Despedida por travesti

María Laura Alemán es cantautora y compositora clásica y popular. Se gana la vida con clases particulares y dirige un coro. Hace un año que la echaron del colegio donde trabajaba por elegir cambiar de género. Allí era el profesor de música Eduardo, hasta que la fotografiaron travestida en una farmacia. Desde entonces, comenzó un raid de extorsiones que culminó en su despido y que demuestra la marginación social y laboral a la que son sometidas y empujan a las personas trans. Esta es la primera entrega de una serie de historias que aborda la problemática en primera persona.

A María Laura la echaron por travesti. La echaron de la escuela y del coro que dirigía, y la despojaron también del lugar que construyó durante cuarenta años: un lugar de prestigio en la música, como profesora y compositora. La echaron porque “la vieron”, me dice, y quiere decir que la vieron travestida, como María Laura y no como Eduardo, que era quien iba a la escuela. Hasta eso, María Laura, cuidaba: respetaba y defendía su fuente laboral con la mentira de seguir siendo hombre. Pero desde el 2009 que le había puesto nombre e imagen a esa necesidad y ese placer de verse mujer, el resto de su vida. Y eso, cueste lo que cueste, no iba a cambiar más.

Le cuesta a María Laura sostenerse al margen del laburo formal al que estuvo siempre acostumbrada. Le cuesta porque tiene 3 hijos, porque perdió el cariño de sus alumnos y porque sobrevive en ella la injusticia del despido. El desconcierto. La nueva vida.

En esa incomodidad sobrevive –como siempre- gracias a su talento musical: a su labor como compositora y al caudal de alumnos que atrajo a clases particulares de canto y piano. Esta es su otra identidad: María Laura es música. Y entre la decisión de dejar la carrera de ingeniería naval, a tan sólo un año de recibirse, para dedicarse de lleno a su pasión, y su cambio de género subyace la misma razón: “Todo el proceso por el cual yo descubrí que mi vida era la música no es muy diferente al de la transexualidad. Me costó lo mismo abandonar la carrera formal y dedicarme a una actividad ya de por sí mas marginal, y pretender con eso tener una vivienda, mantener una familia, desarrollarme como persona, cuando todas las garantías te las da un titulo. Lo mismo pasa cuando todas las garantías te la da ser hombre, vivir acomodado en un entorno…”.

Tener un trabajo.

Una anécdota condensa la intensidad de esa decisión que implica no sólo un cambio de planes, sino sacarse de encima una serie de estereotipos, prejuicios y valores que nos condicionan: “En arquitectura naval tenía una pila así de trabajos prácticos, ya hechos, pero no los iba a presentar; me llamaba el profesor a casa y me decía que se los llevara para firmar, pero yo no iba. Fue difícil, me acuerdo que no dormía…”.

Fotos: NosDigital
Corría el 84, María Laura todavía era Eduardo Alemán y empezaba a decidir los destinos de su vida. El abandono de la carrera que cursó durante 10 años para dedicarse a la música coincidía, casualmente o no, con su primer matrimonio: “Es un momento donde vos mirás un poco más para adelante, ¿no? Te involucrás en un proyecto a largo plazo y de vida y te aparecen las otras cuestiones. La de la transexualidad ni apareció ahí, no como cuestión a plantearme, porque aparecer aparecía pero no tenía ni idea qué era”.

Una sensación. Una necesidad. Un deseo. Una identidad viviendo adentro de otra, o siendo la misma, transformada. Una inquietud existencial que siguió a María Laura desde la juventud hasta el 2002, año en que un médico sexólogo puso título a sus “ganas de verse mujer”: transexualidad.

Se resistió hasta 2009, hasta que entendió que no era un problema y podía destapar su deseo manteniendo su curso de vida.

Ya separada, con sus hijos en la otra casa, primero sus vecinos palparon el cambio, el barrio, los pibes que pasaban y le gritaban cosas.

La familia acompañó.

Pero en el colegio católico donde trabajaba, el San Martín de Tours, no lo aceptarían. “Ya había habido ciertas situaciones y, además, yo fui alumna y padre de ese colegio porque mis hijos fueron allí, entonces sabía que no lo iban a tomar bien”.

Eduardo Alemán siguió siendo como siempre el profesor de música y director del coro del colegio.

Hasta que la vieron.

Ganarse ese lugar en el colegio – laboral y profesional, ya que era muy respetado entre sus colegas y muy querido por sus alumnos- admite que le fue “facilísimo”. No le hizo falta ni título docente para meterse en el ámbito de la educación privada y, a partir de su formación autodidáctica, enseñar canto y acompañar a los chicos con la guitarra. “De hecho, a mí me llamaron a trabajar en el colegio, yo nunca fui a buscar trabajo, y gente que me conocía, que sabía cómo me manejaba, empecé con la suplencia, estaban contentos, cada vez más horas, más horas, más horas y al final vivía de eso”.

Con trabajo docente María tuvo y mantuvo tres hijos y una mujer, y compró la casa donde ellas ahora viven. “Yo rechazaba trabajos, constantemente me llegaban y yo estaba bien con lo que tenía”.

A principios del 2010, cuando ya hacía un año que María Laura había cambiado su imagen manteniendo su vestimenta varonil para el colegio, un día fue a la farmacia.

Alguien que estaba por ahí sacando fotos se dio vuelta y la fotografió.

Qué raro.

Desde entonces sobrevinieron una serie de “extorsiones” que condenaban a María por su cambio de sexo. Extorsiones de padres y autoridades del colegio, cadenas de mails circulando como “denuncia” del profesor de música travesti, como agravio, insulto y discriminación.

Le pusieron una persona adentro de cada clase, vigilándola. “No sé que pensarían, que les hacía algo a los chicos”.
Hacían adrede correr el rumor de la bronca de los padres de esos chicos, atemorizándola. “Una vez estaban todos juntos, después de un acto, y yo pasé por el medio para ver si me hacían algo, para enfrentar la situación. No me dijeron nada. “Chau, Eduardo, me saludaron algunos”.

Le armaron un coro paralelo al que ella dirigía en la escuela, a donde migraron muchos de sus coristas –en su mayoría padres- y que empezó a funcionar como estrategia dilatoria del suyo.

Las maniobras intentaban ahogarla antes de las vacaciones de invierno del 2011, como para que renunciara. Finalmente fue la directora quien la llamó y le hizo saber que sabían “que fuera del colegio me vestía como mujer”: “Pensó que yo se lo iba a negar pero le dije que sí, que esa era la elección que había hecho pero sin embargo respetaba mi lugar de trabajo”.

El despido, que se concretó ese invierno, no lleva una causa fundamentada y ya es motivo de acciones judiciales contra el colegio.

Como profesora y compositora, despojada de toda institucionalidad, autogestiona sus clases de música y dirige un coro.
Todavía le busca la vuelta – económica, emocional, laboral- no a su nueva vida como Laura, que ya lleva unos años, sino a la marginación –económica, emocional, laboral- a la que fue empujada desde que la echaron.

Su historia representa una perspectiva personal que ella enfatiza al decir que no sabe si “lo laboral es una problemática” – solo- para la comunidad trans. Para ella sí. Pero, en todo caso, deja en claro que no se trata únicamente de procesos de inclusión, de correr del margen al centro a quienes cambian de género, de la informalidad a la formalidad, a la institucionalización, que no se trata únicamente de ayudar paternalmente a una población evidentemente golpeada: “No se trata de ponerle un uniforme a una persona trans y meterla ocho horas en una oficina. Porque eso tiene que ver con lo mismo que quiere el sistema que nos discrimina. El sistema lo que no te permite es liberar tus sueños, tus deseos y que puedas vivir de lo que te gusta”.

Eso, parece ser, no es solo un problema de los trans, que además tienen otros problemas.

Piedra libre para ser

María Laura Alemán, compositora y cantante trans, hizo su presentación oficial como solista en Mu. Punto de Encuentro. El recital devino en un encuentro entre almas y la artista nos invitó en un recorrido por sus creaciones y su vida. “Desde que me animé a cantar mis canciones, me encuentro con una situación nueva. Se da una conexión amorosísima y creo que el hecho artístico verdadero es ese.”

Ella es alta, rubísima y de ojos profundos. En la curvatura de sus párpados, parece dibujarse cada sensación que le atraviesa el cuerpo. Lleva rouge oscuro y algo de sombra en los ojos. El ancho de su espalda es el ideal para un buen abrazo. Las uñas de manos y pies, de un negro brillante, a tono con los pequeños aros que penden del lóbulo de sus orejas. Sus manos se mueven algo inquietas, en un caos aparente solo para el que no sabe escuchar los gestos: entre sus palmas, le pone música al tic-tac del reloj. Quien nos presta su presencia para el escueto retrato es María Laura Alemán, cantante y compositora trans. Luego de numerosas apariciones artísticas desde el 2009, su primer año como María Laura, hizo su presentación oficial como solista en Mu. Punto de Encuentro.
Para mí, fue muy emocionante. Es un descubrimiento, porque antes, como hombre, jamás me animé a cantar mis cosas, jamás. No quería trascender como Eduardo, aunque ya lo había hecho bastante como músico, pero no saliendo a cantar mis canciones. Las cantaba Cecile, mi exmujer, siempre. Me acuerdo que en la terapia en que descubrí mi transexualidad, el tipo me preguntaba “¿cuándo le vas a poner la voz a tus canciones?”
Hay muchas otras preguntas, como cuánto de quién ella es, cuánto de su identidad está anclado en su cuerpo y cuánto (más) fluye en su arte y sus canciones.

Recuerda como una de sus primeras composiciones un blues que escribió en primer año, cuando hacía la secundaria en el colegio de varones, San Martín de Tours. La música apareció pronto y se convirtió en su medio de vida y expresión, a la par que desarrollaba estrategias creativas para sobrevivir como Eduardo. Y hay que decir que, para el afuera, esa lucha por ser un hombre correcto y exitoso fue bastante fructífera. Desarrolló sus habilidades deportivas en el rugby, y su disciplinada autodidaxia en la música la pusieron al frente de numerosos coros, recibió premios por sus composiciones y ejerció la docencia en el colegio religioso donde había hecho sus estudios. El mismo colegio que, acuerdo laboral mediante, la expulsó y la estigmatizó por su transexualidad.
A lo largo de esos años, en los que se escondía de sí misma y frenaba las pulsiones para las que aún no encontraba un nombre, el rol que probablemente más disfrutó fue el de esposo y padre de tres (Lalo, Luisa y Sonia). Sigue cumpliendo su rol de padre, que nada tiene que ver con su género. A partir de su visibilización como María Laura, empezó un proceso de transformación al interior de la familia y se ensayaron lazos más reales, basados en la libertad y el amor entre personas. “Zamba del vuelo”, la canción con la que abre cada uno de sus recitales y la que también inaugura las primeras páginas de su libro “Transhistorias”, dice: yo no soy el que fui / ni seré quién soy ahora / solo sé que mi amor / duerme intacto en mi corazón.

Imagen: NosDigital

-Aunque la zamba diga eso, mi cambio radical fue la visibilización, pero en realidad, soy la misma persona. A nivel familiar, cuando alguien quiere suponer que la persona que era yo antes se murió, yo digo que no; yo sigo siendo, sigo llevando  esa persona y además, con mucho orgullo. Es lo que me tocó vivir e hice lo mejor que pude. No borro el pasado.
Mientras hablamos, por el monitor de su computadora pasan algunas fotos. Sobre una de las imágenes, posa el mouse y la detiene. Se ve un muelle largo de madera que culmina en dos espaldas curvadas hacia el futuro. Una nena de 7 años y un hombre de espalda blanca y pelo acanado. Eduardo y su hija menor están rodeados de un agua celeste, de postal. La penúltima canción que compuso María Laura se llama “Foto con Sonia en la bahía”.
– Esa foto a mí siempre me emocionó profundamente. Es del año 2001. Me pasó de estar mirando ahora esa foto y sentir que en realidad estábamos mirando este futuro, sin saberlo. No es el horizonte que se ve ahí, es algo más que un papá y su hija mirando, y me planteé si no estábamos mirando hacia este ahora.

Tiene más de 350 canciones compuestas, en un repertorio que se divide entre la música popular y la música clásica, y sin contar los temas más rockeros de su adolescencia. Ante monumental obra, alguien podría pensar (un alguien que nunca la escuchó) que su producción artística responde a algún mecanismo automático casi industrial. Con tan solo unos acordes, con el solo susurro de un par de versos, queda claro que cada una de sus creaciones responde a una emoción profunda. Y en ese mar de historias y sensaciones nos zambullimos cuando ella está en el escenario.
-¿Cómo empieza el proceso de composición?
– A veces me vienen imágenes de donde sale una canción…es algo que de alguna manera me impacta, puede ser una imagen, un encuentro, un lugar. Surge de algo que pasó, que me marca de alguna manera. Yo no digo “voy a hacer canciones”, salvo cuando alguien viene, me contrata, me da una letra…funciona de otra manera. Pero si no, en general, me tomo muchísimo tiempo, no quiero sacar la canción. Soy muy crítica, pese a que hay algunos temas a los que le perdono la vida y los canto, no están todos en la misma categoría.
-¿Hubo cambios en la forma de hacer música desde tu visibilización como María Laura?
– Hubo cambios en la composición, pero en realidad es como que se liberó. Mi lenguaje se volvió más fluido, pero no hubo un gran cambio. A lo mejor, ahora estoy más atenta a situaciones que pasan, a mirarme más, a mirarme de una manera real, verdadera, sin miedos. Entonces, puede ser que esté más atenta y de pronto sé que hay cosas de las que va a salir una canción. Hay algunas canciones que son de hace muchísimo y las podría haber escrito ayer. “El vendedor de curitas”, es viejísima. La escribí antes del 90’ y es de un episodio del 68’. Lo que sacude esa historia es un tema de discriminación, que yo a los 11 años por primera vez me encontré con una situación de ese tipo. Y no es nada lejano a lo que podría escribir ahora.
La soledad, la humillación, los miedos y las desapariciones tiñen algunas de sus canciones. Del mismo modo en que algo de nuestro ser más íntimo salpica cada cosa que hacemos, la transexualidad atraviesa todas las canciones de María Laura. La música fue y sigue siendo un espacio vital para reafirmar su existencia y encontrar un lugar en el mundo.
-Las canciones me sirvieron para decir yo estoy, yo existo, yo soy. La música era un espacio donde podía hablar de mi soledad, que es algo muy presente en la vida de cualquier persona que vive en algún tipo de margen, pero también de las cosas lindas, de mi amor por la vida. Hoy sigue siendo fundamental, porque aunque ya me expreso por la vida como quien soy, siempre hay algo más que tiene el arte de poder expresarnos. La creatividad te saca afuera todo lo que podés tener atrapado. Cuando creás, sos vos. Yo sé que yo canto y escribo por una necesidad, cuando yo no podía hablar, no podía decir… el arte me salvó la vida.
Entre canción y canción, María Laura va entretejiendo la noche de historias. Con el decir y el ritmo que le imprime a sus palabras, nos contagia su pasión por narrar. En definitiva, nos invita a acompañarla en su viaje, en su tránsito por la vida. Una que le gusta contar es la anécdota que dio origen al megahit, como le decimos entre risas, “Peñas Blancas”, premiada en 2005 por el Fondo Nacional de las Artes en el concurso “Canciones de raíz folklórica”, en el área de música litoraleña. Peñas Blancas queda en Salta, a poca distancia del dique Cabra Corral, y es una región en la que coexiste diversidad de flora. La canción, compuesta en 2003, está inspirada en una tarde de rafting, en los descensos por los rápidos del Río Juramento, un tajo gigante entre las montañas. Mientras contaba esto en el festival “Destravarte” 2009, se dio cuenta que todos esos años había creído estar hablándole al río, cuando, en realidad, el río era el que le decía a ella: déjate llevar, déjate llevar / por los remolinos / que como el vino, te hacen girar.
– A veces pasa que no entiendo por qué puse algo, y de pronto, aparece una respuesta un tiempo después. El pintor Mariano Cornejo, con el que hice algunas canciones, decía que el arte es como alguien que te agarró, te tiró por el aire, y allá subiendo, pudiste ver por una ventanita y después bajaste. Y escribís sobre lo que creés que viste. Pero lo que está pasando es eso que está ahí, y nosotros tenemos un mínimo acceso, que es enorme de cualquier manera. El arte define a la especie humana, está totalmente asociado con la supervivencia. Es una manera de conectarnos con algo muy grande, muy profundo, que no sabemos qué es, pero que nos toca, nos emociona, nos hace plantearnos a cada segundo cuál es el sentido de nuestra vida.
María Laura comparte sus reflexiones, sus historias y nos brinda una parte de su vida. También comparte el escenario y esta noche de septiembre tiene de invitados a su hijo, Lalo Alemán, que interpreta composiciones propias en la guitarra, a Cecile Caillon, actriz, clown, cantante y exmujer de María Laura, y al cantante Lito Zer.

Desde 2009, María Laura vive en sola en un departamento sobre Av. Rivadavia, en el cruce entre Almagro, Once y Balvanera.  Su visibilización y su lucha contra los mandatos impuestos tuvieron sus costos. Mientras se liberaba y comenzaba a vivir su vida como necesitaba vivirla, fue desaparecida de muchos de los ámbitos en los que se movía cómodamente como Eduardo. Muchos de sus logros fueron desestimados y se le bloquearon las vías de expresión, su posibilidad de existencia. Para la persona transexual, la intimidad y su identidad primera están a flor de piel, expuestas y vulnerables a ser violentadas, humilladas o negadas de forma sistemática. María Laura reconoce el miedo a la exposición y al rechazo.
– Yo constantemente vivo ese miedo. Pero desde que me vine a vivir acá, tomé la decisión de salir siempre a la calle, pase lo que pase, salir. Es verdad, hay miedos, yo cada vez que paso por el lavadero de autos pienso a ver quién me va a decir algo y cómo lo voy a resolver… Pero no dejo de salir. La calle no es un mundo totalmente hostil, se producen muchos encuentros especiales. Muchas veces, se genera una situación de respeto. Cuando recibo un buen feedback de la gente, entiendo que es porque vieron mi libertad. A la gente, en general, le gusta ver gente libre por la calle, de alguna manera nos está diciendo que todos podemos ser libres.
En el relato “Encuentros con ángeles”, que aparece en las “Transhistorias”, dice: Me doy cuenta que a medida que voy desapareciendo de un mundo comienzo a aparecer en otro; un mundo de ángeles sin alas, que se ven y se reconocen en una ciudad en la que eso no le sucede a muchas personas. A lo mejor yo también me estoy convirtiendo en un ángel. Sobre estos encuentros, también compuso la canción “Los ángeles de Buenos Aires”, una de sus favoritas de estos últimos tiempos.
Ante tanto miedo al otro, María Laura descubrió, a raíz de un rencuentro con una alumna de canto particular, que hay un miedo mucho más grande.
-En realidad, me parece que el terror más grande que tenemos es a encontrarnos con nuestra propia belleza, que la tenemos todos. Ese es un abismo mucho pero mucho más grande…el de nuestra belleza, de nuestra esencia, de lo que somos. Es mucho más grande que lo que te pueda decir cualquier persona en la calle. Cuando podés ver esos lugares, esos precipicios propios, es mucho más difícil hacer daño.

Pasadas las 12, el recital llega a su fin y da inicio a un nuevo día. La emoción es como una cuerda que nos une a todos los presentes en un solo abrazo.
-Desde que me animé a cantar mis canciones, me encuentro con una situación nueva. Se da una conexión amorosísima y creo que el hecho artístico verdadero es ese. Hay un medio que es la música y son las canciones, pero es algo que pasa entre las almas. Donde todos salimos mejores personas.