiples cursos y talleres. “No era esparcimiento, en el sentido de que no lo hacía ni para divertirme ni para esparcirme, sino que era una necesidad vital, una cuestión ontológica.” Hasta que los dos mundos se reunieron, al menos parcialmente, cuando ella ya contaba alrededor de treinta años. “Me formé como guionista de televisión, y ahí encontré un lugar para trabajar de algo más relacionado con la escritura. Aunque en realidad lo que yo quería escribir quedaba en segundo plano, porque me la pasaba escribiendo todo el día y cuando llegaba a mi casa no tenía ganas de seguir escribiendo, porque había estado todo el día, y te quema la cabeza.” Mientras trabajaba como guionista de televisión, ya había podido publicar en España un libro para chicos. Y aquí Claudia hunde la mano en el bolsillo y desenvuelve la curva de un paréntesis: algunos se confunden con esa publicación, dice, y afirman que ella comenzó escribiendo para chicos. “En realidad no es así. Ocurre que para chicos se publica mucho más que para grandes, entonces muchas veces hay autores que publican para chicos antes, porque tienen la posibilidad de publicar. En una novela para adultos, en cambio, a lo mejor hay que esperar más tiempo.”

Corría el 2005 cuando Claudia, que ya había quedado finalista en concursos de las editoriales Planeta y Tusquets, y que ese mismo año había publicado Tuya, ganó el Premio Clarín con su novela Las Viudas de los Jueves. “Fue una oportunidad muy grande, básicamente para publicar, para que los lectores te encuentren y vos te encuentres con los lectores. Hay un montón de gente que está escribiendo y que no consigue cómo publicar, entonces un camino son los concursos.” Claudia destaca la importancia de estos premios como verdaderas oportunidades para el escritor, y aclara que son útiles tanto para autores desconocidos que desean publicar como para quienes ya poseen una obra, porque les brinda popularidad acercándolos con un gran número de lectores.

En este sentido, Claudia hace hincapié en señalar la importancia de la difusión en la obra del escritor. “El libro tiene que tener la posibilidad de que la gente sepa que existe. El boca a boca es muy importante, que se vaya contando. Pero que aparezcas en algún lado también te ayuda mucho. Si no, hay muchos libros que desaparecen inmediatamente. Están apoyados sobre el mostrador, y al mes siguiente fueron al estante y la gente ni se enteró de que salieron. Y a lo mejor valía la pena.” De ahí deriva la necesidad, en el circuito literario actual, de que el escritor transite por varios escenarios junto a su obra, cuestión impensada hace unos años, cuando la única imagen que se conocía del escritor era una foto pequeña en la solapa de un libro. Pregunto cómo se lleva ella con este tipo de exposición y su respuesta, por algún motivo, me sorprende. “Es siempre estar como rindiendo examen, en una exposición que para los escritores no es natural, porque nosotros lo que hacemos es escribir. Pero si vos sacás un libro y no hacés nada más, es muy probable que no vaya por los lugares por los que tiene que ir y que no llegue a los lectores. Es como que hay que apoyarlo.” Y aquí dibuja una pequeña pausa, casi llego a ver la idea que le cruzó los ojos y que ahora, mientras habla, le curva apenas la sonrisa. “O eso por lo menos nos dicen los editores. Entonces nosotros vamos y lo hacemos”.

Entonces esta mujer hunde la espalda en el sillón mullido y toma aire para hablar, ahora sí, de su escritura. Comento que en algún lugar leí que el puntapié inicial de sus novelas es por lo general una imagen. “Sí, en mi caso siempre hay una imagen que es la disparadora: aparecen unos personajes y empiezan a hablar entre ellos, se empiezan a mover, yo empiezo a entender quiénes son y me imagino más o menos hacia dónde van y cómo van a terminar. Después, como la escritura de la novela es tan extensa, van cambiando, y a veces ese final que yo me imaginaba no es el adecuado y tengo que ir hacia otro lado.” Esa imagen primigenia surge de algún recoveco que ella no busca comprender, y aunque Claudia valora el papel de esta suerte de inspiración a la hora de escribir, es ante todo una defensora del trabajo. “La posibilidad de una novela aparece por lo general inconscientemente, como un sueño. Pero una vez que aparece esa semilla, lo demás es mucho más trabajo que otra cosa. Es sentarse todos los días, trabajar todos los días, corregir. Sin trabajo no lo lográs, aunque en el origen de eso que vas a escribir haya probablemente algo de inspiración, algo de secreto, en el sentido de no saber de dónde apareció.”

Esa imagen inicial, cuenta Claudia, queda macerando en su cabeza el tiempo necesario. Hasta que no se transforma en una escena ella no comenzará a escribir. Esperará paciente, en cambio, dejando que las ideas decanten, que se consoliden, que esos personajes comiencen a moverse, hablen, planteen un conflicto. Entonces se largará la escritura, y el consiguiente desafío de comprender quiénes son y a qué problema se enfrentan. “Para mí, lo más importante de la novela son los personajes. La trama en realidad es una excusa para ver quiénes son ellos. Me parece que lo que uno hace todo el tiempo es poner a los personajes en situación de abismo. Les ponés una situación límite y ellos tienen que definir qué hacen. No importa si es alto o bajo, rubio o morocho, sino qué decisiones toma ante determinada situación límite.” El profundo trabajo en la construcción de los personajes se deja traslucir entre las páginas de sus libros como una investigación consciente, a través de los microcosmos latentes que definen el universo de cada uno. “Intento hacerlo no sólo para los protagonistas, sino también para los secundarios. Saber quiénes son, a pesar de que quizás en la novela no cuentes mucho de lo que sabés. Lo importante es que ellos no van a actuar de la misma manera si son una persona o si son otra. Si no, terminan siendo maquetas funcionales a los personajes principales. A mí me gusta que tengan una vida, aunque esa vida no haga a la historia.”

Cuenta Claudia que a partir de esa escena primigenia se inicia el proceso de escritura y que entonces, siempre, aparece en su historia una muerte. Recuerda que Rosa Montero le comentó alguna vez su creencia de que todo escritor ha vivido una experiencia temprana que lo acercó a comprender la finitud de la vida. Quizás tenga que ver con esto. Como sea, la pregnancia de la muerte y la consiguiente búsqueda de la verdad han tendido frente a nosotras un puente, que cruzamos gustosas para introducirnos de lleno en el universo del género policial. “Yo nunca me senté a escribir un policial en el sentido de: bueno, voy a encuadrarme en este género. Siempre sentí en las novelas anteriores a esta última, Betibú, que la trama policial estaba en un plano secundario con respecto a otras cosas que se contaban. Me parecía que eran novelas que tenían elementos del policial, pero no una trama policial lo suficientemente potente como para que uno dijera que son policiales.” En Betibú, en cambio, la intención fue desde el comienzo construir un policial, y que esa trama tuviera la misma importancia que las pequeñas historias de cada uno de los personajes. De todos modos, señala la autora, los géneros a la larga no son más que categorías colocadas a posteriori, sobre todo para poder ubicar el libro en el estante de la librería que mejor le corresponde.

Entonces Claudia desliza una pausa, y aprovecho para preguntar acerca de las particularidades del policial de acá, de Latinoamérica. Esta vez sí se detiene a masticar las palabras antes de responder, y esboza una distinción fundamental respecto a la figura del personaje principal. “En la mayoría de los policiales latinoamericanos a los escritores nos cuesta encontrar la figura del detective o del policía. Porque sospechamos inmediatamente del policía. No vamos a creer que va a investigar y que nadie lo va a coimear. Eso hace que muchos escritores terminemos buscando otro tipo de detective: un periodista, que es lo más típico, un escritor, un ama de casa (Tuya), o la mujer que maneja una inmobiliaria (Las viudas de los jueves). Siempre estás buscando algún otro que investigue y que cubra ese bache que la institución encargada deja libre.” Para la autora, por otra parte, otro componente clave del policial latinoamericano es un tipo particular de violencia, “mucho más visceral”. Claudia sostiene que cada núcleo social engendra un tipo de violencia diferente, y es imposible que esta no se filtre y engendre variaciones diversas en los policiales que se escriben en cada cultura (a modo de ejemplo, menciona el narcopolicial mejicano).

En este sentido, es posible repensar el atravesamiento político de la mayoría de sus novelas. Formulo la observación y Claudia, tras reflexionar apenas un instante, habla de la imposibilidad de omitir el propio ser-político al momento de escribir. “El hombre es un ser político y me parece que en el caso de la escritura eso se vuelve muy evidente. Esto no quiere decir que vos tengas que hablar de partidos políticos: yo puedo tener un montón de ideas políticas, sin necesariamente manifestar adhesión a un partido concreto. Es muy difícil que un escritor no muestre su cuestión política en los asuntos que a la sociedad le competen.” Y sin embargo, aclara, al momento de escribir ella busca conscientemente evitar bajadas de línea que operen como divisorias entre el bien y el mal. “Me parece que el escritor puede manejar la cuestión política a partir del punto de vista: yo propongo un punto de vista y a partir de él miro una situación.” Es decir, hay un ojo que mira y nos invita a mirar. Y a partir de esa situación que nos es desvelada somos nosotros, lectores, quienes tenemos la responsabilidad de formular nuestro propio juicio de valor al respecto.

No caben dudas de la especial relación con el lector que propone el policial, y quizás a esto se deba el profundo amor de muchos autores por el género. A Claudia no se le cae la sonrisa mientras explica que “se trata de una relación muy cómplice, porque el lector está siempre como mirando por encima del hombro del narrador para ver si se puede adelantar un poquito y descubrir antes que él qué es lo que sucede. Es un lector activo, que participa. Muchas veces el que está leyendo sabe más que los protagonistas y se preocupa, porque sabe que les puede pasar algo.” Y tiene razón. Quién no jugó alguna vez a saltear de dos en dos las páginas para llegar a la resolución del misterio, a leer la última frase del libro, a trazar múltiples hipótesis mientras caminaba entre las letras.

Los ojos de Claudia y yo nos despedimos en la puerta. La alfombrita que hace un rato largo me dio la bienvenida sigue justo donde la dejé, medio torcida, como susurrando un chau lleno de barro seco. Las chicharras no cantan, pero el sol ahora más bajo todavía calienta la piel. Camino entre los robles eternos de esta pequeña ciudad levantada entre muros de piedra. Voy con cuidado, claro. No sea cosa que, pensando en su próximo libro, esta mujer con piel de palabra haya olvidado algún cuerpo entre las hojas.