Beatriz Milhazes y la celebración de la belleza

El Malba está casi vacío en esta tarde de miércoles, y podría jurar que así parece todavía más blanco. Un homenaje a un reconocido artista conceptual argentino me trajo hasta acá, hasta esta escalera mecánica que sube despacio mientras contemplo las ramas ligeras que asoman siempre desde los balcones, y que cada vez me sorprenden por ser obra de la mano del hombre. Difícil saber si fue error, coincidencia o dudosa manifestación del destino, pero subí un piso de más y, como tenía tiempo, decidí dar una vuelta. Fueron dos o tres pasos y entonces caer de bruces sobre un abismo de color. Porque en las paredes de la sala cinco, corran la voz, lo que está sucediendo es una fiesta.

Se trata de la primera muestra individual en Latinoamérica que Beatriz Milhazes, artista brasileña contemporánea, realiza fuera de su país, y reúne alrededor de treinta obras de los últimos diez años de su producción. Son cuadros grandes los que vibran desde las paredes invitando a hundir los ojos. Capas de colores intensos que se superponen y revuelven las pupilas, fundiéndose en flores, círculos, plantas y espirales infinitos. En las obras baila la alegría de Brasil y se festeja la belleza del mundo. Hay en cada recoveco una chispa de placer esperando ser descubierta, y el mirar se vuelve entonces una experiencia eternamente rica, libre de ataduras, harta de vida.

Quisiera llevarme esas imágenes a casa, para alguna mañana que me encuentre triste. Desenvuelvo el celular para sacar una foto, pero en seguida el dedo de una guardia de sala me dice que no, no se puede. No importa. Dejo una sonrisa colgada en la escalera cuando bajo para seguir el recorrido y concretar mi propósito original. Ahora sí que hay más gente, un grupo de turistas, un chico que se ríe porque no entiende por qué una papa conectada a un cable puede ser arte y algunas mujeres de peinado alto. El Malba ahora ya no parece tan blanco. Será que me llevo en los ojos los arcoíris de Beatriz.