Los niños de YouTube también crecen

Desde los 6 años que la conocen millones de personas. Pasado el sueño infantil de ser famosa, Wendy Sulca construye su carrera artística en la música autóctona andina. “Hay mucha gente que lo ve chistoso, y a mucha otra gente le encanta como canta”.

 “El peor error que a menudo cometemos es que juzgamos a las personas sin conocerlas; nos hacemos imágenes preconcebidas, quizás por prejuicio, sin pensar por un segundo en lo que ha sido su vida, sin saber su historia, su VERDADERA historia. Juzgar es fácil y criticar también cada vez que algo no nos parece lo adecuado o simplemente es diferente, pero ¿quiénes somos realmente nosotros para juzgar? Nos hemos acostumbrado a ver solo a través de nuestros ojos y criterios; no permitimos a nuestra alma sentir con el corazón ni conmoverse con una historia que quizás hayamos tenido suerte en no vivir”.

Extraído de La verdadera historia de Wendy Sulca, más allá de La Tetita.

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Antes que nada, antes que todo: Wendy Sulca es el nombre real de una joven peruana que está por cumplir 19 años.

Wendy.
Wendy.

Sin tacos, Wendy desciende unos 15 centímetros, sin vestido, Wendy usa una remera sin marca, sin pollera, Wendy usa un short negro y sin maquillaje, anteojos negros grandes. La Wendy que sale por una puerta y la que vuelve después de 25 minutos, ya producida para las fotos, parece otra pero es la misma.

Una es la Wendy Sulca cantante, la de las millones de visitas en YouTube; otra es la Wendy Sulca hija de Lidia y Franklin, criada en el humildísimo cerro de San Juan de Miraflores.

Ahora, Wendy ya tiene casi 19 años – y no refleja para nada a la niña de los videos millonarios de YouTube – y es una joven que está transitando el trecho de la adolescencia a la adultez, de manera adulterada: desde los 6 años que la conocen millonadas de personas.

Aquí, en un departamento alquilado en Nuñez, su madre Lidia está sentada en un puff detrás de Wendy estudiando sus palabras y entrometiéndose – atinadamente- en la charla cuando piensa o siente que tiene que dar una explicación. Lidia es el motor responsable del fenómeno Wendy Sulca, que es su propia hija, en todos los sentidos no-lineales posibles: genia o culpable, Lidia es la encargada de cumplirle a su hija el sueño infantil de ser cantante, o mejor, de ser famosa. Convengamos que su anhelo no es muy distinto al de millones de adolescentes, y al de millones de madres.

Así, en las calles de Argentina, la gente no reconoce ni saluda a Wendy, salvo cuando se sube al escenario después de las 12 de la noche y con un público embebido. En Perú, según cuenta, sí la reconocen en todos lados. En ese sentido la ilusión de Wendy ya está cumplida: es famosa.

¿Cómo continúa ahora ese sueño realizado – siempre aparentemente- mientras los hobbys, los amigos, los estudios y la vida misma de una joven adolescente se parecen cada vez menos a Wendy Sulca?

¿El show must go on?

La gente contesta algunas cosas en sus videos: “Peruana macaco dedicate a otra cosa”, “sólo te hiciste conocida por ser una burla”, “jajajajajajajajajajaja!!!”, “por qué nadie le dice a esta chica que canta como el culoooo?”, “debería ser ilegal”, “es normal que me sangren los oídos XD?”, “JAJAJAJAJAJA”, “DIOSITO LLEVATE A WENDY SULCA, Y DEVUELVENOS A MICHAEL JACKSON :(“, etc.

El etcétera es tan insoportable que pone en evidencia – como la cantidad de visitas- lo que el fenómeno Wendy es a la vez:

–      ¿Una cantante estrella?

–      ¿Un “producto del mercado”?

–       ¿Un efecto de un consumo alocado?

–      ¿De nuestro humor colonizado?

En esta nota Wendy habla, cuenta, contesta, y se ríe todo el tiempo.

“Pasaron dos segundos desde que comencé a cantar, cuando toda la gente del colegio empezó a aplaudir y a reírse por cómo lo hacía, y cantaban conmigo. Mi mamá, que estaba nerviosa y preocupada por cómo cantaría, lloró de la emoción y no aguantaba la risa al escucharme. Dice que cantaba como viejita, con ese agudo, ese gallito tan típico que tienen algunas personas que cantan huayno, sobre todo las señoras”.

Con orgullo, sus raíces andinas.
Con orgullo, sus raíces andinas.

Wendy Sulca nació pesando 1900 gramos. Su padre Franklin y su madre Lidia no habían deseado ni prevenido el embarazo. Su pobreza parió una beba con problemas de nutrición que se manifestaron en el hambre voraz de Wendy: su libro – editado sólo en Perú- cuenta que vaciaba la teta de su madre y hasta otras tetas de otras madres que pudieran seguirla alimentando.

Su historia personal y la de la cantante empiezan a hilarse con su éxito más conocido (13 millones de visitas en Youtube, más de 100 versiones del tema) que se llama, no casualmente, La tetita. La canción fue compuesta por su madre Lidia y dice:

De día, de noche
quisiera tomar mi tetita
de día, de noche
quisiera tomar mi tetita

Cada vez que la veo a mi mamita
me está provocando con su tetita
Cada vez que la veo a mi mamita
me está provocando con su tetita

Ricoricoricorico, que rico es mi tetitaa
mmm!! rico!! qué rico es mi tetita…

El trasfondo de la letra es, claro, la anécdota de Wendy, pero ampliada a un contexto: “La tetita se hizo pensando en los niños campesinos, para promover la lactancia materna”, cuenta Lidia su sentido.

El video del tema arranca con unos peluches esos de juguete, que se mueven y emiten cierto ruido, hechos también por la propia madre Lidia que es fabricante de peluches de oficio (en serio). Las imágenes luego intercalan a un grupo de niños (“campesinos”), una vaca, una madre amamantando, un arpista tocando su arpa, Wendy a los 6 cantando y bailando, todo en un paisaje de palmeras que es en el distrito de Huacaña, lugar donde – también- nació la madre de Wendy Sulca. “Los productores nos dijeron ´lo hacemos acá nomás en una plaza de Lima´ y yo le dije nonono, si no tienen plata yo corro con los gastos de los pasajes de los camarógrafos y todo eso… Eso lo hice, pero después no encontramos pasaje para nosotras, y nos fuimos en el bus abajo donde van las encomiendas, los bolsos. Ahí nos fuimos”.

Wendy: “Y los camarógrafos ahí arriba (ríe). Pero felizmente encontramos, ¿te acuerdas?, un colchón que estaba doblado, rompimos la cinta y fuimos durmiendo. Y para no quedarnos asfixiadas había como una tapita, la abrimos y entraba el aire por ahí…”.

La madre: “Mis hermanos me decían: estás loca. ¿Pero qué iba a hacer? Si los camarógrafos estaban arriba, no me podía quedar. Si van los bolsos, ¿porque no podría ir yo?”.

¿Cuánto tiempo viajaron en la bodega de los bolsos?

Al unísono contestan: “12 horas”.

Y se ríen.

La carrera de Wendy Sulca fue extrema hasta ese punto. “Venimos de una familia muy humilde, nosotros vivíamos en San Juan de Miraflores, en uno de los tantos cerros que hay. Hemos sufrido mucho, mucho”, remarca la joven Wendy. San Juan es indicado como uno de los distritos más pobres de la provincia de Lima, al sur de esa ciudad, con 400 mil habitantes. Está rodeada por cerros también bien poblados, al mejor estilo La Paz, con menos densidad de población que esa ciudad pero con más que la capital argentina. Wendy se crió en uno de esos cerros, que son siempre más humildes que la ciudad. Su madre compara: “San Juan es un distrito como la provincia de Buenos Aires, un poquito apartado de la ciudad. Seguimos viviendo ahí pero estamos en la zona B”. Según cuentan las Sulca, en San Juan existen las zonas A, B, C, D y E: ellas pasaron de la D a la B hace tres años, donde alquilan “un departamentito”. “Ahorita no podemos comprar, o sea sí podríamos pero estamos invirtiendo en Wendy. Ustedes no se imaginan cuánto cuesta… Yo sé que no hemos hecho grandes cosas todavía, ni siquiera un videoclip bueno… Estamos trabajando en eso, en el disco, hacer un buen videoclip que cuesta carísimo. Por lo pronto estamos en un mini departamento enfocadas en eso porque, ojalá Dios quiera, lo importante es hacer el disco de Wendy y que siga su carrera”.

Que Wendy sea la prioridad quedó claro en otra de las historias que cuenta la propia hija única: “Una de las tragedias que más nos tocó a nosotras fue la muerte de mi papá. Era mi arpista, yo siempre cantaba con él, él me apoyo desde el primer momento. Fue un momento decisivo de si seguir cantando o no seguir cantando. Imagínate, yo era una niña y estaba acostumbrada a cantar con mi papá… Me acuerdo que mi mamá me pregunto: ¿Vas a seguir cantando o no? Porque es muy difícil una carrera de cantante, y cuesta mucha plata… Pues, nada, decidí seguir adelante porque tanto habíamos luchado… recién empezábamos pero ya habíamos sufrido mucho: no nos pagaban en los locales, volvíamos caminando con mis polleras y el frío hasta mi casa, a veces nos quedábamos a dormir en el boliche para el siguiente día venirnos en bus… No teníamos suficiente dinero. Todas esas cosas yo me ponía a pensar: mi papá quería que yo siga adelante. Yo creo que por él, por mí y por mamá yo seguí adelante”.

Lidia, que escuchaba a su hija contar la historia con madurez, se incorpora en el puff para explicar su parte: “Yo fabricaba peluches, esos mismos que aparecen en el video de La Tetita. Mi esposo trabajaba para pagarles a los músicos, y yo trabajaba para comer. Cuando mi esposo fallece, yo dije ´si con mi esposo dormíamos en los locales porque no nos alcanzaba el dinero´… ¿Cómo quieres que trabaje para los músicos, para hacer tu vestuario y para comer? Y encima me quedé con muchas deudas. No vas a cantar porque yo, la verdad… yo voy a trabajar para educarte y para la comida. Ya no vas a cantar”.

Silencio.

“Se puso a llorar y me dio tanto la pena… ver llorar a mi hija… truncar sus sueños porque su papá murió… Yo dije: no. Haré lo que sea y que Dios nos ayude. Pedí dinero al banco, hice polladas, iba trabajando y pagando cuota por cuota… y hemos avanzado un poquito. Gracias a Dios este año visitamos diferentes países, hemos podido presentarnos en muchos lugares. Acá tocamos en boliches, pero en México tocamos en un auditorio. Eso ya es un avance, ¿no?”.

El mismo día de la grabación de La tetita se hizo también Cerveza (8 millones de visitas), su segundo gran éxito, el que más ruido hizo por ser una niña de seis años que canta “señor cantinero, deme más cerveza”. Wendy: “Sí, obviamente, era raro ver a una niñita de otro país cantándole a la cerveza… Si yo lo veo, no voy a entender. Pero en Perú la música folclórica se suele cantar así. Yo fui una de las primeras niñas que salió a cantar ese tipo de música”. Lidia completa: “En Argentina u otros países algunas personas no conocen de dónde viene la música autóctona, el arpa, la guitarra. Tal vez lo pueden tomar como chistoso, pero no tienen conocimiento de dónde viene, que viene de los Incas”.

El consumo de Wendy Sulca en distintas partes del mundo pone en juego una serie de valoraciones que, si parten del prejuicio o no, a las Sulca las tiene sin cuidado: “Como sea, así también se abrió la puerta a muchos países, de la manera que haya venido. Hay mucha gente que lo ve chistoso, y a mucha otra gente le encanta como canta Wendy”, asegura su madre. “La gente gracias a Dios le quiere a Wendy. Y esa es la satisfacción que ahorita llevo en mi corazón. De lo poquito que hemos hecho hasta ahorita, como lo hemos hecho a pesar de todas las cosas que nos han pasado… Este es el comienzo. Yo quiero que mi hija avance mucho más”.

¿Wendy quiere? “Pues obvio, sí”.

Ante la atenta mirada de su madre, Wendy parece saber lo que conlleva esa elección. “Estudiar es muy muy difícil porque si ya en el colegio se me complicaba mucho, por lo que faltaba por las presentaciones, estar en una universidad es mucho más difícil, me dicen”. Durante el año pasado Wendy intentó un cuatrimestre en Administración de empresas, pero tuvo que dejar por los viajes como éste.

“Este año, sí o sí”, sentencia la madre.

Wendy: “No se sabe, ¿qué tal si salen más cosas?”

-A la distancia, pero tienes que estudiar.

-Ojala que se pueda… Yo igual quiero seguir preparándome, obviamente, estudiar actuación, canto, baile, prepararme mucho más para lo que se viene – vuelve Wendy a la charla periodística. Durante el 2014 Wendy estudio canto e hizo un taller de baile. “Soy cero deportes, soy malísima. Hobby no, aparte de cantar me gusta actuar y aparte de eso… de chiquitita me gustaba dibujar, pero ya no”.

Imágenes: NosDigital
Imágenes: NosDigital

¿Qué hacen los chicos de su edad, de su barrio, sus ex compañeros de colegio, los jóvenes de 19? “De repente personas muy humildes van a las calles a pedir limosnas, vender caramelitos. Pero no, mis compañeros no trabajaban. Lo que pasa es que yo de muy chiquita salí a cantar con mi papá y en uno de esos gané un concurso representando a mi distrito. Y justo el alcalde vio eso, le gusto que ganáramos y pues me apadrinó. Él se encariño mucho conmigo, fue mi padrino de bautismo, me becó en un colegio de clase media, uno de los más importantes, y estuve con chicos de clase media; tampoco de clase alta, pero de clase media que tenían de todo… Y yo no mucho que digamos”.

Luego siguió el turno de En tus tierras bailaré, que cosechó que 4 millones de visitas… En él Wendy hizo trío con otra cantante peruana, la Tigresa del Oriente (“yo la escuchaba cuando chiquita”) y el Delfín (“no lo conocía”). ¿Qué tienen de común? “Lo común que tenemos es que hacemos música autóctona… ¿Acá le dicen ´tropical´?”.

Wendy, La Tigresa y el Delfín cantaron “Israel, Israel, qué bonito es Israel” por pedido de un productor argentino, que les aseguró fama internacional con ese videoclip. “Nosotros en ese tiempo nos habíamos alejado un poco de la música. Yo solo estaba estudiando. Porque nos habían robado mucho, porque salí un poco en la televisión y la gente piensa que por salir en la televisión uno tiene dinero. La verdad que fue muy duro, estaba muy nerviosa, tengo mucho terror porque entraron a mi casa armados, tapados… Dijimos que mejor había que dejarlo por un tiempo, terminar el colegio y después seguir… Ya lo habíamos dejado. Y pues nos llegó esa propuesta de la nada y wow. Bueno, hay que hacerla, no perdemos nada”.

Wendy sumó 4 millones de visitas y su carrera truncada por la pobreza familiar volvía al ruedo inesperadamente. El impulso derivó en un primer viaje a Argentina – donde las Sulca tienen familia en Villa Celina- y luego Colombia (dos veces), Ecuador (2), Chile (2), México y España, donde participó en un festival de YouTube.

YouTube le paga por sus videos desde el año 2010.

El mismo productor argento de En tus tierras bailaré propuso el siguiente paso: un cover de Madonna (“no la conocía”), Like a Virgin (3 millones 6 mil visitas). La lectura del productor seguía su crecimiento: Wendy ya tenía 17 años. “Cuando era chiquita pues solo escuchaba música folclórica: mi papá trabajaba en mi casa y ponía esa música. Cuando fui creciendo, las amigas, en el colegio escuchaban otro tipo de música, más variada”. Wendy cuenta que hoy le gustan Lady Gaga y Lali Espósito.

“Cuando era chiquita mucha gente me veía diferente, muy chiquita. Creo que ahora estoy en una nueva etapa, obviamente crecí y quiero hacer otras cosas, evolucionar. También cambiar un poco la imagen y todo eso”, comenta.

Al mismo tiempo, Wendy se fue dotando de un discurso sobre lo que hace, que pone sobre la mesa desde sus primeros hasta sus últimos videos: “Creo que hay muchas que cantan pop, muchas, y yo quiero hacer algo diferente. Quiero fusionar la música de Perú con el pop, seguir usando mis polleras… Mucha gente me dice eso: ´me identifico mucho contigo, me encanta que ames de donde eres´. Porque me siento orgullosa de eso. Quiero que me recuerden por alguien que se identifica con lo que es, sus raíces, su cultura, y que quiere difundirla al mundo”.

Mientras Lidia cocina un almuerzo tardío, en el living la Ya No Tan Pequeña Wendy se maquilla y al mismo tiempo mira el celular que le avisa que hoy (ese día) un cantante chileno lanzó una canción en la que ella colabora y que #WendySulca es trending topic.

Y se ríe.

Sueños de campeón

A Daniel García lo mataron en un ataque entre barras del que no tenía nada que ver. Tenía 19 y ya pasaron 18 años, fue después de un 4-0 con el Bati de goleador en la Copa América de Uruguay. Un asesinato con nexos interminables de peso en la política y la Justicia, que explican cómo no hubo ni siquiera un solo detenido.   

El 11 de julio de 1995 estaba en Paysandú, Uruguay, en el estadio Parque Artigas. Había ido con mi familia a ver cómo Argentina ganaba su segundo partido de la Copa América y me ilusioné con el campeonato: fue baile a Chile y un 4 a 0 rotundo. Volví al hotel alegre, con la certeza de que me iba nada me iba a borrar la sonrisa por esta goleada, pero prendí la tele y todo se transformó en pura tristeza.

Tan sólo 45 minutos después del pitazo final del encuentro y a una cuadra de la cancha, hombres encapuchados habían atacado una Traffic con palos, cuchillos, cadenas, botellas de vidrio rotas y estiletes. En esa emboscada, Daniel Hernán García­, que tenía 19 años, falleció por las puñaladas que recibió, mientras que otras tres personas quedaron gravemente heridas. Pasaron más de 18 años y la causa prescribió.

Años después, la conocía a ella y me explicó por qué no hubo nunca ni un detenido por la muerte de Daniel. Ella es Liliana Suárez, su madre, que denunció desde el primer momento que los responsables estaban ligados al poder político, que eran barras bravas y que eran del grupo de choque de Juan Carlos Rousellot, ex intendente de Morón. Pese a que los acusados están apuntados con nombre y apellido, gozan de una plena libertad, culpa de ese innegable apoyo político. Hoy por hoy, busca nuevas pruebas para reabrir la causa y conseguir eso mismo por lo que pelea desde que le mataron a su hijo: justicia.

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De a poco conocí su historia. Daniel García estaba en quinto año del secundario, pero también trabajaba por la mañana de taxista, en el mismo auto que manejaba su papá Pablo por la tarde. Ganaba su propio dinero y no dudó en aceptar la propuesta que le hizo un compañero del Liceo Nº 11 de Villa Urquiza: por 50 pesos ir y volver en el día a Paysandú para ver el partido, con la entrada incluida.

Quiso convencer a su papá, pero él no quería perder esas horas de trabajo y se negó. Dijo que no, pero inmediatamente le hizo una promesa: si el equipo que dirigía Daniel Passarella llegaba a la final, iban a ir juntos en el taxi hacia Uruguay.

Argentina quedó eliminada en cuartos de final y a Daniel García lo mataron cabecillas de las barras bravas de Deportivo Morón y de Tigre que respondían a Rousselot, ese mismo día en que se hizo la promesa.

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Daniel era hincha de Boca, pero ese fatídico día se había puesto para viajar una camiseta de Platense que le habían regalado. No lo hizo en forma casual, su amigo le había comentado que estarían rodeados tanto de hinchas del Calamar como de Defensores de Belgrano. Se juntaron en Saavedra y allí se subieron a una de las dos combis que salían rumbo a Paysandú.

Pese a que era menor de edad y que no llevaba ningún tipo de autorización, cruzaron la frontera sin ningún tipo de problemas y no tuvieron que atravesar ningún tipo de control en ninguno de los dos países, al igual que me pasó a mí. Llegaron una hora antes del comienzo del partido, canjearon la entrada y vieron cómo Argentina le ganaba 4 a 0 a Chile con dos goles de Gabriel Omar Batistuta, uno de Diego Simeone y otro de Abel Balbo.

A las 23.15, cuando sólo habían pasado 45 minutos de la finalización y con Daniel ya sentado en la Traffic que lo iba a llevar nuevamente hacia su casa de Villa Urquiza, comenzó el horror. Desde la combi vio cómo un grupo de hombres empezaba a romper el otro vehículo en el que habían viajado y se bajó a tratar de ayudar. Ni bien descendió observó cómo otros tres compañeros de viaje eran atacados e inmediatamente le tocó a él: recibió tres puñaladas. La última de ellas dio en la aorta, al lado del corazón, y a los pocos segundos cayó desplomado sobre la vereda de las calles Joaquín Suárez y Boulevard Artigas. La policía nunca apareció en el lugar – testigos aseguraron después que vieron un patrullero, pero que no quiso intervenir – y media hora después, cuando finalmente apareció la ambulancia, falleció desangrado mientras se dirigía al hospital Escuela del Litoral de Paysandú. Los otros tres heridos, Martín Vera, Gustavo González y Sebastián Portilla, salvaron sus vidas de milagro.

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Ese día Liliana Suárez veía cómo pasaban las horas y se impacientaba porque su hijo no regresaba. No podía dormir y manejaba su intranquilidad hablando con su marido Pablo, que la intentaba calmar diciéndole que seguro había mucho tráfico y que estarían en camino. Ella dice que en ese momento presentía algo y el primer susto le llegó cuando encendió la radio: ahí escuchó que había heridos en grave estado en las cercanías del estadio. inmediatamente pensó en su hijo Daniel. A los pocos minutos se enteró por la misma vía que su hijo había fallecido.

“Nadie me llamó, yo me entero por la radio que había un chico muerto que se llamaba Daniel García y que había otros tres que estaban siendo operados. En ese momento lo único que deseé es que haya sido un error y nos fuimos en el taxi con mi marido y mi hijo más grande para allá”, recuerda Liliana.

Al intentar cruzar la frontera, los paran y los demoran un largo rato. Pese a las explicaciones y al ataque de nervios que todos estaban sufriendo, los policías uruguayos les impidieron el paso por unos largos minutos. “Nos revisaron todo y no se les movió un pelo cuando les dijimos que teníamos que ir a buscar a nuestro hijo que nos decían que estaba muerto. A la distancia me lamento porque si esto mismo hubieran hecho cuando viajaba Daniel, no hubiera pasado porque era menor, al igual que la mayoría de los que viajaban”, se lamenta Liliana.

Al llegar y confirmar la triste noticia, siguieron las pesadillas: no les querían entregar el cuerpo. Liliana sentía que ella también se moría. Estaba bloqueada, no sabía qué hacer para que las autoridades locales entendieran su reclamo y dejaran que toda la familia se despida de Daniel. Tuvieron que ir a hablar con Guillermo Camarotta, quién por ese entonces era el cónsul argentino en Uruguay, para que los dejaran. “Hasta el día de hoy ni él ni yo ni nadie sabe por qué no nos permitían ver el cuerpo”, agrega.

En ese mismo momento ella empezó una investigación que no fue acompañada nunca de buena voluntad, ni por la justicia ni la política, ni del lado uruguayo ni del argentino.

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Liliana perdió la cuenta de la cantidad de veces que viajó a Uruguay. Allí se reunió con un incontable número de funcionarios, políticos, policías y testigos que siempre le prometían algo que le hacía mantener la esperanza, pero que en todas las oportunidades terminaba en la nada. “Me cansé de las mentiras y de las falsas promesas, me ilusionaron en un montón de oportunidades y siempre me defraudaron. Una investigación judicial si no arranca bien no arranca nunca. Se borraron pruebas, se pisoteó todo.”, aseguró la fundadora de FAVIFA (Familiares de Víctimas de Violencia en el Fútbol Argentino) y quien fue, también, desde la creación la vicepresidenta de Salvemos al Fútbol.

La causa estuvo durante seis años literalmente parada en Uruguay. El juez a cargo, Otto Gómez Borro, fue acusado por querellantes de varios casos de homicidios sin resolver que estuvieron a su cargo y terminaron en la nada. En ese período, Liliana fue hacia la sede social de Defensores de Belgrano y de Platense y llevó a todos los testigos hacia el país oriental. Ella misma se hizo cargo de todos los gastos e hizo que declaren en la causa, ya que el juez no los citaba.

Fue hasta la escena del asesinato y observó que a metros había un puesto callejero que vendía choripanes, algo que todos los jóvenes que declararon ratificaron que también estaba al momento del crimen. Al acercarse y preguntar si recordaba algo, el hombre aseguró que ese día había alquilado el puesto y le aconsejó que por su seguridad dejase de investigar, ya que por miedo nadie iba a querer declarar.

Liliana nunca le hizo caso, nunca paró de investigar y tiene bien en claro quiénes fueron los responsables: barras bravas que respondían al ex intendente de Morón, Juan Carlos Rousellot.

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Pasaron más de 18 años y sigue sin miedo de decir en voz alta el nombre de los que asegura que son los asesinos de su hijo.  Su principal acusado es Máximo Zurita, quien era apodado como “el gordo cadena”. Fue uno de los líderes de la barra brava de Deportivo Morón y el propio ex intendente lo había puesto a trabajar en la Municipalidad. Tenía protección política y policial, al igual que los otros dos apuntados, que eran sus secuaces. Ellos son Ramón Toledo, quién era llamado “Negro Café” y Mario “Pájaro” García. Además, Roberto Britos y Rubén Lézica son los apuntados por parte de la barra de Tigre.

“En todo momento que estuvo Rousellot la Municipalidad fue cómplice. Les pedíamos fotos de los implicados y nos daban unas que parecían de cuando tomaron la primera comunión. Se tomaban todo a chiste, una vez que se fue por suerte me quisieron ayudar un poco más, pero no fue suficiente”, cuenta Liliana, quién recibió el apoyo del actual presidente de Deportivo Morón, Diego Espina, quien también declaró en la causa.

Los implicados formaban parte de la fuerza de choque del ex Intendente y trabajaban, también, en una feria cercana a la municipalidad, que fue cerrada en 2007, cuando Martín Sabbatella era el Intendente, por las reiteradas denuncias que aseguraban que allí se vendía todo tipo de drogas que financiaban a la barra brava.

“Nunca sentí temor por lo que me enfrentaba, juré ante la tumba de mi hijo investigar hasta las últimas consecuencias y eso es lo que voy a seguir haciendo, pase lo que pase”, se enorgullece Liliana, que además agrega que los implicados no forman más parte de la barra brava, pero que siguen yendo a los estadios, tanto de Morón como de Tigre.

Jorge “Zurdo” Ruíz era el principal líder de la barra brava de Morón en el momento en que mataron a Daniel García. Entre 2010 y 2012, fue elegido como presidente del Gallito. “En el caso puntual del asesinato de mi hijo no tuvo nada que ver, pero sabe bien qué pasó y en todo ese tiempo no me ayudó en nada”, asegura Liliana.

Los acusados declararon después de diez años de insistencia y solamente por escrito, a través de un exhorto judicial y de un cuestionario que, según Liliana, estaba mal hecho, con preguntas absurdas y que no iban al fondo de la cuestión. “Mi consuelo es que ellos están apuntados por la sociedad, sólo falta que actúe algún día la Justicia”.

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Liliana viajó recientemente junto con la Defensora del Pueblo, Graciela Muñiz, rumbo a Paysandú para volverse a reunir con el actual Cónsul argentino en Uruguay, Roberto Conde, quién puso a cargo a un abogado de Derechos Humanos. En Uruguay, las causas por homicidio prescriben luego de quince años, la de Daniel ya lleva 18, pero Liliana presentó nuevos documentos para que se reabra y tiene la esperanza de que de una vez por todas le entregarán el video de seguridad del estadio.

Mientras tanto sigue, firme y sin vacilar un segundo. Recordando con alegría y sin derramar ninguna lágrima por su hijo para que su familia la siga viendo así, con fuerzas y entera. Luchando contra las fuerzas políticas, contra la injusticia de la justicia, sin recibir ninguna ayuda de la AFA, que además se desliga de la responsabilidad acusando a sus pares de Uruguay. Una misma organización que cuando se jugó la Copa América de 2011 en el país – hasta coincidió con la fecha de aniversario de la muerte de Daniel – se negó a que los jugadores ingresen al estadio con una bandera en su homenaje. Sin embargo, Liliana llevó la bandera y la posó en las afueras del estadio Ciudad de la Plata, mientras se jugaba la final entre Uruguay y Paraguay.

Luego de insistir, pudo lograr que en el partido amistoso entre Argentina y Brasil que se jugó meses después en Córdoba dieran una vuelta olímpica por el estadio Mario Alberto Kempes, algo que generó la ovación de toda la gente. Luego del partido, fueron a los hoteles de los futbolistas, en donde brasileños y argentinos se sacaron fotos pidiendo justicia por Daniel.

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Desde este 11 de julio que se juega la Copa Daniel García. Allí, veinticinco chicos de ocho años jugaron en Lugano un torneo relámpago de dos horas con el valor que más recuerda Liliana de su hijo como bandera: respetar al otro. Allí se levantaba al rival si había una falta, se hacía una ronda previa en donde se saludaban todos y se abrazaba obligatoriamente a quien hacía un gol. “Cada aniversario siempre es un día feo, con lluvia y con muchas sensaciones. Este torneo fue algo distinto, fue una sorpresa, una alegría y una forma de mostrar que el mensaje educativo de Daniel sigue vivo. Lo recuerdo con mucha alegría y la mejor forma de homenajearlo es honrarlo con una sonrisa”.

Todos los años se jugará este nuevo certamen, en dónde cada chico que juegue se preguntará quién fue Daniel García, ese pibe que tenía tan sólo 19 años. Mientas tanto, Liliana Suárez no parará hasta que se reabra la causa y hasta que los culpables del asesinato de su hijo estén presos.

En definitiva, no parará hasta conseguir eso por lo que lucha desde el día en que le mataron a su hijo: que se haga justicia.

“Quedó una dictadura”

El papá de Juan sabe que a su hijo lo mataron. También sabe que en San Pedro, Jujuy, no es el único caso. La Policía entra a casas, patea puertas y levanta chicos de los barrios marginales. Trampas con paco. Abogados que aseguran no tener tiempo. En Argentina, el infierno.

A una cuadra de la estación de micros de San Pedro, Jujuy, unas chapas escritas con tiza hablan de injusticias cotidianas. Proponen, como respuesta, la acción del pueblo. Parece lo que estaba buscando. Aprovecho mi soledad, mi tiempo libre. Sé que si falla esta investigación, sigo de vacaciones, o sigo la Ruta 34 a ver en qué anda Ledesma, en qué anda Tartagal. En una casa me dicen: “Son de Marcelino Romero, se lo respeta mucho. Preguntá al lado”.  Voy.

-¿Conoce a Pablo Juarez? Sé que milita contra la represión policial y vi un graffiti “Dr. Juarez, el pueblo está con usted”.

El señor, vestido de entrecasa, con la puerta abierta y la reja cerrada, no lo conoce, pero me recomienda preguntar en la peluquería de esa misma cuadra. Cree que es familiar de la dueña.

– Pero esperame un poco.

Se va y vuelve al rato con unos papeles. “Polémica entre el cerebro y el músculo. Los protagonistas de esta discusión son un abogado y un albañil, el primero representa a los trabajadores teóricos e intelectuales, que son dueños de un poder valorado por esta sociedad; el segundo representa a la CLASE OBRERA, muy especialmente al 90% de los obreros que nacen, viven y mueren pobres en esta sociedad mal gobernada”, dice impreso en máquina de escribir. “UNA ENSEÑANZA EJEMPLAR DE PADRE A HIJO (Cuento)”, “LO MÁS GRANDE QUE HAY SOBRE LA TIERRA ES EL OBRERO” y  el único impreso en computadora: “33 Consejos para la perfección humana”. Prometo leerlos más tarde.

En la peluquería me dicen que ese Juárez no era a quien yo buscaba. Vuelvo a girar sin rumbo, buscando un lugar donde parar. Una mochila enorme y un aislante hacen que me vea raro en el silencio de la calle. Las pocas personas que encontré –la mayoría andando en moto- pararon amablemente y me mandaron a hoteles de lujo, a la nada, a la mierda y a un telo. Preferí la nada, el calor quemante de la plaza. Leí los papeles y volví a arrancar. Encontré un hotel que parecía barato. No lo era.

Llamé otra vez a ese supuesto número de Pablo Juárez en el que nadie me había atendido tantas veces. Me atiende. Arreglamos la entrevista para la mañana siguiente en la plaza central.

Vino con el padre del único caso de asesinato que se conoce hasta ahora. Nos metimos en un bar.

-Hablé con Marcelino Romero. Me mandó a una peluquería y me dijeron que nada que ver con vos. Vi también unas pintadas.

-No, nada que ver conmigo. Ese… bueno, mejor dejalo ahí.

Cuando las demás mesas no miran, me cuentan que los mandan de un lado para otro, que les dan un abogado que está a cargo de los juicios de lesa humanidad y no tienen tiempo. Casos de tortura que se ven por semana: 10. “¡10 que se ven!” Mayormente a los mismos chicos, que no pueden defenderse, de barrios sin recursos, que van a un boliche y son levantados sin ninguna razón por policías borrachos. Les pegan, les roban.

Juan Gómez: Yo pasé la dictadura siendo joven. Veía todos los días lo que hacían. Se fueron, pero quedó una dictadura apoyada por los gobiernos de turno. Ahora le toca a cualquiera. No le importa si tienen orden de allanamiento o no. Entran, golpean bebés, te rompen todo, te ponen armas en las cabezas.

Se calla y mira por la ventana. Lo mira a Pablo y señala un auto de policía.

-Ese es de la Brigada de Barbosa –me dice Pablo-. No te preocupes, Juan.

– A mi hijo, Juan Martín, “Sonrisa” -le decían porque se llevaba bien con todos-, lo detuvieron por última vez el 3 de noviembre de 2011. Lo torturaron y recién el 4 lo llevaron al hospital La Esperanza, que es donde los médicos son cómplices porque nunca hacen la denuncia. El agente Barbosa, la mano fuerte de la Brigada de Investigaciones, lo esposó con otros dos, le tiraron agua hervida. El 6 hice la denuncia. La información de Tribunales rápido le llegó a la policía porque abogados, fiscal, ayudante de fiscal, abogados, jueces, son todos una familia. “¿Cuánto quiere tu viejo para quedarse piola?”, le preguntaron a él. Si me hubieran hecho caso, mi hijo estaría vivo. Para colmo, de todas las detenciones que tuvo, nunca le comprobaron nada. Después de un proceso de recuperación de adicción al paco –el Rey de San Pedro-, el 17 de junio fue la primera vez que salió solo. No volvió. Cualquier persona te va a contar que saben quiénes son los que venden y que tienen que ver con la policía. A él lo obligaban a ir a Jujuy a vender paco.  La gente me contó el recorrido que él hizo. Tengo entendido que también lo llevaron a Bolivia.

Me cuenta que lo mataron en la casa de un policía, que apareció incrustado en el ventiluz del baño, por el que claramente se hubiera dado cuenta de que no pasaba. Estaba asfixiado por su campera. La policía dice que quiso entrar a robar. Juan está seguro de que lo hicieron ir con alguna excusa y ahí lo asfixiaron entre varios. Las versiones de cómo lo encontraron fueron difiriendo con el paso del tiempo y según quién las dijera. El celular de Sonrisa le llegó a Juan reseteado y sin bolsa, por lo que no lo puede ya peritar. Una señora de edad que vive en la misma cuadra donde mataron a Martín asegura que esa casa es un aguantadero, que nadie va a entrar a robar ahí.

Al hermano de Juan lo levantaron en diciembre mientras trabajaba. De las ocho personas que había, solo lo pararon a él. Lo desfiguraron a golpes al grito de: “Si siguen jodiendo con el tema de Sonrisa, ya saben lo que puede pasar”. La protección para la familia todavía no llegó. Al hermano de Sonrisa, Daniel, también lo agarraron. Dijeron que tenía marihuana, pero no existió ningún secuestro. “No lo trataron mal porque no les dimos tiempo”, dice Juan. “¿Tu viejo es quilombero? Se viene con todos los Derechos Humanos encima”, le preguntaron a Daniel. Cuando Juan se retiró de la comisaría, cerca de las 17, Daniel pidió ir al baño. Cuando estaba ahí, un policía lo chicaneó, él contestó y lo amenazaron:

-Vas a necesitar una manito, ¿no?

.-Sí, traé la tuya.

-Ya te vamos a dar todas las manos que vos quieras cuando te metamos en el calabozo.

A Walter, tío de Sonrisa, el 26 de enero, lo volvieron a agarrar. “Le hicieron una cama. Estuvo 33 días porque le pusieron paco en el auto. Salió porque pude ponerle un abogado. Lo que consta en el expediente es que le secuestraron tres gramos de paco. Lo que salió en los medios es que es jefe narco, con auto de alta gama de dudosa procedencia, que desbarataron a la banda. Cuando logramos retirar el auto, le faltaba una de las llaves. Nadie se quiso hacer cargo. Vamos a tener que hacer otra llave porque en cualquier momento pueden agarrar el auto y meterle droga adentro. No es fácil para nosotros cambiar la cerradura por el costo”.

-El fiscal Catán y el ayudante, Flores, se lavan las manos como quieren –dice Pablo-. Catán, enviado por el juez Samann, retiró todo tipo de documentación que había en las comisaría entre los años 73 y el 84. Nunca dieron aviso a ninguna otra fiscalía. Flores entra a las comisarías, a las celdas, insulta a los chicos, los patea, los escupe. No hay contención del Estado, todo lo contrario. Nos cansamos de discutir con la asesora de la secretaría de Derechos Humanos de la provincia, María Luciana Eichenberger, que dice que no tiene poder para actuar. ¿Quién le tiene que dar poder? Recién cuando el Alem la llamó hizo algo. María Luciana Eichenberger se manejó de una forma totalmente déspota. Ni siquiera tomaron las denuncias. ¿Dónde están acá los derechos humanos de los pobres? No hay un abogado estatal para lo que está pasando en San Pedro. En ningún momento hubo una respuesta del estado. “Es un problema judicial”, nos dijo el subsecretario de Derechos Humanos de la Nación, Luis Alem. “Vayan a Acceso a la Justicia”. Cuando fuimos al ministerio de Justicia para hablar con el viceministro, nos atendió el secretario de su secretario y nos dijo que lo tenía que ver Derechos Humanos. Hablaron con Juan Manuel Civila. Él fue sincero: no se podía dedicar porque los juicios de lesa humanidad le quitaban el tiempo. Por eso vamos a volver a Buenos Aires para conseguir que traigan un abogado que se dedique.

Terminamos la entrevista y Pablo me invita a seguir investigando juntos. Me lleva a lo de la madre de otro chico perseguido. Al hijo de Gladys lo metieron en “el tema drogas” a los 14 años. Primero le regalaban, después tenía que vender tres de los cinco paquetes. Hasta que se consumió todos y lo obligaron a robar, después de enseñarle, para pagar. El doctor Samann prometió buscar un lugar para que se recuperara. El lugar solo existió para las cámaras de fotos. Después era chamuyo. Ni un psicólogo. Le tuvo que llevar comida. Al otro día tenía una hematoma en la cabeza y la planta de un borceguí marcada en la espalda. El cuartelero había abierto las puertas para que quien quisiera violara a los que hubieran violado. Gladys le pidió que no se metiera. Él prometió mantenerse apartado, pero le pidió 20 pesos para comprarle marihuana al cuartelero, así no le pegan. Las pastillas para el tratamiento de conducto que dejó no le llegaron al hijo. La respuesta del fiscal Samann, dice Gladys: “Bueno, ¿qué querés? Si tenés un hijo delincuente ¿querés un hotel 5 estrellas?” Cuando amenazó con ir a algún organismo de derechos humanos, el hijo salió libre.

“Así se repitió dos veces más -sigue Gladys-. La cuarta, el doctor Froilán Flores me dijo que mi hijo era consumidor y que entonces lo iba a tener tres meses para que aprendiera. ‘Usted se acuerda de Gómez, el que murió en barrio Bernacchi. Yo creo que no le gustaría que su hijo muriera así’. Nunca supe cómo interpretar eso”.

La quinta vez, el 15 de noviembre, ni importó que la ropa de su hijo y la de quien había robado una moto fueran similares, ni que la que llevaba no fuera una Tuning. La denunciante dijo que el hijo de Gladys no había sido. No importó.

Cuando Gladys, en 2010, denunció ante la policía a quienes vendían, le rompieron la puerta de la casa.

Ahora, si intenta trabajar, la policía les avisa a los patrones que él se droga e inmediatamente pierde el trabajo.

-Cuando mi hijo consumía, los narcos entraban a mi casa y a la de mi mamá y se llevaban todo.

-¿Conoce muchos casos como los de su hijo?

-Sí.

Vuelvo a lo de Pablo. Me cuenta la historia de Diego Constancio, un pibe de 23 años. Se tuvo que ir de San Pedro para que dejaran de perseguirlo.  Lo detuvieron por denunciar que el agente Facundo Quiroga, de la Brigada de Toxicomanía, tiró un paquete en un cajón de gaseosas mientras hacía un allanamiento a un kiosco. Antes de declarar, lo amenazaron con matarlo, con hacerle la tortura “submarino” y hasta con desaparecerlo. Por eso se tuvo que ir un tiempo de San Pedro.

Me encontré con Diego para escucharlo de su boca, pero la historia seguía:

-A la salida del baile, nos decían “Andá a dormir”, y nosotros no íbamos. Ahí nomás nos metían adentro, así, por borrachos. Después de lo del kiosco me pasó que un sábado a la noche no quería salir para trabajar el domingo. Me levanté a las 10. Bajé para ir a laburar, caminé por el pasillo, así –por las señas, parece ser angosto-, de mi barrio. Vi que venía caminando uno a mi costado. Del otro lado, otro vago. Miré para adelante y tenía a un patrullero de la Brigada de Investigaciones. “Vení para acá”. ¿Para qué? Yo digo chu, ¿por qué me llevan? Me querían hacer una causa, o no sé si me la hicieron, de un tele, un televisor. No salí anoche. ¿Tengo olor a alcohol? ¿Estoy trasnochado? Me metieron adentro del patrullero. ME llevaron al Paterson, no tenía nada. Después, en la comisaría sí me dieron, en la 9na, donde está Barbosa. Me tiraban de las manos por atrás, cuando estaba esposado. Como a las 12 mi mamá me llevó la comida. No me la dieron. Me la dejaron a las 9 de la noche. A todo eso, me sacaron fotos… Y a la noche me dijeron: “Vení, firmá”. Y yo no sé leer. O sea, más o menos. “Firmá si querés salir. Ah, y una cosita: no vayas a querer decirle a tus vecinos que te trajimos por el tele”.

-¿Viste a los policías en funciones en pedo?

-Sí.

Nos llega un papel con seis nombre, seis edades de entre 15 y 26 años, seis direcciones con sus barrios y seis divisiones distintas de la policía. Salimos en moto. Todos allá se mueven en moto. “El transporte público es muy caro y muy malo”, repiten los sampedreños.

En el Barrio Niño Jesús:

-Manzana [dice un número], lote [dice otro número]. Acá tiene que ser –me dice Pablo Juarez cuando me bajo de la moto.

Meto las manos entre los tablones de madera. Aplaudo.

-No, no lo conozco.

-Sigamos

-¡Eh, [dice un apodo]! Él es periodista –le dice Pablo-. ¿Le querés contar lo que te pasó a vos y en qué andás ahora?

-Aquí en el Norte no hay justicia. Te agarran y si no tenés abogado, te fajan. Tengo 28 años. A los 18 fue la primera vez. Después a los 25 y ahora hace 4 meses. No quiero caer más por el abuso que hacen ellos. Varios chicos sufren mucho ahí adentro. Son olvidados, procesados en San Pedro. Acá no es un lugar para ser procesados. Es un proceso de 9, 12 meses. Cuatro celdas con cuatro personas adentro. Solo 3 horas de recreo separadas. No podés pedir que te saquen al baño. Después, se abusan con golpes físicos, picana. Todo lo que te podés imaginar. Nadie hace nada. No contamos con recursos para contratar a un abogado que haga valer nuestros recursos. Lamentablemente ya estamos acostumbrados y no va a cambiar nunca en esta parte del país. Los abogados del Estado no hacen nada. Te dejan ahí por robo simple, o un supuesto hurto, y te procesan 6 meses.  Llegás a juicio y te condenan. Cuando te levantan, solo lo hacen por fijarse en tu cara. Si un porteño se levanta una moto acá y a cinco metros, yo me levanto otra, me van a parar a mí. Hay mucha discriminación. Mayormente con la gente humilde. Hay changos que sufrieron abusos. Yo personalmente los vi. Bolsa, quemaduras con agua hirviendo, picana, golpes en los riñones. A la mayoría les rompen los tímpanos. A Martín Gómez, todo el mundo lo sabe, lo mataron. No fue un accidente. Lo mató la policía. Tengo miedo de que me vuelvan a detener, no quiero seguir saliendo.

-¿Drogas circulan en las comisarías y las cárceles?

-Si yo tuviera que hablar, amigo… Tengo miedo por mi seguridad. No sé qué puede pasar. Temo por mí, mis compañeros y mi familia. La policía hace lo que quiere.

-¿Seguimos? ¿Qué dice el tercero?

-Barrio Libertad. Se llama así porque los propios vecinos se organizaron para construir sus casas. No dejaron que entrara nadie a aparatear.

Arranca, saltando pozos, esquivando piedras, mirando para atrás para cuidar que nadie nos siguiera. Llegamos, preguntamos un par de veces. Nadie conoce esos nombres. Los lotes cambiaron de numeración. Vemos a unos pibes laburando en una casa.

-Amigo, ¿cómo andás? Estamos buscando a [nombre tal], de [tal manzana y lote]. Somos de derechos humanos. Él es periodista de Buenos…

-Ah, son de derechos humanos, ¿quieren hablar? –dice uno a los demás. Había algunos adentro. Eran siete.

-Vengan, vamos al cuarto –se acomodan, bromean sobre la autoridad del pibito porteño, se piensan apodos y sin mucha introducción, empezaron.

-Yo –dice Chichani, de 23 años, tiene dos tiros de escopeta marcados en la panza. Se los dio el hijo de un oficial retirado con el arma de su viejo- una vez estaba en la plaza, sentado con los compañeros que venían a trabajar. Llegó la brigada, me pidieron solo a mí los papeles de la moto. De la nada. Perdí horas de laburo que ya no me pagan por esa detención. “Vení a dejar los papeles. Si vos no venís, ya sabés lo que te va a pasar”, me decían.

-Ellos hacen así –dice Andrés “Chupito”, que más tarde me enteré que sabe mucho porque es médico de la gendarmería-: entran, revientan y sacan a los chicos, todo.

-¿A todos acá los agarraron?

-Sí –dejan claro siete voces-.

-Yo estaba durmiendo a las cinco y algo de la mañana –vuelve Chichani-, siento un ruido de la puerta. Era la policía de la Brigada de Investigaciones “Todos al suelo”, dicen. Me echaron agua ardiendo ahí nomás.

-Los de la novena –insiste Chupito- hicieron dos veces un allanamiento: “No sabíamos que ya habían venido”, dicen.

-Me dieron picana por la espalda -sigue Chichani-. Cuando vuelvo tarde a mi casa, tengo que ir orillando para que no me agarren.

-Querés conocer la causa y no te dicen –sigue Chupito-. Yo estoy en la medicina y por eso no me joden a mí. A los demás los llevan.

-“La muñeca” Barbosa ya está acostumbrado –sigue Chupito- a golpear a los chicos. Al hermano de Seba lo golpearon solo por ser hermano.

-Los días sábado -habla por primera vez Chemín, que tiene catorce disparos de goma en el cuerpo. Se los dieron adentro de la comisaría 9na- se ponen a tomar pasando la calle 9 de julio y quedan re machados.

-¿Y qué hacen –intervengo- cuando los cagan a tiros adentro de la comisaría? ¿Los llevan al hospital?

-¿Qué te van a llevar al hospital? Hay una médica –vuelve Chupito- que no te hace ningún estudio. Te toma el nombre, te dice que levantes la remera y ni te mira. Y listo. Él –señala a Chichani- tenía el dedo reventadísimo y ni lo vio. Cuando pedimos ir al baño, nos tuvieron diez horas para ir. “¿Cómo hago yo para ver a mi abogado?” “No, eso se ve solo en las películas, me dice Barbosa”. Él me tiró una cachetada que yo esquivé. “Vos me tocás a mí y perdés tu laburo”, le dije, y se disculpó: “Vos ayudá con la causa y listo”. Después se desquitaron con un vago en la celda de al lado.

-¿Es cierto que les dan cinco paquetes y si no venden tres, cagaron?

-Si te negás o te quedás las cosas, te liquidan –dice Chupito-, así como le hicieron al changuito Martín Gómez. Le hicieron la causa de que se había muerto solo. Mentira.

Me cuentan que la fiscal pasa a veces por donde ellos se junten, pasa bien, bien despacio. La brigada también, en un Fiat blanco. Además de todo eso, les roban lo que tengan. Se quedaron hasta con una moto con papeles, dicen. Supuestamente está en San Salvador. Les hacen estar culo para arriba, con las manos en alto, arrodillados, sin apoyar el culo… Lo que se les ocurra para divertirse un rato. También cuentan que se quedan con la comida, que nadie es bueno “adentro”.

Chupito agrega información de otros casos: “Los changos se amotinan, prenden fuego para que vaya el juez. El juez va y también los caga a palos. A algunos ya no les importa nada y se cortan. Nos lo dijo un chico cuando entramos nosotros”.

Efectivamente, mientras estábamos ahí adentro, pasó un patrullero de civil mirando para adentro.

Al día siguiente, estaban cuatro de ellos en una de sus casas cuando entró la policía sin ningún motivo, cerca de las 22. Vieron que estaban con el médico y se calmaron. Dijeron que tenían información de que había dos motos robadas. Revisaron y encontraron una sola, pero con todos los papeles en regla.

Pablo me acompaña a agarrar la mochila. Vuelve a mirar para todos lados. Acelera en la moto, frena. Espera. Deja pasar autos. Avanza hasta la terminal.

“Se juzga un Genocidio”

El miércoles 28 de noviembre el Tribunal Oral Federal 5 dio comienzo al juicio más grande por delitos de lesa humanidad de la historia de Argentina. Se trata de las audiencias por la tercera parte de la megacausa ESMA donde aparecen 68 imputados con nombre y apellido acusados por 800 delitos, entre los que surgen por primera vez los pilotos y responsables de los “Vuelos de la muerte”. Dos mil testigos y por lo menos dos años de duración de un juicio en donde las organizaciones de derechos humanos sostienen que se juzga un Genocidio.

Fotos: NosDigital
“Muchos de los que están aquí fueron procesados por mí, a la distancia, y verlos sometidos a juicio es a lo que cualquier juez aspira, sobre todo por hechos tan graves como éstos y que se esté haciendo en Argentina es un triunfo para todos y sobre todo para las víctimas”, esas fueron las palabras con las que definió el juez Garzón lo que se vivía en la sala de audiencias por la megacausa ESMA, ante la presencia de todos los militares acusados.
Se leyeron los 789 nombres de las víctimas, casos distintos, pero con muchas similitudes: violencia sexual, ejemplos de sometimiento a trabajo esclavo con funciones en distintas dependencias, circuitos de traslados, tortura de niños. La singularidad entre tanta aberración es que por primera vez llegarán a juicio oral seis pilotos acusados de tripular los aviones que se utilizaron para arrojar secuestrados con vida al Río de la Plata en los conocidos “Vuelos de la muerte”. Los pilotos asesinos están identificados: Mario Arru, Alejandro D’Agostino y Enrique De Saint Georges, de Prefectura, y Rubén Ormello y Julio Alberto Poch, de la Armada. Se los acusa por más de cincuenta homicidios. A estos nombres se suma Emir Sisul Hess, quien integró la Escuadrilla Aeronaval de Helicópteros y quedó imputado luego de que confesara en privado su participación. La Unidad Fiscal de Derechos Humanos logró identificar que los tres pertenecientes a Prefectura fueron los responsables del famoso “vuelo anómalo” que el 14 de diciembre de 1977 arrojó al mar al grupo de la Iglesia de la Santa Cruz, entre quienes se encontraban las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet y las Madres de Plaza de Mayo Esther Careaga, Mary Ponce de Bianco y Azucena Villaflor. Se trató de una metodología utilizada reiteradamente en la última dictadura militar para deshacerse de las víctimas que antes habían sido secuestradas y que permanecían cautivas en la ESMA. Las víctimas elegidas eran “trasladadas”, como llamaban los militares a las eliminaciones físicas, las llevaban desde el centro clandestino a distintos aeropuertos o bases militares que tuvieran pista de aterrizaje. Ahí, “se las ingresaba a las aeronaves desde las cuales posteriormente eran arrojadas con vida en pleno vuelo”, según consta en la causa.
El fiscal Eduardo Taiano fue claro en cuanto a la importancia de juzgar estos delitos: “Es el último eslabón del sistema implementado por las Fuerzas Armadas, por ello considero que se debe tener a los nombrados como partícipes necesarios de las privaciones ilegítimas de la libertad y de las torturas, toda vez que realizaron un aporte sin el cual el hecho principal no hubiera podido cometerse. Asimismo, dado su rol de tripulantes de los viajes en los que los detenidos desaparecidos eran arrojados al agua en pleno vuelo, deberán responder en calidad de coautores de los homicidios”.
Esta tercera etapa había pasado por dos previas demoras. Hubo dos amagues, la primera fecha propuesta para el comienzo había sido en agosto, pero se tuvo que posponer para que pudiera ingresar el expediente por “Vuelos de la muerte”. En octubre, tras el cambio de fiscales- se retiró Mirna Goransky e ingresó Guillermo Friele- fue necesario un tiempo acorde a lo que amerita el conocimiento de esta gran causa.
Los ánimos de las organizaciones sociales y de los familiares apuntan al logro que es para ellos llegar a esta instancia de colocar en el banquillo de acusados a casi setenta represores. Los miembros del Colectivo JusticiaYa creen fervientemente que se trata de un proceso judicial histórico y así lo expresaron en un comunicado: “La desaparición de nuestro compañero Julio López el día de los alegatos en el juicio contra Etchecolatz confirma que estas causas no son sólo temas del pasado sino actuales y del futuro. Tenemos la convicción de estar construyendo y recorriendo un camino de justicia para nosotros y para nuestros hijos”.

Un pedido que es de todos: Salvemos al Fútbol

Dos integrantes de la ONG Salvemos al Fútbol, que busca un cambio radical para terminar con la enfermedad de la violencia en el fútbol y llevar a la justicia todo hecho de violencia o corrupción en el ambiente de la pelota, nos visitaron en el piso de Vámonos de Casa para contarnos su lucha.

Alberto García, hermano de Daniel, asesinado en la Copa América de Uruguay 95, y Norma Roldán, madre de Matías Cuesta, hincha de Atlanta que perdió su vida en un partido ante Flandria en 2006, nos visitaron en el piso de Vámonos de Casa (todos los domingos, de 23 a 01, por Radio Link) para contarnos de qué se trata su lucha en Salvemos al Fútbol, la ONG que busca llevar a la justicia todo hecho de violencia o corrupción en el ambiente de la pelota. “El fútbol es una gran caja negra, como es la política. No tiene control: a casi todo tienen acceso los barrabravas. Cuando fue la guerra de los quinchos en River, se peleaban por el pase de Higuaín. Ahora, con toda la plata que le entra a los clubes por el Fútbol Para Todos, han aumentado también las muertes en las canchas y no parece algo casual”, indicaron, al mismo tiempo que definieron como “inoperante” a la Justicia, porque la mayoría de los asesinos que causaron las 269 muertes por la violencia en el fútbol andan sin castigo ni condena.

Además, desde la ONG alzan la voz en contra de la Asociación del Fútbol Argentino, tan atenta para algunas cuestiones pero que se hace la distraída cuando de violencia en el fútbol se trata. “La AFA nunca se hizo cargo de los muertos producto de la violencia. Para ellos son cosas aparte, que no tienen que ver con el fútbol. Cuando ocurrió lo de Emmanuel Álvarez (el hincha de Vélez que fue baleado en 2008 cuando iba en micro hacia la cancha de San Lorenzo), Aníbal Fernández dijo que era algo que podría haber pasado en cualquier colectivo de línea que llevaba gente. Pero siempre pasa en los partidos de fútbol, y con barras en el medio, porque la Policía deja zonas liberadas”, denunciaron y señalaron a quien es el mandamás del Fútbol Argentino hace 33 años como uno de los máximos culpables, aunque no el único. “Grondona es un hábil declarante, tiene mucha cintura política, ha convivido con los militares, con todos los presidentes democráticos, es intocable para todos. Las provincias pueden ser intervenidas, como ocurrió con el caso María Soledad en Catamarca, por ejemplo, pero la AFA no. Ahora no respaldó a Cantero, que lo han dejado solo en esta lucha”, explicaron.

Invitamos a escuchar la entrevista completa (http://www.nosdigital.dreamhosters.com//2012/03/vienepirse/), a sumarse a Salvemos al Fútbol (http://www.salvemosalfutbol.org) y a indignarse con la larga lista de victimas por la violencia en el Futbol Argentino a lo largo de la historia (http://www.salvemosalfutbol.org/listavictimas.htm).

Lugones, familia picana

Tan solo se trata de contar una parte de la vida de una familia de renombre atravesada por la fatalidad en la construcción de nuestra nación. Desde Yrigoyen a Videla, con la picana como protagonista ineludible. Pasen y lean una más de las paradojas de la Historia argentina.

Imagen: NosDigital

Al apellido Lugones le cuadran unos cuantos términos: poesía, inventivas, política, engaño, romances, secuestro, picana. Una mezcla de todo un poco, con los sellos macabros y también de revelación, necesarios para dibujar entre esta conjunción la tragedia absoluta en torno a una sola familia. Cuatro generaciones distintas, desde bisabuelo a bisnieto. Épocas diferentes, pero también historias diferentes. Dos suicidios y un asesinato, con la Historia argentina de testigo. En unas líneas intentaremos desenredar cuál ha sido el legado sanguíneo del escritor ideológicamente bipolar, Leopoldo Lugones.

La inestabilidad política de Leopoldo Lugones viró de un joven socialista, en Córdoba con su incursión como periodista en El Pensamiento Libre, publicación considerada atea y anarquista, a un fanático nacionalista para definirse antidemocrático sus últimos años. Sus poemas lo alzaron como uno de los escritores más reconocidos de Argentina, pero también sus discursos hicieron que recibiera críticas muy duras por su empatía cada vez más evidente hacia los gobiernos militares.

Durante los últimos doce años de su vida mantuvo un romance a escondidas de su matrimonio. En 1926 conoció a Emilia Cadelago, una joven estudiante de letras que le pidió un libro que no podía conseguir, y luego lo enredó en un juego de erotismo y literatura. “Aglaura”, diosa griega que representaba lo brillante, es el pseudónimo que Lugones eligió para dedicarle cartas y poesías enteras. A partir de esta historia aparece el nombre de su hijo, Leopoldo Polo Lugones, quien estaba indignado por este vínculo y se encargó de presionar a su padre hasta el último día.

El 18 de febrero de 1938, Lugones se suicidó. En una habitación de la posada El Tropezón, en el Tigre. A su clásica medida de whisky le agregó arsénico. Las presiones por una pena de amor o la situación política en Argentina. Nunca se esclareció la razón, si es que había una sola. Pero apenas se suicidó, Polo, su hijo, no quiso hablar más del tema, mientras que Emilia Cadelago dispersó la versión de que él mismo era el responsable de ese final, por amenazas que le había hecho llegar a su familia si continuaba viéndose con su padre. No se vieron más, pero al morir ella pidió que en el ataúd colocaran un regalo que él le había hecho.

Leopoldo, Polo, fue el único hijo. Se lo reconocía como un  feroz interrogador además de haber sido el responsable de institucionalizar el uso de la picana eléctrica y otros métodos de tortura a detenidos políticos opositores. Durante la presidencia de Alvear fue director del Reformatorio de Menores de Olivera, donde lo procesaron por corrupción y violación de menores. Al momento de su condena a diez años de cárcel, el entonces presidente Yrigoyen lo salvó a pedido de Lugones padre, “por honor a la familia”. Después del primer golpe de Estado en Argentina, Felix Uriburu lo nombró comisario inspector de la Policía, en la misma dependencia en la que figuraba su prontuario, que lo calificaba de “pederasta” y “sádico conocido”.

Desde su nuevo rol, Polo Lugones implementó la picana como método de tortura en interrogatorios, aplicándola en el sótano de una vieja penitenciaría de la calle Las Heras. Su final se escribe al igual que su padre: opta por el suicidio, pegándose un tiro en 1971.

El siguiente personaje de la familia es mujer. Susana Piri Lugones, hija de Polo. Desde su nacimiento acarreaba una renguera producto de tener una pierna más corta que la otra. En textos se la recuerda como una joven de humor ácido, siempre justificando que era mucho más difícil sobreponerse a los comentarios sobre su padre torturador que a las cargadas y burlas por su físico. Su carta de presentación, desde su propia boca, solía ser “la hija del torturador y la nieta del poeta”.

Su sangre le pesaba por un pasado trágico, casi de novela. Sin contención familiar, emprendió una vida llena de dolor y caos, con las contradicciones propias de una adolescente. Odiaba a su padre. Más grande se casó y tuvo tres hijos a pesar de que por consejo médico los embarazos fueran un riesgo para su salud. La herencia literaria la saldó a través del trabajo editorial.

En plenos años ´70, cuando el panorama político en Argentina ya estaba definido, optó por hacerse montonera, ya con 50 años.  Se entregó a tareas clandestinas tanto de información como de inteligencia hasta que el 24 de diciembre de 1978 fue secuestrada en un departamento de Barrio Norte.  Al menos estuvo en tres centros clandestinos de detención, y fue torturada con la picana eléctrica que su padre convirtió en herramienta de trabajo cotidiano para los torturadores argentinos. Según registros, aunque no es una certeza, habría muerto al poco tiempo, cerca del 17 de febrero del año siguiente.

Aquel multitudinario desierto conquistado

Acompañanos en un sobrevuelo bien rasante y veloz por un pedazo de la historia argentina que nos marcó como pocos otros. La mal llamada Conquista del Desierto encabezada por el personaje de los billetes violetas en las palabras de los protagonistas.  

Ocupación militar del Río Negro en la expedición al mando del General Julio A. Roca, de Juan Manuel Blanes

 

Imagínese estar por el barrio porteño de Caballito, y usted, amante del fútbol no tiene mejor idea que ir a visitar la cancha de Ferrocarril Oeste. Es día de partido y a unas cuadras ya siente el griterío, al estar frente a él lo ve completamente lleno: las entradas están completamente agotadas y los 24 mil lugares están ocupados. Sonríe y sigue su camino. Pero al hacer unos metros un completo desconocido –de barba larga, bigote tupido y ya entrado en años- le dice con total naturalidad: “no hay nadie en el estadio eh, ¡ni un alma!”. Lo ignora y prosigue, un loco más, píensa. Sin embargo, hace 120 años un loco con las mismas descripciones nos hizo creer que 24 mil indígenas constituían un “desierto”. Así, en esta nota nos encargaremos de esos prisioneros que a pesar de ser invisibilizados tuvieron un destino, trágico destino de muerte.

“El año 1879 (…) ha visto realizarse un  acontecimiento cuyas consecuencias sobre la historia nacional obligan más la gratitud de las generaciones venideras que la de la presente (…).Ese acontecimiento es la supresión de los indios ladrones que ocupaban el Sur de nuestro territorio y asolaban sus distritos fronterizos: es la campaña llevada a cabo con acierto y energía, que ha dado por resultado la ocupación de la línea del Rio Negro y del Neuquen.”[i]

Con estas líneas se iniciaba el “Informe de la Comisión Científica Agregada al Estado Mayor General de la Expediciónal Río Negro (Patagonia)” ordenada por el mismísimo Julio Argentino Roca en 1879 para dar cuentas al Congreso de la Nación sobre su grandiosa gesta civilizatoria.

¿Qué nos cuenta el propio Roca acerca de los prisioneros? Terminada la conquista, en ambas Cámaras mostraba los resultados: 1271 “indios de lanza” incorporados al Ejército Nacional o a la Marina, 600 “indios fueron enviados a Tucumán, con destino la zafra” y “muchas mujeres y niños distribuidas en el seno de familias que los solicitaban, con intervención de la Sociedad Benéfica y el Defensor de menores”[ii].

Por ahora la cuenta nos cierra que sabemos que dos mil terminaron ya sea incorporadas a las Fuerzas Armadas encargadas del propio exterminio y despojo de las comunidades, otras tantas como mano de obra servil en los ingenios azucareros tucumanos. Sobre las “muchas” mujeres y niños, lo mismo, separadas de sus familias se convertirían en servidumbre para las altas casas de la elite.

Darío Aranda en Argentina Originaria, nos cuenta que otros tres mil fueron esparcidos por Mendoza para trabajar en el área vitivinícola.

Pero sin dudas, el destino más terrible que podían tener eran los –lisos y llanos- campos de concentración, desplegados por todo el país: Junin de los Andes (Neuquén), Chinchinales y Valcheta (Río Negro), Carmen de Patagones (Buenos Aires) y, el más terrible de todos, La Isla Martín García.

Las cuentas bautismales permiten contar 825 indígenas que allí fueron depositadas en 1879. “Fue claramente un mecanismo de control social enmarcado en un proceso mucho mayor: el del genocidio”, precisa Alexis Papazian, que forma parte de la Red de Estudios sobre Genocidio. Explica que en 1890 ya no quedaban indígenas en Martín García[iii].

Entonces para 1879 los resultados eran claros: primero, conquistados a punta de lanza, luego obligados a dejar sus tierras, ganado, cultivos y propiedades. Si sobrevivían al viaje, no les esperaba mucho más que el trabajo servil en hogares aristócratas, campos de hacendados o en un Ejército genocida. ¿Y todo por qué? Dejemos que Roca responda solo: “Dicen que dilapido la tierra pública, que la doy al dominio de capitales extranjeros: sirvo al país en la medida de mis capacidades. (Carlos) Pellegrini mismo acaba de escribirme que la venta de 24 mil leguas sería instalar una nueva Irlanda en la Argentina. ¿Pero no es mejor que estas tierras las explote el enérgico sajón y no que sigan bajo la incuria del tehuelche?”[iv]

Por si queda alguna duda, entre 1800 personas se repartieron los 42 millones de hectáreas de las tierras conquistadas, total equivalente a 30 veces el tamaño de Inglaterra.

El sommelier de la muerte

En la discusión sobre qué carajo hacer con nuestras vidas, caímos en la duda de qué hacer cuando se acaben. Empezamos a planear el futuro y caímos en una búsqueda precisa de nichos y de sarcófagos. Pero el destino lo encontramos donde menos lo esperábamos: velatorios online, la experiencia del futuro.

Ya lo dije, la muerte es empleo. No descubrimos nada: desde tiempos inmemoriales existen personas que ocupan su tiempo en distintas etapas del deceso de un ser humano, viven y trabajan de eso. Pero ésta es una experiencia capitalista. Digamos: lucrar con la muerte.
La mayoría de los servicios fúnebres en Capital se ofrecen entre Villa Crespo, Paternal y Chacarita. El cementerio de este barrio es el más grande del país, siendo ampliado en más de una oportunidad (muy antigua) por pestes y epidemias. Hoy sigue ampliándose, claro, la gente va a continuar muriéndose hasta el fin de los días, pero la diferencia entre el lugar, la forma, la estética tiene su precio.
Tanto las cenizas como los “restos” pueden quedar en Chacarita. El jardín se divide por filas, primera, segunda, tercera y hasta la sexta, y sus aranceles varían: no sé por qué las del medio son las mejores valuadas.
Luego hay “nichos para urnas de varios restos”, en caso de compartir. Con familiares o extraños (ay!). Los precios son parecidos, la diferencia, no sé.
Pero hay también variedad en cruces (eucarística o simple), que hacen a los monumentos de cada sepultura. O puede ser “lápida” o “tipo capilla”, a gusto del consumidor. El cementerio se reserva también una especie de “seguro” en caso de “reconstrucción o traslado de monumentos” y ¡también! por aquellas construcciones “no encuadradadas en los tipos descriptos precedentemente”. O sea, por cualquier inconveniente te cobran.
El servicio puede contratarse directo al cementerio o, generalmente, intermediando una empresa de servicios fúnebres. Ofrecen desde ese nicho y sus variedades hasta el remís que te lleva hasta el cementerio. La ambulancia, el ataúd, el traslado del ataúd, tu traslado hasta el ataúd. El trámite del registro civil y hasta opción de “retocar” el cuerpo (ay!).
Salas velatorias, ese lugar donde se vela al muerto por horas o hasta días, las hay más coquetas y menos, más cómodas y más ligeras, más cerca y más lejos de tu casa, o de Chacarita. Se cobra por horas, medio día, día. Y el horario se cumple a rajatabla: ¡la gente no para de morir!
Pero esto sigue. Todavía no hablamos del número final. Todo el circuito mortal se ofrece “tipo pack” en estas empresas fúnebres, teniendo una modalidad más estándar, y escalando en tarifas.
Comparando, alrededor de 4800 pesos sale el “nicho simple” + la ambulancia “para retirarlo” (sic el recepcionista de Servicios Fúnebres Guadalupe) + el ataúd + traslados e impuestos al cementerio. Si va a “nicho anual” los impuestos se pagan directo en Chacarita, sino el servicio de Gaudalupe incluye el compartido por cuatro años (andá a saber el número de fila). O puede ser la “cremación”, un poquito más barata porque no están las cuotas. Si además querés velarlo un tiempo, 900 pesos más.
Todavía, todavía no leíste lo mejor. La frutillita del postre. El más célebre servicio fúnebre de Rosario (así se proclama, no soy –todavía – un sommelier de la muerte) ofrece el VELATORIO ONLINE.
Sí.
“Con cámaras estratégicas ubicadas en la sala”, un pariente lejano puede llorar del otro lado del monitor. Y hasta emitir mensajes “privados” de condolencia a los familiares.
Todo esto es real, más real que la muerte: http://www.caramuto.com.ar/velatorioonline.html
Hemos llegado lejos. No sé si cobran por este velatorio online, no quiero saber.
Caramuto supera mis expectativas: en su página tiene un foro, y los registrados debaten sobre “Mi experiencia con la muerte”.
No hay chiste para esto, no hay chiste en esta nota.