De infiernos y otras verdades de pueblo

Selva Almada acaba de publicar Chicas muertas, un libro de no ficción sobre tres femicidios impunes en los 80′. Una vez más, se adentra en la vida de los pueblos del “interior salvaje”. “Yo no me propongo escribir sobre violencia. La vida es violenta”.

Dos chicas de veintitantos caminan por una calle poco transitada de Flores. Mientras hablan de cualquier cosa, a algunos metros, sobre la misma vereda, adivinan a un tipo meando al costado de un árbol y bajan la vista, discretas. Esperan pasarlo, como si nada, y seguir. Pero no. Cuando casi los tres pares de hombros se alinean, él tose y se la sacude, provocando una mirada en diagonal, en el propio deleite de su intimidad ostentada.

“Esta es una sociedad machista y está muy vigente un modelo de varón macho, que exacerba su virilidad como símbolo de poder. Eso en el interior es muy fuerte. La desigualdad entre los géneros, igual que la homofobia, es tremenda y es una de las expresiones más intensas de una serie de violencias cotidianas, naturalizadas”.

Tras la publicación de Ladrilleros (Mardulce editora, 2013), en el que Selva Almada explora los rincones de esta masculinidad exacerbada – de cuchillos, orgullo y muerte –, la escritora entrerriana presentará el 11 de mayo en la Feria del Libro su última obra de no-ficción, Chicas muertas (Literatura Random House), sobre tres femicidios ocurridos durante la década del 80’, en las provincias de Entre Ríos, Chaco y Córdoba.

Sobre aquella misma calle de Flores, a dos cuadras, hay una puerta y una ventana. Desde afuera no se ve, pero a pocos centímetros del único marco por donde entra luz a la habitación – e ilumina como en degradé todo el ambiente –, hay un escritorio de madera con una notebook blanca que desentona con la opacidad de los muebles. La pantalla está abierta y encendida. Frente a ella, una silla en la que está sentada Selva. Este es el living de su casa y ese escritorio, su mesa de trabajo. Muy cerca del teclado, un gato de la fortuna acompaña la charla. El escenario se completa con una mesa ratona, un órgano pequeño que hace de bar para algunas botellas, un sillón y algunos cuadros en las paredes.

El espacio ya está definido, pero a la hora de escribir, Selva no tiene otras recetas: “Soy muy desestructurada. No tengo rutinas, soy poco metódica. A parte acá mismo doy clases, entonces no es que puedo decir ‘todas las mañanas de tal a tal hora, escribo’. Y la verdad es que no necesito escribir. Si no estoy en algún proyecto concreto, no escribo todos los días”. Se acostumbró, en los últimos años, a que le pregunten cosas como esas. Cosas que ella quizás no se hubiera interesado en responder. El vuelco se dio con la publicación de su primera novela – y cuarto libro – El viento que arrasa (2012).

-Creo que tuvo mucho que ver la crítica que hizo del libro Beatriz Sarlo. A partir de que la publicó, se dispararon las ventas y las entrevistas. Aunque a Ladrilleros también le fue muy bien, no se compara con el éxito que tuvo El viento... Es cierto que no comparten el mismo público, porque Ladrilleros tiene un lenguaje mucho más desbordado, mientras que la anterior es más mesurada. Para mí fue todo inesperado, porque mis otros libros pasaron medio desapercibidos. Y a dos años, El viento… se sigue vendiendo. Ya se tradujo al francés, con muchas ventas, y está por salir en portugués, italiano, holandés, entre otros idiomas.

En su artículo, Sarlo decía: “¿De dónde sale este libro sorprendente? Eso me preguntaba mientras leía El viento que arrasa, la novela de Selva Almada. No por curiosidad biográfica, sino porque es un objeto insólito en la literatura argentina”. Bastaron estas, entre otras palabras, para poner al libro y a su autora bajo la lupa de la crítica literaria. Fue elegida mejor ficción del año por Revista Ñ, agotó tres ediciones y va por la cuarta. Cuenta ese quiebre en su trayectoria, ese aluvión de miradas sobre sí, con una calma que podría pasar por apatía. Y tampoco, claro, se va a desvivir por caer en gracia. Es que Selva está más cómoda en este – su – mundo. No sale mucho y evita fundirse en el caos porteño que, a pesar de vivir en Capital desde hace veinte años, le sigue siendo ajeno.

Las actividades de la Feria del Libro que se salpicaron en su agenda de este mes le pesan un poco, aunque entiende que forman parte de las lógicas de publicación, circulación y difusión de los escritores. Años antes de recorrer los stands en el predio de La Rural, Selva fue una de las creadoras de la Editorial Carne Argentina, en donde editó su primer libro de poemas Mal de muñecas, en el 2003. Aunque la editorial no continuó, de esa experiencia surgió el Ciclo Carne Argentina, que dirige desde el 2006 junto a Julián López y Alejandra Zina. Se presenta así: “Se funda con la idea de generar un espacio en el que convivan los escritores editados y los inéditos, los consagrados y los nuevos; y promover encuentros en los que el público tome contacto con la variedad de estilos, lenguajes y formatos que propone la producción literaria actual”. Se hace los segundos viernes de cada mes en La Casona de Flores, “un poco con la idea de descentralizar los circuitos literarios que están muy concentrados en barrios como Almagro, Palermo. Fue un jugada que hicimos y funcionó, porque los encuentros de este año estuvieron llenos”.

Para sus libros, la inspiración viene de la mano de anécdotas o recuerdos anidados en los paisajes de su Villa Elisa natal. Como Ladrilleros, que se desata a partir de una historia de sobremesa que tenía por protagonistas a dos muchachos tirados en un parque de diversiones tras un enfrentamiento entre familias. O como los vínculos familiares complejos y tirantes que se entretejen en El viento que arrasa, sugeridos por su propia experiencia no estereotipada de familia. El recuerdo que desata la idea de Chicas muertas se remonta a la infancia de Selva:

-Cuando yo era chica, hubo un caso muy conocido en la zona, que a mí de alguna forma me marcó y siempre me quedó latente. En una localidad cerca de mi pueblo, mataron a una chica de 18 años, mientras dormía en su cama. Se llamaba Andrea Danne y la encontraron muerta con una puñalada en el corazón. Para mí fue una de las primeras experiencias cercanas a la muerte y me impresionó sobre todo porque era apenas más grande que yo. Me acuerdo que era el comentario de todos. Hace poco una amiga que conservo de allá se acordaba que a la noche hacía fuerza para no dormirse por miedo. Para nosotras significó que ni siquiera nuestra casa era un lugar seguro, que las cosas más terribles te pueden pasar bajo el techo de tu familia. A esta chica la mataron mientras los padres y el hermano dormían en la habitación de al lado. Además, es un caso que nunca se resolvió. Hubo muchas desprolijidades, porque todo el mundo pasaba a ver, entraba y tocaba todo. Incluso limpiaron la escena del crimen antes de analizarla. La policía no tenía idea sobre cómo actuar porque nunca había pasado algo así.

¿Y los otros dos casos?

-Una es María Luisa Quevedo, que fue encontrada en 1983 violada y asesinada en una zanja de Sáenz Pena, en el Chaco.Y la tercera es Sara Agustina Mundín. Desapareció en un auto en Villa María, Córdoba, en marzo de 1988, apareció en diciembre del mismo año convertida en una pila de huesos, pero después un análisis de ADN desestimó que se tratara de ella. Ninguno de los tres casos está resuelto y son anónimos, porque no trascendieron. Siempre me quedé pensando qué hubiera pasado en Entre Ríos si la gente se hubiera movilizado como en el caso de María Soledad Morales, en Catamara. Son casos de hace casi treinta años, que en ese momento no se denominaron femicidios, pero nos hablan de que la violencia de género siempre existió y que en general había una mirada indiferente. Sobre todo porque también estaba cruzado con una cuestión de clase.

¿Cómo fue embarcarte en un proyecto de no ficción?

-Fue difícil porque me costó encontrar el lugar desde el cual escribirlo. Para la etapa de investigación, pedí una beca en el Fondo Nacional de las Artes y viajé a los lugares donde ocurrieron los asesinatos, hablé con los diarios que los cubrieron en su momento, con familiares y con personas cercanas. Pero una vez que cerró esa etapa, me costó empezar a escribir y hacer el recorte. Entonces, al revés de las novelas, que las llevo a las editoriales cuando ya están terminadas, para este proyecto trabajé con una editora desde el principio, Ana Laura Pérez. Entonces nos largamos y fue un proceso de escritura corto, de tres meses más o menos, pero muy intenso.

Ese interior profundo, de pueblos que lejos están del ideal bucólico que se tiene desde la Capital, sigue siendo abono fértil en la escritura de Selva. “Sigo volviendo ahí, siento que todavía me da mucho material para escribir, quizás en otro momento haga una literatura más urbana, pero por ahora me resulta más rico ese paisaje, esas historias, esa vida”. Es que ella se sumerge en los pliegues de esas vidas que poco tienen que ver con las casas de puertas abiertas y niños jugando en la vereda en armonía imperturbable: “Una periodista de Entre Ríos se enojó cuando yo dije que el interior es salvaje, pero no lo planteo en términos de ‘civilización o barbarie’, sino para mostrar que hay otras formas de violencia en las provincias”. La violencia, esa constante en la escritura de Selva Almada. La más descarnada y escandalosa, la sutil y cotidiana, la inconsciente, la colectiva, la silenciosa y secreta, la que hiere y la que provoca. “Es que no es que yo me proponga escribir sobre la violencia. La vida es violenta. Este es un mundo violento. Está ahí y no puede dejar de aparecer en lo que escribo”.