Ni Gámez ni Chila: Vélez es marxista

El sábado 15 habrá elecciones en Liniers. La listas son dos: un expresidente y un exarquero. Pero como la política es amplia te planteamos otra variante: uno que lleva a la tribuna banderas con la cara del Ché Guevara. ¿Que es un delirio? Conocé la historia del Vélez de Mostar, un club formado por el Partido Comunista Yugoslavo, que brilló en los años del Mariscal Tito llegando a cuartos de final de la Copa UEFA.

El que dijo que la risa era una manifestación de la alegría ve caer su frase bestseller como una pelota que arrastra nieve. El periodista Matías Martin no sabe cómo disimular y sonríe: está absorto. Viernes a la noche. La TV Pública. El programa Línea de Tiempo. Está al aire. Delante, no tiene ni a Napoleón ni a Hegel ni a Jesús, pero el personaje al que entrevista habla como si fuera todos ellos a la vez. En la misma oración es capaz de vincular a la marihuana, a la tecnología, a Macri, a los goles, a las dictaduras, a las democracias, a los homosexuales, a lo normal en la vida, al presidente de Paraguay y a Vélez.
¿Cómo? Imposible saberlo, pero José Luis Felix Chilavert, quien se presenta como candidato a vocal en las próximas elecciones de Vélez, el próximo sábado, en donde se cruzará con la lista que preside Raúl Gámez, otro enorme hablador, se las arregla para tocar absolutamente todos los temas en una mezcla de silogismos que ni Aristóteles podría definir.
Pero, mientras el Chila –dicho sea de paso: un buen nombre para un guerrillero de novela- plantea que el modelo político que lo define es el de “dictador democrático”, hay una pregunta que quizás, y sólo quizás porque como arquero es imbatible, no podría responder:

– ¿Quién fue Savo Neimarovic?

Stari Most
Stari Most

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El mediodía lluvioso, en las calles de Mostar, en el corazón de Bosnia-Herzegovina, tiene pinta de nostalgia. Las paredes están grises, despintadas e, incluso, en algunos casos, todavía agujereadas por las balas de la Guerra de los Balcanes que, veinte años después, no se puede reparar en este país de Europa del Este donde el desempleo araña el 40 por ciento. El único color que pareciera existir es el del río Neretva, que tiene un tono más celeste que el de las playas cubanas. Pero no es el único: en una pared, aparece pintado en color rojo, con boina y todo, el Ché Guevara. A su lado, hay una inscripción: Red Army. El mural lo completa una estrella revolucionaria. Es el escudo del club de la ciudad: el Fudbalski Klub Velez Mostar.
Es decir: el Vélez marxista.

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Mostar, Bosnia Herzegovina
Mostar, Bosnia Herzegovina

Savo Neimarovic quedó en el medio del sándwich de la historia. En Mostar, sus dos pasiones andaban juntas: la militancia y el fútbol. Pero ese no es su sándwich. El Velez, llamado así un poco en referencia a una montaña de la zona y otro poco por el dios eslavo Veles, surgió como una necesidad. El Radnički Omladina, el establecimiento deportivo más grande de la zona, estaba prohibido. Los exjugadores del equipo censurado adoraban la pelota y decidieron armar una nueva estructura que pudiera sostener sus gambetas. En 1922, se juntaron y fundaron un club sin colores ni camisetas ni referencias. Daba lo mismo.
Pero tanto dio lo mismo que, un año después de su creación, Neimarovic, junto a otros compañeros del Partido Comunista Yugoslavo –en 1920, se había fundado la Liga de Comunistas de Yugoslavia-, de la delegación de Mostar y de Hercegovina, entró a una reunión y tomó el club. Desde ese día, hasta este día, sin resistencia alguna, el Vélez Mostar pasó a ser el equipo más grande de la zona y, además, uno de los pocos clubes marxistas del mundo.
La estrella de cinco puntos, el color rojo y carteles de Marx fueron las primeras referencias de un equipo que no esperaba, todavía, lo que sucedería. Porque Neimarovic, en 1923, ya sabía, desde 1917, de la existencia de la Revolución Bolchevique. De hecho, para ese año, todavía no había muerto Vladímir Ilich Uliánov, Lenin. Pero mucho menos sabía que, luego de la Segunda Guerra Mundial, su país, su ciudad y su club vivirían los mejores años de su historia bajo el mando del Mariscal Tito, en lo que se conoció como la Federación Socialista Yugoslava, que terminó en 1991, con la muerte de su líder.
Aunque, en el medio, la historia necesitó de más rebeliones. Porque, entre 1929 y 1934, bajo el reinado de Alejandro I, autoproclamado rey de Yugoslavia en esos años, prohibió la existencia del Mostar, justamente, por sus inclinaciones marxistas. El club siguió funcionando sin exhibir sus insignias, pero por lo bajo siguió llevando las banderas coloradas que Neimarovic había vuelto una religión. Hasta que apareció Tito y Velez, parte de una ciudad floreciente, lejana a la crisis económica actual, volvió a ser.
De hecho, entre esos años, el Mostar consiguió: salir campeón en 1981 y en 1986 de la Copa de Yugoslavia, salir subcampeón en 1972, en 1973 y en 1986 de la Primera Liga Yugoslava, y, en 1974, llegar a cuartos de final de la UEFA, perdiendo contra el Twente, de Holanda, que terminaría llegando a la final, cayendo frente al Borussia Mönchenglandbach, de Alemania. En un año que fue glorioso: tres jugadores del plantel formaron parte de la delegación que viajó a Alemania para participar del Mundial 1974. Ese fue su mayor logro en materia de resultados deportivos.

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Imágenes: NosDigital

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Mientras Gámez intentará ir por su tercer mandato (ya fue presidente entre 1996-1999 y 2002-2005) y Chilavert buscará armar su dictadura democrática –iría como candidato a presidente, pero no puede porque acusa, justamente, a Gámez de haberle sacado la antigüedad como socio que lo acredita a acceder a ese cargo- desde Liniers. Este sábado 15, el clima político será a todo trapo. Si ellos no te convencen, ya lo sabés: votá al Vélez marxista.

Tȉtogrād

El sueño de la nación de naciones no sobrevivió a la muerte de su mentor. La que supo ser Yugoslavia del Mariscal Tito en fotorreportaje. Religión, frontera, masacre y futbol.

Ese bus que tenía que hacer con nosotros 230 kilometros. Subimos en Mostar, el pueblo bosnio del anguloso puente sobre el río Neretva. Buscando las costas del Adriático en la ciudad amurallada de Kotor, Montenegro. El trámite nos llevó algo más de seis horas sobre ruedas y ocho nuevos sellos en cada pasaporte.

En la entrada a la ciudad, cincelado en lo alto del principal portal, se lee Tude necemo svoje ne damo (No necesitamos las cosas de otras personas, y no damos las propias), con la pequeña firma de Tito a su lado.

Luego del 4 de mayo 1980, sucedida la muerte del Mariscal Tito en Ljubljana, inmersos en una crisis económica inflacionaria, las agitaciones entre las seis repúblicas que conformaban la República Federativa Socialista de Yugoslavia se acrecentaron. Eslovenia y Croacia se declararon independientes en 1991. Bosnia-Herzegovina y Macedonia, al año siguiente. La resistencia de Serbia, como república central de aquel Estado multinacional, encarnada en la fuerte militarización de los enfrentamientos, llenó de muerte la península balcánica.

Los desencuentros históricos entre las Repúblicas Socialistas fueron solo contenidos por la figura aglutinante de Tito en su proyecto de Yugoslavia como país en la vía al socialismo independiente. Inmerso en plena Guerra Fría, impulsó la estrategia del Movimiento de Países No Alineados para evitar encolumnarse tras cualquiera de los bloques irreconciliables. A la muerte del líder yugoslavo, las diferencias nacionales, económicas y políticas se agudizaron con la inclusión de factores religiosos, profundizando las guerras de independencia en enfrentamientos étnicos. El genocidio bosnio-musulmán con fusilamientos masivos en Srebrenica, ciudad declarada segura por la ONU, se anota como la mayor masacre colectiva en Europa luego de terminada la Segunda Guerra Mundial.

Para inicios de 1996 aquellas guerras habían terminado. La República de Montenegro recién se iba a independizar pacíficamente de Serbia en 2006. Pero los conflictos no dan término. Los territorios de mayoría étnica albanesa que en tiempos yugoslavos fueron la Provincia Autónoma de Kosovo dentro de la República Serbia buscaron su independencia. Un conflicto hoy día irresuelto que tuvo su momento álgido en los bombardeos de fin de milenio de la OTAN sobre Belgrado, capital serbia.

Las marcas de todas las guerras se iluminan aún en cada rostro y en cada muro, igual que los recuerdos de aquella Yugoslavia que llenó de orgullo por la expansión de su política de bienestar interno e independencia externa. En las calles pesa una atmósfera extraña: un olvido que se funde con la melancolía sobre el pasado -que suena contradictorio solo la primera vez que se lo escucha- y con el recuerdo de una guerra salvaje impostergable en la memoria. Las referencia al Mariscal son nulas, las había pero han sido borradas: la capital de Montenegro Titogrado ahora es Pogdorica, la ciudad kosovar de Kosovska Mitrovica supo ser Titova Mitrovica, la única estatua en toda la ex Yugoslavia que lo representa está al lado de su mausoleo, devenido en museo, en las afueras de Belgrado.

Mientras, el recuerdo en la memoria colectiva es fuerte, no se acalla, sin siquiera escaparle a las nimiedades: al entrar a aquel bar futbolero donde miraban los goles de Lanús de la última fecha -dándole a cualquiera un golpe certero de globalización- mientras se levantaban apuestas legales hasta de la serie B nigeriana, el montenegrino Nikola aseguraba con vehemencia que hoy una Yugoslavia unida podría haber armado un equipo para pelearle fuerte a Alemania el Mundial y no haber perdido de local contra Moldavia 5-2 para quedar fuera en las eliminatorias.

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Castillo de Ljubljana, en la homónima ciudad de Eslovenia. / Mostar, Bosnia y Herzegovina.
Cementerio musulmán en Sarajevo,  Bosnia y Herzegovina. / Desde el tranvía en Belgrado, Serbia.
Cementerio musulmán en Sarajevo, Bosnia y Herzegovina. / Desde el tranvía en Belgrado, Serbia.
Mercado de abasto de Pristina, Kosovo/Serbia. / Yugo era la automotriz emblema de Yugoslavia. Belgrado, Serbia.
Mercado de abasto de Pristina, Kosovo/Serbia. / Yugo, la automotriz emblema de Yugoslavia. Belgrado, Serbia.
Sarajevo, Bosnia y Herzegovina. / Playón de juegos. Skopje, Macedonia.
Sarajevo, Bosnia y Herzegovina. / Playón de juegos. Skopje, Macedonia.
Vardar Skopje contra FK Pelister, en las tribunas del superclásico de futbol macedonio. Skopje. / Las cicatrices de guerra. Mostar, Bosnia y Herzegovina.
Vardar Skopje contra FK Pelister, en las tribunas del superclásico de futbol macedonio. Skopje. / Las cicatrices de guerra. Mostar, Bosnia y Herzegovina.
Plaza central de Skopje, Macedonia. / El lago Ohrid es frontera entre Macedonia y Albania.
Plaza central de Skopje, Macedonia. / El lago Ohrid es frontera entre Macedonia y Albania.
El Stari Most -"Puente Viejo"- en Mostar, el Stari Most Bosnia y Herzegovina. / Ohrid, Macedonia.
El Stari Most -“Puente Viejo”- en Mostar, el Stari Most Bosnia y Herzegovina. / Ohrid, Macedonia.
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Balsero en el camino entre Perast y el Islote Sveti Dorde. Mar Adriático, Montenegro. / Poblado bosnio de los Alpes Dináricos a orillas del río Neretva.
La casa de las flores, el mausoleo de Josip Broz Tito. Belgrado, Serbia. / El puente del ojo, construído en 2011. Skopje, Macedonia.
La casa de las flores, el mausoleo de Josip Broz Tito. Belgrado, Serbia. / El puente del ojo, construído en 2011. Skopje, Macedonia.

Península Balcánica, 2014.

“La única opción es escapar”

Mostar es una ciudad de Bosnia y Hercegovina, en la que la mitad de la gente no tiene trabajo. Entre los edificios aún marcados por la guerra del 93′, emergen nuevos conflictos sobre historias viejas: corrupción política, desigualdad social y enfrentamientos religiosos.

En el segundo piso de un hostel en Mostar, Bosnia y Hercegovina, hay un cuarto conocido como el fumadero y nadie necesita preguntar por qué. Los colchones desnudos y las ventanas bien abiertas son el único marco. De este lado de la puerta cerrada con llave, tres argentinos – dos varones y una mujer – y tres bosnios, de entre 20 y 30 años. Las únicas carcajadas se sueltan producto de la ironía o hasta del hastío. Entre bocanadas de humo, dibujan los contornos de una realidad aplastante: en Mostar, más del 45% de la población está desocupada. Los jóvenes – como estos que ahora nos clavan en los ojos una mirada ácida y punzante – son las principales víctimas de esta tasa que les muerde los talones. Por este hostel, pasan alrededor de 20 pibes por día a jugar a la playstation y subir a este mismo cuarto a fumar. Uno de ellos mira por la ventana mientras escucha a su amigo bastardear la ciudad.

-A mí me gusta acá, quisiéramos poder quedarnos, pero…

mostar-bosnia-2442Y los puntos suspensivos se sueltan como lanzas que cortan el aire. Es invierno y hay solo dos habitaciones ocupadas, somos 5 los huéspedes. Alen me pasa el cigarro. Es grandote, de ojos intensos, pelado y con una tupida barba roja que le corona el rostro. Además, es el hijo del dueño, un hombre de cincuentipico, que apenas habla inglés, pero se defiende con el italiano y no sabe que su hijo Alen fuma marihuana. En este momento, el hostel no tiene nombre y “Red beard” es una de las propuestas que pisa fuerte.

Si la riqueza de las ciudades se midiera por su belleza, ésta tendría pocas que le compitan. Mostar es famosa por su río color verde esmeralda y el puente de piedra Stari Most, que lo cruza. Su construcción original data de 1566 y estuvo a cargo del arquitecto otomano Mimar Hajrudin. Por ser una ciudad fronteriza de aquel imperio, la ciudad más importante de Hercegovina ha sido históricamente un punto de encuentro entre diversos pueblos, culturas y religiones. Con ese espíritu, el puente se convirtió desde su origen en un símbolo de la tolerancia, aunque la soberanía sobre la ciudad siempre estuvo en pugna. Esta mañana, antes de conocer a Alen, nos escurrimos por las calles empedradas entre las construcciones turcas y cruzamos ese puente que une los barrios croata-católico y bosnio-musulmán. Aunque pareciera que lo que los separa es mucho más profundo que el río Neretva. Nos acompañaron los otros huéspedes del hostel, dos españoles recién recibidos de medicina. Después de rendir los últimos exámenes, emprendieron un viaje por los Balcanes, casi como un rito de pasaje. Bosnia era el último país del recorrido. A su vuelta a España, no los esperan demasiadas certezas. En el camino, la lluvia se nos chorrea entre los pies, el piso de piedra resbala y amenaza con una caída. Ninguna calle repite la inclinación de la anterior; entre piedra y piedra se conforma una combinación única que mantiene el paso atento y hasta incómodo. Intentamos hablar de fútbol como para ganar confianza, pero rápido nos damos cuenta que nuestros compañeros ocasionales confunden al Atlético Madrid con el Real Madrid. Estamos perdidos.

Cuando regresamos – obligados por la lluvia – de nuestro primer recorrido, conocimos a Alen y él no nos habló del puente ni del río. Nos preguntó si fumamos, se burló de nuestra falta de habilidad para armar y después nos preguntó por Argentina. Pero que él y sus amigos estén acá tiene mucho que ver con ese puente que él omite. Cuando lo cruzás, te encontrás con la inscripción “Don’t forget ‘93” en una piedra. El 9 de noviembre de 1993 a las 10:15 am, el puente fue destruido por el Consejo Croata de Defensa, durante la guerra que azotó al país y en la que murieron cerca de 100.000 bosnios. Un año antes, se había declarado la independencia de Bosnia y Hercegovina, tras lo cual las distintas etnias del país se organizaron como República de Bosnia y Hercegovina (bosnios), República Srpska (serbios) y República Croata de Herceg-Bosnia (croatas). Esta última decretó su capital en Mostar, donde perpetró una limpieza étnica de la población no croata. El que acabamos de dejar atrás es una reconstrucción del puente original, inaugurado en el 2004 con la colaboración de la UNESCO. Es que Mostar también es conocida por haber sido escenario de una de las matanzas de musulmanes más tremendas de las últimas décadas.

Entre el ’92 y el ’93, la ciudad fue objeto de un asedio de alrededor de un año, en el que se destruyeron catorce mezquitas. Alen es bosnio y musulmán y por esos años era apenas un nene; sin embargo, denuncia que las divisiones se mantienen. Él sobrevivió a la guerra, pero quizás no sobreviva a sus efectos a largo plazo. Nos invita a acercarnos a la ventana y nos señala un enorme crucifijo que se alza en una montaña cercana: “Es una provocación”. Está construida para ser vista desde la zona musulmana y con una altura que supera los minaretes que coronan todas las mezquitas de la ciudad. Con el mismo objetivo, se construyó un campanario en altura en la Iglesia Franciscana. Aunque las diferencias religiosas son evidentes, pareciera que más que una cuestión de fe, se trata de relaciones de poder desiguales que atraviesan todas las dimensiones de la vida social: “Acá los croatas son los dueños de todo. No podés ir a ningún lado, porque es todo de ellos: el shopping, los supermercados, las farmacias…”. Incluso el fútbol se convierte en un campo de batalla, cuando se enfrentan el HŠK Žrinjski Mostar – croata, católico, de derecha y de origen ultranacionalista – y el Velež  Mostar – bosnio, musulmán, socialista (con su famosa hinchada “Red Army”) y yugonostálgicos –.

Terminamos la ronda, bajamos al primer piso y enseguida surgen otras rivalidades futbolísticas. Es que faltan solo algunos meses para el debut de Bosnia en el Mundial tras su independencia. En la previa al encuentro con Argentina, Alen propone un desafío. El terreno de la disputa: la playstation. No era el plan más estimulante para la tarde, pero ante el entusiasmo del bando contrario, uno de nosotros acepta. El nuestro se apura a elegir al Barsa, por Messi, claro. Alen agarra al Madrid y el enfrentamiento se disfraza de clásico. Apenas arranca el partido y el inglés con el que nos veníamos hablando se va al banco. Se ve que al fútbol se lo dice en la lengua madre. Le siguieron 20 minutos de insultos en bosnio y en español, de cada lado. Los que dicen saber dicen que la carga emocional asociada a una segunda lengua no se compara con la nativa, y mucho menos para algo tan costumbrista como una puteada. Fueron dos partidos. Dos derrotas para el Barsa, para Messi y para los argentinos.mostar-bosnia-2246

Basta con bajar a la calle, para que el clima se nos hunda en el pecho. La lluvia amainó, pero no se llevó la humedad y el frío nos quema la garganta. Ahora parece absurdo, pero durante el verano es uno de los destinos más elegidos de los Balcanes y la principal atracción es hacer bungee jumping desde el célebre puente de 40 metros de altura. En los nueve meses restantes, el aire que se respira en Mostar es aún más gris que la piedra que caracteriza a su arquitectura y que el cielo encapotado de nubes. Alrededor de toda la ciudad, hay casas revestidas con marcas de balazos que recuerdan la masacre. Pero lejos de cicatrizar, las heridas se siguen profundizando y la situación política estalló a mediados de febrero: la rabia se desplegó en las calles de la ciudad y cientos de personas pusieron los principales edificios gubernamentales en llamas. Alen nos marca en un mapa “turístico” cómo llegar a ellos; le causa gracia y a la vez se lo nota entusiasmado mientras traza flechas y nos muestra los caminos. Él mismo participó de la manifestación; su hermano cayó en las detenciones masivas, pero ya lo largaron. “No fue algo organizado, había gente de distintas edades, todos cansados de la corrupción de los políticos. No sirven para nada. No sé cuál es la solución. Ya no se puede hacer nada acá”. No señalan líderes y la palabra corrupción se repite hasta el cansancio; la sensación es que era algo que tenía ocurrir. En una ciudad del noreste del país, Tuzla – donde se iniciaron las protestas por el cierre de cuatro fábricas recién privatizadas – a través de un grupo de facebook llamado Golpe, las personas se incitaban a expresar públicamente su descontento. La movilización llegó también a la capital del país, Sarajevo. Y en esto, parece no haber división étnica que valga. A lo largo y ancho de todo el país, las protestas sociales se encarnaron en toda la heterogeneidad de la población; parece que el hambre, la pobreza y la frustración pueden más que ciertos antagonismos. “La única opción es escapar”, entre las palabras de hartazgo, se lee un mensaje contundente: no tienen nada que perder. Escapar. Por fuerte que suene el término, no es un eufemismo: conseguir permisos de entrada o residencia fuera de las fronteras de Bosnia no es tan sencillo.

Después del recorrido por las huellas de las movilizaciones, volvemos al hostel. La puerta de entrada cerrada con llave y un timbre sin responder no parecen un buen augurio. Sin embargo, nada había cambiado. En Mostar, pocas cosas cambian con las horas y con los días. Arriba, Alen nos espera con uno armado, y esta vez de su propia cosecha. Subimos otra vez las escaleras, entramos al mismo cuarto y cada uno toma su lugar. Cerramos la puerta con llave y empezamos todo de nuevo. Alen no tarda en empezar a hablar. Mostar tuvo su esplendor económico durante la República Socialista Federal de Yugoslavia. Desarrolló una industria local fuerte y se construyeron varias presas para aprovechar la energía hidroeléctrica del río Neretva. Y, como hoy, siempre tuvo una fuerte afluencia turística. Como tantas otras ciudades, hacia el final de Yugoslavia y tras su disolución, la economía entró en un proceso de privatización que no solo disparó el desempleo, sino que también llevó al quiebre a la mayoría de las fábricas e industrias. Les contamos de nuestro diciembre de 2001 y se nos ríen en la cara: “Fue hace más de 10 años. Nosotros les hablamos de cosas que pasaron ayer, que pasan hoy, que van a pasar mañana”. Alen y sus amigos nacieron años después de la muerte del Mariscal Tito, jefe del Estado de Yugoslavia, y sin embargo, evocan su figura con nostalgia. No resulta una sorpresa, si se analiza la situación política desde la “independencia” bosnia. Tras la guerra del ’93, se firmó un acuerdo de paz que implicaba un gobierno tripartito, de modo que la presidencia se alterna entre bosnios, serbios y croatas. Sin embargo, la “terna” rara vez llega a un acuerdo. El himno nacional es el único en el mundo en ser instrumental, porque sus políticos no pudieron consensuar una letra. En el 2009, hubo una propuesta aceptada por una comisión parlamentaria, pero aún requiere la aprobación de otros organismos. El presidente de turno, el croata Zeljko Komsic, se refirió ante la prensa sobre las recientes movilizaciones: “Es todo nuestra culpa. No sé si el poder estatal podrá funcionar, pero deberá hacerlo. El poder siempre debe funcionar, este u otro”. Lo que está claro, es que la gente ya no está dispuesta a esperar y descree de cualquier tipo de promesa. Antes de que la noche y el frío nos devuelvan a nuestra habitación, Alen nos cuenta un chiste que se volvió popular en los últimos tiempos: “¿Por qué en la administración pública bosnia no hay sexo? Porque todos los funcionarios están emparentados”. Acá, como en otras ciudades del país, pelean por el derecho a trabajar y el derecho mismo a la vida. Nada se da por sentado. No quieren acuerdos, ni llamados a elecciones en los próximos meses, ni programas de compensación. Tenían un límite para soportar y ya lo cruzaron. Que se vayan todos.

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