“No por ser jugador de fútbol sos más que nadie”

Diego Milito estaba en la Cuarta división de inferiores cuando la síndico Liliana Ripoll anunció que Racing Club había dejado de existir. Sintió una enorme tristeza y todavía lo recuerda. El tiempo lo hizo ganar dos títulos con el equipo, pero antes estudió dos años de Economía en la Universidad Kennedy. Como referente, le preocupa que los pibes piensen más en irse a Europa que en la pasión del día a día.  Cómo pensó su carrera el ídolo de La Academia.

Cuando el Inter ganó la final de la Champions League con dos goles suyos, en 2010, alguien aventuró a decir que era un crack, pero le faltaba venderse mejor.

Venderse mejor: construir una imagen de lo que uno es, incluso, a veces, sin ser ese algo; entender que es más importante lo que se dice de uno que lo que uno es.

Diego Milito, sentado en una platea de la cancha de Racing, frente a un Cilindro vacío, confirma la teoría de la venta cuando el grabador se prende y enuncia -formando parte de un nosotros que casi nunca usan las estrellas-: “Nuestro club tiene mucho margen para mejorar”.

Podría hablar del equipo, podría hablar de él, podría decir que está feliz de ser campeón o que esto no lo soñó nunca, pero hay cosas a las que Diego Milito renuncia, aunque no ande muy preocupado por venderlas en tarros de humo.

No es una metáfora: podría llevar vida de héroe, pero prefiere no usar capa.

Podría creerse divo y decir que no da entrevistas, pero pidió que le pusieran los pedidos en una lista y que las fueran haciendo todas, aunque la nómina de pendientes marque 28, entre las cuales figuran el portal de Laureus Award -conocido también como el premio Oscar del deporte, que se entregará el 15 de abril en Shanghai- y una radio barrial de Buenos Aires.

Podría ser el rey de la farándula, pero por política propia nadie reconoce a su esposa en el supermercado.

– ¿Dónde estabas y qué estabas haciendo el 4 de marzo de 1999 cuando la síndico Liliana Ripoll anunció en los medios que Racing Club había dejado de existir?
– Estaba en Cuarta división. Salíamos de entrenar, en el predio de la UOM, que era donde practicaban las inferiores en ese momento. Lo recuerdo perfectamente ese día. Fue un día muy triste para todos.

– ¿Te parecía real?
– Me parecía extraño. Realmente era extraño que un club tan grande con tanta convocatoria pudiera llegar a desaparecer. No me cabía en la cabeza que Racing desapareciera.

– Parecía una etapa difícil para los pibes en Racing. Albano Bizarri, que vivía en la pensión, contó que había un gallo que usaban para despertarse y que un día no cantó más porque tuvieron que comérselo.
– Eran días difíciles. Por eso hoy valoro tanto cómo estamos, cómo están las divisiones inferiores, que tengan de por sí un lugar físico para entrenarse, como es el Tita. Que tengan un lugar en el club te permite dimensionar lo que fue aquello, porque yo estuve acá en etapas muy difíciles. Recuerdo la anécdota del gallo. Yo no vivía en la pensión, pero estaba todo el tiempo con los chicos y sabía todo lo que estaba pasando.

– ¿Cuánto te formó como persona haber estado en esa etapa?
– Mucho. Yo digo que de todo se aprende, de todo vas creciendo y vas valorando muchas cosas. Si bien he sufrido bastante estas cosas en inferiores, también me han hecho valorar. Eso te marca y te hace crecer.

– No sólo jugaste en la época de la quiebra, también estuviste en el gerenciamiento.
– Yo siempre rescato el trabajo de Fernando Marín acá y me parece que está a la vista. Hay que pensar en lo que era el club en esa etapa. Cuando llegó él empezamos a tener un lugar físico donde entrenar y a tener los sueldos al día.

Diego Milito.
Diego Milito.

– ¿Hablás con tus compañeros de ahora sobre lo que fue esa época?– De vez en cuando sale alguna charla. Pero nosotros siempre apuntamos a más. Creo que tenemos margen para seguir mejorando como club.

– ¿Cuánto de tu amor por Racing tiene que ver con haber estado en la época de la quiebra donde el club no tenía nada?
– Todo viene desde antes, desde chico. Imaginate que yo recorro el club desde los ocho años. Mi amor arranca cuando yo jugaba en infantiles y terminaban los partidos y me quedaba comiendo asado en los quinchos. Más allá de todos los problemas que hemos atravesados, el amor nunca lo perdés.

– ¿El amor te hace jugar distinto?
– Yo siempre fui de una determinada manera. Este club es especial para mí porque es el club donde nací y tengo un sentimiento especial, pero una vez que entrás en la cancha ya no pensás en muchas cosas y pensás en jugar bien. Soy profesional.

– Hace unos días, en una entrevista con el diario El País, decías que los pibes están perdiendo la pasión.
– No me gusta generalizar porque hay muchos chicos que toman esto como lo tienen que tomar. Me da esa sensación: los pibes jóvenes no toman esto con la pasión con la que me lo tomaba yo. Yo tenía 18 o 19 años y lo tomaba con una pasión. Hoy los chicos no lo toman de la misma manera. No consumen fútbol, por ejemplo, y yo me la pasaba viendo fútbol.

– ¿Y por qué es así?
– Es una cuestión del mundo que va cambiando y de todas las distracciones que uno puede tener.

– ¿Qué distracciones?
– De internet, de las redes sociales que antes no existían y uno tenía más tiempo para ver fútbol y no había tanto para distraerse. Tal vez el mundo está cambiando y uno quizás deba cambiar con el mundo e ir acostumbrándose. Yo estoy hecho a la antigua, pero creo que también está bueno volver a lo de antes y vivir para esto que, en definitiva, es lo que uno quiere.

– En eso de las distracciones, algo que aparece es que al jugar en Primera a los pibes les cambia el reconocimiento en la calle.
– Entiendo eso. La palabra justa para este deporte, en general, es el equilibrio . No sos un fenómeno cuando hacés cuatro goles ni sos un fracasado cuando errás un gol bajo el arco. Hay que tener equilibrio. Cuando hablo con los chicos, trato de inculcarles que tengan equilibrio. El esfuerzo es lo más importante de todo.

– Tu carrera está llena de momentos de mucho esfuerzo.
– A mí me ha costado todo mucho y aprendí a valorar las cosas. En cada lugar donde estaba, en cada minuto en Primera división, en Europa, en un club grande de Europa o en la Selección. Se aprenden a valorar esas cosas y yo creo que los pibes de hoy se saltean etapas que hacen que se pierda la valoración.

– ¿Eso quita cierto sentido de pertenencia con los clubes?
– Puede ser. Es verdad que hoy los chicos piensan en quemar etapas o irse antes de lo debido. Yo tuve la suerte de irme en el momento justo de maduración. Creo que todo tiene una maduración. Europa no es fácil, pero desde acá parece más fácil de lo que es. Entonces muchos no se acomodan y terminan volviendo a los seis meses. Hoy los chicos, muchos, están pensando más en una transferencia que en jugar. Y, bueno, es el ambiente donde vivimos.

– ¿Sentís que te ayudó haberte ido a Europa a los 24 años?
– Sin duda. Fue fundamental porque me fui a una edad hasta diría grande. Uno ya tenía cierta madurez. Yo ya había jugado en la Selección argentina, tenía cinco años en Primera división.

– ¿Con qué soñabas cuando arrancaste a ser jugador?
– Fui un tipo que fue poniéndose plazos cortos o sueños cortos. Obviamente, cuando uno eligió ser jugador de fútbol quería llegar a Primera, pero no más que eso. Siempre lo tomé como una pasión esto. Lo fui desarrollando paso a paso sin ponerme objetivos largos. Me ha costado mucho llegar a Primera División. Me aferré a eso y traté de dar lo mejor, construyendo mi carrera.

– Eras un pibe, ¿quién te ayudaba a pensar estas cosas?
– Siempre fui de aferrarme mucho a mi familia. Imaginate que por ese entonces mi hermano ya jugaba en Primera y en la Selección y eso ayudaba a pensar. Siempre me aferré a sus consejos. A consejos de mis padres, de no aflojar. No aflojé y acá estoy.

– ¿Qué decían tus papás?
– Se fue dando todo de manera muy natural y esa es la suerte que tenemos mi hermano y yo de tener dos padres que jamás especularon con sus hijos ni con si llegaban a Primera ni con si llegaban a la máxima competición. De hecho, nos hicieron terminar el secundario y yo empecé hasta una carrera universitaria. Obviamente disfrutan de que los dos podamos haber llegado, pero sin ninguna presión. Ellos querían que nosotros estudiáramos y que pudiéramos disfrutar el deporte.

– ¿Qué estudiaste en la universidad?
– Arranqué ciencias económicas, hice dos años y después tuve que dejar. En la Universidad Kennedy. Me gustaba. Mi tío es contador, mi tía también, mi abuelo también y me gustaba y agarré por esa rama. Empecé los dos primeros años y cuando arranqué a jugar en Primera terminé dejando.

– ¿Y nunca más pensaste en seguirla?
– No. Con la carrera de jugador ya se me hacía más difícil seguir.

– ¿Y a qué compañeros escuchabas en ese momento?
– A mí me gustaba escuchar a los grandes. Yo no era de recibir muchos consejos, pero sí escuchaba mucho. Tuve la suerte de compartir entrenamientos con Teté Quiróz, con Claudio Úbeda o con el Chelo Delgado, que en ese momento eran referentes.

– ¿Y vos te ponés en ese rol de referente?
– Por edad, sí. Obviamente, cuando puedo trato de comentarle algo a los chicos, pero simplemente contando lo que uno vivió. Es una ayuda para que se equivoquen lo menos posible.

– Decías que los pibes a veces están más pensando en Europa que en otra cosa, ¿pudiste hablar con ellos sobre este tema?
– No, todavía no me ha pasado de estar en esa situación. Trato de no meterme porque es la vida de ellos y tienen que decidir con los que tienen que decidir. Si me vienen a pedir un consejo, encantado se los daría. También a veces meterse en ciertos temas es difícil.

– ¿Qué referentes te marcaron a vos?
– El Ratón Ayala es uno de los tipos que me ha marcado. Por lo que representa, por lo que fue, porque compartí equipo en Zaragoza y en la Selección. Y, después, obviamente, con Javier Zanetti, que además de que tengo una amistad y muchos años de compartir vestuario, sé lo que es como ejemplo, como profesional.

– ¿Uno se forma como líder o nace como líder?
– Es un poco natural. Es más una cuestión de experiencia, de edad y de haber vivido muchas cosas en el club.

– ¿Te es difícil hablar con los pibes o te es sencillo?
– El mundo ha progresado y uno se debe ir aggiornando. Hay que entender algunas situaciones y poder ponerse a la altura de los más chicos. Tampoco uno es el dueño de la verdad. Lo importante es tratar de hablar con ellos, de ver cómo piensan, de ver cómo hablan, todo ha evolucionado, los chicos hablan de una determinada manera. Pienso que hay que volver a la pasión de antes. Ver fútbol. Que vean a los rivales, que sepan contra quién van a jugar, qué características tienen. O por lo menos yo lo hacía en ese momento. Yo sabía a quién tenía enfrente. Yo no sé si los pibes lo hacen hoy. Y es muy importante porque es un poco sacar ventaja y otro poco tener la pasión por lo que uno hace. A mí me gusta el fútbol. Me gusta ver partidos. Consumo mucho fútbol, me gusta lo que hago.

– Para ser alguien que jugó un Mundial, que salió campeón dos veces con Racing, que ganó una Champions League, tenés un perfil muy bajo, ¿cómo lográs que la vida íntima sea íntima?
– Yo lo llevo muy normal. Siempre fui así. No me preocupo demasiado. Yo hago la vida que siempre traté de hacer. No me fijo demasiado. Me gusta ser como soy, natural, descontracturado. Sigo yendo a ver a mi hijo jugar al fútbol, me gusta ir al cine, pero hago una vida normal. Si me piden un autógrafo, está lindo, pero no estoy preocupado por la exposición.

– ¿Cómo llevás el hecho de ser ídolo?
– Mirá, a mí me alcanza y me sobra con el cariño que me da la gente. No me pongo ni a pensar en eso. No me preocupa en lo más mínimo ser ídolo. Lo más importante es el cariño de la gente. No hay que pensar más allá de eso.

– Pero, de repente, tenés un chico que está enfermo y se te acerca como buscando una solución en un saludo tuyo.
– Es algo, algo, algo, algo (repite y piensa) loco. Pero uno trata siempre de ayudar y estoy encantado de hacerlo. Me ha pasado y hay que hacerlo con responsabilidad y con pasión porque podés despertar en otro, con un autógrafo, algo lindo.

– ¿Hay algo que te quedaste con ganas de hacer en tu carrera?
– La verdad es que no me puedo quejar. Soy un eterno agradecido a este deporte por todo lo que me ha dado. He cumplido la mayoría de los sueños que tengo de chico. Sería injusto de mi parte pedir algo más. Obviamente, hubiera querido estar con algunos jugadores o con algunos entrenadores. Pero de todos los compañeros y de todos los técnicos aprendí mucho.

“Vamos a ganarles: Bosnia sale primera y Argentina segunda”

A días de su debut en mundiales, el fútbol absorbe todo en Sarajevo. Donde las muertes y las guerras se entrecruzaron siempre, hoy la pelota quiere eclipsar cada tumba de cada parque. 

En el comienzo del Parque Veliki, está esa sensación del pelotazo en la panza. En donde está escrito en bosnio algo que según la traducción en inglés dice “To Children of Sarajevo”, arranca la asfixia en la boca del estómago. A cien centímetros del suelo, empieza una breve explanada de cemento que hace que las manos, al tocarla, sientan terror y escalofríos por una réplica de una historia mucho más terrible y más escalofriante. Adentro de esa pileta de cemento duro, largan unas lágrimas que nadie se da cuenta que van a salir porque, de repente, ven en ese gris quieto montoncitos de pies de nenes y de nenas, tan desordenados como si quisieran escapar, que se acercan a dos piedras verdes y gigantes que simulan ser las palmas de una madre que abraza. En un costado, los testículos y los ovarios duelen desesperadamente cuando se lee en unos cilindros que ese es un monumento para los 3000 niños y niñas que murieron entre 1992 y 1996 en la guerra entre Bosnia-Herzegovina y lo que quedaba de Yugoslavia más Croacia, que las enciclopedias eternizaron como la Guerra de los Balcanes.

Sarajevo14-1967Son las 19, ya es de noche, hace frío y Sarajevo, la capital de Bosnia-Herzegovina, duele en cada paso.

En la esquina de ese Parque, un reloj gigante de Coca-Cola marca que cada vez faltan menos días, menos horas, menos minutos y menos segundos para que el Maracaná reabra sus puertas mundialistas cerradas desde el Marcanazo de 1950 y, en los pies de Messi y de Higuaín, le den debut a esta nación que, por primera vez en su historia, jugará una Copa del Mundo siendo sí misma.

Siendo: es decir, el día a día de ser.

Siendo los doloridos de una Sarajevo que todavía tiene edificios a los que se les ve el interior porque las bombas destruyeron su piel y que, en veinte años, no logró reconstruir una ciudad reventada en un ochenta por ciento en la guerra que llegó como consecuencia de la desintegración de la Federación de Yugoslavia en la que alguna vez mandó el Mariscal Tito –se separó en Serbia, Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Montenegro y Macedonia-.

Siendo los desposeídos que conforman un territorio constituido por dos entidades -la Federación Bosnia-Herzegovina, que incluye a bosníacos musulmanes y a croatas católicos y la República Srpska, que es serbia y católica ortodoxa-, que tienen una bandera cuyo color se lo impuso la Unión Europea, que tienen un himno cuyas estrofas se las impuso la Unión Europea, que tienen un 44 por ciento de desempleo, cuyas realidades se las marca ser los olvidados de Europa.

Siendo los ilusionados que creen en los 193 centímetros de altura del enorme Edin Dzeko, figura del Manchester City, amigo del Kun Agüero, campeón de la última edición Premier League inglesa, que el domingo 15 de junio, contra Argentina, contra Messi, arrancarán la ilusión de ser el segundo del Grupo F, quedar por encima de Irán y de Nigeria, pasar a los octavos de final y darle algo de alegría a esta ciudad enrejada en tristezas.

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El Parque Veliki tiene algo que sólo tienen los parques de Bosnia y que la mayoría de los habitantes de este planeta calificaría de mal gusto: tumbas. Pero no, no están como en un corralón donde los vecinos dejan a los perros, simplemente aparecen desordenadas como para que cualquier despistado, de repente, pise equivocadamente y se sienta un traidor de Dios y de la muerte. No es un gesto egoísta del parque. Es patrimonio histórico de Sarajevo esa forma de mezclar el picnic con lápidas. Ya a finales del siglo XIX, el poeta serbobosnio Petar Kočić describió –en un relato que luego tomó el ganador del Premio Nobel, Ivo Andrić, para su magistral cuento “En el cementerio judío de Sarajevo”- esta característica de la ciudad: “Como bueyes de montaña, robustos y blanquecinos yacen los montones de piedra grande cuadrangular y, expuestos a las miradas procedentes de todos lados, se derraman al sol y reposan como en un sueño profundo”.

Ningún bosnio, aún así, se sorprende de eso. Tampoco lo hicieron los arquitectos que, en frente del Veliki, construyeron el gigantesco shopping BBI, con pantallas gigantes al estilo Nueva York. Y no pareciera ser despreocupación: porque en su sonrisa, en su amabilidad para explicar cosas como qué es el burek –una especie de tarta con mucho hojaldre y mucho aceite rellena de carne muy típica-, en sus altos niveles de seguridad y en su organización de un gran festival de cine en el que Brad Pitt suele ser figura, los bosnios parecen empujar la vida a pesar del dolor.

Sarajevo14-1762Y, quizás, por esa filosofía, es que delante de ese shopping y del monumento a los nenes caídos, el 15 de octubre de 2013 prendieron fuegos artificiales, sacaron los alcoholes a la calle, bailaron y cantaron hasta las seis de la mañana después de enterarse que Vedad Ibisevic, delantero del Sttutgart de Alemania, a los 68 minutos del segundo tiempo, hizo el gol más importante –hasta ahora- de la historia del fútbol bosnio y, en Kaunas, Lituania, venció a la selección que hacía de local, para clasificarse al Mundial de Brasil.

“Esa noche, acá ya fue como salir campeón del Mundo”, cuenta un guía turístico al que llaman Mou, pero no por el cantinero de Los Simpson, si no para acortar su nombre: Mohamed. No es bosnio, viene de Yemén, pero esta ciudad lo enamoró tanto que terminó celebrando los goles ajenos como propios. “Yo creo que no tenemos muchas chances para ganarle a Argentina, pero nos tocó un grupo accesible y quizás podamos llegar segundos y clasificar a la siguiente ronda. Eso sí que sería increíble”, analiza, mientras cuenta que, en Sarajevo, el principal deporte, además de los vinculados con los Juegos Olímpicos de Invierno –esos que en 1984 tomaron como sede a la capital de Bosnia-Herzegovina, pero de lo que queda apenas un pequeño museo, porque el resto fue destruido en los bombardeos de la Guerra-, es el ajedrez. De hecho, en la Plaza del Arte, donde hay esculturas de los grandes intelectuales del país, Mou cada tanto va con sus amigos a jugar al ajedrez gigante: un tablero armado a través de 64 baldosas donde muchas mentes opinan sobre cómo debe ser la estrategia de cada cruce.

Todo sobre una avenida que parece invitar a nunca olvidar un tiempo que, en comparación, fue hermoso, sobre todo, por una política económica socialista que no se alineó ni con la URSS ni con los Estados Unidos, pero que no rompió relaciones, que aprovechó los mercados y que distribuyó lo que había, con fuertes políticas sociales con eje en el trabajo, en la educación, en la salud y en la vivienda: la Marsala Tito.

***

En 2012, en una ceremonia impactante, sobre la Marsala Tito se colocaron, en un nuevo aniversario de la Guerra, unas diez mil sillas que, sin que nadie se sentara, demostraban todos los cuerpos que faltan. En Sarajevo, hay un enorme esfuerzo por recordar. Apenas alcanza con caminar menos de doscientos metros de donde arrancaban las sillas, sobre la avenida Mula Mustafe Baseskije, para sentir que el mundo se parte en una panadería que, en la puerta, tiene una mancha de pintura roja, con una placa, que recuerda a los 26 vecinos que una mañana esperaban para comprar el pan y les estalló una bomba.

Manchas rojas hay, también, a una cuadra y a otra y a otra. Manchas en una ciudad repletas de manchas de la historia porque, desde la avenida Mula Mustafe Baseskije, se forma un camino por el que se puede desembocar en el Puente Latino, donde el 28 de junio de 1914, mataron al archiduque Francisco Fernando de Austria, asesinato que fue el detonante de la Primera Guerra Mundial y que, durante el próximo Mundial, llegará a su centenario. También se puede pasar cerca del reloj que separa la parte musulmana de la ciudad –construida por la influencia del Imperio Otomano en el siglo XV- de la que tiene un estilo arquitectónico más semejante al del Imperio Austrohúngaro que se puede ver –en Sarajevo con menos colchón económico- en Viena. Pero, sobre todo, se puede sentir esa fiebre mundialista que, en cada una cuadra, pone un cartel con fotos de Brasil, de Messi, de Cristiano Ronaldo y con ofertas para que todos viajen a alentar al equipo.

Todos son el fútbol. Todos son hombres que, cada dos cuadras, entran a locales donde específicamente se realizan apuestas deportivas, donde Messi y Neymar adornan las puertas, donde se apuesta por la liga bosnia, por la croata, por la española y, también, como marca una gran revista de apuestas deportivas de los Balcanes, por los partidos del Nacional B argentino, donde específicamente se puede poner la confianza monetaria que Facundo Parra hará un gol para el ascenso de Independiente.

Todos es, también, Alen, que trabaja en un hostel, pero que estudia managment deportivo y que asegura que en diez años será el representante del futuro Wayne Rooney sarajevita. En la recepción de donde trabaja, de madrugada, es capaz de verse el partido por el tercer puesto entre Croacia y entre Holanda en el Mundial 98. Eso lo vuelve un especialista y la especialidad lo tiene loco con la Copa de Brasil hasta volverlo un provocador: “Vamos a ganarles: Bosnia sale primera y Argentina segunda”. Y, aunque le cueste responder cómo van a hacer para ganarle a Messi, se lanza a plena convicción: “Con Dzeko y con Pjanic”. Pero él no es el único loco. Todos están locos detrás de la pelota.

Y cuando se dice todos: es todos. Porque el Mundial penetra hasta la zona vieja de Sarajevo donde se venden molinillos para el café turco, una especie de mantecol que empalaga a más no poder, unas alfombras y unos tapizados que de color adornarían cualquier living, y donde aparece un viejo que ofrece bufandas que dicen Messi y que, para venderlas, como todo vendedor de cualquier pedazo de este mundo, primero, tira un “Vamos Argentina” en un castellano deforme y que, frente al rechazo, dice, caliente: “¡Viva Bosnia!”.

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La Segunda Guerra Mundial la ganó Superman

Corrían los meses de 1942 y la bestia llamada guerra seguía expandiéndose por el globo. La batalla no solo se libraba cuerpo a cuerpo, sino que la guerra ideológica fue campo de batalla clave. Nos encontramos con un episodio de Superman en abierta pelea con el Imperio japones, emulando los enfrentamientos EE.UU. – Japón, luego de Pearl Harbor.

El Kremlin retrata a la Alemania nazi en dibujos

La Segunda Guerra Mundial fue una gigante productora de propaganda política para los medios de comunicación. En el número anterior vimos cómo Estados Unidos y Disney hacían jugar al Pato Donald con sueños nazis. En la misma sintonía ahora tienen a disposición en Documentos Históricos, una caricatura rusa de 1941 que cuenta la sangrienta expansión militar alemana y la resistencia roja despertada.

 

 

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Disney sueña con nazis

Un gol del realismo mágico

Parece una historia escrita por Gabriel García Márquez, pero no. Marcos Tulio Coll Tesillo es el autor del único gol olímpico en la historia de los Mundiales, hace exactamente 50 años. En sus bodas de oro, desde su Barranquilla, nos recuerda cómo fue aquel tanto que le marcó en Chile ’62 a la Araña Yashin, el mejor arquero de la historia. “No es por presumir, pero shoteaba como los dioses”, recuerda este personaje que también habla sobre su idilio con Adolfo Pedernera, la realidad colombiana y la del fútbol argentino.

Si viene desde las tierras de Gabriel García Márquez, es posible. La frontera entre lo risible y lo creíble se desdibuja, ficción y realidad juegan un juego que sólo ellas entienden y uno queda en el medio, expectante. Sólo una voz, tan endulzada como el mismo aire de Barranquilla, nos devuelve la pared. Hasta ese momento, desde este lado del Ecuador, Marcos Coll podría haber sido un habitante más de Macondo. Pero desde el instante mismo en que le cede sus palabras a NosDigital comprobamos que existe, que vive y no sólo eso sino que también es el autor del único gol olímpico en la historia de los Mundiales. A 50 años de ese tanto, el Olímpico nos contó el secreto.

“3 de junio de 1962”, repite Marcos Coll y calla las dudas que teníamos hasta el primer minuto de charla. Sucedió. No es realismo mágico. Fue en Arica, Chile, seis años antes de la publicación de Cien años de Soledad. Listo: de ahora en más todo entrará en el terreno de la lógica. O algo parecido, porque si lo pensado hubiese salido al pie de la letra, no hubiera habido gol olímpico ni estaríamos escribiendo estas líneas.

Desde el 10 de junio de 1956 (fecha en que se designó a Chile como sede) hasta el 3 de junio de 1962, todo lo sucedido intentó empujar la pelota al gol, el segundo de Colombia en el empate 4 a 4 ante la Unión Soviética que le entregó el primer punto en un Mundial. Una serie de imprevistos puso en riesgo la realización de la competencia. Primero, el Gran Terremoto de Valdivia, el sismo de mayor magnitud en la historia de la humanidad, que fue registrado el 22 de marzo de 1960 y que derivó en la baja de seis de la subsedes que iban a alojar la copa: Talca, Concepción, Talcahuano, Valdivia, Antofagasta y Valparaíso. Por este motivo, Carlos Dittborn Pinto, Presidente del Comité Organizador del Torneo, quiso suspender la realización del mismo.

Pero no. Con el apoyo económico de la Junta de Adelanto de Arica, un ente público de financiación, la ciudad –ubicada al norte de Chile- fue reconstruida y se transformó en el epicentro de nuestra historia. El estadio “Carlos Dittborn Pinto”, en honor al mencionado dirigente y creado para la ocasión, estaba listo para recibir a Perú, equipo sensación del fútbol sudamericano por aquellos años. Pero la selección incaica se quedó afuera en las eliminatorias y así fue como Colombia, virgen en experiencias mundialistas hasta ese momento, logró estar en ese Mundial. Ahora sí. ¿Listos para escribir historia? No, falta. 32 días antes de que comience la máxima competencia de fútbol a nivel selecciones, falleció Carlos Dittborn Pinto. De nuevo la incertidumbre. Aunque finalmente se decidió proseguir con lo planeado.

Segunda fecha del Grupo B. En su debut, Colombia había perdido 2 a 1 ante Uruguay. La URSS llegaba tras una victoria frente a Yugoslavia. Pero este sería un partido a parte. “Terminado el primer tiempo íbamos perdiendo 3 a 1, era imposible”, comienza el relato el protagonista de lo impensado. Y continúa: “Nos fuimos decepcionados al entretiempo y Adolfo (Pedernera) nos dijo que estábamos jugando bien, que podíamos ganarles. Entramos confiados y al ratico (sic) ya llegó el cuarto. Era 4 a 1, ni pensábamos en ganar”.
Hasta que Marcos Coll se salió del libreto. “Un ataque nuestro termina en tiro de esquina por el costado izquierdo. Yo era el encargado de pegarle desde ese lado. No es por presumir, pero shoteaba como los dioses. Los rusos eran tremendas vigas, grandotes, gigantes. Ninguno de mis compañeros les iba a ganar en el salto, menos a Lev Yashin (NdR: “La Araña Negra”, considerado como el mejor arquero de la historia). Entones la tiré a media altura, para que pique y entre. Eso es lo que pasó”, relata el veterano de 76 años que, al contar, se atraganta con las palabras para llegar al desenlace lo más rápido posible como si fuera un adolescente.

Pasaron 50 años y, por ende, mil repeticiones del mismo momento. Pero, así y todo, se emociona siempre en el mismo momento. “Después, la remontada. Ese gol quedó en la historia pero lo más importante fue lo que pasó después. Los tantos de Rada y (Marino) Klinger con los que conseguimos el empate. Y, mejor aún, el abrazo que me dio el Maestro Pedernera”, recuerda.

En sus bodas de oro, el Olímpico habla en singular. En su casa del Barrio Villa Carolina, al norte de Barranquilla, Marcos Tulio Coll Tesillo -cuánto cuesta creer que no salió de un cuento de García Márquez o una telenovela colombiana- todavía sueña. “Mi intención es hacer una escuela de fútbol que forme a chicos y chicas de mi ciudad. Como decía Pedernera, ‘el deporte educa’, y es la única forma de alejarlos de lo malo que nos rodea en un país tan convulsionado como el nuestro: las drogas y la muerte. Me faltaría el apoyo económico para poder terminar el proyecto”, dice y es un grito en el desierto.

“Aquí, a nivel de gobierno y de los políticos, no hay ningún tipo apoyo. No es negocio para ellos, dicen. Los deportistas nos hicimos y nos seguiremos haciendo sólo por actitud personal. Así estamos”, concluye. A punto de pisar las ocho décadas, planea una jugada aún más complicada que aquella que le dio el sobrenombre. Las ‘vigas’ ya no son rusas, son los gringos. La teoría del derrame todavía hace estragos por esos pagos y, a los ojos del neoliberalismo, los pibes son sólo gasto.

Punto y aparte para la versión colombiana. El resto se escribe en criollo.

-¿Qué significó Adolfo Pedernera en su carrera?

-Le aseguro que nadie va a hablar en contra de cómo era él como persona. Fue un maestro de maestros para mí. Muchos me decían que yo era su hijo por el trato particular que tuvo conmigo. Me tomó una gran estima. Lo que yo fui en el fútbol fue por él. Para muchos, Dios es lo más grande. Para mí comparte el lugar con Pedernera.

-¿Qué recuerdos tiene de él?

-En lo futbolístico fue quien me dio la vida. Cuando era entrenador del América de Cali me llevó allí y fue mi consagración. Pero mi historia con él es más vieja aún. Mi padre fue árbitro (NdeR: Elías Coll) y una vez lo pitó cuando jugaba en Millonarios. Yo era un adolescente y fui con un cuadro que tenía con su figura y me lo dedicó. ‘Para Marquitos, como prueba de un sincero recuerdo’, puso. Todavía lo atesoro como el recuerdo más vívido de mi vida.

-¿Tiene miedo que le saquen el récord?

-No se, tengo 76 años y últimamente he de pensar que quizá me muera sin ver otro gol igual a ese. Si me lo llevo a la tumba será más que importante para mí. Igualmente, hoy en día, dudo que se pueda llegar a conseguir un cobro como ese. ¿Usted ve lo que sucede cada vez que hay un lanzamiento desde la esquina? Se pegan, se empujan, es un bodycake (NdR: Torta de cuerpos) impresionante.

-Riquelme casi lo hace en el 2006, ¿lo vio?

-Sí, me hice en los pantalones. Pensé que entraba. De hecho, festejé que no jugara en el 2010, era el único que podía sacarme el récord. Un tremendo jugador de fútbol, de los que ya no hay.

-¿Mira fútbol argentino?

-Sí, soy un enamorado de su liga. De hecho, Adolfo me hizo simpatizante del River. Yo siempre fui hincha del fútbol argentino, pero hoy lo desconozco. Me sorprendo que se busque más en el cuerpo, en la fortaleza. Antes se ponderaba el fútbol de aquellos lados porque se veía fútbol fino. El otro día puse la televisión y miré Estudiantes de la Plata y Rafaela, ¿qué equipo es ese? La cantidad de pierna fuerte, de poco juego, no lo puedo creer. ¿Dónde quedó el Rosario Central del ’70, Independiente de Bochini, la gloria de River?

-¿Qué le pasó a Teófilo Gutiérrez?

-No lo sé, no deja de sorprenderme. Yo soy un admirador suyo pero no logro entenderlo. Cómo puede ser que a un muchacho que se le están abriendo las puertas del triunfo y la posibilidad de asegurarle un futuro a su familia tire todo a la basura. Por primera vez veo un jugador colombiano que se comporte de esa forma. Por más que no triunfen futbolísticamente, no nos caracterizamos por el mal comportamiento, menos los barranquilleros, sino por todo lo contrario. Eso que hizo del boxeo y todas esas vainas, no están bien.