“Vamos a ganarles: Bosnia sale primera y Argentina segunda”

A días de su debut en mundiales, el fútbol absorbe todo en Sarajevo. Donde las muertes y las guerras se entrecruzaron siempre, hoy la pelota quiere eclipsar cada tumba de cada parque. 

En el comienzo del Parque Veliki, está esa sensación del pelotazo en la panza. En donde está escrito en bosnio algo que según la traducción en inglés dice “To Children of Sarajevo”, arranca la asfixia en la boca del estómago. A cien centímetros del suelo, empieza una breve explanada de cemento que hace que las manos, al tocarla, sientan terror y escalofríos por una réplica de una historia mucho más terrible y más escalofriante. Adentro de esa pileta de cemento duro, largan unas lágrimas que nadie se da cuenta que van a salir porque, de repente, ven en ese gris quieto montoncitos de pies de nenes y de nenas, tan desordenados como si quisieran escapar, que se acercan a dos piedras verdes y gigantes que simulan ser las palmas de una madre que abraza. En un costado, los testículos y los ovarios duelen desesperadamente cuando se lee en unos cilindros que ese es un monumento para los 3000 niños y niñas que murieron entre 1992 y 1996 en la guerra entre Bosnia-Herzegovina y lo que quedaba de Yugoslavia más Croacia, que las enciclopedias eternizaron como la Guerra de los Balcanes.

Sarajevo14-1967Son las 19, ya es de noche, hace frío y Sarajevo, la capital de Bosnia-Herzegovina, duele en cada paso.

En la esquina de ese Parque, un reloj gigante de Coca-Cola marca que cada vez faltan menos días, menos horas, menos minutos y menos segundos para que el Maracaná reabra sus puertas mundialistas cerradas desde el Marcanazo de 1950 y, en los pies de Messi y de Higuaín, le den debut a esta nación que, por primera vez en su historia, jugará una Copa del Mundo siendo sí misma.

Siendo: es decir, el día a día de ser.

Siendo los doloridos de una Sarajevo que todavía tiene edificios a los que se les ve el interior porque las bombas destruyeron su piel y que, en veinte años, no logró reconstruir una ciudad reventada en un ochenta por ciento en la guerra que llegó como consecuencia de la desintegración de la Federación de Yugoslavia en la que alguna vez mandó el Mariscal Tito –se separó en Serbia, Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Montenegro y Macedonia-.

Siendo los desposeídos que conforman un territorio constituido por dos entidades -la Federación Bosnia-Herzegovina, que incluye a bosníacos musulmanes y a croatas católicos y la República Srpska, que es serbia y católica ortodoxa-, que tienen una bandera cuyo color se lo impuso la Unión Europea, que tienen un himno cuyas estrofas se las impuso la Unión Europea, que tienen un 44 por ciento de desempleo, cuyas realidades se las marca ser los olvidados de Europa.

Siendo los ilusionados que creen en los 193 centímetros de altura del enorme Edin Dzeko, figura del Manchester City, amigo del Kun Agüero, campeón de la última edición Premier League inglesa, que el domingo 15 de junio, contra Argentina, contra Messi, arrancarán la ilusión de ser el segundo del Grupo F, quedar por encima de Irán y de Nigeria, pasar a los octavos de final y darle algo de alegría a esta ciudad enrejada en tristezas.

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El Parque Veliki tiene algo que sólo tienen los parques de Bosnia y que la mayoría de los habitantes de este planeta calificaría de mal gusto: tumbas. Pero no, no están como en un corralón donde los vecinos dejan a los perros, simplemente aparecen desordenadas como para que cualquier despistado, de repente, pise equivocadamente y se sienta un traidor de Dios y de la muerte. No es un gesto egoísta del parque. Es patrimonio histórico de Sarajevo esa forma de mezclar el picnic con lápidas. Ya a finales del siglo XIX, el poeta serbobosnio Petar Kočić describió –en un relato que luego tomó el ganador del Premio Nobel, Ivo Andrić, para su magistral cuento “En el cementerio judío de Sarajevo”- esta característica de la ciudad: “Como bueyes de montaña, robustos y blanquecinos yacen los montones de piedra grande cuadrangular y, expuestos a las miradas procedentes de todos lados, se derraman al sol y reposan como en un sueño profundo”.

Ningún bosnio, aún así, se sorprende de eso. Tampoco lo hicieron los arquitectos que, en frente del Veliki, construyeron el gigantesco shopping BBI, con pantallas gigantes al estilo Nueva York. Y no pareciera ser despreocupación: porque en su sonrisa, en su amabilidad para explicar cosas como qué es el burek –una especie de tarta con mucho hojaldre y mucho aceite rellena de carne muy típica-, en sus altos niveles de seguridad y en su organización de un gran festival de cine en el que Brad Pitt suele ser figura, los bosnios parecen empujar la vida a pesar del dolor.

Sarajevo14-1762Y, quizás, por esa filosofía, es que delante de ese shopping y del monumento a los nenes caídos, el 15 de octubre de 2013 prendieron fuegos artificiales, sacaron los alcoholes a la calle, bailaron y cantaron hasta las seis de la mañana después de enterarse que Vedad Ibisevic, delantero del Sttutgart de Alemania, a los 68 minutos del segundo tiempo, hizo el gol más importante –hasta ahora- de la historia del fútbol bosnio y, en Kaunas, Lituania, venció a la selección que hacía de local, para clasificarse al Mundial de Brasil.

“Esa noche, acá ya fue como salir campeón del Mundo”, cuenta un guía turístico al que llaman Mou, pero no por el cantinero de Los Simpson, si no para acortar su nombre: Mohamed. No es bosnio, viene de Yemén, pero esta ciudad lo enamoró tanto que terminó celebrando los goles ajenos como propios. “Yo creo que no tenemos muchas chances para ganarle a Argentina, pero nos tocó un grupo accesible y quizás podamos llegar segundos y clasificar a la siguiente ronda. Eso sí que sería increíble”, analiza, mientras cuenta que, en Sarajevo, el principal deporte, además de los vinculados con los Juegos Olímpicos de Invierno –esos que en 1984 tomaron como sede a la capital de Bosnia-Herzegovina, pero de lo que queda apenas un pequeño museo, porque el resto fue destruido en los bombardeos de la Guerra-, es el ajedrez. De hecho, en la Plaza del Arte, donde hay esculturas de los grandes intelectuales del país, Mou cada tanto va con sus amigos a jugar al ajedrez gigante: un tablero armado a través de 64 baldosas donde muchas mentes opinan sobre cómo debe ser la estrategia de cada cruce.

Todo sobre una avenida que parece invitar a nunca olvidar un tiempo que, en comparación, fue hermoso, sobre todo, por una política económica socialista que no se alineó ni con la URSS ni con los Estados Unidos, pero que no rompió relaciones, que aprovechó los mercados y que distribuyó lo que había, con fuertes políticas sociales con eje en el trabajo, en la educación, en la salud y en la vivienda: la Marsala Tito.

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En 2012, en una ceremonia impactante, sobre la Marsala Tito se colocaron, en un nuevo aniversario de la Guerra, unas diez mil sillas que, sin que nadie se sentara, demostraban todos los cuerpos que faltan. En Sarajevo, hay un enorme esfuerzo por recordar. Apenas alcanza con caminar menos de doscientos metros de donde arrancaban las sillas, sobre la avenida Mula Mustafe Baseskije, para sentir que el mundo se parte en una panadería que, en la puerta, tiene una mancha de pintura roja, con una placa, que recuerda a los 26 vecinos que una mañana esperaban para comprar el pan y les estalló una bomba.

Manchas rojas hay, también, a una cuadra y a otra y a otra. Manchas en una ciudad repletas de manchas de la historia porque, desde la avenida Mula Mustafe Baseskije, se forma un camino por el que se puede desembocar en el Puente Latino, donde el 28 de junio de 1914, mataron al archiduque Francisco Fernando de Austria, asesinato que fue el detonante de la Primera Guerra Mundial y que, durante el próximo Mundial, llegará a su centenario. También se puede pasar cerca del reloj que separa la parte musulmana de la ciudad –construida por la influencia del Imperio Otomano en el siglo XV- de la que tiene un estilo arquitectónico más semejante al del Imperio Austrohúngaro que se puede ver –en Sarajevo con menos colchón económico- en Viena. Pero, sobre todo, se puede sentir esa fiebre mundialista que, en cada una cuadra, pone un cartel con fotos de Brasil, de Messi, de Cristiano Ronaldo y con ofertas para que todos viajen a alentar al equipo.

Todos son el fútbol. Todos son hombres que, cada dos cuadras, entran a locales donde específicamente se realizan apuestas deportivas, donde Messi y Neymar adornan las puertas, donde se apuesta por la liga bosnia, por la croata, por la española y, también, como marca una gran revista de apuestas deportivas de los Balcanes, por los partidos del Nacional B argentino, donde específicamente se puede poner la confianza monetaria que Facundo Parra hará un gol para el ascenso de Independiente.

Todos es, también, Alen, que trabaja en un hostel, pero que estudia managment deportivo y que asegura que en diez años será el representante del futuro Wayne Rooney sarajevita. En la recepción de donde trabaja, de madrugada, es capaz de verse el partido por el tercer puesto entre Croacia y entre Holanda en el Mundial 98. Eso lo vuelve un especialista y la especialidad lo tiene loco con la Copa de Brasil hasta volverlo un provocador: “Vamos a ganarles: Bosnia sale primera y Argentina segunda”. Y, aunque le cueste responder cómo van a hacer para ganarle a Messi, se lanza a plena convicción: “Con Dzeko y con Pjanic”. Pero él no es el único loco. Todos están locos detrás de la pelota.

Y cuando se dice todos: es todos. Porque el Mundial penetra hasta la zona vieja de Sarajevo donde se venden molinillos para el café turco, una especie de mantecol que empalaga a más no poder, unas alfombras y unos tapizados que de color adornarían cualquier living, y donde aparece un viejo que ofrece bufandas que dicen Messi y que, para venderlas, como todo vendedor de cualquier pedazo de este mundo, primero, tira un “Vamos Argentina” en un castellano deforme y que, frente al rechazo, dice, caliente: “¡Viva Bosnia!”.

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“Nunca creí en los líderes por imposición”

Sebastián Saja, referente de Racing, explica qué significa ser capitán en el fútbol argentino. “Acá cumplimos un rol más importante que en otras partes de mundo: te tenés que preocupar porque tus compañeros cobren el sueldo, tenés que hablar con los dirigentes, hay que tener capacidad para que haya 30 jugadores a gusto”, asegura. De Aerosmith a Leo Mattioli, del Ché y Fidel a Messi, de su viejo a Bielsa, del triunfo al fracaso, de Centurión a Michelini, de Dan Brown a la Play, de la prensa al ritmo de la gente, el Chino cuenta cómo se forma la personalidad de un verdadero líder.

-¿Uno nace capitán o se hace capitán?
-Se nace. No es algo que se haga forzado o se quiera imponer por decisión de uno. Uno actúa como le sale. Yo me empecé a dar cuenta de mi personalidad cuando era chico. No me gustaba perder, me enojaba con mi viejo cuando se ponía a patearme al arco y me hacía un gol. Cada vez que la metía, lo quería cagar a palos. Es un proceso. Cuando te rebelás contra algo, te vas dando cuenta de tu temperamento. Siempre fui de reaccionar, desde chico lo llevo.

-¿Cómo se prepara un líder para ser líder?
-Yo creo que es algo natural. Es bueno cuando es natural. Cuando uno actúa como es, eso hace que llegue a ser capitán o uno de los referntes dentro de un grupo. Yo nunca creí en los líderes por imposición. Lo que sí, ser líder tiene muchas responsabilidades. Quizás la cosa viene por ahí, por prepararte para cuidar mucho más tus acciones. Tenés que ser un ejemplo.

-¿Qué hace un capitán?
-Bastantes cosas. Primero, tiene que dar el ejemplo en cuanto al entrenamiento, respetar los horarios, la disciplina. Hay que tener capacidad para organizar treinta jugadores para que todos estemos a gusto. En el fútbol argentino, además, los capitanes cumplimos un rol mucho más importante que en otras partes del mundo. Acá te tenés que preocupar porque tus compañeros cobren el sueldo, tenés que hablar con los dirigentes, tenés que resolver inquietudes más grandes. Afuera esas cosas no existen. El capitán es simplemente la imagen del equipo, es el lugar que ocupa dentro de la cancha. Acá, se busca más lo que transmite fuera de la cancha.

-¿Y vos sentís eso como parte del oficio o pensás que te gustaría simplemente dedicarte a atajar?
-Yo asumo las responsabilidades que tengo como jugador. Disfruto de poder hacerlas. Sobre todo, acá en Argentina. Afuera, capaz, te preocupás menos. Asumo esa responsabilidad y está bueno: me gusta ordenar y tratar que las cosas estén bien.

Imagen: NosDigital

– ¿Por qué afuera no?
– Donde yo tuve la experiencia más prolongada fue en Grecia y, ahí, el tema del idioma fue una barrera muy grande. Vos tenés que hablar y la verdad es que no podés. Después en Brasil, en el Gremio, tuve mucha continuidad, estuve un año, pero pasó algo natural: cuando llegás a un club, tenés que respetar los lugares que te toca ocupar. En Racing yo me acomodé en el lugar que me dieron mis compañeros y, poco a poco, el espacio fue apareciendo. Por ahí llegaste a otro club, otro ocupa ese lugar y uno lo acepta. Acá se fue dando naturalmente.

– ¿Acá en Racing se dio naturalmente o se dio por necesidad?
– Puede ser que yo haya sido capitán por una necesidad. Había muchos chicos jóvenes en el plantel. El capitán era Yacob, que tenía muchos años en el club pero 24 años. El grupo necesitaba gente de experiencia. Aunque eso no quiere decir que para ser capitán haga falta tener 30 años. Capaz algunos tienen 22 y lo hacen muy bien. Y tenés algunos de 35 que no pueden manejar nada.

-Racing es un club que vive con euforia, con una presencia de la gente muy grande, con presiones: ¿cómo es manejar este vestuario?
-Siempre hay que ir aprendiendo y adaptarse al lugar en el que estás. Transmitiendo a los compañeros distintos conceptos, explicando cómo tienen que manejarse con la prensa, haciendo lo posible para que nunca entremos en el ritmo de la gente. Racing de local es difícil, administrar la presión es complicado. La euforia que tiene el hincha de Racing de local no es algo sencillo de llevar.

-Mencionás el tema del ritmo de la gente. Vos que sos arquero, que pasás bastante tiempo sin participar del juego, quizás tenés más tiempo para verlo, ¿cómo se definiría esa sensación desde adentro?
-Se nota cuando un compañero tiene la pelota en la mitad de cancha y decide retroceder con la pelota y, por ahí, la gente lo reprueba, y le hace perder confianza en lo que cree. Lo lleva a equivocarse, a que arriesgue en un pase y pierda la pelota. Eso le pasa mucho al equipo. Todo depende del resultado: si vas ganando todo se aprueba, pero si vas perdiendo todo se reprueba.

-¿O sea que desde adentro se siente todo?
-Desde adentro se siente todo. Todo. Tenés que ser muy frío o tenés que tener mucha experiencia para no sentirlo. A mí me pasa mucho. Si yo descuelgo un centro y la gente me grita sacá, sacá, sacá, uno nota el ambiente y es difícil tener la pelota como para mirar bien a quién dársela.

-¿Cómo es explicarle eso a un chico hoy? ¿Sentís que del momento en que vos eras un joven a ahora, los futbolistas cambiaron?
-Son tiempos distintos. No es que cambió el fútbol, cambió la sociedad en sí. Cuando yo jugaba en la tercera de San Lorenzo, me moría de ganas de tener los guantes que tenía en ese momento Oscar Passet. Hoy cualquiera de los de las inferiores tienen guantes de las dos mejores marcas porque se los da su representante. Se pierde la valoración por las cosas. A mí me parece que es importante sentir el sacrificio por las cosas que se tienen. Hoy eso cambió, todos tienen botines impresionantes. Es más, parece que el que no tiene el último celular está mal. Yo si llegaba con un celular a la concentración, siendo pibe, me miraban todos mal. Hoy se perdió ese respeto, pero lo perdió la sociedad. Igual acá en Racing estamos muy contentos con los jóvenes, son muy respetuosos.

-Hace un rato hablábamos de si hacía falta prepararse para ser capitán, ¿vos tenés que ir aprendiendo los nuevos códigos de los pibes?
-Me cuesta tener que decirle a Centurión: “Eh Guacho”, o alguna cosa así. No me sale. Trato de hablarle de la manera que yo creo, pero el lenguaje me cuesta. Uno se adapta. A mí me gustaría escuchar rock en el vestuario, pero a los más chicos les gusta escuchar cumbia o los wachiturros.

-¿Y qué música te gusta a vos?
-A mí me gusta de todo: del Rock Nacional a Internacional. Soy amplio en ese sentido. Desde Aerosmith o Guns N’ Roses, hasta a Diego Torres, Fito Páez o los Fabulosos Cádillacs. El tema es que los pibes me ponen a las ocho de la mañana Leo Mattioli y, bueno, preferiría otra cosa. Los días del partido me banco la cumbia porque hay que estar bien arriba, pero durante la semana es difícil.

-¿Sentís que los pibes te escuchan?
-Sí, siento que me escuchan. Yo, al menos, me quedo con la tranquilidad de que los aconsejé. Ahora, a la vez, te aseguro que ellos se van a equivocar, como todos nos equivocamos muchas veces. El otro día lo agarré a Viola y le dije que una de las cosas que no tenía que hacer era volverse rápido a Argentina, que había que aguantar las adversidades. Y creo que me prestó atención.

-Hace un rato dijiste que había que ayudarlos con el tema de cómo declarar, ¿cómo funciona eso?
-Es que hay que aconsejarlos. Acá en Racing, igual, es un caso muy especial porque están muy bien cuidados, muy organizado y eso nos viene muy bien. Uno debe aprender a manejar el tema de la comunicación. Pero en San Lorenzo, cuando yo era más chico, no era así.

-¿Y vos sentiste que en esa época te equivocaste con los medios?
-Yo cometí infinidad de errores en cuanto a cómo manejarme con la prensa porque cuando uno es joven, a veces, cree que sabe todo y en realidad no sabe nada y uno hace declaraciones de más. Imaginate que si yo fuera joven, ahora antes de jugar con Independiente, declararía: “El sábado ganamos como sea”. Que son títulos que a la prensa le gustan mucho y que los hinchas también quieren escuchar. Pero si después te equivocás, la pagás muy caro y es innecesario. Me acuerdo, en San Lorenzo, una vez estábamos jugando contra Boca y estábamos perdiendo 1-0. Yo fui a patear un tiro libre y no me dejaron, pero igual me quedé al lado de la pelota. Cuando terminó, me tocó hacer los análisis del dóping y cuando salí, declaré: “Acá cada uno hace lo que quiere”. Cuando llegué el otro día, me agarraron un par y me pegaron una lavada de cabeza total.

– ¿Quiénes eran ahí los que te fueron enseñando?
-Estaba Pablo Michelini, el Beto Acosta y también, aunque a mí me toco remplazarlo, Gustavo Campagnoulo. Ellos me iban diciendo cosas. Yo igual pensaba que dijeran lo que me dijeran iba a hacer lo que quisiera y nadie me tenía que decir nada. Pero obviamente me equivoqué. Son muchas las cosas donde te pueden ayudar y cuando vas creciendo te vas volviendo más consciente de eso. Necesitás que te expliquen qué hacer con tus primeros sueldos, no tenés que comprarte un cero kilómetro para quedarte seco de guita. A mí me agarró una vez Oscar Ruggeri, que fue el técnico que me hizo debutar, y vio que yo me había comprado un auto. Cuando llegué al club, me llamó aparte y me pregunto: “¿Y dónde lo guardás” y yo le dije que en la casa de mi viejo. Y él me respondió: primero te tenés que comprar el garaje, después el auto. El problema es que esas cosas son cada vez más complicadas de explicar porque, como decía antes, ahora todo es más fácil. Las necesidades son otras: hoy los chicos suben rápido, los venden rápido y todo dura poco.

– ¿Eso se ve en cómo se juega?
– Sí, claro. Por eso se juega como se juega. Los talentos no duran nada. Cuando yo arranqué a jugar, había tipos como Aimar o como Saviola que estuvieron cuatro temporadas antes de irse. Ahora fijate el caso de Viola, que tiene 40 partidos en Primera, ni un torneo como titular y ya se fue. Eso no funciona porque a los pibes los quemás. Tenemos el caso de Centurión, que es un chico con unas condiciones bárbaras, pero para volverse un gran jugador tiene que estar tres o cuatro años en el fútbol argentino para formarse. Pero bueno, las necesidades mandan.

-¿Eso vos lo podés hablar con los pibes?
-Es difícil explicárselo a su familia, sobre todo. Las oportunidades en el fútbol a algunos les pueden pasar dos o tres veces, pero esos son los menos. Capaz que pasa una sola vez y todos temen por eso. Yo trato de hablarles por lo que me ha tocado vivir, lo hago acá y lo hago con mis amigos y con mis sobrinos, pero no es sencillo.

-Para formarte y aprender esto de ser un líder, ¿vos leés algo, mirás series, películas?
-Sí, hace un año que empecé a leer cosas del Ché. Me gusta mucho la verdad. Ahora acá el técnico me pasó otro del Ché y uno de Fidel Castro porque me vio en un avión leyendo cosas de ellos. Son figuras que han trascendido todas las barreras. Uno puede no estar de acuerdo o sí, pero sin dudas son personalidades que enseñan muchas cosas.

-¿Qué es lo que te llama de esas figuras?
-Me quedó muy marcado una historia de cuando ellos ganaron la Revolución. Fidel le tuvo que llevar la familia al Ché sin que se enterara porque no quería gastar la poca plata que tenía Cuba. O cuando el Ché viajaba a Uruguay, y no tenía plata para hospedar la familia, no los llevaba. Cuando uno trasciende la familia por un ideal, es para sacarse el sombrero. O lo mismo con el tema de conquistar un país. Podrían haberse quedado ahí, pero no: decidieron seguir e ir por África y después por Sudamerica. Para mí, llevándolo al fútbol, es como si ganás un Mundial, pensás que ahí se terminó todo, pero siempre hay más cosas por jugar y más partidos por ganar.

-¿Cómo llegaste a interesarte en ellos?
-Siempre me intrigó la figura del Ché. Uno siempre escuchó hablar de él y opinar, pero yo nunca me metía porque no conocía más que lo que me han contado. Pelletieri me acercó un libro, ahora vamos a ver qué fue lo que realmente sucedió. En el Ché yo veo eso de ser un líder positivo, eso de siempre querer más.

-¿Y a los pibes del plantel los ves leyendo eso?
-No, por ahora no, por ahora están jugando a la Play o a las cartas. Yo al principio tampoco leía, pero me enganché con las novelas de Dan Brown, con el Código Da Vinci, y fui encontrando nuevas cosas.

-¿En el deporte ves algún otro líder que vos tomes de modelo?
-Hay muchísimos. En el fútbol me sorprende mucho Messi. Me asombra. No por su personalidad, sino por la búsqueda de superación que él tiene. También veo en eso a Federer o a Nadal. Se mantienen siempre en el máximo nivel y nunca se conforman. Si logras tener la ambición de los grandes deportistas eso es lo que te termina haciendo triunfar o no. Yo no soy un dotado, pero juego en Primera, aunque si yo me propongo jugar en el Barcelona no voy a llegar. Pero el proponérmelo me hace jugar en un nivel un poquito más alto que en una carrera normal. Creo que se puede potenciar muchísimo desde la superación.

-¿En Argentina hay un problema con el concepto de triunfar?
-Sí, es algo bien de Argentina. Nosotros como sociedad somos así. Mirá lo que nos pasó a nosotros en la Copa Argentina. Yo se lo decía el otro día al presidente: si vos me decís que voy a jugar cinco finales más y las voy a perder, te lo firmo, porque es importante llegar. Acá eso no cuenta. Sólo hay que ganar. Vivimos y juzgamos por si alguien salió campeón o no. Parece que al argentino lo único que le importa es salir primero y hace veinte años que no llegamos a una semifinal de un Mundial. ¿Y qué querés, salir campeón si nunca sos siquiera quinto? Eso es lo que pasa acá en Racing: nos piden siempre salir primeros cuando el torneo pasado, capaz, saliste decimoctavo. Todos queremos ser campeones, pero es imposible.

-¿El tema sería que si perdés sos un fracasado?
-Claro. Yo escucho que Boca porque perdió dos finales de tres es un fracaso y me quiero matar. Ojalá yo pudiera jugar la Copa Libertadores. Fracaso es otra cosa, es no haber hecho todo para tratar de obtener un resultado, es si yo vuelvo a mi casa y siento que no di todo.

– Siguiendo con el tema del ser capitán, ¿a vos te gusta, también, participar de la discusión futbolística con el entrenador?
– Me gusta, siempre y cuando, me pidan opinión. Con el técnico y con los dirigentes. Acá en Racing se puede. Muchas veces, cuando terminan los partidos, Zubeldía te pregunta qué te pareció, cómo te sentiste. Él es joven pero su personalidad hace que parezca más grande. Los mayores lo respetamos mucho. Veníamos del Coco, que es más grande, y antes teníamos al Cholo, que era también joven. Pero no cambia mucho, lo distinto son las ideología que tiene cada uno. El fútbol tiene diversos modelos, eso es lo diferente.

-¿A vos qué ideología futbolística te gusta?
-Nosotros crecimos con dos ideologías: el menottismo y el bilardismo. Las dos tuvieron tantos resultados positivos como negativos. Yo digo que para mí hay otra más, que es la de Marcelo Bielsa. Un fútbol más dinámico, más vertical, más moderno quizás.

-Hablando de liderazgo, Bielsa es uno muy particular.
-Sí, pero Bielsa le llega mucho al jugador. Te convence con el trabajo de campo, creo que eso es lo bueno. No te tiene media hora hablando, con el laburo él hace que vos creas en eso. Mirá que él no tiene mucho diálogo con los jugadores, pero les llega igual.

-¿Cómo hacés para llevar todos los temas que requiere ser capitán y no olvidarte de nada?
-Tengo un cuaderno donde anoto todo. Yo vi que lo hacía Michelini, que era un tipo muy ordenado, y se lo copié agregándole cosas mías. Así, por ejemplo, organizamos acá el método del pozo común, que es cuando cobramos algún premio, ponemos de a 50 o 100 pesos para después, entre todos, comprar cosas para el vestuario, como un equipo de música o una máquina de café. Es una forma de acolchonar los gastos y así, después, si vamos a cenar todos, no le sacás plata a un pibe que cobra 5000 pesos por mes.

-Para bancar todos estos problemas, ¿hacés terapia?
-No, a mí es algo que nunca me gustó mucho, aunque considero que es bueno que alguien lo pueda hacer si quiere. Mi terapia es hacer asados los jueves a la noche, en Brandsen.

-¿Sos un buen asador?
-Según mis amigos, soy muy bueno. Aprendí de mi viejo. Cocino al asador, a leña. Me preparo un costillar entero a la cruz. Ahí me logro aislar de todo.

 

“La enfermedad del fútbol es la plata”

Preocupados por el fútbol que vemos cada fin de semana en nuestras canchas, nos juntamos con Jorge Griffa, el maestro que detectó a casi todos los talentos en los últimos 30 años del fútbol argentino, para descubrir cuándo se dejó de jugar bien. La respuesta no fue muy alentadora: nos habló de los empresarios, los técnicos, los padres que buscan la salvación el los futuros cracks. “El punto inicial de todo eso es la parte económica, la plata. Esa es la enfermedad. El remedio hay que encontrarlo, todavía no hay”, analiza Griffa.

 

Habla en pasado. Vaya uno a saber por qué si toda su vida escribió en futuro. Jorge Griffa le abrió las puertas de su experiencia a NosDigital. Nos dejó pasar y agarrar lo que anduviera por ahí, sus vivencias. En los estantes más empolvados están los años de defensor de Newell’s, sus 10 años en el Atlético Madrid y el par de años en el Espanyol de Barcelona. Luego, su vida como formador de jugadores. Nos miró con los mismos ojos con los que contempló a Gabriel Batistuta, Marcelo Bielsa, Jorge Valdano, Carlos Tevez, Gerardo Martino y Fernando Gago, entre otros, para luego decirles que podían llegar a ser profesionales. Quizá, también cracks. Y sin correrse ni un segundo del pretérito perfecto simple, el “Loco”, según lo apodó el mismísimo Bielsa, habló de su vida junto al fútbol juvenil, de sus comienzos en Newell’s –club al que se rehúsa a presidir-, de su paso por Boca y del porvenir, ese que lee en cuestión de segundos cuando de la pelota se trata.

-¿Cómo ve al fútbol?

-Hay una exageración de todas las partes. El punto inicial de todo eso es la parte económica, la plata. Esa es la enfermedad. Y el remedio… El remedio hay que encontrarlo, todavía no hay.

-¿Antes no existía ese problema?

-Antes había una que jugar 10 años seguidos en un buen club como para decir: “en una de esas me compro una casita, me pongo un negocito o me compro un cochecito”, y de ninguna manera era seguro. Fijate ahora cómo es que en un año o dos años los jugadores están salvados.

-Se suele hablar de “antes” sin precisar fechas, ¿usted cuándo sintió ese quiebre?

-Yo lo noté mucho en el año ‘95, cuando ingresé a Boca con Mauricio Macri. Ahí encontré un cambio enorme. Y, ojo, no por lo que me pasaba a mí si no por lo que me rodeaba. Y el cambio lo lleva también el tema de las comunicaciones. Antes vos te ibas a Europa y desaparecías. En cambio, hoy se potencia. Y todo lo que rodea a los medios es la parte económica. Eso quiso que las tentaciones se multiplicaran un montón. Los empresarios fueron un golpe también. Yo viví la época en que tomaban a un jugador, lo llevaban a un club y desaparecían. Ahora no. Se transformaron en representantes y no dejan solo al jugador, no piensan solo en ese momento de venderlo sino en lo que va a llegar, la futura venta, etcétera. Ese empresario llevó esa situación al fútbol profesional pero después pasó al juvenil. Ahí yo me enfrenté pero pensé ‘yo no soy Dios’.

-Hoy parece inevitable hacerse de enemigos con tantos empresarios.

-Yo choqué contra los representantes y empresarios porque me estaban quitando los afectos del jugador. Yo no les daba nada a los chicos, sólo la ilusión de que llegue a Primera División. En cambio venía el representante, le ponía algo en la mano y yo pasaba a segundo orden. Los afectos que yo estaba acostumbrado a manejar los perdía contra ellos. Ahí traté de no chocar ni pelear, con el diálogo. Y también hablaba con los padres. Les preguntaba ¿qué quieren para sus hijos? ¿que sea el mejor? ¿que llegue a Primera División? Bueno, yo quiero lo mismo. Así que para qué discutir. Siempre con un argumento se puede. Caso distinto fue el de Batistuta que no quería jugar al fútbol. El padre no quería saber nada. Yo insistí tanto hasta que se dio.

-Pero hoy los padres buscan sólo salvarse con los pibes, ¿o no?

-Sí, puede ser. En los primeros momentos, cuando yo arrancaba como jugador, la mayoría de los padres, no tenía ni idea que su hijo jugaba al fútbol. El chico se iba desarrollando en un deporte que le interesaba por jugarlo con sus amigos y veía como una quimera llegar a un ambiente profesional. Eso se presentaba por los potreros, los campeonatos de barrio contra barrio que había antes. Luego se fue manejando otras situaciones, otros compromisos. En la medida que sube la parte económica, bajan los afectos. Eso es negativo. Y en la medida en que suben los afectos, bajan las ambiciones económicas. Y eso tampoco es normal dentro de lo que se vive hoy. Por eso, los padres quieren salvarse con el hijo y no debe ser así. Por eso, los clubes quieren salvarse con un jugador, vendiéndolo antes de tiempo. Y por eso cualquiera quiere ser técnico sin tener las bases. Yo no digo Director Técnico ni Entrenador, en juveniles. Yo digo educadores y docentes. Todas estas cosas están manejadas con gente que desconoce el deporte. Tanto en lo dirigencial como en la educación del chico, en todos los sentidos: Lo futbolístico y lo extra futbolístico.

-¿Se le puede enseñar al futbolista a ser ídolo?

-Eso no se puede. El medio los complica. Cuando se encuentran en ese lugar, se creen superiores. No sólo en lo futbolístico, en todo. Y creen que tienen todo permitido, pero no es así. Viven dentro de una sociedad. Hay que enseñarles a vivir dentro de una sociedad y que se acostumbre a respetar cosas determinadas de ella. Si lo hace, va a ser incluso mejor jugador.

-¿A qué edad llega el jugador a su mejor estado?

-De los 14 a los 20 el desarrollo firme. De los 20 a los 24 dice ‘este soy yo’. De los 24 a los 30 va sumando. Y a los 30 es el momento cumbre, en el mejor momento técnico, psíquico y físico. Después empieza un lógico declive en lo físico.

-¿Messi es una excepción? Ganó todo antes de los 24.

-No, Messi todavía está en formación. Esperemos un poco más. Todavía puede crecer más, seguro.

-¿No se lo sobrevalora al jugador?

-Que no te quepa la menor duda.

-¿La responsabilidad es de quienes deben educar, entonces?

-Es que hay que aprender a ser entrenador, educador y docente. Para eso hay que desarrollar y profundizar el conocimiento de quienes son los encargados de educar a los chicos. Para que el jugador se desarrolle culturalmente como exige la sociedad. Ahí tendremos mejores jugadores. Dejemos de pensar que sólo interesa el éxito pegado al dinero.

-¿Cuál es la tarea del técnico de inferiores?

-No es sólo captar al chico indicado. Es muy importante el desarrollo que se le da a ese chico. Es tan importante lo que se capta como lo que se desarrolla. En una prueba se determina qué jugadores tienen las condiciones mínimas para poder llegar al éxito, pero de ninguna manera se garantiza el éxito. Se mira que tengan buena técnica, velocidad y temperamento. Pero después hay que tratar de llenarlos de conceptos futbolísticos a todos. Algunos entienden más, otros menos. Luego llegará el que reúna mayor condiciones futbolísticas y extrafutbolísticas.

-¿Y qué lugar ocupa el triunfo?

-Los que te dicen que es lo mismo ganar que perder te están macaneando. Aquellos que te dicen vale lo mismo jugar bien que jugar mal o que te dicen ‘andá y divertite’ te están engrupiendo de una manera tremenda. El fútbol te exige ganar. Desde que nacemos competimos. Está en el camino de cualquier ser humano. A quién no le gusta ser el mejor, ganar en todo, ser una persona eficaz.

-¿Eso exige ganar a cualquier precio?

-Yo digo que hay reglamentos que hay que respetar. Pero también es cierto que hay un compromiso y una responsabilidad con la camiseta que uno tiene puesta y consigo mismo. Por eso, al jugador no hay que exigirle ganar. Porque se lo llena de presión si se le exige eso y es negativo. Manejá el estímulo, preparalo para ganar, darle los argumentos para que tenga éxito. Eso es positivo. Hay que graduar la competencia. Los técnico impulsivos, los que se pasan de revoluciones con la exigencia hacia el chico, lo puede terminar malogrando. Aquel que se queda corto en la exigencia, también. Por eso, hay que buscar el equilibrio. Por eso, hay que pensar que lo que tenés adelante es una persona y que no la tenés que llenar de compromiso sino de responsabilidad con los argumentos que se necesitan para llegar al éxito. No hay que exigirles ganar, sino enseñarles a convivir con el éxito. Aprender a ganar.

-¿Y ahora quiere ser presidente de Newell’s?

 

-No, no tengo ganas. Me lo ofrecieron, me tratan de convencer pero no tengo ganas. Osea, soy muy cuidadoso. Ganas no tengo. Pero es una gran satisfacción que te vengan a buscar para cerrar el círculo ahí. Haber empezado como jugador de divisiones menores y terminar como presidente. No deja de ser una tentación. Sé que hay un montón de compromisos, responsabilidades, conocimientos que yo no tengo aunque sí conozco de sobra, por experiencias propias, del fútbol. Lo que yo quiero es no correr el riego, no por mí solo sino por el club, de que yo los limite por mis propias limitaciones. Tengo algunos conocimientos pero no la experiencia. En el fondo siempre tenemos un pero. Y en esta situación yo miro que tengo que ir a vivir a Rosario y estoy un poco acomodado a Buenos Aires. Tener que ir y estar en contacto con todas las cosas del club: Periodismo, socios, dirigentes… Dedicarle un montón y ya no tengo 30 años, ni 40, ya no tengo ni 50, ¡tengo más de 70! Si me quieren contratar para correr no estoy en mi mejor momento. Ahora, si me llaman para pensar creo que sí, que estoy muy claro, que tengo las cosas muy pensadas en lo que conozco. Me equivoco como cualquiera pero mucho menos que antes.

Bielsa, ese loco lindo.

-No hablamos de Bielsa hasta ahora.

-Es cierto, no hablamos del loco ese.

-¿Cómo era como futbolista?

-Como jugador tenía un gran temperamento, pero le faltaba una cosa importantísima, la técnica. Ninguno puede llegar al éxito si no tiene una mediana técnica y Marcelo no la tenía.

-Usted conoce bien el comienzo de él como DT. ¿Cómo fue?

-Se me acercó un día y me dijo “Jorge yo quiero trabajar con usted, pero no como preparador físico. Quiero ser técnico”. Lo conocía desde los 16 años y le contesté: “primero, vos no sabés un carajo, pero vamos a intentar que te metas en este torbellino porque yo sé que a mí tampoco me sobra mucho”. Lo que tenía yo era una pila más de experiencia por la diferencia de años. Lo puse en una división y pasaron los años.

-¿Cómo siguió?

-Y vino y me dijo “quiero ser técnico de Primera, Jorge”. Sí, le dije, vas a ser, pero cuando llegue el momento. Ahí le conté cuando yo creía que sabía mucho y no sabía nada. Lo salvé con eso. Ahí empezamos con un grupo de trabajo. Le dije “vamos a trabajar para que con ese grupo llegues a Primera División”. Le repetí que el equipo de Yudica, súper ganador, se iba a ir cayendo en algunos años y cuando esté en el último escalón íbamos a llegar con ese equipo. En ese grupo estaba Pochettino, Franco, Batistuta…

Técnico de técnicos

 

-Usted fue educador en juveniles. Pero formó técnicos también: Bielsa, Martino, Franco, Pochettino…

-No fue esa mi intención. Mi idea fue prepararlos para la vida dentro del fútbol. La situación les fue favorable y les sirvió.

-¿Entonces lo de Martino como DT del Newell’s puntero es casualidad?

-No, él está haciendo un buen trabajo. Está en una etapa ideal porque está con un pensamiento claro, viene de una gran experiencia en la Selección de Paraguay. El convencimiento de un técnico puede hacer que un jugador de cinco puntos juegue como uno de ocho.

-¿Quién es un buen educador de juveniles?

-(risas) Eso no te lo puedo decir. El problema ahora y fijate, también tiene que ver con lo económico. Hoy ninguno se quiere quedar con en las divisiones juveniles, todos están pensando en pegar el salto. Y eso es negativo. Delem era una persona muy interesante para el fútbol juvenil. Rodríguez también era muy interesante, lo escuché varias veces. Es una lástima que se haya ido de River.

-¿Cualquier técnico puede trabajar en cualquier división?

-No, hay técnicos que son para el fútbol infantil, otros para el juvenil y otros para el profesional. A Bianchi yo le decía que para los grandes era un mostro pero de los chicos no sabía nada. Teníamos una muy buena relación. Por lo general, el técnico de Primera se cree superior; y en muchos casos lo es. Pero hay un periodo de aprendizaje que deben tener con los más chicos.

Aclaración: Debido a que en Rosario la nota generó cierta polémica por las declaraciones de Griffa sobre su posible candidatura a presidente de Newell´s -que de todos modos no fue el tema en el que se centró la nota-, subimos ese fragmento de la entrevista para comprobar la veracidad de la nota.

Escuchá el audio de la nota con Jorge Griffa