Residentes enajenados

El hilo se corta por lo mas delgado. En el sistema de Salud de la Ciudad, los jóvenes que arrancan en la profesión son los más vulnerables y los mismos que, involuntarios reproducen su propia enfermedad. 

Albert Camus escribió en su novela más célebre, El extranjero, la historia de un hombre apático, Mersault, distante de su familia, incapaz de entregarse al amor, que no reconoce las instituciones y descuida los límites entre la vida, la muerte y la libertad. Extrañado, indiferente, displicente, impasible, Mersault es un extranjero frente al mundo, no se adapta a los valores sociales ni la sociedad lo entiende; no encuentra apoyo en una mujer que lo quiere, en un amigo que lo busca, comete un asesinato indeseado y termina preso por una justicia que juzga, más que esa muerte, su vida extraña.

¿Qué tiene que ver El extranjero con esta nota?

La salud pública, como el estado moderno que describía Camus, es una gran productora de individuos extrañados: pone a los profesionales a funcionar en automático. Juego perverso: ¿Es más importante la salud del paciente que la salud de quien lo atiende?

Un error en la matrix, o un despertar fogoneado por los tiempos electorales, llevó el 7 de agosto a más de 4 mil médicos porteños a repudiar frente a la Legislatura el recorte presupuestario y el vaciamiento que, denuncian, está haciendo el Gobierno de la Ciudad en la salud pública. En aquella “marcha blanca”, paisaje de guardapolvos, el mundo desde los residentes se hizo sentir: a pesar de las amenazas con auditorías en los lugares de trabajo, de los horarios insómnicos, los jóvenes fueron mayoría entre los 4 mil.

Otra asociación literaria podría incluir, por ejemplo, alguna novela de Kafka: el hombre enfrentado – ínfimo- a la burocracia del estado.

Una más: en la película Las 12 pruebas de Asterix, este galo y su compañero Óbelix tienen que sortear una serie de pruebas que, según César, romano, los pondrán en ridículo. Pelean con maestros de las artes marciales, ganan carreras a velocistas, burlan a un hipnotizador egipcio, escapan de los placeres hipnotizantes de unas sacerdotisas… y al final, ya superadas las otras, se les depara la decimosegunda y última: entregar un papel en un edificio público. Asterix y Óbelix suben y bajan escaleras, la gente los manda para cualquier lado, los pasillos se duplican, nunca está la persona indicada… Finalmente, exhaustos, al borde de la locura, logran entregar el papel, no sin antes confesar que fue la prueba más difícil de toda la cruzada.

Los residentes de los hospitales hacen algo mucho más difícil que todo esto: lidian con la sensibilidad de la vida.

Pero no cobran el sueldo o lo cobran tarde, trabajan muchas más horas de las que deberían, hacen trabajos que no les corresponden, son maltratados, ninguneados, su trabajo en la salud es insalubre.

Los personajes de esas historias ficticias que trazaban un perfil del individuo moderno son, hoy, en Argentina, los trabajadores precarizados atrapados entre el estado, las empresas y los sindicatos que, en teoría, debieran discutir esas condiciones, pero que en esto y sólo en esto parecieran hacer tablas.

En teoría, la teoría y la práctica siempre coinciden; en la práctica, no.

Son los más jóvenes del sistema de salud pública, son los más comprometidos y son el futuro.

Al mismo tiempo que trabajan están aprendiendo una especialización: y la están aprendiendo como el culo.

Son estudiantes recibidos de la carrera de medicina o especialidades como psicología, bioquímica, psiquiatría y hasta trabajadores sociales, que tienen que cumplir cuatro años de residencia en hospitales y centros de salud porteños.

Trabajan, no es que miran a los que trabajan: trabajan a la par que cualquier otro profesional del hospital y a veces hasta más.

El trabajo les requiere tiempo exclusivo: es decir, no llegan a trabajar de otra cosa. Aparte, no olvidemos: tienen que estudiar para especializarse.

Reclaman varias mejoras, pero una urgente y tan elemental como la propia ley lo impone:

 “Solicitamos al Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires el cumplimiento del pago a mes vencido de todos los residentes a cargo”, piden en una solicitada que busca firmas.

Traducción: que les paguen a fin de mes.

Todavía hoy, residentes que ingresaron a la salud el 1 de julio, no cobraron un peso.

En otro volante que repartieron el día de la marcha frente a la Legislatura, completan:

-Ampliación de los cargos de residencias

-Pago a los concurrentes de acuerdo a carga horaria

-Pago extra de las guardias

-Eliminación de las guardias para las residencias no médicas

-Franco postguardia

-Supervisión permanente y efectiva

-Seguro de mala praxis a cargo del empleador

-Estabilidad laboral post residencia

-Por una ley de Residencias para todas las disciplinas en Salud

¿Qué quiere decir todo esto?

Algunos residentes han logrado curarse del síndrome de El extranjero y, aunque su vida resulte kafkiana, están acostumbrados a sortear las 12 pruebas de Asterix.

Si la historia de Mersault era la de un hombre solo, soltero y solitario, esta no.

Hablando en serio: desde hace meses un grupo de residentes se viene juntando y organizando. Lograron condensar en esas consignas un sinfín de anécdotas diarias, que ponen al margen la pasión con que hacen el trabajo.

O quizá es esa la cuestión central: la pasión de estos jóvenes residentes que apuestan a la salud pública y la discuten y la defienden y la quieren mejorar.

Paula y Nacho son dos personas. Son jóvenes de veintipico. Son médicos. Trabajan de residentes.

Para ellos es fácil volcar los pedidos en anécdotas. Basta memorar una situación de horas, a lo sumo día atrás. Pero eligen dar una discusión profunda y molesta, no conformista, una discusión y un pedido que involucra la vida de sus pacientes y la de ellos. La de todos.

¿No es eso la salud pública?

Nacho arranca sin vueltas: “Estas situaciones de exposición ignorada de manera adrede por nuestros representantes evidencian el atentado en nuestra formación sanitaria, estimula la preferencia por el servicio privado para nuestro desarrollo. Siguiendo este camino, si las raíces crecen en macetas elitistas ¿no terminan floreciendo sólo para algunos?, si los médicos son “obligados” a invadir el servicio sanitario privado, ¿te imaginas la estructura de salud dentro de 20 años? Aquello que debe ser un derecho, como lo es la salud, explotado como una empresa donde los pacientes sean clientes, el mejor hospital pase a ser aquel que brinde wi-fi con enfermeras mucamas y médicos especialistas en relaciones públicas”.

Nacho y Paula son parte de las voces que hacen frente al modelo neoliberal de salud pública, que quedó en bolas con la Metropolitana en el Hospital Borda, pero que viene trabajando menos ruidosamente – pero no menos violenta- desde hace seis años atrás. Y que hace que la situación de residentes y concurrentes hoy toque un límite.

Paula Osorio lleva más de 3 años haciendo la residencia en el hospital Pedro de Elizalde. Además, trabaja en una clínica privada. Es decir: su vida es prácticamente trabajar.

¿Alguien podría decir que esta joven no está dispuesta a hacer su trabajo? O peor, ¿decir que no trabaja?

La Ley de Residencia permite que los concurrentes, que son los no rankeados en los cargos de residencia, ni siquiera cobren. Sobre la residencia también plantea un confuso límite entre el trabajo, el estudio y la combinación en la especialización: confusión usada siempre a favor del empleador. Así hay normativas que abarcan a todos los profesionales del hospital, menos a los residentes, como si no fueran trabajadores: “Además de las vacaciones se plantearon 10 días por stress para todos los profesionales. Después dijeron que en realidad era para todos menos los residentes. Y a residentes que se los habían dado, les dijeron: no, no te correspondía”, cuenta Paula. Estas diferencias también toman la forma de maltratos o chicanas por parte del personal de planta y directivos de los hospitales.

Según una encuesta realizada por la Subcomisión de residentes de 2011, el 64% de los residentes que participaron dijeron haber sufrido maltratos, “identificando a los responsables principalmente al personal de Laboratorio, Enfermería y de Guardia. Además un 26% refirió recibir maltrato por parte de residentes de otros servicios y un 26% por parte de residentes superiores”.

Estos resultados -que para nada pretenden buchonear a sus colegas, sino al contrario: reclamarle que no sean ellos tan buchones- surgen de la primera encuesta realizada a residentes y concurrentes sobre su trabajo y el proceso de formación. Encuestadores y encuestados eran los mismos, los residentes, en otro ejemplo de extranjerización del modelo.

Ignacio Prieto, residente del Argerich, integró aquella Subcomisión que promovió la encuesta. Cuenta: “Iniciamos haciendo un diagnóstico de situación. Debido a la carga laboral propia de cada residencia, nos demoramos unos meses… Incluso las conclusiones están sesgadas, ya que la mayoría de las residencias más sometidas no pudieron participar”.

La encuesta logró sin embargo la participación del 66% de los residentes y concurrentes, es decir 172 de un total de 267, de 28 especialidades destinadas a la salud.

Eran 28 preguntas que interrogaban sobre la formación, las guardias, la integración a la institución, los maltratos y la participación y organización. Algunos resultados que acerca Ignacio y retratan el lado más oscuro de las residencias:

-La mayoría de los encuestados sostiene que su formación puede mejorar con la participación de otros profesionales;jefes de residentes, profesionales de planta y otros residentes.

– El 78% considera necesario el día post-guardia.

– Más de la mitad de los encuestados refiere no conocer a los directivos del hospital.

– El 40% realizó traslados en ambulancia en algún momento de la Residencia/Concurrencia, y el 56% no lo hizo. En relación a ello, el 74% manifiesta que no fueron preparados para realizar dichos traslados.

– Al ser consultados sobre la posibilidad de contar con un espacio para mejorar las condiciones de la Residencia/Concurrencia, una amplia mayoría (97% de los participantes), refirió que lo utilizaría.

Sobre este último tema, referido a la participación y la organización, Ignacio mete la autocrítica: “¿De quién es la responsabilidad de crear estos espacios? ¿Nos apropiamos y sostenemos los espacios que actualmente existen (Subcomisión de RyC, asambleas, jornadas) para problematizar y buscar soluciones conjuntas a las dificultades que se pudieran presentar en el trabajo?”.

La respuesta parece ser que no.

La pregunta parece demostrar que, algunos, sí.

Un edificio del hospital Durand. Un aula. Diez residentes, una concurrente. Asamblea.

A veces son más y a veces menos, depende de los relevos en las guardias y de los horarios mismos: muchos no pueden acercarse porque están trabajando. El nivel de participación también depende del “momento”: en junio cuando entran residentes, en agosto cuando todavía no cobraron un peso, y así.

Paula es residente hace 3 años y contando: “Una vez por año tenés un montón de gente nueva que hay que darle toda la discusión de vuelta. Es un trabajo de hormiga y de formar todo el tiempo la discusión y el espacio”.

Se elabora un temario y se establecen prioridades: el cobro del sueldo es el tema más urgente.

Luego lo que ya están acostumbrados a llamar “la situación laboral en general”. Algunos puntos: especialidades que no precisan guardias (“hay especialidades como trabajo social o bioquímica que no precisan guardias, pero está naturalizado”, cuenta Paula), los maltratos, los traslados en ambulancias. “No nos corresponden, y menos sin una supervisión”.

Los concurrentes, un paso atrás, dicen: seguro de mala praxis a cargo del empleador, ART, obra social.

Se habla de tratar un nuevo proyecto de Ley de Residencias. Se mantuvieron reuniones con asesores de legisladores. Disconformidad: “Se planteó una hora menos de trabajo, no se cubre ni un reclamo de los que estamos haciendo”.

Se pasan las firmas reclamándole al Gobierno de la Ciudad que “pague a mes vencido”.

Se van anotando los pedidos más urgentes y las formas de darles cauce. Se acuerda una reunión con Kumiko Euguchi, la coordinadora de capacitación del Ministerio de Salud del gobierno porteño.

Se desliza una frase: “Mejorar el sistema de salud para los que vienen”.

Paula no está acá por otra cosa: transita el último año de residencia. “No sé si voy a seguir en el sector público porque en el Gobierno de la Ciudad es muy difícil, hay muy pocos concursos de planta permanente”. Otro juego perverso: en vez de abrir cargos de planta, que formalicen el trabajo contratado de los residentes, se abren más residencias precarizadas.

La estabilidad laboral post-residencia es otro de los pendientes: en general los médicos se quedan sin trabajo tras la residencia y encaran un camino de competencia entre muchos para pocos cargos, con las clínicas privadas siempre mirándolos con ojos sugerentes. “Pero en las clínicas en general se trabaja en negro o facturando, no es trabajo estable tampoco. En general es por hora, como monotributista, y a veces terciarizado”, desidealiza Paula.

Entonces la asamblea: “El sistema de residencias esta injerto en un sistema de salud. Queremos un sistema de salud que sea más justo, para los que trabajan y para los que lo usan. Luchar dentro de la residencia es algo más en el camino de construir un mejor sistema de salud. El día que no seamos más residentes lucharemos desde otro lado”.

En esos otros lados: psiquiatras, bioquímicos, neurólogos. Abogados, periodistas, anestesiólogos. Canillitas, kioskeros y amas de casa.

El día que tengamos un accidente o una fatalidad, no va a aparecer un helicóptero a llevarnos a la clínica Los Arcos. Va a venir Paula y nos va a atender Nacho.

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