“No podía ir a un Mundial con lo que estaba sucediendo”

En 2009, NosDigital publicó una entrevista con Jorge Carrascosa, el hombre que se negó a jugar el Mundial del 78. En aquella entrevista, explicaba por qué no jugó. Hoy vale la pena revivirla. “No estaba de acuerdo con que el Mundial fuera jugado como algo de vida o muerte”, explicaba, aquella tarde, en una oficina en Burzaco. 

Ahora cierra un poco más una de las tantas frases hechas que deambulan por el mundo del fútbol. Se dice, en no pocos casos, que un futbolista juega como vive. Treinta años después de su retiro del fútbol profesional, Jorge Carrascosa continúa dejando huellas. Como lo hizo dentro de la cancha, marcando surcos por el sector izquierdo del terreno de juego. Un marcador de punta que se extraña por su solvencia y también por la escasez de jugadores en ese puesto. Como lo hizo fuera de la cancha cada vez que tuvo que hablar, mirar, actuar. Como lo hace, treinta años después. Un tipo de barrio, con las convicciones claras, antes y ahora. Un tipo para conocer, descubrirlo y luego sí, tratar de entenderlo.

carrascosaLa geografía de mi barrio llevo en mí, será por eso que del todo no me fui: la esquina, el almacén, el piberío los reconozco… son algo mío…

Con ese tango Corazón al Sur, de Eladia Blázquez se identifica, lo canta y disfruta de cantarlo. Se siente orgulloso de reflejarse en esa letra. Es él. Ese nene, ese pibe, este hombre de 61 años que dice no haber cambiado su forma de pensar por el paso del tiempo. Este hombre que mantiene sus bigotes como distintivo y su sensibilidad social como estampa personal. Esa rebelión ante las injusticias que forjó en su niñez, entre su familia, sus amigos, la escuela y su Burzaco querido. Esa que familiarizó en sus charlas con César Luis Menotti. Esa que moldeó en sus diversas lecturas sobre el “hombre nuevo”, del que hablaba el Che Guevara. Hombre nuevo, ese que busca y lucha por un bienestar social. Como este abuelo de tres nietas, este padre de dos hijas, este marido a quien le brillan los ojos cuando habla de ella, de Lucy, el amor de toda su vida, que hoy desde otro lugar, quizá desde las pequeñas cosas, desde las simples acciones, continúa conservando intactos esos ideales, esos sueños de cambio.

Va y viene, todo el tiempo. Si hasta uno parece verlo correr intensamente por el lateral. En cada respuesta se encarga de crear un paralelismo entre el fútbol y la vida.

-¿Imposible separarlos?

-Es así, no se puede, a cada persona le deberá pasar lo mismo en el medio en que le toca manifestarse. Y ahí, uno con hechos juega una pelea para cambiar las cosas que no le gustan, que le hacen mal, que cree injustas. Hoy todo es competencia, desafío. Lo mismo ocurre en un colegio que en las Inferiores de un club. Los chicos van al jardín y ya los quieren hacer figuras. En esto influye la sociedad que te tritura y uno lo termina pagando con salud. Si a un jugador lo venden a Europa, los medios de comunicación vociferan “se salvó”. Yo me pregunto, ¿quién se salvó? La vida no es así, hay muchos factores que influyen en cada uno, no sólo lo económico.

El Lobo, apodo que le pusieron en Rosario Central sin que él supiera bien por qué, se retiró del fútbol en un buen momento de su carrera, a los 31 años, cuando aún le restaban dos más de contrato en Huracán. El motivo del precipitado adiós se debió a la imposibilidad que sintió de continuar dentro del agobiante ambiente del fútbol.

– Cuando la falta de valores pasa a ser algo común en el fútbol, ¿no vale la pena jugarlo?

– El deporte debe servir para afianzar la personalidad de cada ser humano, que sea de utilidad para que se aprenda a competir, a saber ganar y perder. ¿Por qué uno tiene que ganar siempre? Competir con dignidad y lealtad muchas veces se capitaliza más en la derrota que en el triunfo. El fútbol debe ser parte de la enseñanza, la vida es un camino difícil. Desde que nacemos sabemos que hay cosas que uno va a perder.

Ese alejamiento de las canchas embadurnadas de dinero, que se produjo luego de su último partido, el 2 de diciembre de 1979, fue una decisión consecuente con muchas de las anteriores actitudes que había tomado referidas al fútbol. Un privilegiado en materia deportiva, Carrascosa disputó el Mundial de Alemania 1974, en el que Argentina fue eliminada en la segunda ronda. En el último encuentro de la primera fase, Argentina no sólo debía vencer a Haití por tres goles de diferencia, sino esperar que Polonia le ganase a Italia. Ahí entró en escena la incentivación de parte de los jugadores argentinos a sus pares polacos. El plantel casi completo nacional les propuso 25 mil dólares si cumplían con el objetivo. Argentina hizo lo suyo dentro de la cancha y venció por 4 a 1; también afuera: Polonia 2 -Italia 1. Argentina clasificada. Italia eliminada.

-¿Un punto de inflexión en tu mirada crítica hacia el fútbol fue la incentivación a Polonia?

-Fue algo que me cayó muy mal. Yo debo rendir al máximo sin que me des a cambio nada, lo único que hace es desvirtuar la esencia del deporte. No me presté para eso como no lo haría nunca. Uno debe distinguir las cosas que están bien y las que están mal.

En enero de 1978, cuando Menotti dio la lista de los futbolistas preseleccionados para el mundial disputado en Argentina, una ausencia dejó a todos con la boca abierta. Nada menos que el capitán, Jorge Carrascosa, quien había decidido renunciar a disputar lo que para muchos representa el máximo anhelo de su carrera. Un campeonato del mundo, en su propio país. ¿A qué más podría aspirar un jugador de fútbol?

Miles de conjeturas se tejieron a partir de su salida. Cientos de veces se dijo que había sido sólo por estar en contra de la Junta Militar genocida que gobernó al país en aquellos oscuros años y la que se encargo de la realización del torneo. Diversas notas periodísticas le hicieron en busca de la verdad, del supuesto secreto jamás revelado. Esa verdad, para los que piensan únicamente con una pelota que late sin cesar, es aún inexplicable.

Un deleite escucharlo, leerlo, comprender al protagonista de su vida.

– ¿De dónde nacieron las decisiones que tomaste en relación al fútbol?

– Por un montón de cosas que observé durante mi carrera en el fútbol, me fui sintiendo mal y eso es lo que me llevó a tomar las decisiones que tomé, como por ejemplo la de no participar en el Mundial. No es que hubo un hecho determinante. Hay cosas que ya sabía y otras que se fueron sumando, que no estuve de acuerdo nunca, en el país, en el fútbol y que no me hacían sentir bien. Sin duda que para mí no fue lo mismo que el Mundial haya sido armado por un gobierno militar, que si lo era por un Estado democrático.

– Pero, ¿en dónde estaba lo fundamental de tu desacuerdo?

– No estaba de acuerdo con que el Mundial fuera jugado como algo de vida o muerte, para mí era un hecho natural, aunque no así para los demás. Un partido de fútbol es simplemente eso, nada más. En un partido no está ni el amigo, ni un hermano, ni la patria, ni la vida, no hay que confundir, hay cosas mucho más importantes. En 1982, cuando ya estaba retirado, se produjo la Guerra de las Malvinas. Si hubiese seguido en actividad podía haber sido convocado, pero tampoco hubiera ido a jugar. No podía ir a un Mundial con lo que estaba sucediendo en el país.

– Después de tantos años, ¿cómo ves aquella decisión?

– La actitud que tomé no la hice consciente, no me puedo engañar. No sabía los riesgos que se corrían, actué de manera natural, como lo hice siempre, para mí primero está el hombre y después la profesión. Estoy definido en eso. Nunca imaginé todo lo que estaba ocurriendo en el país. Incluso aunque alguien te contara algo, uno quizás no lo creía. La prensa influyó mucho en esos años para que no se observase lo que realmente ocurría.

– ¿Y sentís que te equivocaste en algo?

– El error que cometí fue el de creer que todo lo malo estaba sólo en el fútbol y cuando salí de ese entorno, me di cuenta de que es un reflejo de la vida. Uno tiene tres opciones cuando está en un medio que se ha convertido en un negocio salvaje, en el que se sacrifican principios, se hacen concesiones en función de cosas netamente materiales y priman los intereses personales. Si tenés poder, uno puede intentar cambiar el medio desde adentro; otra opción es meterse en la de todos y cerrar los ojos como si nada ocurriese. La última y por la que opté yo fue la de aislarme del ambiente que no me hacía bien. A mí se me hace muy fácil tomar decisiones. Separo lo económico de lo que siento. Entonces se me simplifica todo al preguntarme por ejemplo, en qué lugar me voy a sentir más cómodo, allá que me ofrecen tanta plata o en mi barrio, con mis afectos.

No necesita volver a cantar el tango de Eladia Blázquez. Lo tiene inmerso, lo vive ese Corazón al Sur. Como también aparenta vivir en él una frase consignada en un plato que le obsequió la Asociación Argentina de Árbitros por ser el jugador más correcto del 1976: “Nadie es bueno como todos juntos”, está grabado en la porcelana. Y está grabado sobre todo en su memoria, en sus gestos, en sus convicciones. “Es difícil que otro me entienda pero yo tomo decisiones por mi filosofía de vida, cosas que no me dejan dormir, que me hacen mal, pero son naturales. Ética, moral, dignidad, honor, esas palabras son sagradas. Sigo teniendo sueños e ideales, aunque uno de desilusiona de muchas cosas, hay que seguir teniendo esa fuerza que yo tuve cuando era joven, que soñaba que podía cambiar el barrio, el fútbol, la Selección, el país, luchaba por esas cosas. Esa fue la manera de desarrollar mi identidad.

– Treinta años después de su retiro, ¿qué es el fútbol?

-Un deporte apasionante. Disfruto de ver jugar y de jugarlo, y más cuando lo hago con mis amigos. Nuestro equipo se llama Sub 70, no hace falta aclarar por qué. Como siempre, continúo marcando la punta izquierda y trato de anticipar al wing, de poder llegar antes que él y ganarle la posición, de cuidarme de que no me tire un caño. Vuelvo a ser un chico dentro de la cancha.

A veces sin mala intención se minimiza el obrar de un hombre. Así sucede cuando se lo termina reduciendo a un episodio puntual. Jorge Carrascosa es muchísimo más que una persona a quien se le busca poder extirparle una declaración rimbombante, que derive en título revelador, que logre tener repercusión mediática. Es mucho más que eso. Es un tipo intachable, de principios firmes e incorruptibles. Apasionado por los intereses populares, grupales, colectivos. Y además, es amante del fútbol como pocos.

“Lo mío es luchar contra los molinos de viento”

A Julio Ricardo Villa la pelota le ha regalado sonrisas a destiempo: fue campeón del mundo en Dictadura e ídolo en Londres durante la Guerra de Malvinas. “Que aquello nos sirva, por favor: Nunca Más”, dice ahora que es entrenador de Defensa y Justicia y también anda en una cruzada a contramano: en épocas de bostezos y 0 a 0 levanta la bandera del menottismo y asegura que el cómo todavía importa. “Si no gambeteás a alguien, no es fútbol”, define.

Ninguno de todos los tipos que se metieron en este bar para resguardarse de la lluvia y el frío detiene su cortado cuando ven entrar a este hombre de barba blanca, corte prolijo y pañuelo anudado al cuello. El hombre metió el que fue elegido como el mejor gol de la historia de Wembley, levantó la Copa del Mundo, fue comparado con Dios en Tucumán, cuando jugaba en Atlético, y mezclado en banderas con la imagen del Che Guevara en Londres, cuando gambeteaba con la remera del Totenham, pero ahora en esta esquina de Buenos Aires, ciudad futbolera y de cafés, la presencia de Julio Ricardo Villa pasa desapercibida. Es raro. Aunque tiene una explicación: Buenos Aires, ciudad futbolera y de cafés, también se ha vuelto una tierra de tiempos presentes y Villa hace ocho años que andaba lejos del ambiente de la pelota, metido en la tranquilidad de su pueblo, Roque Pérez. Hasta que en julio pasado, Defensa y Justicia se quedó sin entrenador y le ofreció tener su tercer ciclo como técnico del club.

-¿Por qué dejaste Roque Pérez para volver a meterte en la locura del fútbol argentino?

-Yo me defino como menottista porque coincido con la manera de ver el fútbol del Flaco, no porque él me haya sacado campeón del mundo. Le agradezco por eso, pero vivo así y defiendo el fútbol desde ese punto. Y este discurso no es tentador para nada. Es negativo. Si charlás con un dirigente, se van pensando ‘este es un bohemio, yo quiero uno que especule con el 4-4-2’. Especulan como lo hace la sociedad en Argentina. No soy mediático, entonces me diluí en este discurso. Y tengo mi orgullo: si no me van a buscar no me ofrezco. Así que pensé que no dirigía más, pero Defensa me ofreció un espacio y lo acepté.

-Defensa se ha vuelto un refugio menottista.

-Diego y José Lemme dicen que ahora están convencidos de que este es el fútbol que debería tener la institución. Y a mí me alegra. Es el único club que tiene una línea, que es lo que deberían tener todos. Cualquiera, no sólo esta, y que todos los técnicos coincidieran en un estilo de juego que el club quiera imponer.

-Bielsa, antes de que Guardiola arrancara su carrera como entrenador, le preguntó: ¿tanto le gusta la sangre?

-Me gusta el desafío. He elegido un cuerpo técnico joven, porque la juventud alrededor del fútbol es algo lógico. En eso estamos. Lo que me entusiasma es que el jugador acepta el desafío de jugar. Antes ellos fueron amateurs, y hablaban de ir a jugar a la pelota. Ahora tienen que hacer lo mismo, en un nivel profesional. ¿Si entrenamos todas las semanas, por qué en el partido no le vamos a poder hacer un pase al compañero que está a diez metros?

-¿Y están pudiendo?

-Algo. Las canchas no ayudan mucho, así que a veces usamos la teoría inglesa. Tirar el pelotazo, buscar el rebote y empezar a jugar 30 metros más adelante. Antes en Inglaterra las canchas sufrían mucho. Manchester en enero era un barrial, la pelota no podía ir si no era por arriba. Y ellos se las ingeniaban para jugar en esa cancha. Y tampoco es que me disgusta tanto, porque si hay tres tipos para buscar el centro es una situación de gol. No es lo mismo que tirar un pelotazo para un tipo que está solo contra cuatro defensores.

-¿Tus dirigidos saben quién es Julio Ricardo Villa?

-No creo. Aunque ya lo deben haber googleado. Pero yo no vengo a contar mi historia, vengo a ayudarlos a que crezcan como jugadores. Tengo bases como para sostener esto con todo lo que me pasó a mí. Yo jugué al fútbol de la manera que pienso el fútbol. Entraba a la cancha con ganas de que me aplaudan.

-Alguna vez dijiste: “Siempre sentí la obligación de hacer una jugada que le permitiera al público disfrutar de ese momento”.

-Eso es lo que pretendo cuando soy espectador. Quiero ver algo que no se vea el domingo a la mañana en el fútbol amateur. Una gambeta, nada más. Cosas simples. La gambeta ahora es imposible de ver. Si no gambeteás a alguien, no es fútbol. Ahora vino un jugador de Córdoba que me recomendó un amigo. Gambetea, es zurdo, delantero, 23 años, no tiene un gran físico pero es rápido y lo fiché. Me hace acordar al Negro Ortíz. La gente en estos primeros partidos ya decía “que bien, gambetea”. Estamos en esa lucha, es un desgaste tratar de imponer y convencer contra el mensaje dominante.

-¿Hoy creés que hay algún jugador que entre con esas ganas de hacer disfrutar al público?

-Al público ya casi no le importa nada más que el orgullo de que su equipo gane. A mi me interesa ganar, pero me interesa cómo.

-Estuviste casi diez años fuera del fútbol argentino. ¿Con qué te encontraste?

-Cambió. Pero mi base es hablar de fútbol. Yo creo que el futbolista no es una persona común, tiene que vivir distinto. Se tiene que cuidar: comer mejor, descansar mejor. Nosotros somos un país que nos gusta mucho la diversión. En diez minutos hacemos un asado y nos acostamos tarde después de comer y tomar algo. Para pasar la noche estamos más dispuestos que para trabajar o hacer sacrificios. Entonces: sos futbolista, hacés lo que te gusta, ganás buen dinero, dedicale tiempo. Tampoco es tanto sacrifico entrenar dos horitas.

-¿Cuándo jugabas también se ponía esa atención en el cuidado?

-Yo me cuidaba, pero ahora es todo más serio, más profesional. Defensa tiene un cuerpo médico estable, hay un psicólogo que está todo el día con el plantel. Me gusta, sirve. Conoce los problemas de cada jugador, y a mi también me sirve, charlo bastante. Yo no quiero presión, trato de cambiarlo por motivación. Si acá no soportás a la presión, no podés jugar, hay que tener inconciencia y hacer lo mismo que hacías en el potrero, donde jugabas sin presión.

-Antes de volver al fútbol tuviste una incursión en política. ¿Por qué?

-Soy un futbolista de pantalones largos. Te dicen vení, sumate pero hasta ahí. La política es un círculo cerrado. Nadie te dice vení y te dan algo. Tenés que pelarte hasta con los de tu partido. Y no tengo ganas, no tengo esa vocación de pelea que tuve en el fútbol para ganarme un lugar. Pero me gusta. Todos tenemos una ideología adentro y es bueno expresarla, decir cuáles con mis ideales, mis convicciones, mi ideología. Me gusta esa política, no la del poder como es en la Argentina, que por un cargo de diputado entregan hasta a la vieja.

-¿Y por qué militaste en la UCR, es un mandato familiar?

-Mi papá hacía política cuando era ideológica. En el mundo no hay grandes ideologías distintas, cada país con sus formas siempre se divide entre derecha e izquierda. En el medio hay poco, más allá de que los extremos sean malos. La derecha gobierna para un sector, la izquierda para el otro. Si hay alternancia, por ahí es bueno, tiene que haber un equilibrio. No es tan simple, pero es así, por algo cuando hay 20 años de una misma política la gente se harta y busca para otro lado.

-En el fútbol también están un poco diluidas las ideologías.

-En la Argentina ha triunfado la idea de Bilardo, tiene muchos más seguidores. La sociedad es más parecida a cómo piensa él. Yo me llevo bien con Carlos, me encuentro a veces y no charlamos de fútbol porque es para pelea. Pero él está vigente, es director de Selecciones. El menottismo no está en muchos lugares.

-Y los medios parecen coincidir más con Bilardo, también.

-Los medios no hablan de fútbol. Hablan de chimentos, de quién está peleado, de cuánto cobra. Me preocupa, me gustaría escuchar algo con fundamentos, lógica, debate. Pero no protesto. Trato de aprovechar cuando me dan un lugarcito, como Defensa, para luchar contra eso desde mi pequeño punto para defender esta forma de ver el fútbol. Si estaba en el otro grupo era más fácil todo.

-¿Te exigen más por cómo ves el fútbol?

-Lo mío es luchar contra los molinos de viento. Así soy yo, el problema sería si estuviera forzado mi personaje. Vivo así y seguiré así. Tengo un cuerpo técnico que piensa distinto, porque me sobra de un lado pero me falta una parte del discurso. Entonces en la estructura defensiva le doy participación a mi cuerpo técnico porque ven cosas que yo no veo. El equipo debe tener un punto cero, con un orden. Mariano de la Fuente y Carlos Silva que están conmigo ven algo distinto a mí, aunque yo tomo las decisiones. No me asusta hablar con alguien que piense distinto, porque estoy inclinado para un lado, entonces me gusta el equilibro. El jugador, además, se da cuenta quién habla con fundamentos y quién no.

-¿Y estás solo en esa lucha?

-Está José Romero, el de All Boys, que con muy poco tiene un equipo competitivo en Primera División y ha sobrevivido a las presiones que eso genera durante bastante tiempo.

-¿Cómo es tu relación con Menotti?

-El Flaco es un tipo muy preparado, con mucha capacidad para decir las cosas, con un nivel intelectual por encima de la media. Cuando ando bajoneado, me encuentro con él y me dan ganas de salir a pelear otra vez. Tenés que tener alguien que piense como vos, porque sino empezás a sentir que estás equivocado. Al Flaco me gusta escucharlo. Yo ya se lo que me está diciendo antes de que termine su frase. Me motivó mucho en mi carrera. Me desafiaba. Me decía: ‘Villa, usted no se anima a tirar un caño en el área’. Y yo lo tiraba para demostrarle. Si el jugador tiene talento, tiene que tener libertad y creatividad. Yo quiero ser libre cuando juego, aunque conozco las reglas del fútbol. Te hago esto y esto, pero de ahí para arriba dejame hacer lo que quiera.

-Decías que el Flaco te desafiaba a animarte. Gracias a eso quedaste en la historia por hacer el que eligieron como el mejor gol de Wembley, el estadio más emblemático de todos.

-¿Cuál es el lugar más seguro para estar con la pelota?

-¿El área?

-¡Claro! O es gol o penal. Y algunos no se animan ni a entrar. A mi me costó mucho jugar en el fútbol inglés. Y con ese gol de miércoles les demostré que podía. Eso me hizo aparecer en la historia del fútbol inglés, gracias a mi tozudez de jugar como me gusta. No es bueno ser tozudo, pero tan equivocado no estaba.

-¿Que Menotti haya sido el técnico del Mundial 78 tiene algo que ver con que hoy haya más seguidores de Bilardo?

-Yo he dado la cara siempre. Hoy tenemos una situación muy clara de lo que pasó. Podés hablar con una libertad total y absoluta. Parecieran ingenuas mis definiciones cuando la gente me pregunta si no me di cuenta. Yo tenía 23 años, quería ser campeón del mundo. Lo que pasaba políticamente alrededor lo escuchaba por el relato oficial de las noticias, que era una sola información. Y yo tenía mi cabeza en ese sueño. Me han preguntado si hubiera jugado el Mundial si sabía lo que estaba pasando. Y es una pregunta difícil, porque esa era una situación inmanejable. Es lo mismo que le pregunten a Messi ahora por la crisis de España. Yo contesto por mí, Menotti nos decía que jugáramos por el pueblo que es futbolero, y yo le creí y le creo. Cuando íbamos afuera veíamos los carteles de desaparecidos, de los derechos humanos. Esa era la única evidencia, pero nos decían que era la campaña antiargentina. Yo, y hay muchos como yo, no me dí cuenta de lo que estaba pasando. Que nos sirva, por favor: Nunca Más. Soy antimilitar total, no me gusta el autoritarismo, no me gusta nada de aquella época, pero yo jugaba al fútbol y la pasé.

-¿Nunca notaste nada?

-Vivía en Tucumán, que había combates en el cerro y andaba con barba y pelo largo y nunca tuve problemas graves. A veces se paraba el ejército en la puerta de un café, había una requisa, te sacaban del lugar y tenías que pasar por debajo del fusil del militar. El primer día te sorprende, al segundo ya no porque somos un animal de costumbres. Salía del radio de Tucumán, para visitar un amigo que vivía fuera de la zona céntrica y los soldados te pedían que bajaras del auto, que abrieras el baúl, te palpaban. Veías helicópteros, estallaban bombas. Tucumán era una locura. Te hacían creer que había buenos y malos. Hay muchos que nos acusan y ellos tampoco hicieron nada. Ahora vos escuchás las dos campanas del periodismo, más allá de sus peleas. Antes había una sola.

-¿Y a la distancia no se sienten usados?

-Yo hablo por mí. Y siento que pareciera que algún castigo tenemos. Lo entiendo, porque fuimos los futbolistas de la época. Por algo se escucha más del 86 que del 78, más allá de que es el último y el más cercano. Me parece un poco injusto, porque los dos fueron importante, son nuestras dos estrellitas. Lo tenemos que valorar de la misma manera, no le busquemos circunstancias ajenas al fútbol. Todos los gobiernos utilizan el deporte de la mejor manera para encubrir otras cosas que no son tan claras. Eso pasó y pasará, en todos lados.

-Pero algo te marcó porque has tratado de estar presente en algunos actos de organismos de derechos humanos, has tenido un encuentro con Tati Almeyda en una entrevista que fue muy famosa (http://edant.clarin.com/diario/2000/06/26/d-01202.htm).

-Sí. Trato de explicar mi inocencia en toda esa etapa, dar mi punto de vista. He ido una vez a un lugar que se presentaba un documental [Mundial ’78. Verdad o Mentira, del periodista Christian Rémoli] muy duro sobre nuestro título. Hay jugadores peruanos diciendo que recibieron dinero, cosas muy duras, acusaciones de dopaje. “La droga existió, existe y existirá”, dice alguien. Cuando terminó ese documental me tenían que llevar preso más o menos. Pero mi forma de defenderme es contar lo que me pasó a mí.

-Tocaste la Copa del Mundo en tu país e hiciste el que eligieron como mejor gol de la historia de Wembley. ¿Y?

-En aquel momento me parecía normal, que yo estaba preparado para ese momento. Hoy me parece increíble. Parece pedante lo que digo, pero yo estaba para jugar con la selección, aunque era el sueño del pibe. Por eso te digo que en el 78 la situación política no la podía medir. Es egoísta, pero me importaba muy poco la situación política.

-¿Y cómo es después? ¿Te acordás todos los días de que sos campeón del mundo?

-En Londres escribí un libro, algo que nunca pensé. Después de 25 años la gente se acuerda de ese gol y cuando voy me reconocen. Salgo de Roque Pérez, me tomo un avión y hay gente que me está esperando. Ellos valoran mucho la historia. Estoy en un museo, en el hall de la fama. Me hace sentir importante, pero el fútbol es muy penetrante en cualquier sociedad, te pone en un lugar que si no es por la pelota ni de casualidad llegás.

-Hasta te identificaron con el Che, en Londres.

-Me usaban de símbolo por la barba y el pelo largo. A mi me encanta. La rebeldía siempre la tuve dentro de la cancha, no afuera. Cuando me identificaban con algo de eso me gustaba, porque yo con la pelota tenía mi forma de ser rebelde. La imagen influía mucho en eso.

-Has tenido mala suerte con los tiempos: campeón del mundo en Dictadura y viviste en Londres cuando la guerra de Malvinas.

-Fue duro. Yo mismo me sentía incómodo por estar en el país enemigo, por llamarlo de alguna manera. Aunque ellos no me trataban como enemigos. Me decían que era un conflicto entre gobiernos, y era cierto. Me trataron de esa manera, así que la pasé. Alguna hinchada visitante, como hubo muertos de un lado y del otro y el dolor de las familias estaba, me silbaban un poco. Pero en la calle, mano a mano, nunca tuve problemas.

-¿Tu familia estaba allá?

-Mi señora y mis hijos sí. Los demás, acá. Yo viene aquí la semana previa a la rendición. Llegué un miércoles y el domingo venía el Papa a terminar todo. Llegué a Roque Pérez y un amigo me dice: ‘matamos 600 ingleses en Ganso Verde’. No creo, le dije. ‘Te lavaron la cabeza’, me contestó. Entonces yo les contaba todo lo que se decía allá que pasaba en Malvinas, que el domingo iba a ser la rendición. No es que deseaba la rendición, pero sí que terminara la guerra y que todo lo que les dije sea verdad, porque sino no me dejaban volver a pisar mi pueblo. Hasta mi papá estaba muy influenciado por la opinión pública de acá. Cuando vino el Papa y se terminó el conflicto no me sentí traidor. Ni mis padres ni mis amigos me podían creer. Yo sabía que el Ejercito Argentino le había solicitado al Papa que le pidiera la rendición, que era algo que había convenido con las fuerzas inglesas. Y ocurrió. Es una experiencia difícil de describir en una charla.