Las sombras no esconden

Situada en la Argentina del 78’, la ópera rock de Mariano Cejas se adentra en la herida de una familia oprimida por el silencio. “Los restos de la memoria” enfrenta la impotencia de representar la ausencia y de narrar lo impensable de la desaparición.

La memoria opera según parámetros difíciles de medir y comparar con variables lineales como el tiempo. Recorre otros caminos, deja otras huellas y recrudece su actividad a partir de impulsos insospechados. La memoria colectiva, por su parte, se alimenta exponencialmente del amor y la resistencia de las fuerzas vitales contra la muerte; el amor también es político. Como construcción social, la memoria se mantiene activa, cada día edifica un nuevo puente entre el pasado y el presente y resignifica sus sentidos. La memoria es caliente. Entrelaza manos, abraza sueños y da abrigo.

El hierro, en cambio, es frío y punzante. Refracta una luz gris que te sumerge en la más cruda soledad y te deja atrapado entre sus filos.

¿Puede un recuerdo hueco, ausente de cuerpo, quebrantar la cárcel paralizante que impone el hierro? ¿O es justamente esa falta la que potencia el deseo de seguir encarnando el lugar de ese otro arrebatado?

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_DSC4535“Esta es una obra a favor de los derechos humanos. Me interesó representar y transmitir sensaciones, más allá de la literalidad de la violencia”, expresa Mariano Cejas, director de Los Restos de la Memoria. En esa búsqueda, la obra nos asoma a la vida cotidiana de una familia argentina en 1978, cuyo padre ha desaparecido. Desde esa perturbación absoluta de cada espacio de la intimidad, desde el desgarramiento del día a día, se reflexiona en torno a los efectos corrosivos del silencio y la incertidumbre sobre los vínculos familiares y los lazos afectivos entre los que quedaron. “Decidí centrarme en una familia porque creo que siempre se va hacia el desaparecido, hacia la violencia más literal. No he visto cosas que se centren en una casa, desde el punto de vista de la persona que se tuvo que quedar en la incertidumbre de no saber qué va a pasar. Que a la vez es súper dramático. La gente se va reflexionando porque la obra es fuerte desde el contenido, por el sufrimiento de la familia. En la temporada anterior, se me acercó gente a decirme  ‘contaste la historia de mi primo…’. La verdad es que no nos basamos en ninguna historia en particular, aunque por supuesto hubo mucha investigación”, cuenta Cejas. De hecho, la obra deja la sensación de que podría ser cualquier otra familia y por eso es tan fuerte la identificación con la propia historia. A partir de esta ficción mínima, “Los Restos…” interpela, atraviesa al público con un espejo de la época y lo deja en carne viva. “No queríamos representación de una casa en sí, sino que tuviera una sensación fría, de soledad y de encierro. Que tiene que ver sobre todo con el personaje principal, que es una mujer que se queda estancada en el tiempo, no sale en la búsqueda. La mujer se estanca en un estado de desolación. Por eso, la escenografía de cubos de hierro que manipulan los bailarines tiene que ver con una cárcel”. Para Cejas, “el punto de partida es cómo se transforma la vida de una persona, de una familia, y cómo se van adaptando a eso”.

La obra está escrita por su director, Mariano Cejas, junto a Norberto Helmholt, y la composición e interpretación musical en vivo está a cargo de la banda “Muelles, colores y libertad”. La música genera climas de angustia y oscuridad y permite adentrarnos en la vida emocional de cada uno de los personajes. “La música tiene un rol muy protagonista, no es secundario o de fondo. Elegimos el rock porque fue un género muy censurado durante la última dictadura, y es como nuestro pequeño homenaje para todos los músicos que se tuvieron que exiliar”, aclara Cejas. El elenco también se está compuesto por un cuerpo de baile con coreografía de Leandro Bustos. Los bailarines, presente durante toda la obra y con una estética desgarrada y brutal, expresan las vivencias del horror de los distintos personajes. “Nos interesó trabajar a partir de distintos lenguajes, la música, el teatro, la danza, el diseño de luces… De todas formas, más allá del desarrollo de cada uno y de las distintas interpretaciones que se pueden hacer, siempre sostuvimos la importancia de ser conscientes de la historia que se está narrando y, sobre todo, la época en la que se enmarca”. Para esto, el equipo de la producción y el elenco leyeron el Nunca Más, vieron películas y leyeron artículos de investigación sobre el impacto psicológico de “tener” un desaparecido, justamente como aquello arrebatado, que nunca más se tiene. “Es una gran incertidumbre. Es no saber. Es alguien que se lo llevaron, no sabés dónde estuvo, cómo murió, ni qué le hicieron. La obra abarca más o menos cuatro años… y el tiempo ayuda, pero no es algo que se pueda superar, porque no hay un cuerpo que te permita una clausura. No hay adónde ir a llorar”.

La idea de “Los Restos de la Memoria” surgió en 2012, pero no aspiraba a tener el despliegue que finalmente tuvo, sino que esperaba una puesta más modesta. Sin embargo, el encuentro entre Mariano Cejas y “Muelles, colores y libertad” fue decisivo para dar rienda suelta al desarrollo que la historia demandaba. Los ensayos comenzaron en 2013; la banda, el cuerpo de baile y los actores trabajaron sus partes por separado hasta que en agosto del año pasado comenzó el proceso de ensamble, cuando la obra comenzó a mostrar su espesor. Finalmente, con el auspicio de la Asociación Civil Abuelas de Plaza de Mayo y declarada de interés por la Secretaría de Cultura de la nación, se estrenó en octubre de ese año en el Teatro Sha, con tres únicas funciones. “Es como una tranquilidad tener el apoyo de Abuelas, como un permiso para habar sobre el tema”, confiesa Cejas. Con buenas repercusiones y críticas, ese primer estreno le sirvió a Mariano para ver la obra desde otra perspectiva y comenzar a trabajar sobre algunos elementos a mejorar. En este marzo de 2014, horas antes de que se conmemore un nuevo Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, “Los Restos de la Memoria” se reestrena en el Teatro Sha. La obra, que se puede ver los domingos a las 20hs, seguirá en cartel hasta el 11 de mayo.

“Hemos hecho trabajos fuertes con los actores. La obra empieza con el padre desaparecido, y en uno de los ensayos recreamos como una escena previa, un festejo del cumpleaños con el padre presente, porque la ausencia solo puede inscribirse donde hubo una presencia. Entonces durante un ensayo hicimos un corte de luz y asistentes de la producción entraron de una forma violenta, tirando toda la escenografía, agarraron a los intérpretes y se llevaron a ese padre. Sin que ellos supieran que eso iba a suceder. Terminaron en un estado de angustia muy grande, sobre todo porque no esperaban que eso pase”, cuenta Cejas. Este ejercicio que puede pensarse simplemente desde la dirección de una obra de teatro, simboliza esa imposibilidad, ese espacio límite para el pensamiento que constituye una desaparición. Esa ausencia de hueco, ese vacío descarnado e infinito, ese horror abismal que rebasa a la muerte misma, que condena a una herida sin sutura. “De alguna forma, esas pequeñas cosas contribuyen a la verdad que puede transmitir la obra. Incluso como incentivos para que los actores se involucren con esa realidad. A veces no basta con ponerse en el lugar, hay cosas que es necesario hacérselas vivir de alguna forma. Fue una obra fuerte para ensayar. Por la historia que contamos, era necesario poner mucho de lo emocional de cada uno”.

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