“Se acaba el rock nacional: ahora es rock originario”

Goy Ogalde siempre se animó al desafío. Escuchaba los Beatles cuando sus amigos querían a Los Parchis. Rompió con el conservadurismo de su Mendoza natal. Llenó todo lo que quería con Karamelo Santo, pero se cansó. Se volvió autogestivo y produce a grupos originarios. “Nación son ellos”, explica.

– Se me había dado por bombero. Tenía el destacamento cerca de mi casa en Mendoza y me gustaba. El fuego siempre me llamo mucho la atención, debo haber muerto en otra vida quemado, que se yo. Después relacionaba el color rojo, todo lo que era rojo me gustaba.

Goy Ogalde no llegó a ser bombero, pero todavía recorre los cuarteles de La Boca para escuchar historias. Todavía le atrae el color rojo, pero le ganó la música. En la niñez mendocina convivieron los dos deseos, pero la adolescencia lo agarró con una guitarra en la mano y caminando a Chile, a México. Caminando Goy Ogalde empezó a ser nombrado Goy Karamelo, a verse y escucharse en las canciones de Karamelo Santo, todo el tiempo en todos lados. De esa exposición, prefirió bajarse y los pasos lo llevaron al camino de la autogestión. Hoy es productor y es un nuevo proyecto: Goy Karamelo & Kangrejoz. No llegó a ser bombero, pero la música en la habitación donde trabaja rodeado de consolas parece funcionar como el fuego: todo lo toca y enciende. Durante el recorrido de su carrera las llamas van mutando, la música y su espíritu se transforma.

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– ¿Cuándo cambiaron las ganas de ser bombero?
– Ahí nomás. Escuché un disco de Los Beatles y dije: “Voy a ser músico”. Tenía seis años. Era muy loco porque yo soy muy grande, tengo 45 años y pensá que te estoy hablando del año 75, casi antes de entrar al proceso militar. En esa época, decir que te gustaba el rock era una locura. No era bien visto. Como que el rockero era un tipo vende patria. Muchas veces, se ha querido mezclar la lucha de izquierda con el rock y nada que ver. Al contrario, los Montoneros odiaban el rock. Para ellos, era una cosa extranjerizante mal. No existía el rock en español. A mi viejo le gustaba el folcklore, pero igual le gustaban Los Beatles. De por sí, el que trajo el disco ese a mi casa fue él. Era Help. Pero después yo llevaba los discos a cumpleaños y cosas así de esa época y nadie me dejaba ponerlos.

– Cuándo vos ibas con Los Beatles, ¿tus compañeros qué escuchaban?
– Escuchaban cualquier cosa: Palito Ortega. Estaban de moda, por ejemplo, Los Parchis. Y yo iba con un disco de Almendra y con uno de Los Beatles. No sé por qué se me dio tanto por el rock. Me gustaba que tuvieran pelo largo, que tuvieran glamour. Yo no quería ser un flaquito de pelo corto: quería ser un tipo de pelo largo, tener la guitarra. No me vengas con un oficinista.

– ¿Cómo se vivía el rock?
– El fenómeno del rock para las clases populares es solamente en Argentina. Vos vas a Alemania, a Chile, a México y la gente que escucha rock es de clase alta o media alta. Las bajas no escucha rock en México, es una cuestión de fresas o de chetos como dicen ellos. Igual acá también pasa eso: el cheto escucha rock y el flaco que está en la villa escucha Los Redondos, La Renga, pero eso es por folcklore no porque sean rockeros. Son cumbieron ellos. No vas a ir a una villa y vas a escuchar a Morrissey o a Peter Murphy. Como mucho, en algún lado, Bob Marley, pero eso es porque se transforma en una cuestión folckólorica del rock, del hermano que escuchaba Los Redondos y le dijo al pibe: “Escuchá, ponete la remera de Los Redondos porque si no sos puto”. Por eso, ese rock barrial creo que no es un rock representativo de lo que es realmente la filosofía del rock. Es otra cosa. Es mucho más alejada de lo político, mucho más incorrectamente político si vamos al tanto. El rockero, en definitiva, es esa sangre del tipo Elvis Presley, tipos que se morían drogados o en accidente fatales porque su cuestión era espiritual y no le encontraban un sentido a la vida. O Jim Morrison. Esa es la filosofía del rock, decir que estamos de vida pero voy a vivir al extremo. Nosotros después le damos un tinte político. Pero eso ha sido con la evolución del pensamiento. Hoy el cumbiero tiene más actitud rockera por ese modo de drogarse con todas las drogas de su clase social y matarse. Eso es más rockero, el rock de ahora, el rock políticamente correcto es un poco un rock de acción católica, sirve como eje de mensaje o como medio de comunicación, pero el rock real no servía para nada. Si vamos a escuchar los primeros rockeros más vale que ni le dieras un micrófono: tipos como Chuck Berry, como Jimi Hendrix, eran artistas pero no tenían nada que decir. Es más agarraban un micrófono y capaz que decían cualquier boludez.

– ¿En qué momento pensás que empieza a transformarse esa imagen del rock?
– Yo creo que a partir de los ‘80. Bob Marley creo que fue el primero que intentó corregir la situación. Empezó a haber un rock de protesta social. Si bien Lennon ya lo venía planteando, era toda una corriente.

– Decís que empezó a haber un rock de protesta social, ¿en qué momento comenzaste a notarlo en Argentina?
– En la época de Malvinas, yo justo estaba aprendiendo a tocar la guitarra, entonces era el único del barrio que tocaba la guitarra y me iban a buscar para las fiestas. En la época del proceso militar, tenía doce o trece años y era imposible juntarse en la casa de nadie ni en la calle de nadie. La única que tenían los jóvenes para juntarse era ir a un patio de una iglesia. Podías ser católico, judío, hebreo, lo que fuera, pero era el único lugar donde vos te podías juntar un sábado a la tarde era en un grupo católico juvenil. Otra no había. Vos ibas a un bar, se juntaban veinte tipos y te caía la policía y te llevaba. Nosotros éramos muy chiquitos y me acuerdo que estábamos metidos ahí en la Iglesia tocando la guitarra. Empezó la época de Malvinas, la rendición de Argentina y salieron Piero, Miguel Cantilo y León Gieco. Ahí sí Argentina tuvo un acceso directo a la música de protesta. Todo el mundo escuchaba a Piero “Para el pueblo lo que es del pueblo” o “Solo le pido a Dios” o “La marcha de la bronca”.

– La dictadura influyó en el mensaje de la música, ¿crees que influyó también en tu decisión de seguir ese camino?
– Esto era utópico. Era mi sueño nada más. Era imposible en el 78, en sexto o en séptimo grado, pensar que yo podía ser un rockero famoso en Mendoza. Era una cosa así: un delirio como querer ser astronauta y vivir en La Rioja.

– ¿Cuándo te diste cuenta que era posible?
– ¿Vivir de la música? No, de grande. De chico fue siempre imposible. Hasta por lo menos los 18 años, no se me había cruzado por la cabeza irme como me fui a hacer música. Hasta los 18 años yo pensaba ser un ingeniero electrónico y tocar música en mis tiempos libres. No existía, era imposible. Primero estabas en Mendoza, que es una ciudad muy fascista. Allá el que es rockero es rockero de alma y tienen mucho huevo. Por eso, a veces salen artistas como Quino o escritores terribles, porque el aparato cultural tiene que ser totalmente alternativo y extremadamente arriesgado y muy loco. Sino están todos desaparecidos.

Lo imposible se hizo posible. Goy junto a Karamelo Santo llegó a no poder caminar por la Ciudad. A viajar, a llenar, a familiarizarse con el término sold out, a llegar a un lugar por primera vez y que la gente ya estuviera coreando las canciones, a producir y tocar y tocar y tocar. Llegó a ser el rockero de pelo largo y guitarra y esta experiencia volvió a transformar su propio deseo. La autogestión le llegó de manera casi obligada por querer bajarse de la marca. En su primer trabajo discográfico – “Remedio de mi corazón” – de Goy Karamelo y Kangrejoz no quiso apostar a las lógicas del mercado. Para correrse había que crear nuevos circuitos y fue por eso, por una difusión de boca en boca, por una banda con una cantidad de integrantes que permitía que todos viajen en el mismo avión, micro o camioneta, por shows que recorrieran el país, por libres descargas en internet, por nuevas posibilidades. Nuevas para él, para reinventar sus ganas de seguir haciendo y nuevas para otros proyectos que empezó a producir con su propio sello discográfico.

– ¿Decidir ser productor tiene que ver con rebatir el mercado?
– Ahora grabo discos gratis. Antes me pagaban por ser productor. Lo hacía un sello o la misma banda. Ahora yo tengo mi sello y produzco lo que quiero. Produje el disco de Noe Pucci, que es su disco solita. Ella es una cantante Neuquina, ítalo mapuche. Hice al cacique huarpe Marcelino Azaguate. Hice a Puel Kona, que es una banda mapuche. Hice La Yugular, que son Coyas, de Jujuy. Hice cuatro discos, los hice de onda, y ahora empiezo a hacer cosas para que salga para adelante lo que yo pienso que es un movimiento interesante.

Tienen un montón de cosas muy importantes. Primero y fundamental tienen que ser un colectivo, no tiene que ser un solista. Tiene que ser un colectivo de gente que trabaje junto, que participe en confederaciones multisectoriales o en asamblea originaria. Que tengan una descendencia originaria por lo menos uno o dos integrantes de la banda y que aparte canten en su lengua originaria.

– ¿Por qué la decisión de producir estos proyectos?
– Para mí, este es el futuro del rock nacional. Se acaba el rock nacional ahora es rock originario, rock pluricultural. ¿Nación de qué? Argentina empezó en 1810, esto hace siete mil o diez mil años que existe. Entonces vienen acá, cantan con su kultún, trutruca, sikus, malta, erkes, huancara, lo que sea pero hacen rock y está ahí la vertiente de esto generando algo.

“Los grabo porque van para adelante como piña”, y acompaña la frase con el gesto. Los graba porque para él, ellos son Nación.

– Vos te das cuenta cuando uno es Nación en su lugar, acá en Argentina, Nación son ellos, los pueblos originarios, nosotros somos unos colados que decimos somos Argentinos para justificar un mestizaje que no sabemos que va a pasar. En definitiva, vamos a terminar siendo todos los negros que no queremos porque el mestizaje va a aumentar, cada vez vamos a ser más indios y ojalá yo sea cada vez más indio. Mi vieja vino de Europa, de Rumania y Polonia escapándose de los nazis por ser judía y se cruzó con un Huarpes y yo estoy acá cada vez más fuerte. El destino de los Argentinos es ser negros, ser indios, ser originarios.

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Yo no pude esquivar el disparo

En el medio de un clásico le pegaron un balazo en el pecho. A un jugador de fútbol la policía le había disparado a veinte centímetros de distancia. Azcurra perdió el conocimiento y una carrera que prometía futuro. Ahora lo cuenta en un bar de Mendoza.

Fue un ruido fuerte y seco que duró tan sólo un segundo, pero que lo escuchamos todos los que estábamos en el estadio Islas Malvinas de Mendoza. Los bomberos nos tiraban agua y sumado a la lluvia que caía casi no podíamos ver, pero el silencio que se generó en medio de los disturbios en la tribuna fue la clara señal de que algo grave había pasado.

Carlos Azcurra estaba en el piso, quieto. Inmóvil y boca abajo. Los jugadores – nuestros jugadores- estaban sacados, violentos contra los policías que nos estaban agrediendo desde el terreno de juego. Ya nada estaba relacionado al clásico que hasta hace segundos se estaba jugando. Godoy Cruz nos ganaba 3 a 0 a nosotros, a San Martín de Mendoza, pero el encuentro ya había perdido todo tipo de sentido por lo que acababa de pasar.

Mientras pedían desesperados la atención médica, confirmábamos que el defensor había recibido un balazo en el pecho por parte de uno de esos policías. El apuntado, que después nos enteraríamos que era el Cabo Marcial Maldonado, era escoltado por sus colegas y lo sacaban del lugar rápidamente. Mientras tanto una camilla improvisada se lo llevaba como podía hasta la ambulancia. Me fui de la cancha sabiendo que estábamos a punto de descender del Nacional B, pero sobre todo no pudiéndome sacar de la cabeza ese disparo fuerte y seco y la imagen de ese cuerpo inmóvil.

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Me enteré que estuvo diez días en terapia intensiva y que recién al tercero pudo recobrar el conocimiento. Se despertó totalmente entubado en una clínica de la capital mendocina y sin recordar absolutamente nada de lo que había pasado. “Lo último que me acuerdo es ir a donde estaban los policías para intentar frenarlos porque en la cancha estaban mi Papá y mi sobrina. Después nada de nada, todo en blanco”, recuerda sentado en un bar céntrico de Mendoza.

Lentamente, los médicos le fueron contando. Que estaba jugando al fútbol y que un policía le disparó, estando a tan sólo veinte centímetros de distancia. “No lo podía entender, no me entraba en la cabeza por qué me había pasado esto y por qué había recibido un tiro”, dice, intentando explicar cómo se había llegado a esa situación.

El balazo fue muy contundente. El primer parte médico decía que tenía fracturas costales, un desgarro en el pulmón derecho y otro en el lóbulo inferior. Además que padecía una contusión hepática. Los médicos lo tuvieron que operar, casi que inmediatamente, porque su estado de salud era demasiado grave. “Me dijeron que zafé de milagro, pero perdí el 30 por ciento de ese pulmón derecho. El cuerpo me quemaba y el dolor era insoportable, casi no podía respirar”, rememora el hombre que tiene 35 años.

Lo más duro, dice, fue cuando le confirmaron la noticia que, por como venía la mano, ya se imaginaba: que era muy probable que no pueda volver a hacer deporte en toda su vida. “Me mencionaron que con la capacidad toráxica que perdí no iba a poder aguantar jugar de manera profesional y que corría riesgos de vida si lo hacía. Así que me prohibieron volver a entrenar, de un día para el otro perdí toda la rutina de mi vida. Fue un golpe”, señala en voz muy baja y hablando más pausado de lo habitual.

Cuenta, además, que mientras le decían eso en la televisión pasaban la repetición del momento del disparo y que todo le parecía irreal, como algo que no le estaba pasando.

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Al momento del disparo, Azcurra tenía 27 años. Jugaba, por primera vez en su carrera, un torneo en el Nacional B con San Martín. Soñaba con jugar en Primera o con pegar el salto y hacerlo en el exterior, pero lo ocurrido el 11 de Septiembre de 2005 le puso un freno a sus ambiciones. “Me quedaron varios objetivos por cumplir, siento que me cortaron mis proyectos, pero por otro lado tengo que agradecer estar con vida”, dice quién llegó a ser el sub capitán del equipo y que pese a lo que pensaban los médicos, pudo volver a jugar.

Sí, tras cinco años de angustias se pudo volver a calzar los botines. Ya no con la camiseta de San Martín, que increíblemente lo dejó libre y debiéndole dinero, sino con la de Deportivo Maipú, que juega en la misma provincia y se encontraba en el Torneo Argentino B. “Volver a sentirte jugador fue algo hermoso, volver a entrenar, volver a sentirme importante. Fue muy lindo, pero que me costó mucho”, recuerda y dice que pudo haber vuelto antes, pero que no se sentía preparado psicológicamente. “En todo ese momento del medio no tenía ganas de nada, estaba desganado, triste, pero gracias a mi familia pude salir adelante”, cuenta y dice con una sonrisa que tiene una nena de cuatro años.

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La recuperación la hizo en Capital Federal. A los diez meses del balazo, estaba instalado en pleno centro para rodearse de médicos, como parte de la indemnización que le tuvo que dar la AFA. “En eso puedo decir que se portaron bien conmigo, porque me lo pagaron completamente, pero quería hacerlo en Mendoza con mi familia y no me lo permitieron”, asegura Azcurra que en su posición de zaguero central siempre tuvo como referente a Roberto Ayala y que actualmente le gusta mucho Rolando Schiavi.

El juicio finalizó a fines de 2009. El Cabo Marcial Maldonado – que ya había sido separado previamente al hecho por varios incidentes – fue condenado a la pena mínima de dos años y nunca cumplió la pena de cárcel efectiva.”A mí no me cambiaba nada si iba preso o no, él mandó su disculpa y de alguna forma lo perdoné, pero mi mayor preocupación pasaba porque el Estado me diera el dinero que me correspondía porque ellos no me cuidaron. Quería que finalice el juicio lo antes posible, porque quería cerrar esa etapa de una vez”, cuenta el jugador que recibió 300 mil pesos y que con ese dinero puso un local en su Mendoza natal.

El Cabo Marcial Maldonado continúa formando parte de la fuerza policial mendocina.

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En los momentos en los que no podía entrenar, no perdió el tiempo y se puso a estudiar para ser entrenador. Tras tres años y un corto período como director técnico de El Algarrobal en la Liga A mendocina, se recibió. Para cuando se retire, tiene pensando empezar a dirigir inmediatamente y asegura tener un modelo a seguir en un hombre al que admira mucho: Marcelo Bielsa. “Siempre me gustaron sus equipos por la valentía que tienen de atacar en todo momento. Me gusta cómo plantea los partidos, que intente siempre ser el conjunto protagonista y por sobre todo cómo trata con respeto a todos”, cuenta, más risueño, mientras agrega que ve mucho fútbol para tratar de seguir aprendiendo.

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Tras jugar un año y medio en Deportivo Maipú, pasó por una temporada a Huracán las Heras, también en Mendoza y en el Argentino B y luego por otros doce meses en Trinidad de San Juan, de la misma categoría. Actualmente juega con 35 años en Centro Empleado de Comercio de Mendoza y viene de salir campeón del torneo del interior. A partir de agosto volverá a jugar el Argentino B. “Me nombraron como uno de los mejores del torneo y pude lograr el objetivo de salir campeón, es una alegría que pensé que no la iba a volver a vivir”, rememora y dice que desde que volvió a las canchas no se perdió ni un partido: que nunca se lesionó.

“Estoy grande ya, cuando veo a un joven que recién arranca y que se angustia por alguna lesión que lo deje un mes sin jugar, le cuento mi historia para que sepa que lo de todo pasa muy rápido y que no se tiene que volver loco. Que me tuve que armar de paciencia y de cinco años para volver y con eso los calmo y les saco una sonrisa”. Carlos Azcurra, un hombre que estuvo muy cerca de la muerte, muy cerca de dejar el fútbol para siempre, pero que renació y que todavía quiere recuperar los sueños que le habían arrebatado de un balazo. Mientras tanto, saluda y se va a continuar con esa rutina tanto le agrada y que pensaba perdida: entrenarse.